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DICCIONARIOS -
PALABRAS - DESINENCIAS - SIGNIFICADOS
Libro de referencia en el que se recogen y
explican de forma ordenada palabras de una o más lenguas o de una
determinada materia: la mayoría de los diccionarios escolares
desatienden por completo la competencia lingüística del público al que
van dirigidos. En esta recopilación abajo expuesta se pretende
ejemplificar los varios estilos de diccionarios que hay. Cada uno tiene
una definición propia, sin embargo todos ellos lo que hacen es darnos
las definiciones ideales a cada una de las palabras que necesitamos
encontrar.
___________________________________
DICCIONARIO
2. Ordenación de términos o palabras en un
determinado aspecto: me he comprado un diccionario de sinónimos y otro
ideológico.
3. Catálogo ordenado de nombres, hechos o
noticias referentes a un campo específico de conocimiento: uno de los
diarios adjuntaba a su suplemento dominical los fascículos de un
diccionario biográfico de los autores musicales más importantes.
En su sentido básico y originario, un
diccionario es una ordenación alfabética de los elementos léxicos de una
lengua acompañados de su definición y otras informaciones adyacentes,
como su pronunciación, su etimología, la categoría gramatical a la que
pertenecen, ejemplos ilustrativos de su uso —que pueden ser citas
literarias acompañadas de su fecha—, las locuciones en las que
intervienen, sus sinónimos y sus antónimos. En el ámbito de la gramática
generativa, se llama diccionario (o lexicón) a la información léxica que
lleva incorporada en su competencia todo hablante de una lengua.
Los diccionarios, al igual que las enciclopedias, son obras de
referencia que se consultan para solucionar dudas y obtener información
acerca de las palabras y los conceptos a ellas asociados. La diferencia
entre ellos resulta fácil de establecer en teoría —el diccionario define
"palabras" y la enciclopedia define las "cosas" a las que esas palabras
se refieren—, aunque a la hora de llevarla a la práctica se producen
interferencias mutuas, puesto que hay obras de referencia que participan
de las características de ambas: son los llamados diccionarios
enciclopédicos, muy habituales en el mundo anglosajón. La función básica
del diccionario es la explicación del significado de las palabras de
forma "sistemática" (en donde este adjetivo se refiere al hecho de que
el significado de un vocablo surge por oposición al de otros con los que
forma una misma clase léxica, algo que no siempre se tiene en
consideración). La enciclopedia, por el contrario, no busca establecer
oposiciones contrastivas entre las palabras, sino que pretende aportar
información adicional y útil acerca de conceptos referidos a las ramas
del saber, independiente de su contenido semántico. Por otro lado, no
todos los términos enciclopédicos poseen su correspondiente definición
de diccionario (piénsese por ejemplo en los nombres propios, los
topónimos, los tecnicismos y las expresiones extranjeras), y lo mismo
ocurre a la inversa (elementos léxicos "vacíos" como las preposiciones o
las conjunciones, que sólo pueden ser ampliados enciclopédicamente como
categoría gramatical global). Actualmente, se han impuesto los
diccionarios en soportes magnéticos y ópticos, al igual que sucede con
las enciclopedias, dado que ofrecen enormes ventajas para el manejo de
los mismos, al tiempo que resuelven problemas de actualización, espacio,
etc.
En latín clásico y en la Alta Edad Media se empleaba el término
glossarium como sinónimo de diccionario, mientras que vocabularium y
dictionarium eran términos equivalentes que se emplearon durante la Baja
Edad Media. Posteriormente, el significado y uso de estos términos
evolucionó. En la actualidad, aunque las palabras vocabulario, glosario
y léxico se emplean en ocasiones de forma indistinta como equivalentes
de diccionario, es posible establecer en rigor las diferencias
semánticas y de aplicación entre ellas. Se llama glosario al vocabulario
de palabras poco conocidas o desusadas, o al de términos de una misma
disciplina; como en un principio dichos vocablos iban acompañados de una
explicación o glosa que facilitaba su comprensión, con el tiempo pasó a
significar la explicación misma. El léxico de una lengua es el conjunto
de palabras que la componen; originariamente, este término se empleó
para referirse a la colección de formas raras o difíciles, aunque en la
actualidad se aplica también al repertorio de voces propias de un autor
(como el léxico de Galdós, el léxico de Góngora, etc.). Se denomina
vocabulario al inventario que contiene pocas palabras, que suelen ir
acompañadas de escasas o nulas explicaciones; la selección y
discriminación de estos términos dependerá, en gran medida, de si se
aplica a una obra general, especializada o referida a un ámbito cultural
determinado.
Según la naturaleza de los términos que se incluyen y su orientación
metodológica, se distinguen varias clases de diccionario, que se
engloban dentro de dos grupos principales: diccionarios diacrónicos y
diccionarios sincrónicos.
01) Diccionario diacrónico.
El que se ocupa del desarrollo del léxico de una determinada lengua a lo
largo del tiempo. A su vez, puede ser de dos tipos: diccionario
histórico y diccionario etimológico. El primero estudia las diferentes
fases evolutivas que se producen en el significado, la forma y el uso de
las palabras. La realización de una obra de este tipo entraña una gran
dificultad, ya que requiere un estudio detallado de la historia de una
lengua, por lo que se suele centrar en una época determinada. En la
actualidad, la Real Academia Española está elaborando un Diccionario
Histórico que, gracias al apoyo de la informática, estará concluido en
breve. El diccionario etimológico, por el contrario, especifica la forma
originaria de cada una de sus entradas léxicas junto con sus
modificaciones fonéticas y semánticas a lo largo del tiempo. Por lo
general, aparecen agrupadas las palabras que derivan de un mismo étimo.
La mejor obra de este tipo en español es el Diccionario crítico
etimológico de la lengua castellana (1954), de Joan Corominas.
02) Diccionario sincrónico.
Recoge el léxico de uso de una determinada lengua correspondiente a un
período concreto de su desarrollo (generalmente el momento actual). Se
distinguen varios tipos:
03) Diccionario monolingüe.
El que recoge palabras de una sola lengua y explica su significado.
04)
Diccionario plurilingüe (bilingüe, trilingüe, etc.). El que
establece las equivalencias entre palabras pertenecientes a dos o más
lenguas. La principal dificultad a la hora de componer un diccionario de
este tipo es la ausencia de un isomorfismo total entre lenguas
distintas, por lo que para traducir los términos de una a otra hay que
tener en cuenta no sólo la forma y el significado de las palabras, sino
su uso y su contexto lingüístico. Un tipo particular de diccionario
plurilingüe es el llamado diccionario multilingüe, que suele referirse a
una disciplina científica o artística concreta, cuyos términos no poseen
la polisemia que caracteriza a la lengua general.
05)
Diccionario enciclopédico. El que contiene, además de la
definición lingüística de las palabras de un idioma, artículos relativos
a distintos campos de conocimiento. Por su carácter universal,
constituye una de las principales obras de referencia de las
bibliotecas.
06) Diccionario técnico (o científico).
Compilación alfabetizada de los términos empleados en una determinada
disciplina científica o actividad profesional, tanto los que son
exclusivos de la misma como aquellos otros de la lengua general que
poseen un sentido especial.
07) Diccionario de abreviaturas. El que recoge todas las siglas,
acrónimos y demás acortamientos formales de los términos que componen
una lengua, así como los de cualquier ciencia o disciplina de
conocimiento.
08)
Diccionario biográfico. Catálogo ordenado de personalidades
pertenecientes a un determinado campo, a un solo país o a todo el mundo.
09) Diccionario
geográfico y de topónimos. Posee información general sobre los
lugares que describe.
Diccionario ideológico. El que reúne en grupos
conceptualmente homogéneos todas las palabras que guardan relación con
una determinada idea. Una gran obra de este tipo en español es el
Diccionario ideológico de la lengua española (1993), de Julio Casares.
10) Diccionario de
sinónimos y antónimos. Acompaña cada término de otros con los
que comparte una relación semántica de sinonimia o antonimia.
11)
Diccionario de rimas. Ordenación alfabética de las palabras
teniendo en cuenta su terminación y su derivación.
12) Diccionario de autoridades. Contiene citas de autores,
generalmente literarios, que con su autoridad avalan el sentido y el uso
del término que se ilustra.
13)
Diccionario de dudas. Obra de consulta, de carácter generalmente
normativo, que expone las respuestas a las dudas o problemas que pueda
tener el usuario acerca de su lengua. La principal obra en español de
este tipo es el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua
española (1986), de Manuel Seco.
En el mundo antiguo no puede hablarse de
estudios lexicográficos propiamente dichos, puesto que la lexicografía
(arte de componer diccionarios) no existía aún como tal. Hubo, eso sí,
algunos intentos por crear catálogos y tratados que condensaran de forma
ordenada el saber de la época. El rey asirio Assurbanipal, que reinó
entre los años 668 y 627 a.C., fundó en Nínive una de las primeras
bibliotecas conocidas, y ordenó a sus escribas que recogieran y copiaran
textos antiguos a lo largo de todo el reino. Este archivo incluye más de
20.000 tablillas en escritura cuneiforme, que recogen la sabiduría
mesopotámica en distintas materias: además de literatura, religión,
matemáticas, botánica, química y otras, contiene una de las primeras
descripciones lexicográficas que se conocen. Se sabe también de la
existencia de repertorios léxicos en otras lenguas antiguas
(especialmente el sánscrito).
Durante la época clásica grecorromana continúa
la producción de tratados y catálogos, aunque no existe aún obra alguna
que recoja todas las palabras del griego, el latín u otra lengua.
Calímaco (siglo III a.C.), erudito griego que trabajó en la biblioteca
de Alejandría, confeccionó una de las primeras obras de referencia que
se conocen: un catálogo literario denominado Pinakes, elaborado a partir
de los fondos de la biblioteca, que contenía toda la literatura griega
de la época. Por su intención histórico-literaria, los distintos géneros
estaban clasificados por separado y las obras aparecían ordenadas
alfabéticamente (acompañadas de una breve noticia acerca de la
personalidad del autor). Fue, sin embargo, el erudito latino Marco
Terencio Varrón (siglo I a.C.) el primer gramático que se dedicó de
pleno a los estudios léxicos; en su tratado De lingua latina estudia la
analogía (moderna morfología), origen y relaciones de las palabras, por
lo que resulta una obra fundamental para la investigación filológica del
latín. El gramático Verrio Flaco, contemporáneo de Augusto, compuso De
verborum significatione, obra que supone un gran avance lexicográfico
puesto que contiene palabras ordenadas alfabéticamente y una gran
información sobre la gramática y el saber de su tiempo. Valerio
Apocration (siglo IV) llevó a cabo una recopilación del vocabulario
empleado por diez grandes oradores griegos (Antifonte, Hipéredes,
Andonidas, Lisias, Isócrates, Iseo, Esquines, Licurgo, Demóstenes y
Dinarco) titulada Harpocration.
A lo largo de la Edad Media se siguieron
elaborando obras de referencia similares, aunque no era posible aún
hablar de diccionarios propiamente dichos. San Isidoro (560-636), cuyas
obras representaron un punto de referencia básico para el saber
medieval, compiló en sus Etymologiæ todo el saber de su tiempo. En otros
textos suyos como Synonima y Differentiæ se muestra igualmente su
interés por los estudios léxicos. En el siglo IX aparecen los grandes
vocabularios árabes, y en el siglo XI el Vocabularium latinum de Papias
y el léxico hebreo de Judas Huig. Sin embargo, la mejor compilación
medieval es el Catholicon, compuesto en 1286 por el dominico italiano
Giovanni Balbi (1220-1298); se trata de una especie de enciclopedia
latina que contiene un tratado de gramática, otro de retórica y un
vocabulario.
Sin embargo, el verdadero germen de la
lexicografía moderna se halla en el tratamiento de ciertos textos
latinos en la Alta Edad Media, algunas de cuyas palabras más difíciles
de entender eran glosadas con equivalentes romances para permitir su
comprensión por parte de monjes con un conocimiento imperfecto del
latín. Estas glosas se escribían en los propios manuscritos, entre las
líneas de los textos litúrgicos o al margen. No obstante, dado que era
una pérdida de tiempo tener que representar el significado de una misma
palabra una y otra vez, surgió la costumbre de crear glosarios de
palabras clave o términos especializados. A medida que estas colecciones
de palabras y nombres latinos aumentaban de tamaño, se hizo necesaria la
ordenación de este material léxico para facilitar su consulta. Desde el
punto de vista histórico, esto dio lugar a dos clases de inventarios
léxicos: el nomenclátor, un catálogo sistemático de palabras agrupadas
en torno a materias de interés (que representa el inicio de los
diccionarios técnicos), y el diccionario propiamente dicho, una lista
alfabética de palabras junto con sus definiciones. En la historia de los
diccionarios, por tanto, las obras plurilingües han precedido a las
monolingües.
Puede decirse que el nacimiento de la
lexicografía como ciencia tuvo lugar en el siglo XV, coincidiendo con el
movimiento humanista y la invención de la imprenta. Hasta esa época no
estuvo acompañada de un aparato científico y docente y una concepción
verdaderamente moderna, ya que los vocabularios, glosarios y repertorios
léxicos compuestos anteriormente se limitaban a ensayos filológicos
incompletos. El religioso italiano Ambrosio Calepino (1435-1511) publicó
en 1502 un diccionario latino-italiano al que posteriormente se le
añadieron las correspondencias de hasta once lenguas. Fue tan popular
esta obra que se llegó incluso a acuñar el término calepino como nombre
genérico de los diccionarios latinos. Robert Étienne (1503-1559), famoso
impresor francés, publicó el Dictionarium sive latinæ linguæ thesaurus
(1531), y su hijo Henri (1531-1598) el Thesaurus græcæ linguæ (1573).
Estas dos obras sirvieron de modelo para otras posteriores, como el
Lexicon totius latinitatis (1771), de Egidio Forcellini (1688-1768), y
los Glossarium mediæ et infimæ latinitatis (1678) y Glossarium mediæ et
infimæ græcitatis (1688), de Charles Du Fresne (1610-1688).
En España, uno de los precursores en el
terreno de la lexicografía fue Alonso Fernández de Palencia (1423-1492),
creador del Universal vocabulario en latín y romance (1490). Antonio de
Nebrija (1444-1522) compuso el primer diccionario castellano-latino,
Dictionarium latinum-hispanum et hispanum-latinum (1495), que constituye
una de las primeras compilaciones bilingües realizadas de forma
metódica. El Diccionario de vocablos castellanos (1587), de Alonso
Sánchez de la Ballesta, contiene refranes castellanos con su
equivalencia latina. El auge de las lenguas vernáculas que acompañó a la
creación de los estados modernos dio lugar a repertorios plurilingües
como el Tesoro de las dos lenguas, francesa y española (1607), del
francés Cesar Oudin —formado eminentemente con textos literarios—, y el
Diccionario castellano. Dictionnaire français. Diccionari català (1641),
de Antonio Lacavallería —que aporta como novedad la descripción de estas
tres lenguas romances en sí mismas, no como modelo preceptivo para el
estudio del latín. Sin embargo, la obra más importante de la
lexicografía española de esta época es el Tesoro de la lengua castellana
o española (1611), de Sebastián de Covarrubias (1539-1613), que recogía
tanto los términos clásicos como las palabras actuales. Ya en el siglo
XVIII, la Real Academia Española publicó su Diccionario de Autoridades
(5 vols., 1726-1739), que a partir de entonces se constituiría en la
principal obra de referencia lexicográfica en España. Su nombre se debe
a que cada término justificaba su inclusión con referencias y ejemplos
de uso de las principales autoridades literarias españolas. Incluía
todas las palabras de uso común así como algunos términos científicos, y
prescindía de las etimologías que se consideraban inciertas. La Academia
llevó a cabo mediante esta obra un gran esfuerzo para fijar el idioma
común, depurándola especialmente de los galicismos que se habían
introducido durante la época de Felipe V. En 1780 publicó el Diccionario
de la Academia —basado fundamentalmente en el Diccionario de
autoridades—, que en sus sucesivas ediciones fue experimentando cambios
metodológicos e incluyendo las reformas ortográficas aprobadas en cada
momento.
Italia fue uno de los países precursores en los estudios lexicográficos
modernos. El Vocabulario degli Accademici della Crusca (1612), publicado
por la Academia de la Lengua Italiana, es el diccionario más antiguo de
Italia, y sirvió como modelo para los grandes vocabularios europeos de
los siglos XVII y XVIII. Se trata de una obra normativa, basada en la
lengua literaria empleada por los principales escritores italianos del
siglo XIV (Dante, Petrarca, Boccaccio, etc.), que durante mucho tiempo
fue tenida como código de la lengua.
En Francia, la Academia Francesa fue el principal órgano que impulsó la
publicación del Dictionnaire de la langue française (1694), cuyo
objetivo fundamental fue la codificación de la lengua contemporánea,
para lo cual se excluyeron los arcaísmos, los vulgarismos y los
neologismos del francés.
En Inglaterra, el primer diccionario monolingüe fue A Table
Alphabeticall (1604), de Robert Cawdrey, que contenía cerca de tres mil
palabras de un marcado carácter culto. En 1616 aparece An English
Expositor, de John Bullokar, obra en la que aparecen numerosos arcaísmos
señalados mediante un asterisco para indicar que no pertenecían al
inglés hablado. Siguiendo esta misma tradición cultista, se publican
posteriormente The English Dictionarie: or, an Interpreter of Hard
English Words (1623), de Henry Cockeram, y Glossographia (1656), de
Thomas Blount. Todos los esfuerzos puristas de la segunda mitad del
siglo XVII por fijar las reglas de un inglés culto dieron como resultado
diferentes obras lexicográficas de carácter normativo. La principal fue
el Dictionary of the English Language (1755), de Samuel Johnson, basado
en el habla de las clases altas. Se trata del primer intento puramente
lexicográfico de registrar la lengua inglesa sobre la base de un corpus
lingüístico: el Dr. Johnson ofrece razones para excluir ciertas palabras
(altamente especializadas o polisílabas) y, fundamentalmente, decide
excluir de su obra los nombres propios, iniciando de esta forma lo que
durante siglos iba a ser una de las principales diferencias entre la
lexicografía británica y la americana. Al igual que otros grandes
diccionarios europeos, el del Dr. Johnson se basa en las citas de los
escritores clásicos; de esta forma, se convirtió en el primer
lexicógrafo inglés en deducir el significado de las palabras a partir de
un muestreo sistemático de su uso real. A partir de ese momento, los
diccionarios ingleses asumen una función normativa. En el continente
americano, el lexicógrafo Noah Webster publicó An American Dictionary of
the English Language (1828), basado en el principio de que el uso de las
palabras debería derivar de la lengua hablada; la obra, duramente
criticada en su momento por sus americanismos y por sus preferencias
ortográficas poco convencionales, representa la base del inglés
americano moderno.
Tras la fundación, a principios del siglo XIX, de la filología románica,
cambió radicalmente el enfoque en el estudio de las lenguas y la
metodología en la redacción de diccionarios. Friedrich Diez adaptó al
estudio de los idiomas románicos el método histórico-comparativo que
Franz Bopp y Jakob Grimm habían aplicado a las lenguas germánicas, y
como resultado de ello publicó en 1853 su Etymologisches Wörterbuch der
romanischen Sprachen, una de las primeras comparaciones sistemáticas de
las lenguas románicas. Dentro de esta línea historicista se enmarcan
igualmente el Deutsches Wörterbuch (1852-61), el Dizionario della lingua
italiana (1858-79) y el Oxford English Dictionary (1895), uno de los
mejores diccionarios que existen de una lengua occidental, con cerca de
2.400.000 citas de escritores en lengua inglesa de todos los tiempos. El
Dictionnaire de la langue française (1863-73), de Émile Littré, está
considerado como uno de los primeros diccionarios científicos.
El estudio comparativo de las lenguas románicas hizo que cobraran gran
importancia los diccionarios etimológicos. Los precursores en este
terreno fueron los filólogos Wilhelm Meyer-Lübke —autor del Romanisches
Etymologisches Wörterbuch (1911-20)— y Wilhelm von Wartburg —con su
monumental Französisches Etymologisches Wörterbuch (1922). En España, el
Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana (1954), de Joan
Corominas, es la obra fundamental en este terreno. Merece igualmente
mención especial el Diccionari Català-valencià-balear (1926-62), de
Alcover y Moll, repertorio exhaustivo de todo el léxico catalán con
especial mención a las formas dialectales, con sus correspondencias
fonéticas.
La lexicografía es la disciplina lingüística que estudia la elaboración
de diccionarios, a partir de los supuestos teóricos que derivan de la
lexicología. La labor del lexicógrafo consiste precisamente en aplicar
criterios sistemáticos que permitan la elaboración rigurosa de un
diccionario, puesto que de otro modo éste se convertiría en un mero
inventario de palabras: debe reflejar el caudal léxico de una lengua,
pero también tiene que codificarlo mediante reglas. Según Hartmann,
existen cinco postulados generales en la lexicografía:
1) La lexicografía se centra en la descripción y explicación del
vocabulario de una lengua o variedad lingüística; los diccionarios
bilingües son subproductos de los monolingües, que constituyen el
objetivo fundamental del lexicógrafo.
2) La unidad básica de la lexicografía es el lexema (o lemma), una
familia de unidades léxicas o una combinación homogénea de formas
léxicas y sentidos distintos. En general, dos o más unidades léxicas
formarán parte del mismo lexema si existe una regla léxica que permita
deducir el sentido de una a partir del de la otra (por ejemplo, infeliz,
felicidad y felizmente son unidades léxicas relacionadas por derivación
con el lexema {feliz}).
3) Los diccionarios pueden describir el vocabulario completo de una
lengua o concentrarse en uno o más aspectos del mismo (ésta es la
diferencia entre los diccionarios generales y los enciclopédicos).
4) La lexicografía ha de emplear un metalenguaje válido para el manejo y
la presentación de la información contenida en él.
5) En última instancia, son las necesidades léxicas de los hablantes las
que motivan y juzgan la validez de un diccionario.
En primer lugar, en un diccionario se distinguen la macroestructura (o
disposición relativa de las unidades léxicas, según un orden alfabético)
y la microestructura (o estructura interna de las mismas). La
microestructura posee dos niveles fundamentales:
1) Entrada léxica. Incluye el encabezamiento de la unidad léxica e
información acerca de su morfología, su pronunciación, su etimología y
su categoría gramatical; si varias de estas categorías aparecen en la
misma entrada deben ser claramente diferenciadas.
2) Definición. Consta de una o varias acepciones señaladas mediante
números arábigos en negrita; cada acepción está formada por una
definición apropiada del sentido de la palabra o una paráfrasis (o
ambas), y también puede añadirse un ejemplo ilustrativo de su uso.
Resulta igualmente habitual el empleo de etiquetas que faciliten
información enciclopédica, como su localización geográfica, registro de
habla, nivel de lengua, notas de uso, etc.
Los modismos y frases hechas en los que pueda intervenir una entrada
léxica se incluyen a continuación, puesto que son extensiones
sintácticas de su significado. Por último, resulta práctica habitual en
lexicografía adjuntar los sinónimos y antónimos de las palabras que se
definen.
El fenómeno semántico más común en los
diccionarios es la polisemia o relación de una única unidad léxica con
diferentes sentidos. No obstante, la estructura semántica de una palabra
polisémica no debe ser considerada como una cadena desordenada de
sentidos: se trata más bien de una serie de núcleos semánticos alrededor
de los cuales giran los significados secundarios como satélites. Estos
últimos aparecen introducidos por etiquetas del tipo [Por extensión],
[Por especialización], [Por metonimia], [Uso figurado], etc. La
principal dificultad de este sistema consiste en saber cuándo un sentido
puede ser considerado una extensión semántica de otro o cuándo posee un
carácter independiente.
Otro problema con el que se enfrenta el
lexicógrafo es el llamado conocimiento enciclopédico. Lo ideal sería que
un diccionario proporcionara, además de la información puramente
lingüística, datos prácticos acerca de su empleo en situaciones
concretas para ayudar a aclarar su significado. El conocimiento
enciclopédico es una consecuencia a la vez inevitable y necesaria de lo
anterior. No obstante, el lexicógrafo ha de intentar ser lo más preciso
posible, y proporcionar definiciones de carácter analítico que sirvan
para organizar sistemáticamente el corpus del diccionario. Esto implica
que cada término conceptual (técnicamente llamado definiendum) ha de
poseer una o varias definiciones (definiens) formadas por un concepto
básico cercano al definiendum (genus proximum) y al menos un rasgo
distintivo característico de él (differentia specifica). La metodología
que el lexicógrafo emplea a la hora de llevar a cabo el análisis
semántico de las palabras es de carácter contrastivo: para poder aislar
las unidades léxicas es necesario compararlas y agruparlas en clases que
posean rasgos semánticos en común.
Sinónimos: Vocabulario, léxico, lexicón,
glosario, tesoro, tesauro, nomenclátor, nomenclatura, enciclopedia.
La Filología comparada como ciencia del
lenguaje, nace en España con el Catálogo de las Lenguas de las Naciones
Conocidas [Roma, 1784-98], seis volúmenes, obra incompleta, debida a la
pluma y paciencia de LORENZO HERVÁS y PANDURO (1735-1809) nacido en
Horcajo de Santiago (Cuenca), jesuita, hubo de pasar a Italia cuando
sobrevino la expulsión, de España y sus colonias, de la Compañía de
Jesús, mandato debido al monarca Carlos III; nada más llegar a el
Vaticano, Pío VII le nombró su Bibliotecario.
MENÉNDEZ PELAYO le llamó nuestro primer
filólogo, pues figura entre los fundadores de la lingüística moderna y
se le ha llamado también padre de la filología comparada. Fue el mejor
informado acerca de la distribución de las lenguas del mundo, a pesar de
no tener una formación de lingüista.
Toma el abate la premisa de que todos los
investigadores siempre han pretendido llegar al estado primitivo de las
naciones del mundo con la relación de sus hechos, pero ocurre que unas
naciones se confunden con otras o reducen muchas a una, lo que acaba en
la confusión y constituyendo un auténtico mosaico lingüístico, fruto de
un proceso de diferenciación progresiva; muchos autores reconocen que
tal o cual grupo de lenguas ha sido muy poco estudiado.
Los diferentes enfoques dados a la
etnolingüística, por la antropología lingüística, la lingüística
antropológica, la sociolingüística o la sociología del lenguaje,
demuestran variantes en el comportamiento como índice sensible para
determinar aspectos de la estructura social de cada nación con sus
aledañas.
Los primeros clasificadores de lenguas
emplearon el sistema de clasificación genética o histórica, basada en el
supuesto de que las lenguas se hayan separado de un predecesor común, y
sigue el curso de las relaciones históricas, reales o supuestas, pero
creo que es más lógico agruparlas en tipos estructurales. Hoy día, creo
que la clasificación tipológica es más real, basándose en su fonología,
vocabulario y gramática, pero, recordemos, la diferencia entre lengua y
dialecto: aquella posee verbos y substantivos propios, mientras que éste
sólo posee escasamente algunos. Muchos cientos de “lenguas” recogidos en
este texto no tienen ni alfabeto, y el número de sus vocablos no supera
el medio millar: suficiente para comunicarse esa comunidad o tribu: son
los subdialectos. De ahí que nuestra costosa clasificación siga la
conformación siguiente:
phylum
familia
grupo
subgrupo
sección
lengua
dialecto
subdialecto
El dialecto constituye la forma natural,
elemental, espontánea del lenguaje, mientras que la lengua es su
expresión artificial, es el producto del estudio, la formación última de
varios dialectos, o bien uno de los varios dialectos de un país, de una
región, de una zona, que, por poseer una superior literatura escrita,
adquiere supremacía sobre aquellos otros. Positivamente no hay ninguna
lengua que pueda llamarse a la vez dialecto, y, en los estudios de
filología comparada, se da tanta importancia a la lengua literaria de un
país como a cualquiera de los dialectos. En el aspecto cronológico, debo
decir que «son dialectos todas las formas de una lengua, antes de la
formación completa y definitiva.»
Los padres de la lingüística, más o menos
acertadamente, han pretendido con sus investigaciones estructurar unos
tipos de clasificación de lenguas que por sí mismas transmiten
información geográfica sobre sus hablantes, si bien dialecto (al
contrario que lengua) es un término geográfico mucho más específico.
Según lo habitual en lingüística, la noción de dialecto se considera
aplicable a todas las lenguas y a todos los hablantes; los dialectos son
una abstracción derivada del análisis de un cierto número de idiolectos,
el de un solo hablante (idiología, expresión característica o modo
particular de hablar de una persona); lecto, serie de fenómenos que
poseen una identidad funcional en una comunidad lingüística.
Por ello hoy, para una aproximación a lo
concreto, habrá que tener en cuenta la etnolingüística, estudio del
lenguaje en relación con los tipos y la conducta étnicos, con especial
referencia a la forma de interacción social. La geolingüística, es el
estudio de la distribución regional de lenguas y dialectos considerados
atendiendo a los factores geográficos. La psicolingüística, es el
estudio de la relación entre la conducta lingüística y los procesos
psicológicos que se consideran subyacentes a ella. La sociolingüística,
es el estudio de la interacción entre el lenguaje y la estructura y
funcionamiento de la sociedad. No es lo mismo un filólogo comparativo
que un lingüista histórico, por la tendencia a considerar al primero
como el género y al segundo como la especie, pero está claro que la
filología y la lingüística tienen un mismo objeto científico: el
lenguaje... pero, lo tratan de manera distinta. La lingüística estudia
el hecho de lengua en sí; la filología lo estudia en cuanto adquiere
forma en un texto; la filología se ocupa del lenguaje en cuanto se
relaciona con la estética, con la finalidad o intención, con el momento
histórico. ¿De donde viene la confusión? Pues, a la tendencia a
considerar la filología como Género, y a la lingüística como especie;
algo así como la nomenclatura zoológica o botánica.
August von SCHLEGEL (1767-1845) sugirió en el
campo de la morfología, cuatro tipos lingüísticos con arreglo al modo de
construcción de las palabras de una lengua:
lenguas aislantes, o analíticas o de raíces,
porque todas las palabras son invariables: no hay terminaciones; las
relaciones gramaticales se manifiestan en el orden de las palabras; v.
gr.: chino, vietnamita, samoano.
lenguas flexivas, o sintéticas o fusionales,
porque las relaciones gramaticales se expresan cambiando la estructura
interna de las palabras, mediante el uso de elementos compositivos
flexivos que reflejan simultáneamente varios significados gramaticales;
v. gr.: latín, griego, árabe.
lenguas aglutinantes, o aglutinativas, porque
las palabras están formadas por una larga secuencia de unidades, cada
una de las cuales expresa un significado gramatical particular en una
relación clara de uno a uno; v. gr.: finés, turco, japonés, swahili.
lenguas incorporantes, o polisintéticas porque
las palabras que las componen son largas y complejas y contienen una
mezcla de rasgos aglutinantes y flexivos; v. gr.: esquimal, mohaqués,
australiano.
Así, si los procesos lingüísticos son vehículo
simbólico para potenciar y desarrollar nuevas realidades culturales,
conozcamos al detalle todas y cada una de las lenguas y dialectos, su
entronque, su ámbito y su dimensión.
clasificación de
las lenguas
Sistema utilizado en lingüística para
subdividir los idiomas en grupos o familias, según sus características
comunes o relaciones de parentesco y afinidad. Se estima que las lenguas
habladas en la actualidad en el mundo son unas 4.500, pero el número
subiría a 20.000 si se tuvieran en cuenta sus principales variedades.
Esta gran cantidad de hablas se ordena siguiendo dos sistemas de
clasificación: el tipológico y el genético.
clasificación tipológica
Propuesta por el lingüista alemán August
Wilhelm von Schlegel a principios del siglo XIX, la clasificación
tipológica parte de las semejanzas estructurales de varias lenguas; por
ejemplo, éstas se pueden agrupar según el número de sonidos vocálicos
(véase Fonética) que empleen, y en este paquete irían desde el árabe
clásico, que usa tres, a otras que tienen veinticinco. Schlegel y otros
lingüistas posteriores distinguieron las lenguas según sus mecanismos de
funcionamiento. Actualmente se distinguen cuatro grupos:
a) Lenguas aisladas (como la tibetana y la
china clásica), en las que cada palabra, invariable, tiene una función
autónoma, y las relaciones gramaticales y sintácticas vienen dadas por
la disposición de la palabra en la frase. El plural en tibetano, por
ejemplo, se expresa por una palabra que significa mucho y que precede
inmediatamente al término que se quiere poner en plural.
b) Lenguas aglutinantes (como la vasca, la
turca o la swahili), en las que una raíz expresa el significado básico y
a ella se le añaden una serie de afijos o partículas que actúan como
modificadores; las partículas se unen una a otra y forman palabras
bastante largas: así en turco äv significa ‘casa’; ävlar, ‘las casas’;
ávda, ‘en la casa’; ävdalar, ‘en las casas’, y así sucesivamente. Cada
afijo expresa una sola modificación.
c) Lenguas flexivas (como las indoeuropeas
—entre las que se encuentra la española— o las semíticas), en las que
existe una clara distinción entre raíz y desinencia (véase Flexión): las
desinencias son las que cambian para expresar las modificaciones
específicas (en español, niñ-a, niñ-o, niñ-as, niñ-os, en latín lup-us
‘el lobo’, lup-a ‘la loba’, lup-i ‘los lobos’, lup-ae ‘las lobas’). En
las lenguas flexivas, las desinencias pueden, a diferencia de lo que
sucede en las lenguas aglutinantes, expresar más de una modificación,
por ejemplo, niñ-a expresa a la vez la idea de femenino y singular.
d) Lenguas polisintéticas o incorporantes
(como la inuit y algunas lenguas polinesias), en las que una frase
entera se puede expresar con una sola palabra, combinando marcas
aglutinantes y aislantes.
Las últimas investigaciones han demostrado que
cualquier lengua presenta rasgos de varias tipologías. Así pues, la
asignación de una lengua a un grupo o a otro se hace en función del
mayor número de características propias de un grupo que presente o,
incluso, por criterios históricos. Por ejemplo, el inglés está
considerado como una lengua flexiva porque es una lengua indoeuropea,
aunque tiene muchísimos rasgos aislantes.
En los últimos años, el concepto de
clasificación tipológica ha sufrido algunas modificaciones: la división
de las lenguas en grupos se hace buscando, entre las diversas lenguas,
eventuales universales comunicativos, es decir, rasgos lingüísticos que
sean comunes a todas las lenguas existentes. En especial se ha
investigado el orden de las palabras en la frase (en español, sujeto,
verbo, complemento: SVC; en otras lenguas los elementos se disponen de
otra manera) y la estructura de la negación.
clasificación genética
La clasificación genética tiene como finalidad
distinguir las grandes familias lingüísticas, que incluyen idiomas a
través de los cuales se puede demostrar o suponer un origen común. Por
ejemplo, el español, el francés o el italiano pertenecen a la familia de
las lenguas románicas porque proceden del latín, que, a su vez,
pertenece a la familia indoeuropea. Al estudiar las lenguas que forman
parte de una misma familia se observa que entre ellas hay grandes
afinidades fonéticas, gramaticales y léxicas, aunque su evolución
histórica haya producido grandes diferencias superficiales.
El concepto de clasificación genética de las
lenguas se remonta a los tiempos de la torre de Babel y de Noé, cuyos
tres hijos, Sem, Cam y Jafet, dieron lugar al origen de las lenguas de
Asia, de África septentrional y Europa, respectivamente. Como recuerdo y
homenaje a esta leyenda, todavía hoy a la familia lingüística que
comprende el hebreo, el árabe y el arameo se le llama semítica, y camita
es la que agrupa al egipcio antiguo y las lenguas bereberes.
Pero hubo que esperar hasta el siglo XIX, con
la aparición de una metodología lingüística rigurosa y el desarrollo de
la dialectología, para que la individualiación de las familias
lingüísticas pudiera hacerse de un modo científico. La primera familia
que se fijó exactamente fue la indoeuropea; después llegaron la
semítica, la camita, la ugrofinesa, la uraloaltaica (véase Lenguas
urálicas y Lenguas altaicas), las chinotibetanas y muchas otras. Pero
todavía hay grandes dudas sobre las clasificaciones genéticas de las
lenguas aborígenes americanas (véase Lenguas aborígenes de
Hispanoamérica y Lenguas aborígenes de Estados Unidos y Canadá),
australianas y polinesias.
No obstante, sólo se puede hablar de familia
lingüística de un modo genérico; las lenguas caucásicas, por ejemplo,
presentan estructuras parecidas e incluso un léxico común y, sin
embargo, es totalmente improbable que estén todas emparentadas entre sí
o que deriven de una protolengua común; lo más probable es que sus
semejanzas se deban al contacto recíproco, puesto que estas lenguas
están presentes en el mismo territorio geográfico desde hace miles de
años. En este mismo sentido, amplio y vago, es como se han realizado
muchas clasificaciones de las lenguas amerindias. Algunos estudiosos,
partiendo de rasgos comunes y de afinidades tipológicas, tratan de
construir familias lingüísticas todavía más amplias que las actuales y,
que a su vez, comprendan numerosos subgrupos. Una de estas tentativas es
la de establecer posibles relaciones entre las lenguas indoeuropeas y
las semíticas por un lado y con las ugrofinesas por otro: a esta
superfamilia bien se la podría llamar grupo nóstrico.
Entre las otras familias lingüísticas también
hay que recordar las lenguas dravídicas, las austroasiáticas (como la
china, la indonesia o la vietnamita), las lenguas thais, las
nigerocongolesas (en África centro-occidental: con la familia bantú, de
la que forma parte el swahili; véase Lenguas africanas), las cusitas,
las malayo-polinesias (que, naturalmente se hablan en el Pacífico, entre
Madagascar, Filipinas, Nueva Guinea y Polinesia) o las lenguas
indopacíficas.
Entre las lenguas cuya clasificación es
bastante compleja de establecer se encuentran las lenguas orales
amerindias (entre ellas la algonquina, la maya o el quechua oral que se
habla en Perú y Bolivia, las lenguas caribes también habladas en la
Amazonia y el guaraní, de Paraguay, Argentina y Chile) y las lenguas de
los aborígenes australianos que parecen estar muy lejos de otras
familias. Además existen en el mundo —o han existido— algunas lenguas
aisladas, de las que, por ahora, parece imposible demostrar su
pertenencia a alguna rama conocida, como la japonesa, la vasca, la
etrusca y la sumeria.
lingüística
Ciencia que estudia el lenguaje. Puede centrar
su atención en los sonidos, las palabras y la sintaxis de una lengua
concreta, en las relaciones existentes entre las lenguas, o en las
características comunes a todas ellas. También puede atender los
aspectos psicológicos y sociológicos de la comunicación lingüística.
Las lenguas se pueden describir y estudiar
desde diversas perspectivas. Tal y como son en un determinado periodo de
tiempo, por ejemplo el español de Buenos Aires en la última década del
siglo XX: es lo que se denomina estudio sincrónico.
En sentido contrario, estudiar los cambios
sufridos en su evolución a lo largo del tiempo, es lo que se denomina
estudio diacrónico. Buen ejemplo de este tipo de estudio lingüístico lo
representa el paso del latín vulgar hasta la aparición de las lenguas
románicas. En el siglo XX la lingüística trabaja haciendo compatibles
las dos direcciones. En tanto que el siglo XIX centró el estudio del
lenguaje en un enfoque diacrónico.
Además cabe estudiar el lenguaje como fin en
sí mismo, que constituye el estudio teórico, y como medio para ser
aplicado a otras ramas del saber o a técnicas concretas, que es un
estudio aplicado. La lingüística teórica elabora modelos que expliquen
el funcionamiento del lenguaje, cuáles son sus estructuras y sus
componentes. La lingüística aplicada incorpora sus descubrimientos
científicos al campo de la enseñanza de idiomas, la elaboración de
repertorios léxicos, sintácticos o fonéticos, y la terapia de los
trastornos del lenguaje. En los últimos años esa elaboración de
repertorios ha tenido su aplicación informática en la traducción
automática, iniciada por los rusos en los años cincuenta, y en el
reconocimiento de la voz por los ordenadores.
aspectos de la lingüística
Existen varios enfoques para estudiar y
describir las lenguas y los cambios habidos en ellas.
De cualquier forma cada uno suele tratar: los
sonidos o fonemas de la lengua (Fonética y fonología), la forma de las
palabras (morfología y procedimientos de formación de las palabras) y
las relaciones de las palabras en la oración y la frase (sintaxis).
También se estudia el léxico y el significado de las palabras de una
lengua (semántica y lexicografía).
La fonética estudia todos los sonidos de una lengua y cómo se emiten. La
fonología estudia e identifica el comportamiento de los sonidos como
unidades mínimas de significación en una lengua. Así como los demás
elementos llamados suprasegmentales (entonación en el caso del español).
La morfología estudia las unidades portadoras
de significación de las lenguas, que se llaman morfemas. Pueden ser
raíces (como la española -duc- que da lugar a producir, introducir,
reducir, deducir), o palabras aisladas (como gato), o desinencias como
las de género, número, conjugación, tiempo verbal, etcétera (como -a,
-o, -s, -er, -ré), o prefijos que se añaden a la raíz para crear
palabras compuestas (como pro-, intro-, con-, re-), o sufijos
derivativos para formar aumentativos (como -ón, -azo), diminutivos (como
-ito, -ico), adjetivos (como -tivo), adverbios (como -mente) o las
alteraciones fonéticas de las formas verbales en los verbos irregulares
(como poder, puedo, pude).
En las lenguas flexivas, como en el caso del
español o del alemán, la morfología describe las variaciones
gramaticales y los accidentes del grupo nominal y del verbo.
La sintaxis estudia las relaciones que se
establecen entre los distintos elementos que forman una oración o una
frase sin verbo. A la sintaxis le corresponde establecer toda una
tipología de las lenguas en función del orden de los elementos básicos
sujeto-verbo-objeto, modelo al que pertenece el español.
La semántica es una parte de la lingüística
que estudia el significado de las palabras y de las oraciones.
enfoques de la lingüística
Desde la antigüedad hasta el siglo XIX ha
existido un enfoque filológico de esta ciencia que se aplicaba a la
lengua escrita.
En el siglo V a.C. Panini describió y aisló
los sonidos y las palabras del sánscrito. Más tarde los griegos y los
romanos introdujeron el concepto de categoría gramatical y las
definieron. Sin embargo, no establecieron métodos generales de
comparación entre las dos lenguas.
Durante la edad media, los estudios sobre las
lenguas apenas sufrieron mayores cambios que el de escribir las
gramáticas de acuerdo con los principios diseñados por los retóricos
latinos, y el trabajo más innovador consistente en traducir los antiguos
textos religiosos a las lenguas vernáculas, así como traducir del árabe
las obras literarias, filosóficas e históricas de la antigüedad
grecolatina.
Esa labor se llevó a cabo en España en la
Escuela de Traductores de Toledo, donde la convivencia de las tres
culturas dominantes presentaba unas condiciones privilegiadas, junto a
los monasterios que en otros países europeos, sobre todo Italia y
Francia, realizaron esa labor. Con eso se sientan las bases si no de la
comparación de las lenguas, si del establecimiento de los primeros
diccionarios y las primeras gramáticas, todas ellas redactadas sobre el
ideal de las lenguas clásicas, consideradas superiores por sus refinados
y precisos mecanismos flexivos.
Hasta el renacimiento no tiene lugar la
elaboración del primer estudio normativo de una lengua vernácula; el
trabajo lo realizó Elio Antonio de Nebrija en 1492, que publica su
gramática para que la lengua española pueda ser enseñada a otros
pueblos.
Con la aparición de la imprenta y de la
Reforma de Lutero, se destierra el latín, se divulgan los libros y se
redactan numerosos estudios filosóficos para argumentar en favor y en
contra de la Reforma.
En España, bajo el patrocinio del cardenal
Cisneros se redacta la Biblia Políglota Complutense, para fijar la
doctrina y llevarla en español al nuevo mundo. Además, tras las huellas
de Nebrija, y los erasmistas, Francisco Sánchez de las Brozas, conocido
como El Brocense, escribe la Minerva, que será la base para la
elaboración de otras gramáticas de la época, como la realizada por la
escuela de Port Royal en Francia. En ella, se fijan y definen las partes
de la gramática, las categorías gramaticales, las reglas de
funcionamiento y lo que debe entenderse como uso correcto del idioma en
una época tan cambiante.
El Nuevo Mundo y la Reforma cuestionaron el
origen focal del ser humano y cuál fue la primera lengua, cómo tuvo
lugar su ruptura. Las creencias religiosas dieron explicaciones bíblicas
y algunos estudiosos señalaron el hebreo como la primera lengua origen
de las demás. Los filósofos nominalistas explican la lengua, como
instrumento de transmisión del pensamiento, en los cauces de la lógica y
se inicia el estudio del significado de las palabras y su relativismo
cultural. Acaba de nacer el pensamiento racionalista, empeñado en
refutar la unidad de origen para la especie humana y por tanto de una
sola lengua.
Hasta el siglo XVIII en el que los viajeros
europeos se ponen en contacto con pueblos distantes, no aparece una
respuesta al origen de las lenguas. En esta época se inicia la
comparación de las lenguas vivas con las muertas, portadoras de mensajes
de otros tiempos. Humboldt, después de sus viajes por América y el
Pacífico, formula una teoría general del lenguaje. Para él, el lenguaje
es energía; distingue entre materia fónica y conceptual, y forma del
lenguaje, que son las palabras y su encadenamiento sintáctico.
Tras esos conceptos hubo que esperar un siglo
para que Ferdinand de Saussure formulara la teoría del signo
lingüístico. Pero a Humboldt se le debe todavía un concepto más: pensaba
que cada lengua tiene su propia forma interior y que esa forma está en
función de la visión del mundo que tengan sus hablantes; esa herencia la
recogió la moderna escuela generativa.
La propuesta de Leibniz sobre el antecedente
único y común de las lenguas europeas, asiáticas y egipcia es el
estímulo teórico en el que se asientan la filología y la lingüística
comparada, cuyo representante español Hervás y Panduro está considerado,
justamente, como uno de los fundadores de esa visión.
Hacia fines del siglo XVIII, W. Jones se da
cuenta de que existen ciertas similitudes entre el sánscrito, el griego
y el latín, pero no pudo desarrollarlo de modo científico, aunque afirmó
que tenían un origen común.
Fueron el danés Rask y los alemanes Schlegel,
Grimm y Bopp quienes lo demostraron al decir que, cuando los sonidos de
una lengua corresponden sistemáticamente a otros equivalentes en una
lengua distinta, es porque siguen siempre un determinado esquema y
porque existen unas correspondencias fonéticas que siempre se cumplen
entre lenguas emparentadas. Por ejemplo, las consonantes iniciales pl
del latín dan ll en español, se conservan en catalán y son ch en
gallego-portugués: las voces latinas plorare y plenum dan llorar y lleno
en castellano, plorar y pleno en catalán, chorar y chão en portugués.
Son los primeros neogramáticos, término
acuñado en el siglo XIX, quienes dedicaron sus esfuerzos a demostrar las
correspondencias fonéticas entre las lenguas y a afirmar que cuando no
se produce la correspondencia es porque se trata de un préstamo
procedente de otro idioma.
Así se explica que si la d- inicial latina
corresponde a una t- en las lenguas germánicas, como por ejemplo
dentalis del latín, corresponde al inglés tooth y si existe en esta
lengua además dental, es porque se trata de un préstamo del latín que
entró en inglés en época tardía y por la vía culta.
Es el mismo caso de la voz latina cathedra
(asiento) que dio la voz popular castellana cadera (lo que se pone en el
asiento), cadiera (en aragonés, 'asiento') y luego entró el cultismo
cátedra (asiento elevado desde donde enseña un maestro).
El método comparativo descubrió la existencia
del cambio sistemático en las lenguas que sirvió para establecer las
familias lingüísticas, esto es, los grupos de lenguas que mantienen una
relación en función de un origen común o próximo. Así pues, empleando el
método comparativo, la lingüística estableció que la familia indoeuropea
estaba compuesta por varias subfamilias y ramas.
Rask dedicó su atención a las lenguas
nórdicas, Grimm a las lenguas germánicas y Friedrich Diez funda la
filología románica, gracias a lo cual sabemos que el español es una
lengua románica, rama que pertenece a la familia de las lenguas
indoeuropeas.
Las correspondencias fonéticas sistemáticas
permitieron comparar las distintas formas que tiene una misma lengua en
función de las diversas regiones en que se habla y las diversas capas
sociales que la emplean. Así se funda la dialectología y la
sociolingüística. Se tratan no sólo los cambios fonéticos, sino también
las correspondencias sistemáticas del léxico y de la sintaxis. Los
estudios históricos, que sin duda funda H. Paul, trabajan desde un punto
de vista teórico que hay que calificar de positivista y dentro de estos
límites es preciso situar al gran filólogo español Ramón Menéndez Pidal.
El estudio del cambio lingüístico y la
clasificación de las lenguas plantea un enfoque filosófico y
psicológico. La mejor representación de esta escuela en el estudio del
español la ostenta el chileno Rodolfo Lenz, que publicó en 1935 su libro
La oración y sus partes.
últimos enfoques de la lingüística
Durante el siglo XX los estudios sobre el
lenguaje evolucionan en varias direcciones.
a) Lingüística estructuralista y descriptiva:
La verdadera revolución en la lingüística teórica la produjo Ferdinand
de Saussure con la publicación, que hicieron sus discípulos Bally, Frei
y Sechehaye, del Curso de Lingüística General, como reacción a los
neogramáticos. Expone que la facultad de hablar, el lenguaje, se
estructura en un completo sistema de signos, la lengua, que se hace
presente en cada una de las realizaciones de los hablantes, el habla. El
sistema de signos que es la lengua debe estudiarse dentro de una ciencia
general, la semiología, que abarca toda la teoría de los signos. Diseña
el signo lingüístico como la unidad de la lengua que tiene dos caras, el
significante, esto es, los sonidos y las formas de las palabras, y el
significado, lo que esos sonidos y palabras significan dentro y sólo
dentro del sistema que es la lengua. Con él se fundamenta la fonología,
que otros desarrollarán después. Mientras en Europa se hace el estudio
teórico de la estructura y se realiza su clasificación en el sistema de
signos, en Estados Unidos se analizan y aíslan los datos concretos de
las lenguas indígenas y del inglés. La labor la inician Franz Boas y
Sapir, organizan esos datos y establecen su jerarquía y dependencia.
Gracias a la fundamentación del Círculo de Praga, que Sapir conocía
bien, descubren unidades mínimas de significación, que son los fonemas y
construyen el método de conmutación que las identifica. Esas técnicas
estructuralistas serán la base y el fundamento del estructuralismo
americano que representa Leonard Bloomfield.
b) El Círculo de Praga Su fundador es
Trubetzkoi, príncipe ruso que vive en la ciudad de Praga, muy interesado
en el estudio de los sonidos desde una perspectiva diferente. Sus
integrantes trabajan en la década de los años treinta del siglo XX y no
se interesan por la materia fónica, sino por lo que los sonidos
significan dentro del sistema de la lengua; es un trabajo fonológico.
Además explican la relación que existe entre lo que se habla y el
contexto en el que se produce. Dicen que el estudio del lenguaje tiene
que ocuparse de los mensajes que se emiten en el código lingüístico, lo
que funda el estudio de la semiología, que apuntara Saussure y que ha
tenido tantas repercusiones en el lenguaje de la publicidad o las
gramáticas formales que necesitan las máquinas inteligentes. En el campo
de la fonología descubren el concepto de los rasgos distintivos, lo que
supone la división del sonido en cada uno de sus componentes. Este
concepto ha trascendido el ámbito de lo estrictamente fónico y ha sido
reelaborado por semantistas, semiólogos y antropólogos. En el área del
español ha sido una de sus escuelas derivadas, la de Copenhague, la que
ha dado sustento teórico a los fonólogos Alarcos Llorac, seguidor de las
teorías de Hjelmslev y Bröndal y Antonio Quilis, discípulo del danés
Bertil Malmbreg, que ha estudiado la situación de las lenguas americanas
precolombinas, así como el estadounidense de origen hispano J.
Fernández.
c) Gramática generativa-transformacional: A
mediados del siglo XX el lingüista estadounidense Noam Chomsky afirmó
que la Lingüística tiene que describir la estructura de las lenguas, lo
que supone explicar cómo se entienden e interpretan las oraciones de
cualquier idioma. Cree que el proceso es posible porque lo explica la
gramática universal (que es una teoría o un modelo del conocimiento
lingüístico o competencia). La competencia lingüística supone el
conocimiento innato, e incluso inconsciente, que posee cualquier persona
y que le permite producir y comprender las oraciones de su lengua, aun
en el caso de que alguna no la haya escuchado jamás. Gracias a esto es
posible elaborar una gramática para cualquier lengua, que genere todas
las oraciones gramaticalmente aceptables y elimine las agramaticales.
Según Chomsky hay unas cuantas reglas gramaticales universales y otras
muchas específicas de cada lengua. Tales reglas son las que permiten que
los elementos que forman una oración se puedan ordenar de varias maneras
(por ejemplo, 'Almudena ha escrito esta novela' y 'Esta novela ha sido
escrita por Almudena'). La gramática que disponga de las unidades
semánticas subyacentes y las transforme mediante reglas en los elementos
de una oración, que se pueden reconocer e interpretar, es una gramática
transformacional. Se llama gramática generativa porque genera o produce
todas las oraciones aceptables, y transformacional porque emplea las
reglas, que se han llamado transformaciones, para transformar o cambiar
las unidades subyacentes en lo que cualquier hablante entiende.
d) Lingüística comparada moderna: Esta escuela
se ha ocupado durante el siglo XX de fijar las familias de lenguas en
otras áreas a las que no pudo llegar la investigación del siglo XIX,
como el continente americano, Nueva Guinea y África. Busca los conceptos
universales. Ha renovado la clasificación, sus métodos y los criterios
que la apoyan; compara las estructuras sintácticas y las categorías
gramaticales (así distingue entre los idiomas que poseen o carecen del
género gramatical, que poseen sujeto o poseen tema). Joseph Greenberg y
su equipo de investigadores han podido demostrar que los idiomas que
poseen un orden sintáctico concreto, también poseen otros rasgos
estructurales (como por ejemplo, las lenguas con sujeto-verbo-objeto
poseen menor flexión nominal que las que presentan la ordenación
sujeto-objeto-verbo, como lo demuestra el español, que pertenece al
primer tipo, frente al alemán o el latín, que pertenecen al segundo).
Estos estudios intentan descubrir la amplia gama de posibilidades
fonéticas, sintácticas y semánticas que existen en todas las lenguas del
mundo.
e) Estudios sociológicos y psicológicos: La
psicolingüística es una disciplina a caballo entre la Psicología y la
Lingüística. Estudia temas como el proceso por el que un niño adquiere
el empleo de su lengua, la emplea y presenta o no determinados
trastornos como la afasia; busca los mecanismos neurolingüísticos y
trata de las relaciones entre el cerebro y el lenguaje. La
sociolingüística estudia el uso del lenguaje en la sociedad: cómo se
emplean determinadas reglas del idioma en función de las diferentes
situaciones sociales en las que se encuentre el hablante. Por ejemplo,
cómo sabe el hablante qué termino emplear para dirigirse a un
interlocutor: señor, señora, don X, doctor, o sencillamente tú y qué
situación determina cada uso. Estudia cómo y por qué cambia la lengua en
función de las fuerzas sociales que organicen el cambio. Por ejemplo, la
aparición de los igualitarismos políticos impuso el empleo del tu como
forma de tratamiento en el español peninsular; a medida que la sociedad
se jerarquiza se restituye el empleo de la fórmula de respeto y se
consagra la más irrespetuosa, según sea la condición del interlocutor.
Eso explica la diferencia de tú, usted, o colega, como elementos de un
paradigma para la segunda persona en el español de finales de siglo en
el área peninsular, frente al tú o camarada de los años cincuenta o el
tú y usted de los primeros treinta años de este siglo.
lenguaje
"El lenguaje no tiene existencia independiente
en sí, existe en el hombre; vive al ser hablado; muere cuando la palabra
ha sido pronunciada y no se la oye (...) En los innumerables pueblos del
centro del Asia, del África, de América, de la Polinesia, el lenguaje
existe en el estado natural, en una continua revolución; y allí es
preciso ir, si se quiere observar el desarrollo del lenguaje, antes que
sea reprimido y detenido por monumentos escritos (...) Max Müller La
Ciencia del Lenguaje
Es el medio de comunicación entre los seres humanos a través de signos
orales y escritos que poseen un significado. En un sentido más amplio,
es cualquier procedimiento que sirve para comunicarse. Algunas escuelas
lingüísticas entienden el lenguaje como la capacidad humana que conforma
al pensamiento o a la cognición. Puede ser estudiado desde dos puntos de
vista: según el uso o la estructura.
El uso se relaciona con otros campos, como la
literatura, la comunicación de la información, la enseñanza de idiomas,
la sociología, la ciencia política y la psicología. Los estudios sobre
el uso del lenguaje tratan sobre lo que dicen las personas, lo que
piensan que dicen y lo que significa aquello que escriben o hablan para
comunicarse. Todo ello incluye el análisis de los contenidos, la crítica
literaria, el estudio del cambio lingüístico y los factores sociales que
determinan los comportamientos lingüísticos de los miembros de una
comunidad idiomática. También se aborda el estudio de los efectosde la
lengua en la conducta humana.
Para la crítica literaria el lenguaje está
integrado por palabras que, adecuadamente ordenadas, producen una
emoción o un razonamiento. Para la lexicografía, es el conjunto de
palabras que poseen un significado, un origen y una historia. Por
último, se puede entender el lenguaje como la forma en que las palabras
se seleccionan y combinan, proceso inherente a los individuos, a los
grupos o a los géneros literarios.
La estructura del lenguaje concierne a la
lingüística. Cada movimiento o escuela lingüística plantea diferentes
enfoques sobre el uso y la estructura. Aquellos que se centran en la
comunicación escrita, estudian la estructura del texto —es decir, de qué
forma hay que ordenar las palabras y las oraciones para que constituyan
un todo coherente— y les preocupa la posibilidad de traducir una lengua
con toda exactitud. Por otro lado, los lingüistas comparativos agrupan e
identifican las familias lingüísticas que proceden de un tronco común.
Los partidarios del estructuralismo afirman que el lenguaje tiene tres
niveles organizados de forma jerárquica: sonidos, combinaciones de
sonidos para formar palabras y combinaciones de palabras para formar
frases y oraciones. En el plano fonemático se analizan los sonidos; en
el morfemático se describen las combinaciones de sonidos en unidades con
significado (los morfemas y sus combinaciones para formar palabras), y
en el sintagmático el enfoque se centra en las combinaciones de
palabras. Para los generativistas, el lenguaje es un conocimiento
inherente a los seres humanos que les permite la competencia
lingüística; asimismo, estudian la capacidad y el proceso de adquisición
de un idioma.
comunicación
Si entendemos el lenguaje como un medio de
expresión y de comunicación, hay que incluir el estudio de los sonidos y
los gestos. Como es evidente que los animales emiten sonidos y producen
gestos, la pregunta es inmediata: ¿poseen un lenguaje como los seres
humanos? Está claro que muchas especies animales se comunican entre sí.
Sin embargo, la comunicación humana difiere de la animal en siete
razones que los lingüistas han formulado:
1) posee dos sistemas gramaticales
independientes aunque interrelacionados (el oral y el gestual);
2) siempre comunica cosas nuevas;
3) distingue entre el contenido y la forma que
toma el contenido;
4) lo que se habla es intercambiable con lo
que se escucha;
5) se emplea con fines especiales (detrás de
lo que se comunica hay una intención);
6) lo que se comunica puede referirse tanto al
pasado como al futuro, y
7) los niños aprenden el lenguaje de los
adultos, es decir, se transmite de generación en generación.
Sin embargo, recientes investigaciones sobre
los primates han demostrado que muchas de estas características no son
exclusivas de los seres humanos. (Véase Conducta animal). No obstante,
se puede afirmar con cierta seguridad que el lenguaje humano posee
características especiales. Los seres humanos relacionan una serie
limitada de unidades gramaticales y de signos separados para formar un
conjunto infinito de oraciones que bien pudieran no haber sido oídas,
emitidas, leídas, escritas o pensadas con anterioridad. Los niños que
todavía no han aprendido gramática establecen sus propias reglas de
lenguaje empleando su capacidad lingüística, así como los estímulos que
reciben de la comunidad lingüística en la que han nacido.
fundamentos del lenguaje
Para que exista el lenguaje se requieren
ciertos factores: de índole fisiológica (el organismo tiene que ser
capaz de emitir sonidos); de índole gramatical (el discurso tiene que
poseer una estructura), y de índole semántica (es imprescindible que la
mente pueda entender lo que se habla).
fisiología
Aunque muchos de los órganos humanos de la
fonación tienen otras funciones (como la de comer), están perfectamente
dispuestos para el habla, por lo que el lenguaje humano aparece como el
mejor sistema de comunicación entre los seres vivos. En el acto de
hablar, una corriente de aire sale de los pulmones y se ve modificada
por la vibración o no de las cuerdas vocales (después de pasar por la
laringe), por el movimiento de la lengua, el paladar y los labios. Las
personas que sufren de trastornos fisiológicos en el habla, como los
sordomudos, cambian su sistema de comunicación, por ejemplo por medio de
signos visuales. Véase Lenguaje y alteraciones del lenguaje.
gramática
Cualquier lenguaje humano tiene una estructura
gramatical en la que las unidades fónicas (señalizadoras) se combinan
para producir un significado. Las unidades mínimas portadoras de
significado son los morfemas. Un morfema puede ser una palabra, pero
también un prefijo o un sufijo (véase Afijos). Por ejemplo, en la
palabra coexistir hay dos morfemas co y existir. Las palabras y los
morfemas se clasifican según el papel que tengan en la oración. Las
clases de morfemas se corresponden con las partes del discurso (como
nombres y verbos) pero también con prefijos, sufijos y otros elementos.
Los distintos tipos de palabras forman sintagmas que a su vez se
combinan para formar unidades mayores, como oraciones y párrafos.
semántica
Por último, en el lenguaje humano es
imprescindible que el hablante relacione unos sonidos con un significado
y que a su vez ese significado sea percibido y comprendido por las demás
personas que comparten la misma lengua. En este proceso de comunicación,
la gramática adopta el papel de mecanismo que enlaza el pensamiento y
las ideas con la lengua que las transmite. Cada oración o emisión
portadora de significado posee una estructura profunda y una de
superficie. En la de superficie se encuentran las palabras y los
elementos de la oración tal y como se dicen e interpretan. En la
profunda, las palabras y los elementos de la oración se estructuran
gramaticalmente. En este nivel, la estructura de la oración es ambigua.
Existe la posibilidad de que dos estructuras de superficie tengan el
mismo significado (Juan parece estar contento y Parece que Juan está
contento). Asimismo, una estructura de superficie puede tener dos
significados (Comer carne puede ser peligroso puede significar que para
alguien el comer carne sea peligroso y que siempre que se coma carne
exista peligro). Las dos interpretaciones de esta oración surgen porque
una sola estructura de superficie es el resultado de dos estructuras
profundas. Sin embargo, en el caso anterior las dos estructuras de
superficie corresponden a una sola estructura profunda.
La comunicación humana es un proceso único que combina la actividad de
los órganos del habla, la estructura gramatical y los significados
denotados y comprendidos.
lenguas
del mundo
Sea cual sea la comunicación que establecen
los seres humanos por medio de la lengua, los gestos o los signos, debe
cumplir el mismo proceso: adecuarse al pensamiento que se quiere
transmitir; sin embargo, las lenguas que se hablan en el mundo, aunque
cumplen con esa finalidad, difieren ampliamente entre sí tanto en sus
sistemas fonéticos como en sus estructuras gramaticales.
clasificación por
criterios formales
Se puede establecer una clasificación de las
lenguas sobre la base de sus diferencias gramaticales. A principios del
siglo XIX los lingüistas de la escuela comparativa intentaron agrupar
las lenguas en cuatro grupos de acuerdo con un criterio morfológico o
tipológico. Estos grupos de lenguas fueron los siguientes: lenguas
analíticas, aglutinantes, flexivas e incorporantes. Las lenguas
analíticas, también llamadas aislantes o isolantes, son las que poseen
palabras de una sola sílaba que pueden ser portadoras del significado
básico o del equivalente de los elementos gramaticales como persona,
pasado. Cada palabra es inmutable. Así, en chino para decir que alguien
vino hay dos palabras: lai (‘venir’) y li (‘pasado’).
Las lenguas aglutinantes son las que reúnen
(aglutinan) en una sola palabra varios elementos, cada uno de los cuales
posee una significación fija e individual. A la raíz de la palabra se le
añaden los afijos (los prefijos se colocan delante, los infijos van en
el centro de la palabra y los sufijos se colocan detrás de la raíz). La
lengua turca es un ejemplo de lengua aglutinante; así, la raíz äv
('casa') puede recibir los sufijos, äv dä ('en la casa'), äv lar ('las
casas') y äv lärda ('en las casas').
En las lenguas flexivas, los afijos aportan las variaciones de género,
caso, persona, número, voz, aspecto, tiempo y conjugación que
constituyen la flexión. El latín, el griego y el español son ejemplos de
lenguas flexivas.
Por último, en las lenguas incorporantes se
funde una serie de elementos semánticos y gramaticales en una palabra,
como el objeto directo o el indirecto en el verbo. El swahili es una
lengua incorporante; por ejemplo, la palabra hatukuviwanunulia significa
'no los compraremos para la gente' y sus componentes son: ha (negación)
tu (nosotros) ku (pasado) vi (pronombre objeto de tercera persona plural
y género neutro) wa (la gente) y nunulia (comprar a, comprar para).
clasificación por grupos
de familias
También se denomina clasificación genética, y
el hecho de que dos lenguas tengan el mismo orden de palabras dentro de
la oración no quiere decir que estén relacionadas entre sí. Para saber
si existe una relación hay que estudiar su genealogía y clasificarlas
desde el punto de vista genético. Esta clasificación, a diferencia de la
tipológica, supone la comparación de los sistemas fonéticos y de las
unidades de significación para demostrar su grado de parentesco. Del
mismo modo que los parecidos familiares entre las personas muestran su
raíz genética, entre las lenguas emparentadas existen parecidos aunque
se trate de lenguas muertas.
Los miembros de una familia lingüística poseen
una conexión histórica y descienden de un antepasado idiomático común.
Los árboles genealógicos muestran las relaciones entre las lenguas; la
lengua troncal más antigua se encuentra en la cúspide del árbol y las
ramificaciones subsiguientes muestran el grado de alejamiento o
proximidad entre los miembros de la familia.
Las lenguas emparentadas lo están en sus
elementos gramaticales y en el léxico, y exhiben correspondencias
regulares entre los sistemas fonético y semántico. Por ejemplo, la
palabra inglesa fish y la española pez corresponden a la latina piscem;
asimismo, la inglesa father y la española padre corresponden a la latina
patrem. Donde el latín tiene -t- en posición interior de palabra, el
español tiene -d- y el inglés -th-, como lo muestra el grupo anterior
patrem, padre, father. Todas están emparentadas, son calcos, es decir,
genéticamente es la misma palabra. Donde el latín y el español tienen
p-, el inglés tiene f-.
La lingüística comparada estudia el campo en
el que se establecen las correspondencias sistemáticas entre fonemas y
sememas (sonidos y unidades de significado) de las palabras calco
(también llamadas cognadas); por medio de la comparación entre las
lenguas vivas ya agrupadas se intenta reconstruir el antepasado común,
perdido en muchos casos. A estas lenguas precursoras, hoy total o
parcialmente reconstruidas, se les califica como proto, como el
proto-indoeuropeo.
familias europeas y asiáticas.
La más conocida es la familia de las lenguas
indoeuropeas en la que están incluidas la mayoría de las lenguas
europeas, las del norte de la India y de otras regiones intermedias.
Consta de las siguientes subfamilias: itálica, germánica, celta, griega,
báltica, eslava, armenia, albanesa, indoirania y las extinguidas hitita
y tocaria. Hay otras subdivisiones en cada una de las subfamilias. El
español, por ejemplo, pertenece a la rama de las lenguas románicas, que
están incluidas en la subfamilia itálica dentro de la gran familia
indoeuropea. El grado de parentesco que existe entre el español y otras
lenguas de la misma familia, como el inglés, el griego y el sánscrito,
es cada vez más remoto.
La familia indoeuropea es una de las doce
familias que se han propuesto como extensas agrupaciones de lenguas.
Existen diversos enfoques lingüísticos a la hora de establecer las
clasificaciones. Por ello, cuando determinadas escuelas anglosajonas
hablan de familias de lenguas, los lingüistas europeos, con mayor
tradición comparativa, prefieren hablar de subfamilias. Por otro lado,
estos últimos se muestran muy reticentes cuando se fijan determinadas
agrupaciones porque hay pocos datos y mucha premura en las
clasificaciones.
En Europa existen otras lenguas que no
pertenecen a la familia indoeuropea; es el caso de la lengua vasca,
lengua que al parecer no está relacionada con ningún otro grupo de
lenguas conocidas. El finlandés, estonio, lapón (o saami) y húngaro son
las lenguas más occidentales de la llamada rama ugrofinesa (que también
incluye otras lenguas de los Urales y de Siberia). Algunos autores
vinculan la familia altaica a las lenguas urálicas en un grupo
denominado uralaltaico (agrupación hoy desechada por la escuela
comparativa); la rama principal de las lenguas altaicas está formada por
el turco, el mongol y las manchú-tungus. A los grupos de lenguas
siberianas que no parecen estar emparentadas se les ha denominado
lenguas paleosiberianas. En el Cáucaso se habla de las lenguas
caucásicas; la más estudiada ha sido la georgiana.
Muchas lenguas de la India y de sus vecinos al
noroeste pertenecen a la rama indoirania de la familia indoeuropea.
Otros dos grupos de lenguas, la munda, que se suele considerar como rama
de las lenguas austroasiáticas, y la dravídica (ambas incluidas en las
lenguas indias) representan a más de ochenta millones de hablantes. En
el sur de Asia encontramos las lenguas chinotibetanas con cientos de
millones de hablantes. Sus ramas principales son la tibetano-birmana y
la china (cuyos numerosos dialectos suponen auténticas lenguas). Algunas
escuelas lingüísticas vinculan esta rama china con las lenguas thaís
(donde se incluyen la thai y la siamesa); otras estiman que no forman
parte de ellas.
lenguas oceánicas y africanas
En el Pacífico existen tres grandes grupos: el
primero comprende a la familia malayo-polinesia, cuya rama occidental
está formada por la indonesia y la oriental por la oceánica; el segundo
grupo lo configuran las lenguas papúes, las de Nueva Guinea, con
numerosas lenguas aisladas y otras agrupaciones (puede que exista algún
tipo de conexión todavía no encontrada); el tercer grupo lo constituyen
las lenguas indígenas de Australia (emparentadas entre sí, aunque no se
conoce una agrupación mayor que las incluya). Aún cabría hablar de un
cuarto tipo, el referido a la lengua tasmana, hoy desaparecida.
En África centro-oriental se hablan las
lenguas de la familia camitosemítica o afroasiática. Está integrada por
cinco ramas semíticas: además del árabe y el hebreo, la integran el
chadiano (que incluye el hausa, lenguas muy difundidas en el occidente
de África), el bereber (del norte de África), la cusita (en el este de
África) y la copta, hoy desaparecida. Hay otras tres grandes familias
africanas: la nigero-kordofana, cuya rama más extendida es la
nigero-congoleña; la bantú, que es la agrupación más difundida en el
este y sur de África, con el swahili y el zulú, y la familia
nilo-sahariana, cuya principal subdivisión es la nilo-chari y la rama
nilótica con la lengua de los masai. La familia khoisán incluye las
lenguas clic de los pueblos que viven en el desierto de Kalahari.
lenguas
americanas
La clasificación de estas lenguas ha dado como
resultado la identificación de unas 150 familias, según criterios muy
estrictos. Desde otras escuelas se han agrupado en torno a una docena de
conjuntos que se han denominado superestirpes, aunque los últimos
estudios han echado abajo tales clasificaciones. Incluso aplicando el
primer criterio quedan sin agrupar bastantes conjuntos de ellas. En la
costa del Ártico y en Groenlandia los inuit hablan las lenguas
aleutianas-esquimales; las esquimales se subdividen en la inupik y la
yupik. En la zona subártica del Canadá se encuentran las lenguas
athabasca y algonquino. En Estados Unidos se hablaba algonquino al este
del río Mississippi, que convivía con la iroquesa y la muskogee. En las
Grandes Llanuras se habla una familia de lenguas que recibe ese nombre,
cuyo principal idioma es el sioux, pero también se hablan lenguas de la
rama occidental del algonquino y las caddo. Las shoshone (de la familia
yuto-azteca) se hablan en la Gran Cuenca, y más al norte se localiza la
familia sahapta. En la Costa Noroccidental se hallan las familias salish
y wakashan, las lenguas tlingit (que se creyeron emparentadas con las
lenguas athabascas) y la haida, que es una lengua aislada. Por toda la
región cultural del Suroeste se encuentra el apache, rama de las
athabascas, y junto a ella el grupo yuma y otra rama de las lenguas
yuto-aztecas. En California se han encontrado muchas lenguas que
constituyen pequeñas agrupaciones, cuyas relaciones no parecen claras.
Véase Lenguas aborígenes (Estados Unidos y Canadá).
La familia yuto-azteca esta muy difundida en
México y en Centroamérica, cuyo representante más importante es el
náhuatl; también se reconocen las lenguas de la gran agrupación
otomanque (mixteca, otomí y zapoteca, entre otras) así como las familias
mix-zoque, totonaca o totonaco y tequistlateca. La familia maya, con
varios millones de hablantes, comprende unas 24 lenguas.
Según el criterio que se aplique para
clasificar las lenguas de América del Sur, cabe cifrar la existencia de
unas 90 familias que no incluyen todas las lenguas existentes en el
subcontinente. El quechua, el aimara, el tupí-guaraní y el mapuche son
las lenguas más habladas. En el norte de Sudamérica, así como en el sur
de Panamá, se encuentran las lenguas del grupo chibcha (con el guaimí,
el paez y el warao), pero la familia que tuvo mayor difusión la
constituye la arawaca (con el isleño, el guajiro y el campa). En el
conjunto gê se pueden incluir numerosas lenguas que se hablan en Brasil.
clasificación geográfica
También resulta de gran utilidad analizar y
observar las vías de comunicación a través de las cuales las lenguas
vecinas han podido relacionarse. Cuando se han estudiado, por ejemplo,
las lenguas de la Costa Noroccidental de Estados Unidos, se ha
descubierto que estas lenguas compartían el léxico (por ejemplo, en
relación con las faenas de pesca de algunos de sus pueblos), demostrando
que mantenían muchas concomitancias. Todo ello implica que a lo largo de
los siglos han existido préstamos gramaticales, fonéticos y léxicos
entre las lenguas de una región determinada. Sin embargo, los parecidos
regionales no certifican el parentesco, ni tampoco que pertenezcan a un
mismo grupo de lenguas.
lenguaje oral y lenguaje
escrito
Cuando una lengua posee escritura y expresión
oral, es decir que no es una lengua muerta, su escritura puede presentar
los caracteres gráficos de otra lengua y haber adaptado a su alfabeto
los fonemas, sílabas o morfemas que ésta no tenía en sus orígenes. Al
estudiar la adaptación que existe entre escritura y expresión oral, es
posible comparar la forma oral y escrita de una lengua.
Existen muchos tipos de escritura. En la
china, cada signo escrito es un morfema. En la escritura cherokee, cada
símbolo representa siempre la misma sílaba. El japonés posee una
escritura parecida, los llamados silabarios. En las escrituras que
emplean un alfabeto, como el latino, cada signo representa un sonido de
la lengua hablada. El alfabeto latino posee 26 letras que suelen
mantener las lenguas que lo emplean, aunque no coincidan con el número
de fonemas que tienen que representar. Por ejemplo, en español existen
sonidos inexistentes en la lengua latina; para representarlos se usan
combinaciones de letras denominadas dígrafos, como ll, ch, o la tilde
sobre la n (ñ), para representar sonidos inexistentes en el latín
clásico.
La forma escrita de las lenguas es constante,
estática y suele reflejar la forma que tenía la lengua cuando se adoptó
el alfabeto, silabario o sistema gráfico del que se trate. En cambio, la
lengua hablada es dinámica y cambia continuamente, aunque lo haga con
lentitud desde el punto de vista fonético. El caso del español no ofrece
grandes problemas de adecuación entre la escritura y la pronunciación,
sobre todo si comparamos su situación con la de otros idiomas, como el
inglés, donde la inadecuación es muy notoria. En las lenguas que han
adoptado una escritura reciente (como el swahili) o que la han reformado
(como el hebreo), es donde mejor se observa la adaptación entre la
lengua oral y la escrita.
A diferencia del habla, la escritura no
representa el timbre, el tono, la intensidad o la entonación; si acaso,
incluye, en el mejor de los casos, determinados signos, como los de
puntuación o las mayúsculas. Tampoco comprende las variantes dialectales
e idiomáticas. Prueba de ello es que los chinos que hablan dialectos
diferentes se entienden mejor por medio de las formas escritas que por
el lenguaje oral. Por ese motivo, los hablantes de los distintos
dialectos del alemán escriben en alto alemán, que han adoptado como
norma escrita. En Latinoamérica no existe en general una aguda situación
de incomunicación entre los hablantes de las diversas zonas, por lo que
ni la lengua escrita ni la hablada suponen una barrera para la
comprensión.
norma
lingüística
La forma escrita del lenguaje goza de un
prestigio mayor que la oral y suele tener una complejidad gramatical y
un léxico más preciso. Así pues, la norma escrita, que se suele
denominar literaria, suele influir en el habla de la población
escolarizada. En ciertas situaciones, esos hablantes intentarán imitar
la norma escrita e, incluso, por razones de cultura, evitarán el empleo
de sus usos orales, que relegan para las situaciones menos relevantes.
En los países árabes, por ejemplo, las personas cultas emplean la norma
del árabe clásico tanto en el habla como en la lengua escrita, mientras
que las personas menos instruidas sólo emplean el árabe coloquial.
El uso de dos variedades de la misma lengua y
por un único hablante en situaciones distintas se denomina diglosia. Son
diglósicos los hablantes que emplean la norma literaria como lengua oral
si están en público, y su norma nativa regional cuando están entre
amigos (como ocurre con los suizos germano-hablantes).
La norma en una lengua es aquella variedad que
se ha convertido en dominante; esta situación puede darse por razones
políticas y es la legislación o las costumbres las que la consagran. La
norma lingüística es la que rige la escritura, esto es, es la variedad
literaria de la comunidad de hablantes o, al menos, la que posee una
norma ortográfica o un conjunto de materiales escritos en ella. Cuando
se enseña una lengua, se enseña la norma lingüística y quienes la
aprenden no pueden incorporar sus propios hábitos personales.
dialecto, argot y jerga
Un dialecto es una variedad de una determinada
lengua que se distingue claramente de aquellas que se emplean en otras
zonas geográficas y por diferentes grupos sociales. Por ejemplo, los
habitantes de las islas Canarias suben a la guagua igual que los
chilenos, en tanto que los hablantes del español en la península Ibérica
lo hacen al autobús. Entre aquellos que hablan el mismo dialecto
geográfico o social, existen otras variedades lingüísticas que dependen
de situaciones específicas.
Un caso diferente es el de los lenguajes
especiales que emplean profesionales o gremios (abogados, médicos,
labradores, artesanos y otros) cuando hablan de su profesión, o grupos
sociales (jóvenes, marginados) que se sirven de un lenguaje informal
bien como afirmación generacional o para no ser entendidos por personas
ajenas a ellos; en general, este modo de expresión se denomina argot. Un
argot compuesto por toda una terminología especializada que emplean los
miembros de una determinada profesión, sin connotaciones peyorativas, es
lo que constituye una jerga. También se considera jerga o germanía al
lenguaje del mundo del hampa. Lo emplean los abogados, médicos, los
pescadores y los críticos, por citar algunas profesiones. Sin embargo,
el empleo de los términos argot, jerga y germanía varía según los
autores.
sabir o pidgin y lenguas
criollas
Dada la función comunicativa del lenguaje, hay
lenguas que desarrollan sus propias variedades dialectales y de argot
para asegurar la comunicación hasta transformarlas por completo (el
latín vulgar sufrió esta evolución). Puede suceder que el cambio se
lleve a cabo con gran rapidez como resultado del contacto entre pueblos
que hablan idiomas distintos y tienen la urgencia de establecer
intercambios. En esas situaciones es posible que aparezca un sabir o
pidgin, lengua de urgencia que está basada en la estructura gramatical
de una sola lengua, pero en el léxico y en la fonética recibe y adopta
las formas de cuantas lenguas poseen las personas que lo utilizan. En el
área hispánica se denomina sabir porque ése fue el nombre de la primera
lengua de intercambio que se basó en la gramática del español; en el
área de influencia del inglés recibe el nombre de pidgin por motivos
análogos.
Estas lenguas no poseen hablantes nativos y
suelen tener por origen las necesidades de los comerciantes para hacerse
entender por los indígenas de regiones distantes en zonas costeras.
Cuando los hablantes de un sabir lo transmiten a sus hijos, que lo
acaban convirtiendo en su primera lengua, aparece una lengua criolla. El
criollo ya posee hablantes nativos que constituyen toda una comunidad y
evoluciona como un idioma cualquiera. Un ejemplo de todo ese proceso lo
representa el papiamento, lengua que surgió en las Antillas como sabir
hasta convertirse en criolla. Otro ejemplo lo representa el
pidgin-english que se habla en los puertos chinos y que ha evolucionado
hacia una lengua criolla, el chinook. Otro ejemplo es el caso del idioma
de Sierra Leona, el krio, que surge a partir de un pidgin inglés en la
costa de África. Véase Lengua franca.
lenguajes internacionales
Con el fin de resolver los problemas de
comunicación que hay en el mundo, debido a la enorme diversidad
lingüística existente, se ha propuesto establecer el empleo de un
lenguaje internacional. En algunos casos, ciertos idiomas cumplen esta
función. Las denominadas lenguas de amplia difusión (en inglés,
Languages of Wider Communication, LWC) —como el inglés o el francés, que
muchas personas hablan como segundo idioma— cuentan con muchos
defensores que mantienen que cualquier persona debería conocer al menos
una de ellas. Por otro lado, ha surgido también un movimiento a favor de
la creación de un idioma artificial que todo el mundo debería conocer.
Durante cierto tiempo estuvieron de moda
algunas lenguas artificiales, que luego prácticamente han desaparecido.
De todas ellas, el esperanto ha tenido bastante éxito, ya que posee una
gramática sin irregularidades, una pronunciación sencilla y un léxico
basado en el latín, el griego, las lenguas germánicas y las románicas.
Ahora bien, para los hablantes de otras lenguas, el esperanto no parece
tan internacional y resulta más difícil de aprender y de hablar. Una
nueva propuesta como lengua internacional la representa el LOGLAND (que
surge como lenguaje lógico), creado en laboratorio y del que se dice que
está libre de connotaciones culturales y que permite a sus hablantes
expresar los pensamientos con toda claridad y sin ambigüedades. Posee
muy pocas reglas gramaticales, un sistema fonético escueto y un léxico
extraído de los idiomas más difundidos por el mundo, incluyendo el
kindi, el japonés, el chino, el ruso y otras lenguas indoeuropeas.
evolución,
cambio y crecimiento de un lenguaje
Entendido el lenguaje como la producción y la
percepción de un idioma, hay que decir que evoluciona en la medida en
que progresa la especie humana. Como sistema de comunicación, puede ser
utilizado con los sistemas de comunicación de otros animales. Sin
embargo, el lenguaje humano tiene aspectos creativos e interpretativos
que parecen marcar sus diferencias. Se cree que la comprensión de la
lengua está ligada a la función que realiza una determinada zona del
cerebro conocida como área de Broca. Hasta que se produjo esa
especialización fisiológica, se creía que no había diferencias entre el
lenguaje humano y el sistema de comunicación utilizado por otras
especies animales.
Al parecer fue en la era de Neandertal cuando
se inició el lenguaje, pero hasta la aparición del Homo sapiens no se
dio una evolución lingüística significativa. Así pues, el lenguaje
humano puede contar con 30.000 ó 40.000 años de existencia. La enorme
diversidad de lenguas que hay en el mundo demuestra que una vez que
apareció el lenguaje se produjeron los cambios a gran velocidad. No es
posible saber si hubo una primera y única lengua, ni cuáles fueron sus
sonidos, gramática y léxico. La lingüística histórica, que se encarga de
descubrir y describir cómo, por qué y de qué manera surgieron las
lenguas, apenas puede sugerir algunas hipótesis para explicar esta
evolución.
En el siglo XVIII el filósofo alemán Leibniz
sugirió que todas las lenguas que existen y han existido proceden de un
único protolenguaje, hipótesis que recibe el nombre de monogénesis.
Aunque muchas lenguas vivas proceden de una única lengua anterior, esto
no significa que el lenguaje humano haya surgido en varias partes del
mundo de forma simultánea, ni que las lenguas vivas precisen de un solo
antepasado, sino que pudo haber varios. Esta segunda hipótesis, que
explica el origen múltiple para las familias de lenguas, recibe el
nombre de poligénesis.
Sea cual sea el origen de las lenguas,
monogenético o poligenético, la opinión general es que las diferencias
que existen entre ellas son relativamente superficiales. Aunque se
tengan dificultades para aprender una segunda lengua, y parezca que no
existen grandes similitudes entre el español, el swahili o el chino, las
diferencias entre los idiomas no son mayores que sus semejanzas. Es muy
posible que los fonemas y combinaciones de las lenguas existentes, a
pesar de lo que pueda parecer, pertenezcan a una especie de inventario
universal donde cada una de ellas selecciona los que precisa. Cualquier
idioma posee determinadas características estructurales que elige dentro
de esa reserva universal de propiedades disponibles. Es decir, ninguna
lengua emplea todos los fonemas que la persona puede emitir, ni dispone
de todas las categorías gramaticales posibles (como tampoco los
hablantes con su propia lengua ni con otra emiten todos los fonemas ni
utilizan todas las categorías).
Cuando una lengua sufre transformaciones
sustanciales tanto en su estructura fonética como en su léxico, puede
llegar a convertirse en otra lengua. Eso es lo que ocurre durante la
evolución de un sabir a una lengua criolla, o del latín al romance, y
quién sabe si no podría haber sucedido durante la fragmentación del
español o del inglés, por ejemplo. Pero también puede aumentar. Es el
caso de un dialecto considerado menor que se convierte en dominante y
sustituye a todos los demás. Con el paso del tiempo ese dialecto deja de
ser incomprensible y puede originar, a su vez, la creación en su seno de
nuevas formas dialectales, verse sujeto a un proceso de aparición de
sabires, después criollizarse y así sucesivamente. Lo que caracteriza al
lenguaje es su continuo crecimiento y evolución en todos los aspectos,
en tanto que expresión viva de la naturaleza y la cultura de los seres
humanos.
etimología
Es la rama de la lingüística que tiene por
finalidad establecer el origen y la evolución de las palabras en
comparación con otras análogas de lenguas próximas, que se llaman
calcos, y que pertenecen a un mismo tronco o grupo de lenguas. En
relación con otras ramas de la lingüística, la etimología está
íntimamente relacionada con la filología; de hecho, antes de la
formulación de las leyes fonéticas, no existía otra posibilidad de
estudiar el significado y la evolución de las palabras fuera del enfoque
estrictamente filológico.
El término procede del latín, que a su vez lo
tomó del griego (etymos, 'verdadero' y logos 'palabra') y se usó como
término filosófico. Los estoicos, escuela filosófica griega, creyeron
que las palabras tenían una existencia independiente, como algo
contrapuesto a los objetos y las ideas abstractas, en lugar de
considerar que se trataba de unas convenciones inventadas por los seres
humanos. No obstante, mucho antes de que existiera tal escuela, Platón
había empleado un método análogo al de la etimología moderna en su
diálogo Cratilo, para buscar el significado de las palabras. Sin
embargo, el primer tratado que puede calificarse de etimológico fue el
libro indio Rig-Veda, uno de los libros sagrados más importantes y más
antiguo de los hindúes, compuesto para explicar las palabras difíciles y
que puede fecharse hacia el siglo V antes de Cristo.
Algunos intentos iniciales fueron ingenuos y
muy alejados de la evolución fonética. A este tipo de etimología se le
suele dar el nombre de popular. A lo largo de la historia de las
palabras, cuando se quería explicar algunas no muy conocidas, lo más
frecuente era acudir a otras palabras que se parecían en sonido, forma,
o significado. Así por ejemplo, del inglés country dance ('baile
popular') se deriva la forma francesa contridanse, donde el primer
elemento del compuesto country pasa a ser contri, y como se parece al
prefijo del latín contra-, presente en muchas palabras del francés y de
las demás lenguas románicas, se convierte en contradanse, de donde
procede la palabra española contradanza, que ha olvidado su origen pero
ha conservado el sentido de compuesto. En la palabra de origen griego
necromantia, que significa 'culto a los muertos', algunos eruditos poco
respetuosos con la etimología pero algo fantasiosos, la relacionaron con
la 'magia negra' nigra mantia, porque habían confundido necro 'muerto'
con nigro 'negro' y vieron en el culto a los muertos algo relativo o
relacionado con la magia. Empezaron a pronunciarla nigromancia, y así
quedó en la lengua perdiendo su significado y forma originarias.
En Europa el estudio del sánscrito hizo
posible el estudio etimológico por varias vías. A comienzos del siglo
XIX los investigadores europeos que estudiaban el sánscrito se dieron
cuenta de las concomitancias léxicas presentes en el latín, el griego y
este idioma, tan antiguo, como aparentemente alejado. Extendieron tal
comparación a otras lenguas, y ello llevó a establecer la existencia de
una lengua común a todas ellas, que fue el indoeuropeo. A su vez, fueron
descubiertos ciertos principios explicativos de los cambios fonéticos
que afectan a la forma de las palabras, esto es, se formularon las leyes
fonéticas. En cuanto a los préstamos —palabras que una determinada
lengua toma prestadas de otra distinta— parecía que no se cumplían las
leyes fonéticas y es muy frecuente que una lengua tenga dobletes, o lo
que es lo mismo, dos palabras distintas que proceden de una única voz
extranjera, una evoluciona de acuerdo con los cambios fonéticos que
predicen las leyes y la otra no, ya que es un mero calco sin alteración
aparente, porque suele entrar en la lengua por vía culta. Recibió la
denominación de cultismo, nombre que le dieron los investigadores
franceses. En los dobletes suele existir una diferencia de
significación. Así, del latín rubeum el español tiene el semicultismo
rubio y en cambio royo, que sigue todo el proceso marcado por las leyes
fonéticas, sólo adquiere su valor etimológico en algunos topónimos como
Peñarroya (por el color de sus tierras). Los préstamos se someten a las
leyes fonéticas de la lengua que lo adopta. Por ejemplo, del griego
apoteka tras perder la a- inicial, deriva bodega; siglos después la
misma palabra, pero derivada del griego moderno apotika vuelve a entrar
en las lenguas románicas como lo atestigua la conservación de la sílaba
tónica -ti- y evoluciona en español como botica (en francés boutique).
Así pues, la etimología tiene que prestar
atención no sólo a la historia de las palabras sino también a la forma
en que las registraron sus hablantes. Por lo tanto, la misma palabra
puede tomar formas distintas, y al contrario, palabras diferentes llegan
a dar una forma única en una lengua dada. Buena prueba de ello es la
amplia lista de homónimos que posee cualquier lengua. Un buen ejemplo lo
podemos tener en este que es el resultado de dos orígenes diferentes:
del latín istem procede el demostrativo este, y del anglosajón êast
procede el nombre del punto cardinal Este.
La principal aplicación de la etimología
consiste en establecer un supuesto origen común de las palabras, que se
estudian a través de todo un grupo de lenguas emparentadas. De acuerdo
con eso, las etimologías más antiguas hacen conjeturas incorrectas,
aunque plausibles. Muchas, que fonéticamente son perfectas, sin embargo
parecen a simple vista poco probables para quienes no conozcan las leyes
fonéticas ni las morfológicas. La etimología debe quedar restringida a
grupos específicos de lenguas o dialectos. De ahí que se pueda hablar de
la etimología románica (ya que las palabras de estas lenguas proceden
mayoritariamente del latín), la germánica, la celta y la indoirania,
entre otras. Todas se unen en el origen indoeuropeo o indogermánico, que
sin duda es el que está mejor sistematizado y supone un modelo para el
resto.
Determinados parecidos fonéticos pueden
inducir a error y establecer cambios fonéticos o familias de palabras
que no han existido. El hecho de que tengan un sonido parecido y
signifiquen lo mismo, 'toro', el latín taurum y el árabe thaur, no
prueba que exista relación alguna entre las dos palabras.
La etimología contemporánea se basa en los
métodos y descubrimientos de los lingüística comparativa y la gramática
histórica del siglo XIX, que establecieron los principios básicos y la
metodología.
El método para establecer la etimología de una
palabra, es decir su étimo, debe ajustarse a los criterios siguientes:
1) Hay que fijar la forma más antigua el uso
de una palabra y no alterar su cronología.
2) Es preciso mantener un criterio geográfico
e histórico; muchas palabras entran en una lengua en función de la
proximidad o el contacto con otra.
3) Hay que someterse a las leyes fonéticas,
sobre todo en lo relativo al consonantismo de las lenguas indoeuropeas.
4) En el caso de los dobletes que pertenecen a
una misma lengua, la forma más antigua es la que tiene menor número de
sílabas.
5) Si tienen el mismo número de sílabas, la
más antigua se fija en función del comportamiento de la vocal tónica.
6) Los llamados verbos fuertes del germánico,
así como los irregulares del latín hay que entenderlos como palabras
primitivas, y derivadas todas las demás que estén relacionadas con
ellos.
7) Cuando exista algún parecido en forma o
significado entre dos palabras que pertenezcan a dos lenguas no
relacionadas, hay que ignorarlo. La etimología completa de una
determinada palabra explica su evolución fonética en función de su
origen y si se trata de un barbarismo o de una compuesta de fuentes
diversas, en función de la explicación etimológica de cada una de sus
partes.
En general, los diccionarios suelen
proporcionar alguna información etimológica. Existen algunos
especializados y que se denominan así, como el Breve Diccionario
Etimológico de la Lengua Castellana, resumen del Diccionario Crítico
Etimológico de Joan Corominas. También existe una importante información
en el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española.

Fuente de estos artículos y de la foto a la izquierda arriba : diccionariosdigitales.net
/
Mr. Papada
Estos son los mejores datos del idioma
español que he encontrado en internet. Estos artículos no
han sido escritos por mí y tampoco me pertenecen, los he
recopilado desde de la red. En el caso de que me
haya olvidado de hacerle la debida referencia a alguna
fuente, os pido que por favor me aviséis de la autoría de
los mismos envíandome un correo a:
esf@espanolsinfronteras.com