Castilla La Mancha

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Cuenca (Historia) 

 

 Albacete (Historia) 

 

 Ciudad Real (Historia)

 Cuenca - Calle Alfonso VIII

 

Albacete - Alcala de Jucar

 

 Ciudad Real - Campo de Criptana

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EN ALGÚN LUGAR DE LA MANCHA...

de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijano. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad...Volver al inicio

 

 

LA COMUNIDAD CASTELLANO MANCHEGA

Está ubicada en el corazón de la península. Una extensa llanura domina su fisonomía, aunque no faltan los paisajes montañosos, como el de la Cordillera Central (al norte), el Sistema Ibérico (al nordeste), la Sierra Morena y los Montes de Toledo, al sur. Estos últimos constituyen la línea divisoria para las dos cuencas hidrográficas de la región: La del Tajo y la del Guadiana.

Castilla-La Mancha alberga tres parques nacionales y numerosos espacios de interés, muchos de ellos casi intactos y poco conocidos, donde habitan especies como el ciervo, el corzo, el zorro, el lince, el águila real, o el buitre negro.

Su clima es mediterráneo con tendencia a continental atenuado, con lluvias escasas, provocando el que sus temperaturas sean algo frías en invierno y cálidas en verano.

Las ciudades:

Toledo. La antigua capital del reino es uno de los tesoros arquitectónicos de España, con un impresionante patrimonio monumental. Toledo fue también hogar del insigne pintor El Greco, por lo que en esta bellísima ciudad se podrán apreciar sus obras.

Cuenca. Esta impresionante ciudad, con sus míticas Casas Colgadas es un verdadero milagro arquitectónico y ha sido declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. De adicional interés resultan su Catedral gótica y un importante Museo de Arte Abstracto. Su provincia encierra paisajes de ensueño, no en vano allí se encuentra la Ciudad Encantada, donde colosales esculturas trazadas por la erosión del agua han creado un fascinante museo de caprichosas y fantásticas figuras, o el nacimiento del río Cuervo, que entre bosques y cascadas, ofrece un paisaje de cuento de hadas, o la Reserva del Hosquillo, uno de los últimos refugios del oso pardo.

Guadalajara. Sus principales monumentos son su iglesia Santa Maria la Mayor, de estilo mudéjar, el palacio del Duque del Infantado, del s. XV, las murallas de época musulmana que la rodean y el puente sobre el río Henares, del s. X. En su provincia, merece especial interés la visita a Sigüenza, ciudad medieval cargada de historia, dominada por una fortaleza medieval y la catedral.

Ciudad Real. La ciudad marcada por la huella de Don Quijote que luchó contra los molinos de viento en el cercano Campo de Criptana, ofrece la típica estampa de la llanura manchega. En sus cercanías se encuentran la reserva natural de las Lagunas de Ruidera, un conjunto de 17 lagunas escalonadas, que junto con bosques y grutas crean bellísimos paisajes.

Albacete. Una ciudad funcional y moderna, situada en la típica llanura manchega. En su provincia se encuentra el nacimiento del río Mundo, paraje natural de impresionantes cascadas y hoces, que en el pasado fueron refugio de bandoleros.

La capital de España, Madrid, es a su vez centro administrativo de la Comunidad Autónoma del mismo nombre. Se caracteriza por una vida cultural muy activa, entre bibliotecas, universidades, museos, exposiciones y toda clase de actos culturales. Su actividad económica se manifiesta en encuentros como los realizados en los modernos palacios de congresos o el parque Ferial Juan Carlos I, que acoge importantes ferias comerciales. Y su actividad turística, importante como en otra capital europea, cobra nuevo impulso al acoger hoy día la sede de la Organización Mundial de Turismo. El ocio está también garantizado a través de una amplia oferta de teatros, óperas, zarzuelas y conciertos a lo largo de todo el año, en numerosas instalaciones deportivas o en su efervescente vida nocturna.

Fuera del cinturón de la gran ciudad nos encontramos con la auténtica provincia de Madrid, con bellísimos paisajes montañosos y bosques donde se respira por su gran altitud un aire excepcionalmente fresco. En ella hay tres centros de atracción turística de primer orden; Alcalá de Henares, Aranjuez, San Lorenzo del Escorial y Chinchón junto con otros de importancia menor, pero no por ello de poco atractivo.Volver al inicio

 

 

HISTORIA DE CASTILLA LA MANCHA

Castilla-La Mancha sería, probablemente, una gran desconocida a no ser por un personaje imaginario, el hidalgo Don Quijote de La Mancha, creado por la pluma de Cervantes. Sin embargo, su participación en la vida de España tuvo importancia en siglos pasados; fue, efectivamente, tierra de paso para los romanos (de Caesaraugusta a Emerita), o para los musulmanes (entre Córdoba y Toledo), pero también centro y región integradora: tierra de confluencia de celtas e iberos y capital del reino visigodo. La época medieval la dotó de un nombre histórico significativo: Castilla (La Nueva), por su carácter guerrero y fronterizo emparentada con la Meseta septentrional; La Mancha, por ser lugar seco de desagradecido cultivo y poco estímulo a su población, condicionante de su economía hasta el momento. Tuvo, en el siglo XVI, gran protagonismo en la configuración de la monarquía moderna, pero el declive del Imperio hispánico fue el de la región, donde el tiempo se estancó hasta su movilización, brusca quizás, en el siglo XIX y el XX. Hoy Castilla-La Mancha es una realidad sobre la que no existe perspectiva histórica, pero sí la posibilidad de participar en ella.

Prehistoria

Durante el Paleolítico (600.000-6000 a.C) los homínidos pobladores -en número escaso- del actual territorio de Castilla-La Mancha vivieron tremendamente condicionados por un clima muy frío y oscilante. Su supervivencia se aseguró con la fabricación de útiles de piedra que usaron para la caza de grandes mamíferos y recolección de frutos. En el Paleolítico Inferior, el homo presapiens y sus ancestros habilis y erectus siguieron las migraciones de animales como el mamut a lo largo del Tajo y Guadiana; junto a los ríos establecían campamentos de despiezo de la caza: en Pinedo (Toledo) y Porzuna (Ciudad Real) se han hallado útiles líticos de tipo pebble y achelense (hachas de mano, bifaces y hendedores, lascas, buriles y raederas) junto a restos de animales. A lo largo del Paleolítico Medio (100.000-35.000 a.C) el hombre de Neanderthal perfeccionó las técnicas de talla de la piedra (tipo musteriense), de manera que podía fabricar útiles de pequeño tamaño con un fin preconcebido: las puntas de lanza, raederas para piel y cuchillos así fabricados se encuentran no sólo en las terrazas fluviales del Jabalón en su recorrido del Campo de Calatrava (Ciudad Real) y Júcar (Cuenca), sino también al abrigo de cuevas como la de los Casares y de la Hoz en el nacimiento del Tajo (Guadalajara). Las posibilidades de la piedra se desarrollaron al máximo en el periodo Paleolítico Superior (hasta el 9000 a.C) que el hombre de Cromagnon, totalmente evolucionado, empleó para la caza con arco y flecha, y la fabricación de útiles de otros materiales como el hueso; las condiciones de vida mejoraron gracias a un clima más suavizado y al control del fuego: aparecieron por entonces las primeras creaciones artísticas en las paredes de las cuevas, representaciones de los animales conocidos mediante puntos de vista móviles, junto con signos de difícil interpretación; cabras, ciervos, caballos y una serpiente pintados en rojo, en la cueva del Niño (Ayna, Albacete), y en las ya citadas cuevas de la actual Guadalajara: el estrecho pasadizo de los Casares (Riba de Saelices) muestra antropomorfos, caballos, ciervos y un rinoceronte, y escenas de pesca grabados (técnicas auriñaciense y magdaleniense), mientras que en la Hoz aparecen de nuevo caballos, ciervos y signos, también grabados.

En el intermedio del Epipaleolítico (hasta el 6000 a.C.), el clima volvió a variar hasta parecerse al actual, y desaparecieron los grandes mamíferos; se conserva actividad artística en diversos abrigos y cuevas de Albacete (Alpera, Minateda y Nerpio) y Cuenca (Boniches, Minglanilla y Villar del Humo). La primera gran revolución de la humanidad ocurrió en el Neolítico (hasta el 2500 a.C) con el descubrimiento de la posibilidad de dirigir la reproducción y crecimiento de animales y vegetales, lo que significaba asegurarse los medios de vida; tal estabilidad permitió otros descubrimientos: la cocción del barro para endurecerlo y eliminar su porosidad (cerámica) o la fabricación de tejidos, además de la diversificación y especialización de herramientas; la mayor complejidad material tuvo su equivalente en la organización social; los recientes descubrimientos se extendían por las tierras próximas. En Cuenca (Verdelpino) se sitúa el, quizás, más antiguo yacimiento neolítico conocido de la Península. La siguiente innovación tuvo también gran trascendencia: la introducción de metales que da nombre al inicio de una nueva Edad, la de los Metales (primero del Bronce, hasta el 800 a.C., y después del Hierro, hasta el 500 a.C.); la metalurgia supuso, lógicamente, mejoras técnicas y constructivas (aparecen los primeros poblados) pero además jerarquizó internamente a los pueblos que la poseían y transformó las relaciones entre pueblos, por la guerra o el comercio. Los restos en Castilla-La Mancha son abundantes: a un primer momento corresponden los yacimientos de Ciudad Real (la Batanera y Peña Escrita), Albacete y Guadalajara; el megalitismo (inhumaciones colectivas en monumentos funerarios) fue el siguiente paso, con dólmenes en Toledo (Azután y Aldeanueva de San Bartolomé) y Guadalajara. En la región se desarrolló una cultura propia manifestada en morras (poblados en alto) y motillas (montículos artificiales) fortificadas distribuidas sobre todo por Ciudad Real (Alba, Alcázar, Almagro, Azuer y Daimiel) y Albacete (Quintanar) de manera que controlaban las vías principales. Junto a ella, se introdujo otra, procedente de Almería: la del vaso campaniforme, con hallazgos en Toledo (Belvís de la Jara, Talavera) y Ciudad Real (Granátula de Calatrava).

