Historia de la Tv en España

 
 
 

 

 

FRASE DE LA SERIE "EL CHAPULÍN COLORADO"
En casa de herrero, se amanece más temprano.
Roberto Gómez Bolaños (El Chapulín)

 

 

FRASE DE LA SERIE "EL CHAPULÍN COLORADO"
No por mucho madrugar, cuchillo de palo.
Roberto Gómez Bolaños (El Chapulín)

2.  Introducción

Barcelona y Madrid fueron, en 1948, las primeras ciudades en acceder a la experiencia televisiva, y en 1956 se establece un servicio regular de emisiones. A pesar de todo, no será hasta la segunda mitad de la década de los sesenta cuando la TV consolide su posición preeminente entre las opciones de ocio del ciudadano español.

En esta misma época se inicia lo que se conocerá como la “Edad de oro” de TVE, que contará ya con dos canales y un modelo de financiación basado en los ingresos por publicidad. Es la época de programas como Gran Parada y series como El Fugitivo o Los Vengadores.

La televisión nos acompañó durante el periodo de transición a la democracia y amuebló nuestro imaginario con los nuevos valores de la libertad recién estrenada a través de series como a o Los gozos y las sombras.

Los años ochenta traen una profunda transformación desde el punto de vista organizativo a la televisión, van apareciendo los canales autonómicos, un proceso de expansión que se consolidará en la última década del siglo XX con la aparición de los canales privados de televisión.Volver al inicio

2.1 La prehistoria de la televisión en España

La prehistoria de la televisión en España está, como en tantos otros países, firmemente imbricada en la historia de la radio. En los años treinta, como corresponde al reducido nivel industrial de nuestro país, no existen pruebas experimentales de televisión, pero como corresponde a la efervescencia cultural de la II República se producen vivos debates sobre las características del nuevo medio. Las revistas radiofónicas tales como Radio Sport, Radiosola, TSH, e incluso la prensa como en los diarios La Libertad, El Imparcial, La Vanguardia, El Liberal, se hacen eco de muchas de las noticias que la todavía no nacida Televisión está generando a lo ancho de todo el mundo; y ello hasta tal punto, que un repaso de los debates de aquellos años revela una intensidad de la discusión que no volverá a verse hasta los años sesenta. Asimismo, es frecuente la publicación de libros sobre temas técnicos del mundo de la televisión.

La aparición en Madrid, en marzo de 1933, de la revista Radio Televisión es el ejemplo más modélico del atractivo que suscitaba la televisión en los lejanos tiempos de la II República. La publicación como tal tuvo una vida efímera pero no dejará de sorprender que en España circulara una revista dedicada a la televisión cuando no existían emisiones regulares en ningún lugar del mundo.
En el número 1 de ese año de 1933 en el editorial de presentación se leía: “La televisión vendrá a sumarse al número de inventos que hacen la vida más complicada si se quiere, pero más interesante también”. Visionarios excepcionales sus promotores si recordamos que TVE tardaría prácticamente veinticinco años en comenzar sus programaciones.

La primera exhibición de televisión en suelo español (es decir transmisión a distancia de imágenes y sonidos) se produjo por los técnicos alemanes durante el desarrollo de la Guerra Civil (noviembre de 1938). Los nazis presentaron a Francisco Franco y uno de sus ayudantes la Fonovisión, un sistema de ‘videoteléfono’ que diríamos hoy; se ignora la calidad de la prueba a pesar de que existen fotografías que dan fe de su realización.

Hubo que esperar diez años para que en 1948, en Barcelona y en Madrid, se produzcan las primeras demostraciones de lo que hoy en día entendemos por televisión. En ese año únicamente existen emisiones regulares en Gran Bretaña y en Estados Unidos y a pesar de que se apunta el doble modelo televisivo: público para Europa y privado para América, todavía no están fijadas definitivamente sus características. De hecho las exhibiciones que se hicieron en España fueron realizadas por empresas privadas como la holandesa Philips y la norteamericana RCA en ambos casos con el objetivo de convencer a las autoridades de la bondad de sus ofertas.

Philips organizó en junio de 1948 durante quince días y en el marco de la Feria de Muestras de Barcelona unas pruebas televisivas que alcanzaron un enorme éxito de público, hasta el punto que los primeros espectadores aguardaban pacientes colas durante horas para poder ver la maravilla de la televisión. Las pruebas consistieron en la emisión en directo desde un estudio de unos programas de actuaciones musicales y humorísticas diversas.

Por su parte la RCA intentó en Madrid en agosto de 1948 la retrasmisión de una corrida de toros recibida por los televidentes, en el Círculo de Bellas Artes. El fiasco fue total. Se vio y se oyó poco y mal. Los espectadores crispados exigieron y consiguieron que les devolvieran el precio de las entradas que habían pagado. Un comentarista escribió: “Dentro de unos años esto de la televisión será una gran cosa. Hoy es un juguetito”.

A partir de una fecha indeterminada entre 1951 y 1952, lo que años más tarde se denominará TVE comenzará sus emisiones en prueba. Las emisiones regulares se iniciarán en 1956: la prehistoria de la televisión en España había finalizado.
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2.2 El nacimiento y la llegada de la televisión

El 28 de octubre de 1956 comenzaron oficialmente las emisiones regulares en España. Los programas inaugurales se iniciaron a las 20:30 y el contenido consistió en la retrasmisión de una misa, unos discursos oficiales, la exhibición de dos entregas del NO-DO, unos reportajes filmados y las actuaciones de unas orquestas y de los ‘Coros y Danzas falangistas’. Las emisiones se hacía desde una ‘chaletito’ del Paseo de la Habana madrileño que disponía de un minúsculo plató de unos cien metros cuadrados. Durante casi tres años TVE fue una televisión local con ámbito de cobertura limitado exclusivamente a la ciudad de Madrid.

Dos años y medio más tarde, en febrero de 1959, coincidiendo con un partido de fútbol Real Madrid - F.C. Barcelona se estrena el servicio en las ciudades de Barcelona y Zaragoza. A pesar de que parece una exageración, la prensa de la época subrayó que se acabaron todos los televisores que estaban a la venta en la Ciudad Condal.

La expectación, ya al margen del fútbol, de ‘la noche del estreno’ se repitió en todos los sitios. Un único ejemplo aparecido en la prensa canaria con motivo de la llegada de la televisión a las Islas Afortunadas: a grandes columnas podía leerse en primera página: “Canarias ante una jornada trascendental. Va a ser inaugurada oficialmente la TV en el Archipiélago”. En todos los lugares y tiempos la llegada de la televisión, el primer día de programas, levantó una riada de comentarios y un éxito sin precedentes; entre muchos ejemplos puede citarse la narración que el que escritor leonés Julio Llamazares hace en uno de sus libros (Escenas del cine mudo) sobre la catarsis que supuso a los habitantes de su pueblo la visión de los primeros programas de televisión en 1963.

Los argumentos explicativos del éxito de la televisión son diversos pero al margen de los deseos de la industria electrónica o del poder político quizá se encuentren el que la pequeña pantalla parece satisfacer una demanda mayúscula de ocio cuasi gratuito y doméstico no satisfecha completamente por otras formas de entretenimiento social.

Sea como fuere, se tardó años en que la gran mayoría de los españoles tuviera acceso a los programas. La televisión llegó a ‘las dos castillas’ aprovechando el repetidor colocado en la Bola del Mundo en la sierra de Guadarrama, en octubre de 1959, a Valencia en febrero de 1960, a Bilbao en diciembre de 1960 (desde agosto los bilbaínos recibían programas... con un día de retraso), a Galicia y Sevilla en octubre de 1961 y, dando por cerrada la red, a Canarias en febrero de 1964 (también en este caso se emitían los programas un día más tarde que en la península).

Muchos comentaristas de prensa, por lo menos hasta 1960, dudaban de que la televisión se consolidara en nuestro país. Las gotas de escepticismo llegaban hasta voces autorizadas: Enrique de las Casas, jefe de programas de TVE y más tarde director de la primera cadena, escribió en 1959 que “no olvidemos que por una serie de razones etnológicas y definitorias, el pueblo español no parece ser un consumidor nato de TV. Ni el clima, ni el estilo de vida, ni las cualidades imaginativas de la gran masa española parecen hacer de ella un buen cliente para la TV”. Por fortuna, el excelente profesional se equivocó en sus predicciones.
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2.3 La expansión de los años sesenta

Hasta 1959 en España no se produjeron televisores: eran un producto de gran lujo que había que importar desde el extranjero, y accesible por ello únicamente a una reducidísima minoría de la población. Se calcula que a comienzos de la década de los años sesenta, en todo el país sólo unas cincuenta mil familias, básicamente de Madrid y Barcelona, poseen el preciado electrodoméstico.

A partir de primeros de los años sesenta, los poderes públicos se plantean políticas para incentivar el consumo y potenciar la penetración del medio en la sociedad. El Estado incitó con diversas medidas al consumo; por ejemplo, en 1961 anuló el impuesto de lujo a los aparatos, en 1962 se permitió la venta a plazos de los televisores (hasta ese momento existía un aceptable mercado de alquiler de aparatos); y durante toda la década de los sesenta los anuncios publicitarios de los receptores contaban con tarifas inferiores a la de los otros productos.

Al final de la década, y a pesar de que las cifras no parecen elevadas para los parámetros estadísticos actuales, se considera que la televisión tiene una amplia cobertura en España. No existen cifras absolutamente fiables pero se considera que en ese tiempo hay unos tres millones y medio de aparatos que equivalen al 40% de los hogares del país; se dan grandes desniveles de penetración según las zonas geográficas que van desde el 75-80 por ciento de las territorios más urbanos como Madrid, Barcelona o el País Vasco y porcentajes que apenas llegan al 25% de la España rural.

El parque de televisores sólo es uno de los factores que miden la implantación social de la televisión. En la década de los sesenta, para conocer la expansión del medio debe combinarse, Indudablemente, el número de aparatos con la cantidad de televidentes que cada televisor acoge. Nadie puede negar razonablemente que en esos años el consumo de televisión no es sólo familiar sino, relativamente, público si consideramos la práctica extendida en las ciudades de los primeros años sesenta, de ver programas en la casa de familiares y amigos o, ya en la segunda mitad de la década, el habitual consumo en bares o en la red de teleclubs en las zonas rurales.

La primera de las situaciones mencionadas fue inmortalizada en una secuencia genial de la película Atraco a las tres (José María Forque, 1962) en la que Gracita Morales cobra cinco pesetas a sus vecinos por entrar en su casa y ver los programas televisivos nocturnos. Por su parte, los teleclubs constituyeron uno de los asuntos más recurrentes de la política cultural sobre la televisión. Los teleclubs, que con frecuencia estaban gestionados por los párrocos, formaron una red de varios miles, pero su éxito fue muy limitado y su actividad muy irregular; de hecho, su misma continuidad quedaba en entredicho según crecía el parque de televisores.

Los españoles también fueron cambiando sus ideas sobre la televisión. A la altura de 1966 el aparato televisivo ocupa en las encuestas oficiales un discreto séptimo lugar en los deseos de posesión de bienes de consumo en las ciudades y nada menos que un duodécimo en las localidades rurales. Para aquellos españoles de los sesenta la televisión se considera menos necesaria que la radio, el agua caliente, la nevera eléctrica, la máquina de coser o la lavadora, aunque más necesaria que la moto, el coche o el teléfono –en los pueblos- (véase, palacio, 2001). Las cosas, ya se sabe, han cambiado mucho; en la actualidad únicamente el número de frigoríficos supera al de televisores y la penetración del medio abarca porcentajes superiores al 99% de los hogares.
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2.4 La Edad de Oro de TVE

En la segunda mitad de la década de los años sesenta, cuando los españoles han legitimado a la televisión como su principal forma de ocio, TVE vive su particular edad de oro. Sin problemas financieros significativos, la televisión española se ha convertido, en poco más de una década, en una máquina de hacer dinero, con capacidad de producción para elaborar programas competitivos en el contexto de los festivales europeos. Probablemente, el salto adelante se basó en que en España, a diferencia del resto de las emisoras europeas en donde la publicidad televisiva estaba prohibida o muy limitada. Los ingresos se consiguen a partir de lo que se recauda por los anuncios emitidos, por lo que si necesitan mayores presupuestos, basta con aumentar el tiempo de publicidad o subir las tarifas de los anuncios.

Puede decirse que la edad de oro se inicia con la inauguración de los estudios de Prado del Rey en 1964, que acaban con la precariedad técnica de los orígenes, y continúa con la puesta en marcha de la oferta complementaria de TVE 2 (conocida popularmente durante lustros como “el UHF”). De una forma convencional se acepta que con la crisis económica de primeros de los setenta y el fallecimiento de Francisco Franco finalizan los buenos tiempos de la televisión.

Al contar con dos cadenas, los responsables televisivos pudieron dividir la oferta de programas para satisfacer las demandas de la audiencia: la segunda, como veremos en el epígrafe 5, se concibe como una cadena pensada para las audiencias culturalmente más exigentes; por su parte, la primera será la cadena de los programas más populares.

Un repaso a los macrogéneros programativos imperantes, y con mayor éxito de audiencia en aquellos años, indicaría que los gustos televisivos no son muy distintos de los del presente, aunque, por supuesto, la estructura formal de los programas ha variado desde la época de la edad de oro. Existen, en las parrillas programativas, por supuesto, producciones extranjeras largometrajes y series. Algunas de ellas consiguieron enorme popularidad entre los españoles como el contenedor cinematográfico de Sesión de Noche o las series, muchas de ellas convertidas en película décadas después, como Bonanza, Los Intocables, Dr. Kildare, Mannix, El Santo, Los vengadores, Misión Imposible, Belphegor –El fantasma del Louvre-, Los Picapiedras, El fugitivo, etc.

