Albacete

Ciudad de España, capital de la provincia del mismo nombre, situada a 686 m de altitud, en plena llanura manchega, dista de la capital nacional 245 km. Cuenta con 148.934 habitantes (2001), que responden a los gentilicios de albaceteños o albacetenses, sobre una extensión de 1.231,51 km², lo que la define como la más populosa de toda la región castellano-manchega. Dale aquí para ver las increíbles imágenes de esta ciudad.

HISTORIA DE ALBACETE

Hedad Antigua - Los primeros indicios

No es causal que las industrias paleolíticas se encuentren en las terrazas fluviales, pues fueron los cauces de los ríos vías de comunicación naturales de primer orden, aparte de facilitar el elemento líquido imprescindible para la vida.Con los datos que hoy poseemos, tres zonas de la provincia de Albacete destacan por sus condiciones óptimas para el primitivo asentamiento humano: la cuenca alta del Guadiana bañada por los ríos Córcoles, Sotuelamos y Záncara; la margen izquierda del Segura, en torno al río Mundo: y la margen derecha del mismo río, en la cuenca del Zumeta. Hallazgos aislados y esporádicas se sitúan en el Júcar. En las dos primeras se han hallado las industrias paleolíticas provinciales más antiguas, de Achelense Medio en La Fuente (Hellín) y del Achelense Superior en La Juraba (Villarrobledo), estación situada al aire libre en una de las terrazas del Záncara.

Más completas son las industrias musterienses (Paleolítico Medio): en torno a la cuenca del Guadiana durante la glaciación Würm I-II se elaboraron algunos útiles del Musteriense de tradición Achelense. En el río Mundo se localizan numerosos yacimientos con industrias realizadas sobre lascas de cuarcita clasificadas en las fases Charentiense (Rambla del Talave), Típico (Canalizo del Rayo y el Pedernaloso, ambos en Hellín), e indeterminado (en Alcadozo y Liétor).

Una interesante secuencia cultural se encuentra en la Cueva del Niño (Ayna), con industrias musterienses en dos niveles, uno antiguo relacionado con actividades de descuartizamiento, y otro más moderno con las de recolección, así como un nivel del Paleolítico Superior con hogares y zanjas. En el margen cronológico situado entre finales del Solutrense y comienzos del Magdaleniense se datan las pinturas del interior de dicha cueva, con animales silueteados en distintas gamas de rojos, presididos por un cérvido rodeado de cápridos y équidos. Algunos aparecen atravesados por azagayas o vástagos, quizá como magia propiciatoria de la caza. El Paleolítico Superior Final y el Epipaleolítico se encuentran bien documentados en el Abrigo del Molino del Vadico, junto al río Zumeta, y otros yacimientos próximos, además de en la Rambla de Abengibre.

A partir del determinante cambio climático que dio lugar al Holoceno, las márgenes rocosas de los cauces de agua se enriquecieron con los testimonios del arte rupestre postpaleolítico, cuyas manifestaciones se encuentran en torno al Segura y sus afluentes; en Alpera y Almansa; y en áreas de la Sierra de Alcaraz. Las pinturas están realizadas en abrigos o covachas rocosos, con colores que varían en diversos tonos del rojo y negro, abundando las escenas en las que participan hombres y animales. En 1914 se descubrió el "Abrigo Grande" de Minateda, publicado por el abad H. Breuil, quien hizo notar su importancia y las superposiciones de pinturas presentes, distinguiendo 13 fases sujetas a revisión desde entonces. Las representaciones abarcan desde el arte levantino más clásico hasta la transición al esquematismo. Su descubrimiento se sumó al de la Cueva de la Vieja (Alpera), vivo documento etnográfico de aquellos seres humanos: dos mujeres conversando, arqueros cazando y los dos personajes con largas plumas son algunas de las escenas pintadas. En los conjuntos de Nerpio (Solana de las Covachas, Pedro Andrés, etc.) se da la mayor concentración provincial de arte rupestre.

Recientes publicaciones han dado a conocer vasos neolíticos decorados con arte esquemático, aportando nuevas cronologías para éste. Por otra parte, es el Neolítico un periodo cultural mal documentado en Albacete. Una vasija con decoración cordial relacionada con otras del área levantina fue hallada en 1968 en Caudete. Otra de la Cueva del Niño tiene forma de botella decorada con incisiones formando motivos en V y W, fechada en el Neolítico Antiguo (Epicardial) o comienzos del Neolítico Medio, a fines del V milenio a. C. o comienzos del IV milenio a. C. Del Eneolítico los hallazgos quedan prácticamente reducidos a la Fuente de Isso (Hellín), con un poblado en llano, cabañas de planta circular y cerámicas con improntas de cestería.

Edad del Bronce

En la década de los años cuarenta, J. Sánchez Jiménez clasificó los yacimientos de la Edad del Bronce en "simples poblados de vida pacifica y confiada, verdaderos castros o poblados en alturas fortificadas e ingentes sepulturas tumulares. A esta última categoría le llevó la observación de una inadecuada excavación en el túmulo 11 de La Peñuela (Pozo Cañada, Albacete), creyendo ver una cámara funeraria central con cubierta realizada por aproximación de hiladas. En realidad se encontraba ante una de las características construcciones de la Cultura de las Morras o Motillas de La Mancha, encuadrada en la Edad del Bronce Medio.

Con penuria manifiesta de útiles metálicos, realizados casi exclusivamente en cobre, la zona occidental de la provincia de Albacete presenta paralelismos y cierta homogeneidad con yacimientos de Ciudad Real. Los asentamientos están ubicados en pequeñas elevaciones de aspecto tumular dominando un valle o en zonas llanas. Ofrecen un complejo sistema defensivo con construcción central rodeada de varios muros formando anillos concéntricos. Las cabañas se localizan en el exterior o interior de los mismos. En la Morra del Quintanar (Munera) el recinto fortificado posee tres anillos y el área del poblado se sitúa fuera de éstos. La cronología del C44 da el año de 1720 a. C. como el momento en que se inutiliza la puerta del recinto II, y entre el 1680-1660 a. C. se abandonan las cabañas del interior y exterior del recinto.

El Acequión (Albacete) es un poblado en el borde de una laguna defendido por dos bastiones En su fase más moderna se conoce la existencia de cabañas lanosas. La economía debió de tener una base ganadera, junto al cultivo del trigo, cebada y algunas leguminosas.

En la zona oriental de la provincia los asentamientos buscaron lugares elevados desde donde controlar el entorno, y han sido tipificados por su aspecto cónico y dominio de llanuras (Los Cuchillos, Almansa); por ser amesetados situados en valles marginales del Corredor de Almansa; o por localizarse en cuevas o simas. Para la mayoría de ellos se han valorado las condiciones ganaderas y cinegéticas.

Las fases finales de la Edad del Bronce están bien documentadas en El Castellón (Hellín-Albatana), cuyo poblado se ubica en la ladera de un cerro defendido por piedras ciclópeas, con casas de planta rectangular y posteriormente de tendencia oval. El poblado se abandonó hacia el año 850 a. C. Un con junto singular se encontró en la Huerta del Pato (Munera), datado entre el 750-650 a. C., en la transición a la Edad del Hierro, que introduce en la Meseta Sur la incineración como rito funerario. Otros yacimientos que precisan nuevas revisiones tienen también esas fases de transición, como El Matalón (Nerpio).

Pueblos ibéricos

El Macalón es un hábitat fortificado junto al río Taibilla, que ya en la segunda mitad de siglo VII a. C. muestra contactos con el Mediterráneo a través de las cerámicas de barniz rojo. Dichas relaciones, debidas básicamente a la estratégica situación geográfica de la provincia, quedan patentes en otros objetos de filiación oriental -griega o fenicio-púnica- fechados en las postrimerías del siglo VI a C., tales como el Sátiro del Llano de la Consolación, los aryballoi de Naucratis de Hoya de Santa Ana y Hoya Gonzalo, el timiaterio de La Quéjola y, sobre todo, los relieves del monumento de Pozo Moro y algunos de los objetos relacionados con éste.

Todo parece indicar que a finales del siglo VI a. C. la cultura ibérica ha quedado formada gracias al aporte de los pueblos orientales sobre el sustrato indígena.

Una importante ruta que unía las costas de Levante con la Alta Andalucía propició el comercio de objetos y la difusión de ideas. Las cerámicas áticas no eran sólo vajilla de lujo, las escenas que las ornan relatan mitos y creencias. Así fueron penetrando hacia las tierras del interior conceptos religiosos que debieron de impresionar al ibero.

El quemaperfumes de La Quéjola (San Pedro), realizado en un taller gaditano, portaba la idea del sacrificio a la divinidad, a la vez que el eje de la vasija difunde su culto, pues la figura desnuda de una hetaira lo relaciona con la diosa fenicia Astarté.

Todo un mundo de figuraciones míticas o reales que encontró en las necrópolis un campo óptimo de desarrollo. Configuraban éstas un paisaje claramente diferenciado del entorno, un espacio sacralizado separado por distinta coloración del terreno (Los Villares), muretes (El Tolmo), o elementos vegetales. Pero son los monumentos funerarios en sus distintos tipos (túmulos escalonados, torres, pilares estela) los que mejor reflejan la sociedad ibérica, signo inequívoco del estatus social o económico del difunto.

El siglo V a. C. fue prolijo en este tipo de monumentos, y la provincia de Albacete ha suministrado un amplio elenco de representaciones escultóricas: seres míticos como La Esfinge de Haches (Bogarra) o la Bicha de Balazote, que guardarían tumbas de régulos. Otros animales tuvieron significados diversos, así la cierva -con un bello ejemplar hallado en Caudete- era oracular y sicopompo. El torso de caballo de La Losa (Casas de Juan Núñez) y el jinete de Hoya Gonzalo se relacionan con la heroización del difunto, el más alto grado alcanzado. Sin embargo, es el monumento de Pozo Moro (Chinchilla), con sus relieves tomados de la mitología oriental, el más importante monumento descubierto hasta ahora.

La religión ibera es compleja y mal conocida. En el Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo) se descubrió en el siglo XIX un santuario del que se conservaba la planta de un templo, hoy destruido, rodeado por un temenos o recinto sagrado en torno al cual se acumulaban exvotos de piedra. Numerosas esculturas fechadas entre el siglo IV a. C. y el cambio de era llamaron la atención de los estudiosos, dando diversas interpretaciones al lugar: función eminentemente geopolítica (E. Ruano); como lugar dedicado al culto de Pules, diosa de la fecundidad protectora del hombre y la cultura (P. Silliéres); o como lugar de peregrinación gracias a las propiedades curativas de sus aguas sulfatado-magnesiadas (M. Ruiz Bremon).

También se ha relacionado con alguna divinidad femenina el pozo ritual de El Amarejo (Bonete). Es éste un poblado situado en un cerro amesetado en el corredor de Almansa. Tuvo casas rectangulares con zócalo de piedras y alzado de adobes. Fue habitado desde el siglo IV a fines del III a. C., destruyéndose quizá como consecuencia de la Segunda Guerra Púnica. Comenzó entonces el proceso romanizador en ésta como en tantas otras provincias españolas. A partir de ese momento muchos poblados desaparecieron, otros cambiaron de ubicación, y desde el siglo I a. C. cobró importancia la cultura urbana. A partir del siglo II y comienzos del I a. C. las cerámicas campanienses, y algo más tarde las producidas en Arezzo, fueron indicios importantes de la presencia romana en estas tierras.

Romanos y visigodos

Roma construyó su Imperio sobre una sólida red viaria. El antiguo "Camino de Aníbal" atravesaba la provincia en dirección este-suroeste, entrando por Caudete para dirigirse hacia el Cerro de los Santos, de aquí por Corral Rubio y Pétrola a Saltigi (Chinchilla), cruzaba la llanura por Los Llanos y Parietinis (Los Paredazos), y se internaba en el Campo de Montiel por Libisosa (Lezuza), desde donde tomaba dirección SW hacia la provincia de Jaén.

Aunque el camino se mantuvo, perdió importancia a partir del año 8 a. C. en que se abrió la vía Augusta o vía costera entre Levante y Andalucía. No obstante, otras vías, también antiguas, adquieren importancia; así, un eje norte-sur entre Complutum y Carthago Nova pasando por Chinchilla y el Tolmo de Minateda, y otro que a partir de Lezuza se dirigía hacia el Oeste en dirección a Laminio y Emerita Augusta.

La única ciudad citada en las fuentes clásicas es la Colonia Libisosa Forum Augustana, fundación de Augusto quizá para los veteranos, perteneciente a la tribu Galería y con derecho itálico, según Plinio. Situada sobre un cerro que dominaba la vía, de la misma proceden importantes hallazgos como la cabeza de Agripina, esposa del emperador Claudio, e inscripciones, una de las cuales hace mención a la colonia.

Por otra inscripción sabemos que en Los Villares de Elche de la Sierra hubo una curia, por tanto un municipio, y otro epígrafe más recientemente descubierto da a conocer los nombres de dos de los magistrados del municipio enclavado en el Tolmo de Minateda. El valle que domina este último yacimiento estuvo tempranamente poblado por numerosas villas de carácter agrícola.

Los primeros siglos de hegemonía romana debieron de aportar estabilidad política y económica. La población se agrupó en torno a las vías de comunicación y fértiles valles de los ríos Júcar y Segura, donde los establecimientos de tipo agrícola abundaron. Así existe una correspondencia entre dichas zonas y los hallazgos proporcionados por la arqueología. La población indígena asimiló pronto la cultura romana, ya que numerosos lugares muestran esa continuidad, como El Tolmo de Minateda, yacimientos en la Cuenca del Júcar, otros situados en el Corredor de Almansa, y buena parte de los localizados en la comarca de Hellín-Tobarra. Las explotaciones agrícolas se beneficiaron de la situación estratégica en que se ubicaban, y los productos de importación son buen índice al respecto (valga como ejemplo el ajuar de bronce de El Salobral, Albacete). Pero también el paso de tropas, sobre todo durante los siglos primeros y últimos del poderío romano, ha dejado huellas en pequeños objetos de uso personal como las fíbulas o prendedores para la ropa.

Aparte de El Tolmo de Minateda, la continuidad de la población queda bien patente en Balazote, donde al elemento indígena se sumó la construcción de una magnífica villa dotada de un gran complejo termal. Posee diversas estancias relacionadas con los baños: el apodyterium o sala para desvestirse, un tepidarium y al menos un caldarium, y dos piscinas separadas por un pavimento de mosaico. La iconografía ornamental corrobora esa hipótesis, con estucos pintados con escenas de palestra, y mosaicos con temas relacionados con las aguas.

En el siglo IV han sido fechadas las muñecas romanas de Las Eras (Ontur), realizadas en ámbar y marfil, es decir, en materias primas de importación, indica de la existencia de una alta aristocracia terrateniente. La importancia de ésta ha sido puesta de relieve al analizar el sarcófago paleocristiano hallado en Vilches o Minateda, según los autores, procedente de un taller de Roma hacia el año 380. Iconográficamente muestra escenas del Antiguo y Nuevo Testamento que se han relacionado con la difusión de las ideas del obispo romano de la época. San Dámaso.

El Bajo Imperio se ha caracterizado como época de inestabilidad política, de decadencia de la ciudad y el consiguiente establecimiento en el campo, constituyendo algunas propiedades los fundus con Jurisdicción autónoma y economía autosuficiente, en cuyo marco hemos de encuadrar los ricos materiales de yacimientos como el de Ontur o el sarcófago citado. Es el momento también de la ocultación de tesoros monetarios, como el de Riópar. Algunas ciudades se fortifican, así El Tolmo de Minateda, y la inestabilidad era acuciada por las oleadas de bárbaros que saqueaban Hispania, y por los bagaudas, bandas de campesinos hambrientos que atentaban contra las grandes propiedades. En este contexto se sitúa el foedus o tratado entre el emperador Constancio y el visigodo Valla del año 415. Un siglo después los visigodos estaban asentados en la Península Ibérica.

No existió un proceso de ruptura, sino de asimilación de la cultura romana por las poblaciones godas, siendo más propio hablar de hispanovisigodos. Lugares de hábitat del Bajo Imperio muestran esa continuidad, como el Tolmo de Minateda, donde se asentó una población visigoda que ha dejado testimonios en sus casas, necrópolis y basureros. Necrópolis dispersas son índice de un poblamiento no tan marginal como inicialmente podía suponerse, siendo importante el número de las conocidas. La tipología de las tumbas es variada, desde simples fosas excavadas en el suelo (El Tolmo), cistas (Los Pontones), o sarcófagos de piedra de forma trapezoidal (Torre de Uchea, Vizcable), orientadas hacia mediodía y ocasionalmente con ajuares como ofrendas.