Entre 1000 y 500 a.C., la llegada de pueblos indoeuropeos y mediterráneos configuró el poblamiento prerromano de la Península: los primeros, conocedores del hierro, vivían en poblados fortificados y tenían cierto talante guerrero; sostenían su economía con el cultivo de cereales y el pastoreo de ganado; acostumbraban a incinerar los cadáveres y depositarlos en necrópolis de urnas junto con armas o ajuares (Cuenca: Las Madrigueras en Carrascosa del Campo; Guadalajara: Aguilar de Anquita, Luzaga, Molina de Aragón). Desde Levante llegó la influencia griega y fenicio-cartaginesa, traducida en cultivos como la vid y el olivo y herramientas agrícolas (arados, hoces y podaderas), moneda, y formas artísticas, que aculturaron a los pueblos autóctonos (iberización; numerosos yacimientos en toda la región; Ciudad Real: Alarcos y Oreto; Albacete: Balazote -Bicha-, Bonete -poblado amurallado de El Amarejo-, Chinchilla -monumento funerario de Pozo Moro- y Montealegre del Castillo -Gran Dama Oferente del Cerro de los Santos-; Cuenca: Salvacañete; Guadalajara: Driebes). La población se distribuyó, pues, de la siguiente manera (aproximada): celtíberos en Guadalajara (poblados de Atienza y Sigüenza); iberos o iberizados: carpetanos y lusitanos en Toledo y parte de las provincias circundantes (centro en Toletum, y otros poblados), oretanos en Ciudad Real (ubicados en Oretum - Granátula -), bastetanos en Albacete (poblados ya citados) y olcades en Cuenca (Ercavica - Cabeza de Griego - y Segobriga - Saelices -).Volver al inicio

Edad Antigua

La primera mención precisa del actual territorio castellano-manchego en fuentes históricas escritas (Historia de Polibio, siglo II a.C.) narra la ocupación de la Carpetania por los cartagineses (de origen fenicio, aunque asentados en el Norte de África), en el siglo III a.C. Su propósito inicial era el reclutamiento de mercenarios para la guerra contra Roma (II Guerra púnica, 237-202 a.C), pero los oretanos presentaron resistencia y dieron muerte a su jefe Amílcar Barca (hacia el 228 a.C.), aunque fueron finalmente vencidos y conquistadas sus ciudades por Asdrúbal. A la desaparición de éste, asesinado por un indígena (221 a.C.), Aníbal (hijo de Amílcar) asumió el mando y atacó a olcades (conquista de su capital, Althea) y vacceos; a su regreso de la vaccea Salmantia, los carpetanos le obligaron a retirarse hacia el Tajo, donde los repelió con sus elefantes y la caballería. Reclutados varios miles en su ejército, no pudo asegurar su completa sumisión: tres mil carpetanos le abandonaron mientras se dirigía a Italia, y en el 210 uno de sus ejércitos tuvo que sitiar una de sus ciudades. La misma oposición encontraron los romanos en el siglo II a.C, especialmente en los celtíberos, una vez expulsados los cartagineses de la Península: en el 195 a.C Catón sitió Segontia (Sigüenza) sin tomarla y luego se retiró al valle del Ebro; en el 193 a.C se adentraron en la Carpetania dirigidos por el cónsul Marco Fulvio Nobilior, vencieron a un ejército de vacceos, vetones y celtíberos, atacó a los oretanos y, tras dispersar un segundo grupo de vacceos, tomó Toledo.

En la década siguiente consolidaron su presencia: una expedición de castigo contra los lusitanos remontó el Guadiana hasta el Tajo, donde derrotó a carpetanos y celtíberos aliados; continuaron este tipo de acciones, y en una de ellas, T. Sempronio Graco atacó a los celtíberos en el valle del Ebro occidental (Jalón-Jiloca) desde la Carpetania y se anexionó Ercavica. Siguió un periodo de paz y colonización de la región, que aceptó la romanización, hasta que el levantamiento lusón (154 a.C) movió a la revuelta a los celtíberos del Norte, una de cuyas tribus, los tittos (asentados en Guadalajara) originaron las guerras numantinas al aliarse con los bellos (al Oeste de Zaragoza-Teruel) y trasladarse a la capital de los arévacos, Numancia (Soria), que resistió hasta el 133 a.C; desde el Oeste, el caudillo lusitano Viriato realizó dos incursiones por la Carpetania, de Sur a Norte y en sentido inverso (147-145 a.C). Sofocada la sublevación, pudo iniciarse la romanización sin mayores problemas, con el intermedio de la guerra civil entre Sertorio y Pompeyo y Metelo, a principios del siglo siguiente, que sólo afectó a la parte nororiental de Castilla-La Mancha. Volver al inicio

La romanización (siglo II a.C-siglo V d.C) aportó unidad política y administrativa, su derecho, una extensa red urbana dotada de una completa infraestructura (acueductos, cloacas, termas, mercados, teatros, templos) y comunicada por calzadas y puentes, un amplio mercado mediterráneo, el latín como lengua universal y su cultura y religión, si bien el grado de implantación varió en el tiempo y según regiones, a veces superpuesta al sustrato indígena; la Meseta Sur no presentó excesiva resistencia a ello, aunque no debió alcanzar la intensidad de las tierras mediterráneas. Castilla-La Mancha, tras la conquista, quedó integrada para su administración en la Hispania Citerior; la primera reforma, en época de Augusto (finales del siglo I a.C.), la incluyó en la provincia Tarraconense, parte de Cuenca y Guadalajara dentro del convento jurídico Cesaraugustano, y el resto en el convento Cartaginense; con la segunda, realizada por Diocleciano (siglo III d.C), formó parte de la Cartaginense, elevada a rango de provincia; era gobernada por enviados del emperador: un legati augusti (de dos a cinco años) ayudado por los legati iuridici (asuntos judiciales), los procuratores (economía) y los legati legioni (ejército). Existían también administraciones locales para las ciudades: las civitates, con diferentes derechos según poseyeran el ius latii (derecho latino, con ciertos privilegios, como Ercavica o Valeria), o se tratase de ciudades estipendiarias (sujetas a impuestos y sin otros derechos, como Segobriga, Oretum o Toledo); las primeras estaban regidas por magistrados (auxiliados por apparitores, funcionarios menores), el Consejo (formado por decuriones, con competencias en la administración y defensa de la ciudad) y la Asamblea de ciudadanos. Las calzadas unían las ciudades más importantes; la principal (en sentido NE-SO) procedía de Caesaraugusta y atravesaba Segontia, Arriaca (Guadalajara) y Toletum (Toledo) con dirección a la capital de la Provincia Lusitana, Emérita Augusta (Mérida); una segunda (E-O), que unía esta ciudad con Levante, recorría el Sur y cruzaba Saesapo (Almadén) y Carcuvium (Caracuel); otras dos las enlazaban (NO-SE), una por Consaburum (Consuegra) y Laminium, que quizás continuaba hasta la vía Augusta (Cádiz-Roma), y la otra por Segobriga ("Capital de Celtiberia", según Plinio) y Saltici (Chinchilla). El estado romano era propietario de la tierra y las minas, parte de la cual se entregaba a particulares para su explotación en pequeñas parcelas, o en latifundios por medio de esclavos (en las fincas estatales un quaestor dirigía los trabajos, aunque luego las arrendó a publicani a cambio de una renta anual). La producción agropecuaria era la base de la economía: cereales (trigo y cebada), vid, olivo, comino y ganado caballar, ovino y bovino; la minería destacó por el aluminio de Saesapo (Almadén), piedra para afilar instrumentos de hierro de Laminium, espejuelos en los alrededores de Segobriga, y pepitas de oro en el Tajo; no se trató de una región exportadora, a excepción del aluminio. Se acuñó moneda en Toledo y Segobriga. La sociedad en la región castellano-manchega fue la común en la Hispania romana: entre los hombres libres, senadores, equites (caballeros) y decuriones ejercían las funciones más importantes y eran grandes propietarios; la situación del resto de población libre variaba según su condición jurídica (pequeños propietarios, colonos, frumentarii -sostenidos por los senadores a cambio de sus servicios), mientras que en lo más bajo de la escala social se encontraban los esclavos, sin ningún derecho; a partir del siglo III, la crisis social y económica ruralizó el mundo romano occidental: los grandes propietarios se refugiaron en sus villas rurales (Carranque y Talavera, en Toledo; Alcázar de San Juan y Albaladejo, en Ciudad Real; Balazote, en Albacete; Tres Juncos, en Cuenca; Gárgoles de Arriba, en Guadalajara) para evitar los elevados impuestos, y gran parte de la población quedó sujeta al régimen de colonato (cultivo de tierras entregadas en préstamo por las que se devolvía como pago parte de lo producido). Las creencias locales fueron respetadas por los romanos, a cambio de que se venerase a los dioses oficiales romanos (Triada Capitolina -Júpiter, Juno y Minerva-, y el emperador); ello promovió un sincretismo religioso en que las deidades indígenas se asimilaron a las romanas, además de la introducción del culto a otros dioses romanos, griegos o fenicios. A partir del siglo III se extendió el cristianismo, de carácter monoteísta, por las ciudades de la región; diversas noticias hablan de una organización eclesiástica ya establecida: Melancio, obispo de Toledo, asistió al concilio de Elvira (300 d.C); en el 332 d.C se erigió Oreto como sede de diócesis; hacia el 400 d.C se celebró un sínodo episcopal en Toledo (donde se condenó la herejía de Prisciliano);del siglo IV son los restos de basílicas hallados en Carranque y Malpica de Tajo (Toledo), y del siglo V la de Segobriga; se han encontrado sarcófagos en Pueblanueva y Layos (Toledo), Hellín (Albacete) y Segobriga, con figuras del Nuevo Testamento. Con Diocleciano, los cristianos fueron perseguidos y martirizados (Sª Leocadia, en Toledo en el 304 d.C).Volver al inicio

Edad Media

La debilidad interna del Imperio Romano no pudo impedir la entrada y establecimiento de pueblos, de origen germánico en su mayoría, dentro de las fronteras occidentales: los primeros llegados al territorio castellano-manchego fueron los alanos (409), pueblo indoeuropeo que se instaló en la Cartaginense; les siguieron vándalos y suevos (germanos). Contra ellos el Imperio envió otro pueblo germánico, romanizado en parte: el de los visigodos, que en el 416 aniquilaron a los alanos, expulsaron a los vándalos al Norte de África, y arrinconaron a los suevos en la Gallaecia (donde fundaron un reino desde el que sometieron a saqueo a la Península durante el siglo V, especialmente la Cartaginense). Su rey Eurico aprovechó la deposición del último emperador (476) para independizarse y fundar un reino, como heredero de la autoridad romana en los territorios de uno y otro lados de los Pirineos; derrotados en el 507 por los francos, tuvieron que retirarse a Hispania. La mayor parte se estableció al norte del Tajo; en Castilla-La Mancha, muy despoblada, se concentraron en Toledo y comarcas septentrionales (en Zorita de los Canes, Guadalajara, fundaron una de las escasas ciudades de nueva creación, Recópolis, en el 578), mientras que en el resto permaneció la población hispanorromana bajo dominio visigodo; desde este núcleo inicial extendieron su dominio durante el siglo VI y principios del siglo VII a toda la Península, que organizaron administrativamente según el modelo romano). Toledo se convirtió en sede real, por su ubicación central y estratégica, desde mediados del siglo VI, con Atanagildo (donde concentraron sus esfuerzos constructivos); allí residió también el Aula Regia, que asesoraba al monarca y administraba el reino, cuyos componentes participaron desde el año 589 en los concilios eclesiásticos (la mayoría -dieciocho- celebrados en Toledo), que desde entonces se ocuparon no sólo de cuestiones religiosas, sino también civiles; algunas de sus disposiciones tuvieron fuerza de ley al ser aprobadas por el rey. El papel eclesiástico fue grande en la vida política y cultural del reino, una vez convertidos los visigodos al catolicismo; la Iglesia se organizó en diócesis (Ercavica, Segobriga y Valeria en Cuenca, Oreto en Ciudad Real); de sus monasterios en la región, como el de Agaliense (Toledo) o el de Servitano (Cuenca) salieron importantes personajes de la cultura; Toledo fue también el centro religioso, cuyo obispo asumió desde principios del siglo VII la condición de primado, del que dependían todos los demás obispos. La situación económica y social fue la continuación de la tendencia anterior: la escasa población se concentró en unas pocas ciudades en las que disminuía la artesanía y el comercio, y en grandes propiedades rurales como mano de obra, no siempre en buenas condiciones legales, de la aristocracia visigoda e hispanorromana. Se mantuvo separadas a las poblaciones de diferente origen -germano o romano- hasta que Leovigildo permitió los matrimonios mixtos (último cuarto del siglo VI); hubo una minoría de judíos, con cierta importancia económica y social en Toledo, de difícil asimilación, por lo que fueron perseguidos. Desde el último cuarto del siglo VII, las luchas por el trono -la visigoda era una monarquía electiva- disminuyeron la fortaleza del reino, desintegrado cuando los ejércitos musulmanes contratados por una de las facciones derrotó al rey Rodrigo (711) y permaneció en territorio hispano, que conquistó casi totalmente en tres años, sin oposición en la Meseta sur (Toledo fue conquistada el mismo año del desembarco).

En la región se asentaron fundamentalmente norteafricanos (bereberes), que desde Toledo, capital de la Marca Media y de población mayoritariamente de origen cristiano (mozárabes y muladíes), se opusieron permanentemente a la autoridad central (ostentada por árabes), ya se tratase del valí dependiente del califa de Damasco (hasta mediados del siglo VIII), o del emir (califa desde el siglo X) de Córdoba; el último gobernador de Damasco, Yûsuf al-Fihrî, se refugió en la ciudad en 756, que también fue la base de operaciones (789) de Sulaymân y 'Abd Allâh, hermanos del emir cordobés Hishâm I; hubo nuevas revueltas en los siglos IX y X. Desde 1010 fue independiente en la práctica, y en 1031 constituyó un reino taifa, bajo la influencia de Sevilla primero, y plenamente autónomo desde 1036 bajo el reinado de la familia de origen bereber Banû Di-l-Nûn; englobó la mayor parte de la actual Castilla-La Mancha, y en las décadas siguientes incorporó Valencia (1065) y Córdoba (1074), pero tuvo que enfrentarse a la presión de los reyes musulmanes de Badajoz y Zaragoza, y a Fernando I de Castilla y León, a quien tuvo que pagar tributo desde 1062. Volver al inicio

El establecimiento musulmán revitalizó en parte la región, donde se fundaron nuevas ciudades fortificadas (Talavera, Albacete, Cuenca) y se dio nueva vida a las existentes, con regadíos (huertas y vid) en la vega del Tajo bien aprovechados gracias a sus conocimientos técnicos (acequias y norias), artesanía textil (Toledo, Cuenca), cerámica y vidrio, minería en los Montes de Toledo y Almadén, y actividad comercial centrada en el zoco urbano (el de Toledo enlazaba los del norte y sur de al-Andalus); sin embargo, otras desaparecieron (Oreto, Ercavica, Segobria, Valeria ), y la dedicación económica de los bereberes conquistadores fue predominantemente pastoril (ellos llamaron a la región La Mancha -Al-Manxara--, "tierra seca") lo que, junto con el carácter militar de la región, la mantuvo deshabitada en su mayoría. La población musulmana conquistadora fue una minoría; el grueso lo constituyeron los hispanovisigodos islamizados (en lengua y religión -muladíes-, o aún cristianos -mozárabes- respetados al sur de Toledo pero sometidos a tributo y menos numerosos con el tiempo por conversión o huida -todavía quedaban algunos en Toledo cuando fue conquistada en el siglo XI por los castellanos) y algunas comunidades judías. La presencia cristiana en la taifa toledana la inició Alfonso VI de Castilla y León con la ocupación de Toledo (1085) y algunos territorios al sur del Tajo, que no pudo mantener en su poder -excepto la capital- tras la derrota de Zalaca (ca. de Badajoz) en 1096 frente a los almorávides, grupo religioso norteafricano de carácter ascético y militar que unificó las taifas musulmanas bajo su dirección, incluidos los territorios de la antigua taifa toledana aún islámicos; a la conquista cristiana siguió la repoblación, a finales del s.XI de, por el momento, únicamente las ciudades comprendidas entre el río Alberche, el Guadarrama y el Tajo (Escalona, Maqueda y Talavera) al oeste, y el valle del Henares-Tajuña (Atienza, Hita y Brihuega) al noreste.

El s. XII significó la inversión del dominio sobre la Península, con el traslado de la frontera a Sierra Morena: Alfonso VII, durante el segundo cuarto del siglo, sólo obtuvo algunas avanzadas importantes al sur del Tajo (Mora -1144-, Calatrava -la fortaleza de Qal'at al-Rabat, junto a Carrión, en 1147- y Consuegra -1150-, por el desembarco del nuevo enemigo almohade, desde 1146 (con la misma motivación guerrera y religiosa que les permitió reunir en un sólo mando las tierras todavía musulmanas). Pero fueron suficientes para permitir, con la colaboración de la nobleza y algunos monasterios cistercienses (Bonavel, Monsalud y Oliva), consolidar el poblamiento de las conquistas anteriores: la comarca de la Jara, y los valles de los afluentes norteños del Tajo; en especial, entre el Tajo y el Tajuña, la comarca de la Alcarria (Sigüenza, Cifuentes, Molina y Almoguer) y algunos territorios al sur, por esta zona (Zorita y Huete). Alfonso VIII fue el protagonista del gran avance cristiano de la segunda mitad del s. XII; conquistó Cuenca en 1177 -la dotó de fuero en 1185- (permitió a los castellanos la ocupación del valle del Júcar impidiéndoselo a los aragoneses), y repobló su comarca (Cañete, Alarcón e Iniesta). El establecimiento al sur del Guadiana tuvo algunas dificultades a causa de la derrota de Alarcos (1195), pero no de las situadas al norte (Ocaña, Consuegra, Tarancón, Uclés); las extensas tierras manchegas se entregaron para su defensa y población a las órdenes religiosas y militares de San Juan, Calatrava y Santiago, sin peligro tras la victoria de las Navas de Tolosa (1212), que estableció la frontera más allá de Sierra Morena.Volver al inicio

La orden de San Juan, con sede en Consuegra, repobló el Campo de Criptana (Tembleque, Madridejos, Urda, Herencia, Alcázar); la de Calatrava, desde el castillo de Dueñas (Calatrava la Nueva, donde se trasladó en 1213), se ocupó del Campo de Calatrava (Daimiel, Manzanares, Almagro, Almadén, Almodovar, Valdepeñas, Puertollano), mientras que la orden de Santiago, desde Uclés, pobló territorios cercanos al Tajo (Villarrubia, Almaguer) y el Campo de Montiel (Villanueva, Montiel); por su parte, Alfonso X fundó en 1255 Villa Real (Ciudad Real) como contrapeso a las órdenes militares; también fueron de repoblación real Alcaraz y Chinchilla (Albacete). El resto del siglo XIII pudo dedicarse, sin problemas, a consolidar la colonización de las tierras conquistadas, pobladas por gentes en su mayoría castellanas, que reprodujeron al sur del Tajo sus formas de vida (se llamó a la región Castilla "la Nueva"), no sin roces iniciales con los mozárabes que seguían habitando el territorio; junto con ellos, grupos extranjeros de francos (europeos de diverso origen) con dedicación mercantil, y aquellas comunidades judías (actividades económicas y artesanales) y mudéjares (musulmanes, a quienes se respetó su modo de vida y religión aunque se les impuso un tributo) que permanecieron tras la conquista cristiana.

La sociedad castellana en la Meseta sur se organizó a partir de los dos modelos básicos de repoblación aplicados: el primero, consistía en la concesión regia de límites territoriales y jurisdiccionales -alfoz-, privilegios (cierto autogobierno y elección de alcaldes, alguaciles, jueces y otros auxiliares) y condiciones básicas de poblamiento a un lugar (cartas-pueblas y fueros) y a las gentes que lo habitaran, directamente dependientes de su autoridad; en la región fueron pocas las ciudades de realengo importantes, y en algunos casos bajo influencia señorial o que llegaron a constituir parte de señoríos: Toledo, Talavera, Villa Real, Alcaraz, Cuenca, Guadalajara. En el segundo, el rey concedía estas tierras -señoríos- a nobles, iglesias, monasterios y órdenes militares -como recompensa- para su aprovechamiento (acompañada en diferentes grados de competencias jurídicas), que a su vez otorgaban cartas de población y terrenos a sus habitantes a cambio de rentas y tributos anuales; la gran mayoría correspondió a las órdenes militares (San Juan, Calatrava y Santiago), y a sedes episcopales y cabildos catedralicios (Toledo, Cuenca), con reducida presencia nobiliaria (los Mendoza -duques del Infantado- en la comarca de Hita-Guadalajara, los Pacheco -marqueses de Villena- con enclaves entre Cuenca y Almería, los Álvarez de Toledo -señores de Oropesa entre otros títulos- a occidente de Toledo), y nula de los monasterios (excepto en el norte de Guadalajara).

En ambos casos, rey o señor delegaban en una autoridad local (concejo o representante señorial) sobre lo relacionado con el asentamiento de pobladores y reparto de tierras y su defensa (ordenanzas), y se ocupaban de organizar la vida eclesiástica. La actividad económica se repartió entre la agricultura y la ganadería, menos importante la artesanía y el comercio; los principales cultivos agrícolas fueron el cereal (trigo y cebada), el olivo y la vid (con creciente importancia), con algunas huertas y árboles frutales en las vegas de los ríos (Tajo y afluentes, en menor medida el Guadiana). La ganadería, ovina y de carácter transhumante, adquirió progresivamente mayor importancia: requería menor mano de obra, poco numerosa en la región y, después de la gran Peste Negra de mediados del s. XIV, muy escasa; el traslado de los rebaños desde la Meseta norte a los pastos de invierno, en el sur, se realizaba por cañadas controladas por la Mesta (agrupación de todas los grandes propietarios de oveja merina), de las cuales dos cruzaban por la actual Castilla-La Mancha, la soriana al oeste (por Toledo), y la conquense -que se bifurcaba hacia Murcia y Andalucia, al este; también destacó la apicultura en los Montes de Toledo y La Alcarria, obtención de leña y madera, minería en Almadén) y salinas (Atienza, Belinchón y Espartinas). La artesanía, para abastecimiento local, y el comercio, de corto alcance, se concentró en unos pocos núcleos; la industria más importante fue la textil, y existió cuero (Ciudad Real), alfarería y cerámica (Talavera) y armas (Toledo); Toledo fue el mercado más frecuentado, cabeza del tráfico comercial entre el norte y el sur y centro de demanda de productos de lujo proporcionados por mercaderes extranjeros, mientras que en el resto del territorio se ubicaron ferias temporales con diversa importancia (Brihuega, Alcaraz).

En el s. XIV y parte del XV, el proceso de construcción social tuvo grandes problemas, con relación entre sí: demográficos, por las epidemias de peste; económicos, por la pérdida de cosechas; sociales y políticos por las discordias civiles, entre monarquía y nobleza, o entre dinastías y familias rivales, cada bando con su propia gente armada. La contienda entre Pedro I y su hermanastro Enrique II de Trastámara por el trono resumió la vida política del momento; la inicial revuelta nobiliaria por el autoritarismo regio (Toledo se sublevó en 1354-55, con graves consecuencias para la comunidad judía, protegida por Pedro I), se extendió al buscar la aristocracia apoyo en la Corona de Aragón (las comarcas castellano-manchegas lindantes -Atienza, Molina, Cuenca- sufrieron repetidos ataques -también en el s. XV-), y se transformó en abierta guerra civil entre el rey legítimo y el pretendiente, en torno a los cuales se agruparon nobleza, ciudades (Toledo fue petrista, sitiada en 1368-69; Cuenca, enriqueña), y ayuda inglesa y francesa, respectivamente; finalmente, Pedro I fue muerto, posiblemente a traición, junto al castillo de Montiel (Ciudad Real) en 1369, mientras se dirigía a socorrer a sus partidarios toledanos. El alineamiento de las ciudades en diferentes bandos se repitió en los años siguientes (Albacete y Cuenca apoyaron a Isabel la Católica a finales del s. XV), lo que en algunos casos supuso nuevos privilegios en recompensa; no disminuyó por ello la importancia de los señoríos de las órdenes militares y los de las familias nobles (en 1320 se había constituido en mayorazgo el marquesado del Infantado).Volver al inicio

Edad Moderna

A finales del s. XV se establecieron las bases de la Monarquía Hispánica, con la unión dinástica entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (1469), la renovación y puesta en funcionamiento de las instituciones, y la regulación de la actividad política de nobleza y ciudades; no se crearon aún instituciones comunes, pero las de cada reino y los grupos sociales con poder fueron puestos al servicio de la Corona: nuevo sistema fiscal (revisión de rentas nobiliarias y emisión de deuda pública en forma de juros para recaudar fondos) y elevados ingresos procedentes de los territorios de las órdenes militares, cuyos maestrazgos asumió el rey (las presentes en territorio castellano-manchego, antes del s. XVI: Santiago, en 1493, Calatrava, en 1498; el Papa Alejandro VI otorgó en 1523 la administración perpetua); se buscó una mayor claridad jurídica con la recopilación de las Ordenanzas Reales de Castilla, en 1484, por Alonso Díaz de Montalvo y se centralizó la administración de justicia (chancillerías, la del sur instalada en Ciudad Real entre 1494 y 1505) y los servicios de orden (con la unificación de hermandades locales, incluida la Hermandad Vieja de Toledo) y ejército (Guardias Reales, de carácter profesional); también se otorgó a la unidad religiosa un papel importante: se estableció la Inquisición para vigilar la sinceridad de los judeoconversos al catolicismo, se expulsó a aquellos que no aceptaron el cambio de fe (1492), y se apoyó la reforma de las órdenes religiosas promovidas por el cardenal-obispo de Alcalá Cisneros, franciscano.

Tras la muerte de Isabel la Católica (1504) hubo que superar las tensiones entre los herederos de Castilla, Felipe I el Hermoso y su esposa Juana I, y el regente Fernando el Católico; la temprana muerte de Felipe y la enfermedad mental de Juana entronizó al hijo de éstos, Carlos de Habsburgo (1517), de origen flamenco, cuyas primeras decisiones y corte propia de extranjeros no fueron bien vistos; Toledo encabezó en 1520 la rebelión de las Comunidades, (complejo movimiento de protesta compuesto por miembros de todas las clases sociales): hizo un llamamiento a las dieciocho ciudades participantes en Cortes para formar una Santa Junta (presidida por el toledano Pedro Lasso de la Vega), proclamó la Comunidad y expulsó de la ciudad al corregidor y partidarios reales; una vez que los comuneros fueron derrotados en la Meseta norte (Villalar), en Toledo continuó la lucha hasta 1522, dirigidos por María de Pacheco (viuda de Padilla, jefe comunero ejecutado) y Antonio de Acuña (obispo de Zamora); la derrota restó importancia política al gobierno local toledano y al resto de ciudades castellanas, en favor de la monarquía universal del emperador Carlos I, cuyas empresas por el predominio en Europa, la guerra contra los turcos y la colonización del Nuevo Mundo fueron financiadas por los nuevos impuestos pagados por sus habitantes (alcabalas -sobre las ventas-, o los millones -impuesto inicialmente extraordinario que se recaudó regularmente en el s. XVII) y por la venta de títulos y terrenos (a veces comunales) a la nobleza (las minas de mercurio de Almadén fueron arrendadas a los Fugger, banqueros alemanes al servicio del emperador). No obstante, las dos Castillas y Andalucía se convirtieron en las regiones más dinámicas de la Península en el s. XVI; los territorios castellano-manchegos, encuadrados administrativamente en el Reino de Toledo (cuatro de las cinco provincias actuales, excepto el sureste de Albacete, en el Reino de Murcia), fueron el centro político de la Corona, al instalar temporalmente Carlos I la capital en Toledo, hasta 1561, cuando Felipe II la trasladó definitivamente a la vecina Madrid. La población creció durante este siglo en toda la región: un millón y cuarto en 1591, más numerosa en las llanuras de Toledo (Toledo ciudad: unos 60.000 hab. en 1571), Cuenca (ciudad: alrededor de 17.000 en 1561) y Guadalajara (ciudad: 10.000 hab., los mismos que Ciudad Real), aunque la gran mayoría (un 80 % ) vivía en el campo, lo que tenía su equivalente en la economía; la base continuó siendo la ganadería ovina (Montes de Toledo, La Mancha y Serranía de Cuenca), y la agricultura de cereales, vid (en crecimiento) y olivo (todavía no muy numeroso, concentrado en el alto Tajo), muy expuesta a las variaciones del clima: fue frecuente que, a consecuencia de la pérdida de la cosecha, los campesinos pasaran hambre, cuyo organismo podía quedar expuesto a las periódicas epidemias. La actividad industrial estaba vinculada al campo: textil de lana en Cuenca, de seda en Toledo, Talavera, Cuenca y Pastrana, curtidos en Ocaña y Ciudad Real, y también cerámica en Talavera y damasquinados y armas en Toledo; la llegada de oro y plata americanos fue cuantiosa en Toledo, pero se empleó en empresas guerreras, mientras las manufacturas extranjeras competían con ventaja sobre las locales (como advirtieron los arbitristas a comienzos del s. XVII).

La señorialización de tierras de realengo dificultó el desarrollo de una industria que les hiciese frente: la mayor parte continuaba en manos de las órdenes militares, ahora pertenecientes a la Corona, por la llanura manchega; el realengo se concentró entre La Sagra y los Montes, en Toledo, y al sur de Cuenca; la Mesa arzobispal de Toledo en el Jarama-Tajuña, y La Jara; los señoríos laicos fueron siempre poco numerosos, pero de gran extensión los existentes, en Guadalajara (duques del Infantado) y oeste de Toledo (duques de Maqueda y Escalona). La caballería, grado inferior de nobleza, ocupó los cargos de regimiento urbanos, con mayor poder decisorio que los jurados parroquiales (populares); ambos eran supervisados por un corregidor real; cuatro ciudades de Castilla-La Nueva tenían voto -poco decisivo- en Cortes: Madrid, Toledo, Cuenca y Guadalajara.

El s. XVII fue difícil por múltiples motivos para la región: peste (1596-1602), hambre (1631, 1659-1662, 1684 y 1699), emigración (a América y otras regiones españolas, forzosa para las moriscos, no muy numerosos, en 1609), crecimiento y competencia de la nueva capital, y las guerras europeas; la de los Treinta Años (1618-1648) sacudió profundamente a la monarquía hispana (movimientos secesionistas de Portugal y Cataluña, peste en 1648): el reparto desigual del peso de la guerra perjudicó a Castilla en su población y economía: las capitales perdieron más de la mitad de sus habitantes (Toledo, de 54.000 -1591- a 25.000 -1646-; Cuenca, de 15.000 a 4.000; Ciudad Real, de 10.000 a 4.000). La débil recuperación iniciada durante el reinado de Carlos II quedó frustrada a su muerte, por la guerra de Sucesión (1700-1714) al trono entre el heredero, Felipe de Borbón, y el pretendiente, el archiduque Carlos de Austria; Castilla apoyó a Felipe V, y los reinos periféricos al archiduque; las batallas decisivas tuvieron lugar en Castilla-La Mancha: la de Almansa (1707) posibilitó la ocupación del Reino de Valencia, y las de Brihuega y Villaviciosa (1710), la de Aragón; en sí misma la guerra no fue catastrófica, menos para Guadalajara -saqueada en 1706 y 1710 por los ejércitos del archiduque-, pero coincidió con pérdida de cosechas (1708) y hambre. La nueva dinastía concebía el gobierno como absoluto y central, origen de las reformas administrativas que suprimieron fueros particulares y dividieron el país en provincias; se dotó de intendente (1718) a la provincia manchega creada en 1691 con los partidos de Alcaraz, Almagro, Ciudad Real e Infantes, incrementada con la Mesa de Quintanar y el priorato de San Juan; la capital se fijó en Almagro de 1750 a 1761; en 1785, el conde de Floridablanca realizó una nueva división de España en 31 provincias, estableciendo para la Meseta sur las de Toledo, La Mancha, Cuenca y Guadalajara (la actual Albacete estaba repartida entre La Mancha, Cuenca y Murcia). Volver al inicio

La crisis del siglo anterior, que desapareció en las tierras costeras, se mantuvo en la ruralizada Castilla la Nueva, estancada como el resto de la Meseta, a pesar de algunas iniciativas reformistas reales (Carlos III), de sus ministros (Campomanes), y de algunos eclesiásticos ilustrados (como el cardenal Lorenzana, arzobispo de Toledo). A pesar de las crisis de escasez de grano de 1766 y la epidemia de fiebres palúdicas en 1785-1787, la población creció muy lentamente, hasta alcanzar un millón a finales de siglo, en pequeños núcleos rurales de menos de 5.000 habitantes, y ligeramente en las capitales (Toledo, 15.000-20.000; Talavera. 7.500; Almagro y Ciudad Real, entre 5.000 y 10.000; Cuenca, unos 7.000, y Guadalajara, hacia los 6.000); no hubo grandes cambios de propiedad, por lo que el crecimiento demográfico se tradujo socialmente en el aumento de jornaleros. La reducida industria se sostuvo por el apoyo de la monarquía y las Sociedades Económicas de Amigos del País, mediante la constitución de escuelas técnicas y fábricas: Fernando VI fundó en 1748 la Compañía de Fábrica y Comercio de Toledo y la Real Fábrica (de seda) en Talavera; otra, de Paños, se había creado en 1718-19 en Guadalajara, y más tarde (1750) en Brihuega; en Riopar (Albacete), se fundó la primera industria metalúrgica de España; pero, a excepción de la feria de Albacete, de importancia nacional, no hubo iniciativas privadas. El cambio de siglo interrumpió la tímida línea ascendente, abandonadas las reformas por temor a que originasen una radicalización similar a la de la Revolución Francesa; la labor asistencial de algunos eclesiásticos fue insuficiente ante las epidemias agudas de principios del s. XIX, y la guerra de la Independencia contra Francia (1808-1812) que destrozó la economía de la región conjuntamente con la de todo el país. A la ocupación de la Península por las tropas de Napoleón y la designación de su hermano José como rey de España, respondió el levantamiento popular del 2 de mayo de 1808 en Madrid, pronto imitado en provincias: Toledo, Ciudad Real y Albacete nombraron Juntas de gobierno ante la ausencia de Carlos IV y su hijo Fernando. Se organizó rápidamente la defensa: se constituyó un batallón de voluntarios en la universidad de Toledo, mientras Albacete formaba un regimiento. Los combates con las tropas francesas fueron numerosos en la Meseta Sur: en el mismo 1808, el general Moncey saqueó Albacete y Cuenca, pero José I tuvo que abandonar Madrid, Toledo y Guadalajara tras el desastre de Bailén; Napoleón tomó la dirección de la guerra y entró de nuevo en estas poblaciones. En 1809 el ejército de La Mancha fue derrotado varias veces, en Guadalerzas, Ciudad Real y, aunque otro ejército de angloespañoles venció en Talavera, de nuevo en El Puente del Arzobispo y Almonacid, lo que imposibilitó la recuperación de Madrid; se intentó aún, pero la derrota de Ocaña permitió a José I asentarse en Madrid e iniciar su gobierno. Entre 1809 y 1812 las escaramuzas fueron constantes: las tropas acantonadas en diferentes puntos de la región -a veces con penosas consecuencias para el patrimonio cultural de esos lugares- fueron hostigadas por la guerrilla (Juan Martín Díaz, el Empecinado, en Guadalajara; el Locho; el héroe del Tajo ). Finalmente, la retirada de tropas para la campaña de Rusia facilitó la victoria a los españoles y sus aliados. Después de la guerra, el gobierno absolutista de Fernando VII impidió la puesta en práctica de la Constitución de Cádiz de 1812 (véase Constitucionalismo español), que se aplicó únicamente durante el Trienio Liberal (1820-1823), apoyada en Castilla La Nueva por el cardenal-arzobispo de Toledo Borbón, hasta la entrada sin resistencia de las tropas francesas en ayuda del rey, los Cien Mil Hijos de San Luis (en Toledo, junto con el Ejército de la Fe español comandadas por el Locho, antiguo guerrillero).Volver al inicio

Edad Contemporánea

La sucesión de Fernando VII recayó en su hija Isabel II (que no reinó hasta 1843, tras la regencia de su madre, María Cristina, hasta 1840, y del general Espartero -nacido en Granátula de Calatrava, hijo de un carretero- ); su reinado, que sería de tintes liberales moderados (constitucionalismo, desamortizaciones), fue rechazado por su tío, Carlos María Isidro de Borbón, que fue proclamado rey por sus partidarios en Talavera y otros lugares (1833); milicias carlistas realizaron incursiones en los Montes de Toledo y La Mancha, y un ejército se internó en 1837 en Cuenca con dirección a Madrid; hasta el final de la guerra (1840), toda la franja oriental de la región se vio afectada por las tropas de Cabrera. Los ministros liberales aplicaron una política de reorganización administrativa y económica; Javier de Burgos, en 1833, estableció una división en provincias, que configuró las provincias de Castilla La Nueva de manera muy parecida a las actuales); las desamortizaciones de tierras eclesiásticas y nobiliarias se repitieron en las décadas siguientes (de órdenes religiosas por Mendizábal, en 1836-37; del clero regular en 1841; de terrenos laicos por Madoz, en 1855): las hoy provincias castellano-manchegas ocuparon puestos importantes en el nivel de ventas; sin embargo, su venta favoreció a una burguesía de comerciantes e industriales, que suplantaron en el papel de grandes propietarios a los anteriores dueños, sin que la creciente clase campesina pudiese favorecerse. Una vida política estable fue difícil en los paréntesis del reinado de Amadeo I de Saboya (1870-1073) -la monarquía fue el sistema de gobierno más votado en la región, con veintiseis diputados sobre un total de veintiocho- y de la I República (1873-74) -con veintinueve diputados favorables sobre treinta, con grandes dificultades internas a causa del cantonalismo, que en Castilla La Nueva se manifestó en el levantamiento del cuerpo de guardia de Ciudad Real, y las conquistas del nuevo pretendiente carlista, Alfonso de Borbón, en Toledo, Guadalajara y especialmente en Cuenca y Albacete-.

La restauración en el trono de la dinastía borbónica con Alfonso XII (1874) significó un periodo de paz e importante crecimiento económico sobre una creciente industria y desarrollo comercial, pero a costa de una alternancia preestablecida de poder entre conservadores y liberales (1876-1918), cuyos principales componentes dirigían las elecciones; eran, además grandes propietarios desde las desamortizaciones y con gran influencia en zonas rurales (los Gasset y los Medrano en Ciudad Real, los Ochando en Albacete, el conde de Romanones en Guadalajara). El sistema quedó roto tras la irrupción de fuerzas obreras: congreso anarquista en Toledo, en 1873 -aunque tuvo poca importancia en la región-; fundación del PSOE en Guadalajara , Madrid y Barcelona; secciones de UGT en todas las provincias excepto en Cuenca; y el regionalismo, que en Castilla La Nueva -de doble dirección castellanista y manchego- fue sostenido sólo por minorías, por el Centro Regional Manchego en Madrid, la Juventud Central Manchega o algunos periódicos (Vida Manchega, Ecos de la Mancha). El golpe definitivo fue la asunción del poder por el general Primo de Rivera (1923), con la oposición en Castilla La Nueva de republicanos en Albacete y el cuartel de artillería de Ciudad Real (1929) y la movilización obrera de Puertollano (1930).

La dictadura cayó en 1930, proclamándose la II República el siguiente año; en la región habían vencido en las elecciones previas las candidaturas republicano-socialistas. Las reformas económicas del gobierno de Alcalá Zamora afectaron en gran medida a Castilla-La Nueva, pero su incumplimiento originó numerosas huelgas entre 1931 y 1932, que fueron paralizadas tras el triunfo del centro-derecha en las elecciones de 1933 (ganó en Toledo -conde de Mayalde-, Albacete, Cuenca y Guadalajara -Romanones-); nuevas huelgas se convocaron en 1934, con participación de todas las provincias. La ley de Reforma Agraria fue retomada por el gobierno formado por el Frente Popular (1936), sin gran éxito por los enfrentamientos entre campesinos y propietarios (Toledo, Ciudad Real y Albacete). Tras el Alzamiento de 1936 de parte del ejército, la región permaneció en el bando republicano; la Guerra Civil de 1936-39 afectó a Toledo y Guadalajara, por su importancia estratégica: el ejército de África entró en Talavera (agosto de 1936) y se dirigió a Toledo a socorrer al general Moscardó, que resistía en el Alcázar a las tropas republicanas (liberado el 28 de septiembre); el año siguiente, 1937, se intentó tomar Guadalajara para poder presionar Madrid desde el este, pero los ejércitos italianos y las del general Moscardó fracasaron en la meseta alcarreña.

El fin de la guerra y el cambio de régimen político incidió en el sector agrario de Castilla La Nueva, suprimiendo la ley de Reforma Agraria y creando en su lugar el Servicio de Reforma Económico-Social de la Tierra (1938-1939) y luego el Instituto Nacional de Colonización, que promovió las mejoras técnicas, pero no la reforma de la propiedad; se complementó el establecimiento del Servicio Nacional del Trigo (1937). El Instituto Nacional de Industria, promovió por medio de la empresa nacional Calvo Sotelo, el complejo petroquímico de Calvo Sotelo. Los beneficios de la apertura al exterior que siguió al periodo de autarquía no mejoró la región hasta la puesta en marcha de los Planes de Desarrollo de 1964, con el establecimiento de industrias en Toledo, Manzanares, Alcázar de San Juan y Guadalajara; la elevada emigración desde 1959 (casi medio millón de habitantes) vació una región ya despoblada anteriormente. En el periodo de transición a la democracia, Castilla La Nueva votó favorablemente al cambio de sistema político en el Referéndum para la Reforma Política; en las elecciones generales de 1977 y 1979, UCD fue el partido mayoritario, mientras que, en vísperas de ser aprobada la autonomía castellano-manchega, venció el PSOE.Volver al inicio

La Comunidad Autónoma actual

La Constitución Española de 1977 otorgaba la posibilidad a las regiones españolas de constituirse en comunidades autónomas; Castilla La Nueva se acogió a ello y decidió configurarse como Castilla-La Mancha (sin Madrid y con Albacete) en la Junta celebrada en Guadalajara el 21 de noviembre de 1980; su Estatuto de Autonomía fue aprobado, finalmente, el 17 (por el Congreso) y el 26 de julio (por el Senado) de 1982. En las elecciones autonómicas de noviembre del 8 de mayo de 1983 venció el PSOE con 23 escaños (sobre 44) en las Cortes de Castilla-La Mancha, un triunfo repetido en las elecciones autonómicas posteriores. El socialista José Bono Martínez presidió el Gobierno regional desde 1987 hasta 2004. Los órganos de gobierno autonómico son: las Cortes de Castilla-La Mancha, integrada por 47 diputados elegidos por cuatro años por los ciudadanos castellano-manchegos, que controlan la actividad del Consejo de Gobierno y aprueban las leyes y presupuestos regionales reunidos en Pleno -esta institución edita el Diario de Sesiones y el Boletín Oficial de las Cortes-; la Presidencia de la Junta de Comunidades, elegido por las Cortes y nombrado por el rey de España, dirige la acción del Consejo de Gobierno regional, cuyas Consejerías determina (con un máximo de 10) -publica el Diario Oficial de Castilla-La Mancha-; por último, el Consejo de Gobierno, que vierte las soluciones a los problemas de la región en proyectos de ley que se envían a las Cortes para su examen. Las Cortes de Castilla-La Mancha tienen su sede en el convento de San Gil, Toledo. El pasado de la joven Comunidad está simbolizado en su bandera: el castillo sobre campo rojo de su mitad izquierda hace referencia a su tradición castellana, mientras que el blanco de la derecha representa a las antiguas órdenes militares y la llanura manchega.

Aún existen problemas por atajar y soluciones que mantener: la débil población, heredada de tiempos anteriores, todavía es insuficiente aunque ya no existe la emigración a otras provincias; existe un importante patrimonio natural y artístico que cuidar (el acuífero de Las Tablas de Daimiel está declarado Parque Natural, mientras que Toledo es Patrimonio de la Humanidad; existe un programa de rehabilitación, "A plena luz"); la tecnificación permite un buen aprovechamiento agrícola, a pesar de las poco favorables condiciones impuestas por el suelo y el clima, este sector ocupa un puesto importante en la estructura económica a la industria alimentaria (vinos, aceite, lácteos, conservas vegetales), complementado con la industria artesana (la mayor de toda España) textil y del cuero y la actividad industrial de pequeñas empresas y turismo, aún por desarrollar (existen sólo unos pocos núcleos en Puertollano -Ciudad Real-, Almansa y Hellín -Albacete-, Tarancón -Cuenca- y Azuqueca de Henares -Guadalajara-). La red de comunicaciones e infraestructuras se completa poco a poco: por su proximidad a Madrid, está conectada por carretera y tren (la línea de Alta Velocidad Española -AVE- entre Madrid y Sevilla tiene estaciones en Ciudad Real y Puertollano) con el resto de regiones españolas, aunque depende del aeropuerto de Madrid-Barajas para el tráfico aéreo; el agua y la electricidad abastecen a toda la región, al igual que la línea telefónica. No hay problemas de vivienda, pero pueden mejorarse algunos servicios de tipo educativo y cultural, mejorada con la creación de la Universidad de Castilla-La Mancha en 1985 (con campus en Toledo, Albacete, Cuenca y Ciudad Real); existen convocatorias culturales de importancia nacional: el Festival de Teatro Clásico de Almagro (celebrado en julio), y la Semana Internacional de Música Religiosa de Cuenca (durante la semana anterior a Semana Santa).

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ARTE Y CULTURA

La cultura (el arte forma parte de ella) es la manifestación de la visión humana del mundo, según las posibilidades materiales y técnicas. Así pues, su examen ofrece, no sólo sugerencias estéticas, sino también conocimiento del ambiente personal y social de quienes la aportaron. En el caso de Castilla-La Mancha, hay momentos en que tal aporte cultural fue visiblemente importante: los siglos XVI a XVIII, indicador de una situación dinámica en otras áreas de la vida humana.

De la Prehistoria y la Antigüedad apenas quedan unos restos que sólo dejan intuir rasgos de sus autores: de la época prehistórica, lo más sobresaliente son las pinturas rupestres de Los Casares, la cerámica neolítica y algunas esculturas ibéricas (Bicha de Balazote, y Gran Dama Oferente del Cerro de los Santos, en Albacete). De los romanos, pueblo constructivo y pr áctico, se han conservado obras públicas: restos del circo de Toledo, del s.I -422 x 100 m y 13.000 espectadores- ; del teatro -2.000 espectadores-, del anfiteatro, y de un templo a Diana en Segobriga; la presa y parte del acueducto en Consaburum (Consuegra), y villas rurales con su decoración (mosaicos y esculturas) y utensilios: Carranque (Toledo), Balazote (Albacete). El cristianismo usó las formas romanas con un contenido religioso nuevo: quedan basílicas ( Segobriga; Zorita de los Canes) y sarcófagos con personajes de la Biblia (Hellín, Albacete). Del periodo visigodo, los vestigios más importantes son iglesias -herederas de la tradición paleocristiana junto con influencias bizantinas y norteafricanas-, por la importancia que adquirió la Iglesia hispana tras la conversión de Recaredo al catolicismo: se sitúan la mayor parte en Toledo, en elementos constructivos y decorativos -círculos entralzados y motivos vegetales- de iglesias (Santa Leocadia, S. Pedro de la Mata); también son notables las ruinas de la ciudad de Recópolis (Guadalajara) y orfebrería (tesoros de Guarrazar -con la corona votiva de Recesvinto- y Albendea). La conquista musulmana aportó un nuevo lenguaje -arco de herradura, celosías, inscripciones- y materiales -ladrillo, yeso- a las realizaciones culturales de la región, en la que Toledo sobresalió por su riqueza: las puertas de las murallas (Bisagra Vieja, Cambrón), el tono musulmán del trazado urbano y la pequeña mezquita de Bib-al Mardum (Cristo de la Luz, 999), además de numerosos detalles decorativos y constructivos. Existen restos de fortificaciones y murallas en toda la tierra castellano-manchega: Talavera, Maqueda, Calatrava la Vieja, Alcolea de Calatrava, Cuenca, Uclés; se conserva el plano urbano de Huete o Guadalajara, y el puente de Alcántara. En Cuenca hubo un taller especializado en la talla del marfil, con una característica fauna fantástica y motivos decorativos. Bajo dominio musulmán se desarrolló un arte cristiano en el contenido pero islamizado en sus formas, el mozárabe: la iglesia de Santa María de Melque (San Martín de Montalbán, Toledo) es un ejemplo; de esta cultura son las miniaturas en vivos colores que ilustran Biblias y libros litúrgicos (Biblia Hispalense y Codex Toletanus), con importante influencia posterior en la escuela leonesa. A la conquista cristiana de Castilla-La Mancha siguió la implantación de su cultura; pervivieron elementos musulmanes (técnicas, decoraci ón) que se integraron en la manifestación local de una corriente europea común, que aportó numerosas creaciones militares, religiosas y civiles; la monarquía, la aristocracia, y la Iglesia fueron los grandes patrocinadores y clientes del arte durante seis o siete siglos.

El primer estilo del arte cristiano medieval, el románico, se encuentra representado en Guadalajara: los edificios son sencillos, caracterizados por los pórticos de entrada decoradas con iconografía religiosa de sentido pedagógico, el uso del arco de medio punto, el empleo de ábsides semicirculares en la cabecera, y gruesos muros sin grandes aberturas para soportar el peso de la cubierta a dos aguas. Son destacables las iglesias de la comarca de Sigüenza, Atienza y Molina de Aragón. Hay algunos restos en Valeria y Arcas (Cuenca), el puente de La Iglesuela (Toledo). Los temas de la pintura y escultura eran religiosos mayoritariamente (existen representaciones sobre labores agrícolas), formalmente muy sencilla: ábsides del Cristo de la Luz y murales de San Román (Toledo), y Valdeolivas (Cuenca). Una variante del románico se halla presente en el resto de la región: el románico-mudejar, en los que aparece claramente la influencia musulmana en el uso de arcos de herradura enmarcados por alfices y el empleo del ladrillo, y que perduró durante el gótico; presente en el ábside de la iglesia de Arenas de San Juan (Ciudad Real) y de El Cubillo de Uceda (Guadalajara). Aún se construyó una mezquita en Toledo durante el s. XII, la de Tornerías. Las mejoras técnicas como el apuntamiento de los arcos o el uso de la bóveda de nervios aportaron los medios para la aparición del nuevo estilo gótico que se interesó por la altura y la iluminación de los edificios; las posibilidades materiales de algunas sedes episcopales se tradujeron en grandes catedrales, obra de varios siglos de duración, como las de Toledo (de estilo franco-normando, desde 1226, en la que participaron arquitectos como Hanequin de Bruselas, Juan Guas o Antón y Enrique Egas), Cuenca (escuela anglo-normanda, iniciada a fines del s.XI) y Sigüenza; son numerosas las iglesias parroquiales de este estilo: ermita de Alarcos (Ciudad Real), iglesia de Santiago (Sigüenza) o la de Santa Clara (Molina de Aragón), en el s. XIII; San Pedro y Santiago (Ciudad Real) del s. XIV; catedral de Nuestra Señora del Prado de Ciudad Real, Valdepeñas (Ciudad Real), San Blas y Villarrobledo y de la Trinidad en Alcaraz (Albacete), Carboneras y Moya (Cuenca) del s. XV. Todavía se mantuvo, a principios del s. XVI, como gótico isabelino en la Puerta de los Leones, la terminación de la torre y la capilla de don Álvaro de Luna en la catedral y la girola de Cuenca, S. Juan de los Reyes (Toledo), el palacio de Escalona o el del Infantado (Guadalajara) y el hospital de Santa Cruz. Algunos castillos de esta época son los de Escalona, Maqueda, Orgaz y Oropesa (Toledo), Almansa, Yeste y Chinchilla (Albacete) y Belmonte (Cuenca). El puente de San Martín de Toledo es un ejemplo de la ingeniería del momento. La escultura y la pintura góticas desarrollaron una iconografía con un elaborado mensaje, difundidas por toda la región por maestros y talleres: el franco-gótico está representado por varios códices miniados (Biblia de San Luis, de gran colorido); en italo-gótico se realizaron las tablas de la capilla de San Eugenio (catedral de Toledo) por Gerardo Starmina, y el retablo de la catedral de Cuenca por el maestro de Horcajo ; a fines del s. XIV apareció el gótico-internacional, el propio del retablo de San Juan Bautista y Santa Catalina, obra del maestro de Sigüenza; en el s. XV Jorge Inglés, el maestro de los Luna y el de Sopetrán introdujeron el gótico flamígero. Muy propio de Castilla-La Mancha es el gótico mudejar, con arcos de herradura apuntados, lobulados, y mixtilíneos, muros de ladrillo y mampostería, abundante decoración en yeso de motivos epigráficos; ejemplo de ello es la sinagoga de Santa María la Blanca (s.XIII), la sinagoga del Tránsito (1355), San Román (Toledo) y la puerta de la sinagoga de Ciudad Real; los palacios toledanos de los siglos XIII a XV son de este estilo: palacio de Fuensalida (Toledo), de Gutiérrez de Cárdenas (Ocaña); algunos conventos e iglesias como los de Santa Isabel la Real y de la Concepción Francisca (Toledo), y la iglesia de Santa Clara (Guadalajara); torres mudéjares: Santo Tomé y San Román (Toledo) y la de Illescas; puertas de acceso a las ciudades, como la de Toledo en Ciudad Real, o la del Sol en Toledo. Son interesantes algunos sepulcros realizados con yeserías mudéjares (el de Fernando de Gudiel en la catedral de Toledo).

El Renacimiento, que rehizo la visión del mundo a partir de las novedades (descubrimientos geográficos, recuperación del humanismo clásico, tambaleo del orden social y tensión religiosa) se reflejó en el arte: se buscó la realidad, la figura humana y el equilibrio de las proporciones; si los contenidos eran parecidos, cambiaron las formas, fruto de la particularidad del artista. En Castilla-La Mancha, el primer tercio del s. XVI correspondió al plateresco: el palacio de los Mendoza en Guadalajara, el palacio de Cogolludo y la iglesia de San Antonio de Mondéjar (Guadalajara), obra de Lorenzo Vázquez y primeras muestras de este estilo en la Península; la iglesia de la Piedad (añadida al palacio de los Mendoza) y el patio y escalera del Hospital de Santa Cruz (Toledo); el convento de la Asunción de Almagro, la fachada del Ayuntamiento de Alcaraz (Albacete) y obras de la catedral de Cuenca. En Toledo el mudéjar se integró nuevamente (estilo Cisneros): sala capitular de la catedral y claustro de San Juan de la Penitencia (Toledo). Numerosas obras de pintura y escultura son trabajadas con gran calidad, obra de artistas individuales o de talleres: Sansovino, Maestro Gil, Juan de Talavera, Juan de Albis, o el taller de la catedral de Cuenca y el de Sigüenza; muchos de los pintores aprendieron en Italia, como Fernando Yáñez de la Almedina, posible discípulo de Leonardo, que realizó trabajos en Cuenca; Fernando de los LLanos, que trabajó con el anterior; Martín Gómez el Viejo; Pedro Berruguete; Juan de Borgoña.

En el segundo tercio del siglo, se adoptaron formas más sobrias, de influencia italiana, introducidas por Alonso de Covarrubias: en Toledo, fachada del Palacio Arzobispal, fachada del Alcázar, puerta nueva de Bisagra, obras en la catedral, el Hospital de Santa Cruz o el palacio ducal de Pastrana; Andrés de Vandelvira, que participó en la Torre del Tardón de Alcaraz; el convento de Carmelitas Descalzas en Toledo; los Jerónimos en Talavera; Juan de Herrera (proyecto para la plaza de Zocodover, trabajos en el Alcázar) modificó el estilo de la capital toledana al introducir formas particulares del clasicismo italiano (manierismo) con algunas formas preherrerianas en la obra de Bartolomé Bustamante (Hospital de Afuera); esta influencia se observa en la Plaza Mayor de Alcaraz, o en el conjunto urbano de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real); pintura y escultura tuvieron buenos ejemplos en Toledo: obras de Alonso Berruguete, Nicolás de Vergara el Viejo o Felipe Vigarny (escultores) y Juan Correa de Vivar -pintor-, con tablas en las Oblatas de Toledo y Calzada de Calatrava (Ciudad Real). El último tercio de siglo fue ya predominio del manierismo: el palacio de Álvaro de Bazán en el Viso del Marqués (Ciudad Real); el monasterio de Uclés, de Francisco de Mora; la obra de Covarrubias en la sacristía de las Cabezas de la catedral de Sigüenza. En pintura sobresale el expresivo Greco, que realizó obras en numerosas iglesias y la catedral, en Toledo, y alrededores. El manierismo también se manifestó en la rejería, la orfebrería (custodias toledanas del maestro Arfe) o el grabado. A partir de finales del s.XVI, hasta principios del s. XVIII, las anteriores formas renacentistas fueron el material para crear un nuevo estilo más emocional, con sentido fundamentalmente religioso, impulsado por las órdenes religiosas: la escultura y la pintura se integraron en la arquitectura. La iglesia jesuítica, a partir del modelo del Gesú de Roma (1584), se halla en San Bartolomé de Almagro (Ciudad Real) y en San Juan Bautista en Toledo, obra de Francisco Bautista (1629). Existen numerosos conventos e iglesias carmelitas del s. XVII, con gran actividad de fray Lorenzo de la Madre de Dios: Toledo, Malagón (Ciudad Real), la catedral y convento de s. José (Cuenca) y la iglesia de la Epifanía (Guadalajara). El agustino fray Lorenzo de s. Nicolás construyó la fachada de S. Agustín en Talavera y numerosas obras en Guadalajara. Los trinitarios se hallan presentes en Valdepe ñas y Villanueva de los Infantes. Otras muchas iglesias se levantaron en en toda la región, especialmente en el s. XVIII, con una nueva estética recargada; también se observa en edificios civiles (palacios y ayuntamientos), de manera moderada: palacio de los condes de Valdeparaíso en Almagro, de los condes de Villarreal en La Roda (Albacete), el ayuntamiento de Toledo y el de Chinchilla (Albacete); la arquitectura popular está representada en las plazas mayores de Almagro, San Carlos del Valle y Tembleque; las Casas Colgadas de Cuenca y el Corral de Comedias de Almagro; son originales los santuarios-plazas de toros de Nuestra Señora de las Virtudes (Santa Cruz de Mudela) y de las Nieves (Almagro). De la abundante escultura barroca destaca el Transparente de la catedral de Toledo, Narciso Tomé. La pintura sobre tabla es también numerosa: Luis Tristán realizó los retablos de Santa Clara de Toledo y Brihuega (Guadalajara); de tema no religioso fue la obra (naturalezas muertas y retratos) de Sánchez Cotán. Las grandes transformaciones sociales y políticas del último tercio del s. XVIII y XIX modificaron la cultura de la época; la p érdida de relevancia de la nobleza y la Iglesia en favor de la burguesía hizo que el arte se adaptara a las exigencias de éstos, más preocupados por la naturaleza, el urbanismo y la técnica: el arte se secularizó. La Ilustración en La Mancha, a través de la iniciativa real y en algún caso privada (Sociedades Económicas de Amigos del País), impulsó las construcciones urbanas : barrio de San Roque en Sigüenza, Real Hospital de Mineros de Almadén, y obras de ingenier ía: Reales Fábricas de Toledo y Brihuega; obras hidráulicas (Argamasilla de Alba); explotaciones de salinas (Imón y Saelices, en Guadalajara). Se recuperó el estilo clásico, más sencillo (neoclásico): un ejemplo claro es la Universidad de Toledo, por Ignacio de Haam, patrocinada por el cardenal Lorenzana (desde 1792). Algunos edificios religiosos del periodo son la iglesia de la Inmaculada en Almuradiel (Ciudad Real) y la Asunción en Almansa; el seminario de Toledo, de Ivan Miguel de Inclán (ya en el s. XIX). El siglo XIX retomó todos los estilos del pasado para adaptarlos a nuevas funciones, a veces mezclándolos entre ellos (historicismo y eclecticismo); en Castilla-La Mancha se adoptó el neomudéjar: la Diputación de Toledo, del toledano Agustín Ortiz de Villajos; la Audiencia Territorial de Albacete (neogriega) y la Plaza de Toros de Toledo, del albacetense Francisco Jareño; y, todavía existente a principios del s. XX, en la Escuela de Artes y Oficios, y la Estación de Ferrocarril de Toledo, de Narciso Clavería. Eclécticas son las diputaciones de Albacete (Justo Millán) y Ciudad Real (de Sebastián Rebollar). Comenzó a utilizarse el hierro en puentes, estaciones -Guadalajara, por Ugarte en 1858- y mercados. La burguesía se construyó palacetes urbanos de estilo ecléctico y gran atención a la fachada. El historicismo -romántico y nacionalista- fue el componente básico de la pintura: Alejo Vera y Casto Plasencia fueron dos representantes nacidos en Guadalajara; el paisajismo lo cultivó el ciudarreale ño Ángel Andrade, y el costumbrismo, Ángel Lizcano (de Alcázar de S. Juan). Las ilustraciones en los periódicos introdujeron facilmente una nueva estética . El s. XX supuso una amplia diversificación cultural que tomó el nombre de vanguardismo: la mejor manifestación en la región fue la de la Escuela de Vallecas (1927) creada por el escultor Alberto Sánchez -toledano- y el pintor Benjamín Palencia -Barrax, Albacete-, con temas populares y líricos; de su misma época son García Maroto -La Solana, Ciudad Real-Gregorio Prieto -nacido en Valdepeñas- y Victorio Macho -que murió en Toledo-. En la segunda mitad de siglo son numerosos los artistas de importancia: pintores como Antonio López Torres y su sobrino Antonio López (ambos de Tomelloso), con fama internacional, M. López-Villaseñor, Rafael Canogar, y la creación del museo de Arte Abstracto de Cuenca (1966); escultores como J.A. Giraldo o G. Cruz Marcos; y las obras de Chueca Goitia (hostal del Cardenal en Toledo) y Miguel Fisac en la región (Casa de Cultura en Valdepeñas, ermita de Santiago en Almagro). Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2004.Volver al inicio

 

Himno de Castilla la Mancha

El artículo quinto del Estatuto de Autonomía dice en su apartado 3º, que “la Región de Castilla-La Mancha ten­drá escudo e himno propios. Una Ley de Cortes de Castilla-La Mancha determinará el escudo y el himno de la región.”

Mientras que lo relativo al Escudo se cumplió con bastante celeridad, la aprobación del Himno no ha corrido la misma suerte, estando pendiente desde entonces. Durante este tiempo se han formulado diferentes propuestas para cumplir este mandato estatutario, sin embargo ninguna de ellas ha merecido el beneplácito de las autoridades regionales.

Entre estas propuestas se pueden citar la de convertir en Himno regional la “Canción del Sembrador” de la zarzuela “La rosa del azafrán”, compuesta por el toledano Jacinto Guerrero, con letra de Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw, y estrenada en 1930; el “Canto a la Mancha” de Tomás Barrera; y alguna otra propuesta, como la presentada por un grupo de ciudadanos de Villarrobledo, de un Himno con el título de “Patria sin fin”.

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ECONOMÍA

La economía castellano-manchega está muy influenciada por la proximidad de la ciudad de Madrid, la capital de la Comunidad Autónoma de Madrid y del Estado español.

En líneas generales podemos decir que el sector primario tiene gran peso, el sector industrial ha experimentado un escaso crecimiento y el desarrollo de la economía se produce muy lentamente.

Sector primario


En general, las actividades del sector primario en la Comunidad de Castilla-La Mancha tienen importancia. Once de cada cien personas que forman parte de la población activa trabaja en el sector primario y la mayoría se dedica a la agricultura y a la ganadería.

La distribución del uso del suelo indica claramente la orientación productiva del sector primario en la Comunidad. Así, el 26% del suelo se destina a matorrales y pastizales; el 15% a los bosques; el 52% a los cultivos de secano; el 3% a los cultivos de regadío y el 4% es suelo improductivo.

La agricultura tiene gran importancia, aunque los rendimientos siguen siendo escasos debido, fundamentalmente, a la aridez del suelo, a la altitud y al clima riguroso y extremo de la región.

Los cultivos agrícolas más extendidos son los de secano, en especial, la tradicional trilogía mediterránea, es decir, el trigo, la vid y el olivo.

El cereal más cultivado es el trigo, le sigue la cebada. El viñedo es uno de los más extensos de Europa y aunque se extiende por toda la región, se concentra especialmente en el oeste y suroeste de La Mancha. El olivo ha sido sustituido en parte por algunos cultivos industriales como el girasol, del que se obtiene aceite en fábricas como la de Tarancón (Cuenca). Otros cultivos de secano importantes son el champiñón, el azafrán, las legumbres (garbanzos y lentejas), etc.

A partir del año 1970 se ha incrementado el regadío en la Comunidad gracias al aprovechamiento del agua de los embalses, sobre todo el de Rosarito en el Tiétar y los de Peñarroya y Vicario en el Guadiana, e incluso el de los acuíferos subterráneos.

Los cultivos de regadío más importantes son los forrajes para alimentar al ganado, como la alfalfa, así como la remolacha, el maíz, el melón, la patata y los ajos.

Otros productos agrarios de interés son el mimbre, que representa el 94% del total nacional, el azafrán, que supone el 25% del total nacional y las lentejas, con el 73%.

La ganadería es variada y se practica por toda la Comunidad, aunque cada vez ocupa a menos gente. El ganado más numeroso es el ovino y el caprino, que se destina a la producción de carne, leche y lana. Se concentra principalmente en las zonas llanas. Le siguen por orden de importancia el ganado bovino, del que se obtiene carne, leche y cuero; y el porcino, del que se obtiene carne, embutidos y jamones.

En los últimos años se han desarrollado considerablemente las granjas avícolas dedicadas a la cría de gallinas y pollos, así como de perdices, codornices, pavos y avestruces. Todos ellos están destinados a la producción de carne y huevos.

También ha aumentado la apicultura, que consiste en el cuidado de las abejas para obtener productos como miel, cera, polen y jalea real. Esta actividad está especialmente desarrollada en la comarca de La Alcarria (Guadalajara).

La minería no es importante en Castilla-La Mancha, aunque sí lo fue en el pasado. Destacan las minas de mercurio en Almadén (Ciudad Real), de hulla en Puertollano (Ciudad Real) y de plata en Hiendelaencina (Guadalajara). De todas ellas, tan sólo el cinabrio de Almadén tiene hoy día posibilidades de extracción. En Puertollano las vetas de mayor calidad ya se han agotado; sin embargo, la extracciones se utilizan para alimentar una central térmica a bocamina, una refinería y un importante centro petroquímico.

La piscicultura se dedica a la cría de peces en estanques artificiales conocidos con el nombre de piscifactorías. En las piscifactoría de Castilla-La Mancha se crían sobre todo truchas, tencas y carpas.

La explotación de los bosque (silvicultura) para la obtención de madera, corcho o resina es una actividad de escasa importancia. Buena parte de los bosques castellano-manchegos hace tiempo que fueron talados por el hombre.

Sector secundario

En Castilla-La Mancha, la industria no está muy desarrollada. Se concentra en los lugares donde existen abundantes materias primas y buenas comunicaciones y, sobre todo, alrededor de los mayores núcleos de población.

El primer puesto en valor de producción lo ocupan las industrias alimentarias, seguido de las químicas. A mayor distancia se sitúan la industria del corcho, madera y muebles; la de material eléctrico y electrónico, y la industria textil y de confección.

Entre las industrias alimentarias destacan las de productos lácteos (leche y queso, fundamentalmente el queso manchego); las vinícolas (bodegas y almazaras); las cárnicas (embutidos y jamones); las harineras; las productoras de mazapán, que se elabora con almendras, azúcar y miel; las de conservas de berenjenas, muy importantes en Almagro (Ciudad Real), y otros vegetales; las azucareras, cuya materia prima es la remolacha; y las cerveceras, que se distribuyen por toda la región.

Las principales industrias alimentarias se localizan en los polígonos industriales de las cinco provincias, pero fundamentalmente en Ciudad Real, Toledo y Albacete.

La industria textil y del calzado y del cuero tiene sus centros tradicionales en Almansa (Albacete) y Toledo.

La industria del mueble se desarrolla cerca de los lugares donde se obtiene madera en la serranía de Cuenca y en los Montes de Toledo.

La industria cerámica es importante en Talavera de la Reina. Se fabrican azulejos, tejas, ladrillos y todo tipo de materiales que abastecen a la industria de la construcción, también muy desarrollada en toda la región.

La industria química se dedica a transformar las materias primas en productos químicos, tales como carburantes, abonos, detergentes, etc. El complejo más importante de industrias químicas se encuentra en Puertollano (Ciudad Real). Así, por ejemplo, en la refinería de Puertollano se obtienen derivados del petróleo como gasolina, gasoil, etc.

La industria del metal se dedica a la transformación de los metales y a la fabricación de motores, herramientas, maquinaria agrícola e industrial, etc. Destacan las fábricas de maquinaria agrícola de Albacete y Ciudad Real, las de material ferroviario de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y la cuchillera de Albacete.

La industria energética obtiene electricidad a partir de otras formas de energía. En Castilla-La Mancha es una actividad importante. Existen centrales térmicas, centrales nucleares y centrales hidroeléctricas, que producen gran parte de la electricidad que se consume en la región.

Las centrales térmicas producen electricidad a partir del carbón y del petróleo, tal y como ocurre en la de Puertollano (Ciudad Real).

Las centrales nucleares producen electricidad a partir del uranio. Aquí se encuentran la de Trillo y la de Zorita de los Canes, ambas en Guadalajara. La de Zorita fue la primera central nuclear que se construyó en España.

Las centrales hidroeléctricas producen electricidad a partir de la energía del agua de los ríos represada en las centrales hidráulicas construidas a tal efecto, fundamentalmente en las márgenes de los ríos Tajo y Júcar (Entrepeñas y Buendía en la cuenca del Tajo, y Alarcón y Contreras en la del Júcar).

En Castilla-La Mancha también se produce energía mediante centrales eólicas y solares.

Sector Terciario

El sector terciario tiene cada vez mayor importancia en la economía castellano-manchega. Predominan las actividades comerciales, seguidas de los servicios públicos, los transportes y las comunicaciones. A mayor distancia se colocan los sectores de crédito y seguros, hostelería, enseñanza y sanidad.

El comercio está bastante desarrollado. Existen tiendas pequeñas especializadas en la venta de determinados productos (zapaterías, papelerías, tiendas de muebles, etc.); así como grandes centros comerciales que han impulsado considerablemente esta actividad. Estas grandes superficies comerciales se localizan en las principales localidades y en los últimos años han experimentado un importante desarrollo.

También son importante los mercados y ferias que se celebran en fechas fijas. Entre los más conocidos figuran los mercados de Talavera de la Reina (Toledo), Pastrana (Guadalajara) y Manzanares (Ciudad Real).

Además, en casi todos los municipios castellano-manchegos hay mercadillo un día fijo de la semana.

El transporte, tanto de mercancías como de pasajeros, se realiza por vía terrestre. La mayor parte del transporte se realiza a través de las autovías y de las carreteras nacionales y comarcales que cruzan la Comunidad y que, sin embargo, confluyen en un núcleo exterior al territorio de la Comunidad, la ciudad de Madrid. Como consecuencia, las comunicaciones entre las principales capitales de provincia de la región son en algunos casos deficientes.

La red de ferrocarril atraviesa toda la Comunidad, pero las capitales castellano-manchegas también se encuentran deficientemente comunicadas entre sí por tren. Las líneas férreas van desde Madrid a Talavera de la Reina (dirección a Extremadura), Alcázar de San Juan (desde donde se divide en dos tramos, uno hacia Andalucía y otro hacia Valencia por Albacete) y por Ocaña en dirección a Cuenca. Por el norte, otra línea férrea enlaza Guadalajara con Sigüenza en dirección a Aragón. En el año 1992 se inauguró la línea de Alta Velocidad (AVE) que pasa por Ciudad Real y Puertollano.

El turismo cuenta con una gran variedad de parajes naturales, artísticos, monumentales y culturales, que atraen a numerosos viajeros cada año. En Castilla-La Mancha se puede realizar turismo cultural (visitas a monumentos, ciudades monumentales, yacimientos arqueológicos, etc.) y turismo rural (visitas a pequeños pueblos de interés paisajístico, histórico, cultural, espacios protegidos, etc.).

Pero además en esta Comunidad se pueden descubrir profundas peculiaridades mediante el recorrido de rutas alternativas ya establecidas, como son la Ruta de los Pueblos Negros, con una típica arquitectura popular realizada con material de pizarra; la Ruta por los Campos de Azafrán; la Ruta de Don Quijote, que descubre los paisajes y lugares que Miguel de Cervantes describió en su famosa obra el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha; la Ruta por la Mancha Esteparia; la Ruta por los Castillos, etc. Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2006.

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MEDIO FÍSICO

Castilla-La Mancha está situada en el corazón de la Península Ibérica. Dos tipos de paisajes son los que se diferencian claramente: la llanura y la montaña. Casi el 80% de la superficie regional no supera los 1000 metros de altura. La mayor parte del espacio geográfico pertenece a los tramos alto y medio de las cuencas de 4 de los ríos peninsulares más importantes: El Tajo y el Guadiana, que desembocan en el Atlántico, y el Júcar y el Segura que pertenecen a la cuenca mediterránea. Por regla general el clima en la región es mediterráneo con variaciones que van desde el clima semiárido hasta el húmedo.

Castilla-La Mancha está situada en el dominio climático mediterráneo. Los factores más significativos en este aspecto son: inviernos rigurosos, veranos cálidos, sequía estival, irregularidad en las precipitaciones, fuertes oscilaciones térmicas y notable aridez.

Estos rasgos son resultado de las interrelaciones entre unos factores geográficos y otros dinámicos como son la latitud, la situación de la región dentro de la Península, la disposición del relieve y la altitud.

Las temperaturas en Castilla La Mancha son muy extremas debido al efecto de la continentalidad; la amplitud térmica anual es muy elevada, normalmente entre 18º y 20º. Las precipitaciones no son muy abundantes debido al carácter continental y mediterráneo del clima. Castilla La Mancha se pueden incluir dentro de la denominada tradicionalmente "España Seca".

Los ríos de la región castellano-manchega se reparten entre siete cuencas hidrográficas diferentes: Tajo, Guadiana y Guadalquivir, que vierten sus aguas en el Océano Atlántico; y Júcar, Segura, Ebro y Turia que drenan hacia el Mar Mediterráneo. El principal carácter de nuestro sistema hidrológico es su complejidad, tanto por su estructura geológica, relieve, evolución y, sobre todo, del clima.

Las características geológicas han condicionado el trazado y el desarrollo de la red fluvial y sus rasgos geomorfológicos. La estructura y evolución geológica determina la gran disimetría entre la vertiente atlántica y la mediterránea.

En líneas generales son ríos de contrastes, con aguas altas en primavera y un acusado estiaje en verano. Presentan una gran variedad en sus caudales. El régimen natural se ha visto alterado con la construcción de numerosos embalses cuyos aprovechamientos para regadío y electricidad son compartidos en gran medida con otras regiones. La litología desempeña un papel decisivo en el sistema fluvial en relación a la permeabilidad y la resistencia a la erosión.

Podemos diferenciar entre acuíferos detríticos y acuíferos carbonatados. En Castilla la Mancha pueden diferenciarse una serie de áreas cuyos paisajes van a estar relacionados con las características geológicas y geomorfológicas.

La "Unidad Geoestructural hercínica". Ésta ocupa la parte Oeste y Suroeste de la Región, aflora también al Norte de Guadalajara, así como en algunos parajes del Sistema Ibérico. Está compuesta, por un lado, por rocas de naturaleza eruptiva y metamórfica y por otro, por rocas sedimentarias de desigual dureza que se plegaron durante la orogenia Herciniana (Paleozoico).

La "Unidad Geoestructural Alpina". Los materiales fueron plegados por las fases de la orogenia Alpina. En el caso del Sistema Ibérico la dirección de las estructuras es NW-SE; así, en el paisaje de esta subunidad, son frecuentes y prolongadas parameras (Maranchón, Molina de Aragón, Cuenca, etc.) incididas por profundos y estrechos valles labrados por la erosión fluvial de las aguas del Tajo, Júcar y sus respectivos afluentes; sobre ellas se advierten importantes manifestaciones kársticas en algunos parajes (Serranía de Cuenca, etc.). El dominio prebético presenta estructuras orientadas de NE-SW que arman una serie de relieves que cobran una mayor envergadura al S. de Alcaraz.

La tercera subunidad, el altiplano del "Campo de Montiel". La disposición de los estratos del Secundario es horizontal por no haber tenido la orogenia Alpina una especial relevancia en este sector; la ausencia de tectónica y el desarrollo de distintas etapas erosivas ha originado la presencia de varias superficies de erosión escalonadas. El alto valle del Guadiana incide en este territorio con una dirección SE-NW; en su interior se instala uno de los complejos travertínicos más importantes de Europa, como son las "Lagunas de Ruidera", con edificios de barrera y terrazas tobáceas muy notables.

La "Unidad Neógena" se encuentra repartida por diversas zonas de la región, destacando la gran mancha de materiales neógenos del centro del mapa, interrumpidos de N-S por el gran umbral mesozoico de la Sierra de Altomira.

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ESPACIOS PROTEGIDOS

Castilla-La Mancha cuenta con numerosos espacios naturales protegidos. Castilla-La Mancha es una de las zonas de España y de Europa con mayor número de espacios naturales bajo protección. Así, por ejemplo, cuenta con dos parques nacionales, el Parque Nacional de Cabañeros, en los Montes de Toledo, y el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel, entre La Mancha y Campo de Calatrava.

- El Parque Nacional de Cabañeros tiene una superficie de 39.318 ha. Es una de las mejores y más extensas representaciones del bosque mediterráneo ibérico. Destacan los encinares y alcornocales con quejigos, melojares y formaciones de ribera. Entre los matorrales sobresalen jarales y jaral-brezales. Además, son abundantes los pastizales, tanto de formaciones vivaces como anuales.

- El Parque Nacional de las Tablas de Daimiel comprende una superficie de apenas 19 km2 (1.928 ha), por tanto, es el Parque Nacional menos extenso de España.

La enorme riqueza ecológica de Las Tablas de Daimiel deriva de su condición de corazón de La Mancha húmeda. Este Parque constituye un gran humedal asentado sobre una base caliza y formado por los aportes de los ríos Guadiana (permanente, de aguas dulces), Cigüela (estacional, de aguas salobres), Záncara y Riansares, así como por el afloramiento de aguas procedentes del acuífero subyacente (aguas subterráneas).

En este espacio tiene gran importancia la vegetación sumergida, por ser alimento de numerosas aves acuáticas, en especial del pato colorado. Se trata de praderas de diferentes especies de algas (Chara spp), conocidas en la región como “ovas”, de color verde intenso, con filamentos muy largos que forman madejas de aspecto sedoso.

También son importantes las plantas flotantes o vegetación palustre. Generalmente forma marjales de herbáceas, que enraizan en el fondo y llegan a alcanzar una altura considerable y otros lugares...

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RESUMEN DE DATOS

Datos básicos

Nombre oficial: Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha.
División administrativa: Cinco provincias.
Capital: Toledo.
Extensión: 79.461 km².

Población

Población: 1.760.516 (2001)
Natalidad: 16.281 (2000)
Mortalidad: 16.071 (2000)
Crecimiento vegetativo: 210
Residentes extranjeros: 15.835 (2000)
Gentilicio: castellano-manchego.

Desarrollo económico y laboral

PIB a precios de mercado: 20.788 millones de € (2000)
Índice de bienestar: 4 (media nacional 2001: 5 sobre 10)
Población activa: 689.600 (2001)
Población inactiva: 722.200 (2001)
Población ocupada: 607.100 (2001)
Población parada: 82.400 (2001)
Tasa de paro: 11,9 % (2001)
Paro registrado: 69.346 (2001)

Administración y Gobierno

Estatuto de autonomía: LO 9/1982, de 10 de agosto (BOE nº195, de 16 de agosto de 1982). Reformado por LO 3/1997 y por LO 7/1994, de 24 de marzo.
 

Órganos autonómicos:

Ejecutivo: Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Presidente: José María Barreda.
Legislativo: Cortes de Castilla-La Mancha: 47 diputados.
Judicial: Tribunales Superiores de Castilla-La Mancha.
Partidos políticos con representación parlamentaria (elecciones 25 de mayo de 2003):
PSOE: 29 escaños; PP: 18 escaños.
Funcionarios de la administración pública (año 2001): 102.722
Admón. Estatal: 35.781
Admón. Autonómica: 36.690
Admón. Local: 27.866
Universidades: 2.385
Enlaces en Internet:
http://www.jccm.es; Página oficial de la Junta de Castilla-La Mancha.
http://www.cortesclm.es; Página oficial del Parlamento de Castilla-La Mancha.

Fiesta autonómica: 31 de mayo, Día de la Región de Castilla-La Mancha.Volver al inicio

 Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2006.

 

Fuente de algunos de estos artículos: ENCICLONET - La Enciclopedia Universal

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