Sin embargo, lo más significativo siempre es la producción propia española.
En primer lugar, los programas de variedades como Gran Parada (el primer gran éxito de la televisión en España), Amigos de los lunes, Salto a la fama (pensado para encontrar nuevas figuras de la canción) o Galas del sábado, entre otros. Los programas de variedades, en su mezcla de actuaciones musicales y pequeños números de humor, usualmente se programaban en la noche de los viernes o en la de los sábados. Ayer como hoy tendencialmente eran presentados por una pareja de hombre y mujer.

En un segundo bloque encontraríamos los concursos de preguntas y respuestas como Cesta y puntos, Un millón para el mejor o en los primeros años setenta el célebre Un, dos, tres... responda otra vez; pero también los programas divulgativos como los de Félix Rodríguez de la Fuente o los infantiles.

Y sobre todo la ficción propia como Novela de treinta minutos de duración por capítulo a lo largo de una o más semanas programadas después del telediario del mediodía o antes del de la noche y Estudio 1, representación televisiva de una obra de teatro y verdadero buque insignia durante más de una década de los dramáticos grabados en vídeo. En este campo de la ficción, y si exceptuamos el primer premio del Festival de la Canción de Eurovisión que consiguió Massiel en 1968, TVE consiguió algunos de los más prestigiosos premios internaciones con obras como El asfalto (1966) o Historias de la frivolidad (1967), ambas de Chicho Ibáñez Serrador o El irreal Madrid (Valerio Lazarov, 1969).
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2.5. La Segunda cadena; una emisora para la inmensa minoría

En los primeros meses de 1965 comenzaron las emisiones en pruebas de la segunda cadena y el 15 de noviembre de 1966 las emisiones regulares. Ciertamente, no parece que la creación de este segundo programa televisivo estuviese en un lugar preeminente de la agenda del régimen franquista, obviamente más preocupado por que la oferta televisiva dirigida a las grandes audiencias de la primera cadena cubriese sus expectativas ideológicas. Quizá por ello, la segunda cadena nació con unos medios ridículos: un par de despachos en Prado del Rey, una unidad móvil construida por módulos, un estudio de cincuenta metros cuadrados con una mesa, una silla y poco más. De hecho, hasta el Mundial de fútbol de 1982, el UHF no tendrá una cobertura verdaderamente estatal.

El elemento clave de los buenos resultados de la TVE 2 consistió en que durante años fue completamente autónoma de la política programativa y de producción que emanaba de TVE 1. Por ejemplo, el cuadro de realizadores y técnicos no era intercambiable: se era y se trabaja para la primera o para la segunda. En suma, que aprovechándose de su carácter extraordinariamente minoritario, los hombres y mujeres del UHF supieron hacer una verdadera edad de oro de la creación televisiva en España y luego, en el periodo 1982-1986, aproximadamente, una edad de plata.

A la altura de mediados de 1967, la parrilla del UHF tenía una primera consolidación: cuenta con tres horas diarias de programación y cinco el fin de semana. Un horario que no se aumentará significativamente en veinte años. Desde la oferta programática se articula una primera estrategia basada en la emisión de espacios que tengan un importante legitimación social como música clásica (Dirige Von Karajan, Música en la intimidad), pero sobre todo una política muy consistente de exhibición cinematográfica (Cine Club, Filmoteca TV, Sombras recobradas –dedicado a emitir clásicos del cine mudo-).

En este último aspecto, piénsese que por vez primera el espectador hogareño tenía acceso a grandes films de la historia del cine, muchos de los cuales ni siquiera habían sido exhibidos en las salas. Los cinéfilos todavía recuerdan ciclos míticos como el neorrealismo italiano, expresionismo alemán, o cine japonés, entre otros.

La producción propia de los realizadores de la 2, muchos de ellos cineastas reconocidos en la actualidad como Emilio Martínez Lázaro, Pilar Miró, Josefina Molina, Claudio Guerín, Mario Camus, Pedro Olea, Iván Zulueta o José Luis Borau, revolucionaron los dramáticos poniendo en antena adaptaciones de autores vanguardistas como Ionesco, Beckett o Kafka. Asimismo, dirigieron ficciones en soporte cinematográfico formalmente muy arriesgadas (series como Cuentos y leyendas, Los libros o Los Pintores del Prado)

No menos destacadas fueron las series documentales y pedagógicas que se hicieron como Fiesta o Rito y geografía del cante, los programas de base musical como Ultimo grito o Popgrama, ya en el periodo histórico de la Transición democrática. No olvidamos los espacios de arte y literatura, o ya en los años ochenta, tiempo que hemos denominado como edad de plata de la segunda cadena, La bola de cristal, La edad de oro y Metrópolis.

