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El flamenco

 

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HISTORIA DEL FLAMENCO - MÚSICA -  FLAMENCO - POLCA Y ETC
 

   

ANTECEDENTES MUSICALES -  CANTOS MONOCORDES ISLÁMICOS
 
En un rápido ejercicio de imaginación podríamos trasladarnos hasta la España árabe, pues las modulaciones y melismas que definen al género flamenco pueden provenir de los cantos monocordes islámicos. Hay también quien atribuye la creación de esta música a los gitanos, un pueblo procedente de la India -hasta hace relativamente poco se creía que eran egipcios- y desperdigado, por su condición de errante, por toda Europa. En España entraron a principios del siglo XV, buscando climas más cálidos que los que hasta entonces habían encontrado en el continente. Tampoco se pueden olvidar los diferentes legados musicales que dejaron los deudos andaluces en el Sur de España, donde habían tenido vigencia las melodías salmodiales y el sistema musical judío, los modos jónico y frigio inspirados en el canto bizantino, los antiguos sistemas musicales hindúes, los cantos musulmanes y las canciones populares mozárabes, de donde probablemente proceden las jarchas y las zambras. Sin entrar en juicios de valor sobre qué teoría tiene más fuerza -existen otras pero con menos aceptación-, lo que sí se puede asegurar es que el flamenco nace del propio pueblo, tiene una evidente raíz folclórica, mas al pasar por el tamiz de las gargantas de creadores puntuales se ha convertido en un arte indiscutible.
PRIMERAS REFERENCIAS ESCRITAS - HISTORIA DEL FLAMENCO

Según las ideas más difundidas, en los principios no había baile ni guitarra, sólo cante, de forma que se ha llegado a pensar que el primer palo de la historia fue la toná, y que ésta se asentó en el triángulo formado por Triana, Jerez y Cádiz.

Sin embargo, tras una lectura profunda de la obra "La Gitanilla", de Cervantes, se puede observar que, a menos que el célebre escritor hubiera contado una historia fruto de su imaginación, que no es de extrañar, la primera disciplina flamenca fue el baile, como lo ratifica el personaje de Preciosa, una joven bailaora que se ganaba la vida haciendo danzas de corte andaluz a la que se subyugaban tanto el acompañamiento musical como el vocal, ambos enlazados para realizar los llamados corridos gitanos. A comienzos de esta Novela Ejemplar cervantina se puede leer: "Salió la tal Preciosa la más única bailadora que se hallaba en todo el gitanismo, y la más hermosa y discreta que pudiera hallarse, no entre los gitanos, sino entre cuantas hermosas y discretas pudiera pregonar la fama". La obra, escrita a principios del siglo XVII, crea el primer precedente no oral en el estudio de los orígenes flamencos. Pero no se pueden lanzar las campanas al vuelo: el carácter novelesco de la historia le resta realismo, por lo que el dato no puede ser considerado en modo alguno como empírico. Sin embargo, hacia 1740 hay que señalar la existencia de un libreto manuscrito por un tal "Bachiller Revoltoso" que nos cuenta una crónica en la que señala cómo la nieta de Baltasar Montes (el gitano más viejo de Triana) iba a bailar con instrumentos de cuerda y percusión a las casas de los nobles de Sevilla. El mismo autor da cuenta de la crueldad con que las tropas de Castilla tratan a la población de Triana con motivo de "La Prisión General de los Gitanos", dictada en 1749.

No obstante, la misma diatriba que con "La Gitanilla" surge con la lectura de las "Cartas marruecas" de José Cadalso, en 1789, una serie de epístolas que un moro llamado Gazel Ben-Aly envía a su amigo Ben-Beley. En esta obra el escritor describe una juerga gitana en un cortijo liderada por el "Tío Gregorio", dato que, tras los anteriores, confirma definitivamente la existencia de una música peculiar y diferenciadora en Andalucía. Hacia 1820 esto se confirma con la aparición en un periódico de Cádiz de la noticia de que en el Teatro del Balón Antonio Monge hará los cuatro polos (el de Ronda, el de Tobalo, el de Jerez y el de Cádiz) y en 1885 la señorita Sejuela, en el salón Barrera de Sevilla, bailará por soleá. Finalmente, el "Baile en Triana" que describe Serafín Estébanez Calderón en sus "Escenas Andaluzas" (1862), en el que se encuentran los célebres cantaores El Planeta y su alumno El Fillo, cierra el círculo en torno a las conjeturas sobre el origen del flamenco. A partir de este momento ya hay una conclusión clara: el género tiene más de dos siglos de vida, algo que se confirma cuando Demófilo funda la flamencología publicando en 1882 su "Colección de Cantes Flamencos".

Otro de los aspectos que hacen que este arte sea un verdadero misterio radica en definir cuál es la procedencia exacta del término "flamenco". Existen múltiples teorías acerca de la génesis de este vocablo, aunque quizás la más difundida es la defendida por Blas Infante en su libro "Orígenes de lo flamenco". Según el padre de la Autonomía andaluza, la palabra "flamenco" deriva de los términos árabes "Felah-Mengus", que juntos significan "campesino errante".

También llegó a tener muchos adeptos la curiosa teoría que afirmaba que flamenco era el nombre de un cuchillo o navaja. No en vano, en el sainete "El Soldado Fanfarrón", escrito por González del Castillo en el siglo XVIII, se puede leer: "El melitar, que sacó para mi esposo, un flamenco". En otra copla recogida por Rodríguez Marín dice: "Si me s’ajuma er pescao / y desenvaino er flamenco / con cuarenta puñalás / se iba a rematar el cuento". Sin embargo, esta hipótesis no ha llegado a trascender, como tampoco lo hizo en su día la que sentenciaba que el nombre se le había dado al género por el ave llamada flamenco. La autoría de este precepto se debe también a Rodríguez Marín, que justificó la idea argumentando que los cantaores practicaban el cante vestidos con chaqueta corta, eran altos y quebrados de cintura, por lo que se parecía al ave zancuda del mismo nombre.

Como las anteriores, tampoco sigue sin corroborarse la teoría liderada por expertos como Hipólito Rossy o Carlos Almendro en la que se afirma que la palabra flamenco se debe a que la música polifónica de España en el siglo XVI se acrecentó con los Países Bajos, es decir, con la antigua Flandes. Esta teoría fue también defendida, aunque con matices, por el viajero romántico George Borrow y por Hugo Schuchard, entre otros. Según estos escritores, antiguamente se creía que los gitanos eran de procedencia germana, lo que explica que se les pudiera llamar flamencos.

Finalmente, existen dos hipótesis menos comprometidas, pero bastante interesantes. Antonio Machado y Álvarez, Demófilo, dice que "los gitanos llaman gachós a los andaluces y estos a los gitanos los llaman flamencos, sin que sepamos cuál sea la causa de esta denominación". Y Manuel García Matos afirma: "Flamenco procede del argot empleado a finales del siglo XVIII y principios del XIX para catalogar todo lo que significa ostentoso, pretencioso o fanfarrón o, como podríamos determinar de forma genéricamente andaluza, "echao p’alante"".
EVOLUCIÓN - ETAPA HERMÉTICA - PRIMEROS CANTAORES

Al margen de las claves que la historia de la literatura ha aportado para el estudio del origen del flamenco, existen datos, muchos de ellos aún sin demostrar, que hablan de antiquísimos flamencos. No se puede dejar en el tintero la referencia a una figura que durante mucho tiempo se ha pensado que fue el primer cantaor de la historia: el jerezano Tío Luis de la Juliana, un nombre que ha creado muchos conflictos entre los flamencólogos de antaño, pues nunca se llegó a un acuerdo sobre su biografía. Hoy esa discusión no tiene trascendecia, ya que sigue sin poderse demostrar siquiera que existió.

Ahora bien, de quienes sí se tiene referencia de su existencia es de los primeros artistas del siglo XVIII en Triana, que junto con Jerez y Cádiz es el enclave en el que el flamenco deja de ser una expresión folclórica para convertirse en un género artístico. Hay que citar, por ejemplo, a cantaores como El Planeta, que aunque parece ser que nació en la zona de la Bahía de Cádiz -se cree que en Puerto Real-, desarrolló todo su arte en el arrabal sevillano cantando por seguiriyas -de su propia creación- y por tonás. Su principal alumno fue El Fillo, gitano también procedente de tierras gaditanas que mantuvo una relación amorosa con la Andonda, a la que llevaba muchos años de diferencia. Probablemente fuera esta mujer la primera en cantar por soleá, aunque también existían otras familias cantaoras en Triana como los Pelaos y los Cagancho a las que se les puede atribuir este palo. En un principio la soleá surgió como cante bailable, hasta que los alfareros del barrio sevillano comenzaron a hacer estilos sin acompañamiento no sujetos a compás. En aquella época también se cantaba por romances y por martinetes, estilos estos entroncados con la toná. Paralelamente, en Jerez y Los Puertos también se desarrollan importantes núcleos flamencos. Para la historia queda el nombre de Paco la Luz, mítico seguiriyero del que descienden casi todos los grandes cantaores jerezanos, tanto como el del Loco Mateo, Manuel Molina, Diego el Marrurro, Joaquín Lacherna o Mercé la Serneta, que luego se trasladaría a Utrera. Y en la Bahía hacen historia el Ciego la Peña, Curro Durse, Enrique El Gordo o Enrique Jiménez Fernández, "El Mellizo".

