Madrid - Plaza de Toros de las Ventas

La tauromaquia

 

Principal
Acerca de Hispania
Acerca del idioma
Lengua castellana
Cultura española
El arte y la historia
Patrimonio histórico
Cocina con arte
Poesías sin fronteras
El mundo hispano
Diccionarios gratis
Páginas amigas

 
Madrid - Plaza de Toros de las Ventas - Conoce la historia de los toros...

   

LOS MEJORES  DATOS DEL IDIOMA  ESPAÑOL RECOPILADOS AQUÍ

¿No encuentras lo que buscas? HAZLO EN EL BUSCADOR GOOGLE

   

¿No encuentras lo que buscas? HAZLO EN EL BUSCADOR GOOGLE

La Plaza de Toros de Las Ventas

La Plaza de Toros Monumental de Las Ventas es la mayor plaza de toros de España. Está situada en Madrid y junto con la Monumental de México es la plaza de toros más importante del mundo.

Fue inaugurada el 17 de junio de 1931, con el nombre de plaza de Las Ventas del Espíritu Santo, por ser el nombre de la zona en esa época, aunque no será hasta 1934 cuando entre en funcionamiento de manera definitiva.

Fue diseñada por el arquitecto José Espeliú. Es de estilo neomudéjar en ladrillo visto sobre una estructura metálica. La decoración, obra de Manuel Muñoz Monasterio, se realizó a base de azulejo cerámico en el que figuran los escudos de todas las provincias españolas y otros motivos puramente ornamentales.

Tiene capacidad para casi 25.000 espectadores. El ruedo mide 60 metros de diámetro y el ancho del callejón es de 2,2 metros. Sus localidades se distribuyen en diez tendidos, divididos en tendido, grada y andanada. Los precios de las localidades varía dependiendo de si estan al sol o a la sombra (más caras las segundas), y de su cercanía al ruedo en que se celebra la corrida.

La temporada de toros empieza en marzo y acaba en diciembre. Se celebran corridas todos los días durante la Feria de San Isidro, en mayo, y cada domingo o festivo del resto de la temporada. Los festejos empiezan a las seis o a las siete de la tarde, y duran de dos a tres horas.

Desde 1951 se encuentra en las dependencias de la plaza el Museo Taurino, donde se expone una completa colección de objetos y enseres relacionados con la tauromaquia y la historia de la plaza.

Entre los años 1913 y 1920, el toreo adquiere tal auge en España que la plaza de toros de Madrid, construida en 1874 en la carretera de Aragón (actual calle de Alcalá, en las inmediaciones la calle Goya) se queda pequeña. Fue José Gómez, Joselito, quien manifestó la conveniencia de construir una plaza de toros de mayor tamaño, llamada monumental, que abriera el espectáculo a toda la ciudad y abaratara el precio de las entradas (téngase en cuenta que al no haber televisión, la única forma de ver un espectáculo taurino es acudiendo a la plaza). Hacia 1918 la Diputación Provincial, propietaria de la antigua plaza, accede a construir un nuevo coso. Es un amigo de Joselito, el arquitecto José Espeliú, quien pone en marcha el proyecto.

La familia Jardón cede unos terrenos a la Diputación Provincial de Madrid, en las llamadas Ventas del Espíritu Santo, con la condición de explotar el coso taurino durante cincuenta años. La propuesta es aceptada por la diputación el 12 de noviembre de 1920 y el 19 de marzo de 1922, se inicial las obras. La construcción de la plaza costaría doce millones de pesetas de la época (cuatro y medio más de lo presupuestado) y sustituiría a la vieja plaza madrileña, en funcionamiento desde 1874. Las obras finalizaron en 1929 y dos años después, el 17 de junio de 1931, se celebra una corrida benéfica para inaugurarla.

Sin embargo, con este festejo se constató que los alrededores de la plaza no estaban aún preparados para albergar espectáculos de esta magnitud. La plaza se ubicaba en uno de los peores barrios del Madrid de aquella época, el de Las Ventas del Espíritu Santo. Por allí pasaban los cortejos fúnebres que se encaminaban al cementerio próximo, allí abrevaban las mulas y los caballos y allí se encontraba también un foco de chabolismo y población marginal. Además los terrenos, por su especial situación junto al arroyo Abroñigal, eran difíciles de desmontar. En consecuencia, se reanudaron los trabajos de acondicionamiento hasta que, en 1935, se desarrolló la primera temporada con normalidad. La guerra civil hace que se interrumpa la temporada taurina. La guerra convirte al coso en una inmensa huerta durante 34 meses. No se reanudarían las actividades hasta el 24 de mayo de 1939.

El hecho más relevante en la vida de la plaza tiene lugar en 1947, cuando Livino Stuyck crea la Feria de San Isidro, que supondrá el espaldarazo definitivo a la Monumental de Las Ventas para el logro del prestigio que actualmente posee y por el que es reconocida como la plaza de toros más importante del mundo.

Volver al inicio de Corridas de Toros

Historia de la Tauromaquia

Conjunto de las técnicas y saberes, que, por medio de una transmisión a la vez tradicional y culta, mantienen viva la lucha milenaria que enfrenta al hombre con el toro bravo. Ligada a los pobladores de la Península Ibérica desde tiempos remotos, el estudio de la Tauromaquia es imprescindible para determinar fielmente la idiosincrasia y la historia de los españoles, ya sean apasionados partidarios suyos, o ya se cuenten entre sus severos detractores. Esto ha originado una riquísima y compleja cultura taurómaca -difundida a través de todas las posibles manifestaciones del saber humano-, en la que, al hilo de un apresurado recorrido por su historia, pretende entrar este artículo.

Concepto de Tauromaquia

Considerada stricto sensu como el Arte suprema de lidiar toros bravos, la Tauromaquia es, por encima de todo, una compilación de las técnicas, los saberes y las intuiciones que regulan la milenaria lucha entre la inteligencia del hombre y la fiereza de un ser irracional, encarnada -mejor que en cualquier otro animal o en cualquier otra fuerza desatada de la Naturaleza- en la bravura del toro ibérico. En la ritual pelea que sostienen el hombre y el astado, por debajo de la plasticidad y el colorido que disfrazan de fiesta la amenaza latente de la muerte, se conjugan bajo un mismo brindis la celebración y la tragedia, los instintos primarios y el poso cultural, las luces más brillantes (luz del sol, luz del traje..., luz de la vida) y las sombras más opacas (sombra del tendido, sombra del toril..., sombra de la muerte). Y así, en esta conjunción de polos opuestos entre los que zozobra la insignificancia del ser humano, en esta mística suma de opósitos capaz de congregar a una misma hora el placer y el dolor, la alegría y la pena, el arrojo y el miedo, la figura del hombre gana la cúspide de su dimensión mágica y, a la vez, llega hasta el fondo de su profundidad lógica: porque, paradójicamente, merced a este juego de oposiciones y contrastes, por vía del dominio de una irracionalidad voluntariamente perseguida y alcanzada se llega a un conocimiento racional de lo que, de otra forma, quedaría para siempre relegado a la esfera de lo instintivo. La grandeza de la Tauromaquia estriba, pues, en esta asombrosa capacidad suya para transformar un acto salvaje y primitivo (la lucha entre el hombre y la fiera) en Arte (belleza y emoción que nacen del valor o la gracia de un lance audaz o pinturero), en técnica (suertes del toreo), en aprendizaje (escuelas de Tauromaquia), en análisis (crítica taurina), en leyes (reglamento taurino), y, en definitiva, en un hecho cultural y humano, demasiado humano (reflejos literarios, musicales y artísticos; estudios históricos, sociológicos y antropológicos; investigación científica para mejorar la crianza de la cabaña brava; desarrollo espectacular de la medicina y la cirugía taurinas; etc.).

Volver al inicio de Corridas de Toros

Historia del toreo

Si bien el toreo moderno, tal y como hoy se concibe el arte y la técnica de matar toros bravos, no halla una primera y dubitativa formulación hasta la segunda mitad del siglo XVIII (con la consolidación de los estilos y las propuestas de "Costillares", Pedro Romero y "Pepe-Hillo"), parece necesario considerar que la lucha entre el hombre y el toro hunde sus misteriosas raíces en las más antiguas civilizaciones asiáticas y mediterráneas; y que, reducida después casi exclusivamente al ámbito de la Península Ibérica, desarrolla allí una andadura paralela al devenir histórico de los distintos pueblos que la conforman. Se debe hablar, pues, de unos antecedentes remotos -legendarios e históricos- del Arte de Cúchares (o, al menos, de la estrecha relación entre el ser humano y la especie bovina); de unas prácticas tauromáquicas propias de la cultura y la organización social de la Edad Media; de un toreo que se confunde con el protagonismo de la fiesta popular en la España de los Austrias; y, finalmente, del toreo moderno prefijado en el Siglo de las Luces, desarrollado durante el siglo XIX, y definitivamente reglamentado y consolidado en la época contemporánea.

Para hacer este apresurado recorrido diacrónico a través de la historia de la Tauromaquia, será muy útil tomar como punto de obligada referencia la clasificación propuesta por don José Carlos de Torres, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), quien organiza sus estudios sobre el léxico taurino a partir de la diferenciación entre tres prácticas taurinas propias -cada una de ellas- de un período histórico concreto: lidiar y correr toros (Edad Media), fiesta de toros (Siglos de Oro) y corrida de toros (siglos XVIII, XIX y XX).

Antecedentes prehistóricos, históricos y legendarios

De la misma manera que parece del todo imposible bucear en la prehistoria de la Tauromaquia eludiendo siempre el riesgo de confundir los pocos datos históricos que conocemos con las muchas fuentes legendarias que aún tienen crédito y vigencia, resulta también muy difícil separar, en el remoto albor de ambas especies, la historia de los primeros bóvidos -sean mansos o bravos- de la andadura de los primeros hombres que poblaron las orillas del Mediterráneo. Se sabe que el hombre del prechelense, en el Paleolítico inferior, subsistía merced a las piezas de caza que cobraba, y que una de las principales presas que se ofrecía a su voracidad depredadora la constituía el uro o toro salvaje (Bos taurus primigenius), que abundaba en toda Europa, Asia Menor y el Norte de África. El uro se asentó, dentro de la Península Ibérica, en las zonas central y oriental, y de sus hábitos, conformación y estampa (mayor que la del toro de lidia actual) hay abundantes restos fósiles y huellas en el arte rupestre. Aunque en la época de Julio César ya parece haber desaparecido de la cuenca mediterránea, hay pruebas de que aún duró muchos cientos de años: su declive y próxima extinción eran patentes a lo largo de la Edad Media en la Europa Occidental, pero quedan testimonios fiables que, en la Oriental, cifran la desaparición de la especie en 1627.

A comienzos del siglo XX, el profesor alemán Luckz Heck, basándose en la teoría de que ningún animal está totalmente extinguido si existe todavía alguna masa hereditaria viviente, se propuso "reconstruir" o regenerar el uro primitivo. Sus experimentos, que tuvieron lugar en el Parque Zoológico de Múnich, tomaron como punto de partida para la recuperación de esa supuesta herencia viva del uro algunos ejemplares de toros de distintas razas mediterráneas, entre los que sobresalieron, por su relieve y cantidad, los toros de la Camarga francesa, los toros corsos y los toros españoles. Esta elección vino a consolidar los argumentos de quienes, preguntándose por el origen del actual toro de lidia, defienden una teoría monegénica (o monofilética) que lo hace descender, directamente, del Bos taurus primigenius (o, más concretamente, de un Bos taurus ibericus que, en cualquier caso, procedería también del uro por vía directa). Sin embargo, tal vez sería más adecuado dar pábulo a quienes, defendiendo la teoría poligénica (o polifilética) del origen de la cabaña brava española, apuestan por un largo proceso de elección y afianzamiento de los individuos más bravos pertenecientes a vacadas domésticas o medio domesticadas.

El uro (en alemán, aurochs) presentó dos formas distintas: el Bos primigenius de Bojanus y el Bos braquiceros de Mayer. En esta división se apoyan muchos de los defensores de la teoría poligénica, aunque no faltan entre ellos los convencidos de que hubo otras formas primitivas que dieron origen a las actuales razas vacunas. Atendiendo a los fósiles hallados, se verifican empíricamente las formas siguientes:

-Bos Taurus primigenius de Bojanus, que tenía el pelo negro y los cuernos largos, y presentaba un listón blanco que le recorría longitudinalmente el lomo. Era un animal fiero, violento e irascible, muy similar, probablemente, al que "recreó" el profesor Heck en 1932. Procedente de Asia Menor, se extendió por toda Europa, Egipto y el Norte de África. De su presencia en la Península Ibérica quedan huellas rupestres en Altamira (Santander), Cogul (Lérida) y Albarracín (Teruel).

-Bos Taurus braquiceros, de cornamenta mucho menor que el anterior.
-Bos taurus frontosus, que parece ser un tipo mutante del Bos primigenius, y presenta unos cuernos en forma de rueda.
-Bos taurus aqueratus, carente de cuernos (probablemente, por tratarse también de una mutación).
-Bos Taurus braquicefalus, pobre de cuerna.

Entre quienes se han dedicado a especular sobre el origen del toro de lidia, la opinión más común conviene en que del Bos Taurus primigenius se derivan todas las formas restantes. Pero, con independencia de que el actual toro de lidia proceda directamente o no de cualquiera de las variantes del Bos taurus, es obligado reconocer que, desde tiempos remotos, la especie bovina ha proporcionado al hombre alimento, fuerza de trabajo y materia prima para elaborar útiles e indumentarias (cuernos, huesos, pieles, etc.), lo que explica que muchos paleontólogos antepongan las fechas de las primeras relaciones hombre/toro (o vaca, buey...) a las de los iniciales aprovechamientos de otros animales, algunos tan ligados al ser humano como pueden estarlo el cerdo o el caballo. Esto aclara, además de los vestigios fósiles y los testimonios de arte rupestre arriba mencionados, el carácter sagrado (religioso y mitológico) que la antigüedad confirió al toro.

En efecto, junto al poder social derivado de la riqueza que reportaba su domesticación (y tal vez haya que imaginar ya, en estas prehistóricas fases de domesticación, unas primeras lidias -id est: luchas o enfrentamientos- sostenidas con los ejemplares que resultaban más bravos), hay que hacer hincapié en el carácter simbólico que, en la mayor parte de las civilizaciones antiguas, poseyó el buey o el toro: fue uno de los animales más requeridos en los sacrificios, tuvo un constante protagonismo en muchos ritos funerarios, y encarnó, por encima de todo, el símbolo de la potencia sexual y la fertilidad masculina.

En un reciente y valiosísimo trabajo, El toro en el Mediterráneo, la Profesora Cristina Delgado Linacero rastrea este doble papel fundamental del toro (económico/social y, a la vez, simbólico/religioso) desde el sexto milenio antes de Cristo, partiendo de las pinturas halladas en unos santuarios prehistóricos de Anatolia. Ello no hace sino confirmar, que, antes incluso que por la cuenca mediterránea, el culto al toro estaba extendido por el Asia mesopotámica, desde donde se extendió a Egipto, por el Sur del Mediterráneo, y a Grecia, por la vía más alejada. La mencionada autora sostiene que en el país de las pirámides se dieron también los juegos taurinos (concretados, al parecer, en luchas entre toro y toro), y que los propios faraones eran propietarios de ganaderías de reses bravas, cuyas características enfrentaban a las de otros ganaderos. Si esto fue realmente así, no cabe duda de que se trata del antecedente más remoto del criador de ganado bravo con hierro propio.

Los juegos y sacrificios rituales celebrados en la isla de Creta son de sobra conocidos, tal vez por la peculiaridad que presentaban en lo tocante a los oficiantes del ceremonial, que -si no fantasean las pinturas de la época- eran de ambos sexos. También es muy notoria la presencia del toro en la Mitología clásica grecolatina, donde su papel de símbolo de la potencia viril queda de manifiesto en los episodios del rapto de Europa y los amores adulterinos de Pasífae. Se ubicaba, además, desde siempre la mítica Turdetania o Tartessos en lo que hoy es la Baja Andalucía, alrededor de la desembocadura del Guadalquivir (zona donde, por cierto, actualmente se siguen criando toros bravos); y era bien conocido el mito del rey Gerión, criador de unos toros cuya bravura quedaba implícitamente ponderada en el hecho de que su robo fue uno de los doce penosos trabajos impuestos a Hércules. El historiador griego Estrabón, nacido en el año 63 a. de C., todavía se hacía eco de estas creencias legendarias, relacionando el contenido de este mito con los toros que, en su tiempo, seguían pastando en las dehesas bañadas por el Guadalquivir.

Mucho se ha discutido acerca del origen de la Tauromaquia en las arenas del circo romano... Pero ya se ha ido viendo que la tradición -ora histórica y demostrable, ora legendaria y especulativa (aunque no por ello alejada de un sustento real que le diera un cierto fundamento)- señala unas raíces bastante más profundas. Lo cual no constituye ningún óbice para suponer que, aunando ambos usos (la suelta de fieras en las arenas de Roma, y el juego/combate sostenido desde tiempos ancestrales por los pobladores prerromanos de la Península), la costumbre romana vino a reforzar el espíritu taurómaco de los hispanorromanos.

Volver al inicio de Corridas de Toros

El toreo en la Edad Media: Lidiar y correr

Conviene recordar que, frente a la fiesta de toros propia de los siglos XVI y XVII, y frente a la corrida de toros que se consolida a partir del XVIII, el desarrollo de la Tauromaquia durante casi toda la época medieval queda esencialmente reducido a la práctica de lidiar, correr y matar toros bravos, a pesar de que hay algunos documentos de los siglos XIII, XIV y XV que presentan al pueblo llano y a miembros de la nobleza afanados en la ejecución -generalmente, improvisada y tosca- de alguna suerte o lance del toreo. Pero antes de repasar estos testimonios escritos es necesario hacer algunas precisiones acerca del marbete elegido para etiquetar la Tauromaquia del Medievo.

Lidiar, correr y matar toros bravos se reduce en este artículo a lidiar y correr, habida cuenta de que en el propio concepto de lidiar va implícito el significado de dar muerte a la res lidiada. En efecto, dentro de la más pura teoría del toreo no es posible concebir el ejercicio de la lidia o pelea si no es como el medio, proceso o preparación que conduce a un fin supremo: la muerte del astado a manos del hombre que lo lidia. Cualquier otra ejecución de la lidia que no tienda a este fin cae dentro de las parcelas de la doma o el circo, y queda, en consecuencia, fuera del ámbito del Arte de Cúchares. Ello no implica que otros juegos o festejos taurinos cuya finalidad es meramente lúdica (toreo cómico, forçados portugueses, vacas landesas, etc.) no tengan cabida en el concepto general de Tauromaquia; sólo quiere decir que son ajenos al de lidia, tal y como lo ha entendido siempre un aficionado serio, riguroso y cabal.

En lo tocante a la diferencia entre lidiar y correr, aparte de lo recién argumentado, baste para su distinción con recordar el matiz de "pelea o enfrentamiento" que va incluido en el concepto de lidia y que, en un principio, no tiene por qué estar presente en la acción de correr. A pesar de ello, hay que tener presente que tanto lidiar como correr toros en la Edad Media eran dos ejercicios muy violentos, reflejos ambos de la rudeza que regía las costumbres de la sociedad feudal castellana. De ahí que la práctica de correr toros bravos, en la medida en que acababa casi siempre dando lugar a una pelea o enfrentamiento con los astados corridos, tuviera entonces unos vínculos con el ejercicio de la lidia mucho más sólidos que los que puedan guardar entre sí un encierro y una corrida actuales. Así lo muestra, entre otras muchas fuentes documentales, este pasaje de los Hechos del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo, crónica del siglo XV escrita por el alcaide Pedro de Escavias:

"Y entre las otras cosas, vn día antes que se partiese, mandó correr çiertos toros en el alcáçar de Baylén. Y al tiempo que se corrieron, mandó soltar vna leona muy grande que allí tenía, la qual espantó toda la gente que andava corriendo los toros, y andovo a vueltas dellos".

Pero hay otros testimonios escritos (históricos, jurídicos y literarios) que ofrecen pruebas fidedignas de que esta afición a correr y lidiar toros data de mucho tiempo atrás. La Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila, de Fray Luis Ariz, publicada en 1607, cita varias lidias de toros ocurridas en el siglo XII, a partir del año 1100. Y hasta tal punto debieron de estar implantadas entre las clases populares estas costumbres de lidiar y correr, que ya en el siglo XIII el Fuero de Zamora, dentro de los Fueros leoneses, se ve obligado a prohibir en una de sus disposiciones "que nenguno non sea ossado de correr toro nen uaca braua enno cuerpo de la uilla, se non en aquel lugar que fue puesto que dizen Sancta Altana". También el Poema de Fernán González y La Leyenda de los Infantes de Lara dan muestras de la gran aceptación que tenía el correr y lidiar toros, particularmente a la hora de solemnizar con ello festejos tan señalados como lo era entonces una boda. Pero es en la magna obra alfonsí donde aparecen más referencias a esta afición que, como se está verificando, siempre ha sido inherente al carácter de los pobladores del suelo patrio; referencias presentes en textos históricos (Primera Crónica General de España), jurídicos (La Siete Partidas) y literarios (Las Cantigas). Y es digno de notarse que, atendiendo a lo dispuesto en Las Siete Partidas, tal vez hubiera ya en el siglo XIII "toreros profesionales", es decir, personas cuyo oficio -y fuente de ingresos- consistía en dar muerte a los toros lidiados en el transcurso de festejos y celebraciones. No de otro modo puede explicarse la distinción que el Rey Sabio establece entre el hombre que "se aventura a lidiar por precio con bestia brava" (a quien condena porque estima que es codicioso y proclive a la pendencia), y el hombre que lo hace "por salvar a sí mismo o algún su amigo" o "por probar su fuerça" (al que estima merecedor de ganar "prez de hombre valiente y esforçado").

[En esta reproducción del bello códice escurialense se pueden apreciar las diversas fases del rito consistente en la lidia de un toro efectuada por parte del novio, con el fin de asegurarse, como requisito previo antes de la boda, la potencia sexual y la fertilidad simbolizadas en este animal totémico].