Todos ellos consiguieron un prestigio, entre social y cultural, que llega hasta hoy en día y que los comentaristas recuerdan como un verdadero ‘paraíso perdido’ de la estética televisiva.
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2.6 La televisión durante la Transición democrática

A pesar de que existe una coincidencia generalizada sobre la importancia histórica que posee el periodo conocido como la Transición de la dictadura a la democracia (1976-1982), lo cierto es que no se ha subrayado suficientemente el decisivo papel que jugo el medio televisivo en el conjunto del proceso político. Y eso que, excusado es decirlo, la televisión era ya en ese tiempo la principal manera de entretenimiento en nuestro país y en muchas ocasiones la principal (o única) forma de información y conocimiento de millones de españoles.

Vista desde la contemporaneidad la Transición en TVE consistió en varias operaciones.

En primer lugar,
se trató de erosionar los valores sociales que la dictadura había permeabilizado en la sociedad española. No debe olvidarse que hasta el año 1977 o 1978 las encuestas indican que los valores de paz, orden y estabilidad prevalecen frente a los de libertad y democracia. Ciertamente, los responsables de TVE se esforzaron, y mucho, en contrarrestar para los ojos y oídos de la “España profunda” los riesgos de la parálisis o de la involución política. Un ejemplo entre muchos: durante los trágicos días de enero de 1977, con atentados terroristas de extrema derecha y extrema izquierda, el rostro compungido de los presentadores de los Telediarios comunicaba a los españoles, más quizá que los discursos oficiales, lo inadecuado de la violencia como arma política.

En segundo lugar,
se necesitó legitimar simbólicamente desde las antenas televisivas el incipiente régimen de libertades; para ello se creó un estatuto nuevo para la clase política y para sus actividades públicas al margen del rancio oficialismo del franquismo. Excepcionalmente ilustrativa resulta, en este sentido, la asociación que TVE hizo entre elecciones y la alegría de un hecho extraordinario. La frase de ‘fiesta de la democracia’, que aun hoy se escucha, y que no tiene equivalente en otros países europeos, adquiere su sentido al comprobar las tácticas programativas televisivas para las noches electorales. Por ejemplo, el 15 de junio de 1977, día de las primeras votaciones democráticas, para amenizar la espera de los resultados, en TVE programan un espacio que con el título de Esta noche fiesta reunió, cual especial de nochevieja, a cantantes de la época como Julio Iglesias, Isabel Pantoja, Manolo Escobar, Georgie Dann o Karina.

En tercer lugar,
en la Transición se trató de elaborar, a partir de la producción de series, una política pedagógica de los nuevos valores democráticos. Si desplegamos el póquer de las cinco series de mayor repercusión social del periodo, aparecen Curro Jiménez, Cañas y barro, Fortunata y Jacinta, Los gozos y las sombras y Verano azul. Y como el investigador Juan Carlos Ibáñez ha indicado, en todos los casos, sean adaptaciones de novelas o guiones originales, y especialmente en aquellas que más han perdurado a lo largo de las décadas como Curro Jiménez o Verano azul, se trata en sus argumentos de presentar personajes y actitudes que tienen relación con una sociedad en plena transformación, que aprende de sus errores y que busca un nuevo escenario de convivencia.

Desde otra perspectiva, también puede utilizarse TVE como una herramienta histórica que permite evaluar el peso de los mismos cambios sociales. Puede observarse en ese sentido la simple mutación de los gustos de los espectadores. En el arco temporal que va desde 1976 a 1982, en la lista de los programas más valorados los españoles pasaron de disfrutar con Heidi (puesto primero de la lista; no es broma), La casa de la Pradera (cuarto puesto) o El circo de TVE (octavo puesto) a hacerlo con Más vale prevenir (primero), Los gozos y las sombras (cuarto), Verano azul (séptimo), Informe semanal (décimo). Es decir, que en siete años puede comprobarse la desaparición de programas familiares, y en muchos casos ñoños, sustituidos por otros que reflejan gustos más cercanos a la sensibilidad contemporánea.
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2.7 La Televisión en España en los años ochenta

La década de los ochenta está determinada por la promulgación del Estatuto de la Radio y la Televisión. El Estatuto, aunque en vías de modificación, sigue vigente en la actualidad, y es la primera reglamentación con rango de Ley de la historia de la televisión en España. El Estatuto nació con el objetivo de establecer una normativa jurídica democrática que ordenase el conjunto del sistema televisivo español. Es decir que sus disposiciones se refieren por igual a TVE que a las emisoras de titularidad privada. La gestación del Estatuto a lo largo de 1979 fue el resultado del consenso entre el partido del gobierno (en ese momento UCD) y el principal partido de la oposición (PSOE). Entre ambos coincidieron en considerar que “la televisión en España es un servicio público esencial cuya titularidad corresponde al Estado”.

Sea como fuere, el Estatuto, al igual que luego harán las normativas de las distintas televisiones autonómicas, establece un control del quehacer televisivo por el gobierno de turno que parece incompatible con las reglas de un régimen democrático. Lo más llamativo del Estatuto es que el gobierno elige a su albur, y sin ninguna cortapisa de importancia, a un Director General con poderes casi omnímodos. Hace más de una década que todo partido en la oposición reivindica la imitación del que existe en todos los países europeos: la creación de un ‘Consejo Superior’, un órgano independiente de los poderes públicos que organice el sector televisivo tanto en lo referente a las emisoras públicas como en las privadas, pero todavía nadie lo ha creado.

Desde la perspectiva de la oferta, toda la valoración sobre la producción de los años ochenta debería señalar tanto los deseos institucionales de trasladar a la pequeña pantalla el nuevo imaginario de la España democrática, cuanto el impulso de una política de decidido apoyo a la producción de series con vocación de calidad internacional. Por ejemplo, como cuando en 1982 se modificaron todos los presentadores de Telediarios y de otros programas para trasladar con esos cambios la visibilidad de las propuestas de cambio a la audiencia. Allí estaban algunos de los que siguen hoy día como Paco Lobatón, Mercedes Milá, Ángeles Caso, Pepe Navarro, Manuel Campo Vidal, Rosa María Mateo o Concha García Campoy.

En el listado de las series de la década encontramos rarezas como series de historia social, que no habían abundado en el pasado de TVE tal como La huella del crimen (1985) o El Lute (1988); biografías de mujeres como Mariana Pineda (1984) o Teresa de Jesús (1984) y por supuesto series concebidas como reflejo social del aire del tiempo como Anillos de oro (1983) o Segunda Enseñanza (1986) . Lo más llamativo de la ficción de los años ochenta es la visión sobre los prolegómenos condicionantes de la guerra civil, verdadero eje vertebral de toda la década: La plaza del diamante (1982), Los gozos y las sombras (1982), Crónica del alba (1983), Lorca, la muerte de un poeta (1987), La forja de un rebelde (1990), Los jinetes del alba (1990), entre otras.

Pero sobre todo, la década de los ochenta puede recordarse porque allí se inició, aunque de una manera embrionaria, lo que fraguó como característico de la televisión contemporánea: por un lado un crecimiento exponencial de las horas de emisión, por ejemplo la televisión por la mañana que puso en funcionamiento Jesús Hermida en 1987, y la ordenación del sistema a partir de las cifras de audiencia.
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2.8 Las televisiones autonómicas

En los países europeos la actividad televisiva se articuló desde sus inicios a partir de la actividad de monopolios de titularidad pública. Sin embargo, a partir de la década de los años setenta pareció imprescindible que esos monopolios dieran cabida en su oferta a una tercera cadena que respondiera a visiones más cercanas a los intereses de los ciudadanos; así es lo que se hizo, por ejemplo, en Francia (FR 3) o en Italia (RAI 3) y es lo que internacionalmente se llamó ‘televisión de proximidad’ (véase bloque I epígrafe 8).

En la España democrática de primeros de los años ochenta parecía evidente que la estructura organizativa y de producción de TVE no podía dar razón de las inquietudes descentralizadoras del nuevo Estado de la autonomías. En primer lugar por lo más evidente: con una segunda cadena con grandes deficiencias para que su cobertura llegase a toda España, pensar en poner en marcha una tercer programa no era más que una quimera. Pero en segundo lugar porque la clase política de los partidos nacionales y la de los partidos de actuación autonómica no pensaron seriamente en las vías para resolver el problema. Finalmente, el Congreso de los diputados aprobó la ley de los terceros canales de televisión en diciembre de 1983; pero EITB, Euskal Irratí Televista, la televisión vasca, aprobada previamente por una prerrogativa de su Estatuto de Autonomía y TV 3, la catalana, se había creado meses antes (mayo de 1982 y mayo de 1983, respectivamente).

Sea como fuere, a lo largo de la década de los años ochenta fue apareciendo una primera generación de televisiones autonómicas que constituyeron la FORTA, Federación de Televisiones Autonómicas: EITB (que comenzó sus emisiones el 31 de diciembre de 1982) TV3 (inauguración en enero de 1984), TVGa, (Televisión de Galicia, julio de 1985), Canal Sur (Andalucía, 1987), Tele Madrid (Madrid, 1989), Canal 9 (Comunidad Valencia, 1989). A lo que en la segunda mitad de los años noventa se han incorporado las televisiones autonómicas de las Islas Canarias (TVC) y de Castilla La Mancha (CMT), y antes los segundos canales de las emisoras de ‘primera generación’ (ETB 2, Canal 33/K3, Punt 2, Canal 2 Andalucía, La Otra).

La FORTA se ha consolidado como una verdadera tercera cadena nacional que comparte entre sus afiliados la compra de programas como los derechos de la liga de fútbol, series internacionales o largometrajes, y que posee una cobertura que abarca casi todo España.

En las televisiones autonómicas, y al margen de su indudable eficacia en la cohesión social de los territorios y en los procesos identitarios de sus ciudadanos, se ha producido uno de los fenómenos más interesantes del sector televisivo español de la última década. Fueron las televisiones vasca y catalana con Goenkale (1994) y Poble Nou (1994), sendas series de treinta minutos de duración programadas en el horario de sobremesa, quienes descubrieron un enorme nicho que no había sido previsto por las emisoras de cobertura estatal: los televidentes autonómicos parecían muy dispuestos a congraciarse con el visionado de ficciones locales propias, que en sus lenguas reforzaran los mecanismos de autoidentidad.

El inesperado éxito se ha venido prolongando en otras series como Nissaga de poder (1995-1998) o Plats Bruts (1998) en TV 3, Benta Berri en ETB. Asimismo, se ha extendido a otras televisiones autonómicas en las que productos autóctonos se han convertido en formidables éxitos como Mareas vivas (1999) en TVGa o Plaza Alta (1998) en Canal Sur y se ha convertido en la principal seña de identidad de la oferta de las televisiones autonómicas.
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2.9 Las emisoras privadas

Sin duda el hecho más decisivo de la última década, y con una enorme repercusión en el mercado televisivo español, fue la aparición a primeros de los noventa de tres televisiones privadas de cobertura estatal. Dos de ellas de programación en abierto y de programación generalista similar a la de TVE 1: Antena 3 y Tele 5, que iniciaron sus emisiones en diciembre de 1989 y marzo de 1990 respectivamente; y una tercera de pago, Canal + que comenzó su programación en septiembre de 1990, codificada en lo más significativo de su emisión pero con varias horas en abierto y también con una programación de tendencia generalista.

Por la multiplicación de emisoras, en muy poco tiempo todas las emisoras con vocación de liderazgo (TVE 1, Antena 3, Tele 5 y la FORTA) tuvieron que adaptarse a nuevas reglas y a un marco competitivo que obligó a definir la posición de cada una de ellas en un mercado como el español en el que el dominio de TVE 1 era casi absoluto. Tras la despreocupación que hicieron del tema los poderes públicos, el factor clave y determinante de la nueva situación fue el acuerdo implícito de todos los agentes implicados (emisoras e industria publicitaria) de organizar el funcionamiento del sector a partir de los datos de audiencia que proporciona la empresa de audiometría SOFRES.

En la más de una década de existencia de emisoras privadas se han producido cambios tan significativos que parece difícil hablar sin contradicciones de su proceso evolutivo. El ejemplo más llamativo es Antena 3 de la que pueden encontrarse hasta tres etapas, y ahora parece que comienza una cuarta, pero también hay diferencias en Tele 5 (al menos dos periodos). Veámoslo.

Poco tiene que ver la Antena 3 de hoy día con la que comenzó su andadura. Desde luego no se parecen para nada ni sus accionistas y profesionales ni lo que más importante su propia línea de producción. En su haber histórico debe apuntarse que fue la primera emisora privada en apostar por la producción propia de ficción de telecomedias y la que consiguió un éxito que modificó el hilo conductor de la televisión en los años noventa: Farmacia de Guardia (Antonio Mercero, 1991-1995). Luego siguieron otras destacadas como Lleno por favor, Quien da la vez, Manos a la obra o Compañeros. También Antena 3 fue la primera cadena de televisión que emitió un debate entre los dos candidatos a la presidencia de gobierno (Felipe González, José María Aznar, 1993).

