Ensayo

 
 

A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre.
Pío Baroja

Así como la desgracia hace discurrir más, la felicidad quita todo deseo de análisis; por eso es doblemente deseable.
Pío Baroja

Introducción

La definición de los géneros literarios supone, en general, un grave problema. Aunque tienen unas señas de identidad visibles, son con frecuencia fórmulas ambiguas, de fronteras porosas y poco precisas donde es corriente el solapamiento, o las creaciones en las que el autor puede alejarse de los paradigmas conocidos buscando la originalidad y la renovación literaria. El ensayo plantea todavía mayores dudas.

Se trata de un género paraliterario, no expresamente literario, sobre el que han existido innumerables confusiones. Autores y editores publican bajo el epígrafe de ensayo textos que no entran claramente en las categorías habituales de los géneros al uso, con lo que se convierte en una especie de cajón de sastre. Al mismo tiempo, la diversidad de temas, la variación de registros mentales y de su tratamiento estético provocan que el mundo del ensayo sea un espacio variopinto y diverso.

El hecho de que su naturaleza sea poco orgánica dificulta la tarea de reconocimiento y lo convierte en una creación mutable sujeta a perspectivas cambiantes por la importancia que adquiere en estos escritos el punto de vista personal y la experiencia del ensayista, por la particular relevancia que tiene en su motivación creadora el contexto histórico coetáneo. Además no tiene una forma única de expresión ya que se adapta a subgéneros literarios existentes. Para definir el ensayo con corrección es necesario abordarlo desde distintas ópticas para acotar en este acoso múltiple algunas de sus peculiares señas de identidad o recomponer su identidad.

Ensayo/discurso: problemas lexicográficos

La palabra ensayo viene del latín exagium (de ex-ago: ‘examinar, investigar la ley de una moneda’). Se mantiene en el latín medieval tardío con el mismo sentido primitivo (aplicado a moneda, animales...) y con otros secundarios que van derivando hacia el sentido discursivo. En la Edad Media el término romance assayo (ensayo) adopta diversas acepciones: sigue siendo prioritaria la de 'pesar', 'examinar'..., pero significa igualmente otros matices: 'probar o usar una cosa', 'acometer' una acción, prepararse para pelear, atacar... Durante el Siglo de Oro prevalece el uso monetario, aunque también indica 'simulacro de guerra', 'ardid y traza maliciosa', prueba, ejercicio o representación previa de algo, de donde deriva al sentido teatral, según las explicaciones de Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana (1611). En el Siglo XVIII, el Diccionario de Autoridades (III, 1732) define ensayo en los siguientes términos: 'Inspección, reconocimiento y examen del estado de las cosas, y lo mismo que ensaye y prueba; como el de una comedia, torneo u otro festejo'. Completa la definición en las palabras "ensaye” ('prueba, examen, reconocimiento de la calidad y bondad de las cosas') y. “ensay” ('lo mismo que ensaye. Es muy frecuente esta voz con esta terminación en las casas de moneda.'). No aparece ninguna acepción literaria. Tampoco la registra el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes de Esteban de Terreros, editado en 1786-93, aunque redactado antes de 1767.

El Diccionario académico actual, sin embargo, frente a esta vieja tradición léxica, ha prestigiado la acepción moderna de 'escrito generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia', sin tradición en la época anterior, aunque habitual desde la edición de 1869.

Esta acepción sería hipotéticamente posible a partir de 1580 en que Michel de Montaigne publicó sus Essais en Burdeos. Traducidos tempranamente al inglés, tuvieron una buena recepción en Inglaterra, lo cual propició la definitiva aceptación de la palabra y del género. En 1597 editó Francis Bacon sus Essayes, base del ensayismo británico posterior con variados temas, en prosa o verso (Alexandre Pope, An essay on Man, 1733), lo que favoreció que en el ámbito anglosajón adquiriera una gran riqueza de expresión lingüística (“essayist”, “essay”, “essayism”).

Discurso es la palabra sinónima de ensayo entre nuestros autores del Siglo de Oro. En el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias aparece la palabra ensayo, según se dijo. Ninguna de sus tres acepciones tiene relación con nuestro género. Sin embargo, su sentido se encuentra implícito en la voz discurso: “Tómase por el modo de proceder en tratar algún punto y materia, por diversos propósitos y varios conceptos”. A ello se ajustan obras coetáneas como Los sueños de Quevedo o la Agudeza y arte de ingenio de Gracián. Varias referencias del XVII al ensayista francés avalan que estamos ante una misma manifestación cultural: al referirse a los Essais del “señor de Montaña”, a cuya lectura fue gran aficionado, Quevedo habla de “Essais o Discursos”, manteniendo la palabra en francés porque la siente extraña, y añade como sinónimo el término discurso. Por las mismas fechas, el ex carmelita descalzo Diego de Cisneros tradujo (entre 1634-1636) el primer libro de la obra de Montaigne, que se conserva en un manuscrito inédito en la Biblioteca Nacional de Madrid, bajo el título de Experientias y varios discursos de Miguel, señor de Montaña. Junto al término discurso aparece el de experientia (= experiencia), palabra que a Marichal parece muy afortunada, ya que descubre el sentido “discursivo” y “experiencial”, “vivencial”, que hallamos en el autor galo.

En el siglo XVIII Feijoo utiliza indistintamente los términos discurso y carta, aunque forma y propósitos de sus escritos coinciden con lo que llamamos ensayo. En este siglo la palabra ensayo se entiende como un galicismo (como tal consta en el Diccionario de galicismos, 1906, de Baralt) y tiene el significado de “estudio provisional o incompleto, de carácter histórico o científico”. Con todo, el término se utiliza cada vez con mayor frecuencia. Según ha estudiado Álvarez de Miranda, adopta matices lingüísticos varios: desde bosquejo o estudio provisional, prueba, a otros que reflejan ya el espíritu discursivo. En el XIX ya se ha aposentado con sentido de género literario como certifican los textos de A. Anaya o de Alberto Lista. El Diccionario académico lo acoge desde la edición de 1869, según se dijo más arriba. Convive con otras denominaciones como devaneos, fantasías, tentativas, esbozo...

El XX es el siglo del ensayo, ya que es un género muy cultivado. Madura, sobre todo, en la pluma de Ortega y Gasset que define: “el ensayo es la ciencia menos la prueba explícita”. O declara: “Se trata, pues, lector de unos ensayos de amor intelectual. Carecen por completo de valor informativo; no son tampoco epítomes, son más bien lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado salvaciones. Se busca en ellos lo siguiente: dado un hecho -un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor-, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden, que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio, en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones” (Meditaciones del Quijote, 1911). Ortega utiliza varios nombres para designar este ejercicio intelectual: artículo, meditaciones, tratado, notas, estudio, incitaciones, divagaciones, variaciones, salvación...

Definición del ensayo

Las explicaciones de los diccionarios modernos remiten a los ejercicios que hallamos en los dos tomos de los Essais de Montaigne. Éste aventuró una precisa definición de este género literario en un fragmento metaensayístico, en el que se describen sus rasgos fundamentales:

“Es el juicio un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él, sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo de valor de juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan a un asunto noble y discutido en el que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos decide que éste o aquél son los más convenientes. Elijo al azar el primer argumento. Todos para mí son igualmente buenos y nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero: no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrar hasta el hueso. Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia. Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mí que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo. Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia”.
(Lib. I, Ens. 50).

Quedan en estas palabras definidos los caracteres básicos del ensayo como forma peculiar de pensamiento que, con mayor precisión, han analizado los críticos modernos.

Para describir los rasgos fundamentales del ensayo seguimos el libro de J. L. Gómez, Teoría del ensayo, cuyas explicaciones iremos completando en aspectos puntuales. Distingue los siguientes caracteres:

a) Actualidad / actualización del tema: Puesto que el ensayo busca establecer un contacto directo con el lector es necesaria “una contemporaneidad en el tiempo y en el espacio”. La actualidad no exige necesariamente tratar asuntos del presente, también se pueden discutir asuntos del pasado nuevamente reconsiderados. “El ensayista, en su diálogo con el lector o consigo mismo, reflexiona siempre sobre el presente, apoyado en la sólida base del pasado y con el implícito deseo de anticipar el futuro por medio de la comprensión del momento actual” (p. 30). Nunca debemos perder esta perspectiva. Y porque el ensayista es un espectador de la realidad, mantiene una relación privilegiada con el periodismo.

b) Fragmentario / antisistemático / acientífico: El ensayista procede mentalmente como prueba o intento, sin pretender agotar nunca la materia sobre la que discurre. Por eso se ha considerado despectivamente su apariencia fragmentaria. Sin embargo, lo inacabado del ensayo no debe entenderse como un defecto sino como un rasgo peculiar de su manera de proceder. No tiene intención totalizadora. El autor reflexiona en voz alta sobre aspectos que provocan su interioridad sin intentar agotarlos. Sus escritos son notas sueltas, no busca nada a priori. Sobre este tema han reflexionado particularmente los filósofos, al intentar establecer los límites entre los sistemas filosóficos y los ensayos filosóficos.

Son de gran utilidad las precisiones de Theodor W. Adorno en su artículo “El ensayo como forma”, del que extractamos las siguientes ideas: Parte del desprestigio habitual del ensayo como “producto ambiguo”, género al “que le falta convincente tradición formal”. Sin embargo, “el ensayo no admite que se le prescriba su competencia. En vez de producir algo científicamente o de crearlo artísticamente, el esfuerzo del ensayista refleja aún el ocio de lo infantil, que se inflama sin escrúpulos con lo que ya otros han hecho. El ensayo refleja lo amado y lo odiado en vez de presentar el espíritu, según el modelo de una ilimitada moral de trabajo, como creación a partir de la nada. Fortuna y juego le son esenciales” (p. 12). En este sentido: “No empieza por Adán y Eva, sino por aquello de que quiere hablar; dice lo que a su propósito se le ocurre, termina cuando él mismo se siente llegado al final, y no donde no queda ya resto alguno: así se sitúa entre las di-versiones. Sus conceptos no se construyen a partir de algo primero ni se redondean en algo último. Sus interpretaciones no están filológicamente fundadas y medidas, sino que son por principio hiperinterpretaciones” (p. 12). Son movimientos psicológicos individuales que pretenden una reflexión sobre la realidad. Desde esta perspectiva contrapone ciencia y arte <>---->> objetivo/subjetivo. Añade: “El ensayo tiene en cuenta la conciencia de <>>>>>, aun sin expresarla siquiera; es radical en el <>>>>>, en la abstracción de reducirlo todo a un principio, en la acentuación de lo parcial frente a lo total, en su carácter fragmentario” (p. 19). No obedece a las reglas del juego de la ciencia y de la teoría organizada. El orden de las cosas es el mismo de las reflexiones. Para confirmar estas ideas recuerda a George Lukács cuando, al subrayar la modestia de la palabra ensayo, afirma: “El ensayista despide las propias orgullosas esperanzas que alguna vez se creen haber llegado cerca de lo último: se trata sólo de comentarios a las poesías de otros, eso es lo único que él puede ofrecer y, en el mejor de los casos, comentarios a los propios conceptos. Pero irónicamente se adapta a esa pequeñez, a la eterna pequeñez del más profundo trabajo mental frente a la vida, y con irónica modestia la subraya aún” (G. Lukács, El alma y las formas, Berlín, 1911, p. 21. Cit. p. 19). No estamos ante una construcción cerrada, deductiva o inductiva, valora lo cambiante, lo efímero. No ama el dogma, el concepto atemporal e invariable. Se llena de referencias al mundo de la experiencia (histórica, individual).

Es fragmentario y accidental: “El ensayo no se propone buscar lo eterno en lo perecedero y destilarlo de ello, sino más bien eternizar lo perecedero” (p. 21). Es antisistemático, niega los protodatos (no necesita información anterior sobre lo mismo), introduce conceptos sin ceremonia, inmediatamente, tal como los concibe y los recibe. En definitiva: “El ensayo urge, más que el procedimiento definitorio, la interacción de sus conceptos en el proceso de la experiencia espiritual. En ésta los conceptos no constituyen un continuo operativo, el pensamiento no procede linealmente y en un solo sentido, sino que los momentos se entretejen como los hilos de una tapicería. La fecundidad del pensamiento depende de la densidad de esa imbricación. Propiamente, el pensador no piensa, sino que se hace escenario de la experiencia espiritual, sin analizarla. El ensayo se somete a mediación mediante su propia organización conceptual, si quiere expresarse así, puede decirse que el ensayo procede de un modo metódicamente ametódico” (p. 23). Explica con palabras precisas el proceso de apropiación de conceptos en la mente del ensayista: por medio de la experiencia. Los elementos van adquiriendo valor dentro de sí mismos, no como verdad clara y distinta. Se da un proceso de relativización: “el ensayo tiene que estructurarse como si pudiera suspenderse en cualquier momento. El ensayo piensa discontinuamente, como la realidad es discontinua, y encuentra su unidad a través de las rupturas, no intentando taparlas” (p. 27).

En parecidos conceptos insiste el estudio de Gómez, cuando afirma que el ensayista no “crea”, sino que actúa sobre lo creado (escrito, realidad, idea...) y lo observa de manera personal. De aquí se deduce una oposición radical entre ensayista / frente a especialista. Entiende que el ensayista al proceder así es consciente de su limitación. Adorno, por el contrario, otorga a esta categoría unos valores positivos, dignifica el ensayo, esto no es un fracaso. Sin embargo, también el ensayista puede convertirse en un especialista. El problema es de método.

c) Subjetivo: La subjetividad es una de las características fundamentales del ensayo. Esta condición “causa la ambigüedad y la dificultad en las definiciones”. Sin embargo, no se puede definir sólo como “relación de disposiciones de ánimo e impresiones”. Porque el ensayista es consciente de su función de escritor: es artista en la expresión y transmisor de ideas. Escribe porque siente necesidad de comunicar algo, porque se ha sentido herido interiormente y piensa que al redactarlo lo hace doblemente suyo. En este proceso de comunicación se pone, con toda sinceridad, en contacto con el lector a quien siente próximo, ante quien desnuda su pensamiento-sentimiento. Afirma Gómez: “Si como hemos indicado, el ensayista se expresa a través de sus sentimientos, sólo lo basado en la propia experiencia tiene valor ensayístico. De ahí que en el ensayo no tenga cabida el pensamiento filosófico sistemático ni el objetivismo científico” (p. 46). Presenta la verdad bajo la perspectiva subjetivista del autor, por eso también los grandes ensayistas tienen un estilo personalísimo, y el carácter circunstancial de la época. Marichal insiste en valorar lo cambiante del ensayo, que no se puede aislar del contexto socio-histórico que lo provoca, también cambiante, y por lo tanto no se desprende de lo circunstancial. La tendencia al cambio de la sociedad española provoca que el ensayismo hispánico sufra más altibajos “en el porte expresivo de los escritores y en sus formas de individualización humana: coexisten, y a veces alternan rítmicamente en nuestro ensayismo, el bufón y el hombre de bien, el desahogo y la plática sermonaria, la confesión desgarrada y la reserva aristocrática” (Teoría e historia del ensayismo hispánico, p. 16). Es el subjetivismo, su humanidad, lo que más se admira en el ensayista. La crítica ensayística puede tener por eso un campo de especial aplicación en la literatura, que es también subjetividad Es muy difícil reducir la crítica literaria a una ciencia objetiva sin prescindir de grandes parcelas de subjetividad. Por eso el ensayo literario es una de sus fórmulas más utilizadas.

El subjetivismo lleva a la elección del tema y a la manera personal de acercarse a él. Estos escritos ensayísticos “poseen siempre un carácter de íntima autobiografía”, con una presencia continua del yo, incluso con notas autobiográficas, con un crecimiento de lo emocional. El ensayo tiene, pues, un tono confesional. El escritor escribe sobre el mundo que le rodea y sus reacciones frente a él, en torno al yo. Son pensamientos y reflexiones en voz alta, que confieren a los escritos un aire coloquial, dialogal. El ensayista dialoga con el lector. Esta característica lo relaciona con el género renacentista del diálogo.

d) El ensayo como forma de pensar: Está escrito al correr de la pluma, más que algo profundamente meditado. Por eso, a veces, podemos encontrar contradicciones. Al lector testigo le parece, sin embargo, creíble, pues él está asistiendo a todo el proceso de creación del autor, hasta considerarlo casi como una operación personal. “Pero el buen ensayo, afirma Gómez, nos cautiva de tal modo que nos impide volver la vista atrás, evitando así cualquier intento de visión de conjunto, por lo que el desorden que podría observarse en un análisis meticuloso, es imperceptible al lector” (p. 56). Esto es contrario a la sistematización del tratado. El pensador Unamuno exigía para sí el derecho de “escribir como quien habla o dicta, sin volver atrás la vista ni el oído, hacia adelante, conversacionalmente, en vivo, como hombre y no como escritor”; o “reclamo mi libertad, mi santa libertad, hasta la de contradecirme si llega el caso”.

Tiene un carácter de espontaneidad en la exposición (que no anula una meditación anterior), en el modo de proceder. “El ensayista se siente reaccionar ante una situación y transcribe la reacción misma con la espontaneidad con que es sentida; pero tal reacción, a su vez es producto de una previa meditación” (p. 56). Muchas veces la improvisación sólo es aparente. La espontaneidad no reside en lo que se dice sino en el procedimiento de expresión. Tras la reflexión previa, el ensayo va creando un sistema de asociaciones / intuiciones que se producen en el momento mismo de escribir, insospechadas en su profundidad y límites. Por eso es también fragmentario en sus estructuras. El ensayista procede sin método, al menos sin un método rígido, pues tal cosa entorpece la libertad creativa.

e) Sugeridor: En la medida en que el ensayo parte de lo subjetivo y de la intuición, rehuyendo lo objetivo, se torna más sugeridor. Decía Unamuno: “No espere el lector hallar aquí más que indicaciones y sugestiones, meros puntos de reflexión que ha de desarrollar por sí mismo”. Son invitaciones al lector, para que vuelva a revisar las cosas bajo nuevas perspectivas. Hay en esto un diálogo con el lector. El receptor, por lo tanto, debe ser un miembro activo, que continúe el ciclo de la sugestión. El ensayo será mejor y más eficaz cuanto más provoque y sugiera.

f) Cuidado estéticamente: El ensayista se encuentra a mitad de camino entre la libertad e inspiración literaria y los estrechos límites de la expresión de la verdad. Hay un particular cuidado estético, una voluntad de estilo. Como género literario se acerca a la poesía.

Aspectos formales del ensayo

Al considerar al ensayo como un género literario (paraliterario) y observar sus aspectos formales debemos recordar sus raíces históricas, las viejas formulaciones que sirvieron de molde a la expresión ensayística antes de la configuración definitiva del género: el quod libeto medieval, el diálogo renacentista, el discurso... Y, sobre todo, la llamada “literatura mixta”. José Luis Varela ha insistido en la función de precedente de la miscelánea: “Esta literatura nos permite reconocer, precisamente, el carácter “espontáneo” de su enciclopedismo -quiere decir su engranaje en un proceso nacional- y a ella aplica, obediente a las necesidades nuevas, una actitud crítica. En este cruce -vieja literatura, miscelánea sobre temas y problemas curiosos, con crítica moderna como explicación verosímil donde la ciencia no llega- radica precisamente su carácter ensayístico” (“El ensayo de Feijoo...”, p. 116). Con todo, ya observó López Marichal, la maleabilidad del ensayo como fórmula literaria. La subjetividad proporciona a este género una gran libertad compositiva que orienta las creaciones individuales. Analizamos los aspectos formales más peculiares:

a) Estructura: Correspondiéndose con su forma mental de proceder, el ensayo no presenta una estructura determinada. Ya Montaigne había observado que el estilo del ensayo es “un decir informe y sin regla, una jerga popular y un proceder sin definición, sin división, sin conclusión”. No existe una unidad estructural lógica, producto de un sistema racional externo, sino una unidad emocional interna. El relato discurre libremente adentrándose en cosas secundarias, digresiones, si el autor se siente motivado por los accidentes.

b) Extensión breve: La contextura misma, la forma de proceder, hacen que habitualmente sean breves. Tienen este aspecto fragmentario, incluso con un final forzado o inacabado que responde al sentido impresionista: se acaba donde la impresión. Los libros de ensayo, más largos, no hacen muchas veces más que reunir una serie de trabajos dispersos de temas varios aunque integrados por el propio yo o nacidos en el crecimiento emocional o intelectual del escritor. Existe una evidente necesidad de conferir un orden cronológico, fecha de composición, contrastar ideas... para entender mejor los textos de los autores cuya ideología ha ido evolucionando a lo largo de los tiempos. La brevedad proviene, pues, de la misma naturaleza del ensayo. Y, como las cosas breves, el ensayo muestra un estilo más directo y una condensación de pensamiento. Incluso, cuando el autor quiere ensayar con más extensión sobre un tema, suele preferir hacer determinadas calas en el asunto, fragmentándolo (rompiendo la unidad y orden lógico propio del tratado): los capítulos son ensayos menores sobre el mismo tema.

c) Expresión en prosa: Aunque, por su intimidad creadora se ha relacionado al ensayo con la lírica, éste se encuentra lejos de la poesía en lo que se refiere a los corsés formalizadores (estructura métrica). La libertad del procedimiento del ensayo prefiere la prosa libre, aunque esté potenciada por la voluntad de estilo en la expresión de la subjetividad. Así la prosa es su modo habitual de expresión. Sólo unos pocos ensayistas prefirieron el verso, en especial quienes cultivaron la poesía didáctica como el Essay on man de A. Pope. Entre nosotros podríamos recordar El poeta filósofo de Cándido María Trigueros o los “Discursos” y “Epístolas” del vate ilustrado Meléndez Valdés.

d) El título: Así como en los tratados el título hace referencia directa al contenido (informa sobre él), y tiene un carácter descriptivo, en el ensayo, su función es literaria. Aunque, a veces, haga referencia más o menos precisa a lo que trata, muchas otras (porque la divagación es libre) se evade de él o sólo lo toca tangencialmente. El título se convierte casi en un recurso estilístico.

e) Las citas: Dado su carácter no científico, prescinde de las notas eruditas. Son escasas las notas a pie de página. Las citas, aunque numerosas, no tienen un cometido precisador o confirmador de la autoridad, sino que buscan la eficacia comunicadora. Por eso, no es importante la precisión, la exactitud. Más que la exactitud textual importa el fondo, la idea, la oportunidad y precisión, la belleza. No hay, por tanto, interés científico. Caso extremo es el de fray Antonio de Guevara que creaba una aparente erudición “falsa”, inventándose citas, fuentes, escritores y filósofos, lo cual le originó numerosos problemas con los eruditos

El ensayo: clasificación

De los textos propiamente ensayísticos, no de los géneros afines, existen numerosas clasificaciones. Ninguna de ella es totalmente satisfactoria, ya que el discurrir por libre, propio del ensayo, soporta mal cualquier intento de ordenación formal. Sólo debemos dar, pues, a estas clasificaciones un carácter pedagógico. Así, unas hacen referencia a los temas que abordan: literario, científico, filosófico, histórico...; otras remiten a la manera de enfocar la reflexión ensayística. En el libro de Martín Duque-Fernández Cuesta se resumen varias de estas ordenaciones. La de mayor asenso la divide en ensayos “de exposición de ideas": “su fin primordial es comunicar al lector unas ideas políticas, religiosas, filosóficas, económicas, etc...” (p. 73); “ensayos de crítica": “tienen el propósito de analizar y enjuiciar cualquier obra humana: arte, filosofía, política y religión”; “ensayos de creación”: “son aquellos en que la sensibilidad y la fantasía crean mundos ficticios que sirven de envoltura poética a la idea del autor” (p. 73).

Otros los dividen en dos tipos básicos: ensayo personal (familiar essay), al estilo de Montaigne: de carácter personal, casi una confesión; y ensayo formal (formal essay): más ambicioso, extenso y de contorno más riguroso. Pero sigue interesando sobre todo el punto de vista del autor y no tanto los materiales utilizados y la erudición. Entre ambos hay una gama de modalidades intermedias según los puntos de vista adoptados frente al género.

Ángel del Río, al estudiar el pensamiento español del XX, lo divide en: ensayo puro: de asuntos filosóficos, históricos, literarios (Unamuno, Maeztu, Ortega y Gasset); ensayo poético (descriptivo): donde lo poético prevalece sobre lo conceptual (poesía escrita en prosa) cuyos maestros son Azorín, Juan Ramón Jiménez; ensayo crítico (erudito): “son ensayos profundos donde los historiadores, médicos, matemáticos e investigadores exponen sus ideas” (Á. del Río y J. Benardete, El concepto contemporáneo de España, cit. p. 75).

El ensayo en el concierto de los géneros

Desde un punto de vista histórico el ensayo es un género poco estudiado. En las poéticas y retóricas de finales del siglo XVIII aparece recogido en el apartado de la Prosa Didáctica. La crítica moderna lo estudia en los manuales sobre teoría literaria o sobre géneros. Vamos a hacer tres calas para contrastar algunos matices que puedan ser significativos:

a) Rafael Lapesa, en su libro Introducción a los estudios literarios (1972), incluye el ensayo en el apartado que lleva por título “La Didáctica y la Crítica”. Define la Didáctica: “Las obras que se valen de la palabra para exponer conocimientos o doctrinas” (p. 183). Tiene una finalidad docente, “pero también suele abarcar en las clasificaciones literarias las obras científicas sin propósito de enseñanza, la pura formulación escrita del saber” (p. 183). Añade: “El interés estético es secundario en la didáctica. La ciencia no busca la belleza, sino la verdad; la facultad predominante no es la fantasía, sino la inteligencia. La exposición científica ha de preocuparse ante todo de la exactitud, la claridad y el orden, que deben sobreponerse al cuidado de la expresión bella. El margen concedido al arte dependerá de la materia tratada y del fin perseguido” (p. 183). Incluye en la Didáctica: la exposición científica, que describe la investigación de la ciencia (de laboratorio o de archivo) y su crítica; el diálogo doctrinal y el ensayo: el primero es forma más antigua de la expresión doctrinal (entre clásicos, y sobre todo Platón) y los humanistas renacentistas. Modernamente el ensayo ocupa ese lugar: “que apunta teorías, presenta los temas bajo aspectos nuevos o establece sugestivas relaciones sin ceñirse a la justeza ordenada necesaria en una exposición conclusa. No pretende serlo: la misión suya es plantear cuestiones y señalar caminos más que asentar soluciones firmes; por eso toma aspectos de amena divagación literaria” (p. 185); la literatura religiosa: ascética o mística, campo abierto desde la teología a los catecismos; la crítica (griego krinein: 'juzgar, opinar') equivale a juicio o valoración. “Criticar es poner en juego las facultades estimativas y determinar el grado en que un acto o una creación poseen un valor cualquiera” (p.188). Puede ser negativa o laudatoria. Cualquier actividad humana es susceptible de valoración: filosofía, ciencia, estética, arte, espectáculos, sociedad, costumbres, literatura... Estudia además otros escritos culturales que pueden tener alguna relación con el ensayo. En estas explicaciones de Lapesa hay afirmaciones discutibles o que deberíamos completar, o matizar: la relación entre ensayo-crítica impresionista; la historia de la literatura y la crítica literaria no siempre son separables; la visión crítica de la historia tiene relación con la crítica y la didáctica...

b) I. Martín Duque-M. Fernández Cuesta en el estudio Géneros literarios (1973) describen diversas unidades literarias a las que otorgan la categoría de géneros: Poesía // Ensayo // Periodismo // Novela // Cuento // Drama. Dan la siguiente definición de ensayo: “Escrito en prosa, generalmente breve, que expone sin rigor sistemático, pero con hondura, madurez y emoción, una interpretación personal sobre cualquier tema, sea filosófico, religioso, histórico, literario, etc., sin seguir un orden riguroso como en el tratado doctrinal, ni pretender agotar la materia” (p. 61). Destacan estos caracteres fundamentales: fronteras imprecisas: “por un lado colinda con el tratado, con la didáctica; por otro, con la crítica y el periodismo” (p. 62); contenidos ideológicos variados: religión, filosofía, moral, estética, literatura...; conceden gran importancia al sentimiento del autor, “por lo cual podemos afirmar que el ensayo está más próximo a la poesía lírica que a la novela o el drama” (p. 62); estructura del ensayo: “La estructura del ensayo es libre, de forma sintética y de extensión relativamente breve, aunque a veces adquiere gran dimensión y llega a ser un libro” (p. 72); estilo: cuidadoso y elegante, sin afectación. “Su tono puede ser profundo, poético, retórico, satírico, humorístico...” (p. 73).
c) En un libro más reciente de A. García Berrio y J. Huerta Calvo, Los géneros literarios: sistema e historia (1992), en la Parte III, bajo el título de “Ensayo de una tipología actual de los géneros literarios” hacen una clasificación global de los géneros literarios, divididos en subgéneros. Establecen las siguientes modalidades: géneros poético-líricos, géneros épico-narrativos, géneros teatrales y géneros didáctico-ensayísticos. Afirman sobre estos últimos: “incluimos en este apartado aquellos géneros considerados tradicionalmente fuera del ámbito de las Poéticas, por tratar de materia doctrinal y no ficcional” (p. 218). El lenguaje sirve para transmisión del pensamiento (filosófico, religioso, político, científico...), y “el propósito estético queda subordinado en este grupo a los fines ideológicos”, sin que esté ausente del todo. “La forma básica de este grupo, el ensayo, testimonia que en determinadas épocas ha prevalecido un concepto estetizante, hasta el punto de que los límites entre lo didáctico y lo ficcional han llegado a diluirse. Incluso en nuestros días, el artículo periodístico -por hablar de una forma simple- presenta en muchos de sus cultivadores un alto grado de intención artística.” (p. 218).

Les parece a los autores pertinente, desde un punto de vista teórico e histórico, completar la división ternaria de los géneros con este cuarto grupo didáctico-ensayístico. Para su organización establecen un cuadro-marco, que recoge las distintas “formas y modalidades”. Dividen los “subgéneros didáctico-ensayísticos en tres categorías de acuerdo con su determinación formal-expresiva, es decir, la objetividad (épica), subjetividad (lírica) y objetividad-subjetividad (dramática)” (p. 220). En los subgéneros de tipo objetivo prima “la exposición de las ideas en tercera persona y en forma narrativa”. En este espacio caben ciertas novelas híbridas de intención ensayística o subgéneros objetivos como la historiografía o la biografía. En los didáctico-ensayísticos de tipo subjetivo domina la primera persona. Entran en este apartado formas como la autobiografía y la confesión. En los subgéneros de contextura mixta, o sea dramática:“la figura del autor en tercera persona desaparece para dejar vía libre a otros personajes” (p. 220). Un modelo típico es el diálogo. Estudian el ensayo, como forma de expresión más pura de lo didáctico-ensayístico pero también los géneros afines, en momentos históricos, simples sustitutos del ensayo, cuyos datos utilizamos en el apartado siguiente.

El ensayo y los géneros afines

Describen García Berrio y Huerta Calvo los subgéneros más importantes:

a) De expresión dramática:

. La fórmula fundamental es el diálogo. Tuvo dos épocas de florecimiento fundamentales: la Antigüedad, en la que el modelo básico es el socrático, que concretó Platón, con algunos elementos de ficción. Sus enemigos de la escuela cínica como Varrón y, sobre todo, Luciano de Samosata convierten el diálogo en sátira menipea, creación del cínico Menipo de Gadara (III a.C.), género jocoserio que deriva hacia ciertas formas novelescas como el Satiricón de Petronio o El asno de oro de Apuleyo. Sus rasgos fundamentales son: problemática relación con la realidad, olvidan la tradición por la invención, pluralidad de estilos. Vuelve a florecer en el Renacimiento con el redescubrimiento de Luciano y los nuevos modelos de Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro. Existe una gran abundancia con temas variados y permeabilidad formal que los acercan unas veces al teatro y otras a la novela. Se siguió cultivando en el XVIII.

Para Jesús Gómez, principal estudioso de este género, existen tres modelos básicos: el diálogo platónico, de tema filosófico, en el que el contraste dialógico es sólo aparente, ya que más bien se trata de un maestro que dialoga con sus discípulos; el diálogo ciceroniano, exposición de conocimientos en boca del orator-maestro, con añadidos del discípulo (El Cortesano de B. de Castiglione, Diálogo de la dignidad del hombre, de F. Pérez de Oliva...); el diálogo lucianesco, el menos discursivo y con elementos imaginativos, en la tradición de la sátira menipea, donde se combinan elementos humorísticos, libertad de invención narrativa, situaciones excepcionales de los personajes, estados psíquicos inhabituales (locura, desdoblamiento, sueños), y un cierto tono reflexivo. Si aumentan los elementos ficcionales son casi novelas (El Crotalón, de C. de Villalón; El coloquio de los perros de M. de Cervantes; Sueños y discursos de F. de Quevedo).

b) De expresión objetiva: Existen varios modelos:

. Las utopías o tratados utópicos: de fronteras borrosas “entre la especulación racional y la ficción imaginativa” (p. 222). Nacen en el siglo XVI, a partir del modelo de T. Moro. Son muy utilizadas en el siglo XVIII . Están en relación con los libros de viajes, reales o imaginarios. Son frecuentes en la literatura antiburguesa del XX en autores como Wells, Orwell, Huxley...

. La miscelánea: De origen renacentista, acoge “textos de diversa condición temática y con una estructura multiforme” (p. 222). Une elementos del ensayo, la novela, el apotegma. Los autores más destacados son: Pedro Mexía, Silva de varia lección (1540), compilación de episodios históricos, científicos, mitológicos, morales...; Antonio de Torquemada, Jardín de flores curiosas (1570), más literaria e imaginativa, incluye asuntos “míticos, fantásticos y maravillosos” con aire novelesco. La miscelánea barroca se convierte en una estructura de mayor complejidad en la que caben poesías, relatos, piezas teatrales..., siguiendo la estética acumulativa propia de esta tendencia.

. El pensamiento fragmentario se expresa a través de una serie de géneros muy prestigiados, ligados algunos al folclore y a la mentalidad popular: a) Apotegma que define el Diccionario académico como “dicho breve y sentencioso”. b) Refrán: la literatura paremiológica alcanzó un gran prestigio. Existen colecciones desde Santillana hasta el Vocabulario de refranes, de Gonzalo de Correa. c) Máxima: moral de fábulas, emblemas. d) Aforismo. e) Greguería: invención de Ramón Gómez de la Serna, quien la definió con la ecuación metáfora + humor: greguería

. El tratado: Fórmula ya en uso en la cultura medieval, con límites borrosos con lo narrativo. Lo presentan “como una denominación muy flexible y general, susceptible de ser aplicada a obras en prosa de ficción o a obras de tipo científico y didáctico” (p. 224). Al ámbito de la ficción pertenece la novela sentimental de Diego de San Pedro, Tratado de los amores de Arnalte y Lucenda, aunque con tono moralizante. Más ensayísticos son: De amore, de Andrea Capellanus; los tratados renacentistas, en especial los que tienen menor hondura intelectual.

. La prosa didáctica: Entre ensayo y la prosa didáctica, según señala Gómez, existen evidentes diferencias: el ensayo es sugeridor, invita a la reflexión, el autor está a nuestra altura mientras que en la didáctica, el autor representa una autoridad. El ensayo pretende decir verdades no absolutas, cosas probables; en la didáctica se transmiten las ideas como verdaderas. El ensayo tiene una estructura más literaria, en la didáctica es más cerrada y sistemática. El ensayo se da el subjetivismo, sin embargo la didáctica tiende a la objetividad.

. La glosa doctrinal: En el XVI se utilizó en la literatura mística, sobre todo en San Juan de la Cruz: el verso recogía la parte intuitiva, y la glosa comentaba en prosa su sentido. Modernamente debemos recordar las glosas de Eugenio d’Ors.

. El artículo periodístico: Lo denominan “forma menor del ensayo”. El periodismo del siglo XVIII fue el promotor del ensayo español particularmente en periódicos como El pensador de Clavijo y Fajardo, El censor... Muchos estudiosos ligan el periodismo a la época romántica y al artículo de costumbres de los Mesonero Romanos, Estébanez Calderón, y sobre todo en Larra, autor cuyo tono satírico y moral destacan por su valor ensayístico en temas varios de literatura, sociedad, política...Tampoco relacionan el artículo periodístico con la unidad menor que luego se integra en los libros de ensayo. El libro de ensayos ha nacido la mayor parte de las veces en el humilde artículo de periódico. Destacan a grandes periodistas del siglo XX: Azorín, González Ruano, Pemán, Umbral...