Convertida la población hispana al catolicismo en el año 589, uno de los aspectos más interesantes es el de la religiosidad. En la provincia de Albacete dos conjuntos rupestres dedicados al culto se encuentran en la comarca de Hellín, de tipo eromítico (La Camareta) y cenobítico (Alboragico), caracterizados por la presencia de cruces latinas y la orientación al Oriente. En La Camareta se encuentran grafitti, monogramas de Cristo, e inscripciones datadas entre los siglos III-IV al VII, interrumpidas por otras musulmanas. Para Alborajico, con tres estancias diferenciadas, se ha supuesto un uso hasta los siglos VIII-IX.

Los primeros siglos de hegemonía romana debieron de aportar estabilidad política y económica. La población se agrupó en torno a las vías de comunicación y fértiles valles de los ríos Júcar y Segura, donde los establecimientos de tipo agrícola abundaron. Así existe una correspondencia entre dichas zonas y los hallazgos proporcionados por la arqueología. La población indígena asimiló pronto la cultura romana, ya que numerosos lugares muestran esa continuidad, como El Tolmo de Minateda, yacimientos en la Cuenca del Júcar, otros situados en el Corredor de Almansa, y buena parte de los localizados en la comarca de Hellín-Tobarra.

Las explotaciones agrícolas se beneficiaron de la situación estratégica en que se ubicaban, y los productos de importación son buen índice al respecto (valga como ejemplo el ajuar de bronce de El Salobral, Albacete). Pero también el paso de tropas, sobre todo durante los siglos primeros y últimos del poderío romano, ha dejado huellas en pequeños objetos de uso personal como las fíbulas o prendedores para la ropa.

Aparte de El Tolmo de Minateda, la continuidad de la población queda bien patente en Balazote, donde al elemento indígena se sumó la construcción de una magnífica villa dotada de un gran complejo termal. Posee diversas estancias relacionadas con los baños: el apodyterium o sala para desvestirse, un tepidarium y al menos un caldarium, y dos piscinas separadas por un pavimento de mosaico.

La iconografía ornamental corrobora esa hipótesis, con estucos pintados con escenas de palestra, y mosaicos con temas relacionados con las aguas.
En el siglo IV han sido fechadas las muñecas romanas de Las Eras (Ontur), realizadas en ámbar y marfil, es decir, en materias primas de importación, indica de la existencia de una alta aristocracia terrateniente. La importancia de ésta ha sido puesta de relieve al analizar el sarcófago paleocristiano hallado en Vilches o Minateda, según los autores, procedente de un taller de Roma hacia el año 380. Iconográficamente muestra escenas del Antiguo y Nuevo Testamento que se han relacionado con la difusión de las ideas del obispo romano de la época. San Dámaso.

El Bajo Imperio se ha caracterizado como época de inestabilidad política, de decadencia de la ciudad y el consiguiente establecimiento en el campo, constituyendo algunas propiedades los fundus con Jurisdicción autónoma y economía autosuficiente, en cuyo marco hemos de encuadrar los ricos materiales de yacimientos como el de Ontur o el sarcófago citado. Es el momento también de la ocultación de tesoros monetarios, como el de Riópar. Algunas ciudades se fortifican, así El Tolmo de Minateda, y la inestabilidad era acuciada por las oleadas de bárbaros que saqueaban Hispania, y por los bagaudas, bandas de campesinos hambrientos que atentaban contra las grandes propiedades. En este contexto se sitúa el foedus o tratado entre el emperador Constancio y el visigodo Valla del año 415. Un siglo después los visigodos estaban asentados en la Península Ibérica.

No existió un proceso de ruptura, sino de asimilación de la cultura romana por las poblaciones godas, siendo más propio hablar de hispanovisigodos. Lugares de hábitat del Bajo Imperio muestran esa continuidad, como el Tolmo de Minateda, donde se asentó una población visigoda que ha dejado testimonios en sus casas, necrópolis y basureros. Necrópolis dispersas son índice de un poblamiento no tan marginal como inicialmente podía suponerse, siendo importante el número de las conocidas. La tipología de las tumbas es variada, desde simples fosas excavadas en el suelo (El Tolmo), cistas (Los Pontones), o sarcófagos de piedra de forma trapezoidal (Torre de Uchea, Vizcable), orientadas hacia mediodía y ocasionalmente con ajuares como ofrendas.

Convertida la población hispana al catolicismo en el año 589, uno de los aspectos más interesantes es el de la religiosidad. En la provincia de Albacete dos conjuntos rupestres dedicados al culto se encuentran en la comarca de Hellín, de tipo eromítico (La Camareta) y cenobítico (Alboragico), caracterizados por la presencia de cruces latinas y la orientación al Oriente. En La Camareta se encuentran grafitti, monogramas de Cristo, e inscripciones datadas entre los siglos III-IV al VII, interrumpidas por otras musulmanas. Para Alborajico, con tres estancias diferenciadas, se ha supuesto un uso hasta los siglos VIII-IX.

Mulsumanes

Todo parece indicar cierta tolerancia entre visigodos y musulmanes, cuya presencia en El Tolmo de Minateda se produjo en fechas muy tempranas. Los textos citan algunas fortalezas y castillos (husun), ciudades (madinas) y alquerías (iqlin), utilizando acepciones no siempre coincidentes. Pero la reconstrucción histórica de nuestro pasado musulmán carece de la abundancia de fuentes del Medievo cristiano. No así los topónimos, signo inequívoco de la islamización de la provincia.

La red viaria romana se mantuvo durante siglos. En el año 935 Ab-derradmán lll Au-Nasir la recorrió en su expedición contra Muhammad Ibn Hashin de Zaragoza, siguiendo primero el antiguo camino de Aníbal hasta Balazote y Chinchilla, tomando desde aquí la vía hacia Complutum, y acampando en Al-Gudur, las lagunas. Siglos después, en el 1172, la vía fue utilizada nuevamente por el califa almohade Abu ya'qub Yusuf. A. Pretel ha supuesto una primera oleada de bereberes seminómadas dedicados a pastoreo, sustituidos por muladíes y mozárabes en tiempos del emirato. Constantes revueltas convirtieron a la provincia en una zona fronteriza semidesértica.

En época del Califato hubo cierta estabilidad bajo la hegemonía represora de Ab-darrahman III; la provincia quedó repartida entre Toledo, Valencia y la Sahala (entre Cuenca y Albarracín), y entre los años 928-929 fueron ocupadas Chinchilla y Peñas de San Pedro.

No obstante, el período de inestabilidad volvió de nuevo con los reinos taifas, retornando las tierras albacetenses a ser zonas de frontera, con numerosas atalayas y guarniciones. En el 1091 los almorávides se apropiaron de los distritos del Segura y Júcar. En el siglo XII la toma de Cuenca en el año 1177 aconsejó el amurallamiento de Jorquera, Xurquera, por los almohades, perteneciendo a esa época dos de los más preciados monumentos musulmanes de la provincia de Albacete: las propias defensas de Jorquera y el despoblado de Sierra, en Tobarra. Pocos años después, en el 1213, las tropas cristianas iniciaron su poderío sobre las tierras albacetenses.

Algunos núcleos de población de cierta importancia fueron Hisn al-Karas (Alcaraz), cuyo castillo es citado por Al-Himyari, en la Cora de Jaén. La Cora de Tudmir tuvo como centro la ciudad de Iyyu(h), una madina que Ab-darrahman ordenó destruir en el 825-830. Su ubicación es discutida y la investigación actual cuenta como candidatos a Elda y al Tolmo de Minateda. Yinyiyal. Yinyila y Chantayala son algunas de las denominaciones de Chinchilla que cita al-Hamawi, en la ruta exportadora hacia el mar. Es alabada por sus tapices de lana por Al-ldrisi, y como distrito agrícola de la Cora de Tudmir por Al-Udhri. Su origen musulmán se desconoce, pero en todo caso parece que fue posterior al tratado de Teodomiro del año 713.

Otros lugares fueron Taybaliya, despoblado situado en la Casa de la Tercia, al sur de Nerpio, citado por Al-Udhri y que al parecer conservó la población musulmana hasta el año 1260; Socovos, fortaleza con muralla poligonal; Shant Bitar (San Pedro), igualmente citada por Al-Uldhri; Balat Suf (Balazote); o Al-Basit (Albacete), donde hubo una pequeña alquería documentada al menos desde el siglo IX por algunos hallazgos cerámicos y donde tuvo lugar la batalla contra Zafadola en el año 1146.

BAJA EDAD MEDIA -
CONQUISTA CRISTIANA

En el último cuarto del siglo XII los castellanos dominaban ya Cuenca, Uclés, Alarcón e Iniesta. La frontera había llegado al Júcar y aquí se estabilizará durante décadas.

Al sur del río, el territorio manchego, desertizado ya antes por cabalgadas y golpes de mano mutuamente cruzados entre moros y cristianos durante la etapa anterior -expedición de Alfonso Vl contra Aledo en 1089, correrías de las tropas de Cid y Alvar Fáñez, ataques del concejo de Toledo y de los fronteros de Cuenca, batalla de Albacete o del Campo de Lug, en la que murió el reyezuelo levantino Zafadola en 1146, ofensiva almohade de 1172-, se hará casi inhabitable con la multiplicación de grandes y pequeñas acciones militares.

La población musulmana no combatiente irá retirándose aceleradamente.En 1211, en una expedición relámpago, Alfonso VIII se apodera de la cueva fortificada de Garadén y de Alcalá y Jorquera, los principales castillos del Júcar albacetense, posiciones que aún perderán y ganarán los cristianos en los años siguientes. Sin embargo, en 1212 se produce el gran triunfo de Las Navas, que descuaja el dispositivo de defensa islámico y permite al castellano, antes de su muerte, explotar siquiera mínimamente la victoria.

En 1212 recupera lo perdido en el Júcar, y marcha en cruzada contra la importante plaza de Alcaraz, junto con el arzobispo toledano Jiménez de Rada, ocupándola tras un duro cerco, y creando allí, a fuero de Cuenca, un importante concejo de realengo, sometido a la jurisdicción religiosa de la mitra de Toledo, capaz de ampliar por sí mismo el dominio castellano en los alrededores, sostener la frontera de Murcia, Jaén y Granada, y controlar el paso hacia la Andalucía Oriental.

En la misma expedición caerá también Riópar, en la sierra, cuya población musulmana será expulsada para crear un concejo cristiano.

En los años siguientes, la potencia guerrera del concejo alcaraceño, verdadera cuña introducida en la frontera islámica, rivalizando con la contemporánea expansión de la Orden de Santiago, permitiría la ocupación de numerosas aldeas -Munera, Lezuza, La Ossa, Ruidera, Villanueva, Gorgojí, Ayna, La Alcadima, Cotillas. Bogarra, etc. -desde el río Záncara al Campo de Montiel y a las sierras de Orcera, en los límites del reino de Jaén. Pero Alcaraz sólo tuvo un éxito mediocre en su repoblación, debido a la escasez de hombres con que cubrir tan gran espacio. Ello explica que algunos de estos lugares fueran ocupados inmediatamente por los santiaguistas establecidos en Alhambra y Montiel. Hacia el este, Alcaraz se convertiría en guardián de la frontera de Murcia con el dominio de la inexpugnable fortaleza de Las Peñas de San Pedro.

Los moros de Murcia, en un golpe de mano protagonizado por el aventurero Ibn Hud hacia 1217, consiguieron todavía recuperar Las Peñas de San Pedro -el "Sanfir" musulmán- y tal vez también Jorquera, haciendo respetar durante algunos años, entre treguas y combates, su frontera septentrional, mientras las armas castellanas obtenían éxitos y fracasos alternativos en los límites de Valencia, por Mira y Requena, aseguraban su presencia en el Júcar -entrega de Alcalá del Júcar y Garadén a la Orden de Silva mayor en 1224- y desbordaban con facilidad las defensas islámicas, debilitadas por el renacimiento de las taifas, en el frente meridional, donde Fernando III se abre paso por Baeza y Jaén, llegando hasta Córdoba.

El reino hudí de Murcia, corroído por discordias internas, no podría soportar por mucho tiempo la presión combinada de los aragoneses en el norte, los castellanos en el este, y los granadinos en el sur. Desde 1239 se inician contactos, interrumpidos y reanudados al ritmo de las rebeliones internas, para una capitulación con Castilla, el más fuerte de los enemigos.

Entre tanto, los cristianos se adentran cada vez más impunemente por un territorio despoblado y casi vacío. Albacete es ocupado en 1241 y entregado como aldea al concejo de Alarcón. La comarca del Júcar es ocupada también desde Alarcón y Cuenca, y pasará a la administración religiosa de la diócesis conquense. En la parte manchega sólo resiste Chinchilla, gracias a su fortaleza. Al fin caerá en poder del comendador santiaguista Pelayo Pérez, que en 1242 la toma antes de internarse en la sierra del sur, donde ocupa Letur, Férez, Socovos, Yeste, Taibilla, y un buen número de castillos y aldeas menores.

Los murcianos se apresuran a pedir la paz, reconociendo el protectorado de Castilla, y firmar el tratado de Alcaraz en 1243, pero ya para entonces los castellanos se han apoderado de toda la Mancha albacetense -la "Mancha de Montearagón"-, incluidas Hellín, Isso, Almansa, Tobarra, y las torres de Pechín y Burriharón, lugares todos que quedarán sometidos a un régimen de ocupación, y no propiamente de protectorado.

Las diferentes fases y modalidades de la ocupación castellana determinan, ya desde el comienzo, las grandes regiones históricas que las tierras hoy albacetenses conocerán durante la Baja Edad Media: un gran espacio realengo centrado en torno al concejo de Alcaraz -aumentado pronto con la anexión del casi despoblado Riópar y de la aldea mudéjar de Tobarra, aunque mermado por los santiaguistas, que se apoderan de muchas de sus aldeas-, que ocupa toda la parte occidental. Las sierras del sur, donde la Orden de Santiago creará las encomiendas de Yeste, Taibilla y Socovos; y la zona llana del norte y el este, dividida a su vez en dos unidades, la ribera del Júcar, con Alcalá, Jorquera y Ves, dependiente en lo religioso del obispado de Cuenca, y la Mancha arrebatada al reino de Murcia y adscrita desde su creación al obispado de Cartagena.

Un espacio este último muy despoblado, en el que se establecerán varios concejos -Chinchilla, Almansa, Hellín- momentáneamente confiados en "tenenci" a ciertos caballeros -Pedro y Nuño Guillén de Guzmán, Gonzalo Eanes do Vinhal, Sancho Sánchez de Mazuelo, etc.- que participaron en la conquista murciana. Algunas de estas tenencias desaparecerán pronto, mientras que otras dejarán paso a la formación de pequeños señoríos, generalmente dispersos, como el de Sancho Sánchez de Mazuelo en Caudete, Pechín, Ontur, Albatana y Las Peñas

En los años siguientes, la potencia guerrera del concejo alcaraceño, verdadera cuña introducida en la frontera islámica, rivalizando con la contemporánea expansión de la Orden de Santiago, permitiría la ocupación de numerosas aldeas -Munera, Lezuza, La Ossa, Ruidera, Villanueva, Gorgojí, Ayna, La Alcadima, Cotillas. Bogarra, etc. -desde el río Záncara al Campo de Montiel y a las sierras de Orcera, en los límites del reino de Jaén. Pero Alcaraz sólo tuvo un éxito mediocre en su repoblación, debido a la escasez de hombres con que cubrir tan gran espacio. Ello explica que algunos de estos lugares fueran ocupados inmediatamente por los santiaguistas establecidos en Alhambra y Montiel. Hacia el este, Alcaraz se convertiría en guardián de la frontera de Murcia con el dominio de la inexpugnable fortaleza de Las Peñas de San Pedro.

Los moros de Murcia, en un golpe de mano protagonizado por el aventurero Ibn Hud hacia 1217, consiguieron todavía recuperar Las Peñas de San Pedro -el "Sanfir" musulmán- y tal vez también Jorquera, haciendo respetar durante algunos años, entre treguas y combates, su frontera septentrional, mientras las armas castellanas obtenían éxitos y fracasos alternativos en los límites de Valencia, por Mira y Requena, aseguraban su presencia en el Júcar -entrega de Alcalá del Júcar y Garadén a la Orden de Silva mayor en 1224- y desbordaban con facilidad las defensas islámicas, debilitadas por el renacimiento de las taifas, en el frente meridional, donde Fernando III se abre paso por Baeza y Jaén, llegando hasta Córdoba.

El reino hudí de Murcia, corroído por discordias internas, no podría soportar por mucho tiempo la presión combinada de los aragoneses en el norte, los castellanos en el este, y los granadinos en el sur. Desde 1239 se inician contactos, interrumpidos y reanudados al ritmo de las rebeliones internas, para una capitulación con Castilla, el más fuerte de los enemigos.