En el siglo XIV, el Libro del Cauallero Zifar presenta a ciertos caballeros entregados "a bofordar e a fazer sus demandas e a correr toros e a fazer grandes alegrías", y muestra al rey Mentón aconsejando a sus hijos que sean "bien acostumbrados en alançar e en bofordar". Pero será el siglo siguiente el que aporte los documentos más ricos y variados acerca del toreo en el Medioevo: a los ya citados Hechos del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo (preciosa fuente que describe con plasticidad varios festejos en los que se corrieron y lidiaron reses bravas), hay que añadir la Crónica de don Pero Niño, Conde de Buelna, escrita por Gutierre Díez de Games para dejar constancia de la vida del que fuera doncel de Enrique III y Juan II. Esta crónica (que no vio la luz hasta que no la imprimió don Antonio de Sancha en 1782, editada por don Eugenio de Llaguno y Amirola) es un magnífico fresco donde están reflejadas las costumbres de los caballeros castellanos que vivieron entre los siglos XIV y XV. Naturalmente, entre estas costumbres hay varias referencias obligadas a los juegos de cañas y los lances de correr y lidiar toros, referencias que sin duda constituyen el mejor argumento para destruir el viejo tópico, tan repetido como equivocado, de que antes del siglo XVIII el toreo se reducía a una diversión de nobles que sólo lo ejecutaban a caballo:

"Y algunos días corrían toros, en los cuales no fue ninguno que tanto se esmerase con ellos [como se había esmerado Pero Niño], así a pie como a caballo, esperándolos, poniéndose a gran peligro con ellos, faciendo golpes de espada tales, que todos eran maravillados".

Si bien es cierto que el testimonio de los cronistas de antaño (independientemente de la fecha de publicación de sus trabajos) no deja lugar a dudas acerca de la afición a lidiar toros a caballo y a pie, entre las clases menos favorecidas y la más privilegiadas, durante los siglos XIII, XIV y XV, no lo es menos que los relatos de los viajeros extranjeros que visitaron entonces los Reinos de la Península vienen a confirmar el contenido de estas crónicas, y aun a ratificarlos, teniendo en cuenta la imparcialidad que de ordinario se atribuye a la observación foránea. El bohemio León de Rosmithal, en el recuerdo de sus Viajes por España, narra este espectáculo que él mismo presenciara en la ciudad de Burgos en 1466:

"En los días festivos tienen gran recreación con los toros, para lo cual cogen dos o tres de una manada y los introducen sigilosamente en la ciudad, los encierran en las plazas, y hombres a caballo los acosan y les clavan aguijones para enfurecerlos y obligarlos a arremeter a cualquier objeto; cuando el toro está ya muy fatigado y lleno de saetas, sueltan dos o tres perros que muerden al toro en las orejas y lo sujetan con gran fuerza; los perros aprietan tan recio que no sueltan el bocado si no les abren la boca con un hierro. La carne de estos toros no se vende a los de la ciudad, sino a la gente del campo. En esta fiesta murió un caballo y un hombre, y salieron, además, dos estropeados".

Volver al inicio de Corridas de Toros

El toreo en los Siglos de Oro: Las fiestas de toros

A pesar de que Enrique IV y los caballeros de su corte mantuvieron -y aun acrecentaron- esta afición a los toros en Castilla y León, el último cuarto del siglo XV contempló una peligrosa decadencia de las costumbres de lidiar y correr toros bravos, decadencia que bien puede atribuirse -atendiendo al obligado punto de referencia que, en aquella época, constituían los monarcas respecto a la emulación de sus cortesanos- al desinterés y la aversión que los festejos taurómacos provocaron, respectivamente, en Fernando e Isabel. Se sabe que la reina de Castilla se horrorizó al presenciar una corrida en Medina del Campo, y que el rey Fernando, considerando erróneamente que la afición taurina de sus súbditos tenía su origen en prácticas musulmanas, dio prioridad a la solemnización de eventos a través de justas y torneos, en detrimento de los juegos con toros bravos. Don Natalio Rivas se hace eco de una curiosa crónica que relata las fiestas celebradas en Segovia en 1490, con motivo del enlace nupcial entre la Infanta Isabel y don Alonso de Portugal; allí se advierte que los segovianos pudieron gozar de todas la diversiones que eran entonces frecuentes, salvo de las corridas de toros, que quedaron expresamente excluidas del "programa de fiestas".

Pero la afición que desde tiempos remotos llevaban inculcada el pueblo y la nobleza no sólo aguantó sin merma alguna este desprecio de los Reyes Católicos, sino que pronto se vio recompensada y reforzada con la subida al trono de Carlos V. El emperador, que unía a sus dotes teóricas de estratega su natural propensión a la práctica de la acción bélica y de otras actividades arriesgadas, halló en el ejercicio de alancear toros bravos un magnífico entrenamiento para conservar la agilidad y el vigor en tiempos de paz. Si a esto se suma la inclinación de los monarcas de la Casa de Austria hacia los festejos populares celebrados al aire libre (desfiles, carnavales, procesiones, representaciones dramáticas, etc.), es fácil comprender el auge que experimentó la fiesta de los toros durante los siglos XVI y XVII, capaz de resistir, incluso, las gazmoñas andanadas que, en forma de excomunión, le lanzaron desde Roma.

Una notable variación va a afectar, empero, al desarrollo del toreo áureo en relación con las prácticas taurinas medievales: si el propio emperador Carlos I -al igual que el rey don Sebastián, en Portugal- da muerte a toros bravos alanceándolos desde su montura, no es de extrañar que, por efecto de ese mecanismo de emulación cortesana al que ya se ha hecho referencia, los nobles españoles asuman todo el protagonismo en la lidia ecuestre de los toros, relegando el toreo a pie, propio del pueblo llano, a una limitada presencia auxiliar y, casi siempre, meramente decorativa. Son, por ello, escasísimos los documentos históricos y los testimonio literarios que hacen referencia al toreo a pie en el Siglo de Oro, testimonios cuya relativa importancia se advierte bien en el hecho de que suelen constituir digresiones o ideas secundarias respecto al tema principal del discurso en el que están insertos. Buena muestra de todo ello es este fragmento de una oración sagrada que pronunció fray Hernando de Santiago en alabanza de San Bartolomé (Salamanca, 1597), en el que la materia taurina se concreta en un ejemplo con el que el orador viene a ilustrar, por vía de la comparación, sus argumentos:

"Suele suceder cuando un toro bravo sale a la plaza, rostro y cerviguillo ancho y negro, que con su aspecto, furia y bramidos obliga a que todos se pongan en cobro; y que, cuando están llenos los tablados y solo el coso, sale un hombre que sólo con su capa en la mano le silba y le provoca y le incita: todos le han lástima y le tienen por muerto y, aunque le den voces, de nada se turba; antes -severo, entero y reposado-, si el toro no le quiere, él se le llega y, cuando le arremete, cerrando los ojos, a dar la cornada, déjale la capa en los cuernos, húrtale el cuerpo y parte a la carrera a un puesto seguro a que echó el ojo primero que comenzare a hacer esto. Embravécese el toro con la capa, písala y rómpela, y los que de lejos lo miran piensan que mató al hombre; pero el otro, vivo, se está riendo y holgando en su paz [...]. Toros hubo bravos [...] en tiempos de los gloriosos apóstoles y mártires antiguos [...]. Uno de los que bien torearon con una vaca lasciva y loca (que suele ser peor que toro), aunque en el Viejo Testamento, fue José con su ama: porque le dejó la capa, huyendo el cuerpo, no le diese la cornada en el alma".

Mas, a pesar de que la vivísima pintura de fray Hernando de Santiago pudiera hacer creer que este tipo de lances a pie era muy practicado, durante el Siglo de Oro los cosos españoles fueron principalmente escenarios de toreo ecuestre. En esta particular y limitada formulación de la lucha ancestral entre hombre y toro (con el caballo como invitado ilustre, por su antiguo abolengo, bien documentado ya en las lejanas lides taurómacas medievales), hay que localizar los orígenes del actual Arte del Rejoneo, sobre todo cuando, a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, los caballeros comienzan a sustituir por un rejón la tradicional lanza que utilizaban para dar muerte a los toros desde su silla de montar. En efecto, Pedro Fernández de Andrada, en su Libro de la jineta en España (Sevilla, 1599), habla indistintamente de lanzas y rejones cuando hace referencia a los "trastos de matar" que, por aquellas fechas, gastaban los lidiadores; y en sus Nuevos discursos de la jineta (Sevilla, 1616), deja consignado que "el torear con rejón es invención nueva, y no mala, por la facilidad que tiene". Como observa muy atinadamente don Francisco López Izquierdo, la importancia de esta sustitución de la lanza por el rejón no debe pasar inadvertida para el historiador de la Tauromaquia ni para el buen aficionado, ya que está delatando un cambio de mentalidad en los ejecutores de las prácticas taurinas. Dicho cambio no es otro que el paso de una concepción del toreo como mero ejercicio de entrenamiento para la contienda bélica (y de ahí el uso de la lanza, arma guerrera), a otra concepción del toreo como diversión, entretenimiento, espectáculo y, tal vez en algunas tempranas ocasiones, fuente de inspiración artística (favorecida por el refinamiento y la variedad que, respecto a la lanza guerrera, introduce el rejón cortesano).

Pero esta afición práctica de las clases privilegiadas ("que influye la española monarquía / fuerza igualmente en toros y rejones", dejó escrito Quevedo en un soneto) no habrá de ser el único factor desencadenante del auge y esplendor de la fiesta de toros durante los siglos XVI y XVII. El espectacular desarrollo de las ciudades va a generar una nueva concepción urbanística que privilegia los grandes espacios abiertos y, muy especialmente, las plazas mayores. Concebidas éstas como punto de encuentro de todos los grupos sociales -máxime cuando la celebración de algún evento propicia esta "promiscuidad callejera de linajes" a la que fueron los Austria tan adeptos-, las plazas mayores de las grandes urbes van a dar cabida a centenares de acontecimientos taurinos que, convocados so capa de solemnizar cualquier suceso memorable, no son en realidad sino el reflejo de la necesidad que tienen todos los aficionados, desde el monarca hasta el último de sus súbditos, de seguir alimentado su pasión taurófila. En efecto, un nacimiento o una boda dentro de la familia Real o de cualquier casa ilustre, una visita de un príncipe o embajador extranjero, una acción de gracias que bendice la noticia de cualquier victoria de las tropas españolas, o, incluso, eventos tan alejados del toreo como pueden serlo la canonización de un santo o la investidura de doctores en una universidad, servirán de pretexto para organizar, ipso facto, una corrida de toros.

Esta afición extensa y colectiva va a originar otra novedad respecto al toreo del Medioevo, novedad muy pronto concretada en la multitud de escritores y tratadistas que tomaron la pluma para pergeñar los primeros ensayos sobre toros, caballos y toreros (embriones de lo que, andando el tiempo, serán las historias del toreo -como la de Cossío- y las Tauromaquias -como la de "Pepe-Hillo" o la de "Paquiro"-); dejar constancia, en relaciones escritas en verso o en prosa, de lo sucedido en cualquier fiesta de toros (preludios de las crónicas taurinas); y, sobre todo, entablar las primeras polémicas acerca de la práctica del toreo (orígenes remotos de la hoy copiosa -y, casi siempre, pastosa- literatura antitaurina). Quiere esto decir que, frente a los textos medievales recogidos en cualquier historia de la Tauromaquia (textos que sólo se hacen eco de algunas noticias taurinas cuando éstas rodean, circunstancialmente, al protagonista del relato o a su tema central), por primera vez va a aparecer, a lo largo del siglo XVI, una literatura específicamente taurina. Entre los ensayos teóricos y tratados técnicos, al margen de los ya reseñados de Pedro Fernández de Andrada, conviene destacar el Tratado de la caballería de la jineta (Sevilla, 1551), de Fernando Chacón; el Tratado de la caballería de la jineta (Sevilla, 1572), de Pedro Aguilar; el Tratado de la jineta y toreo con lanza, de Diego Ramírez de Haro -que fue un valentísimo y certero alanceador de toros-; los Ejercicios de la jineta (Madrid, 1643), de Gregorio Tapia y Salcedo; las Reglas de torear (de la segunda mitad del siglo XVII), del décimo almirante de Castilla, don Juan Gaspar Alonso Enríquez de Cabrera; y las leyendas y tradiciones recogidas en crónicas y misceláneas -verbigracia, la Silva de varia lección (Sevilla, 1540), de Pedro Mexía; las Repúblicas del mundo (Medina del campo, 1575), de fray Jerónimo Román; y la Miscelánea, silva de casos curiosos (Madrid, ca. 1591), de Luis Zapata de Chaves.

Entre las relaciones de sucesos, la literatura taurina áurea es abundantísima y, en ocasiones, de muy aquilatada calidad. Si cualquier suceso acaecido dentro de un coso podía dar pie a que los mayores ingenios del lugar afilasen su maledicencia satírica o adunasen sus glosas laudatorias -sobre todo si el protagonista del evento era algún notable o, incluso, la propia Sacra y Católica Majestad de España, como aconteció cuando Felipe IV mató un toro de un sólo arcabuzazo-, no es de extrañar que hasta los más modestos redactores de avisos y relaciones fijasen su atención en episodios taurinos. Enrique Cock, en sus relatos de los viajes efectuados por Felipe II a las Cortes de Monzón (1585) y a Tarazona (1592), deja constancia de que hasta el sobrio y severo promotor de El Escorial gustaba de divertir sus melancolías y aligerar el grave peso de su cargo presenciando juegos de toros: "La segunda fiesta que la villa [Valladolid] hizo fue el sábado, a once de Julio, que fue unos toros con un juego de cañas de seis cuadrillas, y se hizo en la plaza mayor. Su Majestad y sus Altezas la vieron en las ventanas de la casa nueva de la villa [...]". Los anales, avisos y relaciones de otros muchos autores (Jerónimo de Barrionuevo, José Pellicer y Tobar, Antonio de León Pinelo, etc.) van dando cuenta sucesiva del incremento de estas prácticas taurinas durante los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, muy favorecidas, como ya se ha indicado más arriba, por la afición a la fiesta en la calle que manifestaron todas las cortes de los Habsburgo.

Y en lo tocante, en fin, a las tempranas controversias acerca de si es o no es lícito el ejercicio del toreo, lo primero que cabe reseñar es que, en los siglos XVI y XVII, sus detractores peroran siempre desde una posición religiosa o moral que se preocupa, ante todo, por la vida de quienes la exponen ante un toro, y no por el sufrimiento o la muerte del astado. Considerada desde esta perspectiva, la militancia antitaurina del Siglo de Oro apenas coincide con la de los animalistas de hogaño -preocupados, sobre todo, por el sacrificio de las reses-, salvo en que unos y otros tienen un objetivo común: la abolición de los festejos taurinos. Véase de qué manera cifraba sus objeciones morales fray Damián de Vegas, en su Libro de poesías christianas (Toledo: Pedro Rodríguez, 1590):

"¡Oh bárbaros inhumanos,
que pueden con gusto estar
viendo amorcar y matar
los toros a sus hermanos,
con riesgo -digno de lloro-
de al infierno condenarse,
muriendo sin confesarse
entre los cuernos del toro".

Hubo, con todo, algunas excepciones protagonizadas por quienes, siendo buenos conocedores de la idiosincrasia de sus paisanos y de las tradiciones arraigadas en su tierra desde tiempos remotos, estimaron que la fiesta de toros nunca podría ser abolida por decreto, y propusieron, en consecuencia, una serie de sugerencias que -supuestamente- la harían menos peligrosa para la integridad física de sus oficiantes. Entre ellos, es obligado destacar la bondad, la mesura y, desde luego, la dulce ingenuidad del doctor Cristóbal Pérez de Herrera, Protomédico de las Galeras de España; el cual, en su Discurso [...] en que suplica a la Majestad del Rey don Felipe [...] se sirva mandar ver si convendrá dar de nuevo orden en el correr de toros, para evitar los muchos peligros y daños que se ven con el que hoy se usa en estos Reinos (Madrid, 1597), postuló algunos remedios tan peregrinos como que "no hagan más de una o dos fiestas por año", o que "tengan [los toros] serrados los cuernos un palmo cada uno, [o lleven] unas bolas de metal huecas, o de madera fuerte en las puntas dellos". No obstante, es justo reconocer que, junto a estas sugerencias, el Dr. Pérez de Herrera supo también anticipar algunas mejoras que, muchos años después, acabarían por incorporarse a las corridas de toros y a otros juegos protagonizados por el hombre y el ganado bravo (así, verbigracia, "inventó" el burladero cuando propuso "poner algunas medias pipas de madera terraplenadas de arena para socorro de los de a pie, pues se atrincherarían detrás dellas").

Respecto a los detractores abolicionistas, hay que empezar por señalar que las instancias gubernamentales a las que dirigieron sus peticiones de suprimir las fiestas de toros dieron, por lo común, la callada por respuesta, o se mostraron muy renuentes siquiera a considerar sus súplicas. Y ello no solamente era debido a que las propias autoridades participaban de esa pasión taurófila tan general y extendida por todo el Reino, sino también a que, como llegó a observar el mismísimo Felipe II en una conversación privada con el Nuncio Castagna, los altercados con que sería recibida la prohibición del toreo acarrearían un daño mucho mayor que el originado -según exageraban los prohibicionistas- por el consentimiento de su práctica. Véase cómo da cuenta de ello el propio Nuncio de Su Santidad, en una epístola remitida al Cardenal Alexandrino:

"Hablando como por mi cuenta en una ocasión con S.M., traté de persuadirle que quitara las corridas de toros, y en suma hallé que literatos y teólogos han aconsejado muchos años ha que no son ilícitas, y entre otros alegan a fray Francisco de Vitoria. Y S.M. dice que no cree poderlas quitar nunca de España sin grandísimo disturbio y descontento de todos los pueblos, y, en suma, no encuentro en esto buena correspondencia".

Así las cosas, los partidarios de la prohibición, viendo que las autoridades civiles no podían ni querían dictar leyes que vedaran las fiestas de toros, recurrieron al amparo de la Iglesia; y, alegando las ya apuntadas razones de carácter humanitario, consiguieron que el Papa Pío V promulgara, con fecha del 1 de noviembre de 1567, una bula que amenazaba con la excomunión de "los príncipes cristianos" que permitieran en sus territorios los enfrentamientos entre hombres y fieras (con explícita alusión a los toros bravos). El Papa, so pretexto de "apartar a los fieles de todo el mismo rebaño de los peligros de los cuerpos y también del daño de las almas", proveía a través de dicha bula que se negara la sepultura cristiana a quienes resultasen muertos a raíz de cualquier ejercicio taurino, y prohibía expresamente a los clérigos -"así regulares como seglares"- que estuviesen presentes "en los dichos espectáculos". Asimismo, vedaba Pío V la solemnización de festividades cristianas por medio de las corridas de toros.

La conmoción que provocó el contenido de esta bula papal tuvo tales efectos entre los súbditos del Felipe II, que el propio monarca se creyó en la obligación de exigir ante el nuevo Papa Gregorio XIII una revisión y un levantamiento de estas estrictas prohibiciones y de los severos castigos que su incumplimiento acarreaba (especialmente entre el estamento eclesiástico, donde, por cierto, había una gran cantidad de aficionados). Así, el 25 de agosto de 1575, sólo ocho años después de la tajante bula de Pío V, Gregorio XIII promulgaba otra bula cuyo contenido levantó esta vez las iras de los prohibicionistas:

"Nosotros, inclinados por las suplicaciones del dicho rey don Felipe, que en esta parte humildemente se nos hicieron, por las presentes con autoridad apostólica revocamos y quitamos las penas de descomunión, anatema y entredicho y otras eclisiásticas [sic] sentencias y censuras contenidas en la constitución del dicho nuestro predecesor, y esto cuanto a los legos y los fieles soldados solamente, de cualquier orden militar, aunque tenían encomiendas o beneficios de las dichas órdenes, con tal que los dichos fieles soldados no sean ordenados de orden sacra, y que los juegos de toros no se hagan en día de fiesta [...]".

Quedaba, pues, libre la participación de los legos en las fiestas de toros, pero no así la concurrencia a ellas de los discriminados aficionados eclesiásticos. Ello originó no pocas tensiones y altercados entre los muchos clérigos que, con bula y sin bula, siguieron acudiendo a los juegos de toros, y los pocos que, habilitados por la sanción papal, se empecinaban en perseguirlos y denunciarlos. Cuando, a 14 de abril de 1586, el Papa Sixto V promulgó una constitución apostólica recordando la vigencia y validez de las disposiciones de sus predecesores, y censurando acremente el comportamiento de los clérigos que presenciaban las corridas de toros y de los teólogos que los exoneraban de culpa, el Obispo de Salamanca -a quien va dirigida esta declaración pontificia- creyó tener en su mano la llave que le permitiría clausurar los festejos taurinos en su diócesis. En efecto, don Jerónimo Manrique Aguayo, Obispo de Salamanca y uno de los más enconados detractores de la fiesta de toros en la segunda mitad del siglo XVI, se había escandalizado de que "algunos lectores de esta Universidad de Salamanca enseñan y afirman que las dichas personas eclesiásticas pueden ver dichos espectáculos y agitación de toros sin pecado"; y había apelado a la suprema autoridad de Sixto V para que el Sumo Pontífice recordase por escrito la prohibición que afectaba al estamento eclesiástico. Con la respuesta papal en la mano, se dirigió a la Universidad de Salamanca (que, por aquel entonces, llegó a tener una partida presupuestaria para afrontar los gastos originados por las fiestas de toros convocadas para celebrar los doctorados) y exigió que en ella se vedasen estos festejos taurinos y, sobre todo, que sus teólogos no disculpasen a los clérigos que concurrían en ellos. La respuesta de don Sancho Dávila, Rector de la Universidad, hizo ver a las claras al Obispo que, por muchas constituciones apostólicas que trajera, la batalla contra la afición taurina la tenía perdida de antemano:

"Porque si el Señor Obispo quiere, como pretende, meterse en castigar estudiantes que tengan los dichos requisitos, demás de ser contra las Constituciones y Estatutos de la Universidad, los estudiantes es gente moza e inconsiderada en semejantes ocasiones, y que no sufrirá tener tantos jueces; y a la primera ocasión que se le ofrezca, como son muchos, se revolverá toda la Universidad y Ciudad".

Respuesta clara y tajante, muy similar a la que emitió don Luis de Góngora cuando, siendo racionero en Córdoba, había sido acusado de asistir a los toros y llevar una vida demasiado relajada -cuando no disoluta- para un componente del coro catedralicio:

"Si vi los toros que hubo en la Corredera, las fiestas de año pasado, fue por saber iban a ellos personas de más años y más órdenes que yo, y que tendrán más obligaciones de tener y entender mejor los motus propios de Su Santidad".

De todo ello se infiere que la prohibición fue considerada por casi todos los clérigos -a excepción de algún abolicionista furibundo y exaltado- como una orden escrita en papel mojado, por mucho plomo con que la dignificase el sello pontificio; y, sobre todo, que la tradición y la costumbre siempre han pesado más que cualquier ordenanza civil o eclesiástica, aun en una época en la que lo usual en España era defender con el mismo ahínco a Roma y al Imperio de Su Católica Majestad (contrástese esta "desobediencia torera" con la feroz militancia contrarreformista de casi todos los españoles, y se apreciará claramente el peso específico del toreo en su idiosincrasia). Don Luis de Góngora pudo seguir asistiendo a cuantas fiestas de toros le plugo ver (como quedó después testimoniado en su soneto dedicado al marqués de Velada, "herido de un toro que mató luego a cuchilladas", y en sus décimas "A don Gaspar de Aspeleta, a quien derribó un toro en unas fiestas"); y el resto de los ingenios del Reino -clérigos o legos- se aplicó del mismo modo a celebrar por escrito las hazañas toreras de la nobleza (así, verbigracia, el romance de Gabriel Bocángel dedicado "al conde de Cantillana, en una fiesta de toros que lidió valerosamente"; el soneto quevedesco dirigido "al duque de Maqueda, en ocasión de no perder la silla en los grandes corcovos de su caballo, habiendo hecho buena suerte en el toro"; o el soneto burlesco de don Juan de Tassis, Conde de Villamediana, que zahiere "al alguacil de corte Pedro Vergel", muy hermanado entonces con toros y cabestros por la libre interpretación del sexto mandamiento que, de manera pública y notoria, solía hacer su esposa).

Enorme conmoción causó "la desgraciada y lastimosa muerte" -en palabras de su cantor, Pedro Medina Medinilla, según quiere Cossío, o Lope de Vega, de acuerdo con Joaquín de Entrambasaguas- que le dio un toro a don Diego de Toledo, hermano del duque de Alba. Pero no faltó algún poeta anónimo que llorara también las cogidas mortales de aquellos mozos de a pie que auxiliaban a los nobles dentro de los cosos, prestos a hacer el quite con su capa cuando los derribos de los caballeros así lo exigían. A través de ellos sabemos, por ejemplo, que una cornada de caballo acabó con el humilde, pero célebre, Manuel Sánchez, "el de Monleón":

"Compañeros, yo me muero;
amigos, estoy muy malo;
tres pañuelos tengo dentro,
y este que meto son cuatro".

Al margen del curioso método utilizado entonces para taponar la herida y calibrar la profundidad de la cornada, este romance muestra también que la importancia de los susodichos auxiliares de a pie va creciendo a medida que avanza el siglo XVII. La fiesta de toros siguió gozando de magnífica salud, abarrotando plazas mayores durante todo este siglo, y concretándose, ya casi en los albores del siguiente, en larguísimos espectáculos matutinos y vespertinos que, lejos de hastiar a los aficionados, fueron preparando el terreno para la formulación y consolidación del toreo moderno en el siglo XVIII:

"Esto supuesto, a las seis de la mañana se executó el primer encierro, en que no dexaron de hazer sus acometidas los toros [...]. Hecha esta diligencia, llegaron las quatro y media de la tarde, a cuya hora subieron sus Magestades al Real Balcón [...]. Levantáronse sus Magestades, y diose fin a esta tan lucida Fiesta, quedando todos sumamente contentos, y satisfecho el natural deseo y inclinación que los españoles tienen a semejantes Espectáculos. Entre los aplausos de los Lidiadores, y el desembaraço de la Plaça, cerró la Noche con su tendido manto de sombras, y puso término a una de las mejores fiestas que se han visto, celebrada en obsequio de las Magestades de Nuestros Heroycos Reyes [...]". (Curiosa relación que da cuenta de la grande Fiesta de Toros, que la Coronada Villa de Madrid hizo, en obsequio de la Entrada de la Reyna N. Señora, que Dios guarde, el día 17 de agosto de 1690, en la Plaça Mayor. Dase noticia de los encierros, y adorno, y despejo de la Plaça, de la destreza de los Cavalleros que Rejonearon, de los Toreros de a pie, de los empeños; y finalmente de los Bolatines que huvo en dicha fiesta, con otras circunstancias, que verá el curioso Letor. Publicada Sábado 19 de Agosto).

Volver al inicio de Corridas de Toros

El toreo moderno y contemporáneo

La llegada al trono de Felipe V, que traía una educación y unas costumbres muy distintas de las de los Habsburgo, supuso un brusco enfriamiento de la pasión taurina animadora y sustentadora de la afición entre los nobles, debido a que el primer Borbón manifestó en repetidas ocasiones su desdén hacia las fiestas de toros. Pero el paulatino protagonismo que, frente a las reses bravas, habían ido adquiriendo los peones desde el siglo anterior, aliado con el gusto que habían tomado algunos caballeros a ejecutar la suerte suprema a pie y armados con un estoque, propició que el toreo, lejos de declinar en la concepción colectiva de la fiesta popular y callejera, fuese adquiriendo una supremacía que movió al pueblo a anteponerlo a cualquier otro género de diversión o espectáculo.

En efecto, el acercamiento al toro y el consiguiente riesgo que imponía el uso del rejón (frente a la distancia protectora que la lanza permitía guardar al caballero) fue provocando cada vez más derribos y caídas, percances cuyo número, además, se acrecentó por culpa de ese afán de arriesgar que, por competir con los demás, exhibían en sus alardes los caballeros rejoneadores. Todo ello dio lugar, por una parte, a la constante actuación de los mozos de a pie, que pronto comenzaron a rivalizar entre sí para ver quién de ellos imprimía mayor mando, gracia o presteza al vuelo de sus capas salvadoras; y por otro lado, a la utilización de su espada por parte de aquellos caballeros que, viéndose derribados de su montura y en un trance tan desairado como peligroso, tenían que recurrir al auxilio de su acero para defenderse de la rabiosa acometida del un morlaco enfurecido y -en casi todos estos lances- castigado en su piel y en su bravura.

En su archiconocida Carta histórica sobre el origen y progresos de las fiestas de toros en España (Madrid, 1777), dirigida al Príncipe de Pignatelli, don Nicolás Fernández de Moratín asegura que su abuelo materno, acompañando por algún lugar de La Alcarria los ejercicios taurinos del marqués de Mondéjar y conde de Tendilla, dejó "muerto a un toro de una estocada". Un poco más arriba, abundando sobre la progresión del toreo a pie a finales del siglo XVII, se hace eco de los recuerdos de aficionado de su padre, en cuya memoria había quedado grabado un claro precedente de la suerte que, al cabo de más de doscientos años, puso de moda el famoso "Don Tancredo":

"En tiempo de Carlos II dos hombres decentes se pusieron en la plaza delante del balcón del Rey, y durante la fiesta, fingiendo hablar algo importante, no movieron los pies del suelo, por más que repetidas veces les acometiese el toro, al cual burlaban con solo un quiebro de cuerpo u otra leve insinuación; lo que agradó mucho a la corte".

Ante noticias como ésta, no es de extrañar que Moratín padre lamente la "delicadeza" y el "amaneramiento" en los que, según señala en la referida carta, había incurrido el arte del toreo en el último cuarto del siglo XVIII. Los aficionados agoreros de hogaño pueden comprobar que el socorrido tópico de "cualquier tiempo pasado fue mejor" (tan caro a quienes han diagnosticado la decadencia del toreo y barruntado su definitiva desaparición) ya estaba presente en los tiempos del genial Pedro Romero:

"Algunos años ha, con tal que un hombre matase a un toro, no se reparaba en que fuese de cuatro a seis estocadas [...]. Pero hoy ha llegado a tanto la delicadeza, que parece que se va a hacer una sangría a una dama, y no a matar de una estocada una fiera tan espantosa".

Cierto es, empero, que don Nicolás Fernández de Moratín había visto triunfar el arrojo y la audacia de los primeros toreros de a pie que, por vivir de lo que cobraban por estoquear reses bravas, pueden considerarse como profesionales del toreo. Agotado ya el fervor que la afición dispensaba a los últimos caballeros rejoneadores (don Jerónimo de Olaso, don Luis de la Peña Terrones y don Bernardino Canal, todos ellos del primer cuarto del siglo XVIII), surgió un puñado de valientes que decidieron cargar, toreando a pie y sin la compañía de jinetes, con todo el peso de la corrida, que por aquel entonces se reducía casi exclusivamente a dar muerte a los toros. De algunos de ellos sólo queda memoria de su nombre, apodo o lugar de origen (así, "Potra, el de Talavera"; Godoy, "El Extremeño"; "el fraile de Pinto"; "el fraile del Rastro"; Lorenzo Manuel, "Lorencillo"; etc.); pero de otros, como es el caso de Francisco Romero, abuelo del colosal matador rondeño Pedro Romero, hay noticias más que curiosas. Siempre según Moratín padre, fue él quien formalizó la suerte de entrar a matar con estoque y muleta, practicando los rudimentos de lo que más tarde se llamó matar recibiendo:

"Por este tiempo [1726] empezó a sobresalir a pie Francisco Romero, el de Ronda, que fue de los primeros que perfeccionaron este arte usando de la muletilla, esperando al toro cara a cara y a pie firme, y matándolo cuerpo a cuerpo; y era una cierta ceremonia que el que esto hacía llevaba calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas atacadas de terciopelo negro para resistir las cornadas [...]. Así empezó el estoquear, y en cuantos libros se hallan escritos en prosa y verso sobre el asunto no se halla noticia de ningún estoqueador, habiendo tanta de los caballeros, de los capeadores, de los chulos, de los parches y de la lanzada a pie, y aun de los criollos, que enmaromaron la primera vez al toro en la plaza de Madrid, en tiempo de Felipe IV".

Entre los que continuaron por la senda abierta por Francisco Romero (los hermanos sevillanos Pedro, Félix y Juan Palomo; Juan Esteller, "El Valenciano"; José Leguregui, "El Pamplonés"; Antonio Martínez; el malagueño Diego del Álamo; etc.), hay que destacar la valentía del guipuzcoano Martín Barcáiztegui, "Martincho", que fue retratado por Francisco de Goya; y, muy particularmente, la temeridad suicida de Manuel Bellón, "El Africano", de quien se cuenta que, despechado y vencido del mal de amores, pisaba los ruedos buscando que un asta homicida acabase con su sufrimiento. "Martincho" y "El Africano" compitieron en arrojo con el gaditano José Cándido -padre del gran Jerónimo José-, quien arbitró novedades tan ruidosas como el matar citando con un sombrero ancho y descabellando al toro con un puñal; o el saltar al morlaco de cabo a rabo, apoyando un pie sobre su testuz. La muerte le sorprendió el 23 de junio de 1771, en la plaza de El Puerto de Santa María, entre las astas de un toro que lo corneó sañudamente después de que José salvara a un picador y resbalara en un charco de sangre.

Juan Romero, hijo de Francisco y padre de Pedro, fue uno de los primeros diestros favoritos de la afición madrileña. Formado a la sombra de su progenitor, tuvo el acierto de organizar por vez primera un grupo de toreros que, subordinados a su magisterio, le auxiliaban en los diversos momentos de la lidia, al tiempo que ofrecían al público una mayor variedad de suertes y una selecta especialización en sus particulares ejecuciones. Quedaban así constituidas formalmente las primeras cuadrillas, cuya relevante importancia aceleró aún más la total profesionalización de los matadores de toros. Juan Romero, que destacó también por la facilidad, el riesgo y la elegancia con que clavaba las banderillas, tuvo, además de Pedro, otros tres hijos toreros. Retirado a su Ronda natal, murió pacíficamente a los ciento dos años de edad.

A pesar de que la profesionalidad de diestros como Juan Romero iba dotando a los espectáculos taurinos de un rigor y una organización tendentes a consolidarlos dentro de una parcela artística sujeta a reglas, leyes, y estudios y mejoras de sus técnicas, no conviene ignorar que, simultáneamente, se seguían verificando festejos caóticos muy cercanos a lo que hoy llamaríamos toreo cómico o charlotada. Hacia mediados del Siglo de las Luces, don Cristóbal del Hoyo, marqués de la Villa de San Andrés y vizconde de Buen Paso, envía una epístola "a un amigo suyo" para darle cuenta de un día de toros en Madrid:

"Muertos los caballos, y los toros muertos, pusieron en medio de la plaza una pequeña alfombra, cuatro almohadas y una mesita con dulces; y suponiendo ser una visita, salieron tres toreros vestidos de mujer, con el ánimo de defender el estrado, sacando siempre al toro con suertes y con engaños de aquel sitio".

Volver al inicio de Corridas de Toros

"Costillares", el primer torero moderno

Contra este género de espectáculos debió de reaccionar el que puede ser considerado como el primer torero moderno, Joaquín Rodríguez, "Costillares". Dispuesto a acabar con la costumbre establecida de que cada matador impusiera, al vaivén veleidoso de sus arbitrios, unas normas de lidia distintas en cada ocasión, empezó a fijar algunos criterios cuya posterior consolidación iría sentando las bases de las actuales corridas de toros. Y aunque no se puede hablar todavía de una estricta formulación de los principios básicos del toreo moderno, si es justo reconocer que "Costillares" introdujo algunas innovaciones cuya vigencia y validez son bien patentes en cualquier corrida actual. Así, verbigracia, coincidió con Juan Romero en la contratación de cuadrillas de toreros auxiliares, ya que, hasta su llegada al mundo de los toros, eran los empresarios quienes se encargaban de proveer la plaza de banderilleros y picadores. Fue el primero, además, en elegir una indumentaria específica para la práctica del toreo, compuesta por una chaquetilla, un calzón corto y una faja que, desde su adopción, fueron perfilando las líneas del actual traje de luces. Y buen conocedor de la importancia que tenían los lances de capa a la hora de descubrir el comportamiento de las reses, fue "Costillares" el creador de algunos pases tan bellos como la verónica, hoy en día presente hasta en el repertorio del maletilla más falto de recursos y menguado de oficio.

Pero su mayor aportación a las técnicas taurómacas fue la invención del volapié (o vuelapiés, como él lo llamó), suerte de entrar a matar que, aunque nació como un recurso para deshacerse de los toros parados, pronto se convirtió en la forma más usual de despenar reses bravas, habida cuenta de la seguridad que ofrecía en comparación con la suerte ortodoxa de matar recibiendo. Sin embargo, su contemporáneo Pedro Romero (a quien no pocos aficionados tienen por el torero más grande de todos los tiempos) se declaró enemigo acérrimo del volapié, quizá por culpa de quienes confundieron el alivio de su uso con la ventaja de su abuso. Precisamente, la controversia entre los partidarios y los detractores del volapié costó la vida en 1820 a Francisco Herrera Rodríguez, "Curro Guillén"; el cual, inclinado a la nueva suerte creada por "Costillares", se vio obligado en la Ronda de Romero a matar recibiendo a un toro sobre el que él pretendía volcarse con la espada en la mano. Pero las burlas del público, que tenía la misma opinión que su paisano acerca de quienes no citaban a recibir, le indujeron a buscar su perdición entre las astas del toro.

Romero, hijo de Juan y nieto de Francisco, mató a lo largo de su carrera más de cinco mil quinientos toros, y no sufrió jamás ningún percance de consideración causado por sus astas. Heredero de la bella sobriedad propia de su Ronda la Vieja, el clasicismo de su estilo, la variada elegancia de su repertorio y la pureza y seriedad que exigía dentro de los cosos fueron trazando el perfil de lo que se conocería después como la Escuela Rondeña, opuesta desde sus orígenes a la movilidad colorida, más innovadora y barroca, de la Escuela Sevillana.

Precisamente de Sevilla procedía el único mortal capaz de ponerse a la altura de Romero sobre las arenas de un coso taurino: José Delgado Guerra, "Pepe-Hillo". Querido y admirado por los aficionados de todas las clases sociales, desde los majos y chulapos goyescos hasta los miembros de la nobleza, "Pepe-Hillo" fue el primer coletudo que arrastró el fervor del público allende los muros de las plazas de toros, para convertirse en un fenómeno de notoriedad social difícil de concebir a finales del siglo XVIII. A pesar de que dictó una Tauromaquia en la que, de acuerdo con las ideas ilustradas del momento, propugnaba una concepción del toreo muy similar a la de la geometría (es decir, sujeta a un conjunto básico de normas que deberían comprender y analizar espacialmente todas las situaciones posibles en un ruedo), su ejecución de las variadísimas suertes que dominaba no adolecía del riguroso esquematismo formulado en su tratado; antes bien, "Pepe-Hillo" buscó la novedad y la improvisación, siempre adobadas por su gracia sevillana, delante de la cara de los toros, sin rehuir jamás los alardes más exagerados y temerarios. Su muerte en la plaza de Madrid, el 11 de mayo de 1801, supuso una conmoción nacional que generó un sinfín de plantos, endechas y composiciones fúnebres de todos los géneros y estilos, lo que nimbó con una aureola mítica los episodios más recordados de su biografía.

A caballo entre los siglos XVIII y XIX, el chiclanero Jerónimo José Cándido pudo rivalizar con los clásicos "Costillares", Romero y "Pepe-Hillo", y con los nuevos toreros románticos pertenecientes a la generación posterior. La mala administración de sus ganancias le obligó a permanecer en activo hasta que cumplió los setenta y cinco años de edad, alternando así con algunos matadores que habían sido alumnos suyos en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Esta circunstancia, unida a los diversos vínculos familiares que tejían en torno suyo una red abarcadora de los más variados tiempos y estilos del toreo (era hijo de José Cándido, y cuñado de Pedro Romero), le convirtieron en un sólido eslabón entre los primeros formuladores del toreo y sus discípulos más representativos. En su haber, además, hay que anotar la invención de la estocada al encuentro, que quería ser un paso intermedio entre el volapié (al que aventajaba en riesgo y vistosidad) y la suerte de matar recibiendo (a la que aliviaba de su excesivo peligro). También se le atribuye el mérito de ser el primero en instituir uno de los usos más propiamente taurinos: la vuelta al ruedo.

Volver al inicio de Corridas de Toros

La crisis del primer tercio del s. XIX

A tenor de las dos grandes amenazas que sufrieron los festejos taurómacos y el arte del toreo en el primer tercio del siglo XIX, desde una perspectiva histórica resultan felizmente oportunas estas cadenas de transmisión en que se constituyeron algunos diestros veteranos como Cándido y Romero, sin cuya meritoria labor tal vez se habrían malogrado las innovaciones implantadas en el Siglo de las Luces. La primera de las referidas amenazas se llamó Carlos IV, cuya cortedad de miras e ignorancia del carácter de su pueblo le animó a prohibir las corridas de toros en 1805. Aunque venía refrendada por los escritos de algunos insignes detractores (como el coronel José Cadalso Vázquez y el ilustrado polígrafo Gaspar Melchor de Jovellanos), la "brillantez" y "validez" de esta real disposición quedó patente cuando, sólo tres años después, en medio de la rechifla generalizada entre sus súbditos, Fernando VII se vio obligado a derogarla. Engañado como en tantas otras cosas, el pueblo acogió con sorpresa y regocijo el hecho de que, por fin, un Borbón fuese aficionado a los toros y se mostrase respetuoso con los espectáculos taurinos.

Sin embargo, la segunda amenaza -mucho más peligrosa que esa anecdótica estupidez cometida por Carlos IV- vino protagonizada por la necedad del propio Fernando VII, de quien don Pascual Millán, en su famoso tratado sobre La Escuela de Tauromaquia de Sevilla (Madrid, 1888), asegura que "era perverso por inclinación; hacía el mal por instinto; no tuvo nunca una idea elevada ni un pensamiento grande". Durante su aciago reinado se produjo en el mundo de los toros un fenómeno curioso (que, en la agitada historia de España, sólo volverá a repetirse en el siglo XX, después de la Guerra Civil): el toreo políticamente comprometido. Juan León, "Leoncillo", abanderado de la causa liberal, se enfrentó en los ruedos al caudillo de la afición absolutista, Antonio Ruiz, "Sombrerero". El trasfondo político de su rivalidad llegó a tener más peso que el enfrentamiento de dos estilos taurinos que, por lo demás, tampoco eran demasiado opuestos entre sí; y se llegó al extremo de imponer vetos o contratos según soplase el aire a favor de los "blancos" (realistas) o de los "negros" (liberales). Juan Jiménez, "Morenillo"; Roque Miranda, "Rigores"; y Francisco Montes, "Paquiro", toreros de la época, sufrieron más de una vez las injusticias de esta virulenta división ideológica que afectaba a todos los estamentos de la Fiesta: la afición, la autoridad, los empresarios, los ganaderos y los propios profesionales del toreo.

Pero el mayor daño que Fernando VII infligió a la Tauromaquia vino, paradójicamente, so pretexto de beneficiarla. En 1830, después de haber decretado la clausura de todas las universidades del Reino, el tirano absolutista creyó recrearse en el castigo cuando aprobó la apertura de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Era para él una forma más de demostrar, dentro y fuera del país, que sus caprichosos arbitrios podían establecer hasta el modelo de educación oficial impartido a la juventud española. La brevísima andadura de esta innecesaria institución, clausurada en 1834, vino a probar que, como desde un principio habían sostenido sus detractores, era mayor el menoscabo que el beneficio que había de reportar a la Tauromaquia; porque, al margen de la discutible opinión de quienes sostuvieron que el toreo no puede ser enseñado ni aprendido en una escuela, parece evidente que la justa saña de los intelectuales de la época -doblemente humillados por el cierre de las universidades y la apertura, casi simultánea, de la Escuela de Tauromaquia- quedaba autorizada para alojar en todo el ámbito taurino el origen de su triste estado.

Por fortuna, la talla profesional y humana de Pedro Romero, Director de la Escuela, evitó que el debate político condicionara las enseñanzas por él impartidas. Al socaire de su magisterio (y del de Jerónimo José Cándido, ayudante de Romero) se formaron algunos toreros que se convirtieron en las figuras cimeras de mediados del siglo XIX, como Francisco Montes, "Paquiro" -que dictó una espléndida Tauromaquia-, y Francisco Arjona, "Curro Cúchares", cuyo apodo se tomó para nombrar, por antonomasia, el Arte del Toreo. Junto a ellos, el tercer gran espada del momento fue José Redondo, "Chiclanero", quien desde muy pronto se presentó como el mayor antagonista de "Curro Cúchares" y dio lugar, con ello, al primer emparejamiento de rivales. Y así, desde aquella recordada competencia, quedó entre los aficionados el gusto por enfrentar los estilos de los dos matadores más destacados, para tomar partido por uno de ellos y animar las corridas de toros y los cenáculos taurinos con las disputas nacidas de esta enconada rivalidad.

Volver al inicio de Corridas de Toros

El primer reglamento taurino

La brillante irrupción de "Paquiro", "Curro Cúchares" y "Chiclanero" sacó a la Fiesta del letargo al que la habían condenado las torpezas políticas y las sandeces borbónicas de Carlos IV y Fernando VII. Una buena prueba de este resurgimiento del toreo hacia la mitad del siglo XIX quedó legalmente establecida en el primer ensayo de un reglamento taurino del que se tiene noticia en la historia de la Tauromaquia. El político malacitano don Melchor Ordóñez, gran aficionado a los toros, aprobó el 1 de junio de 1847 un documento que venía a legislar algunas condiciones de necesario cumplimiento en las corridas, entre las que son dignas de destacar la exigencia de que las reses lidiadas tuvieran más de cinco años, y la obligación que se imponía a los ganaderos de presentar toros procedentes de las mejores castas de la cabaña brava. La importancia de este modesto documento, que sólo tenía vigencia en la provincia de Málaga, radica en que cinco años después, cuando don Melchor Ordóñez era gobernador de Madrid, sirvió de referente para la redacción del primer reglamento taurino; y éste, aprobado el 20 de junio de 1852 y vigente sólo en la plaza de Madrid, fue a su vez el fundamento donde se apoyaron las reglamentaciones que, a partir de entonces, se preocuparon por ordenar legalmente las corridas de toros en cada provincia del Reino (Sevilla, 1858; Guadalajara, 1862; Logroño, 1863; Jaén, 1867; Cádiz, 1872; etc.).

En 1868, el marqués de Villamagna, corregidor de la Villa y Corte, dio a Madrid un nuevo reglamento, que pronto fue sustituido y mejorado por el que aprobara en 1888 el conde de Heredia Spínola, gobernador civil de la provincia madrileña. Entre las renovadas normas que pretendían proteger los derechos del aficionado, destacan en este texto jurídico la devolución del importe de las localidades cuando no se presentase alguno de los espadas anunciados, y la sanción a los veterinarios que aprobaran el concurso de reses no aptas para la lidia. Desde 1836, año en que "Paquiro" remató su Tauromaquia proponiendo algunas novedades que habrían de mejorar la celebración de los espectáculos taurinos (verbigracia, la institución del Fiel de las corridas, preludio de la actual figura del asesor presidencial), hasta estos últimos reglamentos de finales del siglo XIX, la Fiesta había ido despertando el interés de los legisladores, interés que no se había hecho notar en tiempos pasados (a pesar de que siempre hubo ordenanzas, generalmente de alcance municipal, referidas a la construcción de las plazas, la autoridad competente en cada corrida, el orden de la lidia, etc.). Ello constituía la mejor prueba de la buena salud del toreo, y del enorme predicamento de que volvía a gozar entre todas las capas sociales

En el cuadro, los diestros aparecen en el patio de caballos de la antigua plaza de la Puerta de Alcalá, inaugurada en 1754 y derribada en 1874].

No obstante, las repentinas muertes de "Paquiro" (1851) y "Chiclanero" (1853) -víctimas, respectivamente, de las fiebres tercianas y de la muy "romántica" tuberculosis-, parecían amenazar con una nueva fase de declive en la afición taurómaca, que quedaba forzosamente entregada a las audaces innovaciones -no exentas de vulgar chabacanería- improvisadas cómodamente por un "Curro Cúchares" libre de la presión de sus rivales. A ello hay que sumar las numerosas desgracias que se cebaron en los nuevos matadores de la segunda mitad del siglo XIX: en 1857, Manuel Domínguez, "Desperdicios", perdía un ojo a consecuencia de una cornada que le infirió un toro en El Puerto de Santa María; cinco años después, José Rodríguez, "Pepete", caía mortalmente herido en Madrid, víctima de la cornada de Jocinero, un miura que le atravesó el corazón; y en 1869, el sevillano Antonio Sánchez, "El Tato", que se había consolidado como uno de los espadas punteros del momento, perdía una pierna a consecuencia de la cornada que en Madrid le asestó Peregrino, del hierro de don Vicente Martínez.

Volver al inicio de Corridas de Toros

La rivalidad entre "Lagartijo" y "Frascuelo"

No era, además, muy probable que los principales diestros que iban escapando a estos rigores de la Fiesta (verbigracia, Cayetano Sanz y Pozas, o Antonio Carmona y Luque, "Gordito") fueran capaces de devolver al toreo el esplendor del que gozara en tiempos más venturosos, porque ese derrotero de tremendismo que parecían haber tomado todo los matadores exigía cada tarde una serie de alardes espectaculares más circenses que taurinos (el "Gordito", banderillero espléndido, llegó a clavar los rehiletes con los pies atados; y Gustavo Doré, el genial grabador francés que nos dejó las más reproducidas ilustraciones del Quijote, reflejó también la gesta de un tal Miguel López "Gorrito", que era capaz de entrar a matar recibiendo... ¡encaramado sobre unos zancos!). Pero entonces surgió, gigantesca, la figura cordobesa del primer Gran Califa del Toreo, Rafael Molina Sánchez, "Lagartijo". El revuelo que levantó su personalidad torera -dentro y fuera de los cosos- generó por vez primera una corriente de devoción entre los seguidores de un coletudo, que llegaron al fanatismo más cerril cuando se enfrentaron al coloso erigido por méritos propios en rival de "Lagartijo": el granadino Salvador Sánchez Povedano, "Frascuelo".

La nueva pareja de competidores llenó una de las épocas más gloriosas del toreo, porque el fenómeno social que acompañaba y enriquecía su rivalidad taurina tenía su legítimo origen en el enconado enfrentamiento que ambos matadores sostenían sobre la arena. Si "Lagartijo" hacía de la elegancia en la plaza y del completo dominio de todas las suertes las claves de su éxito taurino, "Frascuelo" cifraba la razón de su triunfo en un desmesurado valor -no exento de rigor y seriedad- y en una extraordinaria capacidad estoqueadora (precisamente la espada era el punto débil de su rival, como quedó patente en la célebre media lagartijera). Pero lo más admirable de este duelo singular estribaba en que ninguno de los dos toreros eludía el encuentro con su antagonista, y aún menos -por muy extraño que resulte en este siglo mediocre y volandero- cuando la reñida competencia había de verificarse ante la afición más docta y severa del planeta de los toros: "Lagartijo" toreó en Madrid en cuatrocientas cuatro ocasiones, y si "Frascuelo" no alcanzó una cifra pareja fue porque las numerosas cogidas que sufrió le condujeron a una prematura retirada.

Muchos analistas rigurosos de la Tauromaquia consideran que el Arte de Cúchares alcanzó su cúspide a finales de este siglo XIX, mecido en el vaivén de los engaños de "Lagartijo" y "Frascuelo". Sin desdeñar, por supuesto, la esplendorosa época protagonizada un poco después por "Joselito" y Belmonte, es justo reconocer que el toreo romántico -el de mayor veracidad en la ejecución de las suertes y mayor exigencia en la bravura y el trapío de los toros- desapareció cuando el granadino y el cordobés se cortaron la coleta. Y ello a pesar de que su sucesor en la cima del escalafón taurino, el también cordobés Rafael Guerra Bejarano, "Guerrita", gozó de la sincera admiración y el encendido elogio de los últimos aficionados decimonónicos. Pero el genial "Guerrita" -cuyas facultades para el temple sorprendieron desde muy pronto a los más exigentes catadores del toreo fino, selecto y con empaque-, enseguida cayó en la tentación de imponer un ganado menos poderoso que el toreado por sus antecesores, eligiendo unas reses de menor trapío y más pobres de cuerna. Y no contento con esto, fue uno de los primeros matadores que tomó el pernicioso hábito de ordenar a sus picadores que se preocupasen más por herir al astado antes que por eludir el encontronazo con la montura, con lo que empezó a cavar la fosa donde hoy reposan los restos de la llorada suerte de varas. Así, al tiempo que inauguraba una repudiable línea de comportamiento que habría de calar muy hondo entre la mayor parte de las figuras del siglo que se avecinaba, acabó con una concepción del toreo (y con una forma de ser y de sentirse torero) que, aunque sujeta a los inevitables altibajos de las modas pasajeras, había sido constante durante todo el siglo del Romanticismo.

Volver al inicio de Corridas de Toros

Las postrimerías del s. XIX: la figura de Mazzantini

No se libró "Guerrita", a pesar de la legión de partidarios que celebraban tanto su toreo como la agudeza de su ingenio fértil y descarado, de una notable cantidad de detractores que le afeaban el amaneramiento y la blandura que estaba introduciendo en la Fiesta, al paso que lo enfrentaban con quien fue su más enconado rival, Manuel García Cuesta, "Espartero". Pero el pobre "Espartero" -cuya humilde condición le dictó una de las más repetidas sentencias del toreo: "más cornás da el hambre"- optó por un tremendismo exagerado que, aunque venía a sacar a flote parte de ese romanticismo que pretendía hundir "Guerrita", le llevó a morir en Madrid, en 1894, entre las astas del miura Perdigón. Su trágico deceso fue uno de los más llorados por el pueblo, un pueblo antiguo y bravo -todavía- que, tal vez, veía en el entierro solemne de "Espartero" el sepelio simultáneo de la auténtica concepción de sus ritos más caros y remotos.

Junto a "Lagartijo", "Frascuelo", "Guerrita" y "Espartero", los postreros años del siglo XIX contemplaron el triunfo arrollador de un torero singularísimo donde los hubiere, tanto por su estilo delante de los toros como por su carácter, condición, personalidad y, en definitiva, modus vivendi fuera de las plazas. Tenor frustrado, empresario teatral y político de altura (llegó a Gobernador Civil, tal vez -como después diría Juan Belmonte-, "degenerando"), don Luis Mazzantini y Eguía trajo al planeta de los toros ese componente de educación, sensibilidad y cultura que no siempre ha abundado entre las gentes de coleta y espada. Buen estoqueador y mejor director de lidia, Mazzantini aportó a la reglamentación de la corrida la agrupación en lotes de los toros que habían de ser lidiados, y el subsiguiente sorteo de estos lotes entre los espadas contratados para despacharlos; de esta manera, consiguió que el sorteo se convirtiera a partir de 1900 (fecha de su definitiva implantación) en un rito que, al paso que incentivaba el interés de los aficionados en los prolegómenos de cada festejo, acababa con un anacrónico privilegio que concedía a los ganaderos el derecho de fijar el orden en que habían de ser lidiadas sus reses.

Retirado en 1905, Mazzantini se convirtió en el eslabón entre el toreo romántico del siglo pasado y el toreo práctico de la presente centuria: no sólo alternó con los colosos arriba citados, sino que compartió cartel con otras señaladas figuras del último cuarto del siglo XIX (Fernando Gómez, "El Gallo"; José Sánchez, "Cara-Ancha"; Julio Aparici, "Fabrilo"; Antonio Fuentes; etc.), y con las que habrían de protagonizar la historia de la Tauromaquia en el albor del siglo XX (Cástor Jaureguibeitia, "Cocherito de Bilbao"; Vicente Pastor; Rafael Gómez, "El Gallo"; Ricardo Torres, "Bombita"; Rafael González, "Machaquito"; etc.).

"Bombita" y "Machaquito" protagonizaron una bella y descabellada rivalidad: bella por lo que tuvo de emotiva y auténtica, y descabellada por cuanto pretendió recuperar el toro bronco, áspero, encastado y bien armado que habían visto de niños. Pero después de la nefasta influencia de "Guerrita", la comodidad que buscaron muchos diestros hacía del empeño de ambos valientes una causa romántica y perdida.

El sevillano "Bombita" fue, además, un hombre muy preocupado por el status social de sus colegas (especialmente, de los menos favorecidos por la esquiva Fortuna), lo que le llevó a significarse en sonoras polémicas que daban justa resonancia a su explosivo sobrenombre. Pionero del sindicalismo en el planeta de los toros, fundó la Asociación Benéfica de Auxilios Mutuos de Toreros (de la que nacería ese Sanatorio de Toreros que tanta ayuda prestara a todos ellos); exigió a los empresarios un incremento en el salario de aquellos espadas contratados para lidiar miuras (habida cuenta de que las empresas subían el precio de las localidades al reclamo de su terrorífico leyenda); y sostuvo otras encendidas polémicas (como la del celebérrimo "pleito de las escrituras", por el cual exigía que se le abonasen todas las corridas contratadas, incluso aquellas que, por causas ajenas a su voluntad, no hubiera podido torear), que le reportaron la inquina de los empresarios, el abandono de sus compañeros menos solidarios y la maledicencia de la afición más reaccionaria y caduca. Pero el sincero apoyo de quien fue durante algún tiempo su mayor antagonista sobre las arenas de los ruedos ("Machaquito", el Tercer Gran Califa después de "Lagartijo" y "Guerrita") le animaron a sostener sus justas reivindicaciones contra los sectores más poderosos del ámbito taurino, que se afanaron siempre porque fracasara dentro y fuera de los cosos, y por hacerle malquisto ante la afición más popular y menos avisada. "Machaquito" y "Bombita" también se vieron en distintos momentos enfrentados a otro gran valor del toreo de comienzos del siglo XX, el madrileño Vicente Pastor y Durán, que fue uno de los pocos coletudos idolatrados ciegamente por la afición madrileña.
Este artículo va a seguir...

Volver al inicio de Corridas de Toros

CITAS TAURINAS

  • No puede comprender bien la historia de España quien no haya construido, con rigurosa construcción, la historia de las corridas de toros.
    José Ortega y Gasset

  • El toreo es el único arte que juega con la muerte.
    Henry de Montherland

  • La verdad del toreo es tener un misterio que decir... y decirlo.
    Rafael Gómez 'El Gallo'

  • Para torear bien hay que olvidarse del cuerpo.
    Juan Belmonte

  • El buen toreo es el que se hace con sentimiento y pasión de enamorado.
    Juan Belmonte

  • Si yo fuese dictador en España, prohibiría las corridas de toros; como no lo soy, no me pierdo ni una.
    Ramón Pérez de Ayala

  • Torear es desengañar al toro, no engañarlo. Burlarlo, que no es burlarse de él.
    José Bergamín

  • El toreo es un acto de fe: en el arte, en el juego, en Dios.
    José Bergamín

  • El torero es el oficiante de un rito ancestral que se ha hecho juego.
    Pedro Laín Entralgo

  • En el toreo hay que hundirse con cadencia, en contraste con el baile, que es elevarse.
    Fernando Domínguez

  • El torero jamás es un cobarde, aunque, a veces, experimente la sensación indescriptible del miedo.
    Victoriano de la Serna

  • El único músculo importante en el toreo es el corazón.
    Agustín de Foxá

  • El toreo es la riqueza poética y vital mayor de España.
    Federico García Lorca

  • El toreo natural es el que se realiza con la mano izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio.
    Felipe Sassone

  • Amar los toros es, cada tarde, a eso de las cinco, creer en los reyes magos e ir a su encuentro.
    Jean Cau

  • Puede haber dos pases geométricamente idénticos y estéticamente distintos. En esa distinción consiste precisamente el arte.
    José Carlos Arévalo

  • Para ser figura del toreo hay que tener cabeza, arte, valor y, además, saber dormir en los coches de cuadrillas.
    Santiago Martín 'El Viti'

  • Si nuestra fiesta nacional fuese la fiesta nacional británica, media docena de matadores de toros serían ya lores.
    Antonio Burgos

  • “Los toros son la fiesta más culta que hay hoy en el mundo”

    Federico García Lorca

  • “Si nuestro teatro tuviese el temblor de las fiestas de toros, sería magnífico. Si hubiese sabido transportar esa violencia estética, sería un teatro heroico como La Iliada... Una corrida de toros es algo muy hermoso”

    Ramón María del Valle-Inclán

  • Sí, en el toreo está presente la muerte, pero como aliada, como cómplice de la vida: la muerte hace de comparsa para que la vida se afirme.

    Fernando Savater

  • "Cuando uno elige jugarse la vida, también tiene el derecho de elegir otras cosas"
    José Tomás

  • Es moral lo que hace que uno se sienta bien, inmoral lo que hace que uno se sienta mal. Juzgadas según estos criterios morales que no trato de defender, las corridas de toros son muy morales para mí.

    Ernest Hemingway  

  • La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda.

    José Ortega y Gasset  

  • "Ahora no se torea. Hoy se hace estilo, y así como el artista oculta la falta de densidad humana con el artificio, los toreros de hoy ocultan en el estilo la ausencia de arte."

    José Ortega y Gasset  

  • Si los espectáculos cultos ponen ante mis ojos un mundo de inmoralidad y una exuberancia de lujo que ciega mis ojos al tocar al corazón, hoy tengo derecho a mis corridas de toros.

    Peña y Goñi  

  • El torero sigue siendo mítico y, cuando expresa la valentía el pueblo se enardece y los viejos entusiasmos reaparecen.

    Enrique Tierno Galván  

  • El toreo es un arte misterioso, mitad vicio y mitad ballet. Es un mundo abigarrado, caricaturesco, vivísimo y entrañable el que vivimos los que, un día soñamos con ser toreros.

    Camilo José Cela  

  • El toreo es un doble ejercicio físico metafísico de integración espiritual en el que se valora el significado de lo humano heroicamente o puramente: en cuerpo y alma, aparentemente inmortal.

    José Bergamín  

  • "El predominio de la linea curva y la rapidez son valores vivos de todo arte. El de la lentitud y la linea recta, son valores muertos invertidos. La linea curva compromete al dibujante, obligándole a ser expresivo; es decir, a pensar, a ser dibujante, a tener estilo. Y es o no es: no hay trampa posible. El mal dibujante, por el contrario (mal torero, pensador, artista...), se defiende con lineas rectas tangenciales: se sale por ellas engañosamente; no se atreve a comprometerse, y hace trampas morales, trampas con rectitud."

    José Bergamín  

  • Existe una identidad entre el amor y el arte, en ninguno de los dos cabe la voluntad.
    Juan Belmonte - Matador de toros 1892-1962

  • En el poeta y en el artista existe el infinito.
    Víctor Hugo - Escritor francés 1802-1885 

  • Las broncas se las lleva el viento y las cornadas se las queda uno.

    Rafael "El Gallo"  

  • Se torea como se es.

    Juan Belmonte 

  • ¡Que a mí no me engañas, no!

    Luminosa serpentina

    sorbiéndose la rutina.

    ¡Más que tú, torero yo...¡

    Victoriano Crémer 

  • Soy un íbero

    y si embiste la muerte,

    yo la toreo.

    Gabriel Celaya 

  • Es una fiesta española

    que viene de prole en prole

    y ni el gobierno la abole

    ni habrá nadie que la abola.

    Ricardo de la Vega y Chueca

  • No puede comprender bien la historia de España quien no haya construido, con rigurosa construcción, la historia de las corridas de toros.
    José Ortega y Gasset

  • El toreo es el único arte que juega con la muerte.
    Henry de Montherland

  • La verdad del toreo es tener un misterio que decir... y decirlo.
    Rafael Gómez 'El Gallo'

  • Para torear bien hay que olvidarse del cuerpo.
    Juan Belmonte

  • El buen toreo es el que se hace con sentimiento y pasión de enamorado.
    Juan Belmonte

  • Si yo fuese dictador en España, prohibiría las corridas de toros; como no lo soy, no me pierdo ni una.
    Ramón Pérez de Ayala

  • Torear es desengañar al toro, no engañarlo. Burlarlo, que no es burlarse de él.
    José Bergamín

  • El toreo es un acto de fe: en el arte, en el juego, en Dios.
    José Bergamín

  • El torero es el oficiante de un rito ancestral que se ha hecho juego.
    Pedro Laín Entralgo

  • En el toreo hay que hundirse con cadencia, en contraste con el baile, que es elevarse.
    Fernando Domínguez

  • El torero jamás es un cobarde, aunque, a veces, experimente la sensación indescriptible del miedo.
    Victoriano de la Serna

  • El único músculo importante en el toreo es el corazón.
    Agustín de Foxá

  • El toreo es la riqueza poética y vital mayor de España.
    Federico García Lorca

  • El toreo natural es el que se realiza con la mano izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio.
    Felipe Sassone

  • Amar los toros es, cada tarde, a eso de las cinco, creer en los reyes magos e ir a su encuentro.
    Jean Cau

  • Puede haber dos pases geométricamente idénticos y estéticamente distintos. En esa distinción consiste precisamente el arte.
    José Carlos Arévalo

  • Para ser figura del toreo hay que tener cabeza, arte, valor y, además, saber dormir en los coches de cuadrillas.
    Santiago Martín 'El Viti'

  • Si nuestra fiesta nacional fuese la fiesta nacional británica, media docena de matadores de toros serían ya lores.
    Antonio Burgos

  • El español respeta mucho más el mundo de los toros que el de la religión. Si tuviera que decidir, el español no beatificaría al inventor del Opus Dei, sino a un torero.
    Pedro Almodóvar

  • "Así como en una tarde de toros una buena tanda de muletazos puede valer por toda la corrida, así en la vida sucede con algunos logros"
    Doménico Cieri Estrada.

Volver al inicio de Corridas de Toros

  • Ejemplo de una de las muchas plazas de toros que hay en España.

  • A mí especialmente  las corridas me parecen demasiado tristes.

  • Los animales son heridos antes y después de las presentaciones. Algo terrible.

  

FUENTE: ENCICLONET - La Enciclopedia Universal - J.R. Fernández de Cano

GALERÍA DE IMÁGENES

 

_______________________________

Estos son los mejores datos del idioma español que he encontrado en internet. Estos artículos no han sido escritos por mí y tampoco me pertenecen, los he recopilado desde la red (textos/imágenes). En el caso de que me haya olvidado de hacerle la debida referencia a alguna fuente, os pido que por favor me aviséis de la autoría de los mismos envíandome un correo a:       esf@espanolsinfronteras.com  

_______________________________

 

CLASES  DE  ESPAÑOL  POR  INTERNET -  TUTORÍA Y  ETC -  Otras informaciones  a través  del  correo electrónico  de esta  página  web

NOTICIAS EN PORTADA - GOOGLE NOTICIAS

Noticias de Recursos Didácticos

 

Noticias de Cultura Española

 
Noticias de Literatura Española
 
Noticias de Lengua Castellana
 
Noticias de Hispania
 
Noticias de Deportes
 
Noticias de Arte e Historia
 
Noticias del Patrimonio Mundial de la Humanidad
 
Noticias de Gastronomía
 
Noticias del Idioma Español
 
Noticias de Poetas y Autores
 
Noticias del Mundo Hispano
 
Noticias de Economía
 
Noticias de Recursos Didácticos
 
Noticias de Ciencia y Tecnología
 
Noticias de Espectáculos
 

 

CLASES  DE  ESPAÑOL  POR  INTERNET -  TUTORÍA Y  ETC -  Otras informaciones  a través  del  correo electrónico  de esta  página  web

 

                                                                       Principal Arriba Historia de la música Los carnavales El flamenco La cocina española Historia de la Navidad El camino de Santiago El Museo del Prado El museo Guggenheim Los Castillos Los casinos y los juegos RENFE  y los trenes La Historia del Seat La televisión española Historia de la moda Historia de los deportes La tauromaquia La literatura española La historia del libro Historia del cine español Las plazas mayores El rastro de Madrid El periódico español

  

gif5