Sin embargo, aquella etapa, llamada "Hermética" por Ricardo Molina y Antonio Mairena en su libro "Mundo y formas del cante flamenco", sigue siendo una incógnita para los estudiosos, pues hay pocos documentos escritos que aporten luz a los análisis. Poco después, en cambio, todo cambiaría. La herencia que un niño llamado Silverio Franconetti recibió de El Fillo en Morón de la Frontera sería clave para el futuro de un género que hasta entonces no había salido de las fiestas particulares.

Los grandes creadores. La Edad de Oro. Los Cafés Cantantes
A finales del siglo XIX el flamenco ya era un arte muy extendido por toda Andalucía. En Cádiz, madre del cante por cantiñas, surgen figuras como el Chiclanita, Dolores y Alonso del Cepillo, José de los Reyes y el Negro del Puerto y se certifican centros cantaores como los Puertos, San Fernando, Sanlúcar, Chiclana y Arcos.

Mención aparte merece Jerez de la Frontera, otro de los puntos matrices del flamenco, sobre todo a través de los barrios de Santiago y San Miguel. De allí son nada menos que Manuel Soto Loreto, El Torre, y don Antonio Chacón.

Sin embargo, un poco antes de que irrumpieran estos maestros, la historia del flamenco afronta un momento clave. En una misma época coinciden cantaores como Silverio Franconetti, Tomás El Nitri y Juan Breva. Entre ellos surge una competencia feroz, hasta el punto en que el Nitri se niega a cantar delante de Silverio para no quedar en un supuesto ridículo ante el maestro de ascendencia italiana. Pero, por contra, la primera Llave de Oro del Cante de la historia es para Tomás, que recibe el galardón como obsequio a su maestría durante una fiesta. Todas estas circunstancias pudieron haber encendido la chispa en Silverio, que al ver las pasiones que levantaba este arte decidió montar un Café Cantante en el número 4 de la sevillana calle Rosario. En este momento, el flamenco se profesionaliza. Sin embargo, pese al tirón que pegan en la sociedad los citados cafés, un cierto sector del género mantiene el cante en las minorías de antaño. Es el caso, por ejemplo, de los Gordos de Alcalá, una familia de origen trianero cuyo mayor representante es, según Antonio Mairena, Joaquín el de la Paula, o posteriormente de Tío José de Paula y Agujetas el Viejo en Jerez.

En esta época triunfan por los escenarios de toda España Las Coquineras, La Macarrona, don Antonio Chacón, Francisco Lema "Fosforito el Viejo" -principal adversario del maestro jerezano-, el Perote, El Mochuelo, El Macaca, El Diana, Cayetano Muriel el Niño de Cabra, El Canario, Fernando el Herrero, La Rubia de las Perlas o el Garrido de Jerez, entre otros muchos.

Estamos ya en el siglo XX. Y en los años 20 retoma el testigo del arte una generación inigualable. Ya empiezan a sonar los nombres de Pastora Pavón Cruz "La Niña de los Peines", Arturo y Tomás Pavón, Manuel Torre, Manuel Vallejo, El Gloria, Las Pompis, Juanito Mojama, Bernardo el de los Lobitos, El Niño Escacena, Pepe el de la Matrona, Manuel Centeno, El Cojo de Málaga, Juan Varea, Pepe Pinto, Sebastián el Pena, el Niño de Marchena, Manolo Caracol, Tía Anica la Piriñaca, Tío Gregorio el Borrico y Juan Talega.

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LOS GRANDES CREADORES - LA EDAD DE ORO...

A finales del siglo XIX el flamenco ya era un arte muy extendido por toda Andalucía. En Cádiz, madre del cante por cantiñas, surgen figuras como el Chiclanita, Dolores y Alonso del Cepillo, José de los Reyes y el Negro del Puerto y se certifican centros cantaores como los Puertos, San Fernando, Sanlúcar, Chiclana y Arcos.

Mención aparte merece Jerez de la Frontera, otro de los puntos matrices del flamenco, sobre todo a través de los barrios de Santiago y San Miguel. De allí son nada menos que Manuel Soto Loreto, El Torre, y don Antonio Chacón.

Sin embargo, un poco antes de que irrumpieran estos maestros, la historia del flamenco afronta un momento clave. En una misma época coinciden cantaores como Silverio Franconetti, Tomás El Nitri y Juan Breva. Entre ellos surge una competencia feroz, hasta el punto en que el Nitri se niega a cantar delante de Silverio para no quedar en un supuesto ridículo ante el maestro de ascendencia italiana. Pero, por contra, la primera Llave de Oro del Cante de la historia es para Tomás, que recibe el galardón como obsequio a su maestría durante una fiesta. Todas estas circunstancias pudieron haber encendido la chispa en Silverio, que al ver las pasiones que levantaba este arte decidió montar un Café Cantante en el número 4 de la sevillana calle Rosario. En este momento, el flamenco se profesionaliza. Sin embargo, pese al tirón que pegan en la sociedad los citados cafés, un cierto sector del género mantiene el cante en las minorías de antaño. Es el caso, por ejemplo, de los Gordos de Alcalá, una familia de origen trianero cuyo mayor representante es, según Antonio Mairena, Joaquín el de la Paula, o posteriormente de Tío José de Paula y Agujetas el Viejo en Jerez.

En esta época triunfan por los escenarios de toda España Las Coquineras, La Macarrona, don Antonio Chacón, Francisco Lema "Fosforito el Viejo" -principal adversario del maestro jerezano-, el Perote, El Mochuelo, El Macaca, El Diana, Cayetano Muriel el Niño de Cabra, El Canario, Fernando el Herrero, La Rubia de las Perlas o el Garrido de Jerez, entre otros muchos.

Estamos ya en el siglo XX. Y en los años 20 retoma el testigo del arte una generación inigualable. Ya empiezan a sonar los nombres de Pastora Pavón Cruz "La Niña de los Peines", Arturo y Tomás Pavón, Manuel Torre, Manuel Vallejo, El Gloria, Las Pompis, Juanito Mojama, Bernardo el de los Lobitos, El Niño Escacena, Pepe el de la Matrona, Manuel Centeno, El Cojo de Málaga, Juan Varea, Pepe Pinto, Sebastián el Pena, el Niño de Marchena, Manolo Caracol, Tía Anica la Piriñaca, Tío Gregorio el Borrico y Juan Talega.

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EL CONCURSO DE 1922 EN GRANADA

 
Cuando comienzan a surgir decididamente los profesionales del cante, el baile y el toque, ciertos sectores de la intelectualidad afines a la Generación del 27 empiezan a temer por "lo puro". Maestros como Manuel de Falla o Federico García Lorca tienen una visión apocalíptica del flamenco, ya que para ellos éste debe ser un arte del pueblo, reducido a la minoría andaluza, y no un estilo comercializable. El temor por la pérdida de lo que ellos llaman "pureza" les lleva a crear el primer concurso de cante flamenco, celebrado en Granada en 1922, en el que la única exigencia era que los aspirantes fueran desconocidos, gente del pueblo, y no figuras ya consagradas en los Cafés Cantantes. El certamen lo ganó el moronense asentado en Puente Genil Diego Bermúdez Cala, "El Tenazas", y se le hizo una mención de honor a un niño de 13 años llamado Manuel Ortega Juárez, que a la postre resultaría ser el célebre Manolo Caracol.

Pero las pretensiones de los creadores de aquel concurso no medraron y, pese a los esfuerzos por devolver el flamenco al pueblo, el género no sólo siguió profesionalizándose, sino que los aficionados fueron testigos de una revolución que se acrecentó con los discos de pizarra.
LA COPA PAVÓN - SEGUNDA LLAVE DE ORO DEL CANANTANTE

El éxito que el cante flamenco había cosechado entre el público hizo que la capital, Madrid, se convirtiera en centro cantaor desde principios del siglo XX. La mayoría de los artistas de renombre decidieron asentarse en "La Corte" para dar sentido a su carrera artística y comenzaron a proliferar los espectáculos en teatros. Aprovechando la repercusión del primer concurso del 22 en Granada, el empresario del madrileño Teatro Pavón, situado en la calle Embajadores, decidió crear la llamada Copa Pavón, un galardón que serviría para aumentar el prestigio del cantaor premiado. La final se celebró el 24 de agosto de 1925 y los participantes fueron el Niño Escacena, Pepe Marchena, el Cojo de Málaga, El Mochuelo y Manuel Vallejo, que resultaría el ganador indiscutible del certamen. Sin embargo, un año después la cosa cambió. El triunfador fue Manuel Centeno, que interpretó unas magníficas saetas, pero en el ánimo de todos quedó que debería haber recaído de nuevo del lado de Vallejo, por lo que fue el propio don Antonio Chacón el que decidió, en desagravio, entregarle la Segunda Llave de Oro del Cante al maestro sevillano, que recibió el obsequio fundado por el Nitri de manos de Manuel Torre.

Toda esta parafernalia, repetida en multitud de ocasiones por diferentes puntos de España -aunque no con tanta repercusión-, generó lo que posteriormente se ha dado en llamar la Ópera Flamenca, sin duda la etapa más polémica del género.

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LA ÓPERA FLAMENCA

En los años 20 los carteles que anunciaban los espectáculos comenzaron a sellarse con una polémica etiqueta: "Ópera flamenca". El término no ha terminado aún de ser aceptado por muchos expertos, porque según ellos esta época supuso una adulteración de los estilos flamencos, ya que la mayoría de los cantaores dejó de lado palos tan fundamentales como la soleá, la seguiriya, la toná, el tango o la bulería, para dedicarse plenamente al fandango, a los estilos de ida y vuelta y a los cuplés. Y ciertamente surgieron en estos años muchos "fandanguilleros", pero no hay que olvidar que en este "boom" también se gestaron figuras como Juan Valderrama -grandísmo conocedor de todos los estilos-, Pepe Marchena -que pese a que en algunos sectores no gusta grabó todos los palos-, Caracol -idem de lo mismo- o, cómo no, Pastora Pavón Cruz, creadora de una escuela que aún hoy sigue siendo venerada, si bien también adquirieron relieve otros artistas como Porrina de Badajoz, Angelillo y José Cepero.

En realidad aquel título operístico no respondía más que a la necesidad de atraer público a los teatros y los cantaores no hicieron sino satisfacer las demandas del respetable, que prefería la sentencia de un fandango a la jondura de una seguiriya. En realidad la invención del título "Ópera flamenca" se debe al empresario más importante de la época, el señor Vedrines, que junto a su cuñado Alberto Montserrat se aprovechó de una disposición tributaria de 1926. Según la citada disposición, los espectáculos públicos, como las variedades y los cafés cantantes, tenían que pagar un 10 por ciento, mientras que los de conciertos instrumentales y la ópera sólo contribuían con un tres por ciento. Esta diferencia del 7 por ciento llevó al señor Vedrines a llamar a los espectáculos con el nombre de "Ópera flamenca", en una inteligente triquiñuela comercial que abrió el flamenco a los grandes espacios: las plazas de toros estaban en auge. Y también el baile, que cuenta con figuras de la talla de Antonia Mercé la Argentina, Pastora Imperio, Vicente Escudero, y Encarnación López la Argentinita, una generación a la que seguiría la compuesta por Pilar López, Carmen Amaya y Antonio.

Por último, el cante ve progresar a artistas como los gaditanos Aurelio Sellés, Pericón, La Perla de Cádiz, El Flecha, Macandé y Manolo Vargas o los jerezanos Terremoto, El Sordera, María Soleá y La Paquera.

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ÉPOCA DE REVALORIZACIÓN DEL FLAMENCO
TERCERA LLAVE DE ORO DEL CANTE


Con la "Ópera flamenca" como hilo conductor del género llegan los años 50. El arte flamenco es conocido en medio mundo gracias a las "troupes", que habían restado densidad a los cantes para facilitar la comprensión por parte de todos los públicos. Sin embargo, como si hubiera permanecido en estado latente, una generación de cantaores reivindicó su sitio y siguió interpretando en núcleos más reducidos los estilos de siempre. Toman en este momento especial relieve las figuras de Juan Talega, Fernanda y Bernarda de Utrera, Fosforito, El Chocolate, Agujetas, Rafael Romero El Gallina y Antonio Mairena, entre otros. Es la época de los tablaos. La casa Hispavox edita la primera "Antología del Arte Flamenco", dirigida por el guitarrista jerezano Perico el del Lunar. En 1958 se crea la Cátedra de Flamencología de Jerez. Surgen las peñas La Platería de Granada, Juan Breva en Málaga y Los Cernícalos en Jerez. Y, sobre todo, en 1956 se celebra en Córdoba el Primer Concurso Nacional de Arte Flamenco, gestado por el poeta local Ricardo Molina, que ganó el pontanés Antonio Fernández Díaz, Fosforito. El flamenco entra en los teatros y los artistas se empeñan en grabar viejos cantes en desuso para perpetuar su arte.

En todo este contexto el género vuelve a sufrir otro punto de inflexión. Muerto Manuel Vallejo en 1960, los organizadores del concurso de Córdoba deciden poner en litigio de nuevo la Llave de Oro del Cante. De esta forma, la ciudad de la Mezquita acoge en 1962 un certamen histórico, en cuyo jurado estaban personalidades como Ricardo Molina o Juan Talega. El trofeo se lo disputaban Fosforito, El Chocolate, Juan Varea, Pericón, Platero de Alcalá y Antonio Mairena, que se alzó en ganador en una noche trascendental para el futuro de este arte.

Antonio Cruz García, que hasta entonces había dedicado su vida a cantar atrás para bailaores como Antonio Ruiz Soler, fundó, con la Llave en la mano, una escuela que perdura hasta nuestros días. Fue el albacea de una nueva generación de cantaores comprometidos con el mairenismo hasta la médula. Es el momento de la irrupción de El Lebrijano, Curro Malena, El Turronero, José Menese, Miguel Vargas, Diego Clavel, José de la Tomasa o Calixto Sánchez. Sin embargo, como había ocurrido en todas las etapas anteriores, este polo encuentra su opuesto en Cádiz y su bahía: Camarón, Juan Villar, Rancapino, Pansequito y, sobre todo, un veterano Chano Lobato ofrecen otra perpectiva complementaria que consigue enriquecer al género en gran medida, amén de la aportación de otros maestros tan contrapuestos como José Mercé o Carmen Linares. El flamenco toma otro camino: el de los festivales.

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LOS FESTIVALES

Los primeros festivales flamencos de la historia se crearon un poco antes de que Mairena consiguiera la tercera Llave, pero tomaron verdadera importancia a la lumbre de este acontecimiento, que dio un empuje trascendental a los nuevos valores. El baile está representado por figuras como Antonio Gades, Mario Maya, Farruco, El Güito, Matilde Coral, Cristina Hoyos, Manuela Carrasco, Angelita Vargas, Maleni Loreto y un Antonio ya en su última etapa. El cante cuenta con artistas de la talla de los citados en el epígrafe anterior. Y el público tiene ganas de ver jondura, porque el régimen de Franco había hecho una excelente propaganda sobre el género. Así, en 1957 nace el Potaje Gitano de Utrera, el primero de los festivales flamencos. Le siguen la estela otros certámenes como el de Arcos de la Frontera (1961), el Festival de Canciones y Cante Flamenco de Mairena del Alcor (1962), el Gran Festival de Cante Grande de Écija (1962), El Gazpacho Andaluz de Morón de la Frontera (1963), la Caracolá de Lebrija (1966) o el Festival de la Guitarra de Marchena (1967). Todos ellos se celebran en verano, en espacios grandes y abiertos, por lo que se crea un circuito de contrataciones que intensifica el trabajo de los artistas en la época estival.

No obstante, durante el invierno los artistas realizan otra tarea vital: llevar el flamenco a los círculos intelectuales. De la mano de cantaores como Antonio Mairena, la música andaluza entra de lleno en las universidades, comienzan a prodigarse los recitales ilustrados con conferencias, nace la palabra "flamencólogo" y el flamenco sufre una importante revisión histórica. Todo ello confluye en la concepción de un nuevo tipo de festivales de larga duración, como la Bienal de Sevilla, modelo artístico de mayor vigencia en la actualidad.

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LA HISTORIA DEL FLAMENCO Y SU DISTRIBUCIÓN GEOGRÁFICA

De forma paralela al transcurso de las distintas etapas citadas, el flamenco ha vivido otra historia interesantísima: la de cada núcleo geográfico. La creación de los distintos palos se debe a las variadas maneras de expresarse musicalmente en cada zona de Andalucía. Por eso, el estudio de lo jondo permite hacer una clasificación por provincias.