Entre tanto, los cristianos se adentran cada vez más impunemente por un territorio despoblado y casi vacío. Albacete es ocupado en 1241 y entregado como aldea al concejo de Alarcón. La comarca del Júcar es ocupada también desde Alarcón y Cuenca, y pasará a la administración religiosa de la diócesis conquense. En la parte manchega sólo resiste Chinchilla, gracias a su fortaleza. Al fin caerá en poder del comendador santiaguista Pelayo Pérez, que en 1242 la toma antes de internarse en la sierra del sur, donde ocupa Letur, Férez, Socovos, Yeste, Taibilla, y un buen número de castillos y aldeas menores.

Los murcianos se apresuran a pedir la paz, reconociendo el protectorado de Castilla, y firmar el tratado de Alcaraz en 1243, pero ya para entonces los castellanos se han apoderado de toda la Mancha albacetense -la "Mancha de Montearagón"-, incluidas Hellín, Isso, Almansa, Tobarra, y las torres de Pechín y Burriharón, lugares todos que quedarán sometidos a un régimen de ocupación, y no propiamente de protectorado.

Las diferentes fases y modalidades de la ocupación castellana determinan, ya desde el comienzo, las grandes regiones históricas que las tierras hoy albacetenses conocerán durante la Baja Edad Media: un gran espacio realengo centrado en torno al concejo de Alcaraz -aumentado pronto con la anexión del casi despoblado Riópar y de la aldea mudéjar de Tobarra, aunque mermado por los santiaguistas, que se apoderan de muchas de sus aldeas-, que ocupa toda la parte occidental. Las sierras del sur, donde la Orden de Santiago creará las encomiendas de Yeste, Taibilla y Socovos; y la zona llana del norte y el este, dividida a su vez en dos unidades, la ribera del Júcar, con Alcalá, Jorquera y Ves, dependiente en lo religioso del obispado de Cuenca, y la Mancha arrebatada al reino de Murcia y adscrita desde su creación al obispado de Cartagena.

Un espacio este último muy despoblado, en el que se establecerán varios concejos -Chinchilla, Almansa, Hellín- momentáneamente confiados en "tenenci" a ciertos caballeros -Pedro y Nuño Guillén de Guzmán, Gonzalo Eanes do Vinhal, Sancho Sánchez de Mazuelo, etc.- que participaron en la conquista murciana. Algunas de estas tenencias desaparecerán pronto, mientras que otras dejarán paso a la formación de pequeños señoríos, generalmente dispersos, como el de Sancho Sánchez de Mazuelo en Caudete, Pechín, Ontur, Albatana y Las Peñas

LA REPOBLACIÓN ALFONSÍ

Durante los últimos años del reinado de Fernando III y comienzos del de Alfonso X, y en particular desde que el tratado de Almizra de 1244 pone en claro la delimitación entre las conquistas respectivas de Castilla y Aragón, el territorio albacetense conocería una amplia reorganización con tendencia al incremento del dominio señorial, que registra numerosos cambios de posesiones entre los nuevos poderes asentados en él.

La Orden de Santiago reforzará su presencia en la Sierra de Yeste y Socovos y en el Campo de Montiel -hasta La Ossa y la comarca de las Lagunas de Ruidera-, adueñándose de lugares que los alcaraceños no habían podido poblar de cristianos, o comprando otros a sus primeros ocupantes

En la zona manchega aparecerán señoríos más o menos efímeros, como el de Sancho Sánchez de Mazuelo, o los de don Gonzalo Ruiz en la parte del Júcar, y el de don Gregorio, que adquirirá Caudete y Pechín. Muy cerca comenzará a crecer el señorío levantino del infante don Manuel, hermano de Alfonso X, que amenazaba con extenderse a tierras albacetenses. Todos ellos intentarán por primera vez repoblar sus dominios, pero por lo común fracasarán. La debilidad demográfica -sólo en la parte más cercana al reino de Murcia (Hellín, Tobarra, Caudete) perviven moros, y no hay apenas cristianos para ocupar el resto- es tan acusada que ni siquiera se requiere todavía la donación de fueros a las pequeñas comunidades cristianas establecidas en los concejos de Chinchilla, Almansa, etc.

La revuelta mudéjar de 1264, que apenas tuvo incidencia en tierras albacetenses, poco pobladas de moros, vino a dar un giro a la situación, y convenció a Alfonso X de la necesidad de efectuar una rápida repoblación cristiana del territorio, dirigida por la Corona, y no ya por aquellos señores que habían demostrado su ineficacia. Se reforzará entonces el concejo de Alcaraz -donde, por cierto, tuvo lugar en 1265 el encuentro entre Alfonso X y Jaime I de Aragón, para establecer el plan de campaña contra los rebeldes- y se intentará crear otros nuevos concejos de realengo, generalmente poblados a fuero de Alarcón (Cuenca) en Almansa, Chinchilla, Jorquera, Ves, y otros lugares, dotándolos de fueros y de numerosas franquezas fiscales y mercantiles, y dividiendo entre ellos el territorio, que debía ser repartido entre los pobladores y puesto en explotación.

Expansión del realengo tardía e insuficiente, que conseguirá desplazar y englobar temporalmente a muchos de los pequeños señoríos de tiempos de la conquista, pero no acaba con la influencia de los grandes -don Gregorio- y muy en particular de don Manuel, que pronto anexionará Almansa a sus posesiones levantinas. Únicamente Alcaraz -que ha poblado ya muchas aldeas de su menguado aunque todavía extenso término, posee una importante mesta ganadera y ha recibido del rey en 1268 el derecho a celebrar dos ferias anuales- parece suficientemente consolidada como centro ganadero y mercantil. En sus encomiendas del sur, los santiaguistas se limitan a defender la frontera frente a los granadinos y a cobrar impuestos a los mudéjares que allí habitan, sin intentar apenas poblar de cristianos -a excepción del núcleo capital de Yeste, donde se afianza mínimamente un concejo dotado del fuero de Cuenca- una comarca tan difícil y peligrosa.

LA CRISIS DE FINES DEL SIGLO XIII

Desde 1279, el infante don Sancho, que va desplazando a su padre y aprovecha el descontento general creado por su política económica y sus sueños imperiales, gobierna ya Chinchilla, y seguramente también otros pueblos. Se ha iniciado una crisis económica y política que comprometerá seriamente los modestos logros de la repoblación alfonsí.

En 1282, apoyado por su tío don Manuel y otros nobles, don Sancho se alza contra el monarca, lo declara incapaz, y le arrebata el gobierno del reino. Es la guerra civil.

En premio al respaldo que presta a su sobrino, don Manuel recibirá de él Chinchilla, Jorquera y Ves, que, como antes Almansa y Yecla, se incorporarán a su gran señorío levantino.

A partir de ese momento, toda la comarca manchega, y la mayor parte de la ribera del Júcar, con algunos otros pueblos inmediatos que luego se añadirán, quedará unida formando el núcleo interior de un gran dominio señorial -la "tierra de don Manue", luego conocida como estado de Villena-, que habrá de perdurar y tener un gran papel en la historia regional y en la de Castilla durante el resto de la Baja Edad Media.

Don Manuel, apoyado en sus caballeros de confianza, puso en marcha una interesante obra de repoblación en sus nuevas adquisiciones, confirmando fueros -que de todas formas no tendrían vigor efectivo- y privilegios, repartiendo tierras entre los nuevos colonos, y promulgando una generosa amnistía. Medidas que parece surtieron efectos positivos, al menos en Chinchilla, donde constatamos una corriente inmigratoria y una mal conocida aljama judía crecida al calor de los negocios.

Efectos, sin embargo, modestos y poco duraderos, pues la guerra civil, los ataques de los moros, y la propia muerte de don Manuel en 1283, relativizarían sus resultados, por más que la viuda doña Beatriz y el rey Sancho IV, como tutores del heredero don Juan Manuel, intentaran evitarlo confirmando las mercedes del difunto. Todavía habría de aumentarse la crisis a fines del XIII con las acciones de algunos partidarios de los Infantes de La Cerda -derrota de las tropas reales en La Cabrera, junto a Chinchilla, en 1290 por Juan Núñez de Lara- y los aragoneses (invasión del reino de Murcia en 1296).

La crisis afectaría también a las comarcas periféricas. La zona del Júcar aparece casi despoblada, y muchos de sus lugares ya no volverán a resurgir. Alcaraz, no menos perjudicada por aquellas calamidades, por el declive de su feria y por la general falta de respeto a sus privilegios comerciales, cuando no por los efectos de la lucha contra los moros -expedición musulmana de 1282, pequeñas correrías de los años siguientes, victoria alcaraceña de Zacatín, en 1296- y la pérdida de numerosas aldeas a manos de los santiaguistas, decae en importancia, aunque sigue siendo el núcleo más poblado en este territorio. Las encomiendas de Yeste, Taibilla y Socovos, que sufren aún en mayor medida los inconvenientes de la frontera, y no resultan atractivas para los cristianos, ven menguar de día en día su población mudéjar. Al terminar la centuria, el territorio albacetense, se halla no mucho menos necesitado de repoblación y cuidados que en los días de la conquista.

DON JUAN MANUEL

La primera mitad del siglo XIV, que registra pocas y siempre negativas novedades en las regiones históricas de la sierra santiaguista y de Alcaraz, viene marcada, en cambio, en la parte manchega, por la gran obra de don Juan Manuel, que desde muy joven emprenderá la tarea de mejorar y ampliar la labor paterna, compensando la pérdida de Elche y del resto de sus posesiones levantinas (invasión aragonesa de 1296) con la incorporación del inmenso mayorazgo de Alarcón y con el control temporal de Alcaraz y su gran término por delegación real.
La Mancha y el Júcar albacetense pasaban ahora a ser el corazón y centro esencial del nuevo y extensísimo estado manuelino, el señorío de Villena, que comprendía también numerosas tierras en las actuales provincias de Cuenca -Alarcón, con Belmonte, Garcimuñoz y otras poblaciones nacidas en su antiguo suelo-, Guadalajara, y hasta de Toledo, Murcia y Alicante (aquí conservaba Villena y Sax, bajo soberanía aragonesa). Situado el señorío en el límite entre las monarquías rivales de Castilla y Aragón, y emparentado con ambas su titular, vasallo -sólo nominalmente- de los dos reyes, poseía unas inmejorables condiciones comerciales y geo-estratégicas.

Una circunstancia que don Juan, explotando en beneficio propio el hecho de tener posesiones a los dos lados de la frontera, aprovecharía para convertirse en uno de los mayores poderes contemporáneos, prácticamente independiente. Ambicioso como todos los nobles de su tiempo, pero mucho más calculador e inteligente, don Juan Manuel, lejos de exprimir a sus vasallos como otros hacían para remontar la crisis, supo renunciar a muchos de sus derechos feudales para conseguir la repoblación efectiva de su tierra.

Así engrandeció don Juan Manuel su señorío, creó en él nuevas pueblas -La Roda, La Gineta, probablemente Albacete- y puso en pie lugares deficientemente poblados -Chinchilla- o a punto de perderse -Almansa, Jorquera-, reorganizando el régimen municipal y repartiendo tierras entre los nuevos pobladores y levantando castillos y murallas que garantizaran su seguridad. Incrementó y homogeneizó la cohesión interna de sus dominios, impulsó convenios de cooperación entre sus concejos, la construcción de obras de drenaje y regadío, la selección ganadera -introducción de la oveja merina-, la manufactura textil y el comercio, canalizado particularmente hacia el vecino reino de Valencia a base de mercedes y privilegios otorgados por él mismo o solicitados a los reyes de Aragón y Castilla.

El resultado fue una notable recuperación demográfica y económica y el nacimiento de una fuerte conciencia regional en el estado de Villena, identificado con la casa de los Manuel. Identidad cristalizada en la aparición de instituciones propias, como las "juntas" de procuradores que asesoraban al señor y, como las Cortes de un estado autónomo, respaldaban sus decisiones más trascendentes.

Una conciencia regional que se extendió también a los pequeños señoríos -Minaya, Carcelén, Montealegre- nacidos en el seno del estado de Villena y vinculados a vasallos o parientes de don Juan Manuel, que, sometidos luego a diversas familias señoriales (Alhornoz, Mendoza, Ruiz de Tragacete), habrían de perdurar a lo largo de la Baja Edad Media. Incluso el enclave valenciano de Caudete, feudo de los Lisón, fue atraído momentáneamente a la órbita manuelina y estableció convenios de hermandad y cooperación con Almansa.

LA GUERRA CIVIL

La muerte de don Juan Manuel en 1348, seguida poco después por la de su hijo, don Fernando, y su nieta, doña Blanca, en medio de la crisis general introducida por la Peste Negra y por la guerra entre los hijos de Alfonso XI, estuvo a punto de barrer por completo los éxitos alcanzados. El futuro de Alcaraz, pero sobre todo el del señorío de Villena, fue incierto durante todo ese tiempo. Ambos contendientes lo utilizaron como moneda de cambio en los tratos con ingleses, aragoneses, y con los demás poderes que intervinieron en la contienda.

Entre tanto, Pedro I cedió el señorío a su hijo don Sancho, mientras Enrique II lo reivindicaba para su esposa, Juana Manuel, como última descendiente viva de don Juan, que luego cedería sus derechos a don Alfonso de Aragón, miembro de la nobleza trastamarista que le apoyaba en la lucha. Muchos lugares se despoblaron o, como Albacete y La Gineta, volvieron a la condición de aldeas. Sólo las villas más consolidadas pudieron resistir, con grandes dificultades, los malos tiempos de guerras y epidemias, que empobrecieron el poblamiento e hicieron desaparecer linajes enteros de la pequeña nobleza militar.

Pero el cimiento era sólido. Pasado lo peor de la crisis, a partir de 1372, el nuevo señor, don Alfonso de Aragón, nombrado Marqués de Villena, pudo reconstruir con cierta facilidad la obra de don Juan, haciendo de su marquesado un espacio relativamente próspero gracias al renacimiento del comercio fronterizo, el resurgir de ferias (en particular la de Albacete, lugar que el señor separaría de Chinchilla y elevaría definitivamente a la condición de villa) y la ganadería. Don Alfonso mantuvo las juntas; reforzó, en provecho propio, las inmunidades mercantiles de su señorío; y sistematizó y ordenó las aduanas y los derechos señoriales. Incluso llegó a impulsar en 1386 la creación de una Hermandad, un cuerpo armado para la represión del bandolerismo y la protección de sus pueblos, a la que pronto se adhirieron Alcaraz y varios concejos del reino de Murcia.

Las ambiciones y el autoritarismo del primer marqués, don Alfonso, le enajenarían las siempre escasas simpatías que pudiera tener entre la oligarquía de sus principales villas. Su alejamiento de la Corte castellana, sus peligrosas connivencias con la Monarquía aragonesa, y el incumplimiento de sus deberes de vasallo -"non consentía que carta del rey fuera en su tierra cumplid"- terminarían por convencer a Enrique III de la necesidad de arrebatarle un territorio tan fronterizo y de tan alto interés estratégico, y expulsarle del reino. En 1395, con apoyo de algunos caballeros de la comarca y de ciertos concejos, sin duda previamente contactados, se produjo el embargo del señorío y su incorporación al control directo de la Corona, sin pérdida, al menos en teoría, de los antiguos fueros y privilegios.


El rey no fue menos autoritario que el despojado marqués. Sus delegados impusieron de grado o por fuerza -ejecución de ciertos chinchillanos en 1397- los superiores intereses de la Monarquía y la presencia de sus corregidores. Sin embargo, mantuvo muchas de las peculiaridades tradicionales del señorío de Villena -Hermandad, Juntas, privilegios fiscales y aduaneros- y permitió el desarrollo cómodo de la pequeña "burguesía" de negocios que se había formado en años anteriores. Los judíos, que habían tenido cierta importancia, sobre todo en Chinchilla, prácticamente desaparecieron con las presiones antisemíticas de finales de siglo, pero fueron sustituidos en sus tradicionales actividades por grupos de cristianos conversos, quizá, en parte , de los que nacerá una nueva oligarquía villana, triunfante en la siguiente centuria.

Así creció una prosperidad que a comienzos del siglo XV sería sometida a prueba por los abusos de los recaudadores y los aduaneros, el aumento del bandolerismo con la pérdida momentánea de la Hermandad tras la muerte del rey, y más tarde con la entrega del señorío -ahora ducado- de Villena a la infanta doña María. Dificultades, todas, que pudieron ser superadas al fin gracias a la atención personal de la reina Catalina de Lancaster, tutora de la duquesa y regente de Castilla, que restauró la Hermandad e intervino en defensa de los privilegios locales.

