Euskadi - País Vasco

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Comunidad autónoma de España que comprende las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya con 2.082.587 habitantes (2001), que reciben los gentilicios de vascos, vascuences o vascongados, y 7.234 km². Capital, Vitoria.

Situada en su mayor parte en la vertiente meridional de las montañas vascas se extiende hasta el Alto Nervión que, supone una prolongación de la provincia en su parte septentrional, y más hacia el S hasta La Rioja alavesa. Presenta tres zonas completamente distintas: al N, las montañas vasco-navarras; al S, los montes de Cantabria; y en el centro, entre ambas formaciones montañosas, la Llanada alavesa, fértil región regada por el río Zadorra y sus afluentes, con clima mediterráneo con influencias continentales y cubierta de frondosos bosques de encinas y matorral.

Al S de los montes de Vitoria se encuentra el enclave burgalés del Condado de Treviño, de clima más seco y con un sector agrícola dedicado al cultivo de trigo y leguminosas que, a su vez, se complementa con la ganadería lanar.

En el límite meridional de la provincia, la Rioja alavesa, con características típicas mediterráneas (cereales, viñedo y olivar). Y en el sector atlántico, el Alto Nervión, con intensa actividad industrial. Red hidrográfica dominada por el río Ebro, al S, que riega la Rioja alavesa, y al N, el Zadorra y el alto Nervión.

Esta bellísima comunidad comprende un territorio reducido y muy poblado, con actividades industriales, pesqueras y comerciales muy activas. Sus paisajes con sierras de escasa altitud que sirven de línea divisoria entre los ríos de la cuenca cantábrica, ofrecen matices de verdes bellísimos. Estos ríos, cortos y bravos, con frecuentes cascadas cerca de su nacimiento, y los de la cuenca del Mediterráneo, con cursos fluviales largos que vierten al Ebro, separan a su vez los dos tipos de clima de que goza la región; el atlántico y el mediterráneo continental.

El litoral cantábrico es abrupto y de clima atlántico con su típico "txirimiri", o lluvia muy fina, y temperaturas moderadas que van acontinentalizandose hacia el sur, en la comarca de La Rioja alavesa. A pesar de ser un territorio de gran desarrollo industrial, aún conserva auténticos paraísos naturales, como los parques naturales de Valderejo y Urkiola, de evocador paisaje y la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, mágico enclave en torno a la ria de Guernica.

San Sebastián. La aristocrática ciudad costera que ya desde el siglo XIX fue famosa como noble lugar de veraneo, sigue conservando su atmósfera cosmopolita y exclusiva. Su bellísima arquitectura y sus excelentes playas aún hoy la convierten en destino de vacaciones privilegiado.

Bilbao. La mayor ciudad de la región y centro industrial y comercial de primer orden, tiene un bello casco antiguo donde destaca fundamentalmente su catedral gótica.

Álava - Vitoria-Gasteiz. La capital de Euskadi es una bella y magnífica ciudad, tranquila, limpia y cuidada, con un bello casco antiguo muy bien conservado. Su activa vida cultural ha alcanzado gran reputación con festivales internacionales de gran importancia.

O sea que todo en Euskadi es un verdadero lujo... y cualquiera podría perderse vislumbrando tanta belleza...

 
HISTORIA DE EUSKADI

La Comunidad Autónoma del País Vasco representa uno de los temas más apasionantes para el análisis historiográfico, merced a su secular unidad territorial y a la existencia de una amalgama de tradiciones que la hacen especialmente atractiva. Buena parte de los tópicos de aislamiento, oscuridad, cerramiento y demás quedan inmediatamente destruidos si se echa un repaso rápido de sus principales acontecimientos históricos. En este sentido, hay que remarcar la correlación de acontecimientos entre País Vasco y sus comunidades limítrofes, especialmente La Rioja, Navarra y la primitiva Castilla, aparte de que su situación fronteriza la ha hecho, durante todas las épocas, una de las zonas más susceptibles de recibir influencias procedentes de Europa. Debido a la existencia de un idioma propio, el euskera, de uso habitual en la Comunidad, en esta entrada se respetarán todos los topónimos en su lengua materna salvo Álava (Araba), Guipúzcoa (Gipuzkoa) y Vizcaya (Bizkaia), así como las capitales provinciales de las dos primeras, Vitoria (Gazteiz) y San Sebastián (Donosti); el criterio seguido para esta distinción es el de facilitar la comprensión a toda la comunidad hispanoparlante de los temas que han de tratarse, así que valga el rasgo propedéutico para la comprensión de quienes se puedan sentir a disgusto con ello.

Prehistoria

A pesar de que la periodización de la prehistoria vasca cuenta con una extraordinaria cronología propia elaborada por uno de sus mejores investigadores, el prestigioso José Miguel Barandiarán, las acotaciones de este período corresponden a la más elemental de las cronologías, con el objeto de que los lectores puedan comparar las diferencias y semejanzas de la evolución prehistórica del País Vasco con el resto de territorios peninsulares y europeos.

El País Vasco durante el Paleolítico

Siempre fue el territorio vasco proclive a todo tipo de investigaciones arqueológicas, lo cual ha hecho posible contar con un gran elenco de noticias y pruebas documentales que permiten datar cronológicamente la existencia de grupos humanos en el País Vasco desde, aproximadamente, el Paleolítico Inferior. En principio, dichos grupos habitaron preferentemente las terrazas fluviales de los afluentes vascos del Ebro, así como el territorio de la actual Navarra ribereña o las costas labortanas. En la posterior subdivisión cronológica, el Paleolítico Medio (80000-30000 a.C.), los yacimientos han demostrado que se produjo un cambio con respecto a los lugares de habitación: los poblamientos al aire libre dejaron paso a una multiplicidad de asentamientos en cuevas; aunque ambas formas convivieron durante todo este período, los restos de animales de clima frío encontrados han permitido a los investigadores lanzar una hipótesis verosímil para explicar dicho cambio: cierta regresión climática vivida por el País Vasco durante el Paleolítico Medio, por lo que las primeras muestras de un clima glaciar fue la causa de que sus habitantes buscasen el abrigo de las cuevas para desarrollar su vida. Los principales yacimientos arqueológicos de esta época están localizados en Axlor, Gaztarria, Isturitz y Lezetxiki. Durante el Paleolítico Superior (30000-10000 a.C.) el clima glaciar se desarrolló plenamente en toda Europa, lo que, para el País Vasco, significó que la mayor parte de sus montañas se vieron cubiertas de nieve; ello obligó a sus habitantes no sólo a retirarse a las cuevas y abandonar los asentamientos al aire libre, sino también a emigrar hacia las zonas costeras donde el mar suavizara las bajas temperaturas. El nivel estratigráfico correspondiente a esta época hallado en la cueva de Isturitz es, por la calidad de sus restos, uno de los más importantes de Europa para datar este fenómeno.

Paleolítico

Otro de los acontecimientos más importantes que tuvo lugar en esta época fue la sustitución, en toda Europa y también en el País Vasco, de la especie Homo Sapiens Neanderthalensis (el conocido Hombre de Neandertal) por el Homo Sapiens Fossilis (más habitualmente llamado Hombre de Cro-Magnon). Siguiendo la hipótesis de José Miguel Barandiarán, éste fue el último cambio sustancial de especie habido en el País Vasco, puesto que la posterior derivación al Homo Sapiens Sapiens tomó los rasgos físicos (antropológicamente) del subtipo pirenaico occidental (como ocurrió a ambos lados de los Pirineos). La influencia de pueblos europeos fue muy honda gracias a las especiales condiciones geográficas del País Vasco, convertida durante el Paleolítico Superior en territorio de paso obligado para los pueblos que, desde el Cantábrico, cruzaban los Pirineos, y también para los que hacían el camino contrario. Los hallazgos de la cueva de Urtiaga (Deba) confirman la hipótesis de Barandiarán, una hipótesis que, bajo los diferentes subtipos de la especie Homo en Europa, también apareció en toda la zona que discurre desde la Cornisa Cantábrica, pasando por los Pirineos, hasta la actual Costa Azul francesa. Durante toda esta época la economía de los habitantes del País Vasco tuvo como base la caza y la recolección, si bien esta última predominó hasta que el clima glacial hizo imposible otra actividad para la alimentación humana que no fuese la segunda, especialmente la caza de especies frías que entonces habitaban en el territorio como mamuts, renos, bisontes y osos. Ello también se tradujo en un cambio de los materiales utilizados como herramientas: además de industrias líticas, las óseas, procedentes de los huesos de los animales, comenzó también a desarrollarse en esta época final del Paleolítico.

Mesolítico y Neolítico vasco

El acontecimiento que data la etapa de transición entre Paleolítico y Neolítico (Mesolítico), esto es, el fin de la época glacial y, como consecuencia, el deshielo y retirada de las nieves de Europa, tuvo lugar en el País Vasco entre los años 10000 y 3500 a.C. Ello provocó que los grupos humanos abandonasen las cuevas costeras y pasasen a poblar los espacios del interior, incluidas las montañas, que habían sido abandonados a raíz de la glaciación anterior. La vegetación actual del País Vasco tuvo su origen en la transformación acontecida en esta época, cuando hierba, bosque y los demás elementos biológicos propios de latitudes templadas se asentaron en el lugar de las antiguas nieves y líquenes. Los yacimientos vascos más importantes datados en esta época son los de Santimamiñe, Urnieta e Ispáster. La desaparición del clima glacial puso los primeros cimientos para que la domesticación de los animales y el control de la tierra favoreciese la aparición de la agricultura y el pastoreo. Durante este período mesolítico los habitantes del País Vasco habían comenzado la tarea de la domesticación animal, que tuvo como primeros protagonistas al cerdo, la cabra y la vaca.

Desde que el investigador Vere Gordon Childe lanzase su teoría acerca de la Revolución Neolítica, todos los yacimientos datados a partir de, aproximadamente, el año 3500 a.C. han tenido que pasar por el tamiz de tal afirmación. Como en el resto de Europa, el Neolítico no tuvo un carácter espectacular como en el Creciente Fértil, pues su llegada fue más tardía que a las zonas más meridionales. Sin embargo, una vez mejoradas las condiciones climáticas, la sedentarización de los grupos humanos y el paso a las economías agrícolas en sustitución de las basadas en la caza fue el paso lógico dado por los habitantes del País Vasco. Todos los nuevos procesos de sedentarización tuvieron que coexistir en el País Vasco con el desarrollo de una economía pastoril trashumante, mucho más apropiada para el terreno y acorde con las constantes inmigraciones de población que, desde el Paleolítico Superior, afectaron a sus pobladores. Barandiarán ha documentado la presencia de dólmenes, crómlech y el resto de construcciones inherentes al fenómeno cultural más importante del Neolítico: el Megalitismo. La cultura megalítica contó, además de los aportes propios, nuevas formas de organización social derivadas de la presencia en el País Vasco de población centroeuropea e, incluso, mediterránea, lo que subraya el carácter abierto de la zona euskera durante este período. Esta explosión demográfica, unido a la sedentarización y riqueza de los asentamientos humanos, dio lugar a las primeras diferenciaciones sociales, las primeras murallas defensivas de los poblados y, como consecuencia lamentable de la evolución, las primeras luchas humanas por el control de la tierra entre diferentes pobladores. Dos yacimientos principales han servido para documentar la realidad neolítica del País Vasco: el de Arenaza (Vizcaya) y el de Los Huesos (Álava); en ellos se aprecia la doble realidad de sus habitantes, pues los pequeños poblados agrícolas al aire libre tuvieron como asentamiento preferente el sur del País Vasco, mientras que en el norte aún tenían bastante vigencia los abrigos naturales de las rocas, junto a algunas pequeñas chozas. La amplia vigencia de las actividades pastoriles fue, con mucho, el rasgo más destacado del Neolítico vasco, así como un lento pero paulatino avance hacia formas sociales más maduras.

La Edad de los Metales en el País Vasco

A partir del año 2000 a.C., aproximadamente, toda Europa sufrió una oleada de invasiones protagonizadas por pueblos de origen indoeuropeo, los celtas, cuyo conocimiento de la metalurgia y su elevada organización les hizo depositarios de cierta hegemonía socio-política en el continente. Pese a ello, la persistencia de la lengua euskera, lengua pre-indoeuropea, ha servido a los investigadores para opinar que no hubo conquista celta del País Vasco, sino que los invasores se mezclaron con la población autóctona, a la que aportaron sus herramientas más evolucionadas para los cultivos y las técnicas militares derivadas del conocimiento de la metalurgia. Los asentamientos celtas, empero, se encuentran incluso actualmente bien localizados, principalmente en la llanura de Álava y en las cercanías de la Ribera (frontera con Navarra). La fusión entre una sociedad más evolucionada, la celta, con los habitantes autóctonos del País Vasco tuvo como ámbito preferente el sur de la provincia actual, mientras que las comunidades del norte tuvieron un menor grado de contacto con estos contingentes.

Una vez asimiladas las técnicas industriales de los celtas, la población autóctona, primero en Álava y, entre los años 2000 a.C. y 500 a.C., en todo el País Vasco, pasó a fabricar en hierro, cobre y el resto de metales las herramientas de labranza (arados, hoces, podaderas...) y las armas (escudos, espadas, dagas...) La mayoría de estos útiles se han encontrado en uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de la península: La Hoya (Álava). Aparte la multitud de industrias encontradas, este tipo de poblado agrícola, fortificado para la defensa fruto de la mezcla de elementos autóctonos y celtas, debió ser el más construido en esta época. La sociedad prehistórica vasca ya se hallaba jerarquizada y dividida en diferentes estratos, a juzgar por los niveles distintos de enterramientos conservados; en ellos se han encontrado restos de armas enjoyadas, abalorios y accesorios de un hipotético estamento dirigente, cuyos representantes más afamados serían los guerreros. Por debajo de ellos, los agricultores y los pastores también presentaban cierto grado de diferenciación social, aunque mínima. En el País Vasco, como el resto de Europa, ya se habían difundido ritos religiosos y creencias de ultratumba (la mayoría de origen celta), como lo muestran no sólo los hallazgos sino también la riquísima tradición oral euskera, proporcionada por una lengua milenaria en la que el rastreo toponímico siempre guarda alguna sorpresa relacionada con las ancestrales costumbres de sus hablantes.

Edad Antigua

Todo estudio, análisis o comentario histórico que se haga de la Antigüedad hispana, y en el caso del País Vasco con mucho más peso, ha de comenzar indefectiblemente resaltando la más importante fuente que ha llegado hasta nuestros días relativa a la península prerromana: el Libro III de la Geografía de Estrabón. Las primeras noticias historiográficas emitidas por el eminente geógrafo heleno, alrededor del siglo I a.C., muestran la evolución de la sociedad vasca hacia una organización tribal, en el que los lazos de parentesco eran el rasgo más marcado y decisivo. Se respetaba, pues, a los miembros de mayor edad como elemento jerarquizador de la tribu, pero también Estrabón relató que ciertas dignidades sociales, basadas sobre todo en los roles militares, complicaban más la jerarquización social. También distinguía dos grupos: los habitantes del llano, sobrios y probados agricultores, y los habitantes de las montañas, cuya ferocidad y belicosidad era casi legendaria; siempre según Estrabón, estas tribus montañesas se alimentaban de carne y ofrecían sacrificios a sus dioses, así como castigaban duramente los delitos de sangre. La dificultad orográfica del territorio hacía muy difícil su comunicación con otros elementos humanos, por lo que los habitantes de las montañas mantenían una organización social de antigüedad ancestral en la que, por ejemplo, las mujeres de la tribu eran un punto de referencia importantísimo a nivel social. Ésta y otras noticias han sido rastreadas por los investigadores actuales, pues la presencia de una sociedad matriarcal (o, cuanto menos, matrilineal) es un tema tan complicado de demostrar como apasionante. Tales fueron las primeras noticias de los indómitos habitantes del País Vasco: los vascones.

Vascones y romanos

Conocida es por todos la fecha de la llegada de las legiones romanas al puerto de Ampurias: 218 a.C. La famosa riqueza de la península ibérica atrajo sobremanera al más grande poder del Mediterráneo antiguo, quien no dudó un ápice en aplicar sus conquistas militares y su modelo de organización social en todos aquellos territorios por los que sus legiones pasaban. En el caso concreto del País Vasco, la llegada de los ejércitos romanos se retrasó hasta el año 179 a.C. (fundación de Graccurris, la actual Alfaro riojana); a su llegada, los romanos se encontraron con varias tribus asentadas en el norte de la península, una de las cuales eran los vascones citados por Estrabón, pero no la única: várdulos, autrigones y caristios también tenían sus poblados en las actuales Vizcaya y Guipúzcoa, por lo que es lógico suponer que los vascones quedasen constreñidos únicamente a las montañas. Y, pese a la ancestral ferocidad guerrera de éstos, lo cierto es que todos los indicios pasados llevan, actualmente, a descartar una lucha armada entre Roma y los vascones de elevadas magnitudes, cosa que sí sucedió, por ejemplo, con sus vecinos cántabros y astures en las famosas Guerras Cántabras. Aunque hay cierta polémica entre los historiadores a tal respecto, la ausencia de líneas en la cronística romana sobre luchas contra los vascones se opone a la gran cantidad de noticias relacionadas con cántabros y astures, por lo que hay que descartar, efectivamente, las campañas bélicas violentas. A ello hay que sumar, además, dos datos objetivos: Roma, en realidad, no estaba interesada en las complejas montañas vascas, pues los fértiles y ricos territorios meridionales dominados por los cartagineses fueron su objetivo principal. El segundo dato a tener en cuenta es el de la expansión vascona, hacia el este y sudeste, acontecida entre los años 179 a.C. y 90 a.C., pues llegaron a ocupar la Jacetania y la actual comarca de los valles Sos-Sanguesa. El control vascón de ciudades riojanas como Calagurris (Calahorra) o Cascantum (Cascante) fue la culminación de este proceso.

Siguiendo con estos datos, lo cierto es que dicha expansión de las tribus vasconas tuvo que contar bien con el beneplácito de las autoridades romanas o bien con un proceso de intercambio; con respecto a este último punto, también existen indicios de que muchos de los aguerridos y feroces guerreros del País Vasco tomaron parte en las Legiones romanas como mercenarios, lo que explicaría que les dejasen hacer en un territorio que no contaba con especial interés para los conquistadores. Basándose en estas buenas relaciones de los vascones y el resto de tribus con Roma, los historiadores Abilio Barbero y Marcelo Vigil elaboraron una arriesgada teoría de cómo los territorios poblados por sociedades antropológicamente más atrasadas (como el País Vasco) fueron económicamente aprovechados por el sistema esclavista romano para mantener su matiz imperialista. Al menos en el País Vasco la tesis de ambos investigadores parece contar con puntos de apoyo: como en otras zonas de la península, el País Vasco se dividió en zonas de ager (campo cultivable, correspondiente al sur de la actual provincia) y zonas de saltus (bosques y campo incontrolable, las zonas montañosas y septentrionales). Ello explica, por ejemplo, que la presencia romana fuera más fuerte en Álava que en Vizcaya y Guipúzcoa, salvo en ciertos enclaves costeros (Irún o Gernika) o salvo yacimientos mineros (Triano y Arditurri); pese a ello, pese al escaso nivel de romanización (el menor de toda Europa occidental), algunos historiadores opinan que se dieron las circunstancias precisas para "unas condiciones de transición favorables al sistema esclavista o en la aceptación de grado ante una cultura más evolucionada que imponía 'convincentemente' su método de organización social y de explotación de la economía". (García de Cortázar, Historia del País Vasco, p. 33).

La cristianización del País Vasco

Debido a la tardanza de la llegada de la romanización al País Vasco, uno de los puntos que más polémica ha causado entre los diferentes historiadores ha sido el supuesto proceso de cristianización sufrido por el territorio vasco. Las posturas han sido tan enconadas que prácticamente están en las antípodas una de otra: varios autores defienden una cristianización temprana (entre los siglos IV y VII), aunque cierto fue que su presencia en algunos territorios, sobre todo los más septentrionales, fue meramente testimonial; por otra parte, otros autores defienden el mantenimiento del paganismo en el País Vasco hasta bien entrado el siglo XI, y llegan incluso a defender ciertos brotes heréticos acontecidos en el siglo XIV como rebrotes de las creencias ancestrales. Aunque cada acólito documenta su realidad con pruebas historiográficas, es lógico suponer que las cosas no fueran tan extremas como los investigadores las descubren hoy día; el paso previo a realizar para calibrar la cristianización del País Vasco es conocer cuáles eran sus cultos, esto es, en qué creían los antiguos vascones.

El mejor estudio sobre la cuestión religiosa de los primitivos vascos es el de José Manuel Barandiarán. En los años más tempranos, hacia la Edad de los Metales, los habitantes de País Vasco adoraban a su particular tríada de dioses, derivada de la tríada clásica indoeuropea (Esus, Taunis y Tautatis), formada por el dios sol (eguzkia), la diosa luna (ilargia) y el dios cielo (ortze); todos estas divinidades tienen, como su procedencia celta, el matiz de ser cultos a las fuerzas de la naturaleza. Posteriormente, se procedió a la humanización de las divinidades, como los genios (lamiak) o hadas (sorginak), siempre bajo el panteísmo como característica principal. Siguiendo con la hipótesis de Barandiarán, una vez humanizados los dioses naturales, cualquier tipo de sociedad está preparada para acceder al monoteísmo, sea cristiano o de cualquier otra naturaleza. En tal estadio sociológico tuvieron que estar los habitantes del País Vasco a la llegada de la cristianización. Los primeros datos concretos están situados alrededor del siglo IV, cuando una persecución llevada a cabo por el emperador Diocleciano acabó con varios habitantes de Calahorra que fueron celebrados como mártires. En general, toda la zona del valle del Ebro estuvo fuertemente cristianizada, por lo que su influencia debió ser considerable en los actuales territorios del País Vasco. Por otra parte, también es conocido un intento de evangelización del vasco promovido por San Amando, predicador aquitano, en el siglo VII, aunque los frutos cosechados en el País Vasco fueron pocos. Es por ello que lo más lógico es pensar que el cristianismo, como la romanización, utilizó las vías de comunicación usuales, es decir, ciudades y calzadas, por lo que solamente Álava estaría más influida por el pensamiento cristiano. Los habitantes de las montañas, como defienden Barbero y Vigil, al estar más incomunicados mantendrían durante más tiempo, incluso hasta el siglo XI, los cultos y ritos paganos; pero no se debe olvidar que, a fin de cuentas, hasta la Reforma Gregoriana de ese siglo la cristianización de los pueblos paganos, como defiende el profesor Mañaricúa, pasaba por "cristianizar" esos mismos ritos paganos, algo a lo que País Vasco no debió ser ajeno desde los comienzos del siglo III. En cualquier caso, extender la cristianización vasca hasta el siglo XIV no tiene muchos visos de realidad: también en la época antigua el proceso, como en el resto de Europa, dio sus primeros pasos, si bien mucho más lentos que el resto por la peculiaridad geográfica del País Vasco y, también, porque la descomposición de las estructuras romanas afectó, en primer lugar, a aquellos lugares menos accesibles y que, como consecuencia, estaban menos romanizados.

La crisis de las estructuras romanas

Romanización y cristianización, pero sobre todo la diferenciación de las dos zonas mediante el criterio económico, provocaron la bipartición de los territorios vascos; otros dos fenómenos esencialmente romanos, como las vías de comunicación y la fundación de ciudades, también mostraron síntomas de división. Las zonas septentrionales quedaron aisladas de los tramos de calzadas que unían las minas de oro leonesas con la Galia, mientras que la llanura alavesa sí se benefició de dichas infraestructuras. Por otra parte, casi ningún topónimo vizcaíno o guipuzcoano tiene rasgos latinos, pero hacia mediados del siglo I ya tomó cuerpo una ciudad en el sur: Veleia, la actual Iruña, cuya ampliación y posterior desarrollo en época medieval daría origen a Vitoria (Gazteiz), capital alavesa.

Pese a ello, la crisis generalizada del Imperio Romano durante los siglos III y IV contribuyó a debilitar los lazos que la ciudad del Tíber había impuesto en el País Vasco. La descomposición del fisco imperial, los nuevos impuestos (como la anona) y la paulatina descomposición del sistema de producción esclavista condujo a un recrudecimiento de las revueltas sociales, revueltas que tuvieron en toda la Europa latina, como principales protagonistas, precisamente a aquellos territorios con un menor grado de romanización: el sur de la Galia, la península de Armórica y, cómo no, el País Vasco. Ello ha hecho pensar a varios investigadores (como el profesor Mañaricúa, entre otros) que de manera paralela a la descomposición de las estructuras imperiales, se dio la coincidencia temporal de un cierto fenómeno de unión de las antiguas gens tribales dislocadas merced a la imposición romana. Efectivamente, la gens vascona (que se había extendido también por Navarra) comenzó a ser nombrada como única existente en el norte peninsular por los cronistas romanos; a pesar de que puede tratarse de una mera simplificación nominal, lo cierto fue que várdulos y carintios desaparecieron de, cuanto menos, la documentación. Las revueltas sociales, formadas por esclavos huidos y por rufianes, pero también por agricultores arruinados y elementos autóctonos hostiles al imperio, recibieron el nombre de Bagaudas. Este movimiento, ampliamente documentado entre los siglos IV y V, causó verdaderos quebraderos de cabeza a la organización militar romana, que tuvo incluso que aumentar sus tropas de limitanei (ejércitos fijos) en sus fronteras vasconas, fortificando el enclave de Veleia. Sin embargo, las tropas imperiales fueron insuficientes para detener a suevos, vándalos y alanos en su incursión por la península, lo que provocó la llegada de los visigodos.

Edad Media

Como se ha mencionado anteriormente, la llegada de los pueblos germánicos a la península ibérica tuvo lugar a partir del año 409, y fue precisamente el País Vasco, esto es, el antiguo territorio de los vascones, uno de los primeros afectados por el suceso puesto que el paso pirenaico de Roncesvalles fue el más utilizado por los invasores. Como quiera que las tropas limitanei del Imperio se revelaron como insuficientes para parar la amenaza, en el año 418 y mediante un tratado (foedus) militar con Roma, otro pueblo germánico, los visigodos, llegó a la península como aliado del Imperio para estabilizar Hispania.

La presencia visigoda en el País Vasco

Pese a penetrar en la península por el norte, los visigodos, una vez asentados en Hispania, prefirieron extender su población por las comarcas del sur; las noticias sobre los habitantes de País Vasco en época visigoda son muy pobres, por lo que es lógico suponer que el reforzamiento de las gens anteriormente mencionado, así como el debilitamiento de las estructuras romanas, contribuyeron decisivamente al aislamiento de sus pobladores en relación con otros destacados acontecimientos peninsulares de la época. Sin embargo, ello no detuvo la evolución social que, al igual que el resto de Europa, una vez desaparecidas las nociones amplias de poder romanas y ayudado por la ruralización de la zona, también pasó a desarrollar los vínculos de dependencia personal como elemento de articulación social. Fueron los profesores Abilio Barbero y Marcelo Vigil los primeros en señalar que el elemento vasco aportó cierta dosis de germanismo a unas costumbres, las visigodas, que aunque a la sazón de origen germánico, fueron un pueblo muy romanizado. Dicha tesis conlleva, indefectiblemente, hablar de una mayor movilidad de los habitantes del País Vasco en esta época; no se trata de que existiera un movimiento migratorio de grandes proporciones, pero sí de ciertos factores que se conjuntaron para dar lugar a la dispersión. El primero de ellos fue que, en las crónicas contemporáneas, a partir del siglo V existió una cierto fenómeno de homonimia con los términos "vascón" y "bagauda"; es decir, ambas palabras designaban, además de las hordas de salteadores, a todos los que habitaban más al norte de Álava. Por otra parte, en la Historia Compostelana se narran varios saqueos de los piratas normandos a las ciudades de las costas norteñas, posiblemente también a las costas vascas. Influidos por uno u otro motivo (o, incluso, por los dos), parece que en ausencia de un poder estable al sur del País Vasco, los vascones abandonaron las montañas para establecerse en las ricas llanuras alavesas o más allá de ellas.

Durante el siglo VI la situación dio un vuelco radical, especialmente por las campañas de control territorial llevadas a cabo por el monarca visigodo Leovigildo. El interés por las zonas del norte fue muy amplio, debido a factores económicos (la rica comarca alavesa) pero también debido a la proverbial fiereza y valía militar de los guerreros vascones, que siempre tuvieron en jaque a las tropas visigodas. En el año 581 se produjo la victoria de los visigodos en Álava, derrotando a los vascones, quienes fueron obligados a retroceder de nuevo a los territorios más septentrionales. Acto seguido, Leovigildo fundó la ciudad de Victoriaco, justo en el antiguo emplazamiento de la Veleia romana, estableciendo de esta manera una especie de marca fronteriza contra los vascones. Al coincidir el puesto fronterizo visigodo con el romano, y como quiera que la existencia de un limes (frontera militar) vascón en tiempos imperiales está parcialmente documentado por textos romanos (la Notitia Dignitatum), muchos historiadores han pensado en que la actitud hostil de los vascones contra cualquier poder político fue tan importante que obligó, tanto a romanos como a visigodos, a mantener tropas estables en la zona. De manera similar, también se ha especulado con que después de la derrota contra Leovigildo, los vascones protagonizaron frecuentes incursiones en territorio carolingio, lo que obligó a estos a crear el legendario Ducado de Vasconia como marca fronteriza, semejante a otras marcas (como la Sajona o la Wenda) dispuestas por los francos para defender sus dominios territoriales. Ambas cuestiones, aunque verosímiles, chocan con la escasez documental para su correcta verificación historiográfica, aunque los visos de realidad muestran la belicosidad de los habitantes del País Vasco contra visigodos y contra francos: "la inestabilidad proverbial del período ha pasado a la historia a través de las crónicas de la época sobre los distintos reyes visigodos de quienes se afirmaba una y otra vez: perdomuit feroces vascones". (García de Cortázar et al., Historia del País Vasco, p. 41).

El avance sobre el Islam

Si la invasión islámica de Tarifa llegó a oídos del rey visigodo Rodrigo cuando éste se encontraba combatiendo en el norte (contra los vascones en Pamplona), muy poco tiempo más tarde los nuevos dominadores de la península iban a encontrarse en su misma situación. La llegada del Islam tuvo lugar tan sólo cuatro años más tarde, y se puede afirmar que su control de la situación llegó con la conquista de Pamplona (718); los musulmanes, como anteriormente romanos y visigodos, no mostraron apenas interés en dominar las tierras vascas salvo, precisamente, en los primeros años, cuando utilizaron los pasos fronterizos del País Vasco para acceder al reino franco. Una vez derrotados por Carlos Martel en Poitiers (733), únicamente la zona alavesa de contacto con La Rioja interesó a los poderes islámicos, por lo que muy posiblemente controlaran la zona desde Veleia-Victoriaco como sus antecesores.

Aunque es arriesgado suponerlo, debido a la mentada escasez documental, probablemente la expansión vasca hacia el sur continuase aún con la presencia musulmana en la península. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la precoz formación del reino de Navarra como alternativa de poder norteño frente al Islam posibilitó la existencia de posiciones defensivas autóctonas hacia el sur y hacia el este del valle del Ebro, lo que dejaba a los vascos vía libre hacia la meseta norte (salvo el peligro de las razzias musulmanas, sobre todo durante la vida de Almanzor). De igual manera, en diferentes crónicas castellanas y musulmanas, el embrión del futuro condado de Castilla era conocido con el nombre de "Vardulia", es decir, territorio poblado por los várdulos, una de las tribus que, junto a carintios, autrigones y vascones, describía Estrabón como habitantes del País Vasco en el siglo I a.C. El fenómeno de colonización y repoblación de tierras que había comenzado en el siglo V pudo continuarse tres centurias más tarde, pues tanto las garantías militares de los colonizadores como la ausencia de tropas islámicas estables favorecían la expansión. En cualquier caso, las hipótesis que manejan los historiadores son tan diversas que siempre hay que optar por la prudencia al respecto de afirmaciones tajantes.

EL País Vasco durante la expansión medieval

En la Crónica de Alfonso III (siglo IX) aparecieron por primera vez los nombres de algunas de las actuales provincias vascas, como Álava y Vizcaya, lo que significó un hito importante en la historia del País Vasco: "por primera vez se puede hablar de una sociedad vasca en formación bajo los mismos condicionamientos y con una fuerte tendencia a superar las barreras tradicionales y el aislamiento secular, presentes hasta entonces". (García de Cortázar et al., Historia del País Vasco, p. 49). La antigua división geofísica entre norte y sur del País Vasco fue superada, entre otros motivos, porque la evolución de los diferentes vínculos de fidelidad personal inherentes al feudalismo acabó por delimitar en la misma dirección la evolución de los distintos territorios. La problemática del feudalismo vasco está en la misma línea que la supuesta existencia de un feudalismo hispánico. Dejando de lado las diferentes apreciaciones teóricas del término, lo cierto fue que la ruralización vasca fomentó la existencia de dichos vínculos a pesar de que fenómenos como la encomendatio o el patrocinium de origen romanos fueron muy poco conocidos; sin embargo, el componente germánico del comitatus, aunque difícil de demostrar, sí se puede adivinar en una sociedad guerrera y militar como lo era la vascona. El traslado de estos lazos militares al campo socioeconómico, así como la prácticamente nula existencia de una economía esclavista, caminaron paralelos para que, entre los siglos IX y XI, País Vasco presentase un modelo social y una organización económica afines al resto de territorios europeos: señores (llamados en las fuentes barones o potestates) convivían con los vasallos (casatos, collazos o mezquinos) y basaban su poder (ban) en la coacción señorial.