  • Almería
  • La causa que que la provincia más occidental de Andalucía sea un enclave creador en el flamenco es absolutamente clara y definida: en 1838 se descubre en la Sierra de Almagrera el filón Jaroso, un núcleo minero al que comenzarán a llegar multitud de trabajadores, y con ellos, el cante. De allí surge la taranta, que se atribuye principalmente al Rojo el Alpargatero, quien probablemete refundió los llamados cantes de madrugá con otros estilos de la zona y creó este estilo libre. Algo posterior es el taranto, que sigue el mismo esquema de la taranta pero se ajusta a lo bailable. Su origen puede estar en Pedro el Morato, El Cabogatero, El Ciego la Playa, Chilares, El Tonto de Linares… Hoy su mayor representante es José Sorroche.
  • Cádiz
  • Cádiz es la madre de las cantiñas, denominación que agrupa a otros cantes como las alegrías, la romera, el mirabrás o los caracoles. Asimismo, a esta provincia se deben los estilos de ida y vuelta, que entraron desde América a través del Puerto de Cádiz, y los tanguillos, además de la creación de los tangos junto con Triana. Aquí hay centros cantaores como Sanlúcar, El Puerto, San Fernando, el Campo de Gibraltar o Jerez de la Frontera, que por su trascendencia merece mención aparte.

    A Jerez y su campiña fueron a parar muchos gitanos en busca de trabajo, situación que propició la llegada del cante hace más de dos siglos. En esta tierra nace la seguiriya y, probablemente, la bulería, y allí se concitaron nombres como los de Paco la Luz, el Loco Mateo, el Marrurro, Manuel Molina, Sernita, Juanichi el Manijero, María Borrico, Tío Gregorio, la Piriñaca, Mojama, Joaquín Lacherna, Tío José de Paula, Manuel Torre…
  • Córdoba
  • El primer gran cantaor que se conoce en Córdoba fue también matador de toros. Su nombre era Ricardo Moreno Mondéjar, también conocido como Juanelero el Feo y primer eslabón de una cadena de artistas conocidos como los “Mediaoreja” o los “Onofre”. Este artista recogió el estilo solearero de Triana en la versión de Ramón El Ollero y lo adaptó creando una modalidad cordobesa, como también ocurrió con las alegrías de Cádiz, que Mondéjar matizó para crear unas con nombre propio. Pero Córdoba también destaca por su amplia variedad de fandangos, todos de corte abandolao. En Cabra se da un estilo cuyo mayor artífice es Cayetano Muriel, mientras que en Lucena se puede contemplar un abanico de cantes que se diferencian en los fandangos de Dolores de la Huerta, los de Rafael Rivas y los de la calle Rute. Todos ellos han sido magníficamente interpretados en los últimos tiempos por Antonio Ranchal y Pedro Lavado. Finalmente, en Puente Genil se crea el zángano, pieza que divulgó en los sesenta Fosforito y que legó José Vedmar El Seco. Asimismo, en la provincia cordobesa hay también un amplio glosario de cantes campesinos, como la trilla, la temporera y la pajarona. Además, a esta provincia se atribuye la creación de la serrana. Hoy día, con Fosforito ya retirado, los representantes más importantes de esta zona son El Pele, Luis de Córdoba, Antonio de Patrocinio, El Calli, Inmaculada Aguilar, Concha Calero, Mario Maya o Joaquín Cortés.
  • Granada
  • Esta provincia merece un estudio singular, pues allí sigue perdurando un estilo eminentemente folclórico que aún no ha sido elevado a la categoría de género artístico: la zambra. En realidad este es el nombre genérico con que se denominan tanto a los espectáculos que realizan los gitanos en el Sacromonte como a las salas en los que se desarrollan. Uno de los primeros intérpretes de zambra de los que se tiene referencia es El Cujón, pero también se puede hablar de la Golondrina, Pepa Amaya, Lola Medina, Rosa la Faraona, María la Canastera y, más recientemente, los Habichuela, saga liderada por Tía Marina.

    También es de referencia obligada el cante por fandangos creado por Frasquito Yerbagüena y, claro está, la granaína y media granaína, que si bien no tienen su origen en Granada, pues fueron creadas por Antonio Chacón, sí han sido acogidas por la provincia como cantes de la tierra. Finalmente, otro estilo con sello propio de la zona es el tango de Graná, una variante a ritmo más lento y cadencias graves. Actualmente, uno de los mayores representantes de esta provincia es Enrique Morente, destacando también al baile Eva la Yerbabuena.
  • Huelva
  • Huelva es la cuna del fandango. A lo largo y ancho de la provincia se distinguen varios núcleos creadores: Alosno -el más antiguo y cabeza de todo el Andévalo-, la Sierra y la capital. Toda la riquísima herencia folclórica de la provincia se comenzó a convertir en expresión onubense a partir del 1800, cuando el arqueólogo e ingeniero francés Ernesto Delgny redescubrió las minas de Alosno. A partir de ahí se han podido estudiar una infinidad de estilos diferentes, destacando en su ejecución cuatro artistas puntales: José Rebollo, Paco Isidro, Antonio Rengel y Paco Toronjo. Entre los estilos más conocidos están los de Alosno, los choqueros, los de Almonaster, los de Santa Eulalia, los del Cerro del Andévalo, los de Encinasola, los de Calañas y los de Cabezas Rubias.
  • Jaén
  • El núcleo creador de la provincia de Jaén gira en torno al eje Linares - La Carolina. Al igual que en Almería el cante llega a esta zona gracias al auge minero, por lo que su principal estilo es la taranta, liderada por el Tonto Linares, la Niña de Linares, Basilio, El Cabrerillo, Gabriel Moreno y, actualmente, Carmen Linares. También se dan en esta zona los cantes por temporeras, destacando la aceitunera. Uno de los más importantes representantes de su historia fue el cantaor de Andújar Rafael Romero El Gallina.
  • Málaga
  • Esta provincia es la más opulenta en los estilos abandolaos. Partiendo del mítico Juan Breva, en Málaga se pueden reseñar multitud de buenos cantaores, pero, ante todo, hay que distinguir entre los tres grupos estilísticos dominantes: la verdial -canciones folclóricas propias de la Axarquía- el fandango abandolao y la malagueña. En este último cante es necesario hablar de la Trini, El Pena, El Canario, El Perote, El Maestro Ojana, Baldomero Pacheco y el Cojo de Málaga, aunque también es obligatorio mencionar a otros artistas no malagueños como la Peñaranda -Cartagena-, El Personita -Jaén- o, sobre todo, el Mellizo -Cádiz- y Antonio Chacón -Jerez-. Entretanto, en el apartado de los abandolaos hay que diferenciar entre los fandangos de la sierra -bandolás y rondeña chica y grande- y los de la costa -jabegote o cante del marengo-, además de otro originario de la capital: la jabera. En cuanto a los cantes festeros Málaga también es la cuna de los tangos del Piyayo y de algunos estilos de la Repompa. También se atribuye a esta provincia la creación del polo y la caña, ya que Tobalo, el cantaor que supuestamente les dio forma, era de Ronda.
  • Sevilla
  • En esta provincia, la atribución de los cantes se distribuye por cuatro grandes núcleos: Triana, Utrera, Alcalá y Lebrija. Del arrabal sevillano surgen la toná, la soleá y sus variantes, el tango y varios estilos de seguiriya. Desde allí, donde forjaron su arte Frasco el Colorao, el Ollero, los Cagancho, la Andonda, Tío Noriega, el Matrona, Tomás y Pastora Pavón, el Culata, El Arenero, Márquez el Zapatero, el Sordillo, Manuel Oliver o Paco Taranto, el cante parte hacia otros pueblos, de manera que en Alcalá surge un estilo característico de soleá de la mano de los Gordos.

    Otro caso es el de Utrera, donde se asienta la jerezana Mercé la Serneta para crear una melodía legítima y genuina por soleá a la que se le une después Rosario la del Colorao o los Perrate, así como las Niñas de Utrera, Fernanda y Bernarda. Esta población ha mantenido desde siempre un contacto directo con Lebrija gracias al ferrocarril, por lo que, por ejemplo, la saga de los Pinini, iniciada por Popá Benito, está dividida entre ambas localidades. Históricas son también las figuras de Diego el Lebrijano o Juaniquín, este último dueño de un estilo de soleá, como las de Antonia Pozo, la Rumbilla -de donde proceden los Valencia-, la Malena y la Perrata, madre de Juan Peña el Lebrijano.