También influiría, sin duda, la general recuperación demográfica castellana y la pronta liberalización del comercio con Aragón, que permitió prosperar a las oligarquías locales mercantiles y ganaderas. Junto a estas actividades, que fueron siempre la base de la economía regional, comenzó a incrementarse la agricultura con las abundantes "donaciones" de tierras a particulares, que se registran desde fines del siglo XIV hasta casi mediados del XV.

LA CRISIS DE ALCARAZ Y LA SIERRA SANTIAGUISTA

Peor suerte tuvo el concejo de Alcaraz, que ya desde comienzos de siglo atravesaba una penosa crisis, manifiesta en la despoblación de aldeas -Las Peñas, Cotillas, Riópar, quizá- y agravada luego como consecuencia de la derrota en la guerra civil, las pestes y el aislamiento.

El poblamiento se estancó, la modesta comunidad mudéjar y la antes importante aljama judía quedaron casi extinguidas.

La villa perdió su antiguo derecho a voto en Cortes y su propia calidad realenga, al ser entregada en señorío sucesivamente a las reinas Juana Manuel, Leonor de Aragón y Beatriz de Portugal, que se adueñaron de algunas de sus rentas y llegaron a interferir a veces en los cargos y funciones municipales.

Hubo de padecer, además, las presiones de la poderosa Orden de Santiago, y de don Juan Sánchez Manuel, adelantado de Murcia, conde de Carrión y primo de la reina, que durante años mantuvieron apartadas de su jurisdicción aldeas tan importantes como Villanueva y Las Peñas

Y otro tanto cabe decir de los territorios santiaguistas, donde el aumento de poder de la Orden no se tradujo en mejoras para sus vasallos. Aunque se afianza penosamente el poblamiento cristiano de Yeste, con confirmaciones de fueros y excepcionales medidas repobladoras, que incluyen especiales indulgencias pontificias para quienes soporten vivir allí por tres años, el peligro de las constantes incursiones granadinas y la fuga de los mudéjares que formaban la mayor parte de la población terminarían por despoblar casi todas las aldeas, incluso Taibilla, cuyo territorio sería anexionado a la encomienda de Yeste. En la encomienda de Socovos, sólo Liétor, donde se habían repartido tierras entre nuevos pobladores, pudo tener una mediocre ocupación cristiana.


EL SIGLO XV. LOS INFANTES DE ARAGÓN

Desde comienzos del reinado de Juan II, y pese a la recuperación demográfica castellana, la pugna entre monarquía y nobleza, y entre diferentes facciones aristocráticas, afectó gravemente a los tres grandes espacios históricos -Alcaraz, señorío de Villena y encomiendas santiaguistas- que hemos visto formarse en tierras albacetenses. El infante don Enrique de Aragón, maestre de Santiago, se apoderará del marquesado, haciéndolo conceder a su esposa, la infanta doña Catalina, con el título de duquesa de Villena; pero lo perderá en sólo un año de lucha, pues sus fuerzas se estrellarán ante la resistencia de Chinchilla, que en 1422, tras soportar un duro cerco, recibirá en recompensa el título de ciudad.

Luego, en 1428, dominará Alcaraz, pero también esta plaza se resistió y obtuvo en 1429 su independencia y el mismo título en premio a su lealtad a la Corona. Más tarde, su hermano don Juan, rey de Navarra, en medio de guerras que enfrentaron a los pueblos del señorío de Villena, dominará buena parte de él durante algún tiempo, en colaboración con el comendador santiaguista y conde de Paredes Rodrigo Manrique, que entre tanto ha conseguido privar a Alcaraz de Villapalacios, Bienservida, Villaverde, Villarrobledo y otros pueblos, núcleo inicial de un pequeño señorío serrano. Las luchas de Juan de Navarra y de su gobernador, Diego Fajardo, contra los partidarios de don Alvaro de Luna terminaron por descomponer el antiguo señorío de Villena, repartido entre varios caballeros -Alonso Pérez de Vivero en el Júcar, Periáñez en Villena, el conde de Castro en Almansa y Yecla- partidarios de uno u otro bando.

ASCENSO Y APOGEO DE JUAN PACHECO

El príncipe de Asturias, don Enrique, futuro Enrique IV, señor de Alcaraz y de buena parte del antiguo marquesado (dote de su boda con la hija de Juan de Navarra), comenzará a renacer la unidad territorial.

Pero, sobre todo, después de la batalla de Olmedo, que acabó con las aventuras de los Infantes de Aragón y sus partidarios, su favorito, Juan Pacheco, un hidalgo de oscuro origen, que medra a su sombra y recibe el título de Marqués de Villena, irá haciéndose ceder pueblo tras pueblo y terminará por reconstruir, incluso por ampliar con algunos lugares arrebatados a Alcaraz -Munera, Lezuza, El Bonillo-, comprados -Villarrobledo- u obtenidos por donación -Jumilla- el antiguo estado de los Manuel, incluyendo Chinchilla, Albacete, Almansa, Hellín, Tobarra, Jorquera, Alcalá, Ves, y todas las villas que tradicionalmente le pertenecieron.

El proceso estará salpicado de luchas nobiliarias, que inciden en los pueblos, alborotos y banderías en el mismo marquesado y en Alcaraz, siempre temerosa de caer en manos de algunos de sus poderosos vecinos. También se extenderá la lucha a las encomiendas santiaguistas de Yeste y Socovos, donde, entre ataque y ataque de los moros, los comendadores se enfrentan entre sí, apoyando alternativamente a don Álvaro de Luna, don Beltrán de La Cueva, Rodrigo Manrique y el propio Pacheco, que sucesivamente compiten por el maestrazgo.

El gran beneficiario de la lucha entre don Álvaro y los infantes, y en general de las discordias civiles de los reinados de Juan II y Enrique IV, fue Juan Pacheco, que utilizó su privanza con este último, antes y después de su acceso al trono, para convertirse en uno de los más poderosos caballeros del reino, añadiendo a sus posesiones los despojos de todos los caídos en desgracia.

En 1468, tras su doble traición al rey y al príncipe don Alfonso, enfrentados en guerra civil, Pacheco volvería a ser el brazo derecho de Enrique IV y obtendría por ello numerosas mercedes. Entre ellas, el maestrazgo de Santiago (que sólo momentáneamente aceptarán los Manrique en las encomiendas de Segura y en algunas del sur albacetense) y el dominio encubierto de Alcaraz y su tierra. Así pudo ceder a su hijo, Diego López Pacheco, el marquesado de Villena, que en realidad siguió gobernando mientras vivió también estuvieron bajo su influencia algunos pequeños señoríos (Minaya) nacidos -o renacidos- en el interior de su tierra, o comprados por caballeros de su servicio (Montealegre, Carcelén, Ontur y Albatana), que fundaron en ellos mayorazgos de larga pervivencia.

LA GUERRA DEL MARQUESADO Y LOS REYES CATÓLICOS

Prácticamente toda la actual provincia de Albacete obedecía de un modo u otro a Juan Pacheco en el momento de su muerte, aunque los Manrique, desde las encomiendas de Segura y Yeste, y desde su naciente señorío de las Cinco Villas, mantenían una oposición creciente que ya en 1474 había dado lugar a un enfrentamiento armado con la ocupación villenista de Riópar y su recuperación mediante cerco por parte de don Pedro Manrique.

Enemistad reforzada más tarde por el apoyo que los Manrique prestaban a Isabel y Fernando, que acceden al trono tras el fallecimiento de Enrique IV.

En 1475, con el alzamiento de Alcaraz, comenzará la "Guerra del Marquesado", origen de un conflicto civil incluso internacional, que enfrentó en tierras albacetenses a los partidarios del Marqués y de la Beltraneja con los pueblos leales a los reyes y con diversos capitanes suyos de Castilla (los Manrique, Pedro Fajardo) y Valencia (Fabra, Cocentaina).

No tardó en extenderse la rebelión al interior del señorío de Villena, donde, a lo largo de 1476, unos pueblos -Hellín, Albacete- fueron ocupados con facilidad, mientras que otros -Almansa, Chinchilla- se alzaron contra su señor y se entregaron a las fuerzas reales, cercando en sus propias fortalezas a los alcaides de los Pacheco. Tras duros combates, la paz firmada en 1480 vino a dejar la mayor parte de ellos -excepto Jumilla, Alarcón, Belmonte, Jorquera, Alcalá y Ves- en manos de los reyes, que prometieron conservar estos pueblos -"lo reducido del Marquesado"- perpetuamente para la Corona.

Terminada la guerra, los reyes no cumplieron sus promesas de respeto a las libertades y derechos de los concejos que les habían apoyado. Es cierto que sometieron a la indisciplinada nobleza, pero también la compensaron en rentas -los Manrique fueron generosamente pagados, e incluso el vencido Diego López no sufrió demasiado quebranto económico- y en cambio impusieron a los ciudadanos los superiores intereses del Estado Moderno. Con la expropiación de la mayor parte del marquesado, la devolución de Alcaraz a realengo, y la incorporación a la Corona, más tarde, del maestrazgo de Santiago con todas sus encomiendas. La casi totalidad de los pueblos albacetenses quedaron sometidos al control directo de la Corona y hubieron de soportar todo su peso.

La resistencia municipal -bien visible en las negativas de Alcaraz y Chinchilla a recibir corregidores, y en los desórdenes que se registran en distintos pueblos con ocasión de abusos de poder, de incrementos fiscales o de cambios en el tradicional sistema recaudatorio- fue drásticamente laminada por la tenaz labor de los gobernadores y corregidores.

Así, aunque no quedaron por completo abolidas las peculiaridades locales se mantuvieron las viejas juntas de procuradores en lo reducido del marquesado, vehículo frecuente de protestas municipales-, sí fueron recortadas drásticamente las libertades mantenidas en tiempos anteriores Las ciudades históricas, Alcaraz y, sobre todo, Chinchilla, entraron en una irremediable decadencia, mientras algunas antiguas aldeas -AIbacete, Villarrobledo- prosperaban con rapidez.

La oligarquía terrateniente y ganadera instalada al frente de los grandes municipios se dejó ganar por las dádivas reales y traicionó los intereses concejiles, intentando que las cargas recayeran sobre la "gente común" y sobre los labradores de las aldeas sometidas a la jurisdicción concejil. El pueblo urbano, tradicionalmente inquieto, y más gravado ahora que nunca por la fiscalidad regia y los abusos del patriciado, protagonizó todavía algaradas en algunos lugares y buscó en vano, con la organización de "comunidades" y la elección de "procuradores síndicos", una forma de resistencia popular frente a las autoridades reales y frente a sus convecinos ricos, que iban acaparando todos los recursos antiguamente comunales.

Experiencia interesante, pero generalmente frustrada, pues las oligarquías locales acabarían por asimilar a la oposición popular y domesticar al movimiento ciudadano. Las aldeas, por su parte, redoblarían entonces, sin demasiado éxito todavía, sus ya antiguas tendencias secesionistas -caso de Villanueva, Munera, Lezuza y Las Peñas respecto a Alcaraz, Alpera respecto a Chinchilla, y La Gineta respecto a Albacete-, buscando la independencia que les permitiera evitar las imposiciones y gozar de sus propios recursos. En menor medida, a causa de su peculiar estructura social y su mudejarismo residual, se aprecian estas realidades en la sierra santiaguista, donde sólo Yeste y Liétor ven florecer concejos comparables a los de la tierra de Alcaraz y el marquesado.

Muchos lugares habían sido destruidos por las guerras o vaciados de mudéjares, huidos o llevados por la fuerza al reino de Granada. Todavía en tiempo de los Reyes Católicos será necesaria la repoblación y el reparto de tierras en Férez o Socovos. Sólo después de la conquista de Huéscar y Baza, y sobre todo, desde la caída de Granada, emprenderán estas tierras el camino de la normalización.

Si hemos de caracterizar lo medieval por la existencia de un inestable y a menudo belicoso equilibrio de poderes entre las municipalidades celosas de sus privilegios, la Monarquía que intenta imponer su autoridad, y una aristocracia militar agresiva y ambiciosa, no cabe duda de que a lo largo del reinado de Isabel y Fernando se extingue paulatinamente la Edad Media. La última algarada de la nobleza local en 1507 -a la muerte de Felipe el Hermoso, Pedro Manrique intentará apoderarse de Alcaraz, mientras Diego López Pacheco reivindica posesiones expropiadas treinta años atrás- no es sino el canto de cisne de los últimos señores de la guerra. Cisneros y Fernando, con amenazas y promesas que nunca serían cumplidas, neutralizarían fácilmente el peligro.

Y otro tanto puede decirse del espíritu comunal y ciudadano que caracterizó a los municipios medievales, que no estaban ya en situación de beneficiarse de la sumisión de la aristocracia guerrera. La rebelión comunera de 1520, que en tierras albacetenses tiene un fuerte contenido social y rural, y cuenta sólo con las simpatías de los concejos medianos y pequeños, y sobre todo de las aldeas que buscan su independencia respecto a las ciudades, tropieza con la oposición de las conformistas oligarquías de Chinchilla y Alcaraz, que al fin harán fracasar el movimiento al apoyar a las autoridades imperiales. Sobre los restos de la Edad Media se alza ya el imponente edificio del Estado autoritario -casi absoluto- que terminará de consolidarse con los Habsburgo.

EDAD MODERNA  - ESTRUCTURA DEMOGRÁFICA

El período que vamos a historiar, por lo que respecta a la actual provincia de Albacete, abarca en términos globales los siglos XVI al XVIII inclusive, que tradicionalmente hemos dado en llamar Edad Moderna. Sabemos que la composición y movimiento poblacionales constituyen la estructura demográfica, que, al margen de exageraciones deterministas, es punto de referencia obligado en la interpretación de los acontecimientos históricos, tanto desde su aspecto socioeconómico. como político, cultural e incluso ideológico.

Los estudiosos de la demografía histórica consideran el siglo XVI como de plenitud demográfica en toda España, con una expansión de la población, cuyo ritmo de crecimiento se verá contraído en la centuria siguiente, para experimentar una nueva expansión a finales del XVII y comienzos del XVIII.

La actual provincia de Albacete se encontraba en este período dentro de lo que territorialmente era la Corona de Castilla, que a finales del siglo XVI tenía en el conjunto de reinos peninsulares la máxima población, con unos 6.500.000 habitantes. Algún autor, como Domínguez Ortiz, da como cifra de habitantes para Albacete-provincia 58.000, lo que supone un 0,7 por 100 del total, con una densidad de 4 habitantes por kilómetro cuadrado.Rodríguez Llopis, que ha estudiado la población de la provincia partiendo del censo fiscal de 1530, da para la tierra de Alcaraz 4.044 vecinos (16.176 habitantes, si aplicamos el coeficiente 4), para las cinco villas del Conde de Paredes, 941 vecinos (3.764 hab.), para el resto de las villas comprendidas en señoríos (alguno ya de jurisdicción realenga, como el Marquesado de Villena): en las de la Orden de Santiago, 1.516 vecinos (6.064 habitantes), en las de Marquesado de Villena. 3.050 vecinos (12.200 hab.), en las de otros señoríos, como Montealegre, Carcelén, Ontur, Albatana, Caudete y Minaya, 434 vecinos (1.736 hab.). Si tenemos en cuenta que La Roda y el Estado de Jorquera no aparecen en esta relación, bien pudiera acercarse el montante de la provincia a los 40.000 habitantes.

Lo cierto es que Alcaraz y Albacete, con 4.988 y 4.236 habitantes, se perfilan como los núcleos con mayor peso específico, seguidos con notable diferencia por Villarrobledo y Chinchilla, con unos 2.600 habitantes, y Almansa y Hellín, con unos 2.000 aproximadamente.

Hay que resaltar la decadencia de Chinchilla, otrora ciudad principal del marquesado, que se irá acentuando durante toda la centuria.

El redactor de las Relaciones Topográficas, a finales del siglo, acierta al decir que los vecinos se bajan a vivir al llano, a Albacete, que incrementa su población y su término a costa de su antigua metrópoli (Albacete a finales del siglo compra parte del término chinchillano por 8.000 ducados). Por otra parte, según el Censo de la Corona de Castilla de 1591, la provincia tenía un total de 17.900 vecinos, lo que supone unos 71.600 habitantes.

Sin lugar a dudas, las epidemias de peste o las plagas de langosta, y las sequías, con sus secuelas, incidían en la población. Así, en octubre de 1524, tenemos documentada la presencia de la peste en Albacete y la mala cosecha de vino, así como los medios profilácticos empleados, que se reducían a aislar lo más posible la villa de las personas que pudieran llegar de zonas con el "mal de pestilencia", o el simple destierro durante meses de personas sospechosas de tenerla.

