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La historia del libro

 

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LA HISTORIA DEL  LIBRO A  LO LARGO  DE LOS SIGLOS... OBRAS

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Orígenes - del  libro - de  la  escritura -  del pergamino

En la Antigüedad, la forma del libro era de rollo. Sobre una de las caras se escribía el texto en columnas sucesivas. El lector iba desenrollando un extremo y enrollando la parte ya leída con el inconveniente de que todo el libro debía ser desenrollado de nuevo antes de que otro lector lo usara. Este sistema ocasionaba un gran deterioro del material que solía ser el papiro. La base para preparar el papiro eran finas tiras del tallo fibroso de una planta que crecía a orillas del Nilo. Se superponían perpendicularmente dos capas de estas tiras fibrosas, se secaban al sol y se prensaban hasta formar hojas que se unían más tarde entre sí hasta formar el rollo. Se usó en toda la zona mediterránea durante milenios pero apenas ha llegado alguna muestra hasta nuestros días. Toda la producción de papiros estaba bajo el monopolio de los egipcios. En momentos de escasez se buscaron nuevas soluciones.

El cuero se usó en algunas ocasiones pero no resultaba adecuado para la escritura. Según el historiador romano Varrón, fue en Pérgamo donde se ideó un método de tratar las pieles de animales para crear lo que hoy conocemos como pergamino. El uso del pergamino no se generalizó, no obstante, hasta más tarde, durante los primeros siglos de la era cristiana. A partir del siglo IV d.C., el pergamino sustituyó por completo al papiro. El pergamino es una piel de cabra, oveja, carnero o vaca tratada a fin de quitarle el pelo, pulirla, y reparar los fallos que pudiera tener. De la piel de ternera o de becerros recién nacidos se obtenía la vitela, piel de muy alta calidad, fina y flexible, que se dedicaba a códices miniados. A finales del siglo I d.C. el pergamino abandonó la forma de rollo a favor del códice, esto es, el libro tal y como se conoce hoy (véase códice).

El papel llegó a Europa en el año 1150 cuando los árabes establecieron el primer molino de papel en Játiva, Valencia, pero su invención se remonta al año 150 a.C. en China. Para su fabricación se empleaban fibras de cáñamo y algodón, de bambú, morera, lino, caña, etc. El papel proporcionó una base mucho más barata que el pergamino. La historia del papel muestra que su producción no ha dejado de aumentar en ningún momento desde entonces. Cada región ha aspirado a autoabastecerse y el mercado del papel se convirtió pronto en una fuente económica de gran poder. La demanda de papel aumentó considerablemente tras la invención de la imprenta y de manera inusitada con la aparición de los periódicos.

A finales del siglo XVII, los avances tecnológicos permitieron mejorar la calidad del papel y se comenzó a experimentar con materias primas diferentes. La fabricación de papel se mecanizó desde mediados del siglo XVIII. En 1797, Nicolás-Louis Robert inventó la máquina continua.

La creación de una biblioteca universal era una aspiración olvidada desde los tiempos de la biblioteca de Alejandría. La imprenta hizo renacer la ambición de humanistas y hombres del Renacimiento: reunir todo el conocimiento humano apareció como una posibilidad factible por fin. El nuevo invento propició el enriquecimiento de las librerías particulares, que pronto llenaron sus anaqueles con obras de todo tipo y vino a responder a las necesidades de una minoría letrada que demandaba más y mejores libros. La imprenta hizo posible que una misma biblioteca poseyera distintas obras, comentarios y estudios en torno a un mismo tema. Elisabeth Eisenberg ha afirmado que la posibilidad de consultar varios textos y compararlos supuso que se descubrieran más fácilmente contradicciones o distintos puntos de vista en diversos terrenos científicos. La información se hizo cada vez más accesible y dejó de ser necesario viajar por toda Europa porque el mercado librario se expandió y agilizó. El intercambio cultural se convirtió en algo habitual para ciertos grupos sociales y profesionales. En total, se cifran en 20 millones los ejemplares impresos en el siglo XV y en unos 200 millones los que salieron de las imprentas europeas durante el siglo XVI.

Las grandes y ricas bibliotecas de Italia anteriores a la imprenta demuestran la diferencia numérica con respecto a las colecciones que, posteriormente, pudieron beneficiarse del nuevo invento: la de Petrarca, formidable para su época, estaba formada por unos 200 manuscritos, mientras la de Boccaccio rondaba los 90. Niccolò Niccoli, el mayor coleccionista de manuscritos de comienzos del Quattrocento, logró reunir 800 y Pico della Mirandola llegó a los 1695. La Biblioteca Vaticana, por su parte, se situaba en una posición destacada con sus 3.650 títulos en 1484, frente a los más de 15.000 títulos de la biblioteca de Fernando Colón (1480-1539).

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El libro xilográfico

Los primeros en imprimir imágenes o signos sobre el papel fueron los chinos en el año 594 a.C. La técnica empleada fue la xilografía, que consistía en tallar en una plancha de madera las palabras o figuras que se querían imprimir, tras lo cual la plancha se cubría de tinta y se colocaba el papel. En el año 770, la emperatriz Shotoku ordenó que se estampara un millón de copias de una cita de las escrituras budistas. El primer libro xilográfico de que se tiene noticia fue impreso en China por Wang Chieh el 11 de mayo del 868 según nuestro calendario. Se le conoce bajo el título de Sutra del diamante y está compuesto por siete hojas unidas en forma de rollo.

La primera xilografía europea de la que se tiene noticia se data en torno a 1370. Es una imagen hallada en la abadía de Le Ferte-sur-Grosne y que es conocida como ?El centurión y los dos soldados?. A partir de esa fecha se imprimieron naipes y grabados religiosos que fueron en aumento durante la primera mitad del siglo XV. Las figuras solían llevar breves leyendas formadas por letras que se tallaban en la misma plancha. La xilografía de San Cristóbal de Buxheim, del 1423, que se conserva en la Biblioteca John Rylands de Manchester, revela una gran experiencia por parte del maestro artesano. El perfeccionamiento de la xilografía en el futuro dio vida a libros manuscritos que intercalaban estampaciones y que serían el primer y firme paso hacia el libro impreso.

El libro xilográfico apareció en el centro de Europa a partir de 1430. A diferencia de los libros xilográficos chinos, los europeos adoptaron desde el principio la forma de un códice. En 1430 se ?imprimió? la Biblia pauperum (Biblia de los pobres) al que sucedieron el Speculum humanae salvatione (Espejo de la salvación humana), el Apocalipsis, un Ars moriendi (Arte de bien morir), el Donato, el Cantar de los Cantares y otras obras hasta rebasar los treinta títulos. Tras la aparición de la imprenta de tipos móviles se abandonó la técnica xilográfica que exigía que los textos fueran grabados página a página, aunque se conocen un par de ellos de finales del siglo XVI impresos en Japón y en Filipinas.

Estos libros no solían superar las cincuenta páginas y estaban destinados a personas de escasa cultura. Pretendían difundir nociones básicas de cultura, gramática o religión. En ellos lo fundamental eran las imágenes y se ha pensado que podrían haber sido utilizados por el clero en su labor de enseñanza y evangelización. El Donato, por ejemplo, es un manual de gramática que toma el nombre de un célebre gramático que vivió en Roma alrededor del 350. Escribió una Ars minor y una Ars maior. La tercera parte de esta última recibía el nombre de Barbarismus y fue muy estudiada en las escuelas medievales hasta el punto de que con el nombre de ?Donato? se llegó a designar cualquier manual de gramática.

La invención de la imprenta

Corresponde a China la invención de la imprenta de tipos móviles durante el período de la dinastía Song (960-1279). En torno al año 972 se imprimió un canon budista y en el año 1000 las historias dinásticas. La expansión de China llevó la difusión del invento hasta el Turquestán a finales del siglo XIII. El primer nombre de un impresor conocido corresponde a Pi Sheng quien diseñó una mesa giratoria donde clasificaba los tipos que él mismo hacía con arcilla cocida, madera, bronce o estaño. Se tiene noticia de que, a finales del siglo XIV, Corea ya disponía de una imprenta de estas características y en 1403 el rey Tai Tiong ordenó por primera vez que se fundiera en cobre el alfabeto coreano. Cabe preguntarse si los europeos de mediados del siglo XV conocían estos adelantos técnicos asiáticos y se inspiraron en ellos, o si siguieron su propio camino para llegar al mismo resultado. No hay duda de que comerciantes, diplomáticos y religiosos habían viajado a Asia ya desde el siglo XIII, pero se carece de cualquier tipo de documento que apoye la teoría de que los primeros impresores alemanes conocían la imprenta china y la adaptaron al alfabeto romano. Por otra parte, resulta lógico suponer que si hubiera habido una auténtica conexión entre la imprenta europea y la asiática, su aparición en Europa se habría producido en la región del Mediterráneo y no en Alemania.

En el mundo occidental la invención de la imprenta se atribuye a Johann Gensfleisch de Gutenberg en la ciudad de Maguncia durante la década de 1440 al 1450. Además de Gutenberg, otros impresores, en diversos lugares de Europa, habían estado trabajando en un invento que sustituyera a los amanuenses, un ars scribendi artificialiter: Castaldi en Feltre (Italia), el xilógrafo Lorenzo Coster en Harlem (Holanda) o Procopio Waldfogher de Praga en Aviñón buscaban la solución a la creciente demanda de libros por parte de las universidades, de los humanistas y de un público que buscaba entretenimiento y sabiduría a partes iguales en los libros.

Se desconocen detalles de la vida de Gutenberg tales como la fecha exacta de su nacimiento en Maguncia, que se sitúa en torno a 1395-1399. Se carece de datos sobre su formación, aunque se sabe que nació en el seno de una familia de orfebres. Llegó a Estrasburgo como refugiado político y, durante su estancia en dicha ciudad, trabajó en secreto para crear tipos móviles bajo la protección de la orden benedictina. La reforma de los benedictinos, agrupados en la Congregación de Bursfeld, imponía una liturgia unificada, lo que hacía necesario un nuevo libro litúrgico estándar para todas las casa de la orden. Se conservan documentos en los que manifiestan la urgencia que sentían por difundir su liturgia. El nuevo invento vendría, así pues, a facilitar su difusión.

Se conservan fragmentos de sus primeros trabajos impresos con una prensa de uvas modificada: un poema alemán, Welgericht a Sibylen Buch (El Juicio Final, ca. 1445-47), del que se conserva una sola hoja en el Museo Gutenberg de Maguncia; un Calendario astronómico (ca. 1445-47), un Donato y algunas bulas papales. En 1450, se inició la producción de impresos tras recibir el apoyo financiero de Johann Fust, quien vislumbró un buen negocio en el nuevo invento. De esta fecha, se conservan tres ejemplares del Misal de Constanza. En 1452, comenzaron los trabajos para la que es considerada la primera gran obra impresa, la Biblia de 42 líneas, también llamada Biblia mazzarina ya que se encontró un ejemplar en la biblioteca del cardenal Mazzarino. Parte de esta primera impresión de la Biblia se hizo sobre pergamino, para clientes de un mayor poder adquisitivo, y el resto en papel. Se puso finalmente a la venta, tras un litigio entre Fust y Gutenberg, en 1456.

Dada la longitud y complejidad de la que tradicionalmente se considera la primera obra impresa, la Biblia de 42 líneas, es de suponer que hubo otros ?ensayos? y obras de menor envergadura que se han perdido, además de los fragmentos que hemos comentado. Dos años antes, en 1454, se había puesto a la venta una bula de indulgencias promulgada por Nicolás V para quienes ayudaran a la guerra contra los turcos. Sólo se conserva un ejemplar custodiado en la biblioteca de Múnich.

Los impresos de Gutenberg no mencionan su nombre. En la Biblia no figura su nombre ni la fecha de su composición. Estos primeros impresos suelen reproducir las características de los manuscritos: dejan en blanco las iniciales, los títulos y las ilustraciones para que puedan ser completadas a posteriori y por la mano de un artesano miniaturista. La última obra que se atribuye a Gutenberg, una vez rota su relación comercial con Fust, es el Catholicon de Johannes Balbus en el que un extenso colofón define por primera vez el arte de imprimir y en el que figura la fecha, 1460. Ese mismo año se retiró a causa de la ceguera pero recibió el título de gentilhombre de corte de manos del elector-arzobispo de Maguncia quien le concedió una pensión vitalicia. El 3 de febrero de 1468 murió en su ciudad natal.

Peter Schöffer, que había comenzado trabajando para Gutenberg como fundidor de tipos e impresor, se asoció con Fust y se casó con su hija. Schöffer tomó las riendas del taller que Gutenberg había perdido por motivos económicos y sacó su primera publicación, el Psalterium o Salterio de Maguncia, en 1457. Este libro aporta grandes novedades: por primera vez se indica de manera impresa el año de publicación y el lugar; lleva la marca del impresor; emplea iniciales grabadas en lugar de dejar el espacio en blanco para completar a mano; se utilizan tintas de varios colores ya que las iniciales se imprimen en negro, rojo o azul.

En 1459 salió a la luz, desde el taller de Schöffer y Fust, el Rationale divinorum officiorum y, al año siguiente, la Biblia de 36 líneas formada por tres volúmenes en folio y de la que se conservan sólo trece ejemplares. Schöffer y Fust fueron los primeros en concebir la imprenta como algo más que reproductor de manuscritos. Quisieron llevar su negocio fuera de los límites de Maguncia y vender sus obras en París, creando para ello una red de rutas comerciales para sus libros. Imprimieron el primer catálogo de ventas que se conoce en 1496 a fin de dar a conocer su ?fondo editorial?, las librerías donde podían adquirirse y un muestrario de los tipos usados en su taller. Los impresores se convirtieron en publicistas de sí mismos y pusieron el nombre de su casa, la marca de impresor y la dirección del taller en la misma portada a fin de darse a conocer.

La imprenta nació en un principio no como una revolución en el mundo de la cultura, sino como un método rápido y barato de producir ?manuscritos?. La abundancia de libros, con relación a los manuscritos, siempre más costosos, hizo proliferar los libros de tamaño medio y pequeño: libros para la devoción y el estudio, libros de uso y lectura personal. El propio desarrollo de la imprenta, pero también la legislación que pronto impuso sus normas, modificó la estructura formal del libro y se hicieron imprescindibles: la portada, preliminares y colofón.

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La difusión de la imprenta

Las luchas políticas que se iniciaron en Maguncia en 1462 culminaron el 28 de octubre con el saqueo e incendio de la ciudad tomada por el elector-arzobispo Adolfo II de Nassau. El taller de Fust y Schöffer resultó destruido por el fuego. Gran parte de la población se vio obligada a huir, y entre ellos muchos artesanos de la imprenta que hasta entonces habían guardado celosamente el invento. Antes de esta fecha, únicamente Estrasburgo y Bamberg disponían de un taller de imprenta propio. En 1470 la imprenta se había difundido ya por las más importantes ciudades alemanas.

Anton Koberger fundó en Nuremberg una gran imprenta con más de cien empleados que manejaban veinticuatro prensas. Sus libros no sólo eran perfectos tipográficamente sino también obras de arte. Alberto Durero fue su asesor y trabajó estrechamente con Koberger en las ilustraciones del Apocalipsis en 1498. Anton Koberger acaparó todas las fases del comercio del libro, desde la producción en la imprenta, la distribución, exportación y venta ya que era propietario de librerías en París, Lyón y Tolouse.

La primera ciudad no alemana que contó con una imprenta es Subiaco, en Italia, donde se establecen Konrad Sweynheym y Arnold Pannartz. Bajo el patrocinio del cardenal español Juan de Torquemada, Swynheym y Pannartz imprimieron un Donato del que no se conserva ningún ejemplar, De oratione de Cicerón TULIO (1465), De divinis institutionibus de Lactancio y De civitate Dei de San Agustín (1467). Fue a instancias del cardenal Torquemada como los dos impresores alemanes fueron a asentarse en la pequeña localidad de Subiaco y tras las paredes de este monasterio del que Torquemada era abad. Ya se ha comentado en líneas superiores la relación entre ciertas órdenes religiosas y el nacimiento de la imprenta en Maguncia; esta relación se repite nuevamente en Italia.

Torquemada fue una figura clave en el establecimiento de la imprenta en Italia y, asimismo, un gran protector de las letras en todos los aspectos. Los libros impresos en el monasterio de Subiaco corresponden a la preocupación humanista de un eclesiástico del Alto Renacimiento abierto a nuevas ideas y a las posibilidades de la técnica. Cabe señalar que Swynheym y Pannartz permanecieron en Subiaco exclusivamente mientras Torquemada ocupó el cargo de abad de dicho monasterio. Poco más tarde, Swynheym y Pannartz se establecieron en Roma, no sin dificultades ya que el gremio de copistas amanuenses estaba alarmado por el nuevo invento. En Italia existían unos talleres profesionales de copia de libros que suministraban copias para bibliotecas particulares, para la Vaticana y para los muchos estudiosos e intelectuales que se desplazaban a Roma.

El gremio de copistas era fuerte y estaba bien organizado, su trabajo era de alta calidad y el comercio de libros manuscritos un negocio pujante. Los primeros impresores que se establecieron en Roma tuvieron que enfrentarse a la hostilidad del gremio. Algunos puristas rechazaron los libros impresos como objetos indignos pero ya en 1470 humanistas y bibliófilos florentinos recurrieron a libros ?de molde? para sus bibliotecas y sus estudios. Los libreros que decidieron permanecer fieles al manuscrito se vieron en serias dificultades económicas como Vespasiano quien, fiel al manuscrito de alta calidad, se vio obligado a cerrar su negocio en 1478.

También en Roma se estableció Ulrich Han quien imprimió las Meditationes del cardenal Torquemada con fecha 31 de diciembre de 1467, el más antiguo incunable romano. De este modo fue el cardenal español el primer autor que vio su obra impresa y bajo su dirección. Los grabados de esta edición reproducen las pinturas murales de la Iglesia de Santa María sopra Minerva cuyo claustro había sido construido a expensas de Torquemada. Hoy han desaparecido los murales de este convento dominico pero, según las descripciones de la época, en el ángulo inferior de cada pintura la imagen de un orator se dirigía al espectador-lector con el texto del correspondiente capítulo de las Meditaciones constituyendo de esta manera una auténtico ?libro mural? que se terminó en torno a 1453. Se conservan cuatro ejemplares de la edición príncipe, en Viena, Nuremberg, Manchester y Madrid. Se reimprimió en dos o tres ocasiones sin grabado y siete ediciones más con grabados antes de 1499, lo que da muestra de su éxito. Numerosas obras españolas salen del taller de Ulrich Han, establecido en Roma durante doce años, la Compendiosa Historia Hispaniae (1470) de Sánchez de Arévalo, la Expositio super Psalterio (1470) de Torquemada y el Scrutinium Scripturarum (1471) de Pablo de Santa María.
(Véase Humanismo)

En 1469 se estableció la primera imprenta francesa en la Sorbona con grandes dificultades ya que la Confrérie des Libraires, Relieurs, Enluminieurs, Ecrivains et Parcheminiers, fundada en 1401, se opuso de manera contundente. Beromünster, una pequeña localidad cerca de Basilea, fue la primera sede de la imprenta suiza donde se publicó en 1472 el Speculum vitae humanae de Sánchez de Arévalo. La primera imprenta polaca se estableció en Cracovia en 1473 donde se imprimió de nuevo Expositio super Psalterio de Torquemada. A Holanda y Bélgica llegó en 1473, a Inglaterra en 1477 de la mano de William Caxton. Pronto, las ciudades más importantes recibieron el nuevo invento.

Llegado el año 1500, la imprenta ya había conquistado su espacio en Europa aunque de modo desigual. Estocolmo, Bohemia y Hungría disponían de imprentas pero el centro y sur de Alemania, el norte de Italia y el sureste de Francia concentraban a los mejores y más productivos impresores. Los impresores de la Península Ibérica procedían en gran parte de Alemania y aportaron pocas novedades al panorama internacional del libro. Los Países Bajos se limitaban, en estas primeras décadas, a una clientela regional y a sus necesidades de libros escolares, devocionales y novelas en francés o flamenco. Inglaterra importaba libros desde Francia y sus primeros impresores eran de origen francés.

La imprenta llegó a España en 1472 de manos de Johann Parix de Heidelberg, quien instaló el primer taller en Segovia. Allí imprimió el Sinodal de Aguilafuente, seguramente bajo el patrocinio del obispo don Juan Arias Dávila quien presidía el sínodo celebrado los días 1 a 10 de junio de 1472. Se trata de un volumen de 48 hojas en 4º sin indicación de lugar, nombre del impresor ni fecha, impreso con tipografía romana bastante rudimentaria. Los primeros impresos barceloneses y valencianos demuestran la vinculación al humanismo de origen italiano: Aristóteles, Cicerón, Salustio, Floro, Perotti, Leonardo Bruni Aretino, el pseudo-Phalaris, todos ellos en versión latina. Las únicas excepciones a esta tónica general son Les Trobes valencianas y la traducción latina del Esopo realizada por Lorenzo Valla.

Los primeros libros impresos llegados a América son los que llevó Cristóbal Colón en su primer viaje. Los libros fueron los inspiradores del proyecto colombino: la Biblia, la Imago Mundi de Pierre d?Ailly, la Historia Rerum de Eneas Silvio Piccolomini, futuro Pío II, y posiblemente el Liber de Marco Polo, de consetuedinibus et conditionibus orientalium regionum que fue impreso en Amberes en 1485. La carta al "Escrivano de Ración", Luis de Santángel, fue escrita durante el viaje de retorno de América. Al llegar a Barcelona, Colón se la entregó al impresor Pere Posa, pero de la primera edición, en castellano, solo queda un ejemplar conservado en la New York Public Library.

La primera imprenta llegó a México desde Sevilla en 1539 por iniciativa de Juan Cromberger a instancias del obispo de Zumárraga. Ese mismo año salió a la luz la Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana.

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Los incunables

Se llama incunables (véase incunable) a los libros impresos entre la invención de Gutenberg y el 1500. Se trata de una denominación arbitraria ya que no hubo cambios radicales que afectaran a los libros impresos tras esa fecha; sin embargo, sirve para denominar las primeras décadas de producción del nuevo invento.

Aldo Manuzio inició su actividad editora e impresora a finales del siglo XV. Introdujo novedades importantes en el mundo editorial y en la manufactura de los libros. Fue el primero en editar a los clásicos latinos en formato pequeño para cuya impresión hubo de crear una tipografía especial que se ha dado en llamar ?aldina?, consistente en caracteres estrechos e inclinados hacia la derecha a fin de poder incluir más texto en cada página. Editó las obras completas de Aristóteles en griego para lo cual tuvo que perfeccionar la tipografía griega.

Los primeros impresores que trabajaron en España eran alemanes y ellos dominaron el panorama de la imprenta española hasta el siglo XVI. Hasta el año 1477 todos los impresores fueron alemanes que ya han ejercido su labor en Italia o en Francia y de allí trajeron las tipografías redondas, no góticas como cabría suponer. Su itinerario por la Península es continuo en busca de nuevos mercados o una ciudad sin competencia donde poder establecerse. En sus talleres se formaron los españoles que comenzaron a trabajar a finales del siglo XV y que fueron ocupando su lugar en el siglo XVI.

El pionero en España fue Johann Parix quien, tras su corta estancia en Segovia, se trasladó a Tolouse donde publicó, hacia 1480, la obra del segoviano Rodrigo Sánchez Arévalo, Speculum vitae humanae, reproduciendo la edición que en 1468 habían impreso Sweynheym y Pannartz. Tras Johann Parix llegaron otros impresores a otras ciudades españolas: en Barcelona, Henricus Botel de Embich, Georgius vom Holtz de Hoeltingen y Johannes Plank de Halle quizás en 1473; en Valencia, Lambert Palmart de Colonia posiblemente en 1473; en Zaragoza, Matheus Flander, 1475; en Sevilla, Alfonso del Puerto, Bartolomé Segura y Antonio Martínez, en 1477; en Tortosa, Pedro Brun de Ginebra y Nicolaus Spindeler de Zwickau en 1477; en Lérida, Henricus Botel en 1479; en Montalbán, Juan de Lucena, antes de 1481; en Zamora, Antonio de Centenera en 1482; en Burgos, Fadrique de Basilea en 1482; en Guadalajara, Salomo ben Moise Levi Alkabiz en 1482; en Gerona, hubo un primer impresor desconocido en 1483; en Toledo, Juan Vázquez posiblemente en 1483; en Tarragona, Nicolaus Spindeler en 1484; en Huete; Álvaro de Castro en 1484; en Murcia, Alfonso Fernández de Córdoba en 1484; en Mallorca, Nicolaus Calafat en 1485; en Híjar, Eliese Alantansi en 1485; en Coria, Bartholomeus de Lila en 1489; en Pamplona, Arnao Guillén de Brocar en torno a 1490; en Mondoñedo, impresor desconocido posiblemente en 1495; en Granada, Meinardus Ungut y Johannes Pegnitzer de Nuremberg en 1496; en Monterrey, Johann Gherlinc en 1496; en Montserrat, Johann Luschner en 1499.

Hasta fechas relativamente recientes, Barcelona y Valencia se disputaban el honor de ser la primera ciudad de la península en acoger el nuevo invento. La Gramática de Mates, impresa en Barcelona, indica en su colofón que fue impresa en 1468, pero los estudiosos del tema consideran que es un error de los números romanos y lo más probable y lógico es que fuera impresa en 1488. A continuación, se consideró que el primer libro español impreso era Les obres e trobes davall scrites les quals tracten de lahors de la sacratissima Verge Maria, impreso en Valencia en 1474 por Lambert Palmart. Ésta es, en cualquier caso, la primera obra poética y la primera en valenciano; es un volumen de 58 hojas en 4º que se conserva en la Biblioteca Universitaria de Valencia. También en Valencia imprimió Palmart una obra de Eiximenis, el Regiment de la cosa pública o el Crestiá (1484).

Joan Rosembach, uno de los mejores impresores del momento, inició su producción en Valencia pero la mayor parte de su vida profesional se desarrolló en Barcelona con breves desplazamientos a Tarragona y Perpiñán. A su primera etapa en Barcelona se atribuye el Memorial del pecador remut (ca. 1495), un tratado ascético escrito entre 1419 y 1424. La Pasión de Cristo es el tema central de meditación a través de una serie de visiones alegóricas. Ésta es una edición rarísima en la que no consta el lugar, el nombre del impresor ni la fecha; sin embargo la letra, el papel y sobre todo las iniciales son idénticas a las del Eiximenis del Libre de les dones, impreso por Rosembach en Barcelona el año de 1495. Continuó trabajando en Barcelona, tras una breve estancia en Perpiñán, durante el primer tercio del siglo XVI.

Las imprentas salmantinas fueron de las más importantes del momento. Resulta lógico pensar que una ciudad eminentemente universitaria sería un lugar propicio para el establecimiento de muchos y buenos impresores. Se da el caso curioso de que todos los impresos omiten el nombre de los impresores aunque sí indican que el libro está impreso en Salamanca y la fecha. En dos de las imprentas de la ciudad fueron publicadas la mayor parte de sus obras. Las dos más conocidas sirven habitualmente para designar las anónimas imprentas donde fueron publicadas: las Introductiones Latinae (1481) y la Gramática castellana (1492), ambas en tipos góticos.

La imprenta del siglo XVI

Al llegar el siglo XVI al menos unos 20.000.000 libros habían sido ya impresos. La imprenta se difundió de un modo rápido por toda Europa. Entre 1500 y 1550 se produjo un desarrollo enorme de la industria editorial. El mercado inicial fue la clase culta, los lectores de latín, pero ese era un mercado amplio geográficamente pero muy escaso en número, que se saturó en poco tiempo. Tanto impresores como libreros necesitaban lograr beneficios económicos; no se trataba de mecenazgo cultural sino de una actividad mercantil. El hecho determinante era que los lectores de latín eran bilingües y dominaban a la vez alguna de las otras lenguas vernáculas. El mercado de las lenguas vernáculas era mucho más amplio y estaba aún sin explotar.

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A) Los libros y la Reforma protestante

La Reforma protestante le debe mucho al éxito de la imprenta. Antes de la era de la imprenta, Roma había ganado fácilmente cualquier batalla contra la herejía porque poseía líneas de comunicación establecidas de las que los herejes carecían; pero cuando en 1517 Lutero proclamó sus tesis, lo hizo clavando una copia impresa en la puerta de la iglesia de Wittnberg. Se habían impreso en alemán y en 15 días toda Alemania disponía de ellas. En dos décadas, de 1520 a1540, se imprimieron 3 veces más libros en alemán que los publicados en el periodo inmediatamente anterior. Las obras de Lutero representan al menos un tercio de todo lo publicado en alemán y de todas las ventas entre 1518 y 1525. Fue un gran éxito editorial. De hecho, la discusión sobre cómo interpretar la Biblia era una de los puntos de fricción entre católicos y protestantes. Ahí, se enfrentaban dos maneras de acceso al libro sagrado.

El protestantismo estaba a la ofensiva precisamente porque supo hacer uso de la expansión del mercado librario en lenguas vernáculas recién creado y de las posibilidades del grabado. Lutero encargó a Cranach toda una serie de dibujos obscenos sobre el Papa. En 1545 se alcanzó el momento más virulento de propaganda luterana con la publicación de los trabajos de Cranach, su Representación del Papado (Albbidung des Papsttums), un álbum de hojas sueltas fuertemente satíricas y demoledoras para la Iglesia Católica. Durante todo el siglo XVI y parte del XVII, Europa estuvo inundada de panfletos luteranos, calvinistas y católicos. El catolicismo intentaba defenderse con la Contrarreforma y la publicación en latín. El Índice de Libros Prohibidos del Vaticano o la Inquisición (que no tuvo contrapartida en el lado protestante) dejan constancia de la importancia que la difusión del libro tenia en la difusión de las ideas y creencias.

B) El mercado del libro en España

La Contrarreforma favoreció la publicación en latín pero, a medida que transcurría el tiempo, se hacía obvio que ese movimiento estaba en decadencia. La Península Ibérica contó con un número reducido y disperso de imprentas en el siglo XVI. Las bibliotecas españolas y portuguesas se alimentaron fundamentalmente de importaciones, de manuscritos en el siglo XV y de impresos en el XVI. Las imprentas locales se limitaron a satisfacer la demanda de textos en romance. Las prensas españolas no podían competir con las obras latinas que se traían del exterior, de Italia, de Francia y, en menor medida, de Alemania. Se importaron libros de Teología, Derecho y textos clásicos que llegaron desde toda Europa al gran mercado de Medina del Campo y de allí por toda España. Mientras tanto, la crisis económica que se inició a finales del siglo XVI y perduró durante todo el XVII, obligó a los impresores a buscar nuevas formulas de ventas y se sucedieron las ediciones baratas en vernáculo.

Los impresores se limitaron a reeditar pliegos sueltos, sin ambición tipográfica alguna, en papel de baja calidad y en busca de beneficio económico inmediato aunque escaso. Un amplio grupo de composiciones poéticas nacidas ?para? los pliegos son de tono satírico, gracioso y burlesco. Estas composiciones son las que más han sufrido los estragos del tiempo. Sus títulos pueden dar una idea de los temas preferidos: Romances del marqués de Mantua y la sentencia de don Carloto, Coplas como una señora no consentia que su marido tubiese parte con ella sin lumbre, Cobles dels engans de les dones y Coplas sobre la yda de su muger de Joa el pobre son sólo una pequeña muestra de la poesía más leída de la época y más olvidada hoy.

A comienzos del siglo XVI, la preeminencia de los impresores alemanes se había trasladado a Italia cuyas rutas comerciales favorecían la incipiente industria del libro. Unos 150 talleres acogía Venecia y 60 Lyón, mientras que la península Ibérica por las mismas fechas contaba únicamente con 30 pequeños y dispersos por toda la geografía peninsular: Barcelona, Burgos, Granada, Salamanca, Sevilla, Valencia, Lisboa, Toledo, Valladolid y Zaragoza. Aumentó el número de talleres a lo largo del siglo pero con escasas ambiciones en términos generales y sin repercusión en el resto de Europa. Incluso los autores españoles deseosos de publicar una obra latina preferían recurrir a impresores asentados en Lyón o París a fin de que la distribución del libro no quedara reducida a las fronteras nacionales. El mercado interior era escaso y limitado a las lenguas vernáculas: libros de devoción, cartillas para leer, obras de burlas, pliegos sueltos, leyes locales, gramáticas. Con el tiempo los talleres de Amberes, Lyón, París y Venecia publicarían de modo creciente títulos en castellano.

En 1561 Madrid se convirtió en sede de la corte de modo permanente. Hasta entonces, la pequeña villa que era por entonces Madrid se había abastecido de libros desde Alcalá de Henares, Toledo, Burgos, Medina del Campo. Hasta 1566 Madrid no dispuso de imprenta propia. La Corte convirtió a Madrid en centro cultural y foco de atracción para cuantos buscaban medro. Más de cien impresores se establecieron en Madrid durante el siglo XVII. Muchos de ellos fueron efímeros y no publicaron más que una obra, para desaparecer después del panorama editorial. Se desconoce el número de libreros de la villa y corte.

En la segunda mitad del siglo XVI, Plantino, desde Flandes, revoluciona el estilo tipográfico con la publicación de la Biblia Regia (1568-1572). Ante la demostrada superioridad de Plantino, Felipe II le encargó la impresión de los textos litúrgicos revisados según las nuevas normas del Concilio de Trento. Las prensas españolas no estaban capacitadas para una empresa de tal magnitud. En las últimas décadas, la decadencia ya era manifiesta.

En general, se puede afirmar que los textos escritos en lengua vernácula buscaban más la devoción que la discusión teológica, que quedaba reservada para el latín, al igual que toda la liturgia. La devoción a santos locales se fomentaba desde las altas instancias eclesiásticas. Muchas de estas obras tomaron la forma de pliego; otras aparecieron en cancioneros elaborados al calor de los concursos y certámenes literarios. La devoción a María fue predominante y se conservan muestras literarias en forma de laudes, milagros, vidas, gozos, horas y coplas. A continuación, se encuentra el grupo relativo a los santos milagreros y protectores.

C) Las primeras mujeres impresoras

Ya desde época manuscrita, las mujeres participaron en alguna medida en los procesos de producción del libro. Algunos conventos femeninos se habían dedicado a la copia de manuscritos en una tradición que se extiende hasta el siglo XVII, pese a que suele considerarse exclusiva de los monjes. Sin embargo, se conservan algunos códices copiados e iluminados por religiosas y, tan pronto la imprenta hizo su aparición, las monjas del convento dominico de San Jacobo Ripoli en Florencia se dedicaron a la producción de libros a finales del XV, aunque parece ser que bajo la dirección de un monje.

La primera mujer impresora que recibió reconocimiento público es la alemana Anna Rügerin de Augsburgo, viuda de Thomas Rüger, quien, en 1484, produjo Sachenspiegel de Eike von Repgow, considerado el primer libro impreso por una mujer. Charlotte Guillard es considerada la primera impresora de importancia en París. Viuda de dos impresores, Berthold Rembolt y Claude Chevallon, manejó la dirección del taller y la librería de su posesión hasta su muerte en 1556. Trabajó en esta profesión durante 54 años, poseyó su propia marca de imprenta con sus iniciales, C.G. , en ella y alcanzó gran renombre en su propia época.

En la Corona de Aragón, la primera mujer de la que tenemos noticia que entrara en los negocios editoriales fue Francisca López, viuda de Lope de Roca, quien se asoció con Sebastián de Escocia y Joan Jofré para alquilar letrería de imprenta, pero no se conoce ninguna publicación que saliera fruto de esta sociedad. Hasta bien mediado el siglo XVI no apareció ningún nombre femenino en el mundo de la imprenta. Hay que tener en cuenta que, para dirigir una imprenta, se requiere no sólo conocimiento de las técnicas artesanas de impresión, sino que además hay que tener un pequeño número de trabajadores bajo su mando, poseer ciertas habilidades para los negocios y la suficiente cultura y visión comercial para decidir qué imprimirán.

Es necesario aclarar las circunstancias de la presencia y actividad de estas mujeres en el ámbito empresarial y no olvidar que la imprenta era ante todo un negocio. La reconstrucción del papel de la mujer en el devenir de la historia se basa en menudencias, pequeños datos y excepciones ya que, al no formar parte de la vida pública ni del discurso oficial, sus nombres, sus hechos y logros no suelen ser puestos por escrito. El especialista se ha de basar en los pocos datos que han llegado hasta nuestros días. Entre todos ellos, de tarde en tarde, surge el nombre de una mujer de la que la casualidad quiso que quedara constancia de su trabajo. El nombre de una esposa o hija que trabaje en el taller de su marido o padre nunca aparecerá en ningún documento hasta que éste muera, ya que en el trabajo de la mujer, al ser ésta parte del patrimonio familiar, no es necesario ningún tipo de contrato del que haya podido quedar constancia.

Entre las viudas de impresores, pocas fueron las que utilizaron su propio nombre en los colofones; lo más habitual era que figuraran como ?viuda de...?. Seguían apareciendo de cara a la sociedad ligadas al hombre que les daba entidad. Hasta donde se sabe, ninguna de ellas contrató aprendizas; sus hijas no siguieron sus pasos, aunque sí lo hicieron sus hijos; sus publicaciones, en fin, pretendían buscar un amplio público que diera beneficios económicos inmediatos. Estas mujeres fueron excepciones que se movieron en una esfera masculina.

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D) Impresores españoles del siglo XVI

Pocos datos son los que se disponen en general sobre los impresores. En algunos casos son artesanos ligados a la orfebrería que aprovechan su capacidad de fundir los tipos personalmente para cambiar de oficio. Nada se suele saber de sus orígenes o de su formación. Los colofones pueden dar información de gran interés: nombres de los impresores, fechas y lugares que dan constancia de los cambios de lugar en busca de un mejor mercado, de asociaciones que se rompen, pero son escuetos; se dispone, por otra parte, de una variedad de documentos legales como testamentos y contratos. Muchos impresores pasaron grandes dificultades económicas y se conservan documentos de préstamos y denuncias por impago.

Cuando llegó la imprenta a España hacía ya varios siglos que los artesanos se organizaban en gremios y cofradías. A diferencia de otros oficios, nada empujaba a los impresores a entrar en estas organizaciones ya que el número de impresores en cada ciudad rara vez superaba dos o tres. En Barcelona, los impresores fundaron en 1491 la cofradía de San Juan de la Puerta Latina, pero estaba más orientada a oficios piadosos que a temas comerciales. Los impresores quedaban fuera de la protección gremial.

Dentro del mundo de la imprenta fueron muy comunes las familias que se dedicaron a este oficio durante generaciones, creando un espacio liminal entre lo público y lo privado, ya que el lugar de trabajo y la vivienda se confundían, los aprendices eran los propios hijos que, con los años, sustituyeron a la generación anterior. La familia Cromberger, de origen alemán y asentada en Sevilla, monopolizó la imprenta más activa del sur peninsular. Jacobo Cromberger comenzó siendo oficial en el taller de Meinardo Ungut y Estanislao Polono. A la muerte de Ungut en 1499, su viuda se casó poco después con Cromberger. Hay que recordar que, según las normas de los gremios, sólo las viudas de un maestro que hubiera estado ya en el gremio podían seguir atendiendo el negocio, y no siempre. Para mantener su derecho al taller o tienda en caso de segundas nupcias, el nuevo marido debía tener el mismo oficio que el anterior. Las viudas que entraban en estas cofradías y gremios estaban sometidas a los mismos reglamentos y obligaciones, pero no disfrutaban de los mismos beneficios ni derechos.

Sevilla era, en el siglo XVI, una ciudad muy próspera, puerto de entrada y salida hacia América. Jacobo Cromberger estableció su imprenta con una fuerte base económica y le dejó a su hijo Juan un negocio sin competencia en el Sur. El mayor logro de Juan Cromberger fue la fundación en 1539 de la primera imprenta en Ultramar. Fray Juan Zumárraga, obispo de México, solicita su colaboración para establecer un taller de imprenta en Nueva España. Tras su muerte, en 1540, su viuda, Brígida Maldonado, se hizo cargo del negocio y de la imprenta, manteniendo su prestigio y la calidad de sus impresiones que decayó cuando éste pasó a manos de su hijo Jacome. Tipográficamente los libros de la familia Cromberger son conservadores y mantienen los tipos góticos.

Medina del Campo mantuvo durante todo el siglo XVI dos ferias anuales en las que se centralizó el comercio de libros. Medina importó libros ya impresos y papel. Las novedades europeas llegaron a España a través de los mercaderes y comerciantes que se reunían en dicha ciudad. Muchas imprentas extranjeras mantuvieron una librería en Medina que funcionaba a modo de sucursal de sus trabajos. Un pequeño número de editores controló la producción y monopolizó el comercio decidiendo qué se imprimía: Juan de Espinosa, Juan Pedro Museti, Antonio de Urueña, Adrian Ghermart. Junto a los editores, hubo impresores importantes como Pierres Tovans, francés, que recorrió diversas ciudades con su imprenta: Medina, Zaragoza o Salamanca. De sus prensas salieron libros como La Segunda Comedia de Celestina (Medina: 1534) de Feliciano de Silva y El Cortesano de Castiglione (Salamanca: 1540) en la traducción de Boscán.

Valencia fue una de las pocas ciudades españolas que mantuvieron varios talleres abiertos simultáneamente. A finales del siglo XV, Joan Jofre se asentó en la ciudad de Turia y allí imprimió obras en valenciano y en castellano: la Vida de santa Magdalena en cobles, escrita por Jaume Gassull en 1497 y financiada por fray Gabriel Pellicer, fue llevada a cabo por Joan Jofre en su taller, y terminada el 15 de marzo de 1505; traducida del latín al catalán por Joan Carbonell, la edición más temprana que se conserva de la Vinguda del Antecrist es la de 1520 salida de los talleres de Joan Jofre; Contemplació de la vida de Crist de Vicent Ferrer carece de indicaciones tipográficas, pero se atribuye a Jofre, y únicamente se conserva un ejemplar en la biblioteca del Patriarca, aunque se había dado por perdida. Las obras publicadas por Joan Jofre destacan por su profusión de grabados.

Otros impresores valencianos fueron Jorge Costilla que trabajó desde principios del siglo XVI hasta 1531; Francisco Díaz Romano, nacido en Guadalupe, que imprimió en Valencia hasta el 1541, año en el que se trasladó a su tierra natal; Juan de Oces, alias Navarro, cuyo nombre aparece en los colofones desde 1532 hasta el 1583. Cabe destacar, entre todos, los impresores ligados a Valencia a la familia Mey. Joan Mey, natural de Flandes, se estableció en Valencia en torno a 1535. A partir de 1544 son muchas las obras estampadas por Mey, de gran novedad tipográfica, pese a lo cual, se vio obligado a emigrar a Murcia en busca de un mercado más amplio y mejores perspectivas económicas. Dada su importancia y la calidad de sus publicaciones, el Jurado de la Ciudad de Valencia le concedió una paga de quince libras anuales como ayuda para el alquiler de una casa, que le sería aumentada posteriormente a condición de que mantuviera una prensa trabajando, pese a lo cual parece que se trasladó a Alcalá de Henares durante algún tiempo y mantuvo ambos talleres a la vez; publicó siete libros en las prensas de Alcalá de Henares en el año 1553 y, ese mismo año, publicó en Valencia, que se conozcan, siete obras. Joan Mey murió a finales de 1555 y su viuda se hizo cargo de la imprenta.

Sólo en ese primer año que Jerónima de Gales tuvo el taller a su cargo, 1556, sacó a la luz cinco libros, todas ellas eran publicaciones con un mercado asegurado dentro del mundo humanista y universitario de la ciudad de Valencia. En 1557 salió de las prensas de Jerónima de Gales la Cronica del Rey En Jaume, ?el modelo más perfecto y magnífico de la tipografía española del siglo XVI? en palabras de Salvá. Con el escudo de la Diputación Valenciana, y por tanto a sus expensas, la viuda de Mey publicó, en 1558, la Chrónica del Rey don Jaume escrita por Ramón Muntaner. Se puede comprobar que las publicaciones de Jerónima de Gales son de gran envergadura. No se trata de una producción mínima para sobrevivir económicamente, sino de auténtico trabajo profesional de alto nivel. El 19 de junio de 1559 estaba ya casada con Pedro de Huete, pero su nombre no figuró hasta 1568.

Los colofones siguieron haciendo referencia a la ?casa de Ioan Mey? y a veces ?Ex officina Ioannis Mey?. En agosto de 1581, tras la muerte de Huete, se reiteró el apoyo económico a Jerónima que hizo su reaparición en los colofones bajo el nombre de ?viuda de Pedro Huete?. Comenzó entonces la colaboración con su hijo Pedro Patricio Mey, quien la sucedió en el negocio a partir de 1587. Pedro Patricio continuó su trabajo durante las primeras décadas del siglo XVII. El otro hijo de Jerónima de Gales, Felipe, estableció su primera imprenta en Tarragona y, más tarde, trasladó su imprenta a Valencia hasta su muerte en 1612.

Los impresores de mayor renombre que trabajaron en Barcelona fueron Joan Rosembach y Carles Amorós. Rosembach, de origen alemán, inició su labor a finales del siglo XV, pero continuó trabajando hasta bien entrado el XVI. De sus prensas salió en 1518 El Llibre del Consolat de Mar, primera recopilación de textos de derecho marítimo que engloba usos y costumbres del mar, regularizaciones legales de la navegación y el comercio, con especial atención a la regulación de los contratos marítimos. Carles Amorós, provenzal, desarrolló su actividad en Barcelona y durante un corto periodo de tiempo en Perpiñán. De su taller salió la obra de Pere Tomich, Històries de les conquistes de Aragó, y la primera edición de Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega en 1543. Ese mismo año publicó Les obres de Ausias March. Un grupo de importancia lo componen las obras de Derecho que se refieren a la legislación catalano-aragonesa. Durante el reinado de Carlos V, las Cortes se reunieron con harta frecuencia formando todo un conjunto de constitucions, ordenacions y costums relativas al derecho civil que fueron publicadas por Carles Amorós.

En Alcalá de Henares se publicó, en 1520, la primera Biblia en la que se combinaban el texto latino de la Vulgata, la versión griega de los Setenta con la traducción latina interlineal, el texto hebreo del Antiguo Testamento y la paráfrasis caldea. Todo ello se completaba a su vez con un ?Vocabularium Hebraicum atque Chaldaicum? y las ?Introductiones artis Grammatice Hebraice?. El artífice de esta magna obra en seis volúmenes fue Arnaldo Guillén de Brocar bajo la dirección del cardenal Francisco Jiménez de Cisneros cuyo escudo aparece en la portada del tomo I del Antiguo Testamento.

El diseño tipográfico de la llamada Biblia Políglota Complutense es de una gran complejidad ya que requiere el trabajo en una misma página de distintos alfabetos. Parece ser que Cisneros requirió los servicios de Brocar aconsejado por Antonio Nebrija para quien había trabajado anteriormente en Logroño. Brocar fundió nuevos tipos latinos, hebreos y dos alfabetos griegos diferentes, uno cursivo para el Antiguo Testamento y otro minúsculo para el Nuevo Testamento. La Biblia tardó tres años en imprimirse, de 1514 al 1517. La muerte de Cisneros en diciembre de 1517 retrasó la aprobación papal hasta que Leon X dio su autorización en 1520.

El sucesor de Guillén de Brocar en las prensas alcalaínas fue su yerno Miguel de Eguía quien trabajó en esta ciudad de 1523 a 1537. Hombre de gran cultura, su taller se convirtió en el centro del humanismo erasmista en Alcalá. Los libros salidos de su taller son muestra de la mejor tipografía humanista. Adornó las portadas con iniciales y orlas de gusto renacentista. En 1530 fue procesado y encarcelado por la Inquisición por sus ideas erasmistas. Tras su absolución a fines del 1533 se trasladó a Estela, su ciudad natal, donde siguió trabajando hasta su muerte. Juan de Brocar, hijo de Guillén de Brocar, le sustituyó al frente de la imprenta en Alcalá (1538-1552) y mantuvo el nivel de calidad de su padre y cuñado.

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E) El ideal de una biblioteca universal

La imprenta posibilitó la creación de grandes bibliotecas. Fernando Colón (1488-1539) se erigió como el primer gran bibliógrafo de la España moderna. Su biblioteca fue la primera biblioteca europea renacentista creada tras la expansión de la imprenta y nació precisamente con el objetivo de la totalidad. Durante tres décadas, el hijo de Cristóbal Colón se dedicó personalmente a buscar los libros, a escogerlos y catalogarlos, siguiendo un sistema innovador para el periodo que él mismo ideó, y a reunirlos en un edificio construido ex-profeso que abrigaría no sólo su biblioteca sino también sus otras colecciones. Su intención, manifestada a Carlos V era que ?con el tiempo verná esta Libreria no solo a tener todos los libros que se pudieren aver; pero todo los que en ellos ay estara en otros Libros reducido a orden alfabético segun es dicho, a efecto que fácilmente cada qual sea instruido de lo que saber quisiere.?

Llegó a poseer más de 15.000 títulos catalogados, aunque muchos de ellos son piezas muy pequeñas, pliegos sueltos. Sus viajes por Europa, acompañando a la Corte de Carlos V, le dieron la oportunidad de recorrer librerías e imprentas de toda Europa. En torno a 1516 maduró en él la idea de crear una magnífica biblioteca y comenzó entonces la transcripción de los fondos en los primeros catálogos o repertorios, absolutamente novedosos en la época. Para su confección, a cada libro le era asignado un número por orden de registro, aparentemente no había ningún intento de clasificación por autor, título o tema. La inclusión del íncipit en su catálogo muestra su minuciosidad en el sistema biblioteconómico que ideó. De esta manera, se evitaba comprar el mismo texto reeditado con distinta portada, como advierte uno de sus ayudantes, Juan Pérez, quien relató una anécdota ocurrida a Colón ilustrativa de la picaresca de impresores y libreros:

?ansí le acaeçió a mi señor don Hernando Colón que, andando a buscar estos libros, unos libreros le querían vender un libro de Derechos que era de Juan Andrés por otro, y él miró el prinçipio y vido que era de Juan Andrés y díxoselo al librero el cual dixo que era verdad y aun le suplicó que no lo dixese porque no lo vendería si tal se supiese [...]?

Hacia 1521 tenía registrados 5.881 volúmenes pero la pérdida en un naufragio, en aquel mismo año, de todos los libros conseguidos en Italia, del número 925 al 2.562, desbarató toda la estructura del catálogo y Colón prefirió empezar de nuevo. El concepto del nuevo sistema permaneció igual, pero con significantes mejoras en la calidad y extensión de las descripciones, así como los números que establecían correspondencias con los otros repertorios, con las guías temáticas y con los íncipits. Se sigue basando en el orden cronológico de compra para la numeración y reflejando fechas y lugares de adquisición.

Un contemporáneo de Colón, en Francia, Jean Grolier (1479-1565), dispuso de una biblioteca de unos 3.000 ejemplares; en la segunda mitad del siglo el bibliófilo francés Jacques Auguste de Thou (1553-1617) llegó a poseer unos 6.000 libros y sus herederos alcanzaron la cifra de 13.000 en torno al año 1679; en Alemania el banquero Hans Jakob Fugger (1516-1575) contó con una biblioteca de unos 7.000 volúmenes que vendió en 1571; en Inglaterra la biblioteca del Baron John Lumley (1534-1609) llegó a alcanzar los 3.000 volúmenes.

La imprenta en el siglo XVII

La decadencia en el arte de imprimir es patente no solo en España, sino en toda Europa ya desde los últimos decenios del siglo XVI. Únicamente los Países Bajos consiguieron mantener su nivel de calidad gracias a la labor llevada a cabo por la familia Plantino. La imprenta Plantin-Moretus fue fundada en 1555 por Cristóbal Plantin, un emigrante francés recién llegado a Amberes quien antes había sido encuadernador. Pronto logró el favor de Felipe II por la perfección de sus impresiones y, gracias al patronato real, dispuso de una situación privilegiada. La Corona Española confiaba a la imprenta Plantino, establecida en Amberes, los trabajos de mayor envergadura y responsabilidad. Felipe II encargó a Cristóbal Plantino, el iniciador de la saga, la publicación de la Biblia Políglota Regia y la impresión de los libros litúrgicos para todos los territorios dependientes de la Corona. Dicho privilegio siguió vigente hasta bien entrado el siglo XVIII, 1764.

Tras la muerte de Cristóbal Plantin, las prensas continuaron trabajando bajo la dirección de su yerno, Jean Moretus, y sus descendientes hasta la segunda mitad del siglo XIX. El ayuntamiento de Amberes compró el edificio, las prensas, los tipos, las herramientas, los libros de cuentas y los fondos editoriales que la casa había reunido a lo largo de trescientos años, y lo convirtió en el Museo Plantin-Moretus. A finales del siglo XVI, se abrió la imprenta de la familia Elzevier, Elceviros en la versión españolizada de su nombre. Se especializaron en libros de pequeño formato y en la creación de un nuevo tipo de letra itálica. Dispusieron de diversos establecimientos abiertos en ciudades holandesas hasta principios del siglo XVIII.

Las novedades de la imprenta francesa, parisina, fueron imitadas por otros países europeos. El número de impresores asentados en París permitió el establecimiento de gremios que regularan la producción y que protegieran a sus miembros. Los profesionales del libro establecieron unas normas que les beneficiaran y evitaran las injerencias. Por otra parte, crearon un nuevo modo de comunicación, la Gazette de France. Esta publicación periódica, aparecida en 1631, supone el inicio de la actividad periodística (véase Periodismo).

Las imprentas españolas son muy modestas y el afán de la mayoría es subsistir. La producción es de carácter local con una clara preferencia por las obras escritas en lengua vernácula y por escritores españoles. Los libros impresos en latín se importan del extranjero, y los textos litúrgicos oficiales están al cargo de la imprenta de Plantin. La pragmática de 1558 siguió rigiendo la forma externa del libro. Eran imprescindibles las licencias de publicación civil y religiosa, el privilegio, la fe de erratas, la tasa. A todos estos requisitos de tipo burocrático se añadieron pequeñas piezas literarias, dedicatorias en verso o en prosa, poemas en alabanza del autor, prólogo. Perduró el colofón. Se hicieron frecuentes los índices y tablas de capítulos y materias. La portada centró la exuberante decoración de gusto barroco: títulos larguísimos, escudos, orlas, emblemas, juego tipográfico.

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Impresores y editores del siglo XVII.

Más de cien impresores trabajaron en Madrid durante este siglo. Luis Sánchez fue uno de los impresores de formación humanística que a principios del siglo dieron muestra de su saber hacer. Su padre había sido impresor, Francisco Sánchez, y con él aprendió el oficio. Destacó por su esmerado cuidado en todas las fases de impresión, desde la selección del papel, transcripción sin erratas y fiel al original, composición tipográfica sin tacha en la que juega con redondas e itálicas, adornos de orlas y grabados lujosísimos en algunas de sus obras. Su edición de los Proverbios morales de Sebastián de Covarrubias y Orozco está ilustrada con 300 xilografías. Con frecuencia escribía versos laudatorios en latín para las obras que publicaba.

Juan de la Cuesta fue el impresor que tuvo la fortuna de publicar la edición príncipe de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, en 1605, costeada por el librero Francisco Robles, habitual colaborador de Cuesta. La edición salió llena de erratas y confusiones que no se subsanaron en las otras dos ediciones que sacó ese mismo año. Juan de la Cuesta imprimió otras muchas obras de Cervantes, Las Novelas ejemplares, en 1613; La Segunda Parte del Quijote, en 1615, y Los trabajos de Persiles y Segismunda, en 1617. No obstante, su calidad tipográfica es inferior a la de Luis Sánchez.

En Valencia continuó la saga de la familia Mey. Pedro Patricio Mey, que se había iniciado con su madre Jerónima de Gales, la sucedió en el negocio cuando ella murió en 1587. En 1605 imprimió dos ediciones de la primera parte del Quijote y en 1616 la segunda edición de la segunda parte. El otro hijo de Jerónima de Gales y Joan Mey fue Felipe, catedrático de Prosodia, Griego y Retórica en la Universidad. Estableció su primera imprenta en Tarragona bajo la protección del arzobispo de la ciudad, Antonio Agustín, y a la muerte de éste, trasladó su imprenta a Valencia. Tras su muerte en 1612, uno de sus hijos, Francisco Felipe Mey, siguió trabajando en la imprenta y firmó con el mismo nombre que su padre, por lo que se han producido confusiones en la atribución de algunas obras.

La dinastía Guasp se inició en Palma de Mallorca en 1579 y perduró hasta mediado el siglo XX, generación tras generación. El fundador de la saga fue Gabriel Guasp Miquel, impresor, editor y librero. Se preocupó de buscar colaboradores en los aspectos artísticos de alta calidad: Antonio Bodoy y Francisco Roselló tenían a su cargo las orlas, cabeceras, iniciales y remates de sus cuidadas obras. Su hermano Pedro le sustituyó en 1649 hasta su muerte, momento en el que su viuda, Margarita, se hizo cargo del taller.

Pamplona contó con unos veinte talleres abiertos a lo largo del siglo XVII. Dos nombres destacan entre todos ellos por la calidad de sus trabajos: la familia Labayen y Nicolás de Asiaín. Carlos Labayen se estableció en Pamplona en 1607 e, inmediatamente, le designaron ?impresor de la ciudad y Reino de Navarra?. Entre sus mayores aciertos consta la primera edición de las Noches de invierno (1609) de Antonio de Eslava; dos obras históricas de Fr. Prudencio de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V (1614) y la Historia de los Reyes de Castilla y León (1614). Editó cuatro obras de Quevedo y algunos de sus trabajos de traducción como el Rómulo de Virgilio Malvezzi en 1632, ya con el pie de imprenta de su viuda.

Nicolás de Asiaín fue impresor y mercader de libros durante poco más de una década, pero sus libros destacan dentro del panorama general por la calidad de su papel y la excelente tipografía. Destacan las dos impresiones de las Novelas ejemplares de Cervantes (1614 y 1615) y Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617) además de una colección de comedias de Lope de Vega. Pese a la crisis económica y su reflejo en el mundo libresco, se conservan tratados de la segunda mitad del XVI y del XVII que teorizan sobre la necesidad de fundar bibliotecas, su disposición y orden; entre ellos, contamos con Conrad Gesner, Antonio Possevino, Diego de Arce, Francisco de Araoz, Juan Bautista de Cardona, Juan Páez de Castro, Claudio Clemente, De la Croix du Maine, Antonio Agustín, Justo Lipsio y Benito Arias Montano.

La imprenta en el siglo XVIII

La crisis que afectó a la industria del libro a lo largo del siglo XVII se superó, y el siglo de la Ilustración supuso un renacer de las artes ligadas al mundo del libro. Las encuadernaciones se enriquecieron y simplificaron a un mismo tiempo; las portadas prescindieron de toda ornamentación inútil; mejoró la calidad del papel, de la tinta y de los tipos. El tamaño de los libros se redujo a fin de hacerlos más cómodos al lector y más fáciles de trasladar. Estas nuevas dimensiones favorecieron el uso de viñetas como medio de ilustración. Las grandes orlas y frontispicios barrocos se redujeron o desaparecieron frente a las viñetas que ocupaban gran parte del espacio.

Los libros no acotaron su espacio al mundo universitario ni al eclesiástico como en siglos anteriores. La cultura se secularizó y proliferaron las academias, los salones de casas nobles, las tertulias de cafés y boticas. Los editores e impresores buscaron el agrado de este nuevo público que demandaba un tipo de libro diferente. En España surgieron centros de enseñanza ajenos a la Iglesia y nacidos con un nuevo espíritu científico como el Real Seminario de Vergara o el Instituto Asturiano de Gijón; las Sociedades de Amigos del País, con sedes en diversos puntos de la península que fundaron escuelas de primaria, concedieron becas para ampliar estudios en el extranjero e intentaron mejorar la industria, la ganadería y la agricultura. Nacieron las Academias de la Historia, de la Lengua Española, la Academia del Buen Gusto, las de las Buenas Letras de Barcelona y de Sevilla. Descendieron las impresiones en latín a favor de las lenguas vernáculas, lo que tuvo la ventaja de estimular el comercio interior, aunque aumentó las barreras para la circulación de ideas en Europa.

El inicio del siglo prolongó la decadencia de la tipografía que se venía arrastrando desde el siglo XVII. Uno de los problemas que se vieron obligados a enfrentar fue la concesión hecha en tiempos de Felipe II a las imprentas de Amberes para imprimir todos los misales y libros de rezo oficiales. Una vez que el Tratado de Utrecht había separado definitivamente a los Países Bajos de la Corona Española, los impresores españoles iniciaron los trámites para devolver a las prensas españolas los encargos eclesiásticos, con la oposición de los jerónimos de El Escorial que no deseaban renunciar a su monopolio de venta. Antonio Bordázar de Artazu envió al rey Felipe V su obra Plantificación de la imprenta de el rezo sagrado (1732).


Bordázar demostraba que las imprentas españolas estaban capacitadas para asumir un encargo de tanta responsabilidad, incluía un muestrario de los diversos tipos que podían utilizarse y un estudio económico de los gastos de instalación y producción. José de Orga, discípulo de Bordázar, continuó su empeño y se dirigió a Fernando VI pidiendo autorización para montar una imprenta en Madrid que imprimiera estos libros. Finalmente, durante el reinado de Carlos III se anuló el encargo de imprimir los libros eclesiásticos a la casa Plantin-Moretus de Amberes.

El sistema de trabajo y de comercio cambió. Hermandades y gremios se unieron buscando hacer frente a la competencia de las imprentas extranjeras. En 1758 se creó la Compañía de Mercaderes de Libros, que Carlos III aprobó y apoyó; sus encargos reactivaron la industria librera y proporcionaron trabajo a impresores, correctores, encuadernadores, grabadores y libreros. Se eximió del servicio militar a impresores, fundidores de letras, abridores de matrices y otros oficios ligados a la industria del libro. En 1762 Carlos III abolió el precio obligatorio que hasta entonces se aplicaba sólo a los libros españoles y no a los extranjeros, favoreciendo la libre competencia. Se mantuvo la tasa obligatoria para cartillas y libros de instrucción.

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Impresores y editores del siglo XVIII

Joaquín Ibarra fue uno de los nombres propios de mayor importancia del siglo XVIII. Nacido en Zaragoza, se trasladó a Cervera, Lérida, cuando contaba sólo diez años, al ser nombrado su hermano impresor de la Universidad. Más tarde, se trasladó a Madrid para trabajar en el taller de su tío Manuel Marín y fue en esta ciudad donde abrió su primera imprenta. Llegó a disponer de cien operarios que dirigía personalmente corrigiendo pruebas, revisando el trabajo y buscando soluciones y mejoras constantes. El taller siguió en funcionamiento tras su muerte, bajo las órdenes de su viuda primero, de sus hijos y nietos más tarde, hasta el cierre definitivo en 1836.

La preparación humanística que Ibarra recibió aún muy joven en la universidad de Cervera contribuyó al éxito de sus publicaciones, siempre de una excelente calidad. Cuidó la estética de sus producciones hasta en los mínimos detalles, evitando las huellas de impresión, estableciendo una medida normalizada para la longitud de las líneas, empleando papel y tinta de buena calidad y en la cantidad necesaria. Modernizó la ortografía suprimiendo la s larga en forma de f o la v por u. Disfrutó del reconocimiento de los hombres de letras de su tiempo, tanto españoles como extranjeros. Fue impresor del Supremo Consejo de Indias, del Ayuntamiento de Madrid, del arzobispo de Toledo, de la Academia de la Lengua Española y de Carlos III, quien le visitaba personalmente en su taller.

Entre las obras más logradas de Ibarra destacó la edición bilingüe de La Conjuración de Catilina y la Guerra de Jugurta (1772) traducidas por el infante Gabriel Antonio, el segundo de los hijos de Carlos III. La traducción del infante está en cursiva y al pie de la página, en dos columnas, figura el texto latino en letra redonda de cuerpo inferior. Se hizo una tirada de 120 ejemplares para miembros de la familia real, personalidades e instituciones. Las ilustraciones fueron dibujadas por el pintor de cámara Mariano Maella y grabadas por Manuel Salvador Carmona; los caracteres fueron fundidos, ex profeso para esta edición, por Antonio Espinosa; Francisco Pérez Bayer añadió un epílogo sobre el idioma de los fenicios.

La Academia de la Lengua encargó a la prensa Ibarra una edición especial del Quijote. La obra salió a la luz en 1780, en cuatro volúmenes y cumpliendo todos los requisitos que la Academia había acordado en sus actas: respeto al texto original, presentación lujosa en papel de marquina y los mejores ilustradores posibles. Los artistas encargados fueron los profesores de la Academia de San Fernando, quienes se documentaron en los trajes y armaduras de la época. Se fundió nueva letrería para la ocasión en el taller de Jerónimo Gil; el papel se encargó al catalán José Florens; de la encuadernación se hizo responsable Antonio Sancha.

Bibliófilos del siglo XVIII

Hasta finales del siglo XVIII los incunables permanecieron olvidados en conventos y monasterios sin que despertaran el interés de críticos y estudiosos. La Typografia española o historia de la introducción, propagación y progresos de arte de la imprenta en España (1796), del Padre Méndez, fue el primer trabajo en España que se ocupó de estudiar la primera época de la imprenta. Es un estudio aún válido hoy día y en su momento fue la piedra de toque para que algunos eruditos enfocaran su atención y sus trabajos a un tema que se les brindaba nuevo y lleno de posibilidades. Los estudios de Nicolás Antonio se publicaron en el taller de Ibarra bajo el título Bibliotheca Hispana Vetus en1783. El segundo tomo de esta magna obra, Bibliotheca Hispana Nova, se publicó en 1788, una vez que su viuda se había hecho cargo de la imprenta.

Antonio Sancha es el otro gran impresor español del siglo XVIII. Nació en Torija, Guadalajara, en 1720 en una familia de labradores acomodados y se trasladó a Madrid de joven para aprender el oficio de encuadernador. Trabajó en casi todos los oficios ligados al libro: impresión, edición, encuadernación y librería. El papel de hilo utilizado en sus ediciones resulta de una gran elegancia, reforzada por la amplitud de márgenes. Sus publicaciones no se limitaban al aspecto comercial del negocio sino que eran fruto de la labor de un ilustrado: buscaba facilitar el estudio de los grandes escritores, proporcionar antologías comentadas, ediciones correctas de obras inéditas o poco conocidas, el desarrollo de la educación, etc.

Sancha participó como editor del Parnaso español. Colección de poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos, de los cuales Ibarra imprimió los cinco primeros tomos y el propio Sancha los cuatro últimos. Para completar esta obra Tomás Antonio Sánchez preparó la Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV (1779-1790) en cuatro tomos. En esta colección se publicó por primera vez el Mio Cid, las obras de Gonzalo de Berceo, el Libro de Alexandre y el Libro de Buen Amor. Hay que añadir, a éstos, las colecciones de clásicos españoles que inauguró con 21 tomos dedicados a Lope de Vega (1776-1779), 11 con las obras de Cervantes (1781-1797) y otras tantas con las de Quevedo (1790-1794).

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Las bibliotecas ilustradas

A su llegada a España, los Borbones prestaron una gran atención a la organización de bibliotecas públicas, la creación de nuevos centros y la protección de los ya existentes. Destaca la biblioteca del British Museum que llegó a ser la primera del mundo por la cantidad y calidad de sus fondos provenientes de todas las partes del mundo gracias a su carácter de metrópoli de un gran imperio. En Italia se abrió en 1747 la biblioteca de Florencia, con los fondos donados por Antonio Magliabechi, y la biblioteca Braidense de Milán, fundada gracias a la emperatriz María Teresa de Austria. Se iniciaron las colecciones de bibliotecas universitarias estadounidenses como las de Yale, Princenton y King´s College.

En España, la Real Biblioteca pasó a ser de uso público por el decreto de 2 de enero de 1716. La expulsión de los jesuitas en 1767 trajo consigo la desaparición de sus bibliotecas que se dispersaron en subastas y saldos. Algunos pasaron a las bibliotecas universitarias, pero otros muchos salieron de España y pasaron a enriquecer colecciones extranjeras. La elite ilustrada pretendía posibilitar la lectura de un espectro más amplio de la población y facilitar el acceso a los libros. Algunos nobles y órdenes religiosas abrieron sus bibliotecas a los estudiosos. Las Sociedades Económicas de Amigos de País abrieron pequeñas bibliotecas encaminadas a fomentar el gusto por la lectura y elevar el nivel cultural de la población.

La imprenta en el siglo XIX


A lo largo del siglo XIX el libro dejó de ser exclusivo de una minoría. Un sector cada vez más amplio de la sociedad tuvo acceso a los libros, que aumentaron sus tiradas. La industrialización tuvo mucho que ver en ello, junto con las revoluciones que ?democratizaban? el poder y la cultura. Por una parte, la emigración rural ocasionó el aumento demográfico de las ciudades que se convirtieron en receptores de las novedades editoriales mientras los pueblos quedaban desasistidos; por otra, la fabricación del papel a máquina y el uso de la pasta de madera en lugar de trapos para la fabricación del papel, permitió el aumento de la producción y el abaratamiento del precio. Desde la invención de la imprenta apenas se había modificado el modo de producción.

Cada hoja de papel se fabricaba a mano y cada una de ellas pasaba por la prensa que accionaba un obrero. Se hacía a mano la composición tipográfica y la recolocación de cada letra a su cajetín una vez utilizada. En 1798 Nicolás Louis Robert inventó una nueva máquina para la fabricación del papel que permitía aumentar la producción hasta los 1.000 kilos diarios, en lugar de los 100 que se conseguían por el procedimiento tradicional. Otro de los avances en la fabricación del papel fue la sustitución de los trapos por pasta de madera.

Se sucedieron diversos intentos de mecanización del proceso de imprimir que permitieran responder a la creciente demanda y a la prensa cada vez más habitual. El primer avance se debió al conde inglés Stanhope cuyo ingenio mecánico podía imprimir 250 hojas a la hora. Era una rotativa muy primitiva pero permitió imprimir The Times los primeros años del siglo XIX (véase tipografía). La primera máquina totalmente automática fue la ideada por el alemán asentado en Londres Friederich Koenig (1774-1843). Construyó una máquina movida por vapor que sólo necesitaba asistencia del hombre para introducir la hoja en blanco y retirar la impresa. La producción lograba alcanzar las 800 hojas a la hora. La rotativa fue creada definitivamente por Hipólito Marioni, quien en 1872 construyó la primera rotativa que empleaba bobinas de papel continuo para el periódico La Liberté.

La estereotipia permitía imprimir una segunda edición de un libro sin necesidad de volver a componer la obra letra por letra. Se intentó utilizar planchas metálicas pero el cartón se mostró como un material más adecuado. A finales del siglo la linotipia permitía que se acelerara la impresión. Su inventor, un relojero alemán, Ottmar Mergenthaler, emigró a Estados Unidos y allí su linotipia fue empleada por primera vez por el periódico New York Tribune en 1886.

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Impresores y editores del siglo XIX

Los editores alemanes tuvieron una gran influencia en este siglo. El taller de la familia Tauchnitz se estableció en Leipzig y comenzó publicando ediciones baratas de clásicos greco-latinos y de autores ingleses. El fundador de la saga, Karl Tauchnitz, publicó ediciones de la Biblia y del Corán para lo cual fundió en su taller tipos hebreos y árabes. Durante el siglo XIX continuaron su trabajo en España las grandes imprentas del XVIII como la Imprenta Real que servía a las necesidades de la Corona y la administración, además de ocuparse de obras por encargo y otras de mayor envergadura. Los talleres de Ibarra y Sancha permanecieron abiertos y en plena actividad bajo la dirección de sus herederos. A Antonio Sancha le sucedió su hijo Gabriel, y más tarde su nieto Indalecio.

Fernando Roig fundó en Madrid una editorial en colaboración con José Gaspar. Su Biblioteca Ilustrada puso a disposición de un público amplio obras literarias e históricas que pasaron a enriquecer bibliotecas privadas. Iniciaban todos los libros con un grabado de incitación a la lectura: alusión a las Bellas Artes, a la imprenta, un jardín con damas y caballeros leyendo. Entre los autores publicados destacan Ercilla, Antonio Solís, Mesonero Romanos, Víctor Hugo, Chateaubriand, Washington Irving, Walter Scott.

La figura del editor se consolidó durante el siglo XIX. El editor era el encargado de escoger las obras, firmar los contratos, diseñar el formato y las ilustraciones y financiar la edición. Manuel de Rivadeneyra se destacó como el más importante editor del siglo. Trabajó en la imprenta de Bergnes en Barcelona tras lo cual se fue a Chile donde fundó dos imprentas que le dieron el dinero suficiente para volver a España e iniciar su proyecto de la Biblioteca de Autores Españoles en 70 volúmenes bajo la dirección de Buenaventura Carlos Aribau. Su intención era poner a disposición de los lectores los grandes escritores españoles. La editorial más importante de finales del siglo fue la de Saturnino Calleja, que empezó a trabajar en 1876. Su fama se debe a las colecciones de cuentos infantiles que perpetuaron sus herederos quienes confiaron la dirección de la editorial a Juan Ramón Jiménez.

El folletín

A principios del siglo XIX surgió en el panorama francés el ?folletín?, que llevaba consigo la aparición de un nuevo género literario denominado folletinesco. En ocasiones, el folletín se publicaba en la parte inferior de alguna publicación periódica de modo que pudiera recortarse y coleccionarse hasta completar la novela. El desarrollo de la industria editorial que se había alcanzado a mediados del siglo XIX favoreció la búsqueda de nuevos mercados de ventas. Madrid disponía de 184 imprentas y Barcelona, 41, tras ellas Valencia, Cádiz, Zaragoza, Sevilla, etc. Los editores necesitaban encontrar un nuevo público lector que comprara de manera regular aunque fuera a muy bajo precio. La venta por ?entregas? suponía la compra de cuadernillos que correspondían a capítulos de la novela que debían coleccionarse. La clase popular y pequeño-burguesa accedieron de este modo a la lectura sin la necesidad de invertir demasiado dinero y entraron en el circuito comercial del libro. Las mujeres fueron el público más fiel de estas eternas historias que se fragmentaban semana a semana. El folletín o novela por entregas fue el sustento de muchos escritores españoles y enriqueció a muchos editores.

Autores de primera fila se dedicaron a escribir novelas de folletín como modo de vida: François-René Chateaubriand, Honoré de Balzac, Eugène Sué, Charles Baudelaire, Alejandro Dumas, Theophile Gautier, George Sand, Victor Hugo, Emile Zola y otros muchos. La moda folletinesca llegó a España, a Alemania, Inglaterra y Estados Unidos. En España se hicieron muy populares autores como Wenceslao Ayguals de Izco, Manuel Fernández y González, Torcuato Tárrega y Mateos, Julio Nombela, Florencio Luis Parreño y otros muchos que han quedado olvidados en la actualidad. Es obligado distinguir entre aquellos que escribían su obra y la publicaban por entregas, y aquellos otros que escribían por entregas. Los grandes especialistas del género folletinesco firmaban un contrato con el editor por el que se comprometían a entregar un cierto número de páginas cada semana. El sueldo que recibían era muy alto para la época y por ello hubo escritores por entregas que dictaban sus obras a taquígrafos, que componían varias obras a la vez, que reelaboraban la misma historia una y otra vez.

El papel de los folletines era de mala calidad. En ocasiones, las primeras entregas eran más cuidadas en su aspecto externo e iban empeorando cuando ya tenían a su público asegurado. Los tipos de imprenta eran excesivamente grandes. Cada página tenía de 20 a 25 líneas, dos columnas, grandes títulos y subtítulos en un esfuerzo constante de ocupar más y más páginas. La forma folletinesca condicionaba el modo de escritura: el lenguaje había de ser fácil y efectista; los diálogos largos, formados por intervenciones cortísimas en las que los personajes se intercambiaban simples saludos y exclamaciones; los personajes ya conocidos se dividían claramente entre buenos y malos.

Bibliófilos del siglo XIX

El siglo XIX, concretamente a partir de la Desamortización de Mendizábal, fue una época feliz para los bibliófilos que pudieron conseguir grandes lotes de libros a precios de saldo. El mercado estaba rebosante de libros antiguos españoles y muchos llegaron a las librerías británicas para enriquecer colecciones extranjeras. Por otra parte, fue este aluvión de nuestros mejores libros lo que ocasionó que brillantes estudiosos ingleses se interesaran por la literatura española, iniciándose así la tradición de grandes hispanistas británicos y anglosajones en general que dura hasta la fecha.

Mientras tanto, en España, Gallardo, Salvá, Asensio, Aguiló y Gutiérrez del Caño entre otros, publicaban artículos haciendo resaltar el valor del incunable dentro de nuestras propias fronteras. El Ensayo de un catálogo de impresores españoles desde la introducción de la imprenta hasta finales del siglo XVIII, de Marcelino Gutiérrez del Caño, contabiliza 711 impresores. El Diccionario de las Imprentas que han existido en Valencia (Valencia: F. Domenech, 1898-99) de Serrano y Morales reseña por orden alfabético las imprentas de Valencia desde su establecimiento hasta 1868. Es una obra fundamental para la historia de la imprenta en Valencia. Serrano y Morales escudriñó de manera atenta los impresores y las obras salidas de la ciudad del Turia de manera tan meticulosa que sigue siendo de gran utilidad para el investigador actual.

Todos estos estudios sentaron las bases necesarias para que, a finales del siglo XIX, un filólogo alemán, Konrad Haebler, pudiera publicar la Bibliografía ibérica del siglo XV apoyándose en nuevos métodos científicos y sistemáticos. Esta obra supuso un hito para los estudios sobre las imprentas y los incunables. Al calor de la obra de Haebler surgen a lo largo del siglo XX, estudios y monografías como las de Sanpere y Miquel, Tremoyeres, Miquel y Planas, Lambert o Millares Carlo. Al mismo tiempo, los organismos oficiales comenzaron a interesarse en la catalogación de sus bibliotecas más importantes.

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La imprenta en el siglo XX

Cambios técnicos

Durante la primera mitad de siglo XX, siguió avanzando la mecanización en los procesos de producción del libro, pero a medida que avanza el siglo la electrónica sustituye a la mecánica. Aparecen nuevos procedimientos de impresión como el heliograbado, el huecograbado y el "offset". La composición mecánica o linotipia ha desaparecido en favor de la fotocomposición. Su rendimiento alcanza los 20.000 signos a la hora y para su uso no son necesarios obreros especializados como eran los linotipistas.

Los medios audiovisuales e informáticos suponen una nueva era en las comunicaciones. Los medios técnicos han permitido hasta ahora facilitar las labores de producción del libro, pero en estos últimos años los procedimientos informáticos permiten sustituirlo. Bases de datos bibliográficos ponen a disposición de los interesados ingentes cantidades de información. Grandes archivos, inmensas bibliotecas o exhaustivas enciclopedias no requieren más espacio que un "floppy-disc" o un CD-Rom, permitiendo además una fácil y rápida actualización. A corto plazo estos medios multimedia sustituirán guías de teléfonos, diccionarios, catálogos especializados, revistas técnicas y científicas, enciclopedias.

La industria editorial en el siglo XX (España)

La producción española en los primeros años del siglo es escasa, de no muy alta calidad y de interés local. La industria editorial apenas existe y el comercio del libro está en manos de los libreros. El público lector no es demasiado numeroso aunque crece poco a poco. El reinado de Alfonso XIII perpetuó las formas decimonónicas de la Restauración en los medios de producción aunque de gran importancia intelectual. La Segunda República concentró sus esfuerzos educativos en la mejora de las escuelas y de los sueldos de los maestros y en la creación de bibliotecas públicas. El Patronato de Misiones Pedagógicas logró establecer cerca de cinco mil pequeñas bibliotecas, muchas de ellas en el ámbito rural.

Durante la Guerra Civil el libro fue politizado por ambos bandos en un intento de concienciación. Abundan los panfletos y folletos con los discursos de los políticos, consejos para la lucha armada y la autoprotección en caso de ataque. El Partido Comunista creó la Distribuidora de Publicaciones y las editoriales Nuestro Pueblo y Estrella, bajo la dirección de Rafael Giménez Siles, además de la editorial Europa-América fundada antes de la Guerra Civil. Publicaban libros a precios populares en los que, por una parte, divulgaban la ideología comunista y, por otra, difundían la obra de grandes escritores. En la zona Nacional la industrial editorial fue menor y sus publicaciones eminentemente políticas. La editorial más importante fue la Librería Santaren de Valladolid en las que destacan las crónicas de guerra y los relatos de hazañas militares. El editor José Ruiz Castillo fundó en Segovia la Editorial Reconquista que publicó obras de Manuel Machado, Pemán, Concha Espina.

La posguerra estuvo llena de dificultades económicas pero fue el momento en el que diversas editoriales religiosas lograron establecerse. La Editorial Católica lanzó a partir de 1944 la Biblioteca de Autores Cristianos publicando obras de los Padres de la Iglesia y de escritores cristianos de todos los tiempos. En ese mismo año, 1944, inició su andadura la editorial Gredos con traducciones de clásicos griegos y latinos, y, más tarde, con estudios sobre las literaturas románicas. En 1945, apareció Castalia, fundada por los hermanos Soler. En 1955, Francisco Pérez González creó Taurus. En 1959, apareció Alianza Editorial de la mano de José Ortega Spottorno, director de la Revista de Occidente. Se especializaron en libros de bolsillo, con obras narrativas y poéticas pero también de pensamiento y ensayo.

Los editores catalanes crearon diversos premios de narrativa que estimulaban las ventas posteriores: Nadal, Planeta, Herralde, Plaza y Janés. Las editoriales asentadas en Barcelona se dedicaron a obras de gran volumen y a la narrativa contemporánea. José Manuel Lara estableció el mayor grupo editorial español; comenzó en 1949 con la Editorial Planeta y las ventas le permitieron adquirir otras editoriales como Destino, Ariel, Seix-Barral, Deusto y la mejicana Julio Mortiz. Este célebre empresario se ha especializado en novedades para el gran público, obras políticas, historia reciente de España, etc.

Víctor Seix y Carlos Barral, herederos de los fundadores de Seix y Barral, se dedicaron a publicar las últimas novedades de la narrativa de alto interés literario. Otra editorial barcelonesa que siguió esta línea fue la fundada por José Herralde en 1969, Anagrama, que se hizo portavoz en España de las nuevas corrientes de pensamiento europeas a partir de mayo del 68. Tusquets editores apareció en el panorama editorial español en 1969 y se hizo popular con su colección erótica "La sonrisa vertical" que acaba de cumplir 20 años de existencia.

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Los libros de bolsillo (España)

La producción mundial de libros ha crecido de manera incesante debido a la mayor demanda de una población más educada aunque de manera muy desigual. Los países desarrollados concentran la producción frente a la escasez de los subdesarrollados, cuyos niveles de alfabetización siguen siendo muy bajos. La mayor demanda de libros en los países occidentales inspiró a sir Allen Lane una nueva concepción del libro, ?el libro de bolsillo?. La colección Penguin Books, nacida en 1935, pone a disposición de un público muy amplio las obras fundamentales clásicas y modernas. El libro de bolsillo es un libro pequeño, barato, encuadernado en rústica y sin ningún tipo de lujos. Con el tiempo, la calidad del papel y la encuadernación han ido mejorando. El precedente de los libros de bolsillo son las ediciones pequeñas de Aldo Manucio en los albores de la imprenta; las colecciones de autores clásicos de la familia Elzeviro en la Holanda del siglo XVII; las novelas de pequeño formato del librero valenciano Cabrerizo en los inicios del siglo XIX y en la década de 1920 la "Colección Universal" de la editorial Calpe.

Estudios y estudiosos bibliográficos durante el siglo XX (España)

Los estudios en torno al libro y la imprenta se vieron favorecidos por las disputas entre catalanes y valencianos por demostrar su prioridad en el establecimiento de la imprenta, y en el ímpetu que les llevó a escudriñar en sus bibliotecas en busca de la prueba definitiva, razón por la cual sus incunables y fondos antiguos fueron los mejor estudiados y clasificados. Los innumerables y exhaustivos trabajos de Vindel o los de Palau y Dulcet dieron paso a un periodo más sosegado en lo que se refiere a obras magistrales en torno a esta materia. F. J. Norton, en A descriptive catalogue of printing in Spain and Portugal 1501-1520 (Cambridge: Cambridge UP, 1965) ofrece una obra fundamental porque contiene nuevos datos y minuciosas descripciones de las obras de Spindeler, Pedro Posa, Rosembach o Amorós. Norton proporciona datos biográficos, listas anotadas de los caracteres que emplearon, marcas, escudos y otros datos de importancia. Por su parte, los trabajos de Antonio Rodríguez Moñino culminan con la publicación póstuma del Diccionario bibliográfico de pliegos sueltos poéticos (S. XVI) (Madrid: Castalia, 1970; 2ª ed. 1997).

El año 1974 trajo consigo todas las consabidas celebraciones de V Centenario y con ellas, multitud de artículos, tanto en revistas especializadas como en las dedicadas al gran público que divulgan la estima por el incunable. En los últimos años se ha vuelto a un relativo reposo. Los catálogos de la bibliotecas son empresas subvencionadas por el Estado en la mayoría de los casos y gracias a ello se logró el Catálogo de obras impresas en los siglos XVI a XVIII existentes en las bibliotecas españolas, el Catálogo General de Incunables y otros catálogos parciales patrocinados por las Comunidades Autónomas o los propios municipios. Es ésta una labor ímproba pero necesaria, ya que sólo conociendo las existencias reales de nuestras bibliotecas se podrá comenzar a establecer la historia del libro y la imprenta, la evolución en los gustos, la mayor o menor demanda de una obra y las relaciones entre diversas ediciones.

La tipografía, grabados, ilustraciones y los ex-libris modernistas.

Calígrafos y orfebres trabajan conjuntamente para reproducir la letra de los manuscritos y las caligrafías más usadas. La tipografía empleada en Alemania es la minúscula gótica que siguió usándose durante mucho tiempo para los libros de caballerías. Desde Italia se difunde la romana o redonda, preferida para los textos humanísticos. Los primeros tipos redondos usados en Subiaco pretenden reproducir la caligrafía de los humanistas italianos. Las letrerías empleadas por Juan Parix en Segovia, por Botel y Planck, por Pablo Hurus, o por Juan de Salzburgo en Barcelona y por los anónimos impresores valencianos son de procedencia italiana. En la última década del siglo XV se percibe un cambio de panorama tipográfico. Los tipos romanos que se habían venido usando en la península quedan en desuso y se sustituyen por los tipos góticos importados de Basilea.

Los primeros incunables no solían llevar ornamentación impresa. Miniaturistas e ilustradores tradicionales ?rellenaban? los huecos que el impresor había dejado en blanco a ese efecto con orlas, iniciales e imágenes completas. En muchos casos, el propietario del libro encargado de hacer completar su propio ejemplar, no lo hizo y han quedado sin ocupar. A partir de 1470, los impresores empiezan a estampar ellos mismos las iniciales aunque no al mismo tiempo que el resto del texto. Los grabados impresos siguen en un principio la misma técnica que los libros xilográficos. Tienen una función más didáctica que decorativa. La ilustración impresa se difunde también desde Alemania. Las planchas de madera para la ilustración se comercializan de modo que diferentes libros impresos en diferentes ciudades de Europa comparten las mismas ilustraciones. En ocasiones, un mismo libro utiliza una única xilografía para ilustrar varias ciudades, como ocurre en la Crónica de Nuremberg (Liber cronicarum) de Hartmann Schedel y que fue impresa por Anton Koberger el 12 de julio de 1493: Verona y Mantua comparten la misma imagen, al igual que Maguncia, Bolonia y Lyón.

En 1467, Ulrich Hahn imprimió en Roma las Meditationes de Juan de Torquemada, con treinta grabados xilográficos tomados de pinturas murales de la iglesia romana de Santa María sopra Minerva, hoy desaparecidas. En el ejemplar que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, se han coloreado a mano los grabados y se han añadido las iniciales que el impresor había dejado en blanco. En 1471, Günther Zainer imprimió en Augsburgo la Legenda Aurea de Jacobus de Voragine, con 131 xilografías. En esta obra se presentan las vidas de los santos de acuerdo con el año litúrgico y adecuando las historias al gusto "popular" en su afán de inclinar el corazón a la devoción divina. Se usó en las escuelas para la enseñanza y también como fuente de ejemplos morales para los sermones en el púlpito.

Asimismo, el Contemptus mundi de Jean Gerson fue el libro más popular en Europa a principios del siglo XVI, y fue manual básico de aprendizaje de la "devotio moderna". El teólogo reformista francés recomendaba las pinturas y grabados en los libros de devoción para estimular la oración mental, espiritual. Las estampas eran la mejor forma de acercar el mensaje al lector y los textos religiosos las emplearon más en este sentido que en su aspecto decorativo. Un buen ejemplo de su función es la estampa del Infierno que ilustra el Cordiale quattuor novissimorum de Dionisio el Cartujano (Zaragoza: Pablo Hurus, 1476), con la boca de Leviatán y, dentro de ella, los pecadores que están sufriendo tormentos por cada uno de los pecados capitales. Hay incunables insuperablemente ilustrados como el Apocalipsis impreso en Nuremberg en 1498, con 15 grandes grabados obra de Alberto Durero.

El primer libro impreso ilustrado del que tenemos noticia data de 1461. Se trata de una obra de Ulrich Boner, Edelstein, impresa en Bamberg por Albrecht Pfister. En España el primer libro impreso ilustrado copió una edición veneciana anterior y salió de los talleres sevillanos de Alfonso Puerto y Bartolomé Segura en 1480: es el Fasciculus temporum de Rodewinch. En España la ilustración depende casi por entero de la escuela alemana y de sus planchas, pero la ornamentación cuenta con un estilo peculiar inspirado en las corrientes orientales, en la formas geométricas árabes.

De la época incunable destacan las orlas e ilustraciones creadas para el Tirant lo Blanc de Martorell en el taller de Spindeler. Nicolaus Spindeler empezó trabajando en colaboración con Pedro Brun en Tortosa y más tarde en Barcelona. Una vez separado de Brun, Spindeler trabajó en Tarragona y en Valencia donde firmó un contrato con el librero alemán Johannes Rix de Cura para la impresión del Tirant lo Blanc de Joanot Martorell. Esta obra es de gran belleza tipográfica. Consta de 388 hojas formato folio, impresa a dos columnas con caracteres góticos como es habitual en los libros de caballerías. Las letras iniciales y capitales están grabadas en estilos diferentes. La orla grabada es de inspiración hispano-mudéjar.

Representa una escena de caza en el margen externo, animales entrelazados y dos leones que sostienen el escudo con la marca del impresor en el margen inferior, y motivos vegetales en los márgenes interior y superior. Los continuos cambios de lugar de Spindeler revelan lo que va a ser una constante entre los impresores, la precariedad económica les obliga a buscar nuevos mercados, a asociarse con libreros y mecenas que corran con los gastos de las ediciones, a empeñar en ocasiones sus herramientas de trabajo.

El primer libro impreso en Zamora que se conoce tiene la fecha de 25 de enero de 1482 por lo que cabe suponer que su impresor, Antonio de Centenera, se instaló en la ciudad al menos en 1481, donde trabajó hasta 1492. Los doce trabajos de Hércules es una buena muestra de la calidad alcanzada por la imprenta española respecto a la influencia germana. Las ilustraciones, creadas ex profeso para la edición zamorana, ocupan medio folio y representan un estilo plenamente hispano. Cada una de ellas complementa el texto.

En el siglo XVI abundaron los sermones gráficos o la vida de santos profusamente ilustrados como La Vida de Santa Magdalena en cobles escrita por Jaime Gassul (Valencia: Juan de Jofre, 1505). Imágenes y texto se complementan en los libros de viajes, muy especialmente en los "viajes piadosos", como en la Verdadera información de la Tierra Santa según la disposición en que en este año de 1530 el autor la vio y paseó de fray Antonio de Aranda (Toledo: Fernando de Santa Catalina, 1545). Los grabados que acompañaban las diferentes ediciones del Libro de las maravillas del mundo de Juan de Mandeville, escrito a mediados del siglo XIV, reproducen las fantasías relatadas por Mandeville siguiendo fielmente las grotescas imágenes que los miniaturistas medievales habían creado.

El nivel y la calidad alcanzados por las obras impresas durante el siglo XVII se ven seriamente mermados a medida que avanza el siglo. La crisis económica y las guerras empobrecen al país. Los impresores no pueden renovar su material, experimentar con nuevos tipos y el papel es cada vez de peor calidad. Se emplean dos tipos de papel: el de la ?tierra?, hecho en España y de mala calidad, y el de Génova o ?del corazón?, reservado para ediciones más cuidadas. La tipografía gótica desaparece a lo largo del siglo XVI, aunque perdura algo más en las ediciones de libros de caballerías; se sustituye con la tipografía romana o redonda. Se juega en la composición alternando esta letra con la cursiva para portadas, epígrafes y citas. La calidad disminuye en el siglo XVII y las erratas son cada vez más frecuentes. Los tipos se usan hasta que están completamente gastados. Algunos nombres mantienen el nivel de calidad: Luis Sánchez a principios de siglo en Madrid, la Imprenta Real, Antonio Vázquez en Alcalá y Tabernier en Salamanca.

Las ilustraciones barrocas tienden a la alegoría. Se eliminan las imágenes puramente narrativas que explicaban el texto. El número de ilustraciones va disminuyendo con el siglo. Al limitarse las estampas, las elegidas suelen ser retratos: simples en caso de tratarse del autor y que se decoran profusamente con motivos alegóricos que enaltecen al personaje si el retratado es el rey o un alto cargo de la corte. Las ilustraciones del siglo XVIII se aligeran de carga alegórica respecto al barroco. Se utilizan muchas viñetas tipográficas con las que se componen remates, cabeceras y orlas. La riqueza decorativa del rococó emplea motivos ornamentales considerados clásicos como amorcillos, guirnaldas o palomas. Francia pone de moda la literatura erótica en libros delicadamente impresos con ilustraciones sensuales y en ocasiones escabrosas. Escenas de camas con baldaquinos, parejas recostadas en un sofá, dan lugar a que el ilustrador se luzca y a que estos libros se miren más que se lean. Los pintores conciben sus obras pensando en el grabador y en el medio de difusión que van a tener. El rococó francés es la edad de oro de la ilustración desde donde se difunde al resto de Europa.


En los grabados decimonónicos se busca no sólo el valor artístico sino también su poder comunicativo. El número de lectores aumenta a lo largo del siglo pero muchos de ellos se encuentran más atraídos por las imágenes que ayudaban a la comprensión. Gracias al desarrollo de las ilustraciones alcanzan gran importancia los libros infantiles que emplean por primera vez el color. En un principio lo añadían a mano mujeres y niños, pero más adelante se logró la reproducción mecánica mediante un proceso llamado cromolitografía.

El alemán Aloys Senefelder (1771-1834) descubrió un nuevo procedimiento, la litografía o grabado en piedra. Se empleó para publicaciones musicales y también para la reproducción de cuadros y estampas. Artistas franceses como Delacroix, Degas y Toulouse-Lautrec lo emplearon y perfeccionaron. Se utilizó en las Fables de La Fontaine en 1818 y el propio Delacroix ilustró litográficamente la edición de el Fausto de Goethe realizada por Charles Motte en 1828. Gustavo Doré (1832-1883) creó la imagen clásica de Don Quijote y Sancho Panza, además de ilustrar ediciones de la Biblia, el Orlando Furioso, los Cuentos de Perrault y otras muchas. Las ilustraciones se consideran ya en este momento absolutamente imprescindibles para atraer a los lectores hasta el punto de que el editor londinense Richard Bentley encargó una novela a Charles Dickens, Oliver Twist (1838), y al mismo tiempo, las ilustraciones al famoso caricaturista George Cruikshank (1792-1878).

El siguiente paso en el mundo de la ilustración fue el fotograbado, procedimiento que se deriva de la fotografía y que permite la reproducción de dibujos, textos, estampas y fotografías. La mecanización era vista como una degeneración de la artesanía del libro que fue reivindicada por William Morris (1834-1896). Su taller, Kelmscott Press, carecía de finalidad comercial. Su intención era producir libros bellos, lo que convierte a Morris en una pieza fundamental para el nacimiento de diversos movimientos estéticos europeos: el Jugendstil en Alemania, el Art Nouveau en Francia y el Modernismo en España. El renacimiento de las artes decorativas en el periodo de fin de siglo supuso un gran enriquecimiento para los libros. Se busca la innovación, nuevos formatos, tintas, colores, texturas, tipos. En 1900 Juan Ramón Jiménez publica en Madrid Almas de violeta, impreso en tinta violeta. Poco después se eligió el verde para la publicación de Ninfeas. El modernismo concibe el libro como un objeto de arte en sí mismo y no como simple recipiente de un texto.

Hasta principios del siglo XX los ex-libris no pretendían otra cosa que identificar al poseedor del libro y evitar que se extraviase o fuese robado. A principios del siglo XX estas marcas se convierten en objetos de arte por sí mismos. Emblemas, divisas y símbolos animales o vegetales caracterizan al dueño del libro que desea dejar su impronta en cada ejemplar. Alegorías y emblemas ocupan el centro y aparecen orladas por motivos geométricos o vegetales. La moda de los ex-libris surge simultáneamente en Francia, Inglaterra, Alemania y España, donde destaca Cataluña gracias a la labor llevada a cabo por Alejandro Riquer y José Triadó, además de Corominas, Moyá y Pascó. La Revista Ibérica de Ex-libris se funda en 1903 y perdura hasta 1906, lo que sirvió para difundir el gusto por el ex-libris.

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El arte de la encuadernación

Durante la Edad Media el libro era un objeto lujoso que muy pocos podían permitirse poseer. En la península ibérica confluyeron las influencias gótico-europeas junto con las encuadernaciones árabes y las mudéjares. Las ricas encuadernaciones de orfebrería pretendían proteger, pero también decorar, aunque la mayoría de los libros se encuadernaban en cuero o piel vuelta. Las encuadernaciones árabes eran de cartera, es decir, una de las tapas se prolongaba en una solapa que cubría la otra tapa, y se decoraban con hierros en seco. El curtido de pieles que se había desarrollado en el mundo musulmán perduró en las tierras reconquistadas donde artistas árabes se especializan entre los siglos XIII y XVI en la encuadernación decorada. La abundancia de libros gracias al desarrollo de la imprenta obliga a los encuadernaciones a buscar soluciones más rápidas y baratas. La solución la encuentran los encuadernadores alemanes y flamencos: la "rueda" era un pequeño cilindro metálico en cuya superficie se grababa el motivo elegido y se aplicaba a la piel dejando marcada la orla deseada. Otra de las novedades fue el empleo de oro en las decoraciones. Los árabes la habían empleado antes pero era una técnica difícil. A partir del XVI se generaliza su uso y desde 1560 se aplica sistemáticamente.

La portada, excepcional en los primeros incunables, se hace habitual en los últimos años del siglo XV. A lo largo del siglo XVI, los impresores prestan una mayor atención a la portada que se decora con orlas grabadas, los títulos se simplifican y se añade el pie de imprenta. A partir de 1558 se hace obligatorio que figure el nombre del autor, el del impresor y el lugar de impresión. La decoración de las orlas se fue complicando y adaptando a las diversas modas y los gustos de la época y público. No se decora del mismo modo un pliego suelto que relata un caso ?espantable? que un texto humanista. Artistas grabadores se fueron haciendo cargo de la decoración de las portadas.

La ilustración y ornamentación barroca ocupan las portadas del siglo XVII con profusión de frontispicios, letras iniciales, cabeceras, remates, escudos nobiliarios, emblemas, alegorías, retratos. La complicación de los elementos de la portada llega a su culmen en el siglo XVII. Se abandona la técnica xilográfica a favor de la calcografía. El grabador comienza a salir del anonimato y a firmar sus obras. Al igual que con la difusión de la imprenta, los primeros grabadores proceden del norte de Europa y ellos formarán en sus técnicas a la siguiente generación. La influencia de los Países Bajos, a través de las obras de Plantin, favorece a los artesanos grabadores flamencos que se instalan en España: Pedro Perret, Diego de Astor, Juan Schorgens, Alardo de Popma, Juan de Noort. Entre los españoles destacan Pedro de Villafranca, Matías de Arteaga, Marcos de Orozco y Diego de Obregón. Importantes pintores probaron su maestría en el grabado como Murillo, Valdés Leal, Claudio Coello.

Las encuadernaciones barrocas tienen un aspecto menos "nacional" y una mayor influencia de motivos europeos. El estilo más empleado fue el denominado de abanicos en parte debido a la moda de los abanicos traídos desde China por los portugueses en el siglo XVI. En el siglo XVIII destaca en Madrid el taller de encuadernación de Antonio Sancha, quien introduce diferentes modelos de estilo rococó como el de mosaico que combina pieles de diferentes colores, temas florales que muestran una complicada bordadura cuajada de lirios, azucenas y clavellinas. Se emplean cantos y cortes dorados, adornos de rejilla y guardas de papel pintado con reflejos metálicos. De Francia importó Sancha la encuadernación a la dentelle, que imita un fino encaje. Tras la profusión rococó surge a finales del siglo XVIII el estilo neoclásico en busca de la elegancia de la sencillez. El siglo XVIII trae consigo una nueva estética que tendrá su reflejo en la tipografía más sobria y equilibrada. A partir de mediados del siglo la renovación de la imprenta es un hecho y los libros se liberan del barroquismo anterior. Nace un nuevo concepto de portada con la presencia de ciertos elementos estables y bien organizados. En 1771 aparece el primer ?muestrario?, las Muestras de caracteres de Antonio Espinosa y en 1777 se publica la Muestra de caracteres que se hallan en la Fábrica del Convento de S. Joseph de Barcelona.

Gabriel Sancha prolonga el trabajo de su padre junto con otros encuadernadores de renombre como Herrera, Gabriel Gómez o Ulloa. Los capiteles, guirnaldas, vasos y pilastras clásicos son los elementos más empleados. Se decoran profusamente los lomos y se reduce la decoración de las tapas que queda limitada a una orla recta de rueda cada vez más fina. Este tipo de encuadernación se desarrollará plenamente durante el reinado de Carlos IV.

En las primeras décadas del XIX reina el estilo imperio, que no es sino una continuación del neoclásico. Cabe destacar en el arte de la encuadernación del siglo XIX el desarrollo de las técnicas valencianas, desarrolladas por la familia Mallén, que estaba asentada en Valencia desde que saliera de Francia; allí establecieron su taller, que sirvió de escuela a muchos artesanos y artistas. José Beneyto descubrió el efecto del agua sobre los ácidos de la piel y logró las multicolores pastas valencianas.

Entre 1840 y 1845 se ponen de moda los terciopelos, rasos y moarés. Durante el reinado de Isabel II aparecen las encuadernaciones románticas creadas por el francés Joseph Thouvenin, creando el estilo a la catedral que se inspiraba en los elementos decorativos de las catedrales góticas. A partir del romanticismo se pretende que la decoración de la portada esté en consonancia con el texto. Entre los nombres de grandes encuadernadores del siglo XIX es obligado mencionar a Pedro Domenech, que quiso restaurar el arte de encuadernación catalana.

La estética modernista, por fin, llega a las encuadernaciones que hacen uso de adornos florales, lirios, crisantemos, nenúfares, y azucenas. La estilización permanente le permite decorar a base de animales y plantas que por su exotismo se adaptan al gusto por el arabesco: libélulas, lagartos, mariposas, ranas; además, hay dibujos simples de colores planos, sin sombras. En nuestro siglo, los nombres de los dos grandes encuadernadores son los de Brugalla y Palomino.

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La legislación y la censura sobre el libro

La invención del papel, de la xilografía y de la imprenta de tipos móviles corresponde a China; por ello, es natural que la primera muestra de represión contra la difusión de las ideas contenidas en un libro se produzca también allí. En el año 213 a.C., el emperador Ts?in Shihuangti ordenó, de hecho, la quema de ciertos manuscritos sobre madera que criticaban su política. Durante la Edad Media europea se persiguieron diversas herejías y se quemaron los libros que las difundían: a fines del siglo VI se destruyen todos los libros arrianos; a principios del siglo XII, santo Domingo de Guzmán sometió los libros de los albigenses a la prueba del fuego; no obstante, en términos generales, la Iglesia censuraba más las ideas que los textos. Se consideraba que los libros eran instrumentos de trabajo y objeto de estudiosos y no se estimaba su poder de propaganda.

A fines del siglo XV y principios del XVI, la iglesia controlaba aún la producción de libros. La llegada de la imprenta modificó esta situación. La Iglesia no sentía, en un principio, la necesidad de tomar precauciones cuando algunos impresores del sur de Alemania comenzaron a imprimir en alemán no sólo obras edificantes sino también la Biblia. Este movimiento de traducción y difusión de la Biblia en las lenguas vulgares se extendió por Italia, Francia, los Países Bajos y España. Una lujosa edición de la Biblia ilustrada sale de las prensas de Anton Koberger desde Nuremberger. Los dominicos, que dominaban la universidad, se alarmaron y pidieron ayuda a Roma.

En marzo de 1479 el Papa estableció la censura previa de todos los libros puestos a la venta. La censura inquisitorial quedó establecida como tal a partir de 1485 cuando el arzobispo de Maguncia, Berthold von Honneberg exigió que se suprimiesen los libros ?peligrosos? de la feria de cuaresma. Denunció el mal uso que se estaba haciendo de la imprenta tanto en las traducciones de textos litúrgicos, misales, libros de leyes y también en lo que respecta a autores clásicos. En su escrito, se especifica que todos los libros han de ser autorizados por una comisión de cuatro miembros que incluyan profesores universitarios de Erfurt.

La censura llegó a las distintas ciudades y países a medida que el número de imprentas aumentaba y que su producción comenzaba a ser significativa. Venecia era por entonces la ciudad más importante de la época y controlaba el comercio del Mediterráneo. Pronto se convirtió en el principal centro impresor de Europa. El arzobispo Niccolò Franco prohibió la publicación de cualquier libro de tema religioso sin la autorización del obispo o del vicario general. En 1487, Inocencio VIII publicó la Bula contra impressores librorum reprobatorum. La intervención del Papa se hizo sistemática a partir del 1501, cuando Alejandro VI reforzó las medidas existentes y prohibió, bajo pena de excomunión, cualquier publicación sin licencia del obispo correspondiente.

La imprenta fue muy bien recibida en un principio por Isabel y Fernando, que protegieron de tasas aduaneras a los impresores y tratantes de libros ofreciéndoles beneficios de los que no disfrutaban otros artesanos. El apoyo a las letras a través del nuevo invento es la explicación que los propios reyes ofrecen al promulgar estos privilegios en documentos oficiales pero además, deciden aprovechar la posibilidad de multiplicar las copias de sus propios edictos y leyes. Una pragmática de los Reyes Católicos de 1502 obliga a someter todos los libros que vayan a ser impresos a la autorización y licencia del Consejo Real o su equivalente en los distintos reinos. El control abarcaba tanto a los libros impresos en sus reinos como a los importados. Esta pragmática no sólo pretendía controlar los ?libros de molde? sino asegurar la calidad al recomendar a ?libreros e imprimidores y mercaderes e factores que haygan e traygan los dichos libros bien hechos e perfectos y enteros y bien corregidos y enmendados y escritos de buena letra e tinta e buenas márgenes y en buen papel y no con títulos menguados, por manera que toda la obra sea perfecta y que en ella no pueda haver ni aya falta alguna.?

A medida que se vislumbraba la repercusión cultural y política del libro, los monarcas dieron forma a un cuerpo legislativo cada vez más complejo y la iglesia decidió intervenir de modo que se requiriera su aprobación para cada impresión. La cultura y el mundo de las ideas pronto fueron identificados con la imprenta. En 1478, se imprime en Valencia una traducción catalana de la Biblia que se conoce como la Biblia de Valencia. En 1498, la Inquisición da orden de que se quemen todos los ejemplares en la plaza del rey de Barcelona. Consiguió salvarse un solo ejemplar que se conservó en la Biblioteca Real de Estocolmo hasta que ésta quedó destruida en un incendio en 1697.

En 1517, se inicia la rebelión de Lutero, que hace uso excepcional del poder de difusión de la imprenta. Las prohibiciones aumentan y los controles se hacen más férreos. Carlos V ordena la censura previa de todos los textos y en 1523 prohíbe la publicación de las obras de Lutero; un año más tarde el papa Clemente VII siguió su ejemplo. Las universidades establecen los primeros Índices de Libros Prohibidos. El Concilio de Trento (1545-1563) presta una gran atención a los libros y la imprenta. Establece la Vulgata como la única versión de la Biblia aceptada y prohíbe todas las demás. En 1554 Carlos V y el príncipe Felipe centralizan el control y la censura de libros que ha de pasar necesariamente por su Consejo.

En 1558, recién coronado Felipe II, se promulga una ley aún más severa y restrictiva: se prohíbe, bajo pena de muerte y confiscación de bienes, la entrada de libros en romance impresos fuera de Castilla a menos que lleven licencia expresa del Consejo Real. Ningún libro, ni en romance ni en latín, se puede imprimir sin la consiguiente licencia. La pragmática de 1558 establece la configuración externa del libro. El Consejo autoriza un original que debe ir adecuadamente foliado y paginado, el texto se imprime junto con el colofón en el que deben figurar todos los datos del impresor. Una vez impreso el texto, el Consejo lo cotejaba con el original que él había aprobado previamente tras lo cual, se imprimían la portada y los preliminares, donde se daba cuenta de la obtención de la licencia. De ahí derivan las divergencias de fecha entre el colofón y la portada, ya que podían transcurrir varios meses hasta que se concluían los trámites. A lo largo del siglo XVI, los impresores decoraron la portada con orlas grabadas, simplificaron títulos y añadieron el pie de imprenta en el que constaban, obligatoriamente, el nombre del autor, el del impresor y el lugar de impresión.

La censura civil actuaba ?antes? de la publicación. La censura inquisitorial revisaba los libros en cualquier momento de su circulación. La Inquisición controlaba la impresión, la venta y la circulación. Los puertos y las fronteras eran un punto de vigilancia especial y los libros que debían llevarse o no a América fueron objeto de una legislación especial. Se promulgaron leyes específicas que impedían la circulación de algunas obras en América aunque sin demasiada fortuna. Ya en 1506 se dictó la primera norma sobre el comercio y circulación de libros con relación al Nuevo Mundo. Posteriormente, en 1531 y nuevamente en 1536, se prohibió el envío de libros de romances, historias vanas y fingidas, de libros de caballerías que, no obstante, fueron los libros preferidos de conquistadores y colonos.

Amadises y libros del mismo género llegaban a los puertos americanos en grandes cantidades alentados por las grandes ganancias que suponían para los editores y libreros sevillanos. Por lo demás, los libros en el Nuevo Mundo estaban sujetos a la misma legislación que la castellana. Se necesitaba una licencia otorgada por el Consejo Real y el visto bueno de la Inquisición. Los libros que se enviaban a través del puerto sevillano pasaban la censura inquisitorial en dicha ciudad antes de embarcar. Los métodos para burlar el control eran de lo más variado: desde el cambio de la portada para ocultar una obra prohibida bajo el nombre de un autor fuera de toda sospecha, la encuadernación de un libro herético junto con otras que no lo eran o la falsificación de datos.

En 1559, Paulo IV promulgó el primer Index librorum prohibitorum aunque apenas tuvo vigencia a causa de las muchas erratas que contenía y por tener obras escritas por obispos y cardenales. En 1564, impreso por Manuzio, Pío IV lo reformó y publicó nuevamente. Se estableció una comisión especial, la Congregación del Índice, encargada de vigilar y llevar a cabo las sucesivas ediciones del Índice. La última es la de 1948 y su supresión completa llegó en 1966, bajo el papado de Pablo VI. La Inquisición española mantuvo su independencia respecto a la legislación emanada de Roma y publicó sus propios Índices de Libros Prohibidos. A lo largo del siglo XVI, la Inquisición sacó a la luz tres índices, en 1551, 1559 y 1583-84.

Es necesario distinguir entre índice prohibitorio e índice expurgatorio. Los prohibitorios censuran una obra completa o un autor en su totalidad; estos libros eran quemados públicamente. Los libros expurgados se salvan aunque han de modificar o suprimir ciertos párrafos o capítulos. La idea de crear un Índice expurgatorio que salvara de la quema muchos libros, fue de Arias Montano. En los talleres de Plantino, en Flandes, salieron el Index librorum prohibitorum (Amberes: 1570) y el Index Expurgatorius Librorum qui hoc seculo prodierunt (Amberes: 1571). Por orden del cardenal Quiroga, inquisidor general, se promulgó el último de los índices del siglo XVI y el más importante de ellos. Consta de dos partes, una prohibitoria y otra expurgatoria. Ordena los libros según su lengua y en cada apartado según orden alfabético.

Estas normativas siguen vigentes en el siglo XVII y condicionan tanto la forma como el contenido de los libros y dificultan extraordinariamente su difusión. Se grava con impuestos especiales a las imprentas que hasta entonces y desde tiempos de los Reyes Católicos, habían disfrutado de exención de impuestos. La censura eclesiástica se ve reforzada por la censura política que había sido más benevolente hasta este momento. Las nuevas disposiciones vienen a endurecer las condiciones para la producción y venta del libro. Castilla y la Corona de Aragón mantenían ciertas diferencias legislativas que hacían posible la publicación de ciertos textos en un reino pero no en el otro. En 1610, Felipe III dictó una pragmática por la que los autores castellanos no podían imprimir en Aragón ni ningún otro reino sin una licencia especial. Los libros importados eran la principal fuente de preocupación de los censores encargados de que las ideas que recorrían Europa no penetraran en España. En 1612 se exigió a los importadores una lista anual de todos los libros importados, con el nombre del autor y la fecha y lugar de impresión. Del mismo modo, los libreros debían presentar una lista de los fondos que poseían en sus depósitos.

La censura inquisitorial no cesa y nuevos índices regulan la publicación española: Sandoval (1612 y 1614), Zapata (1632) y Sotomayor (1640 y 1667). Paralelamente, la censura política va cobrando más importancia. Felipe IV continuó la labor legislativa referente al libro, sometiendo a censura previa los ?libros no necesarios?por una ley publicada en 1627. Carlos II prohibió en 1682 la publicación de cualquier libro, memorial o papel que tratara de asuntos de gobierno. La llegada de los Borbones en el siglo XVIII reforzó el control que se había intentado mantener sobre la imprenta desde sus inicios y reguló por primera vez la actuación de la Iglesia, y más concretamente de la Inquisición. El poder real se afirmó superior al inquisitorial tras varios enfrentamientos protagonizados por Fernando VI y Carlos III.

En 1754, Fernando VI promulgó la Ley 22 sobre impresores y libreros que exigía una licencia especial para las obras de autores españoles en romance e imponía tasas extra a cualquier libro impreso fuera de España que se quisiera comercializar. Las medidas contra la importación de libros tienen dos propósitos: proteger la producción nacional y dificultar la entrada de ideas extrajeras. Los libreros eran los más perjudicados económicamente ya que les impedía beneficiarse de su labor de intermediarios. El gremio de libreros, siempre mejor organizado que el de impresores, recurrió en último extremo a Malesherbes, Director de la Libraire en Francia, a fin de hacerle ver lo perjudicial de esta norma para el comercio francés y logrando de este modo que se revisara esa parte de la Ley.

Carlos III publicó una cédula en 1788 sobre "Privilegios que se han de conceder para la impresión y reimpresión de libros, distinguiéndose la Real Biblioteca, Universidades, Academias y Reales Sociedades". Se intenta potenciar el crecimiento del comercio del libro, proteger los derechos de autor y evitar la subida de precio de los libros indispensables para la formación como el Catón Cristiano, Espejo de cristal fino, los Catecismos del padre Ripalda y Astete que mantienen sus precios fijos. También se ocupó Carlos III de la incipiente producción de periódicos. Una Ley de 1791 prohíbe su publicación a raíz de los acontecimientos ocurridos en Francia. Se permite editar únicamente el Diario de Madrid, Gaceta de Madrid y el Mercurio Histórico y Político de España (véase periodismo).

En 1807 se publica la Novísima Recopilación en la que se recogen las setenta y dos leyes promulgadas sobre el libro y la imprenta desde 1480. En 1879 se promulgó la Ley de Propiedad Intelectual. Las Cortes de Cádiz legislaron a principios de siglo a favor de los derechos de los autores, pero sus disposiciones tuvieron una vigencia muy corta. Mediado el siglo XIX (1847), el ministro de Comercio, Instrucción Pública y Obras Públicas, Nicomedes Pastor Díaz, promulgó una ley que concedía la propiedad de las obras al autor de por vida y a sus herederos durante un periodo de 50 años. Sin embargo, esta Ley no tuvo desarrollo posterior y nunca se llevó a cabo. La Ley de 1879 ha seguido vigente hasta que fue sustituida en 1987 por una ley más amplia que recoge las novedades tecnológicas y los nuevos medios de comunicación.

En 1918, los editores catalanes se unieron en la Cámara del Libro de Barcelona a fin de solucionar la crisis de exportaciones ocasionada por la Primera Guerra Mundial. A semejanza de la Cámara de Barcelona, nació la Cámara Oficial de Libro por decreto del gobierno de Antonio Maura. Estas Cámaras no desaparecieron al llegar la Segunda República y siguieron ejerciendo su función, pero a ellas se sumó, en 1935, el Instituto del Libro, que debía formar una bibliografía en lengua española, confeccionar estadísticas de producción, el registro de contratos y la planificación anual de las publicaciones de interés cultural además de organización de ferias y exposiciones de libros españoles. Este Instituto del Libro pasó a depender de la Subsecretaría de Prensa y Propaganda tras la Guerra Civil. Fue rebautizado en 1941 como Instituto Nacional del Libro Español (INLE), al desaparecer las Cámaras del Libro de Barcelona y Madrid cuya labor asume el INLE, dividido ahora en tres secciones: política cultural, ordenación bibliográfica y política comercial.

La Unesco es una institución internacional creada en 1946 con el propósito de mejorar el nivel cultural de las naciones, asegurar el derecho a la educación y a través de ella la paz, la justicia y el respeto a los derechos humanos. La Unesco ha abogado por la libre circulación de libros y la protección de los derechos de autor. Ha trabajado por el establecimiento de industrias editoriales en los países que carecían de ellas.

Durante la Edad Media el libro era un objeto lujoso que muy pocos podían permitirse poseer. En la península ibérica confluyeron las influencias gótico-europeas junto con las encuadernaciones árabes y las mudéjares. Las ricas encuadernaciones de orfebrería pretendían proteger, pero también decorar, aunque la mayoría de los libros se encuadernaban en cuero o piel vuelta. Las encuadernaciones árabes eran de cartera, es decir, una de las tapas se prolongaba en una solapa que cubría la otra tapa, y se decoraban con hierros en seco. El curtido de pieles que se había desarrollado en el mundo musulmán perduró en las tierras reconquistadas donde artistas árabes se especializan entre los siglos XIII y XVI en la encuadernación decorada. La abundancia de libros gracias al desarrollo de la imprenta obliga a los encuadernaciones a buscar soluciones más rápidas y baratas. La solución la encuentran los encuadernadores alemanes y flamencos: la "rueda" era un pequeño cilindro metálico en cuya superficie se grababa el motivo elegido y se aplicaba a la piel dejando marcada la orla deseada. Otra de las novedades fue el empleo de oro en las decoraciones. Los árabes la habían empleado antes pero era una técnica difícil. A partir del XVI se generaliza su uso y desde 1560 se aplica sistemáticamente.

La portada, excepcional en los primeros incunables, se hace habitual en los últimos años del siglo XV. A lo largo del siglo XVI, los impresores prestan una mayor atención a la portada que se decora con orlas grabadas, los títulos se simplifican y se añade el pie de imprenta. A partir de 1558 se hace obligatorio que figure el nombre del autor, el del impresor y el lugar de impresión. La decoración de las orlas se fue complicando y adaptando a las diversas modas y los gustos de la época y público. No se decora del mismo modo un pliego suelto que relata un caso ?espantable? que un texto humanista. Artistas grabadores se fueron haciendo cargo de la decoración de las portadas.

La ilustración y ornamentación barroca ocupan las portadas del siglo XVII con profusión de frontispicios, letras iniciales, cabeceras, remates, escudos nobiliarios, emblemas, alegorías, retratos. La complicación de los elementos de la portada llega a su culmen en el siglo XVII. Se abandona la técnica xilográfica a favor de la calcografía. El grabador comienza a salir del anonimato y a firmar sus obras. Al igual que con la difusión de la imprenta, los primeros grabadores proceden del norte de Europa y ellos formarán en sus técnicas a la siguiente generación. La influencia de los Países Bajos, a través de las obras de Plantin, favorece a los artesanos grabadores flamencos que se instalan en España: Pedro Perret, Diego de Astor, Juan Schorgens, Alardo de Popma, Juan de Noort. Entre los españoles destacan Pedro de Villafranca, Matías de Arteaga, Marcos de Orozco y Diego de Obregón. Importantes pintores probaron su maestría en el grabado como Murillo, Valdés Leal, Claudio Coello.

Las encuadernaciones barrocas tienen un aspecto menos "nacional" y una mayor influencia de motivos europeos. El estilo más empleado fue el denominado de abanicos en parte debido a la moda de los abanicos traídos desde China por los portugueses en el siglo XVI. En el siglo XVIII destaca en Madrid el taller de encuadernación de Antonio Sancha, quien introduce diferentes modelos de estilo rococó como el de mosaico que combina pieles de diferentes colores, temas florales que muestran una complicada bordadura cuajada de lirios, azucenas y clavellinas. Se emplean cantos y cortes dorados, adornos de rejilla y guardas de papel pintado con reflejos metálicos. De Francia importó Sancha la encuadernación a la dentelle, que imita un fino encaje. Tras la profusión rococó surge a finales del siglo XVIII el estilo neoclásico en busca de la elegancia de la sencillez. El siglo XVIII trae consigo una nueva estética que tendrá su reflejo en la tipografía más sobria y equilibrada. A partir de mediados del siglo la renovación de la imprenta es un hecho y los libros se liberan del barroquismo anterior. Nace un nuevo concepto de portada con la presencia de ciertos elementos estables y bien organizados. En 1771 aparece el primer ?muestrario?, las Muestras de caracteres de Antonio Espinosa y en 1777 se publica la Muestra de caracteres que se hallan en la Fábrica del Convento de S. Joseph de Barcelona.

Gabriel Sancha prolonga el trabajo de su padre junto con otros encuadernadores de renombre como Herrera, Gabriel Gómez o Ulloa. Los capiteles, guirnaldas, vasos y pilastras clásicos son los elementos más empleados. Se decoran profusamente los lomos y se reduce la decoración de las tapas que queda limitada a una orla recta de rueda cada vez más fina. Este tipo de encuadernación se desarrollará plenamente durante el reinado de Carlos IV.

En las primeras décadas del XIX reina el estilo imperio, que no es sino una continuación del neoclásico. Cabe destacar en el arte de la encuadernación del siglo XIX el desarrollo de las técnicas valencianas, desarrolladas por la familia Mallén, que estaba asentada en Valencia desde que saliera de Francia; allí establecieron su taller, que sirvió de escuela a muchos artesanos y artistas. José Beneyto descubrió el efecto del agua sobre los ácidos de la piel y logró las multicolores pastas valencianas.

Entre 1840 y 1845 se ponen de moda los terciopelos, rasos y moarés. Durante el reinado de Isabel II aparecen las encuadernaciones románticas creadas por el francés Joseph Thouvenin, creando el estilo a la catedral que se inspiraba en los elementos decorativos de las catedrales góticas. A partir del romanticismo se pretende que la decoración de la portada esté en consonancia con el texto. Entre los nombres de grandes encuadernadores del siglo XIX es obligado mencionar a Pedro Domenech, que quiso restaurar el arte de encuadernación catalana.

La estética modernista, por fin, llega a las encuadernaciones que hacen uso de adornos florales, lirios, crisantemos, nenúfares, y azucenas. La estilización permanente le permite decorar a base de animales y plantas que por su exotismo se adaptan al gusto por el arabesco: libélulas, lagartos, mariposas, ranas; además, hay dibujos simples de colores planos, sin sombras. En nuestro siglo, los nombres de los dos grandes encuadernadores son los de Brugalla y Palomino.

La legislación y la censura sobre el libro

La invención del papel, de la xilografía y de la imprenta de tipos móviles corresponde a China; por ello, es natural que la primera muestra de represión contra la difusión de las ideas contenidas en un libro se produzca también allí. En el año 213 a.C., el emperador Ts?in Shihuangti ordenó, de hecho, la quema de ciertos manuscritos sobre madera que criticaban su política. Durante la Edad Media europea se persiguieron diversas herejías y se quemaron los libros que las difundían: a fines del siglo VI se destruyen todos los libros arrianos; a principios del siglo XII, santo Domingo de Guzmán sometió los libros de los albigenses a la prueba del fuego; no obstante, en términos generales, la Iglesia censuraba más las ideas que los textos. Se consideraba que los libros eran instrumentos de trabajo y objeto de estudiosos y no se estimaba su poder de propaganda.

A fines del siglo XV y principios del XVI, la iglesia controlaba aún la producción de libros. La llegada de la imprenta modificó esta situación. La Iglesia no sentía, en un principio, la necesidad de tomar precauciones cuando algunos impresores del sur de Alemania comenzaron a imprimir en alemán no sólo obras edificantes sino también la Biblia. Este movimiento de traducción y difusión de la Biblia en las lenguas vulgares se extendió por Italia, Francia, los Países Bajos y España. Una lujosa edición de la Biblia ilustrada sale de las prensas de Anton Koberger desde Nuremberger. Los dominicos, que dominaban la universidad, se alarmaron y pidieron ayuda a Roma.

En marzo de 1479 el Papa estableció la censura previa de todos los libros puestos a la venta. La censura inquisitorial quedó establecida como tal a partir de 1485 cuando el arzobispo de Maguncia, Berthold von Honneberg exigió que se suprimiesen los libros ?peligrosos? de la feria de cuaresma. Denunció el mal uso que se estaba haciendo de la imprenta tanto en las traducciones de textos litúrgicos, misales, libros de leyes y también en lo que respecta a autores clásicos. En su escrito, se especifica que todos los libros han de ser autorizados por una comisión de cuatro miembros que incluyan profesores universitarios de Erfurt.

La censura llegó a las distintas ciudades y países a medida que el número de imprentas aumentaba y que su producción comenzaba a ser significativa. Venecia era por entonces la ciudad más importante de la época y controlaba el comercio del Mediterráneo. Pronto se convirtió en el principal centro impresor de Europa. El arzobispo Niccolò Franco prohibió la publicación de cualquier libro de tema religioso sin la autorización del obispo o del vicario general. En 1487, Inocencio VIII publicó la Bula contra impressores librorum reprobatorum. La intervención del Papa se hizo sistemática a partir del 1501, cuando Alejandro VI reforzó las medidas existentes y prohibió, bajo pena de excomunión, cualquier publicación sin licencia del obispo correspondiente.

La imprenta fue muy bien recibida en un principio por Isabel y Fernando, que protegieron de tasas aduaneras a los impresores y tratantes de libros ofreciéndoles beneficios de los que no disfrutaban otros artesanos. El apoyo a las letras a través del nuevo invento es la explicación que los propios reyes ofrecen al promulgar estos privilegios en documentos oficiales pero además, deciden aprovechar la posibilidad de multiplicar las copias de sus propios edictos y leyes. Una pragmática de los Reyes Católicos de 1502 obliga a someter todos los libros que vayan a ser impresos a la autorización y licencia del Consejo Real o su equivalente en los distintos reinos. El control abarcaba tanto a los libros impresos en sus reinos como a los importados. Esta pragmática no sólo pretendía controlar los ?libros de molde? sino asegurar la calidad al recomendar a ?libreros e imprimidores y mercaderes e factores que haygan e traygan los dichos libros bien hechos e perfectos y enteros y bien corregidos y enmendados y escritos de buena letra e tinta e buenas márgenes y en buen papel y no con títulos menguados, por manera que toda la obra sea perfecta y que en ella no pueda haver ni aya falta alguna.?

A medida que se vislumbraba la repercusión cultural y política del libro, los monarcas dieron forma a un cuerpo legislativo cada vez más complejo y la iglesia decidió intervenir de modo que se requiriera su aprobación para cada impresión. La cultura y el mundo de las ideas pronto fueron identificados con la imprenta. En 1478, se imprime en Valencia una traducción catalana de la Biblia que se conoce como la Biblia de Valencia. En 1498, la Inquisición da orden de que se quemen todos los ejemplares en la plaza del rey de Barcelona. Consiguió salvarse un solo ejemplar que se conservó en la Biblioteca Real de Estocolmo hasta que ésta quedó destruida en un incendio en 1697.

En 1517, se inicia la rebelión de Lutero, que hace uso excepcional del poder de difusión de la imprenta. Las prohibiciones aumentan y los controles se hacen más férreos. Carlos V ordena la censura previa de todos los textos y en 1523 prohíbe la publicación de las obras de Lutero; un año más tarde el papa Clemente VII siguió su ejemplo. Las universidades establecen los primeros Índices de Libros Prohibidos. El Concilio de Trento (1545-1563) presta una gran atención a los libros y la imprenta. Establece la Vulgata como la única versión de la Biblia aceptada y prohíbe todas las demás. En 1554 Carlos V y el príncipe Felipe centralizan el control y la censura de libros que ha de pasar necesariamente por su Consejo.

En 1558, recién coronado Felipe II, se promulga una ley aún más severa y restrictiva: se prohíbe, bajo pena de muerte y confiscación de bienes, la entrada de libros en romance impresos fuera de Castilla a menos que lleven licencia expresa del Consejo Real. Ningún libro, ni en romance ni en latín, se puede imprimir sin la consiguiente licencia. La pragmática de 1558 establece la configuración externa del libro. El Consejo autoriza un original que debe ir adecuadamente foliado y paginado, el texto se imprime junto con el colofón en el que deben figurar todos los datos del impresor. Una vez impreso el texto, el Consejo lo cotejaba con el original que él había aprobado previamente tras lo cual, se imprimían la portada y los preliminares, donde se daba cuenta de la obtención de la licencia. De ahí derivan las divergencias de fecha entre el colofón y la portada, ya que podían transcurrir varios meses hasta que se concluían los trámites. A lo largo del siglo XVI, los impresores decoraron la portada con orlas grabadas, simplificaron títulos y añadieron el pie de imprenta en el que constaban, obligatoriamente, el nombre del autor, el del impresor y el lugar de impresión.

La censura civil actuaba ?antes? de la publicación. La censura inquisitorial revisaba los libros en cualquier momento de su circulación. La Inquisición controlaba la impresión, la venta y la circulación. Los puertos y las fronteras eran un punto de vigilancia especial y los libros que debían llevarse o no a América fueron objeto de una legislación especial. Se promulgaron leyes específicas que impedían la circulación de algunas obras en América aunque sin demasiada fortuna. Ya en 1506 se dictó la primera norma sobre el comercio y circulación de libros con relación al Nuevo Mundo. Posteriormente, en 1531 y nuevamente en 1536, se prohibió el envío de libros de romances, historias vanas y fingidas, de libros de caballerías que, no obstante, fueron los libros preferidos de conquistadores y colonos.

Amadises y libros del mismo género llegaban a los puertos americanos en grandes cantidades alentados por las grandes ganancias que suponían para los editores y libreros sevillanos. Por lo demás, los libros en el Nuevo Mundo estaban sujetos a la misma legislación que la castellana. Se necesitaba una licencia otorgada por el Consejo Real y el visto bueno de la Inquisición. Los libros que se enviaban a través del puerto sevillano pasaban la censura inquisitorial en dicha ciudad antes de embarcar. Los métodos para burlar el control eran de lo más variado: desde el cambio de la portada para ocultar una obra prohibida bajo el nombre de un autor fuera de toda sospecha, la encuadernación de un libro herético junto con otras que no lo eran o la falsificación de datos.

En 1559, Paulo IV promulgó el primer Index librorum prohibitorum aunque apenas tuvo vigencia a causa de las muchas erratas que contenía y por tener obras escritas por obispos y cardenales. En 1564, impreso por Manuzio, Pío IV lo reformó y publicó nuevamente. Se estableció una comisión especial, la Congregación del Índice, encargada de vigilar y llevar a cabo las sucesivas ediciones del Índice. La última es la de 1948 y su supresión completa llegó en 1966, bajo el papado de Pablo VI. La Inquisición española mantuvo su independencia respecto a la legislación emanada de Roma y publicó sus propios Índices de Libros Prohibidos. A lo largo del siglo XVI, la Inquisición sacó a la luz tres índices, en 1551, 1559 y 1583-84.

Es necesario distinguir entre índice prohibitorio e índice expurgatorio. Los prohibitorios censuran una obra completa o un autor en su totalidad; estos libros eran quemados públicamente. Los libros expurgados se salvan aunque han de modificar o suprimir ciertos párrafos o capítulos. La idea de crear un Índice expurgatorio que salvara de la quema muchos libros, fue de Arias Montano. En los talleres de Plantino, en Flandes, salieron el Index librorum prohibitorum (Amberes: 1570) y el Index Expurgatorius Librorum qui hoc seculo prodierunt (Amberes: 1571). Por orden del cardenal Quiroga, inquisidor general, se promulgó el último de los índices del siglo XVI y el más importante de ellos. Consta de dos partes, una prohibitoria y otra expurgatoria. Ordena los libros según su lengua y en cada apartado según orden alfabético.

Estas normativas siguen vigentes en el siglo XVII y condicionan tanto la forma como el contenido de los libros y dificultan extraordinariamente su difusión. Se grava con impuestos especiales a las imprentas que hasta entonces y desde tiempos de los Reyes Católicos, habían disfrutado de exención de impuestos. La censura eclesiástica se ve reforzada por la censura política que había sido más benevolente hasta este momento. Las nuevas disposiciones vienen a endurecer las condiciones para la producción y venta del libro. Castilla y la Corona de Aragón mantenían ciertas diferencias legislativas que hacían posible la publicación de ciertos textos en un reino pero no en el otro. En 1610, Felipe III dictó una pragmática por la que los autores castellanos no podían imprimir en Aragón ni ningún otro reino sin una licencia especial. Los libros importados eran la principal fuente de preocupación de los censores encargados de que las ideas que recorrían Europa no penetraran en España. En 1612 se exigió a los importadores una lista anual de todos los libros importados, con el nombre del autor y la fecha y lugar de impresión. Del mismo modo, los libreros debían presentar una lista de los fondos que poseían en sus depósitos.

La censura inquisitorial no cesa y nuevos índices regulan la publicación española: Sandoval (1612 y 1614), Zapata (1632) y Sotomayor (1640 y 1667). Paralelamente, la censura política va cobrando más importancia. Felipe IV continuó la labor legislativa referente al libro, sometiendo a censura previa los ?libros no necesarios?por una ley publicada en 1627. Carlos II prohibió en 1682 la publicación de cualquier libro, memorial o papel que tratara de asuntos de gobierno. La llegada de los Borbones en el siglo XVIII reforzó el control que se había intentado mantener sobre la imprenta desde sus inicios y reguló por primera vez la actuación de la Iglesia, y más concretamente de la Inquisición. El poder real se afirmó superior al inquisitorial tras varios enfrentamientos protagonizados por Fernando VI y Carlos III.

En 1754, Fernando VI promulgó la Ley 22 sobre impresores y libreros que exigía una licencia especial para las obras de autores españoles en romance e imponía tasas extra a cualquier libro impreso fuera de España que se quisiera comercializar. Las medidas contra la importación de libros tienen dos propósitos: proteger la producción nacional y dificultar la entrada de ideas extrajeras. Los libreros eran los más perjudicados económicamente ya que les impedía beneficiarse de su labor de intermediarios. El gremio de libreros, siempre mejor organizado que el de impresores, recurrió en último extremo a Malesherbes, Director de la Libraire en Francia, a fin de hacerle ver lo perjudicial de esta norma para el comercio francés y logrando de este modo que se revisara esa parte de la Ley.

Carlos III publicó una cédula en 1788 sobre "Privilegios que se han de conceder para la impresión y reimpresión de libros, distinguiéndose la Real Biblioteca, Universidades, Academias y Reales Sociedades". Se intenta potenciar el crecimiento del comercio del libro, proteger los derechos de autor y evitar la subida de precio de los libros indispensables para la formación como el Catón Cristiano, Espejo de cristal fino, los Catecismos del padre Ripalda y Astete que mantienen sus precios fijos. También se ocupó Carlos III de la incipiente producción de periódicos. Una Ley de 1791 prohíbe su publicación a raíz de los acontecimientos ocurridos en Francia. Se permite editar únicamente el Diario de Madrid, Gaceta de Madrid y el Mercurio Histórico y Político de España (véase periodismo).

En 1807 se publica la Novísima Recopilación en la que se recogen las setenta y dos leyes promulgadas sobre el libro y la imprenta desde 1480. En 1879 se promulgó la Ley de Propiedad Intelectual. Las Cortes de Cádiz legislaron a principios de siglo a favor de los derechos de los autores, pero sus disposiciones tuvieron una vigencia muy corta. Mediado el siglo XIX (1847), el ministro de Comercio, Instrucción Pública y Obras Públicas, Nicomedes Pastor Díaz, promulgó una ley que concedía la propiedad de las obras al autor de por vida y a sus herederos durante un periodo de 50 años. Sin embargo, esta Ley no tuvo desarrollo posterior y nunca se llevó a cabo. La Ley de 1879 ha seguido vigente hasta que fue sustituida en 1987 por una ley más amplia que recoge las novedades tecnológicas y los nuevos medios de comunicación.

En 1918, los editores catalanes se unieron en la Cámara del Libro de Barcelona a fin de solucionar la crisis de exportaciones ocasionada por la Primera Guerra Mundial. A semejanza de la Cámara de Barcelona, nació la Cámara Oficial de Libro por decreto del gobierno de Antonio Maura. Estas Cámaras no desaparecieron al llegar la Segunda República y siguieron ejerciendo su función, pero a ellas se sumó, en 1935, el Instituto del Libro, que debía formar una bibliografía en lengua española, confeccionar estadísticas de producción, el registro de contratos y la planificación anual de las publicaciones de interés cultural además de organización de ferias y exposiciones de libros españoles. Este Instituto del Libro pasó a depender de la Subsecretaría de Prensa y Propaganda tras la Guerra Civil. Fue rebautizado en 1941 como Instituto Nacional del Libro Español (INLE), al desaparecer las Cámaras del Libro de Barcelona y Madrid cuya labor asume el INLE, dividido ahora en tres secciones: política cultural, ordenación bibliográfica y política comercial.

La Unesco es una institución internacional creada en 1946 con el propósito de mejorar el nivel cultural de las naciones, asegurar el derecho a la educación y a través de ella la paz, la justicia y el respeto a los derechos humanos. La Unesco ha abogado por la libre circulación de libros y la protección de los derechos de autor. Ha trabajado por el establecimiento de industrias editoriales en los países que carecían de ellas.


Durante la Edad Media el libro era un objeto lujoso que muy pocos podían permitirse poseer. En la península ibérica confluyeron las influencias gótico-europeas junto con las encuadernaciones árabes y las mudéjares. Las ricas encuadernaciones de orfebrería pretendían proteger, pero también decorar, aunque la mayoría de los libros se encuadernaban en cuero o piel vuelta. Las encuadernaciones árabes eran de cartera, es decir, una de las tapas se prolongaba en una solapa que cubría la otra tapa, y se decoraban con hierros en seco. El curtido de pieles que se había desarrollado en el mundo musulmán perduró en las tierras reconquistadas donde artistas árabes se especializan entre los siglos XIII y XVI en la encuadernación decorada. La abundancia de libros gracias al desarrollo de la imprenta obliga a los encuadernaciones a buscar soluciones más rápidas y baratas. La solución la encuentran los encuadernadores alemanes y flamencos: la "rueda" era un pequeño cilindro metálico en cuya superficie se grababa el motivo elegido y se aplicaba a la piel dejando marcada la orla deseada. Otra de las novedades fue el empleo de oro en las decoraciones. Los árabes la habían empleado antes pero era una técnica difícil. A partir del XVI se generaliza su uso y desde 1560 se aplica sistemáticamente.

La portada, excepcional en los primeros incunables, se hace habitual en los últimos años del siglo XV. A lo largo del siglo XVI, los impresores prestan una mayor atención a la portada que se decora con orlas grabadas, los títulos se simplifican y se añade el pie de imprenta. A partir de 1558 se hace obligatorio que figure el nombre del autor, el del impresor y el lugar de impresión. La decoración de las orlas se fue complicando y adaptando a las diversas modas y los gustos de la época y público. No se decora del mismo modo un pliego suelto que relata un caso ?espantable? que un texto humanista. Artistas grabadores se fueron haciendo cargo de la decoración de las portadas.

La ilustración y ornamentación barroca ocupan las portadas del siglo XVII con profusión de frontispicios, letras iniciales, cabeceras, remates, escudos nobiliarios, emblemas, alegorías, retratos. La complicación de los elementos de la portada llega a su culmen en el siglo XVII. Se abandona la técnica xilográfica a favor de la calcografía. El grabador comienza a salir del anonimato y a firmar sus obras. Al igual que con la difusión de la imprenta, los primeros grabadores proceden del norte de Europa y ellos formarán en sus técnicas a la siguiente generación. La influencia de los Países Bajos, a través de las obras de Plantin, favorece a los artesanos grabadores flamencos que se instalan en España: Pedro Perret, Diego de Astor, Juan Schorgens, Alardo de Popma, Juan de Noort. Entre los españoles destacan Pedro de Villafranca, Matías de Arteaga, Marcos de Orozco y Diego de Obregón. Importantes pintores probaron su maestría en el grabado como Murillo, Valdés Leal, Claudio Coello.

Las encuadernaciones barrocas tienen un aspecto menos "nacional" y una mayor influencia de motivos europeos. El estilo más empleado fue el denominado de abanicos en parte debido a la moda de los abanicos traídos desde China por los portugueses en el siglo XVI. En el siglo XVIII destaca en Madrid el taller de encuadernación de Antonio Sancha, quien introduce diferentes modelos de estilo rococó como el de mosaico que combina pieles de diferentes colores, temas florales que muestran una complicada bordadura cuajada de lirios, azucenas y clavellinas. Se emplean cantos y cortes dorados, adornos de rejilla y guardas de papel pintado con reflejos metálicos. De Francia importó Sancha la encuadernación a la dentelle, que imita un fino encaje. Tras la profusión rococó surge a finales del siglo XVIII el estilo neoclásico en busca de la elegancia de la sencillez. El siglo XVIII trae consigo una nueva estética que tendrá su reflejo en la tipografía más sobria y equilibrada. A partir de mediados del siglo la renovación de la imprenta es un hecho y los libros se liberan del barroquismo anterior. Nace un nuevo concepto de portada con la presencia de ciertos elementos estables y bien organizados. En 1771 aparece el primer ?muestrario?, las Muestras de caracteres de Antonio Espinosa y en 1777 se publica la Muestra de caracteres que se hallan en la Fábrica del Convento de S. Joseph de Barcelona.

Gabriel Sancha prolonga el trabajo de su padre junto con otros encuadernadores de renombre como Herrera, Gabriel Gómez o Ulloa. Los capiteles, guirnaldas, vasos y pilastras clásicos son los elementos más empleados. Se decoran profusamente los lomos y se reduce la decoración de las tapas que queda limitada a una orla recta de rueda cada vez más fina. Este tipo de encuadernación se desarrollará plenamente durante el reinado de Carlos IV.

En las primeras décadas del XIX reina el estilo imperio, que no es sino una continuación del neoclásico. Cabe destacar en el arte de la encuadernación del siglo XIX el desarrollo de las técnicas valencianas, desarrolladas por la familia Mallén, que estaba asentada en Valencia desde que saliera de Francia; allí establecieron su taller, que sirvió de escuela a muchos artesanos y artistas. José Beneyto descubrió el efecto del agua sobre los ácidos de la piel y logró las multicolores pastas valencianas.

Entre 1840 y 1845 se ponen de moda los terciopelos, rasos y moarés. Durante el reinado de Isabel II aparecen las encuadernaciones románticas creadas por el francés Joseph Thouvenin, creando el estilo a la catedral que se inspiraba en los elementos decorativos de las catedrales góticas. A partir del romanticismo se pretende que la decoración de la portada esté en consonancia con el texto. Entre los nombres de grandes encuadernadores del siglo XIX es obligado mencionar a Pedro Domenech, que quiso restaurar el arte de encuadernación catalana.

La estética modernista, por fin, llega a las encuadernaciones que hacen uso de adornos florales, lirios, crisantemos, nenúfares, y azucenas. La estilización permanente le permite decorar a base de animales y plantas que por su exotismo se adaptan al gusto por el arabesco: libélulas, lagartos, mariposas, ranas; además, hay dibujos simples de colores planos, sin sombras. En nuestro siglo, los nombres de los dos grandes encuadernadores son los de Brugalla y Palomino.

La legislación y la censura sobre el libro

La invención del papel, de la xilografía y de la imprenta de tipos móviles corresponde a China; por ello, es natural que la primera muestra de represión contra la difusión de las ideas contenidas en un libro se produzca también allí. En el año 213 a.C., el emperador Ts?in Shihuangti ordenó, de hecho, la quema de ciertos manuscritos sobre madera que criticaban su política. Durante la Edad Media europea se persiguieron diversas herejías y se quemaron los libros que las difundían: a fines del siglo VI se destruyen todos los libros arrianos; a principios del siglo XII, santo Domingo de Guzmán sometió los libros de los albigenses a la prueba del fuego; no obstante, en términos generales, la Iglesia censuraba más las ideas que los textos. Se consideraba que los libros eran instrumentos de trabajo y objeto de estudiosos y no se estimaba su poder de propaganda.

A fines del siglo XV y principios del XVI, la iglesia controlaba aún la producción de libros. La llegada de la imprenta modificó esta situación. La Iglesia no sentía, en un principio, la necesidad de tomar precauciones cuando algunos impresores del sur de Alemania comenzaron a imprimir en alemán no sólo obras edificantes sino también la Biblia. Este movimiento de traducción y difusión de la Biblia en las lenguas vulgares se extendió por Italia, Francia, los Países Bajos y España. Una lujosa edición de la Biblia ilustrada sale de las prensas de Anton Koberger desde Nuremberger. Los dominicos, que dominaban la universidad, se alarmaron y pidieron ayuda a Roma.

En marzo de 1479 el Papa estableció la censura previa de todos los libros puestos a la venta. La censura inquisitorial quedó establecida como tal a partir de 1485 cuando el arzobispo de Maguncia, Berthold von Honneberg exigió que se suprimiesen los libros ?peligrosos? de la feria de cuaresma. Denunció el mal uso que se estaba haciendo de la imprenta tanto en las traducciones de textos litúrgicos, misales, libros de leyes y también en lo que respecta a autores clásicos. En su escrito, se especifica que todos los libros han de ser autorizados por una comisión de cuatro miembros que incluyan profesores universitarios de Erfurt.

La censura llegó a las distintas ciudades y países a medida que el número de imprentas aumentaba y que su producción comenzaba a ser significativa. Venecia era por entonces la ciudad más importante de la época y controlaba el comercio del Mediterráneo. Pronto se convirtió en el principal centro impresor de Europa. El arzobispo Niccolò Franco prohibió la publicación de cualquier libro de tema religioso sin la autorización del obispo o del vicario general. En 1487, Inocencio VIII publicó la Bula contra impressores librorum reprobatorum. La intervención del Papa se hizo sistemática a partir del 1501, cuando Alejandro VI reforzó las medidas existentes y prohibió, bajo pena de excomunión, cualquier publicación sin licencia del obispo correspondiente.

La imprenta fue muy bien recibida en un principio por Isabel y Fernando, que protegieron de tasas aduaneras a los impresores y tratantes de libros ofreciéndoles beneficios de los que no disfrutaban otros artesanos. El apoyo a las letras a través del nuevo invento es la explicación que los propios reyes ofrecen al promulgar estos privilegios en documentos oficiales pero además, deciden aprovechar la posibilidad de multiplicar las copias de sus propios edictos y leyes. Una pragmática de los Reyes Católicos de 1502 obliga a someter todos los libros que vayan a ser impresos a la autorización y licencia del Consejo Real o su equivalente en los distintos reinos. El control abarcaba tanto a los libros impresos en sus reinos como a los importados. Esta pragmática no sólo pretendía controlar los ?libros de molde? sino asegurar la calidad al recomendar a ?libreros e imprimidores y mercaderes e factores que haygan e traygan los dichos libros bien hechos e perfectos y enteros y bien corregidos y enmendados y escritos de buena letra e tinta e buenas márgenes y en buen papel y no con títulos menguados, por manera que toda la obra sea perfecta y que en ella no pueda haver ni aya falta alguna.?

A medida que se vislumbraba la repercusión cultural y política del libro, los monarcas dieron forma a un cuerpo legislativo cada vez más complejo y la iglesia decidió intervenir de modo que se requiriera su aprobación para cada impresión. La cultura y el mundo de las ideas pronto fueron identificados con la imprenta. En 1478, se imprime en Valencia una traducción catalana de la Biblia que se conoce como la Biblia de Valencia. En 1498, la Inquisición da orden de que se quemen todos los ejemplares en la plaza del rey de Barcelona. Consiguió salvarse un solo ejemplar que se conservó en la Biblioteca Real de Estocolmo hasta que ésta quedó destruida en un incendio en 1697.

En 1517, se inicia la rebelión de Lutero, que hace uso excepcional del poder de difusión de la imprenta. Las prohibiciones aumentan y los controles se hacen más férreos. Carlos V ordena la censura previa de todos los textos y en 1523 prohíbe la publicación de las obras de Lutero; un año más tarde el papa Clemente VII siguió su ejemplo. Las universidades establecen los primeros Índices de Libros Prohibidos. El Concilio de Trento (1545-1563) presta una gran atención a los libros y la imprenta. Establece la Vulgata como la única versión de la Biblia aceptada y prohíbe todas las demás. En 1554 Carlos V y el príncipe Felipe centralizan el control y la censura de libros que ha de pasar necesariamente por su Consejo.

En 1558, recién coronado Felipe II, se promulga una ley aún más severa y restrictiva: se prohíbe, bajo pena de muerte y confiscación de bienes, la entrada de libros en romance impresos fuera de Castilla a menos que lleven licencia expresa del Consejo Real. Ningún libro, ni en romance ni en latín, se puede imprimir sin la consiguiente licencia. La pragmática de 1558 establece la configuración externa del libro. El Consejo autoriza un original que debe ir adecuadamente foliado y paginado, el texto se imprime junto con el colofón en el que deben figurar todos los datos del impresor. Una vez impreso el texto, el Consejo lo cotejaba con el original que él había aprobado previamente tras lo cual, se imprimían la portada y los preliminares, donde se daba cuenta de la obtención de la licencia. De ahí derivan las divergencias de fecha entre el colofón y la portada, ya que podían transcurrir varios meses hasta que se concluían los trámites. A lo largo del siglo XVI, los impresores decoraron la portada con orlas grabadas, simplificaron títulos y añadieron el pie de imprenta en el que constaban, obligatoriamente, el nombre del autor, el del impresor y el lugar de impresión.

La censura civil actuaba ?antes? de la publicación. La censura inquisitorial revisaba los libros en cualquier momento de su circulación. La Inquisición controlaba la impresión, la venta y la circulación. Los puertos y las fronteras eran un punto de vigilancia especial y los libros que debían llevarse o no a América fueron objeto de una legislación especial. Se promulgaron leyes específicas que impedían la circulación de algunas obras en América aunque sin demasiada fortuna. Ya en 1506 se dictó la primera norma sobre el comercio y circulación de libros con relación al Nuevo Mundo. Posteriormente, en 1531 y nuevamente en 1536, se prohibió el envío de libros de romances, historias vanas y fingidas, de libros de caballerías que, no obstante, fueron los libros preferidos de conquistadores y colonos.

Amadises y libros del mismo género llegaban a los puertos americanos en grandes cantidades alentados por las grandes ganancias que suponían para los editores y libreros sevillanos. Por lo demás, los libros en el Nuevo Mundo estaban sujetos a la misma legislación que la castellana. Se necesitaba una licencia otorgada por el Consejo Real y el visto bueno de la Inquisición. Los libros que se enviaban a través del puerto sevillano pasaban la censura inquisitorial en dicha ciudad antes de embarcar. Los métodos para burlar el control eran de lo más variado: desde el cambio de la portada para ocultar una obra prohibida bajo el nombre de un autor fuera de toda sospecha, la encuadernación de un libro herético junto con otras que no lo eran o la falsificación de datos.

En 1559, Paulo IV promulgó el primer Index librorum prohibitorum aunque apenas tuvo vigencia a causa de las muchas erratas que contenía y por tener obras escritas por obispos y cardenales. En 1564, impreso por Manuzio, Pío IV lo reformó y publicó nuevamente. Se estableció una comisión especial, la Congregación del Índice, encargada de vigilar y llevar a cabo las sucesivas ediciones del Índice. La última es la de 1948 y su supresión completa llegó en 1966, bajo el papado de Pablo VI. La Inquisición española mantuvo su independencia respecto a la legislación emanada de Roma y publicó sus propios Índices de Libros Prohibidos. A lo largo del siglo XVI, la Inquisición sacó a la luz tres índices, en 1551, 1559 y 1583-84.

Es necesario distinguir entre índice prohibitorio e índice expurgatorio. Los prohibitorios censuran una obra completa o un autor en su totalidad; estos libros eran quemados públicamente. Los libros expurgados se salvan aunque han de modificar o suprimir ciertos párrafos o capítulos. La idea de crear un Índice expurgatorio que salvara de la quema muchos libros, fue de Arias Montano. En los talleres de Plantino, en Flandes, salieron el Index librorum prohibitorum (Amberes: 1570) y el Index Expurgatorius Librorum qui hoc seculo prodierunt (Amberes: 1571). Por orden del cardenal Quiroga, inquisidor general, se promulgó el último de los índices del siglo XVI y el más importante de ellos. Consta de dos partes, una prohibitoria y otra expurgatoria. Ordena los libros según su lengua y en cada apartado según orden alfabético.

Estas normativas siguen vigentes en el siglo XVII y condicionan tanto la forma como el contenido de los libros y dificultan extraordinariamente su difusión. Se grava con impuestos especiales a las imprentas que hasta entonces y desde tiempos de los Reyes Católicos, habían disfrutado de exención de impuestos. La censura eclesiástica se ve reforzada por la censura política que había sido más benevolente hasta este momento. Las nuevas disposiciones vienen a endurecer las condiciones para la producción y venta del libro. Castilla y la Corona de Aragón mantenían ciertas diferencias legislativas que hacían posible la publicación de ciertos textos en un reino pero no en el otro. En 1610, Felipe III dictó una pragmática por la que los autores castellanos no podían imprimir en Aragón ni ningún otro reino sin una licencia especial. Los libros importados eran la principal fuente de preocupación de los censores encargados de que las ideas que recorrían Europa no penetraran en España. En 1612 se exigió a los importadores una lista anual de todos los libros importados, con el nombre del autor y la fecha y lugar de impresión. Del mismo modo, los libreros debían presentar una lista de los fondos que poseían en sus depósitos.

La censura inquisitorial no cesa y nuevos índices regulan la publicación española: Sandoval (1612 y 1614), Zapata (1632) y Sotomayor (1640 y 1667). Paralelamente, la censura política va cobrando más importancia. Felipe IV continuó la labor legislativa referente al libro, sometiendo a censura previa los ?libros no necesarios?por una ley publicada en 1627. Carlos II prohibió en 1682 la publicación de cualquier libro, memorial o papel que tratara de asuntos de gobierno. La llegada de los Borbones en el siglo XVIII reforzó el control que se había intentado mantener sobre la imprenta desde sus inicios y reguló por primera vez la actuación de la Iglesia, y más concretamente de la Inquisición. El poder real se afirmó superior al inquisitorial tras varios enfrentamientos protagonizados por Fernando VI y Carlos III.

En 1754, Fernando VI promulgó la Ley 22 sobre impresores y libreros que exigía una licencia especial para las obras de autores españoles en romance e imponía tasas extra a cualquier libro impreso fuera de España que se quisiera comercializar. Las medidas contra la importación de libros tienen dos propósitos: proteger la producción nacional y dificultar la entrada de ideas extrajeras. Los libreros eran los más perjudicados económicamente ya que les impedía beneficiarse de su labor de intermediarios. El gremio de libreros, siempre mejor organizado que el de impresores, recurrió en último extremo a Malesherbes, Director de la Libraire en Francia, a fin de hacerle ver lo perjudicial de esta norma para el comercio francés y logrando de este modo que se revisara esa parte de la Ley.

Carlos III publicó una cédula en 1788 sobre "Privilegios que se han de conceder para la impresión y reimpresión de libros, distinguiéndose la Real Biblioteca, Universidades, Academias y Reales Sociedades". Se intenta potenciar el crecimiento del comercio del libro, proteger los derechos de autor y evitar la subida de precio de los libros indispensables para la formación como el Catón Cristiano, Espejo de cristal fino, los Catecismos del padre Ripalda y Astete que mantienen sus precios fijos. También se ocupó Carlos III de la incipiente producción de periódicos. Una Ley de 1791 prohíbe su publicación a raíz de los acontecimientos ocurridos en Francia. Se permite editar únicamente el Diario de Madrid, Gaceta de Madrid y el Mercurio Histórico y Político de España (véase periodismo).

En 1807 se publica la Novísima Recopilación en la que se recogen las setenta y dos leyes promulgadas sobre el libro y la imprenta desde 1480. En 1879 se promulgó la Ley de Propiedad Intelectual. Las Cortes de Cádiz legislaron a principios de siglo a favor de los derechos de los autores, pero sus disposiciones tuvieron una vigencia muy corta. Mediado el siglo XIX (1847), el ministro de Comercio, Instrucción Pública y Obras Públicas, Nicomedes Pastor Díaz, promulgó una ley que concedía la propiedad de las obras al autor de por vida y a sus herederos durante un periodo de 50 años. Sin embargo, esta Ley no tuvo desarrollo posterior y nunca se llevó a cabo. La Ley de 1879 ha seguido vigente hasta que fue sustituida en 1987 por una ley más amplia que recoge las novedades tecnológicas y los nuevos medios de comunicación.

En 1918, los editores catalanes se unieron en la Cámara del Libro de Barcelona a fin de solucionar la crisis de exportaciones ocasionada por la Primera Guerra Mundial. A semejanza de la Cámara de Barcelona, nació la Cámara Oficial de Libro por decreto del gobierno de Antonio Maura. Estas Cámaras no desaparecieron al llegar la Segunda República y siguieron ejerciendo su función, pero a ellas se sumó, en 1935, el Instituto del Libro, que debía formar una bibliografía en lengua española, confeccionar estadísticas de producción, el registro de contratos y la planificación anual de las publicaciones de interés cultural además de organización de ferias y exposiciones de libros españoles. Este Instituto del Libro pasó a depender de la Subsecretaría de Prensa y Propaganda tras la Guerra Civil. Fue rebautizado en 1941 como Instituto Nacional del Libro Español (INLE), al desaparecer las Cámaras del Libro de Barcelona y Madrid cuya labor asume el INLE, dividido ahora en tres secciones: política cultural, ordenación bibliográfica y política comercial.

DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO

El Día Internacional del Libro es una conmemoración a los libros y los derechos de autor (copyright), promulgado por la UNESCO que se celebra cada 23 de abril en España; el primer martes de marzo en el Reino Unido e Irlanda (llamado World Book Day) y en algunos países de habla castellana, como Cuba, se celebra como el Día del Idioma. Diferente del Día Internacional de la lengua materna (21 de febrero).

El 23 de abril de 1616, aunque según distintos calendarios, fallecieron tres grandes escritores de la literatura universal: Miguel de Cervantes (calendario gregoriano), William Shakespeare (calendario juliano) y el Inca Garcilaso de la Vega. También coincide con la fecha de nacimiento de Vladimir Nabokov (1899) y fallecimiento de Josep Pla (1981). Se eligió este día para conmemorar a los libros, fomentar la cultura y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. La propuesta fue presentada por la Unión Internacional de Editores a la UNESCO. En París en 1995 la Conferencia general de UNESCO aprobó el 23 de abril como el "Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor".

En Cataluña el 23 de abril se festeja la Diada de Sant Jordi (Día de San Jorge), siendo tradicional el intercambio y regalo de rosas y libros entre parejas y personas queridas. Esta tradición fue uno de los argumentos utilizados por la UNESCO para declarar el 23 de abril Día Internacional del Libro.

El libro como elemento del arte moderno.En España, el Día del Libro se celebra por primera vez el 7 de octubre de 1926 para conmemorar el nacimiento de Cervantes. La idea original fue del escritor Vicent Clavel Andrés, proponiéndola a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona. Poco después, en 1930, se instaura definitivamente la fecha del 23 de abril como Día del Libro por su coincidencia con la muerte de Cervantes y el nacimiento o muerte de otros ilustres escritores internacionales.

La celebración arraigó rápidamente en Barcelona y se extendió por toda Cataluña, aunque el propósito oficial se fue diluyendo poco a poco al coincidir con el día del santo Patrón. Mientras en otras zonas la fiesta se mantenía con escasa importancia o incluso desaparecía, en Cataluña se ha convertido en una de las jornadas populares más celebradas y, de paso, al promover el regalo e intercambio de rosas y libros, ha ayudado a potenciar la venta de estos últimos. Así, en Cataluña el 23 de abril es el día de Sant Jordi (San Jorge), de la rosa y del libro: el día del santo Patrón, del amor y de la cultura.

En España se toma en cuenta esta fecha para la entrega anual de los Premios Cervantes, el mayor galardón realizado a los autores hispanos.

La Unesco es una institución internacional creada en 1946 con el propósito de mejorar el nivel cultural de las naciones, asegurar el derecho a la educación y a través de ella la paz, la justicia y el respeto a los derechos humanos. La Unesco ha abogado por la libre circulación de libros y la protección de los derechos de autor. Ha trabajado por el establecimiento de industrias editoriales en los países que carecían de ellas.

GALERÍA DE IMÁGENES

Fuente de estos artículos: ENCICLONET - La Enciclopedia Universal - Autor: M. Fernández Vega

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Estos son los mejores datos del idioma español que he encontrado en internet. Estos artículos no han sido escritos por mí y tampoco me pertenecen, los he recopilado desde la red (textos/imágenes). En el caso de que me haya olvidado de hacerle la debida referencia a alguna fuente, os pido que por favor me aviséis de la autoría de los mismos envíandome un correo a:       esf@espanolsinfronteras.com  

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