Así pues, las primeras noticias constatadas del territorio alavés se remontan al siglo IX, cuando Álava era un condado con cierto nivel autónomo tutelado por la monarquía asturleonesa. Posteriormente, el condado se convirtió en uno de los territorios más disputados entre el reino de Navarra y la emergente potencia castellana: durante la hegemonía navarra (hasta 1076, aproximadamente), Álava estuvo bajo la órbita de este reino, aunque durante todo los siglos XI y XII las luchas entre ambos contendientes fueron múltiples; finalmente, en el año 1199 el rey castellano Alfonso VIII conquistó Vitoria y, ante la ausencia de respuesta navarra, Álava fue incorporada a la corona de Castilla. Sin embargo, la jurisdicción monárquica en territorio alavés no era del todo efectiva, pues, desde aproximadamente el siglo XI, los señores feudales del norte se habían unido formando la famosa Cofradía de Arriaga, organismo mediante el cual se postergaba la jurisdicción del rey únicamente a las villas: extensos territorios señoriales de Álava continuaron siendo gobernados por los señores hasta la desaparición de la Cofradía (1332). El caso guipuzcoano fue prácticamente similar: la monarquía navarra tuteló la provincia, cuyos señoríos más importantes estaban en manos de un poderoso linaje nobiliario, la Casa de Guevara. Un año más tarde que Álava, esto es, en el 1200, el propio Alfonso VIII de Castilla conquistó Guipúzcoa, que desde entonces se mantuvo unida a la corona castellana aunque con una característica esencial: los guipuzcoanos aceptaron la soberanía de Castilla siempre y cuando se respetasen sus propias costumbres y sus leyes forales. Por lo que respecta al señorío de Vizcaya, se trata sin duda de una evolución bastante más compleja, puesto que sus límites históricos no se fijaron hasta bien entrado el siglo XIV. Al igual que en el caso de Guipúzcoa, se trataba de un extenso territorio configurado como un señorío en el que un nuevo linaje, los Haro, eran sus titulares, si bien las Encartaciones y la zona de Durango (el famoso Duranguesado) no formaban parte de él. La oscilación entre coronas tuvo, en el caso vizcaíno, a la monarquía navarra y a la asturleonesa como competidoras, aunque en el año 1076 fue incorporada al incipiente reino castellano-leonés. A partir de este momento, las disputas entre los Haro y los Guevara por hacerse con su titularidad fueron tan enconadas que, en el año 1385, el rey castellano Juan I optó por incorporarla a la corona, nombrando a un representante de la casa de Haro como titular totalmente ficticio. Desde el siglo XIII, el objetivo de los señores vizcaínos fue la unión con el Duranguesado y las Encartaciones, territorios cercanos que, una vez lograda la fusión en 1396, configurarían los límites históricos de la provincia de Vizcaya.

Repoblación y urbanización del País Vasco

Al igual que el resto de territorios peninsulares, el País Vasco vivió durante la época medieval un fenómeno de repoblación que tenía como objetivo principal el poner en funcionamiento territorios yermos y despoblados para convertirlos en explotaciones agrarias. El sur vasco, con mayor potencial demográfico y agrícola, además de permanecer un tanto ajeno a la amenaza islámica desde principios del siglo X, fue el principal protagonista de esta repoblación, ayudado tanto por la población del norte que abandonó las montañas para colonizar el llano, por la llegada de importantes contingentes de hispanogodos en busca de territorios tranquilos. Álava y las Encartaciones vizcaínas fueron ampliamente repobladas durante los siglos IX y X, pero también la Alta Rioja y el norte de la actual provincia de Burgos. El Fuero de los Labradores de Durango (1150) supone una de las primeras muestras de repoblación en el País Vasco. El proceso de expansión iniciado en estos siglos hizo que durante la Plena Edad Media (XII-XIII), el País Vasco viviera una época de auge económico, especialmente por los excedentes agrícolas dedicados al cultivo de la vid, árboles frutales y cereales; la explotación de los bosques y los espacios baldíos desempeñó un importantísimo papel en la economía vasca, así como las pequeñas manufacturas y la artesanía local, sin olvidar la riqueza ganadera de las zonas más septentrionales. Sin embargo, durante la Edad Media ya comenzó el País Vasco a mostrar una de sus realidades económicas más características: la explotación minera. A partir del siglo XIII la famosa mena de Somorrostro (Vizcaya) suministraba gran cantidad de hierro para que las ferrerías de vizcaínas y guipuzcoanas fabricasen todo tipo de objetos con destino al mercado nacional (sobre todo a Andalucía) o internacional (Flandes, Inglaterra, Francia...); la profusión de ferrerías (Oyarzun, Markina y la citada Somorrostro) hizo esencial una promulgación de los estatutos jurídicos y económicos de esta industria: el famoso Fuero de las Ferrerías (1440), aunque diferentes ordenamientos forales similares ya fueron emitidos desde el siglo XIII.

Paralelo al proceso de repoblación fue el proceso de urbanización del País Vasco, uno de los fenómenos más interesantes para todo investigador del período medieval en el ámbito vasco.

Desde el ya citado Fuero durangués de 1150, la profusión de estos instrumentos de repoblación y otros similares (Cartas de Población) contribuyó a la explosión urbana, pues en ellas se daban las condiciones socio-jurídicas básicas para la tenencia del suelo y para la organización de los asentamientos de población. Las villas creadas mediante fueros se distinguieron así de los territorios señoriales regidos por la jurisdicción de un noble o terrateniente, por lo que el crecimiento de las ciudades caminó de forma paralela al recorte de la coacción señorial, uno de los factores de fricción en el turbulento País Vasco de la Baja Edad Media. Pero sin duda lo más destacado de la urbanización del País Vasco lo constituyeron las poblaciones costeras. Gracias a su situación geográfica y también al crecimiento económico citado, los puertos vascos se constituyeron como esenciales para dar salida a los excedentes comerciales no sólo de la región, sino también de la economía castellana, sobre todo la lana merina. Desde el siglo XII existían reguladas pequeñas cofradías de pescadores y transportistas que permitieron un extraordinario intercambio con productos de toda Europa, acabando así con gran parte del tradicional aislamiento vasco. A finales del siglo XIII, el fenómeno de la costa era tan importante que los principales puertos del País Vasco, Bermeo, San Sebastián (Donosti) y Fuenterrabía se coligaron con sus semejantes cántabros (Castro-Urdiales, Laredo y Santander) para formar la Hermandad de las Marismas y defender sus intereses. Sin embargo, la fundación de Bilbao (1300), una ciudad portuaria creada casi ex profeso para las rutas comerciales del norte, absorbió gran parte de las antiguas prerrogativas de la Hermandad, convirtiendo a la capital vizcaína en el enclave más importante, desde la perspectiva económica, del País Vasco medieval.

La crisis de la Baja Edad Media: tensiones sociales y religiosas

Como en el resto de Europa, la Baja Edad Media fue una época de crisis de las estructuras feudales también en el País Vasco. Aunque no se tienen muchos datos concretos, parece que la epidemia de Peste Negra que asoló el Viejo Continente desde 1348 no fue tan perniciosa en el País Vasco como, por ejemplo, sí lo fue con sus vecinos navarros. Pudo ser éste uno de los motivos que condujeron a grandes contingentes de población vasca a repoblar Andalucía durante el siglo XIV, pero no el único. Efectivamente, la formación de villas y ciudades con sus propios fueros "entró en contradicción con los intereses señoriales de los que la prerrogativa de fundación les aislaba jurídica y económicamente". (García de Cortázar et al., Historia del País Vasco, p. 58). Hay que recordar que, en principio, la iniciativa de fundación de ciudades correspondía bien a la monarquía bien a los señores feudales, principalmente el Señor de Vizcaya; pero el desarrollo de un fuerte poder urbano acabó enfrentando a unos con otros. En este sentido, José Ángel García de Cortázar distingue una fuerte distinción entre las fundaciones de ciudades antes y después de 1338: en los primeros años, las fundaciones urbanas corresponderían a un propósito de reordenación territorial; con posterioridad, las ciudades tuvieron como característica esencial ser amuralladas, lo que les pone en relación con las famosas luchas de bandos nobiliarios que asolaron toda la península durante los siglos XIV y XV. A pesar de que, en un primer momento, los poderes urbanos vieron confirmadas sus prerrogativas tras la concesión del Fuero Viejo de Vizcaya (1452), la reacción señorial acabó enfrentando a dos bandos nobiliarios por el control de los espacios económicos vascos: el famoso conflicto entre oñacinos y gamboinos. El linaje guipuzcoano de los Gamboa-Lasso (gamboinos) se enfrentó a otro linaje, los Lazcano (oñacinos), por detentar el poder en la región, a la vez que los Abendaño-Salazar y los Butrón o los Mújica representaron las mismas facciones en Vizcaya. La violencia alcanzada en el conflicto fue tal que la mayoría de villas (Mondragón, Zumaya, Larrabezúa, Munguía o Rigoitia, las más afectadas), pasaron a organizar sus propias tropas: las Hermandades, que ya contaban con el precedente de las de Orduña y Balmaseda, fundadas en 1315 gracias al auspicio regio. Las cabezas regentes de los linajes, los Parientes Mayores, fueron los principales acusados de malfetrías por los damnificados de las guerras, aunque éstas continuaron hasta el final del reinado de Enrique IV de Castilla (1474), quien desterró a los Parientes Mayores y puso en el País Vasco el orden apelado por las ciudades, que se volvieron, a la sazón, muy poderosas. Estos conflictos sociales de la Baja Edad Media fueron muy violentos en toda Europa, hermanando la crisis medieval del País Vasco con el resto del Viejo Continente.

Además de las querellas de bandos, otro fenómeno importante fue motivo de violentas disputas en el País Vasco bajomedieval: la herejía. El pronto arraigo de la sede arzobispal de Pamplona, en la vecina Navarra, contribuyó a que la extensión del cristianismo por el País Vasco fuese muy grande, pese a que era el enclave riojano de Calahorra el más solícito a la procuración de efectivos eclesiásticos para País Vasco. Sin embargo, entre 1425 y 1449, una serie de encendidas predicaciones efectuadas por un religioso franciscano durangués, fray Alonso de Mella, provocaron unas acusaciones de herejía por parte de las autoridades castellanas, lo que motivó la llegada de inquisidores y corregidores para volver a la normalidad. El brote herético, conocido con el nombre de Herejes de Durango, ha sido defendido por muchos como una vuelta al tradicional y ancestral paganismo vasco; antes al contrario, las predicaciones presentaron muchos puntos en común con ciertas asociaciones pías exitosas en Europa, como la Hermandad del Libre Espíritu, por lo que la comunicación comercial de los puertos vascos con Europa motivó la llegada de influencias espirituales que prendieron en la fe de los cristianos del País Vasco. La fundación de la Compañía de Jesús (1534) por un religioso azpeitiarra, San Ignacio de Loyola, fue quizá la culminación de la extensión cristiana, siempre con sus particularidades, en el norte peninsular.

Edad Moderna

Con la unión dinástica efectuada entre los Reyes Católicos (1474-1479), la península ibérica no experimentó grandes cambios en lo concerniente a su estructura administrativa, si bien el poder regio acabó por imponerse a la dispersión feudal, lo que también en el caso del País Vasco, significó el fin de las luchas de bandos que habían asolado el territorio durante los siglos XIV y XV. A pesar de que los niveles de producción y los índices demográficos habían sufrido una caída desde la epidemia de peste, lo cierto fue que País Vasco, demográficamente, se encontraba en una posición relativamente buena con respecto a sus vecinos peninsulares: entre mediados del XV y principios del XVI, Vizcaya contaba con unos 65.000 habitantes y con una densidad de casi 30 personas por km2 (superior casi en diez a la media peninsular); Guipúzcoa y Álava contaban con cifras similares (de 62.000 a 74.000), y aunque el predominio rural seguía siendo sobresaliente (63% de la población vivía en el campo), de entre todos los enclaves urbanos sobresalía Bilbao, con una cifra que sobrepasaba los 5.000 habitantes, muy alta para las ciudades peninsulares de la época. (Datos en Historia del País Vasco, op. cit., p. 52).

La tarea principal de los Reyes Católicos en el País Vasco fue la de conjugar las incipientes bases de un Estado moderno con la multitud de normas jurídicas existentes: la foralidad. En este sentido, las provincias vascas mantuvieron sus fueros y costumbres por encima del poder regio, aunque compartiendo la soberanía: la Edad Moderna en el País Vasco significó el triunfo de la foralidad. Este sistema tenía sus ventajas y sus inconvenientes: entre las primeras se puede citar el que prácticamente era la única solución viable debido a la yuxtaposición de diferentes esquemas territoriales y jurisdiccionales (señoríos, villas, realengos, ciudades) y que ayudó a conservar las tradiciones normativas de los distintos territorios; por contra, los órganos forales siempre representaron los intereses más conservadores y, en especial, los del campo, frente al empuje de las ciudades, lo cual en algunos momentos significó que ciertas estrategias de desarrollo económico fueran echadas abajo por ser lesivas a los intereses agrícolas, algo que, en un mundo nuevo como el de los siglos XVI, XVII y XVIII, quizá fue perjudicial para la evolución económica del País Vasco.

Soberanía compartida y crisis económica

Dentro del marco legislativo para País Vasco, las Juntas Generales (una por cada provincia) fueron la institución creada en la Edad Moderna como órgano de representación territorial. Cada villa, señorío o ciudad contaba con un representante en la Junta denominado Juntero. Este dato fue una de las principales quejas de los poderes urbanos amplios como, por ejemplo, el caso de Bilbao, que contaba con un sólo juntero en la Junta General de Vizcaya a pesar de aglutinar en su jurisdicción al 10% del total de habitantes de la provincia. Debido a ello, y como forma de paliar esta descompensación, las grandes ciudades (que representaban al estamento burgués) procuraron un acercamiento a la monarquía, cuyo consenso dio lugar a varias renovaciones forales. En el caso de Bilbao, dichas mejoras estaban incluidas en el Fuero Nuevo de Vizcaya, aprobado en 1526 y que sustituyó al anterior de 1452, al igual que sucedía en los derechos forales guipuzcoanos; en el caso de Álava, la plena conformación de su identidad foral y su equiparación con sus vecinos no llegó hasta la Real Cédula de 1703, pero de facto también se llegaba al mismo compromiso. Las dos premisas básicas sobre las que actuó la foralidad fueron siempre dos: la obligación de cualquier titular de un señorío (lo que, al menos de iure, también incluía al rey) de jurar los Fueros del País Vasco como previo paso al reconocimiento de su cargo, y, en segundo lugar, la plena identificación de las autoridades forales con la legislación real emitida sobre el territorio, el llamado pase foral. A pesar de la difícil idiosincrasia de esta soberanía compartida, no hubo demasiados conflictos entre el poder central y el foral, pues el compromiso tácito siempre se mantuvo. Pese a ello, es totalmente significativa la opinión de Fernando García de Cortázar sobre el tema: "dos disposiciones eran otros tantos emblemas de estas limitaciones". (Historia del País Vasco, p. 70). Pero las ventajas, al menos en aquellos momentos, parecían sustanciales con respecto a los sucesos cotidianos de Europa: no hay que olvidar que el Fuero Nuevo de Vizcaya proclamaba la hidalguía universal de sus habitantes, lo que les eximía del pago de impuestos entre otras prerrogativas y privilegios.

A pesar de que todos los factores propiciaban un crecimiento económico vasco durante la Edad Moderna, la decimosexta centuria comenzó a mostrar los primeros síntomas de una crisis que estallaría con toda su crudeza en el siglo siguiente. En primer lugar hay que citar que los puertos costeros, aunque mantuvieron su nivel de producción, pagaron el nuevo giro hacia el Atlántico dado por las manufacturas castellanas a raíz del Descubrimiento de América (1492): incluso muchos de los mejores marineros del norte abandonaron, durante los siglos XVI y XVII, el comercio mercante para marcharse hacia el Nuevo Continente, como Juan Sebastián Elcano, Luis de Arriaga, Juan de Zumágarra, Domingo de Arala, Legazpi y Urdaneta. Por otra parte, el estancamiento del sector agrícola vasco fue en aumento, pues en una Europa que, pese a las dificultades, las comunicaciones mercantiles iniciadas en la Edad Media se encontraban en pleno apogeo, la unidad básica de explotación agraria en el País Vasco seguía siendo el caserío, es decir, el paroxismo de la economía de autosuficiencia en la que, rara vez, siempre con déficit de producción, el casero se acercaba al pequeño mercado para comprar o vender productos, lo que obligó al campesinado vasco a buscar ingresos alternativos (minería, servicios artesanales o trabajo en ferrerías) para asegurar su manutención. Es posible que la política de las Juntas Generales, siempre susceptibles de fustigar las novedades, influyera en el mantenimiento de las explotaciones sin ninguna evolución, lo que llevó al estancamiento de la economía vasca. Si la crisis no fue general se debió a que la hegemonía del puerto de Bilbao absorbió todo el comercio de la península con Europa, especialmente tras la formación del Consulado en 1511; los marineros del País Vasco se convirtieron en transportistas por todo el continente, revitalizando una economía que aún habría de sufrir tiempos peores y cuyos primeros síntomas llegaron en 1575 (prohibición de comercio con los ingleses) y en 1598 (idéntica prohibición con las Provincias Unidas): los intereses de la guerra primaron sobre los económicos para la ruina de España, en general, y del País Vasco, en particular. Otro de los sectores pujantes en la economía del siglo XVI fueron las ferrerías, que sufrieron importantes mejoras con respecto a la Edad Media: la principal fue la utilización de energía hidráulica para su funcionamiento, en lugar del carbón vegetal. Piénsese, por ejemplo, que las guerras mantenidas por Carlos I y por Felipe II en todo el mundo, mejor dicho, las armas, las balas y los cañones de esas guerras, exigían una producción de metal que ocupaba casi al 30% de la población en el trabajo del hierro. Sin embargo, la aparición a mediados del siglo XVI del hierro sueco, más barato y más resistente, produjo una caída de la producción de las ferrerías fatal para los intereses económicos del País Vasco, de la que no se recuperarían hasta la renovación industrial del siglo XIX.

El difícil siglo XVII

A los indicios de crisis estructural aludidos en el apartado anterior se les unió, entre 1598 y 1602, un factor coyuntural terriblemente demoledor para País Vasco, a nivel social y económico: primero Álava y, posteriormente, Vizcaya y Guipúzcoa sufrieron la pertinaz presencia de una epidemia de peste bubónica que, procedente de Europa, a través de los puertos costeros penetró en todo el territorio devastando sus escasos recursos. Los índices de población y de producción económica retrocedieron prácticamente hasta los niveles del siglo XV. A todo ello hay que unir que la inestabilidad política de Europa, enfrentada en miles de guerras, cercenó las posibilidades vascas, puesto que la piratería, el retroceso de la producción del hierro y, no conviene olvidarlo, el enorme número de buques bilbaínos hundidos frente a Inglaterra en el famoso desastre de la Armada Invencible (1588), coadyuvaron a que el País Vasco padeciera una severísima crisis social y económica durante el primer tercio del siglo XVII. A grandes problemas, grandes remedios: al menos en el sector agrícola, las hambrunas y escaseces diversas propiciaron un cambio en las estructuras de explotación, entre los que sobresalió la adopción de un cultivo de origen americano, el maíz, al que las particularidades geoclimáticas vascas hicieron tener un éxito superior al cereal para poner fin al hambre de sus habitantes.