Tenemos referencia en las Relaciones, por lo que a Chinchilla se refiere, de la de 1507, que al parecer fue terrible, y obligó a la ciudad a edificar ermitas a San Roque y a San Sebastián para que la librasen de tamaño mal. La de 1558 no parece que produjo mortandad en ella, aunque se toman las medidas de costumbre. La peste de finales de siglo (1599) obligó a defenderse de toda persona que llegara de Almansa, y, sobre todo, se prohíbe la entrada de gitanos, que vendían objetos robados en los lugares afectados por la epidemia.

A mediados del siglo XVI, Castilla la Nueva y el Marquesado de Villena se vieron azotados por la plaga de langosta, y por lo que sabemos afectó a Chinchilla, La Roda, Albacete, Villarrobledo y al señorío de Minaya, amén de la zona del Campo de Montiel. Desde finales del siglo XVI hasta final del XVII, según Nadal, tenemos la mencionada peste, que dura hasta 1602.

La de mediados de siglo (1647-52) al parecer quedó detenida en Albacete, pero azotó a Chinchilla; la de 1676-85 afectó al reino de Murcia. Los últimos 25 ó 30 años de la centuria fueron los peores en toda España, agravados por el alza de los precios de los 70 y las pésimas cosechas del comienzo de los 80.

Para Albacete, los años más negativos los tenemos entre 1680-82, 1684-86 y 1698-1700. Para Chinchilla, 1683-85. Por lo que a Alcaraz se refiere, aun cuando finaliza el siglo XVI con saldo positivo, sufrió la crisis de los comienzos del XVII con una fuerte mortandad en 1606, provocada por una probable epidemia de gripe, que afectó al territorio nacional, con rebrotes en 1615. A mediados de la centuria de nuevo haría acto de presencia la peste bubónica. Finalmente, en el último cuarto del siglo, sobre todo a comienzos de los 80, aparece una tercera etapa de morbilidad. A comienzos del siglo XVIII, y superados los primeros años, se experimenta una recuperación, afectada por esporádicas epidemias de gripe y viruela, que atacan sobre todo a la población infantil.

ESTRUCTURA SOCIOECONÓMICA
La agricultura y la ganadería. Composición poblacional

Desde el punto de vista socioeconómico, la provincia difiere poco de la Castilla meridional. Sus dos ciudades: Chinchilla y Alcaraz y sus villas y lugares estaban dominados por una actividad agrícola-ganadera, con algunos oficios artesanales, y al final de la Edad Moderna con un intento industrial muy localizado. Tenemos dos muestras panorámicas representativas de lo que era la provincia: las Relaciones Topográficas, mandadas por Felipe II, y las Relaciones Geográfico-históricas de Tomás López, de finales del período, y referidas a 30 localidades. Todo ello, completado con otras fuentes, nos permite afirmar que durante los tres siglos el marco agrícola-ganadero no sufrió significativas transformaciones.

En cuanto a la propiedad de la tierra, aparte de una propiedad señorial, que se reducía al Estado de Jorquera (de los marqueses de Villena), las cinco villas del Conde de Paredes (Bienservida, Villapalacios, Villaverde, Riópar y Cotillas), las encomiendas de Socovos, Yeste y Taibilla, y la Ossa en el Campo de Montiel de la Orden de Santiago, con todos sus derechos jurisdiccionales anejos, además de Carcelén, Balazote, Montealegre y Minaya, pertenecientes a otros tantos señores, tenemos la propiedad privada de los labradores pertenecientes a los grupos oligárquicos municipales, de la que eran representativas las aldeas o cortijos de los términos. Los Cantos, Munera o Alcañavate de Albacete; los Barrionuevo de Chinchilla son apellidos de algunos de ellos. Además de éstos, encontramos otro tipo de labrador, que trabaja tierras arrendadas, jornaleros asalariados y pobres (labradores en el límite del nivel de subsistencia).

Noël Salomón, basado en el estudio de las Relaciones, calcula en un 25 ó 30 por 100 el número de labradores para Castilla la Nueva, a finales del XVI. La propiedad municipal se componía de terrenos comunales de disfrute público por parte de los lugareños. Así: las dehesas boyales, redonda, carnicera. Existían en Albacete, Chinchilla, Bienservida, Tarazona de la Mancha, Alcaraz o Alcalá del Júcar. Había pueblos que disfrutaban de comunidad de pastos, como los de la Orden de Santiago: La Ossa, encomienda de Socovos; también los del antiguo Marquesado de Villena, lo que constituyó un foco frecuente de pleitos entre concejos, como ocurría entre Albacete y Chinchilla.
Los cereales: trigo (peldebuey, candeal y rubión), centeno, avena, cebada son los cultivos dominantes en las llanuras, como La Mancha: Chinchilla, Albacete, La Roda. En otros lugares se cultivan, pero con resultados mediocres: como en La Ossa, Villa de Ves, Tarazona o Hellín.

La vid parece que estaba extendida en Albacete, menos en La Gineta o La Ossa. La presencia de aguas de cursos de ríos o manantiales es aprovechada para huertas y plantaciones de frutales (perales, ciruelos, manzanos, cerezos y moreras), sobre todo en los pueblos ribereños del Júcar o del Mundo: Alcalá, Villalgordo. También se aprovechan los manantiales de montaña, como en Bienservida o Yeste. Interesante, al menos en el siglo XVIII, el cultivo del azafrán en Balazote, Villa de Ves, La Roda, Villamalea y Albacete, entre otros. Por lo que a monte se refiere, se explotaba para leña y carboneo. Fue intenso el proceso de desforestación en los siglos XVII y XVIII. Existían en nuestra provincia encinas, robles, carrascas y toda clase de pinos (una de las mejores descripciones de los distintos tipos la tenemos en las Relaciones de Yeste), también, en cuanto a monte bajo, romeros, matarrubia, mataparda, lentisco y coscoja. Importante era la producción de grana, abundante en los términos de Albacete y Chinchilla, así como en todo el territorio del Marquesado de Villena.

Ya a finales del siglo XVI empezaba a ser desbancada por la cochinilla como producto de tinte. La ganadería tenía un peso considerable: en 1529, en una provisión de Carlos I, se hace mención de que en Albacete y las zonas de Villena, Yecla y Sax tenían más de 200.000 cabezas de ganado. Las ordenanzas de Chinchilla, Albacete, Villarrobledo o Almansa, durante la Edad Moderna, dejan entrever la abundancia de ganados, sobre todo lanares y cabríos, aunque bien es verdad que algunos estarían de paso. En zonas más montañosas existía vacuno y porcino, como en Bienservida y Yeste. La caza era un buen complemento alimentario; abundaban las perdices, los conejos y las liebres, y en las zonas de la Sierra, caza mayor.

La relación de Villaverde nos ofrece una de las enumeraciones más completas: jabalíes, venados, cabras montesas, corzas, lobos, raposas, turones, gatos monteses, ginetas, tejones, y aves de presa, como águilas caudales, azores, halcones, buitres, cuervos y gavilanes. La pesca, no muy abundante en cuanto a variedad de especies, era aprovechada por los vecinos. En nuestros ríos serranos había truchas, anguilas, entre otras variedades de peces, aunque la mayor parte de la provincia se surtía de Valencia y Cartagena.

La población, sociológicamente hablando, según el censo de 1591, se componía de 17.269 vecinos (unos 69.076 habitantes), 284 casas hidalgas y unos 356 clérigos y religiosos, para un total de 74 entidades de población, desiguales en su extensión. Es verdad que dentro de esos casi 70.000 pecheros la mayoría se dedicaba a la labranza y al pastoreo, con un grupo no muy numeroso de artesanos en las ciudades y villas mayores, como Alcaraz, Chinchilla, Albacete, Almansa, Hellín o Villarrobledo muchos de los cuales compaginaban dichas tareas con faenas específicamente agrícolas.

El Censo de Floridablanca, a finales del siglo XVIII, señala para el total provincial 374 hidalgos, unos 7.397 labradores, 13.324 jornaleros, unos 500 clérigos y religiosos, y el resto hasta un total de población de 133.457 personas se clasifican en una variopinta gema: desde menores y personas sin profesión concreta, hasta estudiantes, militares, criados o artesanos de diversos oficios. Finalmente, destaquemos en la década de los 70 y comienzos de los 80 del siglo XVI el fuerte contingente morisco de la villa de Albacete.

La industria y la artesanía albacetenses

Quizás es pretencioso hablar de una industria en la provincia de Albacete durante los siglos de la Edad Moderna. Más bien, cabe decir que existía una artesanía de autoconsumo, para el gasto interior de ciudades y villas, algunos de cuyos productos se comercializaban en los pueblos comarcanos al amparo de mercados francos en determinados días de la semana, ya desde de la época de los Reyes Católicos: en Tobarra, los jueves; en Chinchilla, los martes; en Almansa, Hellín o Tarazona, los miércoles. Existían además ferias francas de más larga duración: de cuatro días en Albacete; 15, en Almansa; tres, en La Roda y Carcelén.

Los gremios y profesiones de mayor implantación eran los relacionados con el vestido y el calzado. Ordenanzas conservadas en las grandes villas o ciudades, como Chinchilla y Albacete, lo confirman. Todo ello para autoconsumo local. Mención especial merecen las alfombras de fama nacional de Alcaraz, Liétor, Letur, Chinchilla y Villamalea, así como el trabajo de paños, con la presencia de batanes.

Sánchez Ferrer ha estudiado pormenorizadamente esta actividad y ha publicado con Cano Valero las ordenanzas textiles de Chinchilla, a cuyas obras remitimos para un conocimiento más profundo del tema. Yo mismo publicaré en breve lo que se puede saber de Albacete, al menos en el siglo XVI. La actividad alfarera tuvo puntos destacados en Chinchilla y Villarrobledo. También el alfar chinchillano ha sido estudiado por Sánchez Ferrer.

Destaquemos la producción de sal en las salinas de Fuentealbilla, que abastecían a casi todos los pueblos de la zona, propiedad de los Verástegui desde tiempo de los Reyes Católicos. También, aunque con menor producción, tenemos las de Pinilla y Pétrola. Otra actividad muy extendida era la molturación y molienda de trigo; las ruedas de molino, movidas por agua, existían en todos los ríos y acequias, pertenecían o a señores y particulares o a los mismos concejos. Las tenemos a lo largo de la ribera del Júcar, en el Mundo y en las riberas del Guadiana en La Ossa. Ya hacia finales del período que comentamos, al comienzo de la década de los setenta del siglo XVIII, aparece el primer núcleo de lo que exageradamente podríamos llamar intentos preindustriales en la provincia, partiendo de la explotación de la mina de calamita en Riópar, en la falda del Calar del Mundo, y la creación de las fábricas de San Juan de Alcaraz, por iniciativa del austríaco Juan Jorge Graubner, verdadero pionero de la industria metalúrgica española. Las fábricas fueron creadas oficialmente por la real cédula de 19 de febrero de 1773 de Carlos III, pero no empezaron a funcionar hasta 1781, después de no pocas vicisitudes. Hubo presencia de maestros extranjeros, que enseñaron a los naturales del país, y en 1785, por una real cédula de 14 de agosto, pasan al dominio directo de la Corona. Para un estudio más amplio, remitimos a los estudios de Fuster Ruiz y de Helguera Quijada.


LOS CONSEJOS

Los municipios de la provincia de Albacete durante la Edad Moderna eran de realengo o de señorío. Al régimen señorial pertenecían: el llamado Estado de Jorquera, último reducto de los Marqueses de Villena una vez que fueron derrotados por los Reyes Católicos en la guerra del Marquesado, y que comprendía: Abengibre, Alborea, Alcalá del Júcar, Casas Ibáñez, Motilleja, Fuentealvilla, Golosalvo, la misma Jorquera, Las Navas, Mahora, Pozolorente, La Recueja, Villamalea, Valdeganga, Villavaliente, Cenizate, Casas de Juan Núñez, con algunas caserías y cortijos más.

Eran también de señorío Montealegre -de los Fajardo-, Carcelén, que a finales del siglo XVI era de don Francisco Coello, también sería de los Marqueses de Veniell, y a partir de 1783 de realengo.

Balazote perteneció a los condes del mismo nombre. Villatoya estuvo vinculada a una rama de los Pacheco. A la Orden de Santiago pertenecían las encomiendas de Socovos y Yeste, con Nerpio, Letur, Liétor, Férez y los pueblos que le dan nombre; en el Campo de Montiel, La Ossa. De los Condes de Paredes eran las cinco villas de Bienservida, Villaverde, Villapalacios, Riópar y Cotillas -en el siglo XVIII pasará alguna de ellas a los Condes de Navas de Amores-. Minaya era de los Pacheco. Todo el resto de la provincia era de realengo.

Los concejos se agrupaban en ciudades, villas o lugares (aldeas). Durante la Edad Moderna adquieren su condición de villas: desglosándose de la jurisdicción alcaraceña: Peñas de San Pedro (1537), El Bonillo (1538), Lezuza (1553), Ayna (1565), Barrax (1564), Bogarra (1573), Ballestero (en el siglo XVI), Munera (1548). De Villanueva de la Jara se separan Tarazona de la Mancha (1564) y Villalgordo (1672). De Albacete, La Gineta (1553). De La Roda, Fuensanta (en el siglo XVII en tiempos de Carlos II). Alpera (hacia 1567) se separa de Chinchilla, pero a finales del siglo XVI pasa a señorío de los Verástegui hasta mediados del siglo XVIII. Seguirían perteneciendo a la jurisdicción de Alcaraz: Alcadozo, Casas de Lázaro, La Herrera, entre otros. Seguían siendo aldeas chinchillanas: Bonete, Corral Rubio, Fuentealamo, Higueruela, Hoya Gonzalo. Elche de la Sierra dependería de Ayna, cuando ésta consiguió su villazgo. Caudete perdió su condición de villa y pasó a aldea de Villena, después de la Guerra de Sucesión, hasta 1737. Alatoz sigue siendo aldea de Jorquera.

Los ayuntamientos se componían de alcaldes ordinarios, generalmente dos, encargados de juzgar las causas en primera instancia; podían ser ayudados por los jurados. Los regidores, cuyo número variaba según la importancia de la ciudad o villa, y eran los encargados de los variados asuntos del concejo. Estos cargos en las entidades de señorío eran nombrados por los señores, bien a propuesta de sus administradores o de los mismos concejos. Ya en plena época borbónica encontramos los síndicos personeros, creación de Carlos III en 1766, como defensores de la comunidad frente al ayuntamiento, con una tarea fiscalizadora del mismo. También los diputados del común, creados por la misma fecha, elegidos por sufragio popular, y con misión en materia de abastos.

Desde que a mediados del siglo XVI las regidurías fueron compradas al monarca y se convirtieron en perpetuas, los concejos terminaron por caer definitivamente en manos de un número todavía más reducido de familias poderosas, perdiéndose prácticamente al escaso aire democrático que podía quedar en ellos. Los cargos eran anuales y se renovaban por San Miguel (29 de septiembre); en Tobarra era por San Juan (24 de junio). Otros oficios eran el de alguacil mayor, con sus tenientes, y los alcaldes de la hermandad: uno por hidalgos y otro por pecheros, con funciones más relacionadas con el orden público.

La vigilancia de los términos estuvo a cargo de la vieja institución de los caballeros de sierra o guardas. Cargos más burocráticos y administrativos eran el escribano, el mayordomo y depositarios, procuradores de pleitos, y la múltiple gama de administradores de rentas reales ya en tiempo de los Borbones y en los municipios mayores, donde la administración concejil  se había hecho más compleja, como Alcaraz, Chinchilla, Almansa o Albacete. La figura del alférez la ostentaba el alguacil, un regidor o una persona ajena a estos cargos. Para las aldeas, en el siglo XVIII, tenemos los alcaldes pedáneos.

Por encima de los municipios estaban los gobernadores o corregidores, con sus alcaldes mayores. Una gran extensión de la provincia pertenecía a la gobernación del Marquesado de Villena, que a finales del siglo XVI desaparece como tal provincia, dividiéndose en dos corregimientos: uno con capital en Chinchilla y otro en San Clemente. Las Juntas del Marquesado, que tanto peso habían tenido en el tratamiento de cuestiones comunes, quedan también fragmentadas en juntas de partido y generales sin periodicidad y lugar fijo de reunión, señal de su decadencia y muerte frente a la prepotencia del poder central. En el siglo XVI tenemos noticias de ellas en los años 1529, 1532, 1563, 1569 y 70, 1572, 1580 y 86. La última de partido fue probablemente la de Chinchilla de 1555. Los lugares elegidos para su celebración fueron ciudades, villas o aldeas de la provincia. Ya en el siglo XVIII y con el robustecimiento de corregidores y alcaldes mayores, se advierte la presencia de tales cargos, como jueces de letras, en Alcaraz, Albacete, Almansa, Chinchilla y Hellín.

EL MARCO NATURAL DE LA PROVINCIA

Entendemos por tal tanto el nivel de instrucción de la población como las posibles personalidades que, por su nivel intelectual o conocimientos, han sobresalido en tan dilatado período tanto en el territorio de la que llamamos provincia de Albacete como fuera de ella.

A nivel del pueblo, nuestra provincia, en términos generales, no albergó instituciones superiores como podrían ser universidades, y los ayuntamientos lo más que hacían era contratar, a cargo de los "propios" del concejo, algún maestro de gramática o primeras letras, casi siempre un licenciado, al que solían darle una casa, que le servía de vivienda y de escuela. Cuando los emolumentos no podían ser muy subidos, los discípulos pagaban una cantidad, como por ejemplo sucedía en Albacete en algunos años del siglo XVI.

Es frecuente que entre los oficiales del ayuntamiento, que por otra parte pertenecían a los labradores más ricos de las ciudades y villas, aparezcan algunos que no saben firmar, haciéndolo otros en su nombre, lo que indica que el nivel de analfabetismo tenía que ser bastante alto entre el pueblo llano y pechero, tónica que debía de ser común a todos los pueblos castellanos. En los municipios sobresaltan por su cultura y conocimientos los escribanos y algún que otro licenciado o bachiller, que, como en Albacete el licenciado Francisco de Cantos, desempeñó durante muchos años el cargo de asesor del concejo durante la primera mitad del siglo XVI.

Hasta la real cédula de 12 de julio de 1781 no se establece la instrucción primaria. Hasta entonces esta instrucción estará en manos de los concejos y de la Iglesia. En Albacete y Alcaraz tuvieron colegios los jesuitas, y en Hellín, los franciscanos. Con todo, en los pueblos pequeños la penuria era total, todavía a finales del siglo XVIII. Valga como ejemplo la queja de Munera: "… los escasos rendimientos que producen los niños por razón de su enseñanza, circunstancias por las quales sin duda, ningún maestro de real aprobación ha venido ni deve esperarse venga en solicitud de esta escuela…". El control ideológico y del profesorado estaba, desde luego, en manos de la Iglesia, y la formación cristiana de los niños era objetivo preferente.

A otro nivel, hay que hablar de algunos hijos ilustres de la provincia que brillan con luz propia en distintos ámbitos del saber. Hay que resaltar el grupo alcaraceño del siglo xXVI: el bachiller Sabuco Miguel Sabuco Álvarez-, que nace por el 1525 y muere hacia finales de la década de los 80. Estudia Derecho Canónico en Alcalá y probablemente Filosofía y Medicina, dados sus conocimientos médicos. Su obra por excelencia es la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos; la cual mejora la vida y salad humana. Compuesta por doña Oliua Sabuco. Hasta comienzos de nuestro siglo su obra fue atribuida a su hija Oliva, no sabemos si por evitar posibles roces con la Inquisición -parece que siempre residió en Alcaraz-. No es exagerado sostener con los estudiosos de su obra que estamos ante una personalidad del pensamiento renacentista español y, según la Real Academia Española de principios del siglo XX, digno de figurar al lado de Santa Teresa o Cervantes por estilo y modo de expresarse.

Otro hijo de Alcaraz de la segunda mitad del siglo XVI es el lingüista y filósofo Pedro Simón Abril (1540 -moriría a finales de siglo). Docente infatigable, recorre en su magisterio Tudela, Zaragoza, Medina de Rioseco, incluso Alcaraz (entre 1578 y 1583). Enseña, traduce clásicos, plantea nuevas normas didácticas en la enseñanza y hace filosofía. Prueba de ello es su Filosofía Natural. Cabe enmarcarlo dentro de los humanistas del Renacimiento, que buscaban una renovación de la teología en una vuelta a las fuentes griegas y romanas, así como a la filosofía aristotélico-platónica.

A principios del siglo XVIII hay que citar a Sebastián Izquierdo, jesuita (Alcaraz 1601-Roma 1681), que se gradúa en Artes en Alcalá, profesor en colegios de la Compañía de Murcia, Alcalá y Madrid, censor de la Inquisición. Autor del Pharus Scientiarum, que conecta con las corrientes renovadoras de Descartes y Leibnz, sin abandonar la línea de Aristóteles, Lulio o Bacon, buscando una ciencia universal con procedimientos matemáticos. Es un precursor de la lógica simbólica. Junto a estos autores, en el campo de la filosofía, hay que citar al también alcaraceño, el arquitecto renacentista Andrés de Vandelvira, para cuyo conocimiento remitimos a la parte de arte de este mismo volumen.

Además de la pléyade de Alcaraz, tenemos en la segunda mitad del siglo XVI al rodense padre Antonio Rubio, jesuita, alumno de Alcalá, que desarrolló su actividad docente en México como profesor de filosofía durante un cuarto de siglo. Su obra Lógica Mexicana, comentario a la filosofía de Aristóteles, fue texto en la Universidad de Alcalá. Es un adelantado del Renacimiento en tierras americanas y cabe situarlo dentro de los reformadores de la Escolástica.

Quizá la figura más sobresaliente en nuestra provincia en la Edad Moderna, en el campo del pensamiento político, haya sido el hellinero Melchor de Macanaz (1670-1760), cuya figura ocupa el siglo XVIII, verdadero precursor, según Carmen Martín Guite, de los ministros ilustrados de Carlos III. Estudiante manteísta en Salamanca, fue figura clave en los primeros años del reinado de Felipe V. Controvertido donde los haya por su mentalidad regalista. Excomulgado, estigmatizado por la Inquisición y desterrado de España, constituye uno de los capítulos más patéticos del siglo XVIII español. Su Pedimento de los cincuenta y cinco párrafos constituye uno de los atisbos de política económica más realistas que hasta entonces se habían dado.

Entre otros albacetenses ilustres citaremos al hellinero Manuel Ramírez Carrión, a caballo entre los siglos XVI y XVII, pedagogo de sordomudos; los también médicos de Hellín Juan de la Torre y Valcárcel y Juan Caravallo, ya en el siglo XVII. En el campo de la historiografía local, al padre Francisco de la Cavallería y Portillo, de Villarrobledo, entre otros.

LA MENTALIDD Y LA PRÁCTICA RELIGIOSA

La actual provincia de Albacete, en la Edad Moderna, se encontraba dividida, por lo que a jurisdicción eclesiástica se refiere, entre tres diócesis. La de Cartagena, que comprendía toda la parte de Albacete que había sido señorío de Villena; Minaya, La Roda y Tarazona de la Mancha, que lo eran de Cuenca; y el arcedianazgo de Alcaraz, con Alcaraz y su tierra, incluidas las cinco villas del Conde de Paredes y la Encomienda de La Ossa de Montiel, que pertenecían a la Primada de Toledo. De hecho. esta división se mantendrá hasta 1950 y mediados de la década de los 60 del siglo XX, en que quedará configurada definitivamente la actual Diócesis de Albacete.

En los siglos XVI, XVII y XVIII el componente de los cristianos de Albacete, como el de toda Castilla, era, por mentalidad y situación social, rural, campesino, labrador, en sus múltiples modalidades. Ello implica aceptar en términos generales que su sentimiento y vivencia religiosa estaban impregnados de los rasgos y estereotipos de esta clase de sociedad. Era, en casi su totalidad, poco letrado, por no decir analfabeto. En cuanto a su contenido de fe cristiana, pegado al terruño de que dependía toda su vida, al vaivén de plagas, epidemias o sequías, sin otros seguros que su esperanza en el Todopoderoso, pero a la vez con una propensión a considerar cualquier desgracia como castigo divino y a agarrarse a cualquier tipo de intercesión. Su espiritualidad necesitaba del dato y del rito para suplir su deficiente catequesis.

Era la suya, pues, una religiosidad telúrica, de fascinación crédula ante lo inexplicable, de actos externos tradicionalmente repetidos por el pueblo, como una forma de impetración colectiva. En fin, de una mentalidad fuertemente sacral, presente en todas las manifestaciones sociales. Todo ello perfectamente compaginable con prácticas y comportamientos heterodoxos, reprimidos por la Inquisición, y críticas, más o menos toleradas, de los literatos y espíritus cultivados.

Julio Caro Baroja, en su obra Las formas complejas de la vida religiosa (siglos XVI y XVII), tratando de la religiosidad del labrador, afirma que "el campesino, como más pegado a la Naturaleza, tiene la tendencia a dirigir su religiosidad hacia lo que la vida natural le señala". Es una religiosidad funcional, extrínseca y utilitaria. Así, fomenta el culto a los santos protectores contra los enemigos del campo. comprometiéndose la comunidad del pueblo con un voto de guardar su fiesta. La Ossa hace una procesión a la ermita de San Pedro Sahelices todos los años para librarse de la peste. Ermitas a San Roque (abogado ante la peste) encontramos en Hellín, Alcalá del Júcar, Chinchilla, Albacete, La Gineta, Tobarra y Montealegre. A San Gregorio Nacianceno se le considera protector contra las plagas de langosta, y así se le venera en Chinchilla, Alpera, La Gineta y Alcalá. Además, en Albacete, que se acoge a San Agustín, a mediados del siglo XVI el concejo hace venir de Madrid un clérigo langostero, que exorcice los campos, previa petición de autorización al ordinario.

Es significativo que en el acta capitular de 4-lV-1548 se diga: "...que por nuestros pecados, Dios Nuestro Sennor a seydo servido de la gran cantidad de langosta quel agosto pasado vino a esta tierra repentinamente". San Bernabé es venerado en Albacete y Chinchilla como remedio al gusano de la vid. Contra el pedrisco y los hielos se venera a San Juan ante Portam

Latinam, en mayo, en Albacete, y también contra la sequía en Chinchilla, La Gineta y Yeste. En Hellín la protección contra la piedra se buscaba en San Rafael. En Montealegre es a Santa Quiteria (abogada contra las mordeduras de perros rabiosos) a la que se acude contra los pedriscos. En otros pueblos, como Villapalacios, se celebraba la vigilia del Corpus con ayuno para impetrar el verse libre de las desgracias de la piedra. Ermitas, procesiones, guarda de la fiesta con misa y cofradías eran la expresión externa de esta religiosidad.

La devoción mariana está presente en la provincia en forma de patronazgo o como titular dc varias parroquias: Nuestra Señora de la O, en Yeste; Remedios de la Fuensanta, en La Roda; Nuestra Señora de la Consolación. en Montealegre; Nuestra Señora del Rosel, en Hellín; La Asunción, en Yeste, Jorquera, Ves; la de Cortes, en toda la zona de Alcaraz; la de Los Llanos, en Albacete, o Nuestra Señora de las Nieves, en Chinchilla. Muchas de estas advocaciones, aunque adquieren el patronazgo en el siglo XVII, tienen su devoción arraigada en el pueblo mucho antes.

Otras fiestas están relacionadas con la presencia de determinadas Órdenes religiosas, como los franciscanos en Albacete, en el que la fiesta de San Francisco se celebraba como si fuera domingo ya en el siglo XVI. Ellos divulgaron la devoción a la Inmaculada en la villa, que en 1624 hace un "voto y juramento de la Purísima Concepció". La devoción al Cristo del Sahúco, cercano a Peñas de San Pedro, es otra de las expresiones de religiosidad más interesantes de la provincia. Aunque las primeras noticias se remontan a 1677, su arraigo popular es anterior. La época de oro de su devoción es el siglo XVIII, hacia mediados de la centuria.

En los tres siglos se afincaron en nuestra provincia Órdenes religiosas, que dejarían su huella: franciscanos de distintas observancias, sobre todo; dominicos, jesuitas (hasta su expulsión), agustinos, hermanos de San Juan de Dios, trinitarios, carmelitas descalzos, justinianas.

Por lo que a la heterodoxia se refiere, Blázquez Miguel, que ha estudiado la Inquisición en Albacete, llega a las siguientes conclusiones, que reflejan bien la actitud y el talante religioso de nuestros pueblos: "donde más procesos se dan es en La Roda, con el mayor índice de brujería de toda la provincia. Minaya, en cambio, acapara casi todos los casos de misticismo albacetense. La mayor represión se da a finales del siglo XVI por los procesos contra los judaizantes, después se incrementan algo, pero poco, en los primeros tercios de los siglos XVII y XVIII. Los delitos que ocupan el primer lugar son los de blasfemia (20 por 100), los solicitantes sexuales (13 por 100), los criptojudíos (12 por 100) y finalmente los de proposición (10 por 100). Los menos importantes son los intelectuales (p. ej., lectura de libros prohibidos, misticismo). La casi falta de procesos contra místicos (alumbrados y molinosistas) es demostrativa, por una parte, de la ortodoxia general del pueblo albacetense y, por otra, de su pragmatismo cotidiano y dureza de su existencia, que no le dejaba tiempo para sutilezas y éxtasis, apegado como estaba a su dura e ingrata tierra".

HITOS DE LA HISTORIA MODERNA

Ante todo, digamos, que por hitos de la Historia entendemos aquellos acontecimientos que han tenido una significación especial en la historia de nuestro país, desde uno u otro ángulo: político, económico, religioso o cultural, si es que tales ámbitos pueden ser considerados por separado. Nos hemos fijado en cuatro: la guerra de las Comunidades; la sublevación y guerra de las Alpujarras granadinas, en el marco morisco; la guerra de Sucesión, que supuso un cambio de dinastía; y la presencia albacetense en el nuevo continente americano.

La Guerra de las Comunidades

Cuando uno trata de investigar el impacto y el posicionamiento de los pueblos de la provincia frente al siempre sugerente tema del levantamiento comunero, parece como si un silencio cómplice o un tupido velo hubiese caído sobre la documentación municipal. No conservamos los libros de actas capitulares ni ningún otro tipo de fuentes adyacentes. Sólo unas cuentas de servicio de armas de la villa de Albacete, estudiadas por Mateos y Sotos y Calleja Torralba, y lo que Pretel Marín ha podido encontrar en Alcaraz y en sus estudios sobre Chinchilla. De estas investigaciones se deduce que Albacete y Alcaraz, los dos núcleos más poblados, con Chinchilla, se mantuvieron fieles a la Corona, aunque en Albacete durante un par de meses del 1520 debió de triunfar un intento comunero, que a comienzos de 1521 estaba dominado, y la villa se apresta a ayudar al prior de San Juan con hombres y dinero en sus campañas toledanas; pero tanto esta villa como Alcaraz sufrieron las presiones de otros pueblos de la comarca contaminados por los ideales de la Comunidad.

Por lo que a Chinchilla se refiere, hacemos nuestras las palabras de Pretel: "Si en otros lugares la Comunidad protagonizó e impulsó la revuelta, en Chinchilla, donde tan larga tradición tenía, habla de servir precisamente de instrumento para evitarla (...) el triunfo de los imperiales no era difícil de pronosticar en esta comarca, donde las oligarquías locales y sus paniaguados veían comprometidas sus prebendas en caso de triunfar el movimiento, y donde faltaban o flaqueaban a causa de la corrupción las verdaderas clases medias, los antiguos medios y cuartos pasteros, los labradores y pequeños comerciantes acomodados, pero no comprometidos, que pudieran haber tendido un puente entre los deseos de cambios moderados del patriciado urbano y el resentimiento y las demandas exaltadas de la plebe. Otro tanto ocurría probablemente en Alcaraz".

Albacete y los moriscos granadinos

Santamaría Conde es, sin duda, quien mejor ha estudiado el tema morisco en relación con Albacete. No es extraño que la proximidad de la provincia con Granada la hiciese protagonista destacada, tanto en su aportación a la lucha contra la sublevación de las Alpujarras, como por lo que se refiere al paso de los moriscos al ser dispersados por otros reinos. En 1569 los albacetenses forman en las filas del ejército del Marqués de los Vélez en la batalla de Berja. Las villas, que eran del Marquesado de Villena, en junta del mes de octubre, aportan 3.000 hombres y 8.000 ducados, de los que a Albacete corresponden 240 hombres y 4.478,5 reales, exigiéndoseles sean personas "de crédito", pues los de la primera expedición habían dejado mucho que desear en cuanto a su valor. Durante 1569 y 1570 carros de trigo y cebada constituyen nuevos aportes a la guerra, hasta el punto de responder la villa: "esta villa es la que más y mejor de todas a servido, y está muy fatigada". Albacete, además, se vio inundada con familias moriscas, más de 15.000, a finales de 1570, de paso hacia otros lugares de la Península, con el correspondiente gasto para la villa, que había de mantenerlos. De ellos, algo más de 2.000 se quedaron en Albacete, y de éstos, en 1586, sólo residían en la villa unos 500, lo que supone un incremento considerable para su población.

La guerra de Sucesión en Albacete

El hispanista Henry Kamen, en su obra sobre la guerra de Sucesión en España, no duda en afirmar sobre la batalla de Almansa que en "Almansa (...) el mariscal duque de Berwick aseguró la sucesión borbónica". En las Relaciones Geográfico-Históricas, de Tomás López, cuando Almansa contesta al cuestionario, se expresa con el barroquismo propio de la época: "Adquirió Almansa nuevos timbres y blasones, por los servicios hechos en los años 1705 y 1706 conteniendo los ynsultos de los reveldes, y sobre todo, por la famosa decisiva victoria, que en el mismo sitio y llano del Real Campo de Batallas, consiguieron las catholicas armas del rey Philipo, auxiliados de Francia, contra las Austriacas y demás coligadas… Esta completa victoria afianzó en las augustas sienes de nuestro invicto monarca Philipo Quinto la corona de España". La batalla tuvo lugar el 25 de abril de 1707. Cerca de Montealegre, en una llanura llamada Hoyas Peladas, juntó el duque de Berwick los ejércitos francoespañoles el 14 de abril de 1707. Los heridos y prisioneros superaron los 16.000. Para conmemorar la victoria manda el nuevo rey al arquitecto Lucas de la Lastra, por real cédula de 10 de septiembre de 1707, que edifique en dicho campo una pirámide, con gradas, cornisas y pedestal, conmemorativa de tal victoria. En el lado sureste del monolito se leía:

Aquestos campos y felize vega
las glorias de Philipo fecundaron.
Aquí las garras que el león despliega
en púrpara revelde se vañaron.
Aquí las Lilias que el amor congrega
a las Quinas y Rosas destrozaron
y el ave que de Júpiter blasona
a Philipo cedió triunfo y corona.

Para otros pueblos, como Carcelén, las cosas no fueron nada bien, pues en la misma relación la villa se queja de haber sido "totalmente arruinada con repetidos incendios que ocasionaron los imperiales"; en ella se puso presidio y plaza de armas para resistir a los valencianos y catalanes, que incendiaban y talaban sus campos, robando sus ganados. Todo ello le valdría después una confirmación de privilegios por parte del nuevo monarca, así como una exención de tributos en el bienio 1708-1709.


La presencia de Albacete en la empresa de Indias


La presencia de gentes de la provincia en Indias no es despreciable. Estudios actuales en curso documentan ya unos 243. El primer albaceteño del que tenemos noticia es Ruy García de Alcaraz, a principios de siglo XVI. Otro, natural de Albacete, Marcos Rabal. Religiosos: como fray Bernardino de Minaya, secretario del padre Bartolomé de las Casas; Alonso Pacheco, minayero, marcha a Goa. El rodense padre Rubio, ya mencionado, en México; fray Domingo de Arenillas, arzobispo de Charcas. Todos ellos del siglo XVI. Los alcaraceños, Pedro de Balvas y Juan Guerrero, colaboradores de Cortés. Don Leonel de Cervantes, de Tarazona, antecesor lejano del cura Hidalgo, propulsor de la independencia mexicana en el siglo XIX.

En el Virreinato del Perú encontramos a Manrique de Vera, de Villapalacios; y en Nueva España, a finales del siglo XVI, al albaceteño Francisco de Alarcón. Misioneros de los siglos XVII y XVIII son fray Nicolás de los Santos, del Masegoso, y fray Matías Molina, de Albacete, misioneros en China; en Filipinas está el rodense fray Juan Ramírez de Arellano; obispo de Nueva Segovia fue fray Hernando Guerrero de Alcaraz. En Villarrobledo tenemos los clérigos de la familia Morcillo, de los que el más conocido llegó a virrey del Perú, del mismo pueblo es el padre Francisco Jiménez. Es imposible en tan corto espacio recoger toda la lista, pero terminemos diciendo que también Chinchilla, Almansa, Letur y Bienservida tuvieron hijos suyos en tierras americanas. Valga este breve apunte como homenaje en el año del Quinto Centenario.


EDAD CONTEMPORÁNEA - GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Durante la Guerra de la Independencia, los pueblos de la actual provincia de Albacete lucharon valerosamente contra los invasores franceses. Una gran extensión de las comarcas serranas nunca fue hollada por los ejércitos napoleónicos. Las autoridades de la provincia de La Mancha: a la que pertenecían 29 poblaciones del partido de Alcaraz, buscaron desde Ciudad Real refugio seguro en lo más alejado y abrupto de la serranía, alojándose espléndidamente en las antiguas fábricas de San Juan, en Riópar, y más tarde en Elche de la Sierra, el punto más oriental de su provincia. Desde allí, en 1811 y 1812, remitieron sus acuerdos a todo el territorio manchego a través de un periódico oficial, que puede ser considerado el primero que se publica en territorio de Albacete y de toda Castilla-La Mancha: Gazeta de la Junta Superior de la Mancha.

Si estas 29 poblaciones manchegas podían considerarse plenamente castellanas, también lo eran otras 30 no menos manchegas que entonces pertenecían a la provincia de Cuenca, desde Villarrobledo y La Roda hasta Casas Ibáñez. Tan sólo pertenecían a la provincia de Murcia un territorio menor de 27 poblaciones, también mayoritariamente manchegas y pertenecientes a la antigua provincia del Marquesado de Villena y a la Orden de Santiago, con los partidos de Albacete, Chinchilla, Villena y Hellín y las encomiendas de Socovos y Yeste.

Con la base de los territorios de las tres provincias creadas en 1785 por Floridablanca, menos la zona de La Roda y Villarrobledo, se formó en 1822 la provincia de Chinchilla, que incluia también algunas poblaciones de Murcia, de Ciudad Real y de Jaén. La provincia fue dividida en ocho federaciones o cantones de pueblos, con la capital de cada uno en Chinchilla, Albacete, Peñas de San Pedro, Socovos, Yecla, Hellín, Alcaraz y Jorquera. Esta nueva demarcación provincial, pedida al Gobierno por las Cortes en 1813, no pudo ser aprobada por la reacción absolutista y fue de nuevo revitalizada con la revolución de 1820. Sin embargo, la duración de la provincia de Chinchilla fue muy corta. Hacia el verano de 1823 fueron derrotados los constitucionales por las fuerzas absolutistas, ayudadas por los "Cien mil hijos de San Luis". Con la caída del régimen volvió de nuevo el sistema provincial anterior, desapareciendo la efímera provincia de Chinchilla.

Seis años más tarde, las reales órdenes de 31 de marzo de 1829 urgieron de nuevo a efectuar una división judicial y municipal del territorio español, y el real acuerdo de la Chancillería de Granada dictó las órdenes oportunas para su realización en las nueve provincias que le pertenecían jurisdiccionalmente, entre ellas las de La Mancha, Murcia y Albacete. Es entonces, pues, cuando aparece de facto la provincia de Albacete, con la capital en la villa de su nombre. Y ya desde estas fechas existe documentación recíproca entre Albacete y la Chancillería, estudiada recientemente por Ángel Ñacle, en la cual esta población actuaba verdaderamente como capital de la nueva provincia, antes de que se constituyera de iure.

Por fin, el 30 de noviembre de 1833, un real decreto, elaborado por el ministro de Fomento Javier de Burgos y firmado por la Reina Gobernadora, estableció definitivamente la provincia de Albacete, aunque con una configuración un poco distinta a la actual, ya que englobaba a Villena y Requena, pero sin Villarrobledo. Después de diversas reales órdenes: una de 1836 por la que Villena era incorporada a Alicante, otra en 1846 por la que se incluía a Villarrobledo en la provincia, y otra de 1851 por la que Requena pasaba a pertenecer a Valencia, la provincia de Albacete quedó configurada en su forma definitiva actual.

Circunstancias sociales y económicas de la nueva provincia

Sin embargo, las circunstancias históricas y sociales no fueron muy favorables a la provincia recién creada. Carente de poblaciones con tradición administrativa, a las deficiencias de infraestructura urbana y a la inexperiencia se sumaba la carencia de recursos humanos y materiales. A lo largo del siglo XIX el crecimiento demográfico de la provincia fue muy débil, comparado con la evolución del conjunto nacional, constituyendo una de las zonas más despobladas de España y, por extensión, de Europa. El bache demográfico, aparte de circunstancias históricas ancestrales, estaba originado por la pobreza de algunas tierras, crisis de subsistencias, epidemias, plagas del campo, mortalidad, emigración...

Por si ello fuera poco, durante casi todo el siglo XIX, el territorio provincial se vio envuelto en las guerras carlistas y asolado por las partidas de bandoleros. Estos episodios, a veces muy cruentos, mantuvieron a las poblaciones en un ambiente de continua inseguridad. La provincia, tradicionalmente liberal, salvo Caudete, donde dominaban las ideas carlistas, contaba con muy poca guarnición militar para su defensa, y ésta era organizada casi exclusivamente por el elemento civil, que no quería ser víctima de las sangrientas correrías de las frecuentes partidas carlistas o de bandoleros, nunca muy bien identificadas en su género, hasta el punto de ser denominadas casi siempre de un modo ambiguo: latro-facciosas.

Mientras tanto, sucedían los hechos más importantes para la historia futura de Albacete, aparte de su creación como provincia: la constitución e instalación de la Audiencia Territorial de Albacete, con jurisdicción también sobre las provincias de Murcia, Cuenca y Ciudad Real, y que, por deseo expreso del Gobierno y de la regente María Cristina, se asentó definitivamente en la capital de la provincia, a pesar de las continuas y poderosas presiones murcianas; la desecación de la llanura pantanosa de Albacete con la construcción del Canal de María Cristina; la construcción del ferrocarril Madrid-Albacete (1855), Albacete-Alicante (1858) y Albacete-Cartagena (1865); el lento y tardío acondicionamiento de las carreteras generales, comarcales y locales, en base a los antiguos caminos carreteros y de herradura…

Sin embargo, todas estas mejoras evidentes no lo fueron para el total del territorio provincial, sobre todo en cuanto a las comunicaciones, que posibilitaban la integración en un mercado de ámbito nacional y el desarrollo comercial con la salida y entrada de productos. Sin ellas, algunas zonas tendrían evidentemente unas desiguales posibilidades de crecimiento. Las vías de comunicación principales (carreteras nacionales y ferrocarril) siempre fueron más efectivas a lo largo de un eje radial Noroeste-Sureste (Villarrobledo, La Roda, Albacete, Almansa, Hellín), precisamente las zonas con una estructura agraria más rica, mientras los territorios del interior, las serranías de Alcaraz y del Segura, también con menor densidad de tierras de cultivo, serían condenados al atraso secular por su aislamiento.

El corredor Noroeste-Sureste. La feria de Albacete

La Feria es algo fundamental para la historia de Albacete. Y en el centro precisamente de ese corredor NO.-SE. todos los factores positivos confluyeron en Albacete, capital de la nueva provincia, que inmediatamente se configuró como el cruce de caminos más importante del territorio, base indudable, junto al nacimiento de la vida administrativa, de su futuro desarrollo y de su vitalismo social y cultural. A los factores ya enunciados anteriormente, la capitalidad, la desecación de la llanura, las comunicaciones, se unió otro tradicional muy importante: el resurgir de su feria. Aunque nacida en la Edad Media y revitalizada en el siglo XVIII con la construcción del edificio ferial (1783), a principios del siglo XIX es cuando se convirtió en uno de los elementos fundamentales del progreso de Albacete, hasta el punto de ser considerada como algo fundamental para su historia y, en general, para gran parte de la provincia. No es aventurado afirmar que sin la feria la ciudad no habría conseguido la progresiva importancia que acabaría dándole la capitalidad provincial.

La feria convirtió a Albacete en un verdadero centro de peregrinación comercial de gentes de todas las comarcas y regiones cercanas, en especial de Andalucía, Murcia, Valencia y La Mancha. Esta gran afluencia de feriantes, probada documentalmente siglo tras siglo, constituye la base más progresiva de la historia de Albacete. Las cifras de concurrencia de algunos años, por ejemplo, 1831, en el que vinieron de lugares lejanos 56.744 cabezas de ganado mayor para venderse en "la cuerda" (12.000 vacas, 17.762 asnos, 5.363 caballos y 21.619 mulas), colocan a la feria de Albacete a la cabeza de las de España, en igualdad de condiciones, si no superándolas, con las de Sevilla, Jerez o Medina del Campo.

Con estas cifras, que revelan su poderío económico, no es de extrañar que el Ayuntamiento de Albacete se comunicara con la Chancillería de Granada sin el más mínimo complejo, considerándose ya de tacto como capital de la nueva provincia a constituir. Por otro lado, la influencia histórica de la feria en el progreso de Albacete se manifiesta también en la inmigración a la ciudad de elementos humanos muy positivos. Muchos de los comerciantes e industriales que se establecieron entre los siglos XVIII al XX lo hicieron primeramente como feriantes, y se quedaron después definitivamente. considerando las posibilidades futuras que veían en Albacete.

Transformación de la provincia. Burguesía y proletariado

En base a éstos y otros presupuestos históricos, totalmente distintos para las zonas comunicadas que para las deprimidas, durante todo el siglo XIX y gran parte del XX fue desarrollándose poco a poco la provincia. La sociedad sufrió una transformación radical por el engrandecimiento de la burguesía y cl empobrecimiento de las clases proletarias, sobre todo de los campesinos.

Tras la desamortización de los bienes eclesiásticos y municipales, los pocos que entonces tenían dinero suficiente se apoderaron casi por nada de grandes extensiones territoriales de la provincia, constituyendo inmensos latifundios. La nobleza consiguió también un gran beneficio con la situación, convirtiendo sus señoríos territoriales en propiedad privada, lo que aumentó también el número de latifundios.

Frente a los nuevos terratenientes, procedentes de la burguesía adinerada o de la nobleza, que vivían en las ciudades sin acercarse apenas por sus tierras, las clases obreras eran mayoritariamente campesinas y agrícolas en toda la provincia. Aparte estaba el funcionariado, que apareció en Albacete capital y en algunas poblaciones cabeza de partido judicial en las oficinas administrativas y judiciales. Y las profesiones liberales y mercantiles, que proliferaron en algunas pocas localidades por las condiciones particulares derivadas de la capitalidad y de las comunicaciones en algunas zonas.

Hasta ahora la población campesina se había mantenido en los pequeños núcleos rurales, a pesar de la pobreza tradicional de las tierras, en base al beneficio de los montes comunales que poseía cada municipio, en los que encontraba algunos de los elementos vitales para la subsistencia, principalmente pasto para su ganado y leña para calentar el hogar.

Con la desamortización se acabó todo ese idílico mundo campesino de antaño. Eran muchísimos los aparceros o arrendatarios de las propiedades eclesiásticas y municipales, que anteriormente se veían casi como verdaderos dueños de las tierras, pagando rentas en especie bajísimas, de ocho una, como ha demostrado Antonio Díaz García, investigador del tema de la desamortización en Albacete. Ahora, drásticamente, se vieron convertidos en meros jornaleros asalariados, siéndoles incluso difícil encontrar un trabajo estable para todo el año y un salario digno que llevara el pan a su mesa.

La vida de las poblaciones rurales de la provincia se ensombreció de pronto con los fantasmas de la miseria y del hambre. Por ello, a la etapa histórica de la desamortización (casi todo el siglo XX), para los campesinos albacetenses, igual que para casi todos los de España, vino inmediatamente otra de toma de conciencia (principios del siglo XX), otra de indignación y de lucha (República y guerra civil) y, finalmente, otra de emigración (posguerra). Han sido las etapas lógicas, cuando la vida campesina había sido cortada en sus raíces, sin encontrar nadie la menor solución al terrible problema de la Edad Contemporánea de la Historia de España.

Durante mucho tiempo, los campesinos albacetenses, analfabetos en su casi totalidad en este período histórico (la provincia ofrecía uno de los mayores índices de analfabetismo de toda España), se mantuvieron aún en sus aldeas, cobijados muchas veces en el cómodo amparo de los terratenientes, quienes ejercían sobre ellos una influencia a voces paternalista, pero, desgraciadamente, en la mayoría de las ocasiones marcadamente caciquil. Estas circunstancias hicieron alargar el periodo de toma de conciencia de los problemas campesinos y las sociedades obreras tardaron mucho tiempo en implantarse en la provincia

Sólo ya muy avanzado el siglo XX empezaron a surgir algunos sindicatos de varias tendencias, sobre todo socialistas y anarquistas, en algunas poblaciones más industrializadas como Almansa, Hellín, Villarrobledo y Albacete. En estas ciudades es donde se implantaron antes las Casas del Pueblo. En el resto de las poblaciones, más marcadamente agrícolas y campesinas, se vivía casi totalmente apartado de la lucha de clases y tan sólo existieron algunos pequeños brotes sindicalistas de tipo cristiano hasta la implantación de la Segunda República, tras la caída de la Dictadura y de la Monarquía.

El lento desarrollo agrícola

En el siglo XIX, la principal actividad económica de la provincia era la agricultura. La industria adoptaba niveles tradicionales, raquíticos y casi de subsistencia, y tan sólo a fines del siglo y principios del XX empezó a adquirir formas modernas, al introducirse la hidroelectricidad.

También la agricultura al principio del XIX era casi exclusivamente de autoabastecimiento familiar y local. Sólo más tarde, hacia 1840, en algunas zonas más ricas de La Mancha y Levante se empezó a cultivar con fines de comercialización de excedentes. Con esto, la producción agraria se incrementó a lo largo del siglo por la especialización agrícola, la extensión del cultivo a nuevas tierras no roturadas hasta entonces y la intensificación del mismo en las propiedades adquiridas tras la desamortización.

Al consolidarse la estructura agraria latifundista y la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos (en 1930, de los 78.953 propietarios existentes en la provincia, 950 de ellos poseían el 53 por 100 de la superficie provincial), surgió el fenómeno de la proletarización del campesinado (a voces también propietario, aunque minifundista) y la introducción de mano de obra abundante y barata. Ante la facilidad y bajo coste de estos brazas, los propietarios no se vieron impulsados a la modernización técnica de las estructuras agrarias, ya que -por su inmensidad- las fincas producían buenos beneficios, aunque siguieran explotándose con los mismos medios rudimentarios del pasado.

Sin embargo, favorecidos por las nuevas vías de comunicación, sobre todo el ferrocarril, que facilitaban el transporte de los productos agrarios, algunos propietarios sí que potenciaron una agricultura que iba más allá de la mera subsistencia local, buscando nuevos mercados a los productos especializados que producían. Pero, en general, el efecto latifundista no fue positivo y no estimuló la producción, aun contando con la mano de obra barata. Fueron muchos más los grandes propietarios, en su mayor parte absentistas, que carecían de estímulos para invertir en sus tierras e introducir mejoras técnicas en ellas. En general, como dice el mejor estudioso de la historia de este penado, Carlos Panadero Moya, "el poso de una agricultura latifundista se convirtió claramente en factor de estancamiento".

La situación empeoró aún más con la crisis agraria de fines del siglo XIX, impulsada por la revolución de los transportes marítimos por el vapor, que ocasionó la llegada masiva de trigos ultramarinos vendidos a precios más bajos en los mercados europeos y españoles. La crisis agraria originó también una crisis de subsistencias y, con ello, el inicio de la conflictividad social, cuando el trabajar se vio obligado a la defensa del poder adquisitivo de su salario.

Entre 1886 y 1898 ocurrieron diferentes desórdenes públicos en La Roda, Albacete, Almansa, Caudete y Villarrobledo, protestando por el encarecimiento de las subsistencias, por el traspaso de la administración del impuesto de consumos a manos privadas y por otras acciones públicas que tendían a agravar aún más el nivel de vida de la clase trabajadora. Esta fase depresiva de la economía provincial, que duró cerca de veinte años, terminó con el inicio del siglo, cuando se consiguieron medidas proteccionistas para la agricultura frente a la exportación de productos extranjeros.

También por el cambio de algunas estructuras económicas, con la implantación de algunas innovaciones tecnológicas, en especial la electricidad, lo que permitió transformar algunos productos agropecuarios a través de la industria local. La provincia inició así una vía industrial moderna, con las fábricas de harinas y de otros productos alimenticios y la transformación de la madera, el esparto y el calzado, aunque sin que por ello desaparecieran las pequeñas explotaciones industriales y artesanales de antaño.

Si la vida económica estaba dominada en toda la provincia por las oligarquías, necesariamente estaría en la mente y en la acción de las mismas el dominio de la vida política a nivel nacional, provincial y local. La mecánica electoral caciquil propia de la Restauración favoreció el control de la vida pública de la provincia por unos pocos grupos familiares y políticos, y el acceso a los cargos públicos de sus candidatos estaba asegurado antes de que el pueblo acudiera a las urnas, tanto en las Cámaras legislativas de la nación como en la Diputación Provincial y en los Ayuntamientos.

El despegue económico de principios del siglo XX

Con el nuevo siglo se produjo un evidente inicio del despegue económico de la provincia en todos los sectores, agricultura, industria, comercio, banca..., que se tradujo incluso en un crecimiento demográfico, pasando a nivel provincial de los 237.877 habitantes de 1900 a los 332.619 de 1930 y los 374.472 de 1940. Como dice Carlos Panadero, "con el siglo XX muchos de los elementos integrantes del subdesarrollo provincial empiezan a transformarse para adoptar tintes más modernos".

La principal actividad, como en las centurias pasadas, continuaba siendo la agricultura, muy floreciente en las zonas manchega y levantina y muy deprimida en las Sierras de Alcaraz y del Segura. Pero ahora se añadía una significativa actividad comercial e industrial, e incluso minera. Este inicial despegue de principios del siglo se acentuó en las zonas clásicas mejor comunicadas del eje NO.-SE., sobre todo en Albacete, Villarrobledo, Almansa, Hellín y La Roda.

Una de las principales causas fue la Primera Guerra Mundial, con la demanda de productos a los países neutrales. La provincia supo aprovechar dinámicamente la ocasión, exportando sus productos agrícolas transformados con las nuevas fábricas de harinas, productos alimenticios, alcoholes, vinos... Se reanimaron hasta las olvidadas minas de azufre de Hellín, las fábricas metalúrgicas de San Juan en Riópar y la cuchillería albacetense, creándose otras nuevas de gran vitalidad como las industrias alcoholeras de Villarrobledo, las de calzado de Almansa y las de elaboración de madera y esparto en Hellín. Las exportaciones se ampliaron y con ellas los beneficios económicos. A su vez, la acumulación de capital animarla a nuevas inversiones.

Manuel Requena, otro gran estudioso del siglo XX en Albacete, estudia la significativa transformación del campo de la provincia durante el primer tercio del siglo: "El valor de la producción agraria creció, medido en pesetas constantes, un 59 por 100 entre 1890 y 1935, superando en cuatro puntos la media nacional. Este dato desmiente la extendida hipótesis del estancamiento agrícola en una provincia eminentemente cerealícola y de secano como Albacete". Los cereales, efectivamente, que duplicaron su valor y triplicaron su cantidad, y la vid, que creció también por encima de la media nacional, fueron los cultivos de mayor crecimiento, mientras el olivo y los restantes cultivos, incluida la ganadería, mantuvieron un alza más mesurada.

La significativa expansión de los cultivos se hizo a costa del rompimiento de los montes y dehesas, con el agravante de que los que permanecieron sin roturar se empobrecieron también para intensificación del esparto. Todos los aprovechamientos incrementaron su superficie, impulsados por la demanda del mercado exterior e interior y por las clarísimas expectativas de beneficio.

Durante esta época aún no empezó el éxodo rural, por la resistencia a emigrar fuera de la provincia de los campesinos, incentivados a veces por sus minifundios y porque la roturación de las nuevas tierras ofrecía alguna expectativa laboral y de supervivencia. Por ello, los enormes beneficios del campo albacetense en este período, favorecidos por el excedente de mano de obra barata, sirvió de nuevo freno a la mecanización agrícola. Únicamente los grandes y medianos agricultores disponían de dinero para realizar innovaciones técnicas, pero consideraron más rentable invertir en otra actividad.

Así la mayor riqueza agrícola acumuló más capital entre la oligarquía provincial, pero fue empleada en la industria (especialmente harinera y vinícola) y en la creación del Banco de Albacete. Con ello se empezó a constituir una poderosa burguesía capitalista de base agraria, pero con vínculos industriales y bancarios

Se unió a ella una minoría de medianos empresarios dedicados a la industria y al comercio que, posiblemente, nunca tuvo su inicio en los beneficios de la agricultura, pero que, finalmente, también acabó adquiriendo propiedades rústicas, ya que en Albacete el símbolo de la distinción social siempre ha sido la gran posesión agraria.

Ciudad clave de esta situación de toda la provincia fue Albacete, donde la oligarquía agraria empleó sus beneficios en la industria y el comercio, transformando sustancialmente el panorama de la capital de la provincia. Ello propició un crecimiento demográfico importante, paralelo al ritmo de sus actividades económicas y al de su infraestructura urbana: abastecimiento de aguas potables, alcantarillado, fábricas de electricidad en el río Júcar, creación de una Caja de Ahorros y de un Banco de Albacete con sucursales en diversas poblaciones de Valencia, Murcia, La Mancha y Andalucía: instalación de otros bancos nacionales en la ciudad.

Fueron unas décadas (hasta la depresión de la guerra civil y de la posguerra) de desarrollo y de vitalidad imparables, que asombraron a los numerosos intelectuales que acudían a la ciudad invitados por el Ateneo Albacetense y por la prestigiosa Asociación de la Prensa. Los piropos más significativos los pronunciaron la Condesa de Pardo Bazán, Unamuno y Azorín. Este último llegó, nada más y nada menos, que a denominar a Albacete como "la Nueva York de La Mancha". Fuente de este artículo: http://www.laverdad.es

 

MONUMENTOS

Catedral de San Juan Bautista, Antiguo Monasterio de la Encarnación, Parroquia de la Purísima Concepción, Posada del Rosario, Antigua Casa de los Picos, El Palacio de la Diputación Provincial, Pasaje de Lodares, El Museo de Albacete, Ermita de San Pedro de Matilla.

 

FIESTAS

El Jueves Lardero, el jueves anterior al Carnaval, con una fiesta campestre para niños.

 

ECONOMÍA

Su calidad de capital provincial ha permitido a Albacete destacar como centro comercial. Además cuenta con una modesta industria basada en la cerámica y en las actividades derivadas de la agricultura, sobre todo aceites, harinas y jabones

 

COCINA CON ARTE

La cocina albaceteña, como toda la castellano-manchega, es extensa, variada y sabrosa. Y a sus preparaciones más extendidas aporta recetas y platos propios de esta zona, basados en la calidad de los productos de la tierra, realizados a la manera tradicional, a menudo relacionados con sus fiestas populares. Así, entre otros muchos destacaremos: El gazpacho manchego, El moje de tomate, El ajo pringue o de "mataero", El atascaburras, Los guisos de caza, Las gachas, Las migas ruleras,

Otros muchos platos son el queso frito, los suspiros y lástimas, el pisto manchego, el salpicón, ... y con la seguridad de que para cada uno de los platos un gran vino de La Mancha puede acompañarle. Tampoco hay que olvidar la repostería, de inspiración casi siempre conventual y que se expresa mediante verdaderos prodigios como las Flores manchegas, los Suspiros y los Miguelitos de La Roda o las delicias de Almansa, sin olvidar los bollos de mosto, las natillas pestiñadas y las hojuelas a la miel, en Alpera han cobrado justa fama los rollos y la torta.

Hay que mencionar, la cuerva, bebida típica de la región, preparada a base de agua, azúcar, limón y vino.

 

RESTAURANTES DE ALBACETE

 

 

TURISMO

Los monumentos, los espacios naturales

Las Lagunas de Ruidera

 

PERSONAJES ILUSTRES
 

 

PUEBLOS DE ALBACETE

 

Abejuela
Abengibre
Abuzaderas
Agra
Agramon
Aguas Nuevas
Alatoz
Albacete
Albatana
Alborea
Alcadozo
Alcala Del Jucar
Alcantarilla De Abajo
Alcaraz
Alcozarejos
Aljube
Almansa
Alpera
Argamason
Arguellite
Arrecife
Arroyo Morote De Abajo
Arroyofrio
Arteaga De Arriba
Ayna
Balazote
Balsa De Ves
Barrax
Barrio Del Santuario
Batan Del Puerto
Beg
Berro
Bienservida
Boche
Bogarra
Bojadillas
Bonete
Bormate
Burrueco
Calzada De Vergara
Campillo
Campillo De La Virgen
Campillo De Las Doblas
Campoalbillo
Cañada Buendia
Cañada De Agra
Cañada De Morote
Cañada Del Provencio
Cañada Juncosa
Cañadas
Cañadas De Haches De Abajo
Cañadas De Haches De Arriba
Canaleja
Cancarix
Cantoblanco
Carcelen
Casa Blanca
Casa Blanca De Los Rioteros
Casa Cañete
Casa Capitan
Casa De La Noguera
Casa De Las Monjas
Casa Nueva
Casa Rosa
Casablanca
Casas De Abajo
Casas De Juan Gil
Casas De Juan Nuñez
Casas De La Peña
Casas De Lazaro
Casas De Ramon
Casas De Ves
Casas Del Cerro
Casas Del Pino
Casas-Ibañez
Casasola
Casillas De Marin De Abajo
Caudete
Cenizate
Cerro Lobo
Cerroblanco
Chinchilla De M.Aragon
Cilanco
Cilleruelo
Collado
Cordovilla
Corral-Rubio
Cortijo De Tortas
Cortijo Del Cura
Cotillas
Cubas
Cucharal
Cuevas Del Molino De Las Dos Piedras
El Altico
El Ballestero
El Batan
El Bonillo
El Cañar
 

El Carrascal
El Carrizal                        El Cubillo
El Ginete
El Gollizo
El Griego
El Horcajo
El Jardin
El Laminador
El Madroño
El Pardal
El Royo
El Sahuco
El Salobral
El Villarejo
El Viso
Elche De La Sierra
Ferez
Fontanar De Las Viñas
Fuenlabrada
Fuensanta
Fuente Del Pino
Fuente Del Taif
Fuente-Alamo
Fuente-Carrasca
Fuente-Higuera
Fuentealbilla
Gallego
Golosalvo
Graya
Hellin
Higueruela
Hijar
Horna
Horno-Ciego
Hoya-Gonzalo
Isso
Ituero
Jorquera
La Alfera
La Casica
La Dehesa (Ayna)
La Dehesa (Riópar)
La Dehesa Del Val
La Felipa
La Fuensanta
La Gila
La Gineta
La Herrera
La Herreria
La Higuera
La Horca
La Hoz
La Mesta
La Molata
La Navazuela
La Noguera
La Pared
La Rambla
La Recueja
La Roda
La Sarguilla
La Sierra
La Solana
La Torrecica
La Yunquera
La Zarza
Ladonar
Las Animas
Las Anorias
Las Casas De Haches
Las Eras
Las Hoyas
Las Minas
Las Mohedas
Letur
Lezuza
Lietor
Llano De La Torre
Los Alejos
Los Anguijes
Los Campos
Los Chorretites De Abajo
Los Chospes
Los Chovales
Los Collados
Los Giles
Los Llanos
Los Mardos
Los Olmos
Los Pocicos
Lugar Nuevo
Madrigueras
Mahora
Majada Carrascas
Maldonado
Mariminguez
Masegoso
Mesones
Minateda
Minaya
Mingogil

Molinar
Molinicos
Montalvos
Montealegre Del Castillo
Mora De Santa Quiteria
Moriscote
Moropeche
Motilleja
Mullidar
Munera
Nava Campaña
Nava De Abajo
Nava De Arriba
Navalengua
Navas De Jorquera
Nerpio
Oncebreros
Ontur
Ossa De Montiel
Parolis
Parrizon
Paterna Del Madera
Pedro Andres
Peñarrubia (Elche De La Sierra)
Peñarrubia (Masegoso)
Peñas De San Pedro
Peñascosa
Peralta
Pesebre
Petrola
Pinilla (Chinchilla De Monte-Aragón)
Pinilla (Molinicos)
Potiche
Povedilla
Pozo Bueno
Pozo Cañada
Pozo De La Peña
Pozo-Lorente
Pozohondo
Pozuelo
Puerto Del Pino
Quebradas
Rala
Raspilla
Reolid
Resinera
Rincon Del Moro
Rio De Cotillas O Resinera
Rio Madera De Abajo
Riopar
Robledo
Royo-Odrea
Salobre
San Pedro
Santa Ana (Albacete)
Santa Ana (Alcadozo)
Santa Marta
Santiago De Mora
Sege
Serradiel
Sierra
Socovos
Solanilla
Sotuelamos
Tabaqueros
Talave
Tarazona De La Mancha
Tazona
Tinajeros
Tiriez
Tobarra
Tolosa
Torre Uchea
Torre-Pedro
Tus
Umbria-Angulo
Valdeganga
Vandelaras De Abajo
Vandelaras De Arriba
Vegallera
Ventas De Alcolea
Vianos
Vicorto
Villa De Ves
Villalgordo Del Jucar
Villamalea
Villapalacios
Villar De Chinchilla
Villares
Villarrobledo
Villatoya
Villavaliente
Villaverde De Guadalimar
Viveros
Yeguarizas
Yeste
Yetas De Abajo
Zapateros
Zorio
Zulema
 

 

ESCUDO DE ALBACETE

   

     Volver al inicio de Albacete

 
   
 
Búsqueda personalizada

Principal Arriba Monumentos y Fiestas