    La guitarra, última en incorporarse

    El análisis de la guitarra en el flamenco merece un apartado diferente, ya que se trata del último de los componentes que adquirió el género pero, actualmente, uno de los más revalorizados. Según los estudios realizados por diversos expertos, todo parece indicar que una de las primeras referencias se ubica en "La explicación de la guitarra", obra publicada por el gaditano Juan Antonio de Vargas y Guzmán en 1773. Sin embargo, en esta época sólo se puede hablar de lo que posteriormente se denominaría existencia de guitarristas "por lo fino". Realmente los primeros visos de acercamiento de las seis cuerdas al flamenco llegan con figuras como las de El Murciano, Trinitario Huertas, Bernardo Troncoso, José Toboso y, sobre todo, el almeriense Julián Arcas, padre de una soleá que lleva su nombre. A esta primera época de guitarristas aún ubicados entre el toque "por lo fino" y "por lo flamenco", le siguen los de la llamada Escuela Ecléctica, en la que destacan el inventor de la cejilla, el Maestro Patiño -Cádiz-, Antonio Pérez -Sevilla-, Paco el Barbero -Sevilla- y Paco el de Lucena -Córdoba-.

    A partir de este momento comienzan a surgir los primeros especialistas en el toque "por lo flamenco", como Juan Gandulla Habichuela, de Cádiz, Javier Molina, de Jerez, y Miguel Borrul padre, de Castellón. Pero el gran guitarrista de finales del siglo XIX y principios del XX es Ramón Montoya Salazar (Madrid, 1880-1948). A él se le debe la creación para la guitarra de la gran mayoría de los palos flamencos y se le considera el primer revolucionario de la técnica y la armonía, hasta el punto en que se convirtió en el primer concertista flamenco de la historia.

    Su legado es aprovechado por una generación de tocaores inigualables que ha conformado la etapa de los grandes creadores personales. En esta época surgen Niño Ricardo, Manolo de Huelva, Perico el del Lunar, Esteban Sanlúcar, Melchor de Marchena, Sabicas y Diego del Gastor.

    De todos ellos bebe el mayor maestro de todos los tiempos, Paco de Lucía, lider indiscutible de la última generación de guitarristas. Junto al algecireño hay que destacar a Manolo Sanlúcar y a Víctor Monge Serranito, un triángulo de tocaores que revolucionaron el concepto de la guitarra flamenca entrando en contacto, sobre todo en el caso de Paco de Lucía, con otras músicas como la brasileña, el jazz, el rock…

    A esta escuela, indiscutiblemente, pertenecen los nuevos valores del toque, como el almeriense Tomatito, el jerezano Gerardo Núñez, el catalán Juan Manuel Cañizares o el cordobés Vicente Amigo.

    El presente y el futuro del género. La Cuarta Llave de Oro del Cante

    Desde que en 1979 José Monge Cruz, Camarón de la Isla, grabó "La leyenda del tiempo", el futuro del flamenco tiene otra cara. En aquella producción de Ricardo Pachón hubo muchas cosas nuevas: Kiko Veneno, Rafael y Raimundo Amador, Pepe Roca, las letras de Omar Kayan, Lorca y Fernando Villalón, Tomatito en lugar de Paco de Lucía, el teclado de Rafael Marinelli, la batería de Antonio Rodríguez… Y, sin embargo, nada dejó de sonar flamenco. Experiencias previas como las de Smash en "Behind de Stars", la posterior edición del garrotín rockero que el grupo sevillano estructuró sobre la voz de Manuel Molina y la incipiente curiosidad de unos jovencísimos Pata Negra se unieron para apostar, definitivamente, por el "Nuevo flamenco", un proyecto fuertemente apoyado también por el trabajo de Paco de Lucía y su septeto. Esta tendencia ha encontrado su premio en la entrega de la Cuarta Llave de Oro del Cante a título póstumo a Camarón de la Isla, que ha recibido el galardón después de muerto de manos de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía por la influencia que, según este organismo, el isleño ha ejercido sobre los jóvenes flamencos.

    A raíz de todo esto surgió el gran debate entre ortodoxos y heterodoxos, un conflicto que pone en evidencia la vividez de un género que no se resigna a estancarse en la repetición y que trata de abrirse caminos expresándose en multitud de formatos. Actualmente, las dos tendencias han sabido encontrar su lugar, aunque las disputas no se han acabado ni se acabarán, por el bien de un arte que, tras una larga historia a sus espaldas, sigue dando motivos para que el ciclo no se cierre. El flamenco es como Andalucía misma: una tierra que encuentra su razón de ser en la diversidad, un lugar donde conviven multitud de puntos de vista y donde todos sus habitantes son conscientes de que eso les enriquece. Larga vida, pues, al flamenco, porque no sólo representa a un pueblo: también lo diferencia de los demás.
  • Datos encilopédicos reunidos por Manuel Chilla González
Alborea
Alegrías
Bambera
Bulerías
Campanilleros
Caña
Cantiña
Caracoles
Carcelera
Cartagenera
Colombiana
Debla
Fandango
Fandanguillo
Farruca
Garrotín
Granaína
Guajira
Jabera
Liviana
Malagueña
Mariana
Martinete
MediaGranaína

 

Milonga
Minera
Mirabrás
Nana
Petenera
Polo
Romance
Romera
Rondeña
Rumba
Saeta
Seguiriya
Serrana

Sevillana
Soleá
Tango
Tanguillo
Taranta
Taranto
Tiento
Toná
Trillera
Verdiales
Vidalita
Zambra
Zorongo

ALBOREÁ, f. [De albor, luz de alba, y éste del lat. albor, oris.] Cante con copla por lo general de cuatro versos hexasílabos y un estribillo. // 2. Baile mímico que forma parte de los de las zambras gitanas. Aunque este estilo con compás de solea ligera o solea por bulerías, forma parte del ritual de las bodas gitanas y sus letras más divulgadas hacen referencia a la virginidad de la novia. J. Rodríguez Garay, en su trabajo De algunos usos y ceremonias nupciales de España publicado en la revista El Folklore Andaluz, nº6, escribe lo siguiente solare la alboreá: «Costumbre antigua es en algunos pueblos de España arrojar dulces y flores a la novia, cuando se dispone a bailar. En El Coronil (Sevilla) se arrojan puñados de almendras y confites. En algunos pueblos de Sicilia arrojaban sobre los esposos al volver de la iglesia no sólo trigo y harina, sino pan algunas veces. En un romance antiguo, al hablar de las bodas del Cid con doña Jimena se dice: "Por las rejas y ventanas / arrojaban trigo tanto / que el rey llevaba en la gorra / como era ancha, un gran puñado"». Los gitanos, por otra parte, han intentado mantener el cante por alborea como patrimonio exclusivo de sus fiestas con motivo de los enlaces matrimoniales, por considerar la prueba de la pureza de la novia singular patrimonio de su cultura específica, actitud que Manuel Barrios, en su libro Proceso al Gitanismo, ha criticado, y «de paso» aclarado que la costumbre fue común del pueblo español durante muchos siglos: «Como una muestra mas de la discriminación que practican, presumen negar el acceso, al no gitano, a sus más secretas e íntimas ceremonias. Tal es el caso de la boda, que ningún payo debe ver: ni siquiera oír el cante de ellas, la alborea: todo un rito excluyente y exclusivo, aunque acusando un punto bastante vulnerable, y es que esa misma boda. con el pañuelo en el que nacen las tres rosas —es decir, la desfloración manual con sus tres manchas de sangre—, no es rito calé. sino castellano. Produce cierta tristeza destruir mitos salvajes y bellos, pero aquí estamos para hablar en serio, y decir que la barbara costumbre castellana se deroga cuando en España dejan de reinar los Austrias». Citando como ejemplo que la propia Isabel la Católica se sometió a la prueba de virginidad. Demófilo, en el prólogo y en nota a pie de página, de su obra Colección de Cantes Flamencos, al glosar la letra que empieza diciendo «En un prado verde / tendí mi pañuelo», que ofrece en su versión de siguiriya, también se refiere a la costumbre de mostrar las pruebas de la virginidad de la novia en Sicilia, según testimonio que cita del autor italiano Giuseppe Pitré. E. Pohren, en su libro El Arte Flamenco, comenta con respecto a la alboreá: <<Hasta hace poco, los gitanos creían que traía mala suerte cantar las alboreás fuera de las bodas y dentro del radio de atención de los no gitanos. Hoy día, con estas alboreás grabadas en antalogías y cantadas ya por lo menos en una película, sin que se haya derivado ninguna consecuencia de importancia, aquella creencia esta generalmente desacreditada». En opinión de Ricardo Molina: «O la alboreá es síntesis misteriosa de casi toda la gama flamenca o las diversas modalidades flamencas proceden de ella. Para que su multivalencia artística sea completa, es, por añadidura, bailable. Su compás es el mismo de las soleares primitivas para bailar». Por su parte. Manuel Martín Martín, considera los siguientes matices: «Mucho se ha dicho y escrito, hasta convertirlo en leyenda, sobre este cante condicionado a exaltar la castidad prenupcial de la novia. Tampoco faltan quienes, basándose en las letras, dudan que la forja del mismo tuviera lugar en el seno familiar de los gitanos de la baja Andalucía, por supuesto que nos referimos a la auténtica alboreá flamenca, la sevillana o gaditana, sin que por ello obviemos las de Córdoba. Granada, Jaén, y la de algunas localidades extremeñas. Dentro del mismo cante percibimos diferencias susceptibles entre las de Cádiz y Los Puertos (soleá bailable romanceada), Jerez, Lebrija y Utrera (soleá por bulerías romanceadas), y las más puras que conocemos —en cuanto a riqueza musical, variaciones y matices—, las de Ecija, que suponen la reliquia más perfecta de las llamadas bulerías de escuche». Cantaores gitanos, como Rafael Romero y Joselero, entre otros, han grabado versiones de alboreás, pero su práctica de cara al público sigue siendo mínima en festivales y recitales. 

ALEGRÍAS. F. pl. [De alegre, y éste del lat. alicer, alecris.) Cante con copla, por lo general, de cuatro versos octosílabos, que pertenece al grupo de las cantiñas. Nació como cante para bailar, eminentemente festero. Se caracteriza por su dinamismo, desenvoltura y gracia. El cante en sí esta formado por una sucesión «de coplas y entre alegría y alegría, es costumbre intercalar ciertas variaciones o juguetillos de diferente música por el mismo compás. // 2. Baile difícil de interpretar. Se baila por ambos sexos, aunque es más propio de mujer. Tanto en el cante como en el baile, su cómputo rítmico es idéntico a la solea, aunque mas aligerado, proporcionándole su toque un aire mas vivo. «Como baile —en opinión de, José Manuel Caballero Bonald— las alegrías representan, sin duda alguna, la mas verídica y difícil manifestación de todas las danzas andaluzas.» Se considera que esta cantiña proviene de la llamada jota de Cádiz, que se cantaba en esta ciudad en la época de la guerra de la Independencia y el período liberal, según testimonios de historiadores y folkloristas. Al decir de la tradición oral, fue Enrique Butrón quien fijo su forma flamenca y después Ignacio Espoleta quien introdujo en ella la salida o tercio de preparación que actualmente más se emplea, ese Tirititrán tran, tran, tran.... tan popularizado por Manolo Vargas años más tarde, cantaor que también ha influido en el recorte y ligazón de sus tercios, en contraposición con la alegría clásica que conservara Aurelio de Cádiz, de compás más lento, siguiendo la línea primigenia que cultivara Enrique El Mellizo. La vigencia de las alegrías no ha perdido nunca vigor y desde los tiempos de los cafés cantantes, donde las bailaban Juana La Macarrona, La Malena, Fernanda Antúnez, La Mejorana y Gabriela Ortega, entre otras grandes bailaoras, hasta la actualidad, es un estilo casi obligado en todos los repertorios de las más destacadas figuras del baile. Lo mismo puede decirse del cante, en su faceta para escuchar, habiendo contado entre sus mejores interpretes en los últimos años con Pericón de Cádiz. El Flecha de Cádiz. El Beni de Cádiz, El Chato de la Isla, Fosforito. La Perla de Cádiz, El Camarón de la Isla, Chano Lobato y Juanito Villar, entre otros (Véase Cantiña). 

BAMBERA, f. [De bamba, y ésta de bamb, onomt. del balanceo.] Cante con copla de cuatro versos octosílabos o, a veces, el primero y el tercero heptasílabos y el segundo y el cuarto pentasílabos. Procede del folklore andaluz y es uno de los más claros ejemplos de aflamencamiento de canciones. En su origén es puramente campestre y deviene de la costumbre de acompañar, cantando, el balanceo o bamboleo del columpio, como lo atestigua Covarrubias, en su obra Tesoros de la lengua: «En la Andaluzia es Juego común de las moças, y la que se columpia esta tañendo un pandero y cantando», José Bisso, en su Crónica de la provincia de Sevilla, describe así la costumbre de las vampas o bambas: «Las Vampas son un doble columpio que se suspende de un corpulento árbol, por lo ordinario nogal, y se atraviesa con una tabla bastante resistente; colócase en ella la pareja que se mece mientras le hacen el corro y cantan e impulsan la vampa. Regularmente cada copla de uno de los del corro es contestada por otra de los del columpio; pero lo original es que para estas ocasiones guardan los amantes todas sus quejas, sus celos, desdenes, y, con una imaginación viva y perspicaz, improvisan expresivas canciones, de un momento en que median reconvención y ternezas, galanterías o resentimientos, desaires o desahogos de contenida pasión». El Padre Luis Coloma, en su Cuadro de Costumbres populares, también hace alusión a la de cantar en torno al columpio. con acompañamiento de guitarra, y en un patio, durante las fiestas de Carnaval, tradición que igualmente citan otros autores, entre ellos Blanco White —Cartas inglesas— y Armando Palacio Valdés —Los majos de Cadiz—, dándoles una ambientación urbana. Como cante flamenco lo divulgó La Niña de los Peines, grabándolo en discos y popularizándolo, para después ser interpretado por un buen número de cantaores, haciéndolo cada uno con distintos matices, pero siempre dentro de la rítmica marcada por la primera. José Luis Buendía, ha valorado así la aportación que ha supuesto al acervo flamenco la bambera a través de La Niña de los Peines: «La Niña de los Peines, como hiciera con tantas otras muestras de cante andaluz, acogió esas letras, las acopló en el compás de una solea aligerada en su ritmo con esa maestría y dulzura que sólo ella poseía, y así realizó ese trasvase bellísimo que tantas veces ha repetido el cante jondo andaluz, esto es. acoger en su seno el folklore de regiones limítrofes y aflamencarlo, darle rajo y hondura, perfilarle unos tercios inconfundibles para generaciones venideras, a este bello resultado artístico. Pastora lo denominó bamberas. rememorando así, una vez mas la base onomatopéyica del termino, que no es otro sino el ya estudiado de bamba. La herencia de Pastora por bamberas quizá haya sido para una posteridad más remota, y, normalmente, no inmediata a la personalidad de su creadora, si repasamos los añejos repertorios discográficos, vemos que no es un cante que se prodigara antiguamente con demasiada frecuencia; sin embargo, cuando un buen grano arraiga en una tierra propicia, la cosecha no se hace esperar. y, poco a poco, ensanchando la base del cante, y, a veces, hasta rompiendo con su monotonía estilística, aparecen las nuevas generaciones que hacen recreaciones muy aceptables del cante por bamberas... El compás flamenco de solea que tiene la bambera, se complementa en el terreno del ritmo poético con dos clases de composiciones: o bien una cuarteta en la que los versos segundo y cuarto riman entre si en asonante, quedando libres los impares y repitiéndose algún verso (generalmente el segundo) al ser cantado, lo cual es lo mas frecuente en el viejo cante de Pastora y sus inmediatos seguidores: «Entre sabanas de Holanda/y colcha de carmesí (bis) / está mi niño durmiendo / que parece un serafín», o, por el contrario, la composición se agranda en forma de quintilla en la que no se realiza la repetición de verso alguno, y todo el conjunto se acomoda al compás que marque el cantaor: «Eres una y eres dos / eras tres y eres cincuenta / eres la iglesia mayor / donde toíto el mundo entra / toíto el mundo menos yo.» Las numerosas grabaciones de cantes por bamberas realizadas en los últimos tiempos, no se corresponde con la todavía mínima interpretación que se hace del estilo en festivales, recitales y tablaos. 

BULERÍAS. f. pl. [De bullería, y este de bulla, griterío y Jaleo, o de burlería, burla.] Cante con copla por lo general de tres o cuatro versos octosílabos, que con frecuencia interviene como remate de otros cantes, principalmente de la solea. Es cante bullicioso, generalmente para bailar, cuyo origen data de finales del siglo XIX. Se distingue por su ritmo rápido y redoblado compás, que admite. mejor que ningún otro estilo, gritos de alegría y expresivas voces de jaleo, además del redoble de las de las palmas con mayor intensidad que ningún otro cante. Asimila cualquier tipo melódico, y por el sentido o impulso de la improvisación flamenca, alcanza su máximo radio expresivo. //2. Baile flamenco por antonomasia que se caracteriza por el predominio de movimientos convulsivos y de torsión, realizados con gracia y donaire. Admite todas las improvisaciones que sea capaz de ejecutar el interprete y en él caben todos los giros y mudanzas que se deseen si se sabe seguir el compás. Sobre este singular estilo, siempre en ebullición y evolución, sobre todo en los últimos tiempos, recogemos una serie de glosas, análisis y opiniones de distintos investigadores y estudiosos del arte flamenco: José Blas Vega: «La bulería es hija de la soleá. Y etimológicamente es una deformación gitana del vocablo castellano burlería. Si nos atenemos a los temas intranscendentales de sus letras es uno de los cantes mejor denominados. Históricamente, las bulerías no aparecen hasta mediados del siglo pasado, siendo creación de los habitantes de las calles Nueva y Cantarería del jerezano barrio santiaguero. quienes, tomando la medida de la solea y aligerando sus compases, configuraron un estilo rebosante de gracia y picaresca, repleto de movimiento, tal vez por una necesidad innata de acompañar a sus bailes mas intuitivos. Su punto de arranque fue el estribillo con que se acostumbra a rematar la soleá y, más concretamente, según la tradición, el que Mateo El Loco empicaba para ello». José Manuel Caballero Bonald: «Las bulerías, directas herederas de la solea, son un cante creado fundamentalmente para acompañar al baile. La gama de estilos de las bulerías es prácticamente incontrolable, aunque se pueden establecer dos principales vertientes distintivas: bulerías propiamente festeras o para bailar, y bulerías al golpe o para cantar, cuya modalidad mas definida es la que suele llamarse —con razón— bulerías por solea. El primer conjunto es particularmente fértil y movedizo, admitiendo una serie de improvisaciones y apropiaciones temáticas de las más exóticas procedencias. E! segundo, como su nombre indica, deriva claramente de la solea y su misma condición de cante sin baile le concede ya una indiscutible jerarquía dentro de las nobles derivaciones de los cantes primitivos». Pedro Camacho: «Rítmicamente, la bulería es un cante bolero, cuyo origen casi seguro sea el jaleo o canción jaleada propia para la danza eufórica y festera. En este sentido es una bolería. Cuando la ocurrencia gitana incorpora a la danza tradicional coplas de solea o soleariya. y acomoda arbitrariamente sus melodías, y alarga o acorta sus tiempos. y altera sus acentos, y juguetea con el ritmo, nace la bulería gitana, a la que sigue llamándose jaleo, jaleíllo o jaleo por bulerías. Hay otro tipo de bulerías que no tienen como base el ritmo bolero. Son las llamadas bulerías al golpe o soleares por bulerías». Manuel Ríos Ruiz: «La bulería, ironía y sátira del gitano hecha gracia, es una soleá ligera, a veces ligerísima. y lo mas jaleado y mímico del flamenco, sobre todo desde el ángulo del baile. Algo extraordinario y asombroso, creación de los flamencos de Jerez y de una espontaneidad suma. La bulería es un cante bullicioso, generalmente para bailar, con ritmo ligero y redoblado compás, que admite mejor que ningún otro estilo gritos de alegría y expresivas voces de jaleo, además del redoble de las palmas, más intenso que en ningún otro cante. Las bulerías tienen la misma forma literaria de las soleares, pero en cualquier métrica entran a compás, sólo basta que el cantaor sea bueno y sepa cuadrar los tercios». José Carlos de Luna: «Las bulerías, cante con picardía de tangos y humos de soleares, que recuerdan al ya desaparecido jaleo. Admiten en su seno y meten en su son todos los cantares, por regionales que sean o por ultrapirenáicos que parezcan, asemejan un formidable embudo de enorme campana, que recibe todas las dádivas musicales que quieran arrojar a su voracidad, y que las deja ir, hiladas y luminosas, acompasadas y borrachas de alegría. La pajolera gracia gitana las rocía de sal y pimienta y les acomoda sus jipíos y floreos con la peculiar e innata maestría característica de los cantes de esta raza. Las más absurdas estrofas, las musiquillas mas aisladas de las posibilidades flamencas, se ciñen al ritmo y al son, por las buenas o por las malas, que de todo hay». Ricardo Molina: «Baile gitano cien por cien es el de bulerías. El cante se caracteriza por la desaparición del ritmo interno o estructural a causa de la rapidez del tempoí) y su rigor, que sólo dejan al cantaor la posibilidad de desarrollar una curva melódica, cuya caída parece orientarse a un blanco preciso... El principal rasgo de las bulerías es su virtud proteica que le permite asimilar una muchedumbre infinita de otros cantes y transformarlos en su propia sustancia». Fernando Quiñones: «Cante provinente de las soleares, como ellas se interpreta en tres tiempos, si bien mas vivamente (incluso hay unas bulerías a golpe o bulerías por soleares, con mucho más de soleares que de bulerías). Pudieran proceder también y en parte de los antiguos juguetillos, y suelen estar absurdamente consideradas como una especie de pacotilla flamenca, buena para armar ruido y pasar el rato. Pero hay mucho más. El de bulerías se trata de un cante meritísimo». Anselmo González Climent: «Es cosa definitiva: para llegar al hondón buleril hay que recorrer un camino harto complicado. Quizá sea el único cante que necesita para su entera comprensión un tránsito completo a !o largo del resto del repertorio flamenco. Se llega a las bulerías con exquisitez terminal, como resultante de un proceso decantador y enciclopédico. Quien haya herido su sensibilidad con las honduras del martinete, las siguiriyas y las soleares, quien haya podido salir airoso del bosque fandangueril, quien tenga noción exacta de las expresiones levantinas, quien posea la virtud de recibir el ángel de los cantes gaditanos, ese estará en situación propicia para la aprehensión cabal del cante por bulerías. Las bulerías son un máximo crescendo de depuración y capacidad receptiva. Es el cante que, con trampas de facilidad, resulta ser uno de los mas difíciles... Las bulerías son una especie de órgano regulador de las características más sobresalientes y flamencas de los cantes grandes, intermedios y chicos. Así se explica que no es fácil definir sus peculiares y múltiples matices, las bulerías dan el alma esencial a la fiesta flamenca, porque entran en las mejores complicaciones del ritmo de la gracia, y porque le dan al cante, al baile y al jaleo su máxima carga de ángel. No es, en suma, un cante superfino ni a la mano de todos>>. Tomás Andrade de Silva: «La bulería fiel a la matriz originaria, fue en sus principios casi lenta y muy acompasada, y su único destino era el baile. Después, los cantaores han ido ampliando la importancia de su voz y aligerando su ritmo, hasta hacer de ella un cante individualizado, tan difícil como una soleá auténtica>>. José Luis Ortiz Nuevo: <<La bulería es un cante relativamente moderno y nos viene desde El Loco Mateo hasta El Gloria, como perfecta síntesis de expresión honda. La bulería es condensación de la soleá, esencia de sus ritmos, rayo de sus ecos y formas musicales. La bulería corre entre las palmas y las danzas como un ciclón que nunca cesa, como una marcha gozosa de emociones que se suceden en la fiesta. La bulería incita cuando bien se escucha al vértigo del coraje y de la furia. Y ahora resulta que todas sus renovaciones van por el camino opuesto: alargando indefinidamente los tercios dulcificando innecesariamente sus lamentos, despreciando con fatal descuido la precisión de sus compases. Los cuplés y las coplas han sentado sus reales en este estilo v. con el beneplácito de muchos aficionados, está desfigurando su esfinge verdadera>>. 

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CAMPANILLEROS. m. pl. [De campanilIero, individuo de una agrupación, frecuentemente llamada los campanilleros. que en algunos pueblos andaluces entona canciones de carácter religioso, con acompañamiento de guitarras, campanillas y otros instrumentos.] Cante con copla, por lo general, de seis versos asonantados. primero, tercero y quinto decasílabos, segundo y cuarto dodecasílabos, a veces de cuatro versos octosílabos, enlazada a otra de cuatro versos hexasílabos. Es mi cante aflamencado de origen folklórico, originado por las canciones populares andaluzas entonadas con motivo del llamado Rosario de la Aurora. La muestra flamenca más antigua de los campanilleros se debe a Manuel Torre, que realizó una versión, grabada en disco, interpretada con gran dramatismo y jondura separando bastante su música de la original y prestándole verdadera entidad flamenca. La popularidad la alcanzó con La Niña de La Puebla, que hizo de ese cante otra versión mas ligera y fácil. Sus letras son lógicamente religiosas, aunque admite otros temas. Es un cante de mínima ejecución, aunque en los últimos tiempos lo han grabado en disco, siguiendo la pauta marcada por Manuel Torre, Juan Varea, El Agujeta. José Mercé y José Menese. entre otros interpretes.

CAÑA. f. [De origen incierto. Posiblemente estribillo de una de sus letras primitivas, cuando aún era canción popular, en la que se citaba repetidamente el vocablo, o, tal vez, de la costumbre antigua de cantar en honor del vaso de vino que en Andalucía se llama caña, y éste del lat. canna, caña, junco.] Cante con copla de cuatro versos octosílabos, que riman el segundo v el cuarto. Es un cante duro, recio, largo, que suena la liturgia, melancólico, repleto de melismas, que se remata con un macho de diferente métrica y más empuje, a veces una soleá. De difícil ejecución requiere cualidades físicas excepcionales en el cantaor para su perfecta ejecución, no utiliza, el jipío como elemento expresivo, por lo que se mantiene en todos sus tercios retador y gallardo. Algunos teóricos lo han considerado como tronco de muchos cantes, tal vez porque el vocablo caña debió emplearse, en lo antiguo, para designar estilos diferentes // 2. Baile que fue creado en los años treinta del presente siglo por Carmen Amaya, según sus propias declaraciones, con la colaboración del músico Monreal y el guitarrista Perico el del Lunar, sobre la versión cantaora de don Antonio Chacón de este estilo, aunque es posible como algunos viejos intérpretes apuntan, que se bailara con anterioridad, pero se carece de datos documentales de ello. 

Serafín Estébanez Calderón, en su obra Escenas andaluzas, editada en 1847, llamó a la caña tronco primitivo de los cantos andaluces y a renglón seguido la describe así:<<Nadie ignora que la caña es un acento prolongado que principia por un suspiro, y que después recorre toda la escala y todos los tonos, repitiendo por lo mismo un propio verso muchas veces, y concluyendo con otra copla por un aire más vivo, pero no por eso menos triste y lamentable. Los cantaores andaluces, que por ley general lo son la gente de a caballo y del camino, dan la primer palma a los que sobresalen en la caña, porque, viéndose obligados a apurar el canto, como ellos dicen, o es preciso que tengan mucho pecho o facultades, o que pronto den al traste y se desluzcan. Por lo general la caña no se baila, porque en ella el cantador o cantadora pretenden hacer un papel exclusivo». A partir de este autor han aparecido diversas teorías y referencias sobre la caña y en torno a su etimología y sus orígenes, que más arriba han quedado sintetizados, pero estimamos conveniente transcribir dos de las mas recientes, dispares en algunos aspectos y coincidentes en los esenciales. Son las siguientes: José Blas Vega: «Del primer cantaor de cañas que tenemos noticias. es Francisco Vargas Ortega El Fillo, hacia 1844. Era costumbre en tiempos antiguos cantar detrás de la caña el polo, resultando la cosa un poco larga y monótona. Esto parece ser el motivo de que el señor José El Granaíno, banderillero de Cuúchares y gran cantaor y creador de cantiñas, redujese en la caña los ayes del segundo y cuarto verso y le diese un aire más vivo, mas valiente. E! Gordo Viejo, quita el polo, introduciendo parte de éI en el macho de la caña, y su hijo Enrique El Gordo añade una solea corta y sencilla. Fue don Antonio Chacón el que logró dotar a la caña de una cuadratura musical perfecta. Le imprimió la dulzura musical que necesitaba y que con tanta inteligencia ponía Chacón a los cantes, demostrando que había que mantener la línea rítmica. Dio a conocer, popularizándola. la clásica letra: "A mí me pueden mandar / a servir a Dios y al rey. / pero dejar a tu persona / eso no lo manda la ley". Letra de una solea de Paquirri. que cuadraba perfectamente con el carácter de la época. A Chacón también le pareció que el final estaba pobre y reemplazó la soleá de Enrique El Gordo, por una grande de Triana, por la de Ribalta: "Los lamentos de un cautivo / no pueden llegar a España. / porque esta la mar por medio / y se convierten en agua". Con la muerte de Chacón dejó de cantarse hasta 1950, pero su recuperación va unida a la perdida de grandeza y expresión, pues ha quedado un poco momificada y monótona, defectos que se acusan más cuando se canta actualmente para bailar. Además de los citados, fueron grandes intérpretes de la caña: Curro Durse, Silverio, La Parrala, Paco El Sevillano, Fernando El Herrero» Ricardo Molina: «La caña que se canta desde hace diez o doce años —escribe en 1960— responde, con pocas variantes (las muy leves de un Manolo Caracol, por ejemplo) a un tipo único rígido, académico. Para que la fijeza y estatismo sean mayores, hasta la letra se repite rutinariamente: "A mí me quieren mandar...". Por eso y por otros motivos, me parece que nuestra caña es una momia, un cante sin vida, memorístico, inerte; todo lo contrario de lo que es y debe ser un buen cante... Tenemos sin embargo una ventana abierta a la vieja caña, si no a la caña misma de Silverio. Tenemos en primitiva grabación discográfica la que, en 1922, cantó Diego Bermúdez de Morón —se refiere a El Tenazas— en el Concurso Nacional de Cante Jondo de Granada. Con ella y con sus soleares apolás al estilo de Silverio ganó el primer premio de la segunda sección de cantes integrada por serranas, cañas, soleares y polos. En aquella fecha, Diego Bermúdez tenía sesenta y ocho años y había nacido por lo tanto en 1854. Pudo perfectamente oír los cantes del Fillo y del Planeta, que gozaban de buena salud y facultades en 1847. Y si no los oyó a ellos personalmente, pudo oírselos a discípulos directos. El cantaor suele arrancar siempre de una tradición anterior... De modo semejante Diego Bermúdez, nacido en 1854, lleva al 1922 la tradición del cante de 1830 a 1860; recoge en esencia, a través de Silverio y otros, los cantes del Fillo, y sus contemporáneos, los que menciona Estébanez Calderón... Diego Bermúdez representa, pues, con respecto a la caña el más venerable y fiel testimonio vivo. Su caña debe aproximarse mucho a la primitiva pureza de este cante. Sólo así se explica, por otra parte a que a tan avanzada edad, y sin ser un cantaor excepcional, se le concediera el primer premio por cañas... Estimo a la caña de Bermúdez como una verdadera joya. Escuchándola repetidas veces, no me explico como los actuales cantaores—los buenos— no se aplicaron a ella y de ella partieron para adaptarla a sus personales estilos. En la caña de Bermúdez, podemos saborear las calidades que precisamente faltan a la actual. Se diferencia de la imperante hoy, por su compás más vivo y rápido. La que canta "Caracol. Fosforito o Rafael Romero lleva ritmo mucho mas lento y ese ritmo, a veces, acentúa todavía su lentitud en el ay. El ay de Bemúdez es un ay, no un i, que es lo que ahora inexplicablemente priva. El í de los actuales cantaores de cañas es una estilización bastante monótona y academicista del espontáneo y natural ay primitivo. El ay de Bermúdez no está automáticamente sincopado, sino que se desarrolla garbosísimo, airoso, desbordante de vida y de gracia enlazando con tenues ligaturas sus seis modulaciones, dos de las cuales (la cuarta y la quinta) son semejantes. La copla es la siguiente: "En el querer no hay venganza. / Tú te has vengado de mí. / Castigo tarde o temprano / del cielo te ha de venir". Canta Bermúdez el primer verso o tercio de modo parecido a como se hace ahora, en forma musicalmente ascendente y ligándolo todo, pero la diferencia de compás es definitiva y por eso resulta más flamenco y garboso. La mayor diferencia con la caña actual radica en la repetición del primer tercio: porque hoy se acostumbra a repetir sólo la última palabra, precedida de un ay, haciendo una variación de la melodía inicial, mientras que Bermúdez repite el primer tercio completo y desarrolla la misma melodía, mas terminante en forma descendente. El segundo tercio es semejante al de hoy, aunque se registra una marcada tendencia a las notas graves y su repetición acusa, con más vigor aún, el predominio de la forma musical descendente. Así consigue enlazar a la última sílaba del segundo tercio el ay séxtuplo, sin pausa ni calderón, de modo que resulta su prolongación normal y no una yuxtaposición" como ocurre en la caña imperante. Cuanto hemos señalado para los dos primeros tercios de la copla, esto es, para media letra, repítese en el resto, rematado sin macho. Es probable que Bermúdez acabase la caña con soleares apolás. En el primer tercio de nuestro siglo era costumbre terminarla con una soleá. En Cádiz se cantó frecuentemente en tales ocasiones la famosa "Entre los cañaverales / los pájaros son clarines al divino sol que sale"». Actualmente son muy pocos los cantaores que incluyen la caña en sus recitales y discos, y aunque además de la afición de El Tenazas estudiada por Ricardo Molina, existen otras antiguas del Niño de Cabra y El Bizco, la caña que se suele cantar habitualmente es la popularizada por don; Antonio Chacón, en la que sobresalen Rafael Romero. Enrique Morente, Foscorito y Alfredo Arrebola, ateniéndonos a las grabaciones discográficas. 

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Fuente de estas fotos y del artículo: flickr.com - búsqueda con la palabra FLAMENCO / ENCICLONET - Autor: J. M. LÓPEZ

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