Por otra parte, la decadencia del comercio con Europa anunciada en la anterior centuria fue sufrida en mucho mayor medida por el otro consulado hispano, el de Burgos; en este caso, la mayoría de representantes comerciales optaron por cambiar su residencia a Bilbao, lo que, teniendo en cuenta que se trataba de gentes con alto poder adquisitivo, revitalizó un tanto la economía vizcaína. Pensando sin duda en tiempos mejores, los mercaderes bilbaínos lograron una prebenda extraordinaria, como fue la reforma de las Ordenanzas Municipales de 1699, mediante la cual se aseguraban el monopolio de contratas marineras para todo el comercio que, desde España, se llevara a cabo con Europa.

El esfuerzo por la reactivación económica no se vio correspondido con una similar reorganización social. Tras la aparente igualdad jurídica de los gobiernos forales se escondían los intereses estamentales que, como en cualquier lugar de Europa, promovieron tensiones y enfrentamientos. La antigua oligarquía nobiliaria formada por los Parientes Mayores había sido sustituida, socialmente hablando, por los Jauntxos, sus descendientes que, pese al recorte de su poder de coacción señorial, seguían manteniendo grandes prerrogativas. A este sector se le unió rápidamente la burguesía mercantil enriquecida mediante los negocios de ultramar. En el lado contrario, el estamento campesino soportaba unas cargas fiscales que podían pagar a duras penas, por lo que los años de malas cosechas reportaban siempre un descontento. Los estratos urbanos, por su parte, estaban íntimamente ligados a la tradición foral, santo y seña de sus beneficios, por lo que no dudaban en apoyar, a cambio de más prebendas, todas las disposiciones reales, muchas de ellas claramente lesivas a los Fueros (el famoso contrafuero); por ello, cuando los enormes gastos militares y los derivados de la explotación de América fueron en aumento, la corona española promulgó nuevos decretos para intentar extender la fiscalidad en territorios anteriormente exentos, como el caso de Cataluña, Portugal y País Vasco. Ante la debilidad de la monarquía y aprovechando esta amenaza, Portugal se separó del poder central (1640) y Cataluña amenazó con la secesión (1640), mientras que las autoridades forales del País Vasco, dada la total connivencia de las Juntas Generales con la corte regia, no entabló ningún tipo de protesta. Pero esto no acalló el sentimiento de tensión popular, en constante aumento desde 1601 (intento de cobrar el impuesto de los Millones en el País Vasco) y 1629 (levas de soldados y diversas concesiones forales sobre tasas de productos), para acabar estallando en septiembre de 1631: la famosa Rebelión de la Sal. La Hacienda regia ordenó que la sal pasase a ser monopolio (estanco) del Estado, además de controlar su distribución y subir su precio de venta en más de un 40%. El pueblo vizcaíno se amotinó en la Sala de Juntas y apalearon hasta la muerte al Corregidor de la corona, iniciando tres años de lucha que finalizarían con éxito después de que las Juntas de Gernika dictaminaran, en febrero de 1633, la supresión de las tasas contraforales. La represión de la corona no se hizo esperar y, en mayo de 1634, todos los cabecillas de la rebelión fueron ajusticiados por traición a la corona (pero los impuestos no se cobraron). La alianza de los jauntxos y la monarquía no fue capaz, como sucedió en otros acontecimientos similares en los diversos reinos europeos, de mantener sus deseos.

Reformismo y sociedad del siglo XVIII

El denominado Siglo de las Luces comenzó en toda Europa con un espíritu renovador y reformista. Particularmente notorio fue el caso hispano, pues tras la Guerra de Sucesión Española (1701-1714), la dinastía reformista por excelencia, la borbónica, se sentó en el trono de Madrid, acontecimiento personificado por Felipe V. Tanto durante la Guerra de Sucesión como en los acontecimientos posteriores: "el País Vasco, y en especial los sectores comerciales y burgueses, supieron escoger el bando adecuado". (García de Cortázar et al., Historia del País Vasco, p. 81). En efecto, soldados, dinero y producción de hierro vasco para las armas borbónicas fueron los medios que País Vasco escogió para apoyar la causa borbónica; pero, al mismo tiempo, el vacío de poder durante catorce años fue aprovechado unilateralmente para reanudar los contactos comerciales con naciones, al menos teóricamente, enemigas, como Flandes e Inglaterra. La primera prerrogativa borbónica para País Vasco fue la anteriormente citada Real Cédula (1703) para unificar el pase foral también a la Junta General de Álava, pero la gran reestructuración estatal acontecida entre 1716 y 1717, los conocidos Decretos de Nueva Planta borbónicos, también fueron beneficiosos para el pueblo vasco, pues le fueron transferidos los derechos de aduanas a las ciudades costeras, entre las que Bilbao volvió a erigirse en cabeza visible. Es obligado destacar que, al igual que el resto de monarquías europeas, la corona borbónica hispana fue poco a poco recortando los privilegios forales de los antiguos reinos medievales españoles, salvo los Fueros del País Vasco. Las relaciones mercantiles salieron especialmente beneficiadas de este acontecimiento, pues a la fundación de la Compañía Guipuzcoana de Caracas (1728), en San Sebastián (Donosti), con todo el monopolio del comercio de España con Venezuela, se le unieron varias obras para mejorar la infraestructura de comunicación entre País Vasco y el resto de la península: nuevos caminos entre Irún y Vitoria, Vitoria y Logroño, Vitoria y Bilbao (en el caso alavés), el famoso camino de Orduña (iniciado en 1764, para comunicar Vizcaya con la meseta norte) o el camino de Léniz (para unir Guipúzcoa con Vitoria e Irún) fueron las muestras más destacadas.

El Reformismo Ilustrado del siglo XVIII contó, además de la brillantez de pensadores como Feijoo, Jovellanos, Mayans o Campomanes, con un importantísimo ingrediente vasco: el representado por el conde de Peñaflorida, Javier M. de Munibe, "símbolo indiscutible de la transformación que la aristocracia del país convertida en burguesía mercantil sin dejar de ser terrateniente" (García de Cortázar, Historia del País Vasco, p. 84). Intelectual educado en Francia, en el seno de su palacio de Azcoitia tuvo lugar el nacimiento de una sociedad ilustrada que, mediante la correspondiente Orden Real (1765) se convirtió en la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, cuyo objetivo era el de impulsar el desarrollo económico y cultural del País Vasco mediante la adopción de los avances tecnológicos acontecidos en Europa; toda su labor se mantuvo, además, apelando también al tradicionalismo y a las ancestrales costumbres del pueblo vasco, sin perder tampoco contacto con las diferentes realidades políticas no sólo del entorno peninsular sino también europeo. La sociedad del País Vasco había conocido, tras superar las desavenencias del siglo XVII, un período de auge demográfico que le hizo sobrepasar los niveles de población anteriores, así como una auténtico éxito en el cultivo del maíz importado en la decimoséptima centuria, lo que redundó en muchas mejoras alimenticias, sanitarias e higiénicas de sus habitantes. Al aumento demográfico siguió, como es lógico, un incremento de la demanda de productos agrícolas, lo que, además del fomento de la Real Sociedad Bascongada, hizo posible que nuevas inversiones en agricultura revitalizaran este sector. No se podía decir lo mismo, empero, del sector industrial, que sólo conoció una revitalización en la fabricación de astilleros (como el de Zorroza) hasta 1737, en el que la competencia de otros astilleros hispanos (Cádiz o El Ferrol) frenó esta expansión. El sector de las ferrerías, tan importante en los siglos anteriores, elevó su producción entre 1740 y 1765, pero el uso del carbón vegetal disparó los costes y, sobre todo, fue en perjuicio de los pequeños talleres herreros, los ferrones, que fueron presa de los prestamistas. A pesar de que las ferrerías vascas obtuvieron del gobierno central una Real Cédula proteccionista (1775), mediante la cual todo el hierro para el consumo peninsular debía ser comprado en el País Vasco, en los últimos años del siglo XVIII se produjo un cierre masivo de ferrerías, pues no eran rentables.

Disturbios sociales: las Matxinadas

La sociedad vasca en el siglo XVIII dio, como el resto de países europeos, el paso decisivo para pasar de los férreos estamentos a la sociedad de clases preponderante en el mundo contemporáneo. El grupo superior, el de los jauntxos, evolucionó rápidamente para convertirse en una oligarquía dirigente inversora en bienes de producción, aunque manteniendo su status de propietarios hacendados. El resto de jauntxos, convertidos en rentistas y cuyas únicas inversiones se centraban en Deuda Pública y diversos juros de heredad, estaba condenada a la desaparición con el auge industrial. La lucha entre los jauntxos que no siguieron las pautas de, por ejemplo, personajes como Munibe, se centró en el recorte de los diezmos y otras percepciones eclesiásticas al alto clero del País Vasco, lo que acabó enfrentándoles crudamente, además de torpedear la influencia de las altas instancias religiosas vascas con la población urbana, como se verá posteriormente en el seno de las guerras carlistas. El campesinado, bien asentado en sus caseríos, no conoció gran evolución en su situación social con respecto a siglos anteriores, si bien hay que hacer notar cierto auge de una pequeña economía de intercambio comercial que, a nivel rural y muy rudimentario, fomentó la comercialización de excedentes y, dato importante, cohesionó las vivencias cotidianas de este grupo social en las tres provincias vascas. Pero, sin duda ninguna, la clase preponderante de este período fue la burguesía urbana, enriquecida gracias a las prerrogativas forales y a los diferentes decretos legislativos emanados del gobierno borbón. Los privilegios forales, defendidos por los jauntxos, sufrieron una modificación por mor de la coacción económica de la alta burguesía vasca, que se había hecho con el poder en las ciudades y que, merced a su privilegiada situación económica, no dudó un ápice en detentar por los medios que fuesen el poder foral.

Burguesía

Toda esta situación de tensa calma social explotó con fuerza en varios momentos mediante diferentes levantamientos populares, conocidos como matxinadas. La primera tuvo lugar en Vizcaya a principios de siglo, entre los años 1716 y 1718. Mientras que los jauntxos habían aceptado el intento de traslado de aduanas, junto a otras disposiciones borbónicas, como el establecimiento en Bilbao de una Factoría Real del Tabaco (1714) para controlar la venta de este producto (cada vez con más demanda); al cambiar el régimen fiscal, comerciantes, artesanos y poderes urbanos se conjuraron para acabar con ello: en agosto de 1718 un recaudador de impuestos falleció a consecuencia de los amotinados en Bilbao, mientras que fueron quemados las naves que trasladaban el dinero de las aduanas, anclados en Bermeo y en Algorta. Las instituciones del Señorío de Vizcaya se vieron incapaces de controlar la rebelión, que en pocos días se extendió a Deusto, Arrigorriaga, Begoña y Gernika hasta alcanzar Bilbao, donde tuvieron lugar violentos enfrentamientos entre los jauntxos defensores del traslado de aduanas, y el resto de población. Varias casas nobiliarias fueron quemadas y saqueadas, así como varios jauntxos asesinados, lo que motivó la intervención de las tropas reales en noviembre del mismo año. Aunque muchos fueron encarcelados, finalmente la matxinada de 1718 logró la devolución de las aduanas. Mucho más importante fue la revuelta guipuzcoana de 1766, pues coincidió con el famoso Motín de Esquilache (marzo de 1766) y conectó las protestas de gran parte de la población de las tres provincias por un motivo puramente social: la subida del precio del pan que, veintitrés años más tarde en Francia, fue uno de los primigenios factores revolucionarios. La cosecha cerealística de 1765 fue, en general, muy mala para toda la península, pero el problema era mucho más destacado en aquellas regiones deficitarias de trigo como las vascas. Como quiera que muchos campesinos aún pagaban tasas señoriales en especie, los jauntxos acapararon buena parte de las reservas de trigo y, mediante coacción, suprimieron el precio de venta oficial para subirlo hasta límites insospechados. En Azkoitia, un grupo de artesanos y campesinos inició la matxinada al volcar varios carros de grano que eran enviados a los mercados europeos (pagaban más), y rápidamente, siguiendo la comarca del valle de Deba, la protesta llegó hasta San Sebastián; los más violentos enfrentamientos se produjeron en Hernani, Eibar, Mondragón, Beasaín y Azpeitia, que fueron duramente reprimidos por la milicia donostiarra (armada y entrenada por los comerciantes de grano guipuzcoanos). Pese al encarcelamiento y prisión de multitud de vascos, finalmente las Juntas Generales ordenaron la vuelta a la tasa oficial del pan, aparte de diseñar toda una serie de medidas para evitar el fraude en pesaje y mediciones de la cosechas. Las matxinadas vascas hermanaron a País Vasco con otros movimientos de protesta social que acontecieron no sólo en la península, sino también en toda Europa.

Edad Contemporánea

El acontecimiento que, de manera un tanto obtusa, marcó el inicio de la etapa que se denomina Edad Contemporánea tuvo especial relevancia en el País Vasco, pues la cercanía hacia Francia fue una variable especialmente contributiva a la historia vasca del siglo XIX. Por una parte, mientras que en el resto de la península la influencia revolucionaria intentó ser desprestigiada todo lo posible, la corriente ilustrada del País Vasco fue fuertemente influida por los sucesos allende los Pirineos mediante una actitud que se puede denominar sin fisuras como francófila. Ello fue cortado de raíz en 1793, puesto que la ejecución del rey francés por los jacobinos hizo que España, al igual que el resto de potencias extranjeras, declarara la guerra a la Francia revolucionaria. La llamada Guerra de la Convención mostró la primera división entre el pueblo vasco: ante la actitud francófila de la burguesía urbana, los jauntxos y el resto de partidarios de las tradiciones forales mostraron un entusiasmo patriótico en la guerra contra la Revolución que, además, fue arengado desde los púlpitos por los miembros de la Iglesia vasca, a quienes aterraban los sucesos galos. Sin embargo, a pesar de la movilización de tropas guipuzcoanas, los ejércitos franceses tomaron Fuenterrabía y San Sebastián sin apenas esfuerzos entre 1793 y 1794. Ello provocó la constitución de nuevas Juntas Generales colaboracionistas que, tras la firma de la paz entre Francia y España (1795), se enfrentaron violentamente, mostrando bien a las claras la división sociopolítica anteriormente mencionada. Un nuevo episodio fue indicativo de ello: la famosa zamacolada, un enfrentamiento anterior a la invasión napoleónica que tomó su nombre del jauntxo vizcaíno Simón Bernardo de Zamácola. Éste agrupó a la oligarquía terrateniente de varios municipios vizcaínos (Dima, Ochandiano y Ubidea, entre otros) contrarios al extenso poder que acaparaba para sí el Consulado de Bilbao. El proyecto era el de cambiar el régimen fiscal y acabar con la prosperidad de la ciudad del Nervión construyendo un nuevo puerto en Abando, quizá un mejor emplazamiento natural que el bilbaíno. Al firmar el ministro Godoy la autorización (31 de diciembre de 1801), la burguesía bilbaína presente en la Junta General presentó los planes como contraforales, puesto que, a cambio de la concesión portuaria, Godoy obligó a Zamácola a aceptar un incremento de las fuerzas de orden público en la provincia. Enseguida comenzaron los enfrentamientos, pues Begoña, Abando, Ubidea y otros puntos se amotinaron contra la Junta y apresaron por la fuerza a las autoridades; pese a ello, la reacción bilbaína hizo que se revocasen las propuestas de Godoy y Zamácola, aunque no pudo evitar que esta tirantez entre las villas en general (y Bilbao en particular) con los jauntxos tradicionalistas fuesen el caldo de cultivo de los violentos enfrentamientos carlistas en el País Vasco.

Guerra de Independencia y Guerras Carlistas

La invasión napoleónica de la península (1808) acabó con todas las esperanzas de los ilustrados vascos con respecto a un cambio en las estructuras de gobierno. Los focos republicanos (sobre todo de San Sebastián, Bilbao e Irún) y gran parte de la burguesía colaboracionista comenzó a dar marcha atrás cuando notaron que Napoleón únicamente pretendía esquilmar a España para financiar sus guerras continentales. Además, los sectores tradicionalistas contaron con la inesperada ayuda de las predicaciones de la Iglesia (creando un peligroso precedente) y la del campesinado, alertado por la maquinaria propagandística creada alrededor según la cual detrás de la Francia revolucionaria, de la Ilustración y de las ideologías liberales "estaban en juego la tradición y la religión de los antepasados, la Patria a quien se debía la existencia y el Señor que les había otorgado sus Leyes Viejas, como rezaban algunas proclamas". (García de Cortázar et al., Historia del País Vasco, p. 105). A los partidarios liberales sólo les quedaba apoyar toda la legislación que, con el precedente de las Constituciones de Bayona (julio de 1808), desde la constitución gaditana del 19 de marzo de 1812 iniciaban una lucha contra los regímenes señoriales, los privilegios feudales aún existentes en España y, especialmente en el caso del País Vasco, los Fueros. Nada cambió con la restauración borbónica personificada por el regreso al trono de Fernando VII (4 de mayo de 1814), pese a que cierto retroceso del constitucionalismo hizo que unas espontáneas Milicias Nacionales, formadas por las Juntas Generales de Guipúzcoa y Vizcaya, defendiesen los pasos pirenaicos en 1823 de la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, ejércitos enviados por los soberanos absolutistas europeos para ayudar al rey español en sus deseos autoritarios. Las Milicias fueron derrotadas fácilmente, pero el dato de la formación espontánea de una defensa de los ideales constitucionalistas, al menos en las villas, chocaba frontalmente con el entusiasmo jauntxo ante la misma llegada de las tropas europeas: el conflicto carlista daba sus primeros pasos.