Para la opinión común Tele 5 es la cadena del magnate y primer ministro italiano Silvio Berlusconi. En la actualidad no sería una afirmación completamente cierta; sin embargo, no puede negarse que la manera de concebir la televisión de los ‘italianos’ estableció buena parte de las formas de la primera época de una Tele 5 que dejó en fuera de juego las maneras de TVE 1. En una segunda etapa Tele 5 ha sido reconocida por series como Médico de Familia, Periodistas, Al salir de clase o Siete Vidas y por su insistencia en diversos programas basados en el formato del reality show, sucedáneos todos del original Gran Hermano.

Por su parte Canal + ha permanecido bastante estable en los diez últimos años. Su modelo de emisora está basado en producción ajena (largometrajes, retrasmisiones deportivas o series) pero ha conseguido una cierta notoriedad por las innovaciones de la realización de sus retrasmisiones, por sus piezas promocionales y por el magazine deportivo El día después.

Como no podía ser de otro modo, en más de diez años se han producido cambios en los rankings de las audiencias de las tres emisoras más importantes. En los últimos tiempos parece que el liderazgo de TVE 1 es bastante consistente; la lista continúa por Tele 5 y se cierra con Antena 3.
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2.10 La última década

La televisión en España ha cambiado drásticamente en el última década. Al margen de los cambios económicos y la proliferación de ofertas de pago digitales o la misma presencia de televisiones de cobertura local, si nos centramos en la oferta, puede decirse que hace diez años primaba una lógica que en Europa se denominaba de servicio público, que a grandes rasgos definiríamos como aquella en la que destacaba el deseo de incidir cultural o políticamente en la audiencia. Las estrategias programativas de las cadenas públicas estatales o autonómicas estaban aceptablemente al margen de las leyes del mercado y de hecho el éxito o fracaso de un programa no se valoraba por la audiencia conseguida o por la publicidad que conseguía.

La aparición de la concurrencia establece una nueva lógica para el conjunto del sistema televisivo español. Ahora, el criterio básico consiste en programar lo que el público pretendidamente demanda y tiene interés en consumir. Se trata de buscar en todos los casos el mayor número de audiencia (o al menos crear un equilibrio entre lo que cuesta un programa y lo que recauda por los ingresos publicitarios) y así privilegiar en cada una de las bandas horarias los programas dirigidos a los grandes consumidores de televisión. Se abandona por tanto el deseo de crear una dieta equilibrada para todos los segmentos sociales y llegar al máximo de público disponible en cada franja horaria. Por este motivo han desaparecido de las parrillas o han sido enviados a horarios muy marginales de las televisiones generalistas muchos géneros o programas parcialmente minoritarios como el cine en blanco y negro o los programas infantiles de la tarde.

El efecto más evidente de lo dicho es que la oferta televisiva de la última década se ha escorado hacia los gustos e intereses de los grandes consumidores estadísticamente hablando: personas mayores, de clases bajas y zonas rurales.

Desde el punto de vista de los gustos del público, también se han visto mutaciones en el transcurso de los últimos diez años. Si contemplamos la lista de los programas más vistos de cada año, observaremos que a finales de los ochenta existía un predominio de los largometrajes de origen estadounidense; por ejemplo en 1989 trece de los veinte primeros programas eran películas norteamericanas. Empero a lo largo de toda la década de los noventa y hasta la actualidad la balanza de los éxitos se ha inclinado hacia los programas deportivos, líderes indiscutibles desde 1994 (de hecho casi exclusivamente fútbol y en tiempos de Miguel Indurain ciclismo) cuanto menos diez de los veinte programas más vistos son deportivos, y a las series de producción propia (tres o cuatro presentes en la lista de cada año, en los últimos años Cuéntame, cómo pasó).

Con menos presencia, nunca han dejado de aparecer en el ranking programas especiales muy unidos a acontecimientos singulares tales como debates electorales, bodas reales o galas extraordinarias como las de Operación Triunfo o el Festival de la canción de Eurovisión (años 2002 y 2003). Y como productos raros de temporada también se encuentran algunas telenovelas (Cristal) o realities (¿Quién sabe donde? Y, recientemente, Gran Hermano).

En una especie de resumen que resulta inevitablemente provisional podría decirse que en la última década se han podido observar dos fases claramente delimitadas: una primera, coincidente con la primera mitad de la década de los noventa, en donde la inédita situación de competencia del sistema produjo un funcionamiento desajustado del sistema televisivo español; y una segunda etapa caracterizada por una cierta estabilización de la actividad televisiva centrada a partir del éxito de las series de producción propia.

Es muy pronto para valorar adecuadamente que tipo de repercusión histórica tendrá, pero en los últimas dos o tres años se ha podido percibir un progresivo crecimiento de la oferta de programas cuyos colaboradores o invitados trasmiten agresividad y malos modos.

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Recopilado
de:
Fuente: recursos.cnice.mec.es/media/index.html

 

   
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