. La biografía: Es un género de tradición clásica: Plutarco, Vidas paralelas; Pseudo-Calístenes, Vida de Alejandro Magno. En la Edad Media son típicas las vidas o razós que contaban las andanzas de un trovador. Con el Humanismo se ponen de moda las biografías de hombres ilustres convertidos en modelos humanos y sociales. Son ejemplos de esta literatura: Generaciones y semblanzas, de Pérez de Guzmán; o Claros varones de Castilla, de Hernando del Pulgar. Sin embargo, es un género que pervive a lo largo de los tiempos. Unas veces la biografía se interesa por los datos históricos y deriva hacia lo narrativo (y aun se convierte en novela histórica), otras insiste en los valores humanos, sociales, culturales o morales del personaje biografiado, derivando hacia el ensayo y convirtiendo la biografía en un relato ejemplar. Mención especial merecen las biografías de personajes religiosos, desde las vidas de santos medievales, en verso o prosa, a las del santoral más moderno convertido en alimento espiritual de los fieles cristianos. Las hagiografías están, con frecuencia, contaminadas con episodios poco verídicos. También existen modernamente biografías de personajes de la política, cultura, arte, literatura...

. La historiografía: Es un género literario que existe desde la Antigüedad clásica. Hasta el nacimiento del historicismo positivista en el siglo XVIII, la historiografía se hacía desde otros condicionamientos culturales. Así en los textos históricos de Alfonso X se acumulan conocimientos y reflexiones de ascendencia diversa.

. El libro de viajes: El viaje y el contraste de costumbres entre los visitados y los nacionales suele ser motivo de análisis social, cultural... Hay viajes reales y ficticios, viajes y utopías.

. El discurso: Como expresión del orador en el foro, fue muy cultivado entre griegos (Demóstenes) y romanos (Cicerón). A veces se publicaban para conocimiento público. Están sometidos a una estructura muy elaborada que definían las Retóricas: exordio, proposición, confirmación, peroración, epílogo. Algunos textos, como los Discursos Forenses de Meléndez Valdés se tornan en auténticos ensayos al incluir el autor numerosas reflexiones. Fue sustituto del ensayo en la época histórica (XVI-XVIII). Existen discursos de tema político, filosófico, social o literario.

. El diccionario: Cuando prima la tendencia cultural totalizadora se ponen de moda los diccionarios. Así las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, el Tesoro de la lengua castellana de S. de Covarrubias o la Encyclopédie francesa del XVIII. No tiene esto nada que ver con los simples diccionarios de términos lingüísticos y sí más con los diccionarios enciclopédicos del siglo XVIII francés que incluyen términos y conceptos. La subjetividad del ensayista se refleja en el Diccionario literario de F. Umbral.

c) De expresión subjetiva, donde incluyen:

. La epístola/ la carta: Señala Gómez que la carta por su sentido confesional no está lejos del ensayo. Históricamente puede considerarse un antecedente y, a veces, puede funcionar igual. Francis Bacon decía al comentar el término ensayo: “La palabra es nueva, pero el contenido es antiguo. Pues las mismas Epístolas a Lucano de Séneca, si uno se fija bien, no son nada más que ensayos, es decir, meditaciones dispersas reunidas en forma de epístolas”. Modalidades de la epístola: en verso, tiende a la reflexión moral (Ejemplos: “Epístola moral a Fabio”, las “Epístolas” de Meléndez Valdés); en prosa se dan varias creaciones interesantes: la novela epistolar (novela sentimental XV-XVI, novela epistolar XVIII (Mor de Fuentes, La Serafina, 1798) o del XIX (F. de Tójar, La filósofa por amor, 1800, La incógnita, de Galdós); el modelo ensayístico (Guevara, Epístolas familiares; Feijoo, Cartas Eruditas y curiosas; Cadalso, Cartas Marruecas; Meléndez Valdés, Cartas Turcas). La carta familiar tiene en ocasiones valor documental. Hay cartas literarias, de carácter reflexivo y cultural. En el Renacimiento las utilizan Erasmo y Luis Vives, y también es frecuente en el XVIII (Cadalso, Armona, Jovellanos, Moratín...). Señala Gómez algunas características peculiares de la carta literaria: tiene como destinatario a un solo lector; su finalidad es esencialmente comunicativa; presenta detalles personales íntimos; el valor es más particular (en relación con el destinatario); y su estilo, más familiar. Por contra, el ensayo tiene por destinatario a un lector múltiple; su finalidad es literaria; ofrece un discurso más abstracto; tiende a lo más general, universal; y manifiesta una decidida voluntad de estilo.

. Las memorias: Género relativamente moderno para recuperar el pasado o la historia en forma de crónica o testimonio. En el siglo XVIII fue una fórmula muy extendida por toda Europa (I. de Luzán, Memorias literarias de París, 1751). Dan cobijo a los recuerdos de personajes públicos de la política o las letras.

. La confesión: Añade a las memorias el “tono introspectivo”. Sus modelos clásicos son: san Agustín; santa Teresa de Jesús, Libro de la vida; Las confesiones de J. J. Rousseau. María Zambrano define las confesiones, “revelación de la vida interior”, con las siguientes palabras: “La confesión surge de ciertas situaciones. Porque hay situaciones en que la vida ha llegado al extremo de confusión y de dispersión. Cosa que puede suceder por obra de circunstancias individuales, pero más todavía, históricas. Precisamente cuando el hombre ha sido humillado, cuando se ha cerrado en el rencor, cuando sólo siente sobre sí <>>>>>, necesita entonces que su propia vida se le revele. Y para lograrlo, ejecuta el doble movimiento propio de la confesión: el de la huida de sí y el de buscar algo que le sostenga y aclare” (cit. p. 227). La descripción de los hechos biográficos se combina con las reflexiones interiores. Este tipo de subjetividad puede teñir incluso tratados más enjundiosos.

. La autobiografía: Los límites entre la confesión y la autobiografía son confusos. “La confesión puede considerarse una autobiografía espiritual en la medida en que da cuenta de un estado de crisis en el interior del individuo” (p. 227). La autobiografía es la biografía que el autor realiza de sí mismo: incluye datos personales, aunque también puede contener reflexiones sobre los mismos y sobre la época.

. El diario: “Minuciosa constatación de hechos cotidianos, que puede suponer una intensificación mayor de la expresión subjetiva pero que es de alcance más reducido al no poder presentar la panorámica total de una vida, como es el caso de la autobiografía” (p. 228). Existen numerosas modalidades, pero en todas se constata la relación entre la propia persona y la sociedad. Fueron numerosos en el XVIII: Cadalso, Moratín, Jovellanos.

El ensayo es un género vivo que se va actualizando con el tiempo, reformando su pensamiento y sus estructuras. La versatilidad tradicional favorece que se vaya adaptando a nuevas formas de expresión que conservan de la fórmula matriz la libertad de juicio y su peculiar subjetividad.

Historia del Ensayo español

El uso del término ensayo para designar a un tipo de escritos de carácter discursivo se generaliza en la cultura española en el siglo XIX, aunque es término que ya hallamos utilizado con significados varios, incluido el ensayístico, en el Siglo de las Luces. Convive a lo largo de los tiempos con una serie de géneros afines, convertidos en fórmulas alternativas para la expresión del pensamiento. La carta, el diálogo, la miscelánea, el tratado y, sobre todo, el discurso, entre otros muchos, han servido de cauce para el análisis y la crítica personal sobre una variada panoplia de temas que inquietaban al hombre en relación con la sociedad coetánea: políticos, sociales, artísticos, morales, literarios, históricos... No resulta, sin embargo, fácil conocer qué escritos podemos introducir en el espacio del ensayo, dada su dosis de subjetividad y demás características propias de esta fórmula literaria, y cuáles pertenecen al ámbito de la ciencia con su intención totalizadora y erudita. Si las formas más puras no presentan ningún problema, es muy frecuente encontrar textos con rasgos menos definidos cuya ambigüedad provoca dudas razonables sobre su adscripción. Cada época ha dado prioridad como vehículo de expresión a una fórmula o a otra en razón de determinados condicionantes culturales y estéticos. También puede observarse que los escritos ensayísticos fluyen con mayor abundancia en los períodos de nuestra historia en los que la sociedad ha disfrutado de una mayor libertad (Renacimiento, Ilustración...). La censura gubernamental y el celo inquisitorial han sido agentes activos en el control de la ideología que han convertido en árido erial importantes zonas de la historia del pensamiento español.

El ensayo literario moderno nace en 1580, cuando Michel de Montaigne publica los dos primeros libros de los Essais, a los que añadirá un segundo tomo con el tercero en 1588. La difusión del término se debe a Francis Bacon, que en sus Essayes (1597), título tomado del escritor francés, lo emplea como denominación de un género concreto que disponía de precedentes antiguos como las epístolas de Séneca, las Meditaciones de Marco Aurelio, los Diálogos de Platón, la miscelánea Noches Áticas de Aulo Gelio o los Moralia de Plutarco, a quien el maestro Ramón Pérez de Ayala denominó “primogénito y patriarca del género moderno ensayo”. El propio Bacon reconocía esta ascendencia clásica cuando afirma: que “la palabra es nueva, pero el contenido es antiguo. Pues las mismas Epístolas a Lucilio de Séneca, si uno se fija bien, no son más que ensayos, es decir meditaciones dispersas reunidas en forma de epístolas”. Independientemente del estilo peculiar de cada ensayista, el nuevo género tiene unas características propias como la brevedad, la presentación personalizada del conocimiento o la fragmentación en distintas partes. En los Essais Montaigne insiste en el orden fortuito y el autobiografismo del ensayo. Subraya con insistencia la identificación entre vida y obra, por otra parte propia de cualquier creación literaria, produciéndose un desplazamiento de la atención desde la materia tratada hacia el individuo, de manera que resulta imposible extraer enseñanzas objetivas o conclusiones formuladas de modo sistemático. Al presentarse el pensamiento en continuo movimiento el lector no puede reconstruir un sistema doctrinal o científico, aunque capta el modo de pensar del ensayista. La primera traducción española de los Essais fue la de Diego de Cisneros en el siglo XVII, que permaneció inédita por problemas con la Inquisición. Este autor tradujo el primer libro de los Essais entre 1634 y 1636, y, advirtiendo los problemas que podía traer su publicación íntegra, decidió expurgar varios pasajes conflictivos. Es posible que el propio traductor contribuyera de forma involuntaria a poner de manifiesto el contenido heterodoxo de la obra. Así, desde 1640 se formularon prohibiciones cautelares de los ensayos de Montaigne, en espera de la aparición de un Índice expurgatorio que nunca apareció. Hasta 1898 no se publicó la primera versión completa en nuestro idioma, editada en París, que realizó Constantino Román y Salamero.

Sin embargo, los orígenes del ensayo español se remontan al siglo XV, época en la que empieza a asentarse el Humanismo temprano y se siente la necesidad de marcar las diferencias individuales frente a la consideración medieval del hombre como integrante de un orden rígido y religioso, y al mismo tiempo ampliar los referentes culturales y sociales. Esta tensión espiritual se acrecienta en el siglo XVI con el triunfo del Renacimiento y su afán por descubrir los nuevos valores humanos y su afición por los clásicos. Llegan a España las corrientes del pensamiento europeo y se profundiza en los aspectos filosóficos, lingüísticos, históricos o éticos de nuestra cultura. Aunque no se utiliza el término ensayo, existen determinadas formas discursivas en la cultura española como las colecciones de epístolas, discursos, anotaciones, libros de varia lección, diálogos didácticos, apotegmas, adagios, biografías heroicas..., fórmulas que deben tenerse en cuenta al estudiar los orígenes de este género.

El ensayo hasta el siglo XVII

Epístolas

Las epístolas son de diferentes clases y estilos, literarias o familiares. Entre las primeras hay un tipo especial de carta, la epístola ensayística, de gran libertad formal y temática, en la que se combina la disertación objetiva de tipo filosófico con observaciones puntuales y reflexiones subjetivas. Conserva algunos rasgos de la carta familiar pero su contenido adopta un aire reflexivo condicionado por el firmante y la persona a la que va dirigida. Trata temas que van desde la política a la filosofía moral, con atención especial a las costumbres de la Antigüedad grecolatina. Se agrupan en colecciones misceláneas, que no responden a ningún orden interno prefijado, sino que cada epístola conserva su independencia respecto a las demás. Siguen los modelos de los maestros clásicos (Séneca, Cicerón) o los de Petrarca, todas ellas escritas en latín, quienes fijaron el género en la transición de la Edad Media al Renacimiento. En general, la actividad epistolar del siglo XV está marcada por un formalismo que da poco juego a lo subjetivo. Las epístolas de Alonso de Mondoñedo, obispo de Burgos, y las de mosén Diego de Valera, cronista de Enrique IV y de los Reyes Católicos, son documentos de primer orden que configuran lo que será el ensayismo hispánico. Las Letras de Hernando del Pulgar, editadas a finales del siglo XV, constituyen un ejemplo temprano de epístolas dirigidas a familiares, amigos o personas influyentes de su tiempo. Tratan de temas morales y filosóficos con observaciones subjetivas, en un tono que acepta tanto la seriedad como el comentario satírico.

Durante la primera mitad del XVI se generalizó la moda de publicar epistolarios escritos en romance, debido quizá al nuevo concepto de la vida y a la diferente estimación del hombre que propugna el Renacimiento. La carta fue el instrumento adecuado para dar salida a la fuerte individualidad de los escritores. Puede considerarse como un género menor que anticipa lo que serán los rasgos característicos del ensayo. Debemos destacar las Epístolas familiares (1ª parte, 1539; 2ª parte, 1541) de fray Antonio de Guevara (¿1480?-1545), consideradas por algunos críticos como un antecedente del ensayo moderno español, por la variedad de temas que tratan y el tono personal en que están escritas. Las Epístolas son un conjunto animado y vivo de confidencias dirigidas a personajes concretos (reyes, nobles, gobernantes, clero...), en las que, con un carácter fragmentario y un sentido crítico, Guevara expresa sus saberes y sus experiencias. Las fechas de las cartas abarcan, según el autor, un período de veintiséis años, desde 1511 a 1537, y son los de más actividad los que corresponden a su cargo de predicador real y de cronista imperial. Guevara posee una amplia cultura humanística. Divulga en castellano la retórica latina sin romper la continuidad medieval, basándose en la autoridad de los antiguos, quienes le proporcionan gran cantidad de citas, anécdotas y ejemplos para ordenar su pensamiento y comunicar sus ideas. Pero, al mismo tiempo, tiene una gran libertad estética e intelectual que le hace separarse de los modelos y, con una conciencia clara de su originalidad, le lleva a crear un estilo propio sencillo y a la vez artificioso, con un vocabulario rico y variado, un tono conversacional y una mezcla de lo cuidado y lo vulgar, lo grave y lo jocoso. Guevara vive en una doble dimensión: la externa como cortesano, y la interna como franciscano, de ahí que el dualismo y la antítesis sean características de su estilo. El obispo de Mondoñedo fue autor de otros libros de tono reflexivo: Relox de Príncipes (1529), Libro de Marco Aurelio (1528), Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539). Durante el siglo XVII sigue vigente el género epistolar en obras como las Cartas filológicas (1634) de Francisco Cascales, colección de treinta cartas divididas en tres décadas, que tratan de asuntos variados, aunque las más numerosas son las de crítica literaria; y las Epístolas varias (1675) de Félix Lucio de Espinosa y Malo, compuestas por treinta y una cartas de temas eruditos y morales. Ambos epistolarios están concebidos desde una perspectiva humanística, y manifiestan un gran interés por la cultura clásica.

El diálogo

El diálogo fue una forma literaria que se cultivó con profusión en el Renacimiento español, quizá por su ascendencia clásica, del que existe un amplio repertorio según muestran los estudios de Jesús Gómez. En él, dos o más interlocutores conversan entre sí, alternando los papeles de emisor y destinatario. Entre las diferentes modalidades que presenta hay que destacar el diálogo didáctico, perteneciente a un ámbito que está entre la ficción y la información, y que podemos situar en los orígenes del ensayo. Es un modo de expresión coherente y homogéneo, de carácter objetivo. Los interlocutores, el tiempo y el espacio están al servicio de las ideas que se derivan del proceso de la argumentación. Entre 1500 y 1525 se escribieron pocos diálogos, la mayor parte en latín, que se publicaron fuera de España. En castellano, aparte de reediciones de otros siglos y de traducciones, solamente conocemos uno de comienzos del XVI titulado Tratado de la inmortalidad del alma (1503) de Rodrigo Fernández de Santaella. A partir de 1525 los diálogos reflejan el carácter cosmopolita de la época de Carlos V, ya que se percibe en ellos la influencia de Erasmo y de los autores italianos, que se acrecentará en fechas posteriores. Así sucede en el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, Diálogo de Lactancio y un Arcediano y el Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés, publicados hacia 1529, y en el Diálogo de la doctrina cristiana (1529) de su hermano Juan de Valdés, autor asimismo del Diálogo de la lengua, obra capital en el estudio de nuestro idioma. Debido a la censura de la Inquisición, que ejercía mayor presión en los géneros que pretendían la divulgación del pensamiento, a partir de 1550 los diálogos de tema religioso vuelven a las ideas tradicionales. Los autores sienten la necesidad de afirmar su aceptación de la ortodoxia religiosa que se había establecido en Trento. Fray Juan de Tolosa incluye dos sermones contra herejes al final de sus Discursos predicables (el segundo fue utilizado en 1568 en un auto de fe celebrado en Valladolid), y en los Diálogos del origen, autores e causa de las herejías de Francia su anónimo autor afirma que España no se contagió de las herejías del país vecino debido al buen hacer y celo del rey Felipe II. Esto no impide que se escriban algunos de tipo erasmista como los Coloquios matrimoniales (1560) de Pedro de Luján, de gran difusión. Muy característicos de la segunda mitad del XVI fueron los de tipo compendial, como Diálogos familiares de la agricultura cristiana (1589) de Fray Juan de Pineda, Torre de David de fray Jerónimo de Lemos o Microcosmía de fray Marco Antonio de Camós. A finales de siglo tuvieron gran éxito De los nombres de Cristo de fray Luis de León, editado en siete ocasiones entre 1583 y 1595, y el Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada, que fue publicado en nueve ocasiones entre 1570 y 1599.

Las anotaciones y misceláneas

Las anotaciones se acercan al ensayo cuando sirven de vehículo para las reflexiones del comentarista, al margen de las aclaraciones del texto. Son conocidas las Anotaciones (1580) que realiza Fernando de Herrera a las poesías de Garcilaso de la Vega, en las que no se limita a anotar las fuentes literarias ni a aclarar el sentido con enmiendas filológicas sino que se sirve de los versos del vate toledano para exponer su personal arte poética atendiendo a cuestiones variadas: métrica, uso de las figuras retóricas, temas generales como el amor y la belleza, elementos mitológicos... Son también ensayísticos los comentarios de Andrés Laguna a la traducción de la Materia médica (1555) de Dioscórides, en los que proyecta su punto de vista personal amenizado por experiencias autobiográficas. El mismo carácter ofrecen la Declaración de los siete psalmos penitenciales (1599) del fraile agustino Pedro Vega y los comentarios de Jerónimo Gómez de la Huerta a la famosa Historia natural de Plinio el Viejo.

Relacionados con las anotaciones están los libros de varia lección o misceláneas, en boga durante los siglos XVI y XVII, considerados hoy precursores del ensayo moderno. Eran obras en las que se agrupaba una gran variedad de asuntos organizados con libre disposición. Inicia este género en nuestra literatura la Silva de varia lección (1540) del sevillano Pedro Mexía (1497-1551), la cual, durante un siglo, alcanzó treinta y dos ediciones y numerosas traducciones. El título de silva está relacionado con la disposición desordenada de sus elementos. Se trata de una curiosa miscelánea en la que lo histórico se mezcla con lo fantástico, las observaciones personales con lo filosófico y lo científico, en una serie de capítulos de gran variedad temática. Es más una obra de compilación que de creatividad. Una mayor personalización ofrece la Miscelánea o varia historia (escrita hacia 1593, aunque inédita hasta 1859) de Luis Zapata. Se cultivan también otros géneros que, por su tendencia a la variedad, pueden confundirse con las misceláneas como los cuentos y refranes glosados (Filosofía vulgar, 1568, de Juan de Mal Lara) o los libros de memorias a las que se aproximan: las Quinquagenas de la nobleza de España, acabada de redactar en 1556, de Gonzalo Fernández de Oviedo...

El discurso

El vocablo discurso sustituye al de ensayo en las primeras traducciones de los Essais de Montaigne. Se da una gran proximidad entre ambas fórmulas especialmente cuando los discursos aparecen agrupados en volúmenes misceláneos y tratan temas didácticos o doctrinales. El término, sin embargo, se utiliza en obras costumbristas y satíricas (Sueños y discursos, 1677, de Quevedo; Día y noche de Madrid, 1663 de Francisco Santos; Discursos morales, 1617, de Juan de Tolosa) y en autobiografías (Discurso verdadero, h.1608, de Diego Suárez; Discursos medicinales, escritos entre 1607 y 1611, de Juan Méndez Nieto; Discurso de mi vida, 1630, de Alonso de Contreras). Los discursos doctrinales, asimilados al ensayo, fueron abundantes en los siglos XVI y XVII, se editaron unas veces aislados y otras en forma miscelánea: Discurso de la poesía castellana (1575) de Gonzalo Argote de Molina, Quince discursos (1586) de Ambrosio de Morales, Discursos del amparo de los legítimos pobres (1598) de Cristóbal Pérez de Herrera, Discurso poético (1624) de Juan de Jáuregui, Tres discursos (1629) de Juan Gutiérrez de Godoy, Errores celebrados (1653) de Juan de Zabaleta, El hombre práctico (1680) de Francisco Gutiérrez de los Ríos, excelente compendio de pensamiento preilustrado. No hay que olvidar tampoco el aspecto ensayístico que se detecta en la prosa de los místicos, ni la proximidad que existe entre los tratados políticos y de pensamiento en general del siglo XVII y el ensayo. Figuras como Saavedra Fajardo, Quevedo o Gracián deben ser tenidos en cuenta por la trascendencia de sus ideas en su época.

Numerosas obras de Francisco de Quevedo tienen un carácter teórico doctrinal. El autor las escribió a lo largo de toda su vida, excepto en sus primeros años que cultivó con mayor frecuencia la literatura festiva y satírica. Abordan diversos temas en relación con problemas personales y sociales. Unas son de tipo político: en España defendida, y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros y sediciosos, compuesta probablemente en 1609, hace una alabanza de España, reivindicando sus valores al mismo tiempo que incluye descripciones geográficas, históricas...; Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás, editada en dos tomos en 1626, y 1655, traza el ideal del príncipe cristiano según puede deducirse de las enseñanzas evangélicas. Sobre la política del reino de Nápoles, que el escritor conocía bien, compuso Mundo caduco y desvaríos de la edad, del que sólo se poseen fragmentos, y Lince de España u zahorí español, dedicada al rey Felipe IV. La Vida de Marco Bruto (1644), uno de sus mejores escritos políticos, consiste en una glosa de un texto de Plutarco del que extrae consecuencias de carácter universal, aunque dirigidas a la España de su tiempo. Otras obras tienen un tono filosófico y ascético, impregnadas de senequismo: De los remedios de cualquier fortuna, traducción y comentario de un texto de Séneca.; La cuna y la sepultura, donde condensa el autor los problemas del desengaño; Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo: invidia, ingratitud, soberbia, avaricia; Providencia de Dios, etc. Quevedo se vio envuelto en numerosas polémicas crítico-literarias. Algunas de las obras tienen gran interés: Aguja de navegar cultos. Con la receta de hacer ‘Soledades’ en un día es un ataque a Góngora; La culta latiniparla. Catecisma de vocablos para instruir a las mujeres cultas y hembrilatinas se refiere a la moda de hablar afectadamente que iba extendiéndose entre las damas; Cuento de cuentos trata de eliminar del lenguaje muletillas y frases hechas de carácter vulgar.

La obra doctrinal de Baltasar Gracián refleja una concepción pesimista de la vida, aunque propone fórmulas para triunfar en el mundo. El héroe (1637) es una especie de manual de conducta para un hombre de clase elevada en sus relaciones con la sociedad; descubre tretas para ocultarse o para ejercitar el disimulo, una especie de maquiavelismo para sobrevivir en el plano individual (a pesar de que Gracián no lo admitía en el plano público). El político don Fernando el Católico (1640) es un retrato y estudio de la figura del rey Fernando de Aragón, en el que se funde lo histórico con el juicio sobre el monarca, que se convierte en un verdadero tratado de filosofía política y un arte de gobernar. En El discreto (1645) compone un manual práctico para todo hombre aspirante a la discreción. Una síntesis del pensamiento del autor se da en el Oráculo manual y arte de la prudencia (1647), obra en la que sistematiza sus ideas en forma de aforismos. En Agudeza y arte de ingenio (1642) hace un ejercicio sobre las posibilidades del ingenio como forma de expresión barroca, que algunos han entendido como una retórica del conceptismo a pesar de su escaso interés normativo.
(Véase conceptismo y culteranismo).

Compuso Diego de Saavedra Fajardo la República literaria en su juventud, probablemente en 1612. Es una ficción alegórica al modo de Luciano o Platón, en la que el autor es conducido a la república de las letras, ciudad resplandeciente rodeada por un foso lleno de tinta. Se describen aquí las miserias y los problemas de los hombres de letras, aunque con un tono festivo. El tratado político-moral titulado Empresas políticas (1640), en la línea de los “espejos de príncipes”, contiene las ideas principales del pensamiento del escritor que presenta bajo la forma simbólico-alegórica de emblemas. Saavedra se manifiesta contra la política oportunista, proclive al engaño y a sacrificar sus principios a favor de la utilidad, y defiende la moral cristiana y el espíritu patriótico. Utiliza un tono moderado y equilibrado, cual corresponde a su faceta de diplomático.

La decadencia de las letras a finales del XVII y comienzos del XVIII tiene como contrapartida una mayor actividad intelectual, con la introducción del moderno pensamiento científico y filosófico. El ensayo como género está íntimamente ligado a la Ilustración. Los intelectuales del siglo XVIII valoran el afán de saber y expresan sus conocimientos no en latín sino en las lenguas vernáculas con la intención de llegar a un público amplio. Prefieren tratar los temas que tienen una solución inmediata y que se ajustan a sus propósitos reformistas. Los debates son muy frecuentes, incluso fuera de los claustros universitarios o de las dependencias palaciegas, y se producen abundantes controversias sin que la jerarquía eclesiástica ni la Inquisición puedan mantener la ortodoxia en el pensamiento. Los escritores dieciochescos prefieren las formas de creación relacionadas con la expresión de sus ideas, utilizando fórmulas a veces difíciles de clasificar dentro de los grandes géneros literarios. El espíritu crítico lleva al desprestigio de la escolástica que avanzaba poco en el conocimiento, y a la crisis de la retórica tradicional porque no respondía al modo de comunicación que exigían los nuevos tiempos. Hay que delimitar los textos que pertenecen a la prosa de ideas del siglo XVIII, ensayos, diferenciándolos de los tratados, obras que tiene como finalidad la transmisión del saber científico o erudito más que la simple reflexión personal. Existen diversas formas de prosa ensayística que se detallan a continuación.

El discurso, no como manifestación de la oratoria, sino siguiendo la función ensayística del Siglo de Oro, tuvo en Benito J. Feijoo a su principal cultivador. Fue autor del Teatro crítico universal (1726-40), colección de nueve volúmenes de discursos en los que el benedictino hace una revisión crítica de los errores comunes del vulgo desde una perspectiva ilustrada, con valentía en algunos casos y con ciertas limitaciones en otros que proceden de lo temprano de sus juicios o de su formación religiosa. Se convierte en una especie de enciclopedia en la que aventura opiniones personales sobre los temas más diversos: supersticiones, falsas creencias, religiosidad popular, medicina, educación, música, filosofía, formación de la mujer... Estos escritos promovieron numerosas polémicas, de las que le libraron la protección real, que fueron un auténtico motor del nuevo pensamiento reformista. Emplea una expresión natural y espontánea, alejada de la artificiosidad de la estética barroca.
Otras veces los discursos se presentan aislados. Son ejemplo de esta modalidad: Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774), Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento (1775), ambos de Rodríguez de Campomanes; Discurso sobre la aplicación de la filosofía a los asuntos de la religión (1757) de Andrés Piquer; Discursos políticos y morales sobre adagios castellanos (1767) de Manuel Rubín de Celis; Discurso sobre la historia de España (1788) de Juan Pablo Forner, entre otros. En ocasiones, los discursos se pronunciaban primeramente en el foro o en otro lugar público y luego se imprimían, con lo cual mantienen algunos rasgos relacionados con su origen sin diferenciarse demasiado de los ensayísticos. Los Discursos forenses, publicados póstumos en 1821, del fiscal y poeta don Juan Meléndez Valdés, al margen de su función como piezas forenses, tienen remansos reflexivos de lo más consistente del ideario ilustrado. Estos discursos fueron muy abundantes debido a la proliferación de instituciones y actos públicos en los que se exponían temas de opinión. Muy próxima al discurso está la disertación, tratado monográfico científico o erudito destinado a al exposición oral, que añade un matiz didáctico. La oración, sin embargo, casi se confunde con el discurso y, aunque existen algunas confeccionadas para ser leídas en público, la mayoría tienen forma ensayística como la Oración en alabanza de las elocuentísimas obras de Don Diego Saavedra Fajardo (1725), Oración en la que se exhorta a seguir la verdadera idea de la elocuencia española (1727) de Gregorio Mayans, Oración apologética por la España y su mérito literario (1786) de Forner, replicado en la Oración apologética en defensa del estado floreciente de España de León de Arroyal, entre otras.

Memorias e informes

Las memorias y los informes adquirieron también especial relieve. Eran modelos de escritos administrativos, de carácter expositivo, que adoptaban las nuevas instituciones para difundir los resultados de las experiencias científicas realizadas por sus miembros. La memoria es un género ensayístico que surge espontáneamente o es consecuencia de un encargo. Generalmente contiene una extensa y erudita introducción histórica a la materia, seguida de las posibles reformas que se pueden realizar. Destacan las Memorias cronológicas sobre el origen de la representación de las comedias en España (1785) de José Antonio de Armona, la Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas (1790) de Jovellanos, encargada por la Academia de la Historia, las Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona (1779-1792). En ocasiones se le da el nombre de informe, en este caso siempre resultado de un encargo, como el Informe en el expediente de la Ley Agraria (1795), también de Jovellanos, promovido por la Real Sociedad Económica Matritense, o el Informe fiscal en el expediente formado por queja de varios individuos de la Real Universidad de Salamanca contra el Colegio y maestros de Filosofía de ella (1796) de Forner. Una modalidad de la memoria es el memorial, escrito dirigido a un superior con la intención de pedir algo, como los presentados al rey por los ministros Melchor de Macanaz (1714), José del Campillo (1789) o el Marqués de la Ensenada (1787-1791), aunque también puede exponer un estado de cosas, como el titulado Por la libertad de la literatura española (1770) de Francisco Pérez Bayer.

Otros géneros

Es también un género ensayístico la carta o epístola. La primera denominación suele utilizarse para las de índole privada, mientras que la segunda se refiere a las de intencionalidad artística. Sin embargo, ambos términos se emplean en numerosas ocasiones como sinónimos. La carta, con innumerables precedentes en la historia literaria, alcanzó un gran desarrollo en el siglo XVIII, acomodándose a temas y usos diferentes. Son ejemplo del género las Cartas familiares (1785-1786) del P. Isla dirigidas a su hermana y a su cuñado, y publicadas tras la muerte del escritor; las también Cartas familiares (1786-1793) del jesuita Juan Andrés, o las numerosas de Gregorio Mayans, así como las cartas privadas de Jovellanos, Cadalso o Moratín, que dieron materia para reflexivos epistolarios. Son, por el contrario, de tipo ensayístico las Cartas eruditas y curiosas (1742-51, en 5 tomos) de Feijoo, en las que el escritor gallego sigue con el mismo tono y espíritu crítico, aunque utilizando una forma diferente, la Carta histórica sobre el origen y progresos de las fiestas de toros en España (1776) de Nicolás Fernández de Moratín, las Cartas económico-políticas (1786-1795) de León de Arroyal, las Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opinión y las leyes oponen a la felicidad pública (1792-1795) de Cabarrús, etc.

Asimismo, la carta se emplea como recurso formal en algunas obras literarias, que aminoran su contenido narrativo en beneficio de la reflexión, como en las novelas de fines de siglo tituladas La Leandra (1797-1807) de Antonio Valladares de Sotomayor y La Serafina (1798) de José Mor de Fuentes; en los libros de viajes como Viaje de España (1772-1794) de A. Ponz, Cartas del viaje de Asturias de Jovellanos, Cartas familiares (1786-1793) del abate Juan Andrés a su hermano, etc. La utilización del recurso de la carta nos lleva a una obra de difícil clasificación en cuanto a su género literario: las Cartas Marruecas de José de Cadalso, conjunto epistolar entre tres personajes (Nuño, Gazel y Ben Beley) en el que se mezclan reflexiones sobre la historia de España, los defectos nacionales y se predican algunas virtudes civiles. Todo ello realizado en un marco de ficción, el viaje del marroquí Gazel por España, y con la inclusión de excelentes cuadros de costumbres. Las cartas pueden considerarse individualmente como ensayos ya que tratan temas diferentes, aunque sólo adquieren pleno sentido en su conjunto, y así se entendían en las ediciones antiguas en las que cada capítulo aparecía subtitulado con la referencia temática oportuna.

El desarrollo de la prensa periódica fue de gran importancia para la difusión del ensayo en el siglo XVIII. El periódico era un vehículo apropiado para difundir textos en prosa de carácter discursivo. El ensayo periodístico utilizó un estilo claro y natural, prescindiendo de la ornamentación innecesaria. La relación más estrecha entre el ensayismo y la prensa periódica se da en el conjunto de publicaciones en las que aparece la figura del "espectador", donde el publicista se presenta ante los lectores como observador privilegiado y crítico de la sociedad. Utilizan denominaciones variadas ("pensamientos", "discursos" o "cartas"), pero constituyen la manifestación más propia del ensayo en esta época. Hay dos generaciones de periodistas: la primera, alrededor de los años sesenta, con periódicos de la talla de El Duende especulativo sobre la vida civil (1761) de Juan Antonio Mercadal, El Pensador (1762-1767) de Clavijo y Fajardo, El escritor sin título (1763) de Cristóbal Romea y Tapia, de ideario conservador, La Pensadora gaditana (1763-1764); la segunda, dos décadas más tarde, con El Censor (1781-1787), acompañado por El Corresponsal del Censor (1786-1788) de Manuel Rubín de Celis, El Observador (1787) de José Marchena. En el Correo de Madrid o de los ciegos Manuel de Aguirre, bajo el seudónimo de "El militar ingenuo", publicó un conjunto de discursos y cartas, ejemplo de un pensamiento ilustrado y preliberal.

Los estudios historiográficos, filológicos y estéticos en general del Siglo de las Luces constituyen una parte importante de la producción intelectual española. Muchos de ellos pertenecen al puro campo de la erudición, supuestas las limitaciones que aún tenía la ciencia, aunque otros reflejan una sensibilidad subjetiva que los acerca al ensayo. El P. Enrique Flórez (1702-1773) es considerado el mayor historiógrafo de la época y, aunque inició sus escritos con temas teológicos, su obra más conocida es la España Sagrada (1747-1772), historia eclesiástica en sentido amplio, de la que publicó 27 volúmenes, dejando otros dos inéditos. Obra monumental es también la Historia crítica de España y la cultura española del jesuita expulso Juan Francisco Masdeu (1744-1817), que concluyó en 1805 con el volumen XX. Los autores de ensayos filológicos y literarios fueron abundantes, con figuras como fray Martín Sarmiento (1695-1771), cuya obra está recogida en 19 volúmenes, de los que sólo publicó en vida dos tomos bajo el título de Demostración crítico-apologética del Teatro Crítico Universal del Padre Feijoo (1732); Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781), con una extensa producción en la que se incluyen la Oración en alabanza de las elocuentísimas obras de don Diego Saavedra Fajardo (1725), la Oración que exhorta a seguir la verdadera idea de la elocuencia española (1727), los diálogos de El Orador cristiano (1733), los Orígenes de la lengua española (1737, 2 vols.), etc; Tomás Antonio Sánchez (1723-1802), que contribuyó a la edición de la Bibliotheca Hispana Nova y preparó una Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV (1779-1790, 4 vols.); Francisco Xavier Llampillas (1731-1810) que publicó en Génova el Saggio storico-apologetico della Letteratura Spagnuola, en seis volúmenes; Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), jesuita desterrado a Italia, cuya obra, publicada primeramente en italiano bajo el título de Idea dell'universo (1778-1792) en veintidós volúmenes, tuvo en español su versión definitiva, entre 1789 y 1805) en varias secciones: Historia de la vida del hombre (7 vols.), Viaje estático al mundo planetario (4 vols.), El hombre físico (2 vols.) y Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, y numeración, división y clases de éstas, según la diversidad de sus idiomas y dialectos (6 vols.); el abate Juan Andrés, también jesuita desterrado, que publicó numerosos trabajos en italiano y castellano entre los que sobresale Origen, progresos y estado actual de toda la literatura (1784-1806, 10 vols.)

La Poética o Reglas de la poesía en general y de sus principales especies, escrita por Ignacio de Luzán y publicada en Zaragoza en 1737, es una obra fundamental desde el punto de vista de la teoría de la literatura y de la estética. La formación culta del aragonés dificulta su inclusión en el ámbito ensayístico, aunque debemos recordarla como animadora de la estética neoclásica. Se divide en cuatro libros: "Del origen, progresos y esencia de la poesía", "De la utilidad y del deleite de la poesía", "De la tragedia y comedia y otras poesías dramáticas" y "Del poema épico". De 1789 es la segunda edición, corregida y aumentada con nuevas reflexiones. Tuvo el mérito de ampliar los debates y controversias que se realizaban sobre el teatro, con la participación de numerosos escritores. Agustín de Montiano (1697-1764), fundador de la Academia de la Historia, es autor de los dos volúmenes del Discurso sobre las tragedias españolas (1750-53). Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780) antepuso un discurso a su comedia La Petimetra (1762) y escribió tres opúsculos titulados Desengaños al teatro español (1763). Tomás de Iriarte (1750-1791) escribió Los literatos en cuaresma. Félix María de Samaniego (1745-1801) compuso folletos como Continuación de las memorias de Cosme Damián con motivo de una viva polémica que sostuvo con el dramaturgo Vicente García de la Huerta (1734-1787) quien replicó con su Lección crítica a los lectores del papel intitulado Continuación...

Escritos ensayísticos de carácter satírico son Eruditos a la violeta (1772) de José Cadalso, algunas obras de Juan Pablo Forner (1756-1797), autor asimismo de una Oración apologética por la España y su mérito literario (1786) y Exequias de la lengua castellana (1782) junto a numerosos libelos, y La derrota de los pedantes. Sátira contra los vicios de la poesía española (1789) de Leandro Fernández de Moratín.

Fueron también abundantes los ensayos referidos a las artes plásticas: Investigaciones filosóficas sobre la belleza ideal (1789) de Esteban de Arteaga, así como el Elogio de las Bellas Artes (1781), Elogio de don Ventura Rodríguez (1788) y la famosa Memoria del castillo de Bellver (1805) de Jovellanos; los de carácter misceláneo como el Viaje de España o Cartas en que se da noticia de las cosas más apreciables y dignas de saberse que hay en ella (1772-1792), en 18 volúmenes, de Antonio Ponz (1725-1792).

El ensayo en el siglo XIX

Desde comienzos del siglo XIX hasta 1868 hubo escasa vida cultural. Las primeras décadas de siglo, tras el exilio de las figuras más destacadas de la intelectualidad española acusadas de afrancesamiento, la sociedad española comienza una etapa de transición ideológica y estética. Se intentaron extraer principios filosóficos que fundamentasen los estudios literarios. Personalidades destacadas de esta evolución fueron Alberto Lista (1775-1848) y Manuel José Quintana (1772-1857). El primero realizó una serie de reflexiones teóricas que aplicó a la literatura española, especialmente al teatro. Es autor de Artículos críticos y literarios (1840), Ensayos literarios y críticos (1844), Lecciones de literatura española (1836-1853). Quintana elaboró los prólogos de los tres tomos de la edición que preparó titulada Colección de poetas castellanos (1795-1797), a la que siguió su recopilación Poesías selectas castellanas (1807), compuso el poema doctrinal Reglas del drama (1821) y varios trabajos recogidos en sus Obras completas en 1852, ampliadas en una nueva edición en 1897-1898. Pervive la estética clasicista en escritos como el Arte de hablar en prosa y verso (1826) de José Gómez Hermosilla (1771-1837) y la Poética (1827) de Martínez de la Rosa. Algunos escritores relacionados con el pensamiento liberal se encuentran en la frontera entre ambos siglos como, el abate Marchena y José María Blanco-White.

El ideario romántico nació lastrado de conservadurismo dentro de los estrechos cauces que promueve la política cultural del reinado de Fernando VII. La polémica que se origina entre Juan Nicolás Böhl de Faber (1770-1836), cónsul alemán afincado en Cádiz, y José Joaquín de Mora (1783-1864) sirve para introducir en España el pensamiento romántico conservador. Un artículo de Böhl de Faber, trasladando ideas del alemán August W. Schlegel, publicado en el Mercurio Gaditano en 1814, dio lugar a una respuesta de Mora titulada Crítica de las reflexiones de Schlegel sobre el teatro. Se originó así una discusión en la que se mostraron dos perspectivas ideológicas diferentes, la del liberalismo-clasicismo (Mora) frente a la del conservadurismo católico-romanticismo de Böhl, que manifestaba más un fondo político que literario. Otra aportación crítica fue la que tuvo como forma de expresión la revista El Europeo, con sede en Barcelona, en la que publicaron sus artículos Buenaventura Carlos Aribau y Ramón López Soler entre otros. Asimismo contribuyeron a la crítica romántica el Discurso sobre el influjo que ha tenido la crítica moderna en la decadencia del teatro antiguo español (1828) de Agustín Durán (1793-1862) y las obras de Bartolomé José Gallardo (1776-1852) y Antonio Alcalá Galiano (1789-1865).

Mariano José de Larra (1809-1837) lleva a cabo una intensa obra divulgadora en la prensa que le convierte en un personaje de primer orden como vocero del pensamiento decimonónico progresista. Es el creador del artículo crítico y ensayístico, de breve extensión, que continúa la línea de los grandes periodistas ilustrados. Desde muy joven empezó a colaborar en publicaciones periódicas que le permitieron desarrollar su capacidad analítica. La primera compilación de su obra con el título de Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres apareció en 1835 en tres volúmenes y se completó en 1837 con otros dos tomos. Encontramos en la colección dos tipos de artículos: a) de análisis político, social y de costumbres; b) de estudios sobre literatura y arte. La crítica de Larra está condicionada por la existencia de la censura, que desarrolló su capacidad satírica, y por la realidad socio-política de su época. Su ideario está marcado por su formación enciclopedista y por una personalidad escéptica.

Representantes decimonónicos de la filosofía neoescolástica, tradicionalista y conservadora son Jaime Balmes (1810-1848) y Donoso Cortés (1809-1853), estandartes del pensamiento católico. Los escritos socio-políticos de Balmes se inician con El celibato en el clero (1839), que maduran en Observaciones sobre los bienes del clero (1840) y Consideraciones políticas sobre la situación de España (1840), a las que siguen numerosos artículos que fueron apareciendo hasta 1846. La obra filosófica está formada por cinco libros, dos de los cuales alcanzaron resonancia europea: El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1842-1844) y Filosofía fundamental (1846) en los que el autor realiza sus aportaciones al pensamiento de la época. En El Criterio (1845), Curso de Filosofía elemental (1847) y Cartas a un escéptico en materia de religión (1847), con propósito didáctico, analiza de forma clara diversos temas desde su perspectiva católica. Donoso Cortés presenta una actitud ideológica diferente, ya que evoluciona desde un liberalismo radical hasta un catolicismo profundamente reaccionario. Su obra ensayística es amplia, aunque el libro que le ha dado fama internacional es Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo (1851). Continuadores del pensamiento hegeliano son los políticos Francisco Pi y Margall (1824-1901) y Emilio Castelar (1832-1899).

La única gran escuela filosófica del siglo XIX es el krausismo, doctrina universalista, progresista y humanitaria que procede del alemán Krause (1781-1831). Supuso un paso entre las corrientes idealistas y las positivistas. Estuvo integrada por personas de diferente talante intelectual. Su introducción en España se debe a Julián Sanz del Río (1814-1869), que expone este pensamiento en sus obras Lecciones sobre el sistema de la filosofía analítica (1850), Sistema de la filosofía metafísica. Primera parte. Análisis (1860) y Segunda Parte. Síntesis (1874) y el Ideal de la humanidad para la vida (1860), además de algunos trabajos póstumos que completaron sus discípulos. Figuras relevantes de este movimiento fueron Manuel Sales y Ferré (1843-1910), Gumersindo de Azcárate (1840-1917) y Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), quien estableció la Institución Libre de Enseñanza en 1876 e impulsó la actividad socio-política y cultural de su tiempo. Publicó numerosas obras, muchas de ellas en el campo de la educación, entre las que destacan Estudios jurídicos y políticos (1875), Lecciones sumarias de Psicología (1874 y 1878), El espíritu de la educación en la Institución Libre de Enseñanza (1880), Educación y enseñanza (1899), Estudios y fragmentos sobre la teoría de la persona social (1899), El problema de la educación nacional (1900), Filosofía y Sociología (1904). El krausismo también produjo gran número de escritos de crítica literaria, del propio Giner de los Ríos y de otros autores como Francisco de Paula Canalejas, Manuel de la Revilla...
(Véase Krausismo)

Los grandes narradores de la literatura realista fueron a su vez agudos críticos literarios entre los que creció el ensayo de tema literario. Valera escribió numerosos artículos que se recogen en Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días (1864), Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas (1887), Nuevos estudios críticos (1888), La Metafísica y la Poesía (1891... Galdós (1843-1920), que se inició como teórico de la novela al tiempo que comenzó su producción literaria, expuso sus propuestas de la narrativa realista en Observaciones sobre la novela contemporánea en España (1870) y Un tribunal literario (1872), teorías que completa en los prólogos que antepuso a cinco novelas (tres propias y dos ajenas) y en dos discursos académicos. Leopoldo Alas, Clarín, (1852-1901), respetado y temido en su época por su ácido lenguaje y duras críticas, escribió abundantes páginas en los periódicos y publicó libros como Solos de Clarín (1881), Folletos literarios (1886-1891), Palique (1894), entre otros muchos. Emilia Pardo Bazán (1851-1921) adquirió especial fama por la polémica en torno al Naturalismo reflejada en el volumen, prologado por Clarín, titulado La cuestión palpitante (1882-1883), que se amplió luego con otros escritos.

Joaquín Costa (1844-1911) y Ángel Ganivet (1865-1898) son los representantes más destacados del llamado regeneracionismo de fin de siglo, que inspiró el ideario de los jóvenes de la Generación del 98. Costa, de procedencia social humilde y autodidacto, fue notario y profesor en la Institución Libre de Enseñanza. Su extensa producción está formada por numerosos artículos y libros de variadas materias entre los que sobresalen Colectivismo agrario en España (1898) y Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España (1901). Ganivet, dedicado a la diplomacia en los países del norte de Europa, se suicidó en Letonia en 1898. Su pensamiento se recoge en su obra ensayística: Granada la bella (1896), Idearium español (1897) y, publicados póstumamente, las Cartas finlandesas, Hombres del norte, España filosófica contemporánea.
(Véase Regeneracionismo)

Los estudios filológicos están representados a finales del siglo por la egregia figura del catalán Manuel Milá y Fontanals (1818-1884), creador del llamado "método histórico" en la reconstrucción literaria. Publicó un Compendio del arte poético (1844), Observaciones sobre la poesía popular (1853), Principios de estética (1857), De los trovadores en España (1861)...

Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), que le consideró su maestro, realizó una ingente labor en el campo de la cultura dedicándose a las labores de análisis y compilación. Elaboró multitud de prólogos, discursos y escritos de todo tipo, no sólo de historia literaria sino de historia de las ideas en general. Durante su juventud profesó un radicalismo tradicionalista que se refleja en sus obras: La ciencia española (1876-1888) e Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882). Le siguen Horacio en España (1877), Historia de las ideas estéticas en España (1883-1891), Antología de poetas líricos castellanos desde la formación del idioma (1890-1908), Ensayos de crítica filosófica (1892), Antología de poetas hispano americanos (1893-1895), Orígenes de la novela. Tratado histórico sobre la primitiva novela española (1905-1914), y la colección de Estudios sobre el teatro de Lope de Vega (ed. 1919-1925).

El ensayo en el siglo XX

Durante todo el siglo XX se ha producido un notable desarrollo de la prosa de opinión. Los escritores de la Generación del 98 están marcados por la herencia cultural que recibieron del krausismo y del regeneracionismo y por la crisis política que supuso el desastre del 98. Configuran el moderno ensayo español, alejándolo de la retórica decimonónica, y crean una prosa literaria adecuada a los nuevos tiempos. Su pensamiento pasa por dos etapas claramente diferenciadas: en la juventud criticaron la sociedad y la cultura desde posturas de ideología muy progresista, sufriendo luego cada uno su peculiar evolución que les llevó a actitudes muy personales ante la realidad, algunas en exceso conservadoras. Recrean la historia, el paisaje, a nuestros clásicos. Miguel de Unamuno (1864-1936) destacó en todos los géneros literarios, pero fue en el ensayo donde mejor reflejó su pensamiento contradictorio y conflictivo. Temas como la lucha irreconciliable entre la razón y la fe, el problema de la personalidad y, sobre todo, la inmortalidad están siempre presentes en sus escritos. En torno al casticismo (1895) sobre el tema de España, Tres ensayos (1903), Vida de Don Quijote y Sancho (1905), Del sentimiento trágico de la vida (1912) o La agonía del Cristianismo (1925) se cuentan entre sus títulos principales. Como cultivador del ensayo se le ha comparado con escritores que realizaron una literatura de confesión (Rousseau, Sénancour y Amiel) y se han detectado en sus libros influencias de Kierkegaard y William James. Ha conseguido un gran nivel de aceptación de público y crítica, y una gran repercusión en la cultura española hasta nuestros días. La producción de Ramiro de Maeztu (1875-1936) se reparte entre los artículos periodísticos y los ensayos. En éstos se percibe claramente su evolución ideológica desde sus orígenes anarquistas y socialistas a una postura reaccionaria, ejemplo del tradicionalismo católico español. Son lo fundamental de su trabajo Hacia otra España (1899), La crisis del humanismo (1919), Don Quijote, Don Juan y la Celestina (1926) y su famosa Defensa de la Hispanidad (1934), en la que expone los valores más tradicionales. Pío Baroja (1872-1956), de mayor relevancia como novelista, es también autor de reflexiones ensayísticas como las que nos ofrece en El tablado de arlequín (1904), Juventud, egolatría (1917), La caverna del humorismo (1919) o Divagaciones apasionadas (1924), además de algunos otros ensayos posteriores como Vitrina pintoresca (1935), El diablo a bajo precio (1939), Chopin y Jorge Sand, y otros ensayos (1941), Pequeños ensayos (1943), La decadencia de la cortesía y otros ensayos (1956). Más poético y estilizado que Baroja, José Martínez Ruiz (1873-1967), quien popularizó el seudónimo de Azorín, cultiva una prosa de técnica impresionista, de frase corta, atenta a los pequeños detalles, opuesta a la grandilocuencia del siglo anterior. Casi toda su producción puede designarse como ensayo artístico en el que trata los temas más diversos: El alma castellana (1900), Los pueblos (1905), Castilla (1912), Clásicos y modernos (1913), Los valores literarios (1914), Al margen de los clásicos (1915), Una hora de España (1924). En sus novelas, Azorín separa lo descriptivo de las partes de tipo ideológico, que en ocasiones proceden de artículos ya publicados en la prensa. Al mismo tiempo, todos los escritores del 98 practicaron la crítica literaria, que adquiere especial relieve en Antonio Machado (1875-1939), hijo tardío del 98, y se recoge en los textos de los apócrifos Juan de Mairena (1936) y la edición póstuma de Abel Martín (1943), además de los apuntes que se contienen en Cuaderno de Literatura (1952) y Los complementarios (1957). Se perciben en él rasgos filosóficos que le sitúan como precursor de un concepto de metafísica heideggeriano, aprendido quizá en los cursos que siguió sobre Bergson en París. Ensayistas de tipo modernista podemos considerar a José Bergamín, Juan Larrea, Antonio Espina...

El desarrollo progresivo del pensamiento que se venía produciendo en España desde mediados del siglo anterior da lugar a una renovación filosófica que puede relacionarse con el movimiento literario denominado Novecentismo. La máxima figura y el símbolo de esta renovación es José Ortega y Gasset (1883-1952), catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid. Desde su primer libro Meditaciones del Quijote (1914) se sitúa como original contemplador de las cosas más diversas, actitud que refleja en El espectador, en ocho volúmenes, cuya publicación comienza en 1916 y termina en 1934. Le siguen El tema de nuestro tiempo (1923), donde expone su programa de la razón vital, así como numerosas reflexiones sobre problemas de estética, política o cuestiones sociales: Ideas sobre la novela (1914), España invertebrada (1921), La deshumanización del arte (1925), La rebelión de las masas (1930), En torno a Galileo (1933), Apuntes sobre el pensamiento (1943), etc. Fue enorme la repercusión de Ortega en la vida cultural española de su tiempo, creándose lo que se llamó la Escuela de Madrid, de la que podemos citar nombres como Manuel García Morente, Xavier Zubiri, Julián Marías, Fernando Vela, Paulino Garagorri... Otros ensayistas que ejercieron una profunda influencia en el pensamiento posterior son Amor Ruibal (1869-1930), Juan Zaragüeta (1883-1974) y sobre todo Eugenio D'Ors (1882-1954). Éste comenzó su obra en catalán, utilizando el seudónimo de Xenius, pero pasó pronto al castellano. Destaca como crítico y filósofo, aunque su filosofía no llega a alcanzar su expresión definitiva en vida del autor. Su obra más relevante es Tres horas en el Museo del Prado (1922), donde manifiesta su sensibilidad para lo artístico, y las Glosas (1920) y Novísimo Glosario (1946), expresión personal del pensamiento fragmentario.
(Véase Escuela de Madrid)

Durante los años anteriores y en la guerra civil hubo un aumento de teóricos y ensayistas difusores de una ideología política autoritaria e integrista. Además de José Antonio Primo de Rivera, debemos destacar a Ramiro Ledesma Ramos (1905-1936), Víctor Pradera (1872-1936), Onésimo Redondo (1905-1936), Rafael Sánchez Mazas (1894-1966) y Ernesto Giménez Caballero (1898-). Algunos escritores que pertenecen a este grupo cambian pronto de orientación. Es el caso de Dionisio Ridruejo (1912-1975) o Rafael Calvo Serer (1916). Esta literatura comienza a decaer a partir de 1939. La guerra civil trajo consigo la marcha de los intelectuales progresistas al exilio, donde desarrollaron sus reflexiones llenas de nostalgia. La nómina de los pensadores del exilio es muy numerosa, pero todos tienen como característica común compartir en mayor o menor medida la herencia de Ortega. Por sus ensayos filosóficos ocupan un lugar destacado Manuel Granell (1906), María Zambrano (1907), Francisco Ayala (1906), Luis Recasens Siches (1903) y José Gaos (1900-1969). Formarían un grupo especial filósofos catalanes agrupados bajo el epígrafe de "Escuela de Barcelona": Jaime Serra Hunter (1878-1943), Joaquín Xirau (1895-1946), Eduardo Nicol (1907), José Ferrater Mora (1912). Filósofos socialistas, en un sentido amplio de la palabra, serían: Fernando de los Ríos (1879-1949), Luis Araquistain (1886-1959), Juan David García Bacca (1901), entre otros. En España también quedaron escritores que trabajaron en el campo del pensamiento, como Salvador de Madariaga (1886-1979), que cultiva diversos géneros y temas, desde la historia y la política hasta la literatura. Sus trabajos más significativos han sido Ingleses, franceses y españoles (1922), Anarquía o jerarquía (1935), De la angustia a la libertad (1955).
(Véase Escuela de Barcelona)

La prosa ensayística de tipo histórico adquiere un notable desarrollo debido quizá al Centro de Estudios Históricos dirigido por Ramón Menéndez Pidal (1869-1948), que introduce en nuestro país los métodos de la filología románica y los aplica a la lengua española y sobre todo a la literatura medieval. Nos ha dejado numerosas obras: Gramática histórica (1904), Poesía juglaresca y juglares (1924), Orígenes del español (1926), La España del Cid (1929) ... Su influencia ha sido enorme en el campo de la historia, en el que tuvo continuadores como Claudio Sánchez Albornoz (1893), autor de Españoles ante la historia (1958) y España, un enigma histórico (1953), entre otras obras, que polemiza con Américo Castro (1885-1972), autor de La realidad histórica de España (1954). Ambos autores mantienen dos posturas historiográficas divergentes: la de Albornoz, historicista y existencialista, frente a la de Castro, positivista y católica. Posteriormente les han seguido Jaime Vicens Vives (1910-1960), que ha dejado profunda huella en los posteriores historiadores catalanes, Manuel Tuñón de Lara (1915-1995), Vicente Llorens y, con una orientación un poco diferente, intentando integrar la historia política en la realidad social José Antonio Maravall.

Hay numerosos ensayistas en todas las facetas del pensamiento. En el ámbito filosófico hay representantes de la tradición escolástica (Leopoldo E. Palacios, Antonio Millán Puelles, José María Sánchez de Muniain, Ángel González Álvarez, José Todolí...), mientras que otros escritores católicos, más influidos por Ortega y Zubiri, no comparten los mismos presupuestos: José Luis Aranguren (1909-1995) y Pedro Laín Entralgo (1908). También en una línea de espiritualismo cristiano hay que situar la obra de Joaquín Ruiz-Giménez (1913). En el campo médico, y al mismo tiempo literario, destaca la figura de Gregorio Marañón (1885-1960), que realizó interpretaciones histórico-biológicas de gran interés (Don Juan, Amiel, Enrique IV de Castilla y su tiempo, El Conde Duque de Olivares...). Esta tradición del médico humanista ha sido continuada por otros escritores como Juan José López Ibor y Juan Rof Carballo. En el campo de la estética se sitúan José Camón Aznar, Enrique Lafuente Ferrari, Francisco Mirabent... Como críticos de arte tenemos a Vicente Aguilera Cerni, José Antonio Gaya Nuño, Juan Eduardo Cirlot,... En los estudios de Derecho sobresalen Luis Jiménez de Asúa, Luis Sánchez Agesta... Dedicado a los estudios antropológicos desataca la figura de Julio Caro Baroja. En la Psicología, Mariano Yela, José Luis Pinillos... Sociólogos destacados son Severino Aznar, Antonio Gómez Arboleya, Antonio Perpiñá, Enrique Tierno Galván, Fernando Morán... La crítica literaria merece especial atención por su gran número de cultivadores, quizá siguiendo la estela de Menéndez Pidal: Dámaso Alonso, Federico de Onís, Amado Alonso, Samuel Gili Gaya, Manuel García Blanco, Pedro Salinas, Ángel del Río, José F. Montesinos, Joaquín Casalduero, Rafael Lapesa, Ángel Valbuena Prat, Martín de Riquer, José Manuel Blecua, Emilio Orozco, Antonio Gallego Morell, Guillermo Díaz-Plaja, Francisco Ynduráin, José Caso González, José Simón Díaz... Entre los gramáticos, lingüistas y teóricos de la literatura citaremos a Fernando Lázaro Carreter, Emilio Alarcos Llorach, Alonso Zamora Vicente, Vicente Gaos...

A partir de mediados de los años 50 surge una generación más especializada, que atiende preferentemente a las ciencias sociales como instrumento de investigación y de interpretación de la realidad. Políticamente los escritores están poco integrados en el sistema y mantienen hacia él una postura crítica. Esta generación entronca con movimientos culturales anteriores a 1936, incluso del siglo anterior (krausismo, regeneracionismo, positivismo). Figuras relevantes en la filosofía son Gustavo Bueno, Manuel Sacristán y Emilio Lledó; en la economía Ramón Tamames, Luis Ángel Rojo, Gonzalo Anes, Jorge Nadal y Gabriel Tortella; en la historia Miguel Artola y José María Jover; en la sociología Ignacio Sotelo, José Vidal Beneyto, Amando de Miguel, Juan Díez Nicolás... y un largo etcétera.

Desde 1968 puede hablarse de una nueva generación de ensayistas muy unida al sentido de la libertad que representó el mayo francés, que madurará con las libertades del posfranquismo. Son intelectuales críticos con la sociedad. En este grupo estarían Fernando Savater, Eugenio Trías, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Sánchez Dragó, últimamente reconvertido al conservadurismo... Emilio Palacios Fernández / Milagros Gutiérrez Díaz-Bernardo - Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2006

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