La existencia de dos realidades sociales en el País Vasco fuertemente diferenciadas, tanto en bases de poder como en perspectivas de futuro, explotó violentamente a raíz de la muerte de Fernando VII (1833). Gracias a la supuesta aprobación de una Pragmática Sanción mediante la que se abolía la Ley Sálica (que impedía reinar a las mujeres), Isabel II, su hija, fue coronada reina. Inmediatamente, el hermano del finado monarca, el infante Carlos María Isidro de Borbón , esgrimió sus derechos al trono, lo cual dejaba en una frágil posición a la monarquía, en manos de la reina regente, María Cristina de Borbón, por mor de la minoría de edad de Isabel. El rápido apoyo de los partidarios carlistas hizo que la regente María Cristina se aliase con los sectores liberales del ejército, encabezados por el general Baldomero Espartero, para intentar encontrar una oposición. En País Vasco las facciones se alinearon rápidamente en uno u otro sentido: los sectores jauntxos tradicionalistas y la Iglesia reforzaron la causa carlista como legítima, mientras que la burguesía urbana apoyó a Isabel por su filiación al liberalismo. Las Juntas Generales, que en los últimos tiempos habían perdido poder en beneficio de las Diputaciones provinciales (verdaderas detentadoras de aquel), pasaron a emitir proclamas carlistas y a hacer del lema "Dios, Patria y Rey" la causa unificadora de las antiguas prerrogativas forales vascas. De entre todas las provincias, Álava fue la que primero se alineó con el infante Carlos, prestándole más de un tercio de sus ejércitos (reclutados en flagrante contrafuero, por cierto). A pesar de que el famoso Abrazo de Vergara (31 de agosto de 1839) pareció poner fin al conflicto, las tensiones sociopolíticas vascas reanudaron la guerra en 1868 y no la finalizaron hasta 1874, extendiendo un derramamiento de sangre por todo el norte peninsular que, sin duda, habría de pagarse caro en los años subsiguientes.

Cambios sociales, políticos y económicos

La derrota militar del carlismo, el establecimiento de un constitucionalismo y la plena adopción de los sistemas liberales tuvieron en el País Vasco un hito culminante para su historia: la abolición de los fueros vascos el 21 de julio de 1876, mediante una ley elaborada minuciosamente por el gobierno presidido por Antonio Cánovas. En realidad, la Ley fue una extensión de la lógica igualitaria inherente a cualquier régimen constitucional y, de hecho, fue bastante menos lesiva de lo que tradicionalmente se la ha hecho ser, puesto que la incorporación jurídica fue paulatina y sin traumas; pero, evidentemente, aumentaba el poder del Estado dentro del País Vasco y suprimía las exenciones fiscales y al servicio militar de sus habitantes, lo que, a la desesperada, unió a todos los diputados norteños en un frente común para que se respetasen los fueros dentro de la legalidad estatal, frente político encabezado por Mateo Moraza. Como opina García de Cortázar, "en el fondo de la unanimidad vasca se escondía la realidad de la pérdida de unas prerrogativas que bien podían modificarse, adecuarse... pero no desaparecer, puesto que de ese modo también los liberales serían castigados con el mismo rigor que los carlistas". (Historia del País Vasco, p. 123). Este postrero esfuerzo de los diputados vascos se vería recompensado por el Decreto de Concierto Económico, aprobado por las Cortes el 28 de febrero de 1878 mediante el cual se regulaba, excepcionalmente dentro del Estado, un régimen fiscal y tributario condescendiente para las provincias del País Vasco.

De manera paralela, desde las primeras leyes de Mendizábal (1835-36) hasta la de Madoz (1855), la Desamortización de los bienes del clero y la supresión de los privilegios señoriales causaron hondo impacto en una sociedad tradicionalmente agraria como la vasca, pese a lo cual la mayoría de los terrenos subastados fue a parar a las manos de parte de los jauntxos. La Reforma Agraria fue, en el País Vasco, un absoluto fracaso, pues las inversiones de la nueva clase (rentista como la anterior) fueron nulas, pero el campesinado tuvo que soportar el retroceso de sus economías al desaparecer, junto a los Fueros, sus derechos comunales sobre bosques y pastos, además de la desestructuración de las explotaciones agrarias controladas por la Iglesia, pese a que el agravio se intentó paliar con la proclamación de Vitoria como sede episcopal (1862). La emigración de amplios contingentes de población vasca hacia otros territorios peninsulares (hacia Madrid, Navarra, Andalucía y Cataluña, principalmente) o, incluso, hacia Europa y América tuvo en ello uno de sus principales motivos. Únicamente el creciente fenómeno de la industrialización fue positivo para el País Vasco, pues contaba con la materia prima necesaria y con una asentada clase burguesa que sustentara las inversiones; los primeros proyectos para un ferrocarril Madrid-Irún fueron tomados en 1856 por la flamante Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, que construyó apeaderos en Miranda de Ebro, Vitoria, Alsasua y Tolosa. Posteriormente, en 1857, la Compañía del Ferrocarril Tudela-Bilbao uniría ambas localidades con la línea primigenia, así como otro ramal meseteño hacia Miranda de Ebro (1862) o el inicio de la línea Casetas-Zaragoza (1863). Por otra parte, la industria siderúrgica contó con leyes y aranceles proteccionistas desde 1874, y especialmente tras la formación, en 1894, de la Liga Vizcaína de Productores. En estos años más del 70% de la producción de hierro y acero español procedía de Vizcaya, puesto que la unión de las antiguas ferrerías Ibarra-Zubiría y Villalonga (1882) daría lugar a la creación de los Altos Hornos de Bilbao. De manera paralela, la acumulación de capital en manos de los empresarios vascos haría posible el inicio de la manufactura fabril, especialmente en la producción de carbón vegetal o en la nueva revitalización de la industria naviera vasca, merced a las importaciones marítimas de carbón mineral británico para los Altos Hornos. Por ello, a pesar de que en Guipúzcoa y en Álava los cultivos agrícolas seguían estando presentes, la siderurgia y la minería crecían a pasos agigantados; en el caso de Vizcaya, los analistas han coincidido en denominar a esta etapa como "el monocultivo del hierro".

El período de tránsito entre siglos: el nacionalismo vasco

El siglo XIX significó para País Vasco convertirse en punta de lanza del proceso de industrialización hispano, pero también cierto desarraigo de sus antiguos modos de vida y de sus costumbres. Ambas cuestiones provocaron importantes cambios sociales en la vida cotidiana del País Vasco, aglutinando un pluralismo político que, abierto a las novedades, también encontraban acomodo en él las tradiciones más seculares. Con relación al primero punto, es inevitable hablar de la clase obrera que, al abrigo de siderurgia y fábricas, creció desmesuradamente en el País Vasco durante los siglos XIX y XX. La fundación en 1879 del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) contó con los obreros del País Vasco como uno de sus mejores aliados, lo que significó la presencia efectiva del socialismo desde 1888 y la fundación de la primera sede sindical de UGT (Unión General de Trabajadores) en 1890, a raíz de la violenta huelga del País Vasco, la primera en territorio peninsular. Desde Bilbao el socialismo se extendería hasta San Sebastián (cuyo Centro Obrero contaba con casi mil afiliados en 1901) y Vitoria, de la mano del dirigente socialista más destacado del País Vasco: Tomás Meabe. El órgano de comunicación socialista, La lucha de Clases, fue preparando a los dirigentes de izquierdas más afamados del siglo XX, entre los que hay que destacar a Indalecio Prieto, Raimundo Varela, Julián Zugazagoitia o Luis Araquistáin, todos ellos vascos y pioneros en la defensa del obrero ante el capital.

Íntimamente relacionado con la segunda idea anunciada, la del desarraigo, el surgimiento de una identidad nacional vasca contó con un protagonista de excepción: Sabino Arana. La paulatina conversión del País Vasco, antaño agrícola, pastoril y campestre, en un espacio fabril e industrial diametralmente opuesto provocó, sociológicamente, cierta crisis existencial en muchos de sus habitantes. Desprovistos de sus fueros y costumbres, empujados a un modo de producción alejadísimo del que no hacía tanto tiempo tenían y obligados muchos de ellos a la emigración, los propios habitantes del País Vasco fueron susceptibles de crear el caldo de cultivo necesario para que las incendiarias prédicas de Arana prendieran con fuerza. Paradójicamente, el padre del nacionalismo vasco únicamente estaba emparentado con dichas costumbres mediante un fervor cristiano extraordinario, pues descendía de una familia de la burguesía media de Bilbao (tradicionalmente, el mayor foco de antiforalismo de todo el País Vasco); el gran mérito de Arana consistió en interpretar todos los datos del desarraigo vasco (el abandono de las costumbres, la degradación del euskera y la pérdida de identidad) como el final de un proceso de destrucción del pueblo vasco del que culpaba a las entidades nacionales cercanas, España y Francia, pero sobre todo a la "modernidad, lo que le acercó a posiciones retrógadas en lo económico y social pidiendo a Dios que hundiera toda la riqueza de Vizcaya para que fuese pobre y no tuviera más que campos y ganados, y así serían todos los vascos patriotas y felices". (García de Cortázar, Historia del País Vasco, p. 142). Evidentemente, la solución estaba en la independencia no ya del País Vasco actual, sino de la ancestral Euskal Herria (las tres provincias vascas más Navarra y el País Vasco-francés). Arana fue el creador de toda la simbología vasca actual (la ikurriña, bandera del País Vasco, el himno Gora ta gora) y, en especial, de una publicación donde escribir su ideología: Bizkaitarra. Durante sus 32 números publicados las adhesiones fueron constantes hasta formar el primer partido político nacionalista, el JEL (Jeltzalea Euzko Alderdi, 'Leyes Viejas y Dios'), base sobre la cual Arana redactó en 1894 su manifiesto más polémico: Bizkaia por su independencia, lo que le valió un período en la cárcel por agitador. El proceso de gestación del nacionalismo vasco quedaría acabado el 31 de julio de 1895, cuando, sobre la base del JEL, se fundó el Partido Nacionalista Vasco. En opinión del mayor experto en tales cuestiones, el profesor Fusi Aizpurúa, "la demanda de alguna forma de autogobierno [...] fue, desde la entrada del nacionalismo vasco en la vida pública, el catalizador de la política regional". (Op. cit., p. 62).

El camino hacia la Guerra Civil

Los graves problemas que afectaban al Estado español desde la Restauración borbónica fueron degenerando en una crisis estructural que, lamentablemente, finalizaría de la más triste de las maneras: el enfrentamiento bélico civil. Cierta visión de los acontecimientos ha propugnado que las cabezas pensantes de la Restauración (el citado Cánovas, Sagasta o Dato) no encontraron el relevo adecuado en la generación siguiente (Primo de Rivera o el propio Alfonso XIII); más allá de las explicaciones particulares, existen ciertos indicios de crisis en general que cuentan con la evolución del País Vasco en el período citado como uno de los ejemplos paradigmáticos. Los puntos más oscuros del sistema de la Restauración (sobre todo, los procedimientos electorales) acabaron derivando en el caciquismo y los privilegios de facto de las oligarquías dirigentes. En País Vasco este fenómeno fue especialmente visible en la política de enfrentamientos entre las asociaciones obreras y la patronal. La enorme inversión y los altos beneficios producidos por las industrias y fábricas vascas acabó produciendo lo que los historiadores han definido como nobleza siderúrgica, cuyo mayor auge se produjo en los años de la Primera Guerra Mundial: gracias a la neutralidad española en el conflicto, la siderurgia vasca y la industria naviera conoció un auge espectacular. La lucha entre la patronal, representada por Ramón de la Sota, y los sindicatos, con Indalecio Prieto a la cabeza, acabó derivando en un pactismo del que los diputados vascos en las Cortes saldría beneficiado; el predominio de la UGT acabaría en 1911, con la fundación del sindicato nacionalista ELA (Euzko Langileen Alkartasuna, "Solidaridad de Obreros Vascos"). Pero, al igual que en el resto del territorio hispano, la división política de las provincias era un hecho: el fuerismo y el carlismo contaban con Álava y algunos otros enclaves (Azpeitia, Durango, Vergara...) como focos principales, mientras que las grandes ciudades (Bilbao, San Sebastián...) eran la reserva de la ideología liberal.

El influjo de la Revolución de Octubre rusa sería muy grande en el País Vasco, tanto que desde los últimos años de la primera década hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera (1923), la conflictividad sindical fue el acontecimiento más destacado en el País Vasco: más de 100 huelgas, por ejemplo, tuvieron lugar en un solo año, 1920, aunque la represión del movimiento obrero, por medio del ministro de Primo, Martínez Anido, fue durísima. Estos acontecimientos provocaron la división del PNV en dos partidos: Comunión Nacionalista (el antiguo PNV de Arana, moderado) y el PNV moderno, con Luis Arana y Eli Gallastegui como principales dirigentes de los radicales (aberrianos). La destitución de Primo de Rivera, en enero de 1930, provocó grandes manifestaciones de entusiasmo popular en País Vasco, así como distintos movimientos políticos que desembocarían, el 17 de agosto de 1930, en el denominado Pacto de San Sebastián. En la ciudad donostiarra, los partidos políticos vascos (salvo el PNV), los sindicatos y figuras de la talla intelectual de Manuel Azaña, Indalecio Prieto y José Ortega y Gasset apadrinaron una reunión con el objetivo de desenmascarar los problemas del Estado español y aportar las soluciones. Ausente de la reunión el PNV, el nacionalismo vasco estuvo representado por Acción Nacionalista Vasca (ANV), un grupo escindido de aquel en 1930 y que rechazaba el catolicismo militante para afirmar el trabajo con otros grupos políticos peninsulares en pos de la República. Las elecciones de abril de 1931 que, a la postre, acabarían por imponer el régimen republicano, comenzaron a acentuar la división entre los nacionalistas republicanos (como González de Zárate, Ernesto de Erkoreda o José Antonio Aguirre, alcaldes de Vitoria, Bilbao y Getxo, respectivamente) y los tradicionalistas, unidos a la Iglesia y a las prebendas forales (como el obispo de Vitoria, Mateo Múgika). Espoleados por la proclama de la República catalana, los vascos promovieron al tiempo el famoso Estatuto de Estella, en el que se conformaba a País Vasco como una república autónoma federada dentro de la República española; sin embargo, las Cortes republicanas del 9 de diciembre de 1931 anularon la propuesta. Ello fue aprovechado por los dirigentes de izquierda como Indalecio Prieto para elaborar una nueva disposición, el Estatuto de las Gestoras, aprobado por el plebiscito de las tres provincias en noviembre de 1933, pero con grandes problemas en Álava y Navarra (primer precedente de la desvinculación de Navarra con respecto a País Vasco). En este clima de enfrentamientos, los disturbios fueron en aumento: celebración del primer Aberri Eguna (Día de la Patria Vasca) en 1932, la huelga general de 1934 y los diferentes levantamientos de Erandio, Mondragón, Eibar o Hernani... hasta llegar al alzamiento de los militares contra la República el 18 de julio de 1936.

Guerra Civil y franquismo

La Guerra Civil (1936-1939) significó, como para el resto del territorio hispano, tanto el hundimiento de las estructuras estatales fabricadas en el siglo XIX como el presagio de la inminente Segunda Guerra Mundial que desangraría a Europa. Las tropas militares conquistaron enseguida Navarra y Álava, donde contaron con más simpatizantes, además de la práctica mayoría de zonas rurales que, bajo la égida del catolicismo más recalcitrante, celebraron la llegada del alzamiento como una auténtica cruzada contra la anarquía. Bilbao y San Sebastián organizaron rápidamente unas Juntas de Defensa, pero la toma de Irún (4 de septiembre de 1936) por los militares aisló la comunicación entre ambas ciudades. Desde el 7 de octubre de 1936 y hasta la caída de Bilbao ante las tropas sublevadas (19 de junio de 1937), José Antonio Aguirre se convirtió en el primer lehendakari autónomo vasco, merced a la aprobación del estatuto de autonomía por el presidente de la República en funciones, Francisco Largo Caballero. La lucha continuó en el País Vasco, especialmente en Bilbao, donde milicias populares defendieron durante meses después de la caída las fábricas y los Altos Hornos para que el potencial industrial vizcaíno no cayese en manos insurrectas; sin embargo, la acción conjunta del ejército dirigido por el general Mola, además de los bombardeos sistemáticos contra la población civil en Bilbao, Durango y Gernika (los primeros de la Historia contra inocentes) acabó con la resistencia pro-republicana. Las tropas mercenarias italianas saquearon a su antojo el territorio hasta que, finalmente, el 25 de agosto de 1937, mediante el Pacto de Santoña, las milicias vascas se entregaron. La ruina de la provincia, la pérdida de sus perspectivas nacionalistas y, especialmente, la sangre derramada por sus habitantes pusieron el triste epílogo a la altisonante voz de las armas.

Pese al fin de la guerra en el País Vasco, muchos vascos continuaron luchando, bien incorporados a las tropas republicanas hasta su derrota final en 1939, o bien en las montañas como guerrilla clandestina (los famosos makis). Con todo, el principal factor de la posguerra hispana en el País Vasco fue la pérdida de población, pues además de las muertes hubo que sumar las bajas producidas por el exilio (más de 150.000, con destino preferente a Francia). Las bases económicas del territorio fueron rápidamente incautadas por la Comisión Militar de Incorporación y Movilización (formada por militares y falangistas), quienes proclamaron en marzo de 1938 el Fuero del Trabajo, copia fiel de la utilización de los medios de producción al servicio del Estado que hicieran los fascistas en Italia. Esta normativa estuvo vigente en País Vasco hasta las nuevas leyes del Ministerio de Trabajo formuladas por José Antonio Girón de Velasco en 1957, aunque la creación del INI (Instituto Nacional de Industria) en 1940 palió un poco las restricciones industriales vascas para lograr una producción estable. Políticamente, la supresión de fueros, autonomías y cualquier otra reminiscencia del pasado fue un hecho en 1945, cuando se aprobó el Fuero de los Españoles para todos los habitantes del estado franquista; las posteriores adiciones, la Ley de Sucesión de 1947 (en la que el general Franco se hacía depositario ad eternum del poder hispano) y la Ley de Orgánica del Estado de 1966 (aprobado mediante un caciquil plebiscito como Carta Magna obligatoria del Estado dictatorial) acabaron con las aspiraciones nacionalistas del País Vasco y con el movimiento obrero, ambas fuerzas aglutinantes de los logros conseguidos en el pasado.

La lucha armada: el nacimiento de ETA

La organización de una resistencia vasca contra el franquismo contó, en primer lugar, con el funcionamiento en Francia de todo un elenco de autoridades nacionalistas exiliadas tras la guerra, así como la labor clandestina de los sindicatos (prohibidos durante el franquismo); el grupo, denominado Resistencia Vasca, contó con el antiguo lehendakari, José Antonio Aguirre, y con Luis Álava como cabezas dirigentes. Precisamente el fusilamiento de este último (1943) hizo que los foros pro-vascos elevasen protestas ante las organizaciones internacionales (ONU o UNESCO) y que formase el caldo de cultivo apropiado para la huelga general del 1 de mayo de 1947, que duró una semana y que motivó una dura represión a base de despidos masivos y pérdida de los derechos de desempleo para todos los participantes (unos 30.000). Sin embargo, la fuerza del régimen franquista era aún muy fuerte y, en el caso del País Vasco, no todo era resistencia, pues las oligarquías burguesas y parte de los antiguos jauntxos tradicionalistas habían ascendido a los cargos políticos forales y a la dirección de las empresas, mostrando una total connivencia con las directrices de El Pardo. Durante la década 1950-1960, la política de prestigio y de legitimidad esgrimida por los dirigente vascos en el exilio, sobre todo por su presidente, José María Olaizaola, no había dado los frutos apropiados, lo que forzó que varios grupos radicales (Ekin y el ala más furibunda del PNV) promoviesen la solución de la lucha armada clandestina como única salida al conflicto: expulsados de sus respectivas formaciones, los disidentes alumbraron, en julio de 1959, la organización ETA (País Vasco ta Askatasuna, "País Vasco y Libertad").

En principio, ETA comenzó con el reparto de consignas, octavillas, proclamas y actos de sabotaje institucional (como la sustitución de la bandera bicolor por la ikurriña en los ayuntamientos); hacia los primeros sesenta el movimiento ya había aglutinado a varios de sus primeros ideólogos, como Julen Madariaga, Jon Juaristi, Benito del Valle o Txabi Etxebarrieta, destacados dirigentes de la resistencia vasca en el exilio, así como el intelectual Federico Krutwig, todos ellos constructores de una resistencia armada similar a los grupos armados de ultra-izquierda. Los principios fundamentales, influidos sin duda por el maoísmo, eran la lucha contra los regímenes fascistas, la aconfesionalidad de sus miembros y el repudio de actitudes racistas y xenófobas (rompiendo así con parte de sus ancestros peneuvistas), el reparto proporcional de los medios de producción, la lucha contra el capitalismo y la extensión del euskera como única lengua nacional. Entre 1963 y 1965 los enfrentamientos en el seno de ETA al respecto de la lucha armada provocaron la salida de varios de sus primeros militantes, puesto que la definición del País Vasco como un estado independiente ocupado por un ejército invasor y opresor sólo contaba, a juicio de sus militantes, con la lucha armada como única salida. El punto culminante de esta política se fraguó en la V Asamblea clandestina de la organización (1967), cuando fueron sentadas las bases del MVLN (Movimiento Vasco de Liberación Nacional), que fijaba en los Ejércitos de Ocupación (militares y guardias civiles destinados en el País Vasco) y en el capitalismo opresor (empresarios y comerciantes) los objetivos principales de la lucha armada. De los intentos de sabotaje se pasó a los atentados sangrientos, como el que costó, en 1968, la vida a un guardia civil y al propio autor del disparo, Etxebarrieta. A partir de ahí las acciones se endurecieron e, incluso, ETA logró tener en vilo a la comunidad internacional a raíz de la condena a muerte de quince de sus dirigentes en el famoso Juicio de Burgos (3 de diciembre de 1970); la pléyade de peticiones de indulto llegadas a El Pardo no ablandaron ni un ápice el escarmiento ejemplar que el franquismo quería dar, por lo que las condenas a muerte y a cadena perpetua fueron la única respuesta. Encorajinados por el suceso, la organización perpetró uno de los más históricos atentados de su existencia: la muerte del Almirante Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno franquista, el 20 de diciembre de 1973. El proceso de encarcelamiento y represión de dirigentes y simpatizantes de la organización fue causa de un verdadero revuelo social en País Vasco, a pesar de que sus habitantes intentaban mantener la calma y continuar con sus quehaceres cotidianos.

La Comunidad actual

Tras la muerte de Franco (20 de noviembre de 1975), el fenómeno de transición política española hacia la democracia fue aprovechado por País Vasco, al igual que el resto de circunscripciones hispanas, para esgrimir sus derechos de autonomía. En 1977 se formó el Consejo General Vasco que, presidido por Carlos Garaikoetxea, logró la firma de un proyecto autonómico, sancionado por las Cortes en julio de 1979 y aprobado mediante plebiscito en el País Vasco el 25 de octubre del mismo año por aplastante mayoría (pese a que la participación no superó el 60% en ninguna de las provincias). La Comunidad Autónoma del País Vasco, en cuya normativa está reconocida su nacionalidad histórica, obtuvo el Estatuto de Autonomía el 18 de diciembre de 1979 y cuenta con los siguientes órganos de gobierno: el Parlamento (Eusko Legebiltzarra), con sede en Vitoria y constituido mediante el sufragio universal de todos los habitantes del País Vasco con derecho a voto, y el Gobierno (Eusko Jaurlaritza), constituido por los consejeros designados directamente por el presidente de la Comunidad (Lehendakari), elegido por el Parlamento. Las tradicionales Juntas Generales Provinciales siguen representando a los diferentes ayuntamientos vascos (y siguen reuniéndose en el incomparable marco de la Casa de Juntas de Gernika), mientras que las antiguas Diputaciones forales (Foru Aldundiak) conforman el escalón más bajo del gobierno autónomo.

Las primeras elecciones autonómicas se celebraron el 9 de marzo de 1980, con el triunfo del PNV (25 escaños) y la investidura de Garaikoetxea como lehendakari; sin embargo, otra formación nacionalista, HB (Herri Batasuna, extensión política de ETA y aglutinante de todas las fuerzas del nacionalismo abertzale) quedó configurada como la segunda fuerza política de la comunidad. Enseguida comenzaron las conversaciones para el traspaso de competencias del Estado central al gobierno autonómico, con el famoso Concierto Económico del siglo XIX como transfondo, además de la creación de una Junta de Seguridad, un Tribunal de Justicia propio, la capacidad para nombrar al Delegado del Gobierno y el control de las fuerzas de orden público. La práctica mayoría de las propuestas fueron aceptadas, pero la escalada de violencia etarra hizo denegar la última cuestión, aunque se inició la formación de una Policía Autónoma Vasca (Etzantza) que empezó su quehacer en septiembre de 1981, convirtiéndose de este modo en otra de las sangrientas dianas de ETA. La máxima tensión del período se vivió en 1982, con la aprobación de una ley, la LOAPA (Ley Orgánica Armonizadora del Proceso Autonómico), que se consideraba lesiva para los intereses del País Vasco. La reacción violenta de ETA, con atentados ilógicos y cada vez más sangrientos, aportó una vuelta al futuro más oscuro, sobre todo por las disidencias en el seno del PNV entre Garaikoetxea y Xabier Arzalluz que acabaron en 1986 con la designación de un nuevo lehendakari, José Antonio Ardanza; de idéntica manera, a los atentados de ETA el pueblo vasco tuvo que añadir, durante 1983 y 1988, las acciones del GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación), unos mercenarios antietarras con una más que probable ayuda clandestina del Ministerio del Interior. Las fracasadas conversaciones de Argel (1985-86) entre el gobierno del PSOE y la cúpula dirigente de ETA fueron el desencadenante de la "Guerra Sucia" del GAL. La reacción de las autoridades del País Vasco llegó en 1988 mediante la firma del Acuerdo para la Normalización y Pacificación del País Vasco, más conocido como Pacto de Ajuria Enea, que firmaron todas las formaciones políticas democráticas salvo HB.

La división de la sociedad vasca

No resulta fácil, por obvio que parezca, decir que el principal problema de los habitantes de País Vasco es tan alarmante como la convivencia cotidiana, merced a la acción armada de ETA. Desde el estricto punto de vista que yace del repaso de los acontecimientos históricos, de aquella organización izquierdista radical que denunciaba la opresión, el fascismo y la xenofobia sólo queda la reivindicación de la autonomía más furibunda basada en los medios más reprobables. Los atentados hacia objetivos anunciados en 1964 se han quedado en una sangrienta pléyade de víctimas (como en el Hipercor de Barcelona, 1986, o en el popular barrio madrileño de Vallecas, 1996) con la única mira de sembrar el pánico social merced a la indefensión de sus miembros. La financiación de ETA, que hasta la democracia se basaba en donativos y contribuciones de simpatizantes, ha pasado a hacerse mediante la extorsión, el secuestro y el chantaje (el famoso Impuesto Revolucionario exigido a los industriales vascos mediante amenazas). Las fuerzas políticas integrantes de KAS (Koordinadora Abertzale Sozialista), fundada en 1976, han sufrido golpe tras golpe, merced a una mejor colaboración entre las fuerzas de seguridad hispanas y galas, como el desmantelamiento de la cúpula dirigente de ETA en Vidart (Francia, 18 de marzo de 1991) o el encarcelamiento de todos los miembros de la Mesa Nacional de HB (1997). La sustitución de los cuadros dirigentes ha llevado, tanto a la dirección terrorista como a su brazo político, a personas criadas en un entorno de violencia demagógica que, como poco, pecan de ausencia de memoria histórica. No hay que olvidar que la resistencia antifranquista de ETA durante la dictadura le valió el sincero apoyo de muchas de las fuerzas populares e, incluso, de organizaciones internacionales; en la década de los noventa, el descenso de los propios vascos simpatizantes de KAS (emanado del continuo descenso de votantes de HB) ha sido fortísimo, excepcionalmente agravado tras el baño de sangre perpetrado por la organización tras el triunfo del PP en las elecciones legislativas de 1996. Los concejales de este partido y los funcionarios de prisiones han sustituido como culpables de la situación del País Vasco a los "ejércitos de ocupación" (que tampoco se han salvado, empero, de atentados), lo que ha motivado iracundas manifestaciones de repulsa por parte de la sociedad hispana, en general, y la vasca, en particular. Por ello, aunque algunas de las históricas de los abertzales (como una mayor sensibilidad en la política penitenciaria, esto es, el traslado de los presos de ETA a cárceles del País Vasco) son tan lógicas como comprensibles, el precio que la sociedad vasca ha de pagar no es equitativo: aún considerando la reivindicación (el Derecho a la Autodeterminación) independentista como objetivo principal, el uso de las armas en una sociedad democrática ha sido respondido por el País Vasco con "Aski da" ("Basta ya").

En el tránsito hacia el siglo XXI el País Vasco se enfrenta a la recuperación de su potencial industrial como principal reto, pues las condiciones para la competitividad exigidas por la inminente Unión Europea parecen ser suficientes para que se convierta en uno de sus puntales. De igual modo, la integración europea es motivo de debate en un pueblo como el vasco, tan celoso de sus antiguas costumbres que teme ser devorado por una organización supraestatal sin ninguna otra contrapartida. El esfuerzo de sus hombres y mujeres, en este sentido, será esencial para que el País Vasco ocupe en España y Europa el puesto que se merece.

Un problema territorial, tan enraizado históricamente como de difícil solución, ha suscitado gran interés: el condado de Treviño, administrativamente vinculado a Castilla-León pero en el que, por su cercanía a Vitoria (15 km), sus habitantes reclaman un referéndum para integrarse en la administración del País Vasco. Otro de los puntos de fricción ha estado centrado en el sistema educativo, pues a los modelos A (sólo castellano) y B (castellano y euskera), ya existentes, se ha intentado insertar el modelo D (sólo en euskera) que ha contado con ciertas reticencias. En cualquier caso, todos los habitantes del País Vasco cuentan con la posibilidad de acceder a estudios superiores no sólo en la educación privada (la Universidad de Deusto) sino también en la pública (Universidad del País Vasco, con campus y facultades en Bilbao, San Sebastián y Vitoria).

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ARTE Y CULTURA

Las representaciones artísticas de Euskadi son, en buena parte, pedazos de su historia que han llegado hasta nuestros días para calibrar la evolución de sus pobladores a través del tiempo. Desde el arte prehistórico (dolmen de Arrizala o las pinturas rupestres de Santimamiñe), pasando por las ruinas romanas de Iruña o los santuarios románicos de Estíbaliz o San Pedro de Abrisketa, se llega indefectiblemente a la máxima expresión del arte medieval vasco: la catedral vieja de Vitoria, la catedral de Santiago (Bilbao) y San Salvador (Getaria).

El palacio de Bendaña y la excepcional colegiata de Cenarruza son fieles representantes de los cambios renacentistas, mientras que los santuarios de Santa María (San Sebastián) y el Mausoleo de San Ignacio de Loyola (Azpeitia) muestran la barroquización de las formas artísticas de Euskadi. El arte contemporáneo ha dejado edificios como la Casa de Juntas de Gernika (1827) o la Diputación Foral de Vitoria (1833), el ayuntamiento de Bilbao (1892) o el Teatro Arriaga (1890), así como la Plaza de España de la capital alavesa.

Ya en el siglo XX, además de la basílica de Nuestra Señora de Aránzazu o el puente colgante de Bilbao, quizá el edificio más representativo de la simbiosis artística sea el Museo Guggenheim de Bilbao, inaugurado por los Reyes de España el 18 de octubre de 1997, convirtiendo a la capital vizcaína en uno de los faros del arte moderno más importantes del mundo. Procedentes de Euskadi fueron arquitectos como Alberto Palacio (autor del Palacio de Cristal y la Estación de Atocha, en Madrid) o Pablo Alzola (autor, en 1878, de las obras del ensanche de Bilbao), así como destacadísimos pintores como Manuel Losada e Ignacio Zuloaga. Quizá la figura más representativa del arte vasco sea el escultor Eduardo Chillida.
La literatura vasca parte de la existencia de una lengua propia, el euskera, cuyos ocho dialectos han sido refundidos en uno, el euskera batua, del que cuida la Real Academia de la Lengua Vasca (Euskaltzaindia). Desde la tradición épica de los Bereterretx (poemas medievales del siglo XIV), la literatura vasca (en euskera y en castellano) ha sido muy prolífica. El primer libro impreso en euskera fue una pequeña colección de poemas llamada Linguae Vasconum Primitiae (1545), recopilada por Bernat Etxepare. La literatura religiosa contribuyó durante este período a la revitalización de las letras euskeras, especialmente la obra ascética de Pedro de Axular en el siglo XVII. Posteriormente, el jesuita Larramendi fue el primer recuperador del euskera mediante su obra De la Antigüedad y Universidad del Bascuence en España (1728). También hay que destacar a autores como el fabulista Félix María Samaniego o Juan Antonio Moguel y Urquiza, así como a los románticos Francisco Navarro Villoslada, autor de Amaya o los vascos en el siglo VIII (1879), Antonio de Trueba, Becerro de Bengoa o Vicente Arana, primo de Sabino, autor de novelas históricas. Domingo Aguirre fue el autor de la primera novela euskaldún: la Aunamendiko Lorea (1898), mientras que José María Iparaguirre representó en clave poética el nacionalismo vasco con su Gernikako arbola (1851). La nómina de escritores noventayochistas vascos tuvo en Ramiro de Maeztu y Pío Baroja a los más destacados. Y, por encima de todos ellos, Miguel de Unamuno, prolífico escritor, ensayista y filósofo, el más extraordinario narrador de las grandezas y miserias de su tiempo. En el período de entreguerras destacaron literatos de la talla de Nicolás de Ormaechea, Salvador Michelena y José María Aguirre (oculto bajo el seudónimo de Xavier de Lizardi), así como a los representantes del modernismo encuadrados en la Generación del 27: Juan Antonio de Zunzunegui, Juan Larrea, Gabriel Celaya, Blas de Otero e Ignacio Aldecoa. La represión franquista cercenó lamentablemente la expansión de la literatura vasca, aunque Gabriel Aresti y Xabier Gereño rompieron la atonía en la década de los 60; el último abanderado de la literatura vasca, tanto en su lengua materna como en castellano, ha sido el genial Bernardo Atxaga. Tampoco hay que olvidar la aportación de antropólogos vascos (el citado José Manuel Barandiarán o Julio Caro Baroja) y de sus historiadores (Abilio Barbero o Manuel Tuñón de Lara, madrileño de nacimiento pero vasco de adopción).

Idéntica nómina de estrellas del deporte ha presentado Euskadi, no sólo en sus propias y tradicionales competiciones (como el arijasotzaile Iñaki Perurena o el pelotari Julen Retegui) sino también en las más altas cumbres del boxeo (el inolvidable Paulino Uzkúdun), el ciclismo (Marino Lejarreta, Federico Etxabe y Abraham Olano), el tenis (Alberto Berasategui), el motociclismo (Herri Torrontegui), el golf (José María Olazábal), el atletismo de fondo (Martín Fiz) o el fútbol (Andoni Zubizarreta, quien ostenta el récord de partidos internacionales con la selección española). A nivel colectivo, sus equipos de fútbol, especialmente el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad de San Sebastián, concentran buena parte de las pasiones deportivas vascas, sin olvidar los éxitos nacionales e internacionales de clubes de baloncesto (el C.B. Saski-Baskonia, más conocido como Taugrés o TauCerámica de Vitoria) o de balonmano (Elgorriaga Bidasoa).

HIMNO DE EUSKADI

El himno del País Vasco (en euskera Eusko Abendaren Ereserkia) es una melodía popular y anónima que antiguamente se solía interpretar en el comienzo de los bailes como saludo a la bandera.

El 14 de abril de 1983 el Parlamento Vasco adoptó esta melodía como himno oficial [2] del País Vasco intentado que no tuviera ningún carácter partidista. Esta adopción no estuvo exenta de cierta polémica al haber un movimiento númeroso de gente que apostaba por la canción de José María Iparraguirre Gernikako arbola, en castellano "El árbol de Guernica".

Esta misma melodía fue adoptada por el primer Gobierno Vasco de 1936 que estuvo formado por PNV, PSOE, PCE, Izquierda Republicana, Unión Republicana y ANV.

El Gora Ta Gora
Sabino Arana compuso un texto adaptándolo a esta melodía, surgiendo así el "Gora ta gora" (Arriba y arriba) el himno del Partido Nacionalista Vasco (PNV).

Escucha el himno

Letra del Gora ta Gora (en euskera)

Gora ta Gora Euskadi
aintza ta aintza
bere goiko Jaun Onari.
Areitz bat Bizkaian da
Zar, sendo, zindo
bera ta bere lagia lakua
Areitz gainean dogu
gurutza deuna
beti geure goi buru
Abestu gora Euskadi
aintza ta aintza
bere goiko Jaun Onari

Ahora en Castellano

Arriba y Arriba el País Vasco
gloria y gloria
a su buen Dios.
Hay un árbol del roble en Vizcaya
viejo, fuerte, sano
él como su ley
En el árbol encontramos
la cruz santa
siempre nuestro lema
Canta “Arriba el País Vasco”
gloria y gloria
a su buen Dios

 

El País Vasco ha sido una región de fuerte tradición industrial; sin embargo, la industria se ha visto superada por el sector servicios, si bien es cierto que aún tiene un gran peso específico en la economía vasca. La progresiva diversificación del sector y la reconversión de las principales industrias pesadas, junto con el creciente desarrollo de los servicios y la modernización de las infraestructuras han sido algunos de los factores decisivos para relanzar la economía de esta región una vez superada la crisis de los años setenta.

Sector Primario

Si comúnmente las actividades agrarias dominan el sector primario, en el País Vasco, más del 60% de la producción de este sector proceden de la ganadería, la explotación forestal y la pesca. Esto es debido, fundamentalmente, a sus peculiares condiciones topográficas y climáticas. La producción final agraria, por sectores, correspondiente al año 1996 fue la siguiente: agrícola, el 38,4%; ganadero, el 40,8%; forestal, 18,3%; otras producciones, 2,5%.

Agricultura

La agricultura tiene diferente signo de importancia según se trate de una u otra provincia. La distribución de la superficie agrícola da una extensión media a las explotaciones agrarias de unas 7 has, en Vizcaya y Guipúzcoa, y de 12 has si se incluye la provincia de Álava.

La producción agrícola está constituida principalmente por un policultivo de subsistencia, en el cual el caserío se autoabastece y deja unos márgenes para la comercialización. La mayor inclinación a la explotación ganadera y forestal se advierte claramente en la distribución de la superficie agrícola. Las mayores superficies están dedicadas a los cereales, entre los que destacan el cultivo del trigo, en Álava, y el del maíz, en Guipúzcoa y Vizcaya. Las leguminosas y hortalizas forman otro gran capítulo en los cultivos vascos, destacando las judías y las habas, y entre las hortalizas, los puerros, zanahorias, cebollas, pimientos, tomates y coles. Junto a estos productos de huerta hay que colocar las patatas. Entre los frutales, ocupa lugar preferente el manzano. También son abundantes los castaños, nogales, cerezos, ciruelos y guindos.

Vizcaya tiene como zonas cerealistas las Encartaciones y el Duranguesado, mientras que en la Busturia se dan los productos de huerta, el maíz y los frutales. En Guipúzcoa, los mejores productos hortícolas y maiceros se encuentran en los valles del Deva, Oria y Urola. En Álava, las tierras llanas tienen buenas producciones de cereales y de patatas, mientras que en La Rioja Alavesa prospera la vid y la huerta. El norte montañoso alavés se dedica a la explotación ganadera y forestal.

Explotación Forestal

La explotación forestal es superior en Álava que en las demás provincias, pero tanto en el cuidado de sus montes como en la repoblación forestal son modélicas las tres provincias. El terreno forestal arbolado ocupa más de la mitad de la superficie regional. En Guipúzcoa y Vizcaya predominan las repoblaciones de pino insignis, mientras que en Álava, el 70% del total arbolado corresponde a bosques de hayas, quejigos y encinas; y el 25% a bosques naturales de pino albar y repoblaciones de pinos insignis, estos últimos localizados en el norte de la provincia.

El aprovechamiento forestal en Vizcaya se dirige principalmente a la producción de pasta de papel y al entibo de minas; en Guipúzcoa, a la producción de pasta de papel y al entibo de minas; en Guipúzcoa, a la fabricación de papel; y en Álava, al papel y a la fabricación de muebles.

Ganadería

La ganadería, principalmente vacuna, es muy próspera en el País Vasco y, posiblemente, una de las actividades más dinámicas debido a la abundancia de pastos y a la propia orientación de la agricultura hacia la producción de alimentos para el ganado. La raza vacuna indígena por excelencia es la robusta pirenaica, apta tanto para trabajo como para la producción de carne, sin embargo, está siendo sustituida por razas selectivas de aptitud lechera. La raza frisona u holandesa predomina en Vizcaya, y la parda, alpina o suiza es preferida en Guipúzcoa, mientras que la autóctona o pirenaica se mantiene bien en Álava, aunque por debajo de las frisonas.

La ganadería lanar apenas se distingue algo en Álava. En cambio, si tiene importancia la porcina, en los últimos años ha aumentado mucho las razas importadas y las mestizas. Las grandes industrias lácteas llegaron al País Vasco a través del desarrollo industrial de las centrales lecheras y partiendo de una organizada cabaña vacuna de aptitud lechera, que se orientó esencialmente hacia su abastecimiento.

Pesca

La pesca es una actividad económica de primer orden en el País Vasco desde tiempos remotos, de hecho, se tiene constancia de su importancia desde el siglo XIV (bacalao y ballena). En la actualidad, sigue siendo un sector destacado de la economía vasca, a pesar de que se ha visto afectado por el sistema de licencias de la Unión Europea y por las variaciones introducidas en los límites de las aguas jurisdiccionales.

La flota pesquera vasca reúne 474 embarcaciones, de las cuales el 77,2% se dedica a la pesca de bajura, el resto se reparte entre los barcos de altura: altura al fresco, 13,3%; arrastreros congeladores, 1,7%; atuneros congeladores, 5,7%; y bacaladeros, 2,1%. La pesca de bajura supone el 26,3% del arqueo de la flota pesquera y más de la mitad del personal embarcado (2.723 tripulantes). (Datos referidos al año 1997).

La fauna es rica y variada destacando la sardina, el boquerón, la anchoa, el bocarte, perroche, merluza, el besugo, la boga, la lubina y la dorada. El atún blanco se captura entre julio y agosto; de la misma familia es el verdal, que se pesca sobre todo en la costa guipuzcoana. El congrio y los peces planos, como gallos o lenguados, se pescan en aguas tranquilas, el chicharro se pesca en invierno. Entre los moluscos abundan el chipirón, el mejillón y la almeja. Entre los crustáceos, el percebe, el cangrejo, el centollo, el camarón y la quisquilla. Muy estimadas son las angulas, particularmente las de Aguinaga y Sasiola.

Los 181 kilómetros de costa vasca dan ocasión a la creación de numerosos puertos pesqueros, siendo los más importantes: Bermeo, con una notable flota de bajura y de atuneros congeladores; Ondarroa y Pasajes, ambos especializados en la pesca de altura, dedicándose el primero a la pesca de altura en fresco, y el segundo, bien en fresco o con bacaladeros y arrastreros congeladores. Los demás puertos (Hondarribia, San Sebastián, Getaria, Lequeitio, Elanchove, Mundaca, Motrico y Santurce) practican la pesca de bajura.

La producción pesquera se distribuye entre la parte de pescado destinada al consumo fresco y la proveedora de las industrias conserveras. En la industrialización de la pesca destaca Vizcaya, con fábricas de conservas de pescado, salazón y escabeche en Bermeo, Lequeitio y Ondarroa.

Minería

Curiosamente la minería representa la menor riqueza entre todas las actividades económicas del País Vasco, sin embargo, es la base de las industrias metalúrgicas básicas y de la industria de transformados metálicos, que representa más del 50% de toda la actividad industrial vasca. La más importante actividad minera reside en la extracción del hierro en Vizcaya, ya que los pequeños criaderos de Guipúzcoa se agotaron hace muchos años.

La explotación minera en Vizcaya ha tenido distintas etapas. Una en la que se explotaba el mineral vena. El carbonato que antes se despreciaba comenzó a ser aprovechado a partir de 1900. La extracción es fácil, pues los criaderos se encuentran en el terreno cretáceo entre areniscas. Estos terrenos de contenido férrico se extiende desde Durango a Bilbao, penetrando hasta la provincia de Cantabria. En la cuenca minera vizcaína se distinguen tres distritos: el occidental, junto al río Somorrostro; el central, entre el Cadagua y Galdamés, que es el más productor; y el oriental, en torno a Bilbao, entre el Nervión y el Cadagua.

Otras explotaciones mineras son las de plomo, cinc, espato y flúor ácido, todas ellas en Guipúzcoa, así como las de asfalto de Álava, a las que hay que añadir el gas natural.

Industria

La industria ocupa aún hoy, como ya se ha dicho, un lugar destacado en la economía vasca, a pesar de haber sido desbordada por el sector servicios. En Vizcaya las actividades industriales se concentran esencialmente en la comarca del Gran Bilbao. En Guipúzcoa, en el cinturón de San Sebastián, si bien es cierto que aparece dispersa por toda la provincia. En Álava, queda prácticamente reducida a la capital, Vitoria, y al valle de Llodio-Amurrio.

La producción siderúrgica es espectacular en sentido negativo, es decir, por su cada vez mayor subdesarrollo. Las 58.000 toneladas de hierro de 1885 se transformaron en 35.000 en 1950. El proceso expansivo de la producción de acero en Vizcaya es todavía mayor. De algo más de 100.000 toneladas en 1900 se pasa a 420.000 toneladas en 1950. En 1970 la producción de lingotes de acero en Vizcaya es de 1.650.545 toneladas, de las cuales el 80% proceden de la siderurgia de altos hornos de Vizcaya.

Guipúzcoa, por el contrario, se especializa en la industria mecánica, maquinaria y transformados metálicos, aunque también tuvo en sus comienzos una actividad siderúrgica aprovechando los pobres y pronto agotados criaderos de hierro de Irún y Berástegui. En Elgóibar se funda una siderurgia, que es seguida por la fundición y afinación de hierro batido en Beasaín. A comienzos del siglo XX Guipúzcoa recibe un nuevo impulso en sus industrias mecánicas.

Álava, que también tiene en su haber una vieja siderurgia, cuenta a partir de su impresionante crecimiento industrial, iniciado en 1950, con empresas para la producción de aceros especiales y laminados. Este desarrollo industrial se ha visto favorecido por la saturación de las provincias vecinas, por la mayor disponibilidad del suelo y por los beneficios tanto fiscales como de infraestructuras concedidos por los organismos provinciales y locales.

La industria naval, repartida entre Vizcaya y Guipúzcoa, es particularmente importante en la primera provincia que cuenta con varias empresas de construcción naval, entre ellas Astilleros Españoles, donde se realiza el 90% de las botaduras de buques que, en Vizcaya alcanzaron en 1970 a más de 270.000 toneladas de registros brutos.

La fabricación de maquinaria, herramientas y ferrerías es muy importante en Guipúzcoa y Vizcaya, quedando en segundo lugar Álava. Guipúzcoa se ha manifestado siempre a la cabeza de la industria armera con los centros de Eibar, Elgoibar, Mondragón y Placencia de las Armas, aún cuando esta actividad tenga una prolongación en Vizcaya, en las villas de Guernica, Marquina y Zaldívar. El material móvil ferroviario se construye en Guipúzcoa, mientras que Álava tiene la fabricación de automóviles, y Vizcaya tiene gran número de fábricas de la industria auxiliar del automóvil (carrocería, chasis, equipos eléctricos,...). Una industria de solera en Guipúzcoa es la de bicicletas, también se ha especializado Guipúzcoa en la fabricación de máquinas de coser, y Álava en la de maquinaria agrícola.

La industria química pesada y de base corresponde a Vizcaya que dispone de la refinería Petronor, cuyos productos de refinado ascienden a más de cinco millones de toneladas, principalmente en fuel-oil, que representa el 65% de su refinado; si bien su capacidad es muy superior ya que la producción señalada corresponde al período 1972-73, cuando la refinería bilbaína estaba aún en proceso de montaje de algunas de sus instalaciones.

Dentro de la industria de base hay que contar con la fabricación de nitrógeno, la de ácido clorhídrico, la de ácido sulfúrico,...

En la industria farmacéutica destaca Vizcaya sobre las otras dos provincias vascas. Muy importante es la industria química de plásticos. Esta industria se inició en Rentería, donde años antes de la guerra civil española funcionaba una importante fábrica de baquelita; hoy existen, entre otras, fábricas de plásticos rutilito en Donostia-San Sebastián y resinas poliésteres en Hernani. Mayor volumen tiene esta industria en Vizcaya. Las pinturas y barnices tienen en Bilbao el mayor centro productor. La fabricación de abonos se encuentra representada por grandes empresas en Vizcaya, todas ellas instaladas en la comarca bilbaína

La industria de caucho tiene diversas fábricas, pero la de neumáticos está representada en las tres provincias por la fábrica Firestone en Basauri, Michelín en Lasarte, y las más moderna también Michelín en Vitoria. Finalmente en Vizcaya destaca la fabricación de explosivos.

La industria del papel y las artes gráficas están magníficamente representadas en el País Vasco. Guipúzcoa destaca por la fabricación de papel, Vizcaya por las empresas editoriales, y Vitoria por la notable y centenaria empresa Fournier, que se inicia con la fabricación de naipes y llega a la fabricación de sellos de correos.

En la industria cerámica figura en primer lugar el cemento, con varias fábricas en Guipúzcoa y Vizcaya. En loza y porcelana también destaca Guipúzcoa y en vidrio, tanto industrial como artístico, Álava y Vizcaya.

Guipúzcoa descuella en las industrias alimenticias con la fabricación de galletas, chocolate, cerveza, sidra y productos lácteos. En el mismo sector y con semejantes productos, Vizcaya añade las industrias de conservas de pescado y salazones y a la elaboración de la sidra oponen la elaboración de txacolí. Álava, en cambio, tiene una fuerte industria vitivinícola y de conservas vegetales.

La fabricación de muebles es notable en Vizcaya, pero en valores absolutos superan Guipúzcoa y Álava. Una visión rápida de la vida industrial del País Vasco nos remonta a la década de 1840, cuando se inicia el despegue de la industria en las dos provincias litorales (Vizcaya y Guipúzcoa). La acumulación de capital procedente de la minería del hierro, en Vizcaya, y de la notable actividad comercial, además de las mejoras técnicas en la siderurgia, el crecimiento de los mercados y de la mano de obra, y la existencia de una burguesía emprendedora, son algunos de los factores que fomentan este desarrollo inicial. Vizcaya se orientó hacia la industria pesada (siderometalúrgica, naval y, más tarde, química), que se aglomeró en la ría de Bilbao. Guipúzcoa, en cambio, se inclinó hacia los transformados metálicos, textil, papel, alimentación y muebles. Durante la época de la autarquía hasta el año 1975, todos estos sectores no hicieron sino desarrollarse y ampliarse, manteniendo la localización ya existente.

La crisis económica de los años setenta incidió con fuerza en estas áreas, siendo las más afectadas la margen izquierda del Nervión, la comarca de San Sebastián y el alto y medio Deba. De hecho, entre 1975 y 1988 se perdieron 120.000 puestos de trabajo en la industria vasca. Muchos sectores se sometieron a importantes procesos de reconversión y, al mismo tiempo, se pusieron en marcha medidas de reindustrialización (creación de la ZUR del Nervión y polígonos industriales, en Guipúzcoa). El nacimiento de focos productivos de nuevas tecnologías altamente competitivos (Mondragón) y la diversidad productiva localizada al este de la ría bilbaína, en el valle de Asúa, nos hablan, no sólo de la emigración de los tradicionales núcleos industriales a otras áreas, sino de la nueva orientación de la industria en la región. La integración de España en la Unión Europea y la consecuente desaparición de las barreras aduaneras de los países miembros ha favorecido las inversiones extranjeras en el sector industrial, en especial en el entorno del Gran Bilbao. Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2006.
 

El País Vasco es un pequeño territorio situado en el Norte de España, a orillas del mar Cantábrico, con una extensión de 7.261 km2, delimitado al E por los Pirineos; al O por la Cordillera Cantábrica; al N por el Golfo de Vizcaya; y al S por el Valle del Ebro.

A pesar de su reducida extensión se trata de un espacio contrastado tanto en el medio físico como humano. El principal contraste se establece entre las dos vertientes que lo componen: la cantábrica y la mediterránea, que configuran una región en la que claramente se contraponen una zona norte de valles encajados, intrincada y tortuosa orografía, frondosos bosques y verdes prados, a una zona sur, de amplias cuencas de altitud elevada, tierra de vides y de cereal.

En general, el País Vasco es un territorio montañoso, ya que más de las dos terceras partes pertenecen al macizo de las Montañas Vascas, que se extienden hasta el mar, mientras que tan sólo el extremo meridional, es decir, La Rioja alavesa, queda enclavado en las tierras llanas de la depresión del Ebro. Desde la costa cantábrica el territorio vasco asciende progresivamente pasando por diferentes niveles altitudinales. Un conjunto de colinas con alturas comprendidas entre los 300 y 600 m constituyen el primer escalón, que se separa del siguiente, donde las cumbres superan ya los 1.000 m (Ernio, Erio), mediante la depresión Tolosa-Bermeo. Más hacia el interior, los montes Oiz (1.026 m) e Izazpi (970 m) conforman la antesala del nivel más elevado, donde se localizan las máximas alturas de la Comunidad Autónoma (Peña Gorbea, con 1.481 m, y Aitzgorri, con 1.544 m), y que a su vez constituye la divisoria de aguas entre el Cantábrico y el Mediterráneo. Hacia el Sur, el territorio comienza a descender hasta configurar dos grandes cuencas: la Llanada de Vitoria y el condado de Treviño. Entre ambas cuencas se desarrollan las denominadas sierras centrales (Entzia, Iturrieta, montes de Vitoria), con alturas que rebasan los 1.000 m. Aún más al Sur aparece la sierra de Cantabria, última estribación de las Montañas vascas. A partir de aquí el territorio desciende rápidamente hasta enlazar con el río Ebro, que recorre el límite meridional de la provincia de Álava.

Este abrupto territorio está construido sobre materiales eocénicos y cretácicos que presentan una contrastada diferencia entre la parte blanda eocénica y las duras calizas cretácicas. La red hidrográfica, formada por ríos de curso corto y numerosos afluentes, casi todos de la vertiente cantábrica, se han encajado en aquellos materiales y han originado un complicado laberinto de sierras, macizos, llanos y cuencas, cuyas líneas de cresta se sitúan entre los 800 y 1.200 m de altitud; tan sólo algunas moles calizas muy carsificadas se levantan por encima de los 1.500 m (Aitzgorri 1.544 m). La vertiente oceánica, al Norte de la divisoria de aguas cantábrica-mediterránea, se caracteriza por un relieve suave y monótono; al sur de la divisoria de aguas, abundan las calizas y los relieves estructurales, modelados sobre pliegues de estilo jurásico hasta llegar a inversiones de relieves (sinclinal colgado de Andía-Urbasa en el límite con Navarra). Por el sur las montañas vascas acaban bruscamente, cabalgando por fallas sobre sedimentos terciarios de la cuenca del Ebro (sierras de Toloño, Cantabria, Codés).

Aparecen, pues, un conjunto de montañas cuya altitud desciende por debajo de la alcanzada en el eje de los dos grandes sistemas vecinos (Pirineos y Cordillera Cantábrica). La relación de las Montañas Vascas con los dos sistemas que la flanquean tiene varias interpretaciones: una explicación considera que los Pirineos y la Cordillera Cantábrica eran dos sistemas claramente diferenciados e independientes desde el punto de vista geológico y morfológico. Esta es la interpretación más aceptada. La otra considera que Pirineos y Cordillera Cantábrica forman un eje montañoso continuo.

A partir del río Oria, el núcleo central paleozoico que forma la Zona Axial del Pirineo desaparece enmascarado por los sedimentos del Mesozoico (calizas, areniscas,...), cuyo espesor disminuye en dirección occidental conforme se avanza hacia Cantabria.

Los sedimentos acumulados en el geosinclinal vasco se plegaron con independencia del zócalo paleozoico pirenaico y del asturiano. Su tectónica es de pliegues sencillos y regulares de estilo jurásico y su orientación también es distinta a la dominante E-O que se da en los Pirineos y en las montañas santanderinas. No obstante, esta orientación se hace visible en las sierras del sur de Álava, en las que se deja sentir la influencia de las directrices pirenaicas antes aludidas.

El Paleozoico aparece en esta región en la parte oriental de Guipúzcoa como terminación en ella del Pirineo vasconavarro. Tiene un relieve monótono con predominio de pizarras y cuarcitas. Por el sur se prolonga por Navarra con el nombre de las Cinco Villas.

La vertiente cantábrica es dominio del Cretáceo, a excepción de las manchas eruptivas y algunas bandas de sedimentos paleógenos. Por el espesor de los sedimentos, el País Vasco constituyó durante el Mesozoico, una fosa de sedimentación marina, alterada por ondulaciones del fondo, preludio de movimientos alpinos. Esto se puede apreciar al oeste del macizo paleozoico.

El fundamento estructural del País Vasco se produce a comienzos de Eoceno, en el que a través de varias fases, se origina un sistema de pliegues posiblemente debidos a la presión ejercida desde el sur por el bloque paleozoico de la Meseta sobre sedimentos acumulados en la cuenca secundaria vasca.

Los pliegues en Vizcaya tienen una dirección NO-SE o ONO-ESE. El pliegue principal es el anticlinal de Bilbao. A él aparecen adosados en su lado N, un conjunto de pliegues menores. En la parte occidental de Vizcaya, los pliegues toman una dirección O-E, y al Norte y porción oriental, tienen una dirección NO-SE. Después de este anticlinal, sigue el sinclinal de Vizcaya con un fondo tapizado de sedimentos del Eoceno y, después, dos haces de pliegues estrechos de vergencia contraria que encuadran la depresión llamada Busturia. El sinclinal de Vizcaya en su último tramo se encuentra la ría de Bilbao.

En el relieve de Guipúzcoa continúa la dirección NO-SE, pero los pliegues son más estrechos y cerrados. Tras el río Urola, la orientación cambia en O-E y un poco más adelante, en SO-NE. El cambio de dirección se hace visible en el arco trazado por la cadena costera a partir de Zumaya. De esta cadena forman parte los montes Ulía, Urgull e Igueldo. En el interior de este anticlinal se encuentran haces de pliegues, de entre los que se destaca el que comienza en el monte Arno y culmina en el Pagoeta. Al sur de este, sobresale el que forma los montes de Azcoitia.

La erosión ha sido más intensa en Guipúzcoa que en Vizcaya, pues ha fragmentado y disuelto superficies de erosión, que se pueden reconocer aún en forma discontinua, al tiempo que ha desmantelado los pliegues. Los flancos de duras calizas, aparecen como crestas en forma de cuestas de vertiente disimétrica. A medida que avanza la erosión, la cresta se transforma en un agudo picacho.

La costa vasca

El litoral costero del País Vasco está en consonancia con la orografía y la red fluvial. La costa vasca es un breve litoral rectilíneo, con escasos accidentes, que comprende desde el cabo Higuer hasta el término de Pobeña-Musques. La costa es alta y acantilada con pocas y pequeñas playas. La penetración física del mar es mínima, pues el geosinclinal mesozoico que condicionó la topografía vizcaína ofrece una barrera orográfica que dificulta la relación con el mar.

En la costa guipuzcoana, concretamente, la zona acantilada entre Deva y Zumaya, el bloque costero de Mendizorrotz, extendido entre Orio e Igueldo, y el alto crestón de Jaizquíbel, ofrecen una barrera maciza apenas sin solución de continuidad. Por otra parte, un frente montañoso, carente de alturas excesivas, pero sí de repetidas alineaciones, se extiende escalonadamente hacia el interior alejándose del mar. Una vez salvada la divisoria de aguas, la influencia del mar es casi nula, con una total transformación del clima de la comarca.
Las mayores penetraciones de la influencia marina se producen aprovechando los desagües naturales de las cuencas fluviales. En el pasado geológico, las transgresiones marinas, con un movimiento general de inmersión de la costa, labraron las rías de escarpadas paredes, como las de Bilbao, Plencia y Guernica, y las bahías de invasión como las de Pasajes y La Concha de Donostia-San Sebastián.

Desde el cabo Higuer hasta Zumaya la costa vasca presenta una serie de terrenos eocénicos. De Zumaya a Ondárroa y de Lequeitio a Elanchove, la constitución costera es de formaciones neocretáceas, mientras que entre Ondarroa y Lequeitio, los terrenos son neocretáceos. En Guecho surgen unas manchas del eoceno. La resistencia de estos materiales y el hecho de presentar morfológicamente los frentes alzados de un hendido anticlinal costero, hacen que la erosión marina encuentre normalmente grandes obstáculos para la creación de plataformas de abrasión, una muestra de esto es la plataforma de abrasión que se abre a los pies de los acantilados de Sopelana.

En la costa vasca no hay islas, pero sí pequeños islotes, tales como el de Villano y el de Aquech, entre los cabos Villano y Machicaco. Algo más extensa es la isla de Ízaro, frente a Bermeo, o el islote de Santa Clara que cierra el arco de la bahía de La Concha en Donostia-San Sebastián.

Las rías en sus desembocaduras depositan los arrastres y elaboran las arenas formadas por las valvas, caparazones y esqueletos calizos de moluscos y crustáceos, uniéndose a estos depósitos los materiales de la denudación y destrucción de la costa por el oleaje. Las arenas empujadas por los vientos y corrientes se depositan en las márgenes orientales de las rías, y al abrigo de los promontorios se tienden en las playas. Esas playas son de arena fina de proporciones no excesivas, salvo los arenales de la ría de Guernica y la gran playa de Fuenterrabía. En algunos casos, las arenas empujadas por la corriente de las rías y rechazadas por el mar, vuelven a la costa y se depositan soldando islas al continente: el más famoso tómbolo es el de la ciudad de Donostia-San Sebastián. Otro tómbolo es el de Guetaria, cuya silueta se asemeja a un ratón. Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2006.

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ESPACIOS PROTEGIDOS

El Parque Natural de Aiako Harria

El Parque Natural de Aiako Harria está situado en las estribaciones de los Pirineos. Contra sus montañas chocan las masas de aire provenientes Golfo de Bizkaia por lo que se producen abundantes precipitaciones. De hecho, esta zona registra las lluvias más altas del País Vasco: la precipitación anual supera los 2.000 mm en los valles, mientras que en las peñas de Aiako Harria se alcanzan los 2.800 mm, registrándose el máximo pluviométrico en los meses de invierno.

Sin embargo, tanto en invierno como en verano las temperaturas son suaves, dulcificadas por la influencia marina. La temperatura media anual ronda los 12º C, siendo 17º C la media de las máximas y 8º C la de las mínimas.

Gea

Aiako Harria posee un complejo relieve, constituido por un mosaico de montañas y barrancos por los que discurren numerosos arroyos. Los materiales que dominan la zona tienen un origen sumamente variado, pudiéndose encontrar en ella desde rocas plutónicas hasta rocas sedimentarias paleozoicas, mesozoicas y depósitos cuaternarios.

El Parque Natural incluye un macizo paleozoico con los materiales más antiguos que afloran hoy en Euskal Herria. Orogenias posteriores dieron lugar al ascenso de una masa de rocas ígneas que metamorfizó los materiales paleozoicos superficiales que iba atravesando y que constituyen la impresionante masa granítica de Aiako Harria.

Hidrología

Las condiciones hidrológicas de Aiako Harria se definen por la impermeabilidad del terreno, que dificulta la infiltración profunda del agua y la formación de acuíferos subterráneos. Existen tres grandes cuencas, correspondientes a los ríos Urumea, Oiartzun y Bidasoa. De éstas, solamente la del río Oiartzun se sitúa en su totalidad en Gipuzkoa. Existen abundantes captaciones de agua con destino al abastecimiento, destacando entre ellas el embalse de Añarbe cuya capacidad se cifra en unos 44 hm3.

El Parque Natural de Aiako Harria

El Parque Natural de Aiako Harria se enmarca íntegramente en la vertiente atlántica del País Vasco, por lo que los elementos que constituyen la flora son en su mayoría eurosiberianos y circumboreales. Sin embargo, este fondo florístico se ve enriquecido por la presencia de algunos elementos mediterráneos en las partes bajas y soleadas, por otros macaronésicos en algunos barrancos abrigados y por algunos pirenaico-cantábricos en las partes más altas.

La inexistencia de sustratos calcáreos unida a la acidificación del suelo por lavado debido a la fuerte pluviosidad, determina que la flora presente en Aiako Harria posea un carácter eminentemente acidófilo.

El bosque que mayor superficie ocuparía potencialmente sería el robledal acidófilo de Quercus robur, situándose en la mayor parte de las laderas, por debajo de los 600 m en las solanas y de los 450-500 m en las umbrías y en las vaguadas. Este bosque posee dos interesantes variantes: el robledal con madroño y el robledal con boj que se dan en las partes bajas del barranco de Endara y en el Bidasoa. Por encima de las mencionadas altitudes se instalaría el hayedo acidófilo, mientras que, en algunas crestas y solanas con suelo arenoso, los bosques anteriormente mencionados dejarían su lugar al marojal de Quercus pyrenaica.

Los aprovechamientos de madera y leña, la obtención de pastos para el ganado, el carboneo y el cultivo del castaño, fueron los usos que caracterizaron estos montes hasta principios de siglo. Sin embargo, la enfermedad de la tinta que arrasó los castaños y el declive del carboneo supusieron un cambio notable que dio lugar a la repoblación de extensas zonas desarboladas, cuya consecuencia es el monte que contemplamos hoy en día.

En el paisaje actual de Aiako Harria destacan, por la extensión que ocupan, las plantaciones forestales, tanto de coníferas: Pinus radiata, Pinus nigra subsp. laricio y Larix kaempferi, como de frondosas: Quercus rubra y Castanea crenata, entre otras. También son considerables las superficies ocupadas por argomales, brezales y helechales, mantenidos por el fuego, la siega y el pastoreo.

Entre los bosques naturales que aún subsisten merecen especial consideración los siguientes: el robledal-hayedo de Añarbe, el robledal-marojal de Endara y el hayedo de Oianleku.

Y los demás parques: Aralar - Gorbeia - Izki - Pagoeta - Valderejo

Y los biotipoprotegidos:

Biotopo Protegido de Itxina Bizkaia
Biotopo Protegido de las Lagunas de Laguardia Alava
Biotopo Protegido de San Juan de Gastelugatxe Bizkaia
Biotopo Protegido del Río Leitzaran
 
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RESUMEN DE DATOS

Datos básicos

Nombre oficial: Comunidad Autónoma del País Vasco.
División administrativa: Tres provincias.
Capital: Vitoria.
Extensión: 7.234 km².

Población

Población: 2.082.587 (2001)
Natalidad: 17.468 (2000)
Mortalidad: 18.190 (2000)
Crecimiento vegetativo: -722
Residentes extranjeros: 18.822 (2000)
Gentilicio: vasco.

Desarrollo económico y laboral

PIB a precios de mercado: 38.368 millones de € (2000)
Índice de bienestar: 7 (media nacional 2001: 5 sobre 10)
Población activa: 913.300 (2001)
Población inactiva: 838.700 (2001)
Población ocupada: 817.600 (2001)
Población parada: 95.600 (2001)
Tasa de paro: 10,5% (2001)
Paro registrado: 72.675 (2001)

Administración y Gobierno

Estatuto de autonomía: LO 3/1979, de 18 de diciembre (BOE nº 306, de 22 de diciembre de 1979).

Órganos autonómicos:

Ejecutivo: Gobierno Vasco. Presidente: Juan José Ibarretxe Markuartu.
Legislativo: Parlamento Vasco: 75 diputados.
Judicial: Tribunales Superiores del País Vasco.
Partidos políticos con representación parlamentaria (elecciones 13 de mayo de 2001):
EAJ-PNV/EA: 33 escaños; PP: 19 escaños; PSE-EE/PSOE: 13 escaños; EH: 7 escaños; EB-IU: 3 escaños.
Funcionarios de la administración pública (año 2001): 96.963
Admón. Estatal: 17.233
Admón. Autonómica: 56.715
Admón. Local: 20.691
Universidades: 2.324
Enlaces en Internet
http://www1.euskadi.net; Página oficial de la Comunidad Autónoma Vasca.
http://www1.euskadi.netOtros datos de interés
Fiesta autonómica: 31 de marzo, Día de la Comunidad del País Vasco.

Fuente de algunos de estos artículos: ENCICLONET - La Enciclopedia Universal 

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