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HISTORIA DE LA PINTURA
Sigue los demás
apartados sobre El arte y la historia a pie de página
LA
PINTURA ES UNA MANIFESTACION ARTÍSTICA...
La pintura es una de
las manifestaciones artísticas más importantes de la humanidad y,
junto a la escultura, es parte fundamental de las artes plásticas.
Su evolución parte desde los albores mismos de la historia del
hombre, cuando la necesidad de expresarse y, porque no, de
perpetuarse en el tiempo llevó al ser humano a buscar distintas
formas de manifestar sus inquietudes. La pintura fue, además, la
primera de las manifestaciones artísticas desarrolladas por el
hombre, pues no en vano las pinturas rupestres fueron los primeros
vestigios de tal naturaleza encontrados de la historia de la
humanidad. El modo de expresión artística de la pintura es la
representación de motivos sobre una superficie bidimensional,
mediante el color y la línea, y los materiales han ido variando
según los descubrimientos técnicos y las inquietudes artísticas del
pintor.
En el presente artículo se pretende hacer un somero repaso a los
principales movimientos y escuelas en orden cronológico. Podrá
observar el lector que algunos nombres que puedan parecer
fundamentales no aparecen, o algunos de ellos sólo se mencionan en
alguna escuela determinada, cuando el desarrollo de su arte pudiera
hacerles susceptibles de ser clasificados en distintos movimientos.
El carácter general del presente artículo y la limitada extensión
sólo permite reseñar los nombres más importantes, por lo que se
remite en su caso al artículo correspondiente a cada movimiento (o a
cada autor), donde podrá ampliarse la información según sea
necesario.
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Prehistoria y
Edad Antigua
El arte del período paleolítico es tan abrumador en cuanto a
manifestaciones como misterioso en sus motivos; su significado ha
sido objeto de muchas controversias, aunque hoy día parece unánime
la creencia de que poseen un significado ritual, en principio
asociado a la caza. Las primeras obras pictóricas pueden dividirse
en dos tipos de manifestaciones fundamentales: las muebles,
realizadas en piezas de pequeño tamaño, y el arte parietal o
rupestre, cuyo soporte son grandes superficies, generalmente en
paredes y techos de cuevas o grandes piedras. La pintura, asociada
esencialmente al segundo tipo, tiene una temática muy variada,
aunque son muy habituales las figuras zoomórficas, además de muchos
y variados signos, todos igual de enigmáticos. La figura humana,
también muy presente, tiene muy diversas manifestaciones, al igual
que las manos en negativo, cuyo significado, según defienden algunos
autores, se ha identificado con la firma del artista. A menudo, para
resaltar la forma del objeto representado, se aprovechaban las
oquedades y volúmenes de la roca donde las figuras eran
representadas, lo que produce un efecto tridimensional. La mayoría
de las veces son dibujos monocromos, aunque se han encontrado
peculiares y sorprendentes ejemplos de policromía, como las pinturas
halladas en algunas cuevas de la zona sahariana. En el sur de
Francia y la zona cantábrica de la Península Ibérica se han
encontrado representaciones rupestres tan destacadas que se ha
venido a proclamar al arte franco-cantábrico como el período áureo
del Paleolítico superior. También debe destacarse, por otro lado, el
arte del Levante español. (Para más información véase el artículo
Paleolítico.)
En el Egipto imperial, la pintura estuvo en la mayoría de los casos
asociada con el arte funerario, y suele ser siempre mural, inserta
en las paredes de las tumbas, o realizada sobre papiros que se
incluían en el ajuar del difunto. Sus perfiles son muy nítidos, con
un suave pero rico cromatismo y, en la mayoría de los casos, un
marcado hieratismo, propio y característico del arte egipcio, con
una idealización de rasgos presente, sobre todo, en las figuras de
los faraones. Cabe destacar la figura de Akhenatón, el "faraón
hereje", que impuso un mayor realismo en la representación de las
figuras, impensable en el resto de monarcas. (Véase Arte egipcio.)
Mesopotamia, territorio donde se desarrollaron una serie de
civilizaciones que compitieron con el valle del Nilo en poder e
influencia, fue también una zona donde se concedió suma importancia
a las manifestaciones artísticas. La pintura, sin embargo, a rasgos
generales fue continuadora de la egipcia, y tuvo una relevancia
mucho menor que la estatuaria o el mosaico; sólo la civilización
asiria ha legado importantes manifestaciones pictóricas, en su caso
realizadas al fresco. (Véase Arte mesopotámico.)
La civilización minoica fue responsable de excelentes piezas
artísticas, entre las que destacan los ejemplos de pintura mural,
con magníficos frescos elaborados con minucioso trazo en los que se
retratan escenas cortesanas en las que se representan estilizadas y
realistas figuras, además de la polícroma decoración de algunos
sarcófagos. (Véase Civilización minoica o cretense.)
En Grecia, por su parte, la evidencia parece indicar que la pintura
tuvo un papel destacado en las artes, a tenor del desarrollo
espectacular de la escultura, aunque no ha quedado ningún resto de
ella; tan sólo puede apreciarse su exquisitez en los ejemplos que
han quedado en vasijas y otras cerámicas, la llamada pintura
vascular, muy presente en la cultura griega, así como en tumbas
subterráneas o hipogeos. En cualquier caso, la pintura griega se
inició como complemento decorativo de la arquitectura, y es por ello
que, al desaparecer ésta, tampoco quedaron vestigios pictóricos
reseñables. (Véase Arte griego.)
En época helenística, la pintura tenía escuelas particularmente
activas en Sición, Tesalia y la propia corte de Alejandro Magno,
aunque por desgracia tampoco ha llegado prácticamente ninguna
muestra hasta nosotros, salvo algunas pinturas realizadas con la
técnica del encausto en estelas funerarias; se cree que el realismo
imperó, así como la pintura de género, que representaba animales,
flores, plantas o figuras sin relevancia o grotescas (los llamados
grylloi, representaciones burlescas de seres humanos con cabezas de
animales), además de la pintura mural de elementos arquitectónicos.
De la civilización etrusca nos ha llegado la pintura mural
funeraria, donde puede admirarse el deseo de dotar de cierta
frescura y policromía a la pintura funeraria, aunque la influencia
helenística no deja de ser muy acusada. (Véase Arte etrusco.)
La pintura en Roma alcanzó también altas cotas de popularidad y
perfeccionismo, y hoy día puede ser admirada gracias, sobre todo, al
desastre ocurrido en Pompeya y Herculano, ciudades que quedaron
arrasadas por la erupción del Vesubio del año 79 d.C. Los trabajos
de desenterramiento de ambas ciudades aún continúan, y los ejemplos
de frescos hallados en numerosas villas se han conservado
prácticamente intactos hasta nuestros días, algunos de ellos incluso
con una marcada componente erótica. No obstante, no han llegado
otros vestigios que no sean éstos, salvo unos pocos metros cuadrados
de frescos hallados en la propia Roma. En cualquier caso, la
influencia helenística es muy notable, aunque la ubicación habitual
de los trabajos pictóricos dio un giro considerable, al pasar de los
monumentos funerarios etruscos a las paredes de los edificios
públicos y privados, donde era muy habitual que los propios
propietarios fueran retratados en pequeñas composiciones. Los
motivos, sin embargo, se amplían, apareciendo incluso las primeras
naturalezas muertas y los primeros paisajes, aunque la función
decorativa será la que esté más presente. En época imperial las
perspectivas van ampliándose, con formas arquitectónicas
fantásticas, y los motivos mitológicos destacan sobre el resto, así
como aquellos que muestran las peculiaridades de los pueblos
conquistados lejos de la gran urbe. Por otro lado, las pinturas del
período tardío, sobre todo los retratos, tienen un asombroso
realismo, y preludian ya el arte bizantino. (Véase Arte romano.)
En el período paleocristiano, las catacumbas y cementerios fueron
los principales lugares en los que se utilizó la pintura, y comenzó
a extenderse una pose hierática completamente idealizada, expresión
de un descarnado espiritualismo muy alejado del realismo romano,
triunfando ya el simbolismo propio del arte religioso occidental
(véase Arte paleocristiano). La pintura prebizantina supone, por su
parte, una continuación de la grecorromana, sobre todo en su
realismo, aunque la movilidad propia de la pintura helenista da paso
a una frontalidad que será característica del arte bizantino de esta
época; la pintura en sí, no obstante, se vio postergada a las
miniaturas con las que se ilustraban los manuscritos, ya que el
mosaico sustituyó al fresco en los interiores de los templos.
Debe, por último, destacarse la pintura mural de las culturas
mesoamericanas (véase cultura olmeca, azteca y tolteca) y andinas
(véase cultura maya e inca), en la cual el tratamiento del color y
la fuerza de las figuras son extraordinarias, y suponen una muestra
más del deslumbrante arte de estas culturas.
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Edad Media
El retroceso cultural que siguió a la caída del Imperio romano es
una cuestión que suscita aún hoy día encendidas controversias, ya
que el caudal artístico y el peso cultural de la "edad oscura" es
demasiado importante como para poder considerarla como un mero
trámite a épocas más fecundas. Lo cierto es que los valores
simbólicos propios del arte antiguo quedaron fuera de la ideología
medieval, aunque los conceptos básicos del arte estuvieron tan
presentes como en cualquier otra época.
Pintura
paleocristiana, bizantina y de las grandes invasiones
La desintegración del Imperio romano de Occidente tuvo, entre otras,
una causa fundamental: el largo proceso de las grandes invasiones
germánicas. El factor que, a la postre, sirvió para dar coherencia a
tal amalgama de pueblos fue el cristianismo, y su producción
artística es muy tosca. Los merovingios sentaron las bases del
futuro arte carolingio, y sus pinturas murales apenas han llegado a
nuestros días (además de algunas miniaturas), en las que poco a poco
fueron triunfando las figuras zoo y antropomorfas frente a los
motivos geométricos. Los ostrogodos realizaban una pintura
colorista, de gran complejidad de filigrana y trazo, como pueda
verse en el mausoleo de Teodorico, en la ciudad de Rávena. (Véase
Invasiones germánicas.)
En el Imperio carolingio la pintura sigue postergada a la decoración
de templos y a la miniatura dentro de los manuscritos, sobre todo
los elaborados para decorar las obras propias de los escritores
vinculados al emperador, con ejemplos de bellísima y minuciosa
factura. (Véase Arte carolingio.)
La pintura relacionada con el mundo árabe está presente sólo en las
miniaturas de clara inspiración oriental insertas en tratados, sobre
todo de historia natural, y en algunas pinturas murales realizadas
en época abbasí (véase Arte musulmán). Téngase en cuenta que el
Islam prohíbe expresamente las imágenes religiosas, y los reinos
musulmanes en Europa estaban regidos por dinastías con un fuerte
componente integrista.
En el arte medieval bizantino se dio una importancia decisiva a la
representación de imágenes religiosas, y aunque tuvo mucha fuerza el
mosaico, la pintura está muy presente en las miniaturas de
manuscritos y en el icono, la representación por excelencia de la fe
cristiana ortodoxa que tuvo muchas escuelas en Bizancio y que cobró
especial desarrollo posteriormente en Rusia. La pintura bizantina
estuvo muy determinada por las luchas ostigadas por la secta
iconoclasta contra los iconodulos (adoradores de imágenes), de tal
manera que Constantinopla y las ciudades griegas se adscribieron a
la prohibición de las representaciones religiosas, con una ausencia
de figurativismo; mientras que los monjes, dentro de los
monasterios, perpetuaron la tradición figurativa por medio de los
iconos destinados al culto popular y las miniaturas. El período
posticonoclasta (entre los siglos XI y XIII) fue la edad de oro del
arte bizantino, extendiendo su influencia a Rusia y los Balcanes,
con una acentuación del gusto oriental y un carácter netamente
religioso; los retratistas del área serbo-búlgara del siglo XIII son
excepcionales. A grandes rasgos, la pintura bizantina está marcada
por el hieratismo, con espacios irreales y figuras que se mueven en
un fondo dorado y resplandeciente; ese hieratismo se impone como
representación solemne y cargada de simbolismo de los misterios
cristianos, y tiene su principal imagen en el pantocrator.
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Prerrománico
La pintura prerrománica tiene distintas manifestaciones, según la
zona de Europa donde se manifieste. En la zona de Alemania, la
llamada pintura otónida (que se corresponde con los reinados de Otón
I y sus descendientes) se caracteriza por el dominio de la miniatura
(véase Iluminación de manuscritos), con una búsqueda de efectos
monumentales, espaciales y plásticos, con tonalidades difusas y
corpóreas. En Inglaterra, en el convulso período que se cierra con
la monarquía de Alfredo el Grande, la miniatura continúa
influenciada por el florecimiento de las cristiano-bárbaras
realizadas en los conventos irlandeses, aunque se va desarrollando
una influencia carolingia que convive con el desarrollo de una
novedosa técnica para el dibujo basada en las líneas polícromas que
preludian el gótico. Uno de los centros fundamentales de expansión
fue Canterbury.
En la España prerrománica florece el arte mozárabe, convivencia de
elementos latino-góticos y arábigo-orientales que en pintura, tanto
en fresco como en miniatura, se caracteriza por utilizar elementos
formales del arte musulmán, como los detalles arquitectónicos y las
plantas y animales africanos, hasta el punto de representar a
personajes de la iconografía cristiana con atuendos de corte
oriental. Debe destacarse en este apartado la iluminación de
manuscritos, con ejemplos tan magníficos como los "beatos", o
comentarios al Apocalipsis de san Juan.
Románico
El románico fue uno de los movimientos artísticos más importantes de
la Edad Media, presente en toda la geografía europea, el cual sirvió
como signo de fortalecimiento y homologación de creencias y
enseñanzas en una misma fe, después de la sucesión de herejías que
amenazaron con descomponer el poder cristiano de Occidente. La
influencia bizantina es notable, y el modo de representación será
principalmente la pintura mural y las miniaturas; las iglesias se
decoraban prácticamente en su totalidad con pinturas murales, las
cuales tenían como objetivo fundamental instruir a los fieles en la
doctrina cristiana, tanto a través de la pintura como de la
escultura. En el caso de la pintura, el ábside será el punto
culminante de la representación, y el pantocrator su principal
motivo, como máxima expresión de la majestad divina. La miniatura no
sólo se ceñía a los libros, sino que soluciones tan peculiares como
los exultet, o rollos de tela que se desplegaban ante los fieles en
las liturgias del sábado santo, fueron propios de la llamada pintura
benedictina. La pintura sobre tabla, por otro lado, tuvo un
desarrollo muy destacado en la región italiana de Toscana, con el
característico fondo de oro propio de la iconografía
bizantina, aunque con los primeros indicios de humanismo
en las expresiones y los escorzos.
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Gótico
El gótico, el otro gran movimiento del arte medieval, llevó el arte
plástico a las grandes catedrales que se construyeron entre los
siglos XII y comienzos del XVI. La pintura abandona las paredes de
las iglesias y el fresco como expresión fundamental y se asocia de
manera esplendorosa a las magníficas vidrieras de la época, aunque
la pintura en tablas (ahora asociada a los retablos, que comienzan a
cobrar importancia) y las miniaturas continúan estando vigentes. La
temática es sobre todo religiosa; el mundo sobrenatural se
representa con fondos dorados, y las figuras son planas e
ingrávidas. Sin embargo, las ideas de santo Tomás y san Francisco de
Asís, que dieron un nuevo sentido a la Naturaleza y al ser humano,
provocaron que el arte se humanizara, y se abandonara la rigidez
románica.
El gótico italiano se corresponde con los siglos XIII y XIV, los
llamados Duocento y Trecento, y se le considera precursor del
renacimiento (e incluso perteneciente al mismo). Durante el primero,
Italia vivirá una primera época de esplendor pictórico que abrirá
las puertas del renacimiento, el llamado movimiento prehumanista, en
el que la Orden del Císter tuvo una vital importancia como
transformadora de la decadente doctrina cristiana; así, se predica
la sencillez, y el mosaico pierde terreno definitivamente ante la
pintura, mucho más barata de realizar (véase Arte cisterciense). A
caballo entre los dos siglos, los primeros grandes nombres de la
pintura europea empiezan a sonar en figuras como Cimabue, Cavallini,
en Roma, y Duccio, en Siena. Pero será con la figura de Giotto y la
llamada escuela florentina con quien se abriera una nueva etapa en
la pintura en la cual el sentido de la realidad, el relieve y el
volumen de las figuras, el espacio, la luz y, sobre todo, la
plasmación de los estados de ánimo en los rostros de las figuras
retratadas marcaron una época que revolucionó el arte pictórico
europeo; los personajes visten ropajes contemporáneos, y la
arquitectura que acompaña a la escena plasma la realidad de la
Italia del momento.
La ecléctica escuela de Siena, por otra parte, con figuras como
Martini y los Lorenzetti (Ambrogio y Pietro), se caracteriza por un
cromatismo escenográfico excepcional y un revolucionario concepto
del paisaje.
La ecléctica escuela de Siena, por otra parte, con figuras como
Martini y los Lorenzetti (Ambrogio y Pietro), se caracteriza por un
cromatismo escenográfico excepcional y un revolucionario concepto
del paisaje.
En el llamado gótico flamígero se vive un florecimiento de las
escuelas francesas de París, Bouges, Angers y Dijon, con una
decidida tendencia al realismo y una fusión de linealidad, elegancia
y movimiento, como puede comprobarse en la abigarrada decoración del
palacio de Avignon, sede temporal de la curia papal. (Véase Gótico
flamígero.)
En España, el gótico isabelino se caracteriza por una sencillez
estructural y una exuberante y riquísima decoración en los retablos
y portadas, aunque la mayoría de la producción se encuentra en
vidrieras (como las de la catedral de León) y miniaturas. (Véase
Gótico isabelino.)
En Bohemia, la escuela pictórica de Praga tiende al naturalismo,
sobre todo en las miniaturas ejemplarizadas en el Códice Manesse,
encargado por Wenceslao II de Bohemia, con más de 130 exquisitas
miniaturas, muchas con temas caballerescos.
En Francia, el llamado gótico lineal toma esencias de otros estilos,
como el clasicismo de las figuras italianas y el ordenamiento
simétrico y el lujo de Bizancio, para llevar a cabo magníficas
vidrieras, como las de la catedral de Chartres, así como refinadas
miniaturas.
El final de la Edad Media en Italia coincide con la reacción
artística dominica en Florencia, con factura sienesa, didáctica y
fría, con importantes escuelas en Bolonia y Rímini, además del
nacimiento de la escuela veneciana, con nombres como Gentile y
Pisanello (maestros ambos del gótico internacional).
Por último, el gótico inglés practicó sobre todo la miniatura, con
figuras realizadas con profundo decorativismo y elegancia, el que
fuera llamado "estilo 1200".
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Pintura flamenca
En el norte de Europa, las escuelas borgoñona y flamenca
viven una época de esplendor con figuras como Jan Van
Eyck y su hermano Hubert, Rogier Van de Weyden y Petrus
Christus, con pinturas ejecutadas al óleo con gran
dominio de la técnica, un desarrollado sentido de la
estética, una distribución simétrica de los personajes y
un decidido realismo, potenciados por un sentido
luminoso del color. El retrato, muy realista, pone ante
el observador al individuo en primer plano, sin
artificios, aunque la mayoría de los casos los
retratados presentan un severo perfil. La Naturaleza,
por otra parte, está muy presente pero de manera
totalmente esteriotipada. (Véase Pintura flamenca.)
Siguiendo la dirección marcada por Van der Weyden,
durante el ultimo tercio del siglo XV y principios del
XVI se desarrolló un importante grupo de pintores
flamencos entre los que destacan Hans Memling y Gérard
David, continuadores de las formas y composiciones
creadas con anterioridad, mientras que Hugo de Van der
Goes y Hieronymus Bosch, "El Bosco" intentaron una
renovación y originalidad personal, en especial el Bosco,
con sus pinturas a medio camino entre lo onírico y lo
tenebroso.
Fuera de Flandes, la escuela flamenca se extiende por
toda Europa, donde destacan la escuela francesa, la
alemana y la española. En Francia es representativo el
pintor de la corte Jean Fouquet, miniaturista y
retratista, mientras que en Avignon se desarrollará un
importante centro, donde destacan Enguerrand Charonton y
el Maestro de Moulins.
En Alemania sobresale Conrad Witz, que se relaciona
estilísticamente con el español Fernando Gallego; Martín
Schongauer, que ejerce una gran influencia como creador
de composiciones, debido a su actividad de grabador;
Hans el Viejo Holbein, cuyo principal trabajo se centra
en Augsburgo; y Michael Wolgemut, el maestro de Durero,
que será uno de los mejores ejemplos de renacentista
fuera de Italia.
Quattrocento
Con el fenómeno del mecenazgo, especialmente de los
Médicis, el humanismo florentino alcanza sus mayores
cotas, y el renacimiento italiano comienza su andadura,
por lo que es difícil incluir al Quattrocento dentro de
la pintura medieval. Italia se desliga del resto de
Europa, y el arte figurativo conquista la realidad con
energía e impetuosa libertad, fruto de ese humanismo y
de una ruptura patente con la rigidez y la idealización
del gótico. Masaccio será el máximo representante del
primer humanismo florentino, donde el realismo es ya
descarnado. Con Piero della Francesca, creador de un
universo ideal, la luz y el espacio alcanzan una nueva
dimensión, sobre todo en sus magníficos retratos.
Uccello traspasará los límites de lo real, mientras que
Lippi imprime elegancia y aligera los límites
espaciales. (Véase Humanismo.)
Con Botticelli se vuelve a los temas mitológicos,
tratados con gran virtuosismo, aunque también será muy
importante su pintura religiosa, en cualquier caso con
una percepción lineal muy característica. Y Fra Angelico,
gran colorista, será acreedor de un desarrollado gusto
por el detalle.
En Siena la tradición continúa en pintores como Perugino,
Signorelli, Pinturicchio, en los cuales se preludia ya
el dramatismo de Miguel Ángel.
Venecia inicia una época de esplendor, con nombres como
Mantegna, muy influenciado por el escultor Donatello,
que conjuga el realismo con una espiritualidad latente;
y Antonello de Messina, que introduce el refinamiento
cromático de la pintura flamenca en Italia.
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China, Japón y la India
En otros continentes, el arte de la época medieval
occidental se mide con un tempo distinto.
En la India, las distintas civilizaciones que dominaron
en esta época demostraron un intenso interés por las
manifestaciones artísticas, como pueda ser el caso de la
civilización gupta, que dota a su pintura de una vivaz
elegancia, un intenso cromatismo y un sentido
expresionista sorprendente a ojos de un occidental de la
época; o la civilización chola (véase drávida), que en
pintura demuestra un dibujo ágil, aunque menos intenso
en el color que el arte gupta.
En China, la pintura es una de las máximas expresiones
artísticas del espíritu; es una pintura sofisticada y
refinada, con una raíz espiritual basada en el taoísmo,
y se encuentra al mismo nivel que la caligrafía o la
poesía. Los principales soportes son el papel y la seda,
y el destinatario es, prácticamente de manera exclusiva,
la clase dirigente. El arte pictórico entierra sus
raíces en la dinastía Han, donde la viveza y la
espontaneidad marcan un período durante el cual se fijan
las reglas de la perspectiva de la pintura china.
Durante las dinastías Jin y el resto de dinastías que
reinaron durante la época correspondiente a la Edad
Media occidental, se produce un perfeccionamiento
técnico y un refinamiento muy acusado, enriquecido aún
más durante la dinastía Tang con las aportaciones
provenientes de Oriente Medio, así como los magníficos
paisajes realizados en el período Song, o las obras de
los "Cuatro grandes" de la época Yuan. El retratismo
y los primeros paisajes, incluso monocromos, así como la
pintura de flores y pájaros serán también los temas
predilectos de los artistas chinos.
La pintura en Japón sigue a la pintura china, aunque con
una personalidad muy acusada. Los materiales se repiten,
y los temas son los mismos, aunque tratados de manera
personal, fundamentalmente paisajes, narraciones épicas,
poesías, flores, pájaros y retratos. En el período
Kamakura florecieron los yamato-e, largos rollos con
mucho colorido y muy detallistas, que presentaban las
escenas interior de las casas con mucho detalle. En el
período Muromachi, por su parte, la pintura más
característica es la kimpekiga, realizada sobre fondo
dorado en biombos y paneles corredizos, y cuya temática
se acerca mucho a los yamato-e.
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Edad Moderna -
Renacimiento
El renacimiento introduce una nueva forma de entender el
arte, una nueva manera de utilizar la pintura, buscando
la naturalidad y la representación real del espacio, y
de éste parten toda una serie de escuelas desarrolladas
en los diversos países europeos, cada una con sus
características propias, que reflejan diferentes
conceptos de la vida y su relación con el arte. No
obstante, el punto inicial de partida del renacimiento
es la vuelta al legado de la Antigüedad, la utilización
de motivos formales plásticos y simbólicos antiguos; el
arte que "renace" pretende superar a su modelo, y no
duda en aplicar formas matemáticas para fundamentar
racionalmente su idea de belleza, alejándose de la
rigidez del medievo, y de perfección técnica.
La manifestación artística principal es la
representación de temas cristianos francamente
humanizados, sobre todo las representaciones de la
Virgen, a la que acompañan figuras contemporáneas del
pintor; es, sin lugar a dudas, el comienzo del
protagonismo de la figura humana, tanto en la pintura
como en la escultura. El retrato se individualiza; el
perfil severo da paso al retrato de medio o tres cuartos
de cuerpo, de perfil, con rasgos únicos e
inconfundibles, que cumplen una de las máximas propias
del renacimiento: la búsqueda de la verdad. La
perspectiva, por su parte, se complica con puntos de
vista desusados.
Convivieron dos tendencias fundamentales, la clasicista
y el manierismo, al tiempo que en Venecia se creó una
escuela con un estilo particular.
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Cinquecento
El papa Julio II fue un importante mecenas de todos los
artistas de gran renombre que contribuyeron a devolver
el esplendor a Roma con la edificación de San Pedro del
Vaticano, tras el destierro impuesto en Aviñón; bajo su
tutela resuenan nombres de la talla de Miguel Ángel y
Rafael, figuras señeras del renacimiento. Fuera de Roma,
Leonardo da Vinci, humanista, hombre de ciencia,
inventor y pintor, fue una de las figuras más
importantes de una época que aún asombra por su arte y
sus investigaciones.
En Venecia, cuando la ciudad vivía un período de
esplendor económico y político, entre otras causas por
sus relaciones económicas con culturas orientales, se
dio una profunda renovación de la pintura, con formas
muy recargadas y decorativas, con escenas de la vida
urbana y concesiones a lo anecdótico. Personajes
vestidos a la musulmana acompañan en los lienzos a los
gobernantes venecianos, con riquísimos vestidos. El
color, la luminosidad y el paisaje naturista son
elementos propios de este período. Como nombres
importantes destacan Giovanni Bellini, Carpaccio,
Tintoretto, Veronés, Giorgione o Tiziano.
Manierismo
El movimiento manierista se caracteriza por el
escrupuloso seguimiento de las reglas fijadas durante el
renacimiento, donde la exageración y el cripticismo se
conjugan para crear un arte sólo al alcance de paladares
exquisitos; un arte antinatural que revuelve las figuras
con distorsiones anatómicas y alargamientos de los
rostros o los miembros alejados por completo de la
realidad. El espiritualismo místico, representado por El
Greco, y el naturalismo panteísta, representado por
Brueghel el Viejo, conviven en esta etapa.
El renacimiento en España en las décadas a caballo entre
los siglos XV y XVI está marcado por la monarquía de los
Reyes Católicos, período en el que las distintas
estéticas (el arte nazarí ya en retroceso, el gótico y
las tendencias flamencas) se aúnan en el llamado
plateresco, y confirman una prolífica etapa artística
continuada en época del emperador Carlos V, con una
influencia italiana muy notable. Los nombres que más
destacan son Pedro de Berruguete, Juan de Juanes, Paolo
de San Leocadio y Yáñez de la Almedina.
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Barroco
El arte barroco es sinónimo de dinamismo. El contraste
es la base elemental, donde las formas pequeñas y
grandes, alejadas y cercanas, surgen entre la luz y la
oscuridad. El estado del mundo, por otro lado, donde la
Reforma luterana mueve la celebración del Concilio de
Trento, y origina la mal llamada Contrarreforma, hace
que la Iglesia imponga al arte a su servicio ciertos
dogmas que deben ser representados dignamente por los
artistas, tales como la virginidad de María, el misterio
de la Trinidad, etc., que pasan a ser protagonistas de
los lienzos. Así, la Iglesia contrata a infinidad de
artistas, los mejores y los de segunda fila, para que
satisfagan la enorme demanda de obras religiosas para
los fieles. Los personajes deben ser, por otro lado,
cercanos al pueblo, y los santos dejan de aparecer
vestidos con ricos ropajes, sino que son pintados como
pobres, a gran tamaño, con rostros vulgares. La acción,
el dinamismo barroco, se pone al servicio del
dramatismo, y las luces, colores y sombras se
multiplican, ofreciendo imágenes de vistosa y atrayente
apariencia. Por otro lado, el patrocinio privado demanda
obras de pequeño o mediano formato que llenan los
gabinetes de las clases adineradas, dando una
importancia creciente a géneros como el bodegón y el
paisaje. (Véase Barroco.)
Italia
En Italia conviven dos tendencias fundamentales,
agrupadas frente a dos figuras rivales en su época: la
pintura naturalista tenebrista, representada por
Caravaggio, y el estilo clasicista, representado por
Carraci.
Dentro de los parámetros marcados por la Iglesia,
Caravaggio responde con un estilo que causó furor en la
Europa contrarreformista: el tenebrismo. Lienzos
enormes, colgados a metro y medio o dos metros del
suelo, llenaban las paredes de las iglesias con figuras
(muy escasas) que surgen de la más negra oscuridad y
atrapan el movimiento de los protagonistas en el momento
más dramático asociado a su historia, ya sea dentro de
los Evangelios o en el contexto hagiográfico de la vida
de un santo. El arte se aleja de la idealización, y las
figuras aparecen tal y como son, con todos sus defectos,
con la piel curtida y los vestidos gastados. La luz, por
otro lado, es de vital importancia, prestando a la
escena un ritmo muy marcado. Entre sus representantes
destacan el propio Caravaggio, Artemisa Gentilleschi, el
padre de ésta, Orazio, Guido Reni y Guercino. (Véase
Tenebrismo.)
Frente a la truculencia del caravaggismo, el absolutismo
imperante buscará para sus cortes otro estilo
diametralmente distinto en el que se primará el espacio
diáfano y la paleta se aclarará, lejos de los rigores
tenebristas. A partir de los postulados de Carraci, se
crea un arte que pretende transcender el marco propio de
la pintura para, siguiendo la estela de Miguel Ángel y
Rafael (de ahí la calificación de "estilo clasicista"),
conseguir un efecto ilusionista en el que las figuras
ocupen cualquier superficie arquitectónica y se adapten
a las construcciones propias del barroco, con escorzos
provocados por nuevos puntos de vista y nuevos espacios
pictóricos (como los techos, en los que las figuras
parecen flotar por encima de la cabeza del observador) y
un dinamismo llevado al extremo; es lo que se ha venido
en llamar idealismo. Por otro lado, la enseñanza
académica se inicia en esta época, imponiendo los temas
a representar, las reglas geométricas y gamas cromáticas
a utilizar e incluso los atributos propios de cada
personaje. Destacan dentro del estilo los nombres de
Domenichino, Poussin y Claudio de Lorena (creador del
paisaje clásico), estos dos últimos nacidos en Francia.
El paisaje, por último, está representado por Canaletto,
uno de los últimos genios del barroco italiano, ya
enmarcado en el siglo XVIII, cuyas composiciones, con
Venecia como protagonista, son extraordinariamente
famosas.
Volver al inicio de El arte y la Historia
Francia
El barroco francés se acerca fundamentalmente a los
postulados clasicistas de Carracci (la mayoría de los
autores se forman en Italia, e incluso algunos, como
pueda ser el caso de Lorena y Poussin, se quedaron
allí), y su origen es cortesano, ligado al gusto
palaciego y, sobre todo, al máximo representante del
absolutismo, el "Rey Sol", Luis XIV. La paleta se aclara
también de manera evidente, y las composiciones son más
equilibradas. El paisaje adquiere entidad propia, y no
es sólo un mero acompañante de las figuras. Deben
destacarse, dentro de este período, a Vouet y La Tour,
además de los ya mencionados Poussin y Lorena, quienes
desarrollaron su arte en Italia.
El retrato oficial, por otra parte, auspiciado desde la
Corte, alcanza una importancia muy destacable; éste se
encuentra muy idealizado, y es utilizado como
manifestación de poder. La escuela retratista está
representada por Philippe de Champaigne, Sebastien
Bourdon y Charles Le Brun.
Países Bajos
La característica fundamental del barroco centroeuropeo
será el mercantilismo, propio de la idiosincrasia de
Holanda y los Países Bajos, donde los burgueses
encargaban cuadros de pequeño y mediano formato para
decorar sus hogares. El bodegón, el paisaje y la pintura
de género son los estilos más demandados. Por otra
parte, algunos artistas de este período demuestran una
influencia clara del barroco italiano, en particular del
tenebrismo, los llamados "caravaggistas de Utrecht", con
un palpable oscurecimiento de su paleta. El retrato, por
otro lado, se afronta con dos posturas distintas: una
intimista, que recoge la labor cotidiana de sus
protagonistas; y otra de grupo, con retratos encargados
por profesionales o cofradías de distintos gremios, en
los cuales suele darse la curiosa costumbre de
representar a varios personajes en un mismo cuadro para
abaratar los gastos.
En la antigua Flandes, por otro lado, se cultivó con
profusión una pintura exuberante, tanto en bodegones
como en escenas alegóricas (incluso con temas
"picantes"), en cuyos composiciones el color es
brillante. Algunos de estos artistas tuvieron una
relación muy estrecha con la Corona española, por lo que
muchas de sus producciones pueden admirarse hoy día en
museos españoles, principalmente en el Museo del Prado.
Los principales artista de este período son, sobre todo,
Rubens, Rembrandt, Van Dyck, Jordaens, Hals y Vermeer,
además de Van Goyen, Teniers y el paisajista Ruysdael.
Fuente de algunos de estos artículos:
ENCICLONET - La Enciclopedia Universal
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