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ANTIGUA  GUATEMALA PATRIMONIO HISTÓRICO DE LA HUMANIDAD

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ORÍGENES DE LA ANTIGUA GUATEMALA  - HISTORIA - CULTURAL

Si hemos de creer en esa disciplina que la antropóloga Dorothy Vitaliano denominó geomitología, nos será posible exponer los mitos y leyendas antigüeños a la luz de acontecimientos geológicos tan evidentes como las erupciones volcánicas y los movimientos sísmicos que han definido el destino de esta ciudad. Según propia confesión, el juego intelectual de Vitaliano deriva del evemerismo, un protocolo de análisis que sirve de homenaje al filósofo siciliano Evémero de Mesina, quien hacia el año 300 a. C. ya juzgaba a los dioses como humanos deificados. Obviamente, es muy tentador explicar los mitos según esta regla. Despejando buena parte de sus incógnitas metodológicas, Robert Graves consigue descifrar por esta vía las mitologías griega y galesa. No hay duda de su triunfo, aunque, a decir verdad, la solución del enigma siempre deriva hacia claves poéticas. Para salir del atolladero —y acaso para penetrar en uno nuevo—, Graves nos inspira una urdimbre distinta, rica en sugerencias narrativas. Y así, aun cuando abundan las crónicas y los registros, la idea de utilizar los mitos para colorear la historia de Antigua nos permitirá dar libre curso a la fantasía, según las misteriosas exigencias del acervo cultural prehispánico.

Cuenta Bernal Díaz del Castillo que don Pedro de Alvarado partió de Tenochtitlán el 13 de noviembre de 1523, acompañado por soldados y asimismo por un buen número de guerreros tlaxcaltecas. Tras una batalla en los márgenes del río Tilapa, los incursores marcharon hacia Zapotitlán, que pronto quedó a su merced. Después de unos dramáticos avatares, Tecún Umán vino a liderar las huestes quichés, pero este héroe, digno de figurar en los emblemas, sucumbió durante las luchas en Quetzaltenango. No hay duda de que la escena adquiere tintes legendarios. A la llegada de los españoles, tal y como lo relata Miguel Ángel Asturias:

«Se cuenta que combatieron cuerpo a cuerpo, don Pedro de Alvarado y Tecún Umán, el jefe de los indios. Durante el combate, es narración que pasa por verídica, un quetzal volaba sobre la cabeza del jefe indio, atacando a picotazos al conquistador, y ‘enmudeciendo’, dice la narración, cuando éste atravesó con su lanza, desde su caballo (...) el pecho de aquel valiente».

Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 145.

La capitulación indígena fue seguida de las muertes de los reyes Belejeb Tzii y Oxib Quej, acusados de traición por Alvarado. Bajo esa luz incierta del pasado, podemos evocar a la caballería española en el altiplano guatemalteco, llegando primero a Iximché, capital de los cakchiqueles, y fundando sobre ella un nuevo emplazamiento, esta vez bajo la advocación del Apóstol Mayor Santiago, cuyo perfil guerrero enardece las pasiones de la España reconquistada. Y es que, dentro del espacio mitopoético, el santo de los peregrinos basa su propio dominio en la lucha contra el infiel, visible bajo los cascos de ese corcel blanco que da lugar al famoso dicho que pregunta por su color. Por consiguiente, no ha de extrañar que algunos relatos de conquista, cual si fueran un entramado de Chrétien de Troyes o de Garci Rodríguez de Montalvo, parezcan más bien la aventura de un Amadís en liza con los peones de algún reino caníbal.

Pero abandonemos la digresión para volver al suelo firme de la historia: pese a que en principio se establece una alianza de intereses entre los lugareños y los castellanos, una justificada insurrección cakchiquel impide el asentamiento en Iximché, y los españoles han de encaminarse primero hacia Xepau y luego hasta Chixot (Comalapa). Al fin, la conquista prevalece, y el ejército aborigen, aunque valeroso y bien pertrechado —no lo olvidemos: defienden uno de los grandes imperios de Mesoamérica—, ha de rendirse. Lo cuenta el Memorial de Sololá: su rey, Belejep-Qat, no bien fue despojado de privilegios, se vio forzado a lavar oro en el lecho de los ríos.

Este episodio, aunque situado en los umbrales menos claros de la historia antigüeña, nos permite citar algún detalle en torno a esa obra del siglo XVI, el Memorial de Sololá o Anales de los cakchiqueles, escrita por un maya de la nobleza, Francisco Hernández Arana, y por otro autor de su mismo linaje, Francisco Díaz. Hallados en las postrimerías del siglo XVII por fray Francisco Vázquez, estos Anales que habían sido el secreto de Sololá fueron vertidos por dicho religioso en un texto suyo. Ya en 1855, Charles Etienne Brasseur de Bourgbourg dio forma francesa al documento, y Juan Gavarrete nos lo devolvió en expresión castellana dieciocho años después. Para mayor felicidad de los estudiosos, el texto confluía en ciertas informaciones con el Popol Vuh, otro tesoro literario del siglo XVI, atribuido al indio Diego Reynoso y hallado en este caso por el dominico fray Francisco Ximénez, quien era párroco en Chichicastenango y buen conocedor del quiché, un dialecto del maya-quiché muy extendido en Guatemala. Por lo que sabemos, Ximénez tradujo el escrito y lo añadió, junto a su original, a su gran obra gramatical, Arte de las tres lenguas, relacionada estrechamente con el Tesoro de las lenguas cakchiquel, quiché y zutuhil, en que las dichas lenguas se traducen a la nuestra española, del propio Ximénez, y con el Arte de la lengua metropolitana del Reyno Cakchiquel o Guatemalíco, con un paralelo de las lenguas metropolitanas de los Reynos Kiché, Cakchiquel y Zutuhil que hoy integran el Reyno de Guatemala, de fray Ildefonso Joseph Flores, cura doctrinero por el Real Patronato de Santa María de Jesús.

Sufriendo un errático destino, el manuscrito del Popol Vuh pasó por muy diversos anaqueles. En 1855 lo adquirió el abate Brasseur en la Biblioteca de la Universidad de Guatemala. Atento a su jugoso contenido, Carl Scherzer lo editó en Viena en 1876. Más tarde, una biblioteca norteamericana, la Newberry, se hizo con el Arte de las tres lenguas, y pasó a convertirse en la depositaria de una de las joyas bibliográficas más notables de toda la historia del continente. Entre un revuelo de mitos, y por recurrir de nuevo al evemerismo, cabe aclarar que el Popol Vuh que nos llegó gracias a Ximénez atesora un copioso caudal de datos históricos. Así, junto a la peripecia legendaria y el gesto interrogativo que ésta suele fruncir, el libro menciona linajes y dinastías, venturas y encrucijadas que se amoldan a la verdad del pasado maya.

Un mitólogo e historiador de la talla de Mircea Eliade no duda en citar la colección mitológica del Popol Vuh entre las variantes del Génesis que la humanidad ha recitado con mejor inspiración. En esas páginas encontramos un comienzo de rasgos a la vez misteriosos y evocadores:

«No había más que inmovilidad y silencio en las tinieblas y en la noche. Estaba solo el Creador, el Hacedor, Tepeu, el Señor, y Gucumatz, la Serpiente emplumada, los que engendran, los que dan vida, solos sobre las aguas como una luz henchida. (...) Fue entonces cuando vino la palabra a Tepeu y a Gucumatz, en las sombras y en la noche, y habló con Tepeu y con Gucumatz. Y hablaron ellos y consultaron y meditaron, y unieron sus palabras y sus consejos. Entonces apareció la luz mientras se aconsejaban; al momento de amanecer apareció el hombre mientras ellos hacían planes para producir y extender los bosques y las plantas rastreras, allí en la sombra y en la noche, por virtud del que es el Corazón del cielo, cuyo nombre es huracán».

Mircea Eliade, Historia de las creencias y de las ideas Religiosas, trad. De J. Vicente Malla, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1980, p. 105.

De manera muy sutil, Alfonso Reyes comprende por qué son tan escasas las reliquias de esta poesía prehispánica, reconstruida a partir de traducciones casuales y hallazgos que aún llenan de asombro a curiosos y eruditos.

«La gente conquistadora ¿qué había de cuidarse de respetar los documentos de aquella vetusta poesía, cuando los mismos tlaxcaltecas, aliados del invasor, dieron fin a los archivos de Texcoco y Tenochtitlán? Ella, transmitida de boca en boca, tal vez se refugia en los rincones más inaccesibles; huye o se disimula entre los últimos vates y sacerdotes (...). El soldado no era folclorista ni erudito. El misionero era, al menos, caritativamente curioso. Pero toda la piadosa comprensión de un Sahagún o la un tanto desconcertada de Durán no bastaban para detener el derrumbe histórico, ni tampoco se lo proponían».

Alfonso Reyes, Letras de Nueva España, en Obras completas, tomo XII, Fondo de Cultura Económica, México D. F., 1997, pp. 284-285.

No obstante, en cada episodio hay siempre un reverso. No hace falta caer en el relativismo más extremado para apreciar que, frente a los avances aportados tras la llegada de los españoles, la sociedad local disponía de un asombroso legado, perdido en buena parte bajo el dominio colonial. Una manera justa y poco hiriente de comprender los desniveles culturales entre conquistadores y conquistados puede ser la literatura. En todo caso, nadie como Augusto Monterroso para ironizar sobre ese encuentro entre dos mundos, singularmente en el plano de los mitos y de la ciencia, un par de virtudes básicas que conducen inexorablemente a la civilización. Ahora que el lector ha comprendido este juego tan rebelde ante las leyes de la objetividad, vale la pena transcribir, sólo en parte, un sugestivo cuento monterrosiano, cuyo efecto se asemeja a un fundido en negro entre dos secuencias de la historia. Dice así:

«Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. (...) Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo. (...) Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar su vida. (...) Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles».

Augusto Monterroso, «El eclipse», Obras completas (y otros cuentos), Anagrama, Barcelona, 1998, pp. 55-56.

Es aquí evidente que la cosmovisión de los antiguos abarca fórmulas expresivas que vuelan a diversas alturas, desde el folclore tradicional hasta las supersticiones que resurgen a cualquier hora, desde manuscritos como el mexicano Chilam Balam de Chuyamel hasta esos mitos menores, residuos de la antigua religión, que todavía alimentan creencias subterráneas, tanto en Guatemala como en territorios vecinos. Por este camino, es inevitable un fenómeno clave en el proceso transcultural: la traducción.

«A la llegada de los españoles encontramos dos grandes tradiciones escriturarias en el territorio de la actual Guatemala. Una es la escritura maya de las Tierras Bajas (...). La otra es una escritura totalmente nueva utilizada en Tierras Altas, que procedería de una tradición más tardía (...). La llegada de los españoles a la región en la primera mitad del siglo XVI supuso la desaparición paulatina de las escrituras indígenas. (...) De buen grado o por la fuerza, los indígenas fueron poco a poco adoptando los nuevos sistemas de escritura derivados del alfabeto de la tradición latina.»

Alfonso Lacadena, «La escritura en Guatemala: Jeroglíficos y alfabeto como vehículos de una tradición cultural», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 85.

Añade Lacadena un dato bien significativo: los mayas no dejaron de ser pueblos letrados, y cita como ejemplos de esa continuidad los textos del Chilam Balam, escritos en lengua yucateca, así como obras elaboradas en lenguas mayas de Tierras Altas, caso de los Anales de los cakchiqueles, el Título de Totonicapán y el Popol Vuh.

Sobre la relación de dos culturas tan diversas como la española y la cakchiquel se formulan los orígenes de Santiago de Guatemala, luego llamada «Antigua». No hay, por ello, ciudad más propensa a repasar su identidad en los atisbos de la existencia de ayer, turgente de materia vital, conductora de tramas, multiplicada en las plazas, las cúpulas y los campanarios. Al fin y al cabo, éste es el diseño de su plano: la cuadrícula sobre la planicie del valle, y en su seno, los extremos de lo cotidiano, entre el fervor y las más íntimas pasiones.

Escribe Miguel Ángel Asturias:

«En Antigua, la segunda ciudad de los Conquistadores, de horizonte limpio y viejo vestido colonial, el espíritu religioso entristece el paisaje. En esta ciudad de iglesias se siente una gran necesidad de pecar. Alguna puerta se abre dando paso al señor obispo, que viene seguido del señor alcalde. Se habla a media voz. Se ve con los párpados caídos. La visión de la vida a través de los ojos entreabiertos es clásica en las ciudades conventuales. Calles de huertos. Arquerías. Patios solariegos donde hacen labor las fuentes claras. Grave metal de las campanas. ¡Ojalá se conserve esta ciudad antigua bajo la cruz católica y la guarda fiel de sus volcanes!».

Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 16.

Claro que todo ese impulso renacentista penetra en los senderos de la historia. Tiempo habrá para recorrerlos en otros espacios de esta muestra. Por ahora, aún suscita nuestra curiosidad ese primer encuentro de culturas que luego cedieron paso al mestizaje. Con mayor desenvoltura para vérselas con este fenómeno, Monterroso nos da una clave inspiradora. Cierta mañana, en algún rincón de la Universidad de México, René Acuña regala a nuestro escritor un ejemplar del Thesaurus verborum, igualmente rotulado Vocabulario de la Lengua cakchiquel, v Guatimalteca Nuevamente hecho y recopilado con summo estudio, trauajo y erudición por el Pe. F. Thomás Coto, Predicador y Padre de esta Provja. De el Ssmo. Nombre de Jesús de Guatemala. En que se contienen todos los modos y frases elegantes con que los Naturales la hablan y d q se pueden valer los ministros estudiosos para su mejor educación y Enseñanza (1656). La obra contiene un enorme número de palabras, frases y citas de autoridades del español del siglo XVI, acompañadas por sus equivalencias en cakchiquel, una lengua del mismo linaje quiché en que está imaginado el Popol Vuh. Al concentrar en sus páginas esa cadena de relaciones, el volumen cumple una función mediadora que Monterroso no limita a un estado territorial. Muy al contrario, lo deja abierto al universo:

«Viernes y Robinson, Próspero y Calibán, fray Thomás de Coto y el primer indígena cakchiquel que se encontró en Guatemala y le enseñó que vuh significaba ‘libro’ a cambio de aprender que libro era vuh, en un (supongo que debió de haberlo sido) divertido intercambio que aún no termina. Quizá también a Samuel Johnson le hubiera gustado saber, cien años más tarde, que book y vuh (se pronuncia vuj) eran la misma cosa al otro lado del mundo».

Augusto Monterroso, «Cakchicoto», La letra E, en Tríptico: Movimiento perpetuo, La palabra mágica, La letra E,
Fondo de Cultura Económica, México D. F., 1996, p. 369.

Para concluir, y tras conocer las propiedades más solapadas de la fábula, volvamos al territorio de lo simbólico para glosar un detalle heráldico de frondoso significado: Santiago de Guatemala adoptó el mismo escudo otorgado por Carlos V en Medina del Campo el 28 de julio de 1532:

«El fondo está dividido por una línea horizontal, ostentando en el campo superior la figura de Santiago vestido de blanco, blandiendo su espada y montando su corcel, también blanco, todo sobre fondo rojo; en el campo inferior, aparece un paisaje con tres volcanes en el fondo; de estos tres volcanes, el del medio arroja llamas y piedras, o sea que está en erupción y los de los lados ostentan dos cruces de oro sobre sus cimas, rodeando las faldas de los volcanes algunos árboles y viviendas, teniendo el fondo del paisaje también el color rojo. Como orla del escudo, se extiende en torno una banda adornada con veneras o conchas doradas, aludiendo al patronazgo de Santiago».

José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de La Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 89-90.

El gusto por este tipo de conceptos —uno de los tópicos favoritos de Mario Praz, para quien cada imagen poética contiene un emblema potencial— concierne asimismo a un cronista muy apegado a las calles antigüeñas, Rafael Vicente Álvarez Polanco. Dicho con sus palabras:

«Antigua dispone de dicho escudo de armas según queda refrendado con la Real Cédula que así dice:

“Llevará dos campos, de la mitad arriba rojo, con la efigie del Apóstol Patrón, Santiago, montado airosamente a caballo, en ademán de someter a una tropa de indios que huye, en otro campo de la mitad abajo, tres volcanes, el uno, el más eminente, se encuentra en medio de los otros lanzando llamas y piedras, remembranza del esfuerzo y victoria que los cristianos españoles tuvieron; y dos colaterales con cruces de oro en sus cimas en memoria de la fe y cristiandad con que la conquistaron”».

«Los nombres y títulos son congénitos a una ciudad, y nadie puede arrogarse el derecho de alterarlos». La Hora, Guatemala de la Asunción, 22 de noviembre de 2002.

En este caso, como en general sucede con la heráldica y otros dibujos alegóricos, es breve la distancia que media entre la metáfora, el compás de la política y el discurso de valores que cristaliza en virtud de esta ciencia de las imágenes. La intención que subyace bajo lo descrito por Álvarez Polanco podría comentarse con facilidad, pues limita el mapa del universo a las precisas fronteras de una ciudad. Urdiendo mediante símbolos el proyecto histórico de Antigua, caben en un blasón como éste los peligros que debe afrontar el conquistador en tierras lejanas, su encaje en un nuevo territorio al cual lleva las evidencias del cristianismo, el dominio sobre la población aborigen y, a modo de resplandeciente toque escenográfico, la presencia de unas chimeneas volcánicas en las que quizá pervive, emerge y se rehace a sí misma la mítica infinidad de los viejos dioses.

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LA ANTIGUA EN LA HISTORIA

Fue en diciembre de 1523 cuando Pedro de Alvarado llegó de México, al frente de su ejército, con el propósito de conquistar Guatemala. Como había sucedido en otros lugares, la rivalidad entre distintas comunidades locales resultó extremadamente útil a la hora de dominar el territorio. Culminando la aventura, lo que cabría llamar primera capital guatemalteca fue fundada sobre el radio de Iximché, a la sazón capital del dominio cakchiquel.

El emplazamiento, demasiado provisional como para recibir el nombre de pueblo, fue establecido el 25 de julio de 1524, y bajo la advocación del santo del día, recibió el sonoro nombre de Santiago de los Caballeros, evocativo de una cruzada guerrera, propia de la nobleza cristiana. No hay duda de que esta transposición del ideal caballeresco a la crónica de Indias halla su más justo reflejo en Bernal Díaz del Castillo, soldado e historiador, casado en Antigua con Teresa Becerra y fallecido en Guatemala el 3 de febrero de 1584.

En su poderoso y violento avance, las tropas españolas exploraron la región cakchiquel, a la búsqueda de un espacio mejor donde localizar ese poblado principal, que habría de ser núcleo de una ulterior expansión. Para decepción de todos ellos, no hallaron riquezas mineras y tampoco fueron esperanzadores los primeros contactos con la población, que pronto hostigó a los recién llegados. Finalmente, al ganarse con su trato no poca desconfianza de los naturales del país, los hombres de Alvarado tuvieron que enfrentarse a una hostilidad que se prolongó, básicamente, hasta noviembre de 1526, aunque los años de la rebelión cakchiquel transcurren entre 1524 y 1530. En apariencia, el conquistador había fundado Santiago en Iximché

«para estar cerca de sus aliados de ese entonces los cakchiqueles, pero (...) las presiones constantes de los españoles condujeron a la evacuación de Iximché y los aliados muy pronto se convirtieron en enemigos».

Christopher H. Lutz, Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, traducción de Jeannie Colburn, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Guatemala, 1984, p. 38.

Al fin, tras el tanteo de varias posibilidades para el asentamiento (entre ellas, Olintepeque y Comalapa), optaron los españoles por trasladarse a un viejo puesto cakchiquel, en Almolonga. En virtud de esa mudanza de tropas y pertrechos, Santiago de Guatemala pasó a reubicarse en las faldas del Hunahpú o Volcán del Agua el 22 de noviembre de 1527, día de Santa Cecilia. Cumpliendo con los lazos de sangre, el encargado de administrar su funcionamiento, Jorge de Alvarado, era hermano y lugarteniente del jefe de los expedicionarios, quien, gracias a esta delegación de poder, pudo al fin concentrarse en la expansión territorial del nuevo poblamiento, procurando en sus avances pacificar el territorio.

Acompañando a los hombres armados, llegaron al valle varios religiosos encargados de evangelizar a los mayas. Muy probablemente llegaran con Alvarado los dominicos Juan Godínez y Juan Díaz. Consolidando la empresa eclesial, se fundó una diócesis en 1534, y el primer obispo en Guatemala pasó a ser Francisco Marroquín, que a su vez atrajo a tierras guatemaltecas a otros cuatro dominicos, Rodrigo de Ladrada, Pedro de Angulo, Luis Cáncer y Bartolomé de las Casas, todos ellos de suma importancia en las tareas misioneras y copartícipes en la fundación de un convento dominico en Almolonga.

Bajo la cruz y la espada, fue tomando forma una nueva sociedad civil en la segunda Santiago. Los indígenas que laboraban en sus milpas fueron, poco a poco, reunidos en lo que dio en llamarse «pueblos de indios», cristianizando de ese modo el entorno de la capital. En cuanto a los límites del partido, seguimos lo dicho por Francis Gall, presidente de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala:

«Hacia el sur, una línea trazada sobre el lindero más bajo de la milpa Pompeya, hasta un punto sobre el río Guacalate; hacia el norte, el establecimiento llegaba desde la línea Guacalate-Almolonga-Pensativo, hasta un punto bajo Pompeya; hacia el oeste, la avenida del volcán que atraviesa la presente población hacia el Guacalate; y, hacia el este, una línea trazada entre el extremo este de la milpa Pompeya y el río Pensativo. El centro —con la plaza, catedral, Casa Real, etcétera— estaba en el área de la actual Iglesia de San Miguel Escolar, llegando hasta la falda del volcán hacia el sur; por el oeste aproximadamente hasta la principal avenida del volcán y, hacia el norte, la línea de la actual carretera».

José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 17.

En 1538 un pavoroso incendio causó gran dolor entre los pobladores. No fue la única desgracia. El 29 de agosto de 1541, llegaba al ayuntamiento de la capital de la Colonia una carta del virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza. En ella se informaba del fallecimiento del adelantado don Pedro de Alvarado. Tras el fallecimiento de éste, su doliente viuda, Beatriz de la Cueva, pidió ser nombrada Gobernadora de Guatemala, y su deseo se cumplió el 9 de septiembre de 1541. Justo es mencionar que todo el asunto se desenvolvió con impulso melodramático, y no en germen, sino bien desarrollado ya, como si el libreto fuera del género trágico. Todo empezó durante la madrugada del 11 de septiembre de 1541, con una tormenta que cobró solidez con el barro del Volcán de Agua. Furioso e imparable, el flujo de lodo destruyó Santiago, mató a muchos vecinos y ahogó a su infeliz gobernante. Al bajar el telón, del sueño de Alvarado sólo quedaban escombros y guijarros, realizado así por vez primera ese ideal destructivo que habría de marcar el carácter antigüeño.

Manuel José Arce y Valladares, en su Romance de la Fondación de la Cibtat de Santyago de los Caballeros de Goathemala, había descrito con detalle legendario los orígenes de la capital:

Ya la tierra conquistada
punto a punto e palmo a palmo,
ve a los soldados de fierro
gran júbilo demostrando,
en la falda de Hunapuh,
baxo el pendón castellano.

La Antigua Guatemala en la poesía. Antología, CCCLA, 2000, p. 18.

Por desgracia, según ha quedado dicho, la realidad desmintió esas glorias y dio la victoria a las fuerzas de la naturaleza. Para ubicar la nueva capital, aún llamada Santiago de Guatemala, los supervivientes escogieron el Valle de Panchoy.

En la Historia General de las Indias Occidentales y Particular de la Gobernación de Chiapa y Guatemala, impresa en Madrid en 1618, Antonio de Remesal especifica el plan urbanístico que marcó el porvenir de los colonizadores:

«Volviendo a la traza nueva de la ciudad, primero edificaron la plaza y las cuadras que están cerca de ella y luego se extendieron más a todas partes, como parece por el asiento de muchos cabildos, en que pidiendo los vecinos solares, se les respondía (...). En esta segunda traza se repartieron los solares conforme a la calidad de los vecinos. Y en el cabildo que se tuvo a diez y ocho de noviembre de mil quinientos cuarenta y uno, dice el Secretario: Este día, los dichos señores proveyeron y mandaron que todas las personas que tuvieran solares por cercar, los cerquen de aquí al día de San Juan de junio primero de mil y quinientos y cuarenta y dos de tapia o adobe».

David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones
Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 9.

El primer cabildo de Santiago de Guatemala en el Valle de Panchoy se celebró el 10 de marzo de 1543, ejerciendo como alcaldes Sancho de Baraona y Santos de Figueroa, como síndico procurador Alonso Pérez y como secretario de cabildos Diego Hernández. El 5 de agosto de 1545 el Ayuntamiento asignó rentas para la construcción de la catedral, y el 7 de julio de 1550 el Rey aprobó el traslado de la Audiencia de los Confines a esta población. No mucho después, el 31 de enero de 1552, el monarca dispuso nuevas rentas para que la catedral pudiera, al fin, ser edificada. Como queda de manifiesto, y aunque su entorno natural siguió dando muestras de agresividad, la pujanza fue una cualidad de la que se apropió la capital por mucho tiempo. No en vano, durante más de dos siglos, según aclara Elizabeth Bell:

«Fue el centro político, religioso, comercial y cultural del istmo centroamericano, abarcando lo que corresponde a las regiones de Chiapas, parte de Yucatán, Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica».

Elizabeth Bell, La Antigua Guatemala: La ciudad y su patrimonio, Impresos Industriales, 1999, p. 10.

Teniendo en cuenta las cadencias de sismos y erupciones que han definido la evolución del trazo urbano, Bell insiste en las cualidades renacentistas de este último, coherentes con lo estipulado por las Leyes de Indias: esto es, un plan de calles tiradas a cordel, con orientación norte-sur y oriente-poniente, tomando como centro la Plaza Mayor. En el margen de lo administrativo, ese procedimiento coincidió en su diseño con la legislación colonial. De acuerdo con ésta, tomaba forma la ya mencionada Audiencia de los Confines o Capitanía General de Guatemala y se establecía su capital en Santiago. Para consolidar ese rango, Felipe II le dio el título de «Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala», el 10 de junio de 1566. Poco después, el 14 de octubre de ese mismo año, la custodia de la provincia de Guatemala de la Orden de San Francisco elevó su jerarquía y adquirió el nombre de «Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala». Concibiendo un nuevo rango institucional gracias a los oficios de fray Bartolomé de las Casas y del Ayuntamiento, el 21 de diciembre se restableció la Real Audiencia en Santiago. (Nos sirve de referencia en este y otros puntos la minuciosa obra del profesor José Joaquín Pardo, Efemérides de la Antigua Guatemala 1541-1779, Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala, 1984, p. 12).

Permítasenos en este punto una digresión histórica. Dado su gusto por las peripecias de capa y espada, los lectores de novelas aventureras bien pudieran estar familiarizados con la ciudad que protagoniza estos párrafos, pues en ella se acometieron desembarcos piratas de notable importancia, propios de la imaginación de Stevenson o Sabatini. Recuerda el profesor Pardo que, el 7 de marzo de 1604, el piloto Francisco de Navarro pidió que fuera fortificada la rada de Santo Tomás, al objeto de evitar el desembarco de bucaneros y corsarios. Pasado un tiempo, el 6 de mayo de 1606, el Ayuntamiento informaba a su Católica Majestad acerca de la necesidad de guarnecer y afianzar las defensas de dicho puerto, pues ya había sido tomado, a sangre y fuego, por esos «Hermanos de la costa» a quienes Philip Gosse consagró su famoso estudio sobre la piratería. Para desgracia de los lugareños, aún prosiguieron los asaltos, y el 29 de marzo de 1680, el Ayuntamiento pidió a la Corona que dos fragatas defendieran esa franja de mar. Aunque idealizados por el folletín, es de suponer la ferocidad de tales incursores.

A lo largo del siglo XVII, dominicos, franciscanos, jesuitas y mercedarios —por citar cuatro órdenes principales— respaldaron tanto la evangelización de la zona como la apertura de centros religiosos, luego distintivos de la capital.

Un cronista de genio, Agustín Mencos Franco, reflexiona, no sin ironía, acerca del vínculo que se estableció entre los frailes y las comunidades indígenas que los siguieron en la fe y en los ritos:

«Cuando el ilustre fray Bartolomé de las Casas vino a Guatemala en 1535 a establecer la orden de nuestro Gran Padre Santo Domingo de Guzmán, fue precisamente con el objeto de trabajar en la conversión y progreso de estos países; y cuando el convento se fundó definitivamente, primero en Ciudad Vieja y después en Antigua, se crearon clases no sólo de artes y teología; sino también de idiomas indígenas. (...) No mentiré, pues, si digo que el patriotismo y el progreso del antiguo Reino de Guatemala, exigían que esos estudios, en vez de disminuir y extinguirse, vivieran y prosperaran cada vez más. Y ahora se comprenderá por qué, allá por los años de 1659, las autoridades y los vecinos del Reino andaban inquietos y disgustadillos al ver que sus reverencias, los discípulos de Santo Domingo, habían aflojado mucho en eso de aprender y enseñar las sonoras lenguas de Belehé Qat y Tecún Umán».

A. Mencos Franco, «¡Por un espanto!», Crónicas de la Antigua Guatemala, Ministerio de Educación Pública, 1956.

Esta crítica entraña, sin embargo, una realidad, y es que los eclesiásticos ocupaban un lugar de privilegio en la vida ciudadana. A ello no era ajena la religiosidad popular, puesta de manifiesto en actos de tanta solemnidad como aquél que se celebró el 6 de noviembre de 1680, con motivo de la dedicación del templo de la Iglesia Catedral de Guatemala. Desde una jerarquía paralela y acaso más entrañable, figuras como la del hermano Pedro de San José de Betancur encarnaron en Santiago los efectos más sinceros de la compasión cristiana.

Al florecimiento religioso se sumó, a modo de consecuencia y de sostén intelectual, un auge de las instituciones académicas. Ocupando el sexto lugar cronológico entre los centros universitarios del Continente, la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Guatemala dio su primer paso el 7 de enero de 1681. Meses atrás, el 2 de diciembre de 1680, se había celebrado una reunión de la Junta universitaria con el fin de nombrar catedráticos, determinar el horario para la lectura de las lecciones, fijar el periodo de matrícula, y asimismo disponer que en la fecha antes mencionada se iniciaran los cursos.

Como es notorio, la vida universitaria propicia las actividades editoriales y los talleres tipográficos. Este caso no fue una excepción: gracias al obispo Payo Enríquez de Ribera, hasta Santiago llegó en 1660 una imprenta —la tercera en América— desde Puebla de los Ángeles (Gall, op. cit., p. 20). Muy pronto se darían a conocer en Santiago impresores de la talla del pionero José de Pineda Ibarra, cuya interacción con el mundo intelectual es un hecho que hoy no admite afinidades que le hagan justicia.

Por otro lado, al proliferar en su trazado templos, colegios mayores y menores, oratorios, campanarios y ermitas, la ciudad acabó por convertirse en un bellísimo muestrario de la arquitectura religiosa guatemalteca, aún más sugestivo si cabe durante el siglo XVIII.

Un arquitecto, Diego de Porres, encabeza la nómina de artistas que volcaron su talento en ese afán. Deslizando la balanza en sentido contrario, a tamañas prosperidad y hermosura se opone la tragedia causada por terremotos como los del 12 de febrero de 1689, que dañó casas, comunidades de religiosos y templos. Cuando el terrible seísmo del 29 de julio de 1773, llamado el de Santa Marta, destruyó Santiago de Guatemala, el Muy Ilustre Presidente, Gobernador y Capitán General Martín de Mayorga admitió la orden de trasladar la capital. Aunque los vecinos mostraron su desacuerdo, este dramático trasiego tuvo por destino el Valle de la Ermita. Respaldando dicha decisión, una Real orden de Su Majestad aprobaba esta medida el 22 de enero de 1774. Meses después, el 21 de julio de 1775, la Corona daba su visto bueno al traslado formal de la sede capitalina. En lo sucesivo, Santiago de Guatemala pasó a denominarse «La Antigua Guatemala», según consta en un documento oficial fechado el 24 de julio de 1774. Muy significativamente, esa página burocrática, donde queda registrado el nombre por el cual conocemos hoy a esta metrópoli, exponía el auto fijado por el cabildo para celebrar una misa de acción de gracias «por los beneficios experimentados en la ruina de la Antigua Guatemala» (Gall, op. cit., p. 21).

Si bien los propietarios, forzados por la orden real, debían demoler las edificaciones que formaban parte de su patrimonio, éstos se mostraron renuentes a una reubicación en el Valle de la Ermita. No obstante, el mobiliario y adornos que antaño habían enriquecido los edificios de la capital pasaron a formar parte de la ambiciosa mudanza, y ello restó brillo a las construcciones más notables, sometidas ya a los ritmos del abandono, el desmantelamiento y la decadencia. Similar menoscabo sufrió la suma de sus habitantes. Menciona Bell un cálculo de Christopher H. Lutz, según el cual la población de Santiago durante los últimos años en que ésta fue Capitanía General de Guatemala ascendía a unas 33 000 almas. Una vez completado el trasplante de la capital, el censo no pasaba de 8000 personas.

Sin embargo, por la fuerza de los hechos, La Antigua Guatemala no llegó a convertirse en un municipio fantasma. Una Real Cédula del 4 de agosto de 1786 le otorgaba el título de Villa, que en lo sucesivo lució con orgullo. Pasó el tiempo y el 12 de abril de 1799, siendo alcalde Lorenzo Montúfar, se celebró un muy significativo cabildo. A partir de esa fecha, el mayor afán de los antigüeños fue el de recuperar la hermosura de sus edificios más distintivos. Comenzó a restaurarse la catedral en 1813, y los fondos obtenidos a partir de la explotación cafetera animaron la economía local, que asimismo repercutió en el embellecimiento de construcciones por largo tiempo abandonadas. En este propósito cumplió una labor destacada el corregidor José María Palomo y Montúfar, impulsor de tareas específicas en este campo.

Pero aún hubo otras señas de este progreso. El 21 de abril de 1838, un decreto de la Asamblea Legislativa ratificaba el traslado de la sede del Gobierno guatemalteco a Antigua. Aunque el asunto no se prolongó en el tiempo —el 31 de julio de ese mismo año, la ciudad de Guatemala recuperaba este privilegio—, lo cierto es que bien vale como síntoma de una creciente mejoría en todos los órdenes.

Recompensando el tesón de sus protectores, y gracias a un estudio arquitectónico de Verle Lincoln Annis, La Antigua Guatemala fue declarada Monumento Nacional el 30 de marzo de 1944 de acuerdo con el decreto legislativo núm. 2772. En 1946, la formación del Instituto de Antropología e Historia favoreció un método conservador más ordenado.

El 25 de septiembre de 1958, Antigua fue, durante un solo día, capital de la República; un acuerdo que volvió a adoptarse el 7 de diciembre de 1962. Pero volvamos atrás, pues el 12 de octubre de 1958, un nuevo decreto —con número 1254— la nombraba Ciudad Emérita. Sin embargo, el deterioro no comenzó a frenarse con un protocolo adecuado hasta que el Congreso de la República aprobó una Ley Protectora el 25 de noviembre de 1969. Gracias a esta reglamentación, comenzó a actuar el Consejo Nacional para la Protección de La Antigua Guatemala, cuya labor fue indispensable para preservar la monumentalidad colonial. El nombramiento de los cuatro miembros del Consejo, presidido por el alcalde, depende de las Facultades de Arquitectura y Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala, la Academia de Geografía e Historia y el Instituto de Antropología e Historia.

En julio de 1965, la villa fue declarada Ciudad Monumento de América por la VIII Asamblea General del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, de acuerdo con una Resolución de la VI Reunión Panamericana de Consulta de este organismo de la Organización de Estados Americanos. Para culminar el homenaje internacional, desde noviembre de 1979, Antigua forma parte de la lista de ciudades que integran el Patrimonio Mundial Cultural y Natural de la UNESCO, por decisión de la Asamblea General de dicho organismo, celebrada en Luxor. Con todo ello, no sólo se manifiestan los méritos extraordinarios que adornan a esta capital, sino la necesaria protección que han de gestionar las autoridades en el núcleo urbano y en sus aledaños.

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ARQUITECTURA DE LA ANTIGUA

RELIGIOSA

«Como los humanos —escribe Michel Serres—, las ciudades se reconocen por sus andares» (El paso del noroeste, traducción de Sarah Mirkovitch, Debate, Madrid, 1991, p. 28). La idea es afortunada y, siguiendo a este filósofo francés, podemos identificar a Antigua con el intrincamiento de sus sonidos y con el movimiento de sus calles. En definitiva, la imagen tiembla y refleja el fluir de los días, los decires y discursos, el remolineo del viento y toda desviación con respecto al engañoso equilibrio que aseguran las tarjetas postales. La falta de espacio nos impide adentrarnos en toda esa gozosa complejidad antigüeña. No obstante, sirva este apunte para contextualizar la energía que rodea y habita los monumentos, no solamente en el sentido físico, sino en ese plano inefable que compete a la interacción humana.

Ahora bien, muchos caminos de lo humano conducen a la arquitectura, y de ellos, la espiritualidad es uno de los que mejor resuelve, en la práctica, el diseño de ermitas, conventos y catedrales. No obstante, bajo la definición de arquitectura religiosa hay propósitos variopintos,
a partir de los que ha cuajado una notable bibliografía con el fin de glosarlos y responder a su lógica. A modo de orientación que amplíe los escasos datos que acá reunimos, cabe recomendar un texto de Ernesto Chinchilla Águilas, Historia del arte en Guatemala (Editorial José Pineda Ibarra, Guatemala, 1965) y otro de Antonio Bonet Correa, Las iglesias barrocas de Guatemala (separata de Anuarios de Estudios Americanos, vol. XXII, Sevilla, 1965). De Carlos Ayala es el libro Las formas y los días. El barroco en Guatemala (Turner, Madrid, 1989) y otro volumen de importancia para este asunto, El arquitecto mayor Diego de Porres 1677-1741, lleva firma de Luis Luján Muñoz (Editorial Universitaria, Guatemala, 1982). Del mismo autor, es muy recomendable la Síntesis de la arquitectura en Guatemala (Universidad de San Carlos, Guatemala, 1972). Con sus variantes, no hay duda de que este repertorio configura un excelente acompañamiento para estudiar la arquitectura de motivación religiosa en Antigua. Conviene, en cualquier caso, concentrar en las siguientes líneas las texturas, refuerzos y tensiones que caracterizan esa oferta monumental, por más que el lector ya quede avisado de ofertas literarias más expertas y jugosas.

En primer término de ese listado se sitúa la catedral. Sus primeros esbozos son tan antiguos como la ciudad. De 1543 data la la primitiva construcción. En fecha muy posterior, 1618, sitúan las crónicas el fin de los trabajos del arquitecto Martín Casillas. Aceptados los aportes precisos, Casillas «terminó la catedral —escribe Manuel Lucena—, que tenía tres naves (sin capillas laterales) y con la mayor cuadrada, cubiertas a la misma altura con bóvedas de crucería» («La ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala a través de los terremotos», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 28). Más adelante el ciclo catedralicio se prolonga: un nuevo edificio fue completado en 1669 por Manuel Andújar, quien luego cedió esta misión a José de Porres. Por fin, el 6 de noviembre de 1680 se celebró con toda solemnidad la dedicación de la catedral. En 1773 nos situamos de nuevo ante un fuerte arrebato geológico, capaz de arruinar lo que tantos años había costado edificar. Y aunque en 1780 se pretendió la reconstrucción, lo cierto es que, en todos los movimientos que hemos citado, el templo catedralicio resume el vaivén a que se vieron sometidos muchos conventos e iglesias en la ciudad: erigidos durante una luminosa secuencia, dañados en jornadas de espanto y en muchos casos, expuestos finalmente al abandono.

Prosigamos ahora hacia episodios más felices. Con habilidad para el esquema, Elizabeth Bell resume la pujanza de las órdenes religiosas de acuerdo con la fundación de recintos conventuales. En el siglo XVI, hay en Antigua tres conventos de hombres; los de Santo Domingo, San Francisco y La Merced, y uno femenino, La Concepción. Cien años más tarde, se suman cuatro conventos de hombres, San Agustín, La Compañía de Jesús, Belén y La Recolección; y tres conventos de mujeres, Santa Catalina Mártir, Santa Teresa y Santa Clara. Dice la tratadista que los edificios correspondientes al siglo XVII corresponden a una arquitectura sujeta a la formalidad y el rigor de dicho arte, y la razón hay que buscarla en la presencia en Guatemala de manuales técnicos de alto prestigio. Cita esta autora entre los tratados que llegaron a estas tierras los de Diego de Sagredo (1526), Juan de Arfe (1535), Sebastiano Serlio (1552), León Bautista Alberti (1582), Giacomo de Vignola (1593) y Andrea Palladio (1625) (La Antigua Guatemala: La ciudad y su patrimonio, Impresos Industriales, 1999, p. 14). Como se ve, las indicaciones presentes en estos tratados de arte y arquitectura fueron de provecho para los artífices del barroco antigüeño.

«Si no frecuentes, las obras de Vitrubio, Alberti y Vignola fueron citadas por los arquitectos de retablos del siglo XVII Agustín Núñez y Sebastián de Carranza o aparecen consignadas, junto a las de Vicente Carducho y Juan de Arfe, en las bibliotecas de otros artistas como el pintor Blas de Polanco. Sin embargo, son el Tercero y Quarto libro de Architectura de Sebastiano Serlio, en sus ediciones españolas, los más recurridos como fuente de referencia por ser el primer tratado de arquitectura profusamente ilustrado y que proporcionaba, por tanto, un magnífico repertorio de modelos.»

Miguel Ángel Castillo Oreja, «Arquitectura y arquitectos de Antigua», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 35.

A. Serlio (1475-1554), sin dudarlo, ha de agradecérsele ese Tratado de Arquitectura, elaborado en varios tomos mientras diseñaba construcciones en Fontainebleau para el rey Francisco I. En 1575, una vez muerto el maestro, fue impreso el Libro VII, al cuidado de Jacopo Strada.

Principios de exuberancia decorativa como los proclamados por Serlio respondían al gusto e inquietudes de Diego de Porres, miembro de una saga de magníficos arquitectos y alarifes que dejaron huella en Antigua. Era Diego el hijo de José de Porres (1635-1703), quien completó las tareas de edificación en la iglesia de San Pedro y la catedral, en Santa Teresa y en la Compañía de Jesús. Asimismo, realizó la primera parte de los trabajos que llevaron a construir La Recolección. Hijos de Diego y nietos de José fueron Diego José de Porres, que edificó en Nicaragua la catedral de León y el Colegio Seminario, y Felipe de Porres, quien intervino en las obras de San Agustín y la Casa de la Moneda, además de construir la iglesia de Esquipulas, en Chiquimula. Junto a los integrantes de esta familia, creadores como el ingeniero Luis Diez Navarro, los alarifes Juan Pascual, José Manuel Ramírez y Bernardo Ramírez, y el arquitecto de retablos Agustín Núñez solicitan un recuento más minucioso que lleve a comprender debidamente el carácter monumental de la ciudad.

Pero dejemos a un lado la genealogía y volvamos a un motivo ornamental propio de Serlio, la pilastra abalaustrada, el cual sirvió al principal artista de la mencionada saga, Diego de Porres, para caracterizar edificaciones como la Escuela de Cristo y Santa Clara. A dicho elemento hay que sumar una serie de características habituales en las construcciones antigüeñas, y que tienen su causa en los terremotos. Así, aparte de unas proporciones rebajadas, el uso de contrafuertes y de muros vigorosos identifica no pocas construcciones religiosas, que de ese modo contrarrestaban el poder destructivo de los seísmos.

Centrando su interés en el siglo XVIII —un periodo de esplendor durante el cual se cimentaron construcciones tan admirables como Las Capuchinas—, Luis Luján Muñoz sitúa en la etapa posterior a 1717 el comienzo de un periodo ultrabarroco, entre cuyas propiedades resaltan las apoyaturas arquitectónicas como esa pilastra abalaustrada serliana a la que más arriba hacíamos referencia. De entre todos los ingredientes de la arquitectura local, esa pilastra es, en opinión de Luján:

«La más característica e importante, pues llegaría su uso hacia el norte hasta Ciudad Real de Chiapas, que era la provincia más septentrional y hacia el sur hasta Costa Rica, que era la más meridional, en donde encontramos dichas soluciones en los retablos de la iglesia de Orosi; pero en Nicaragua, Honduras y El Salvador, además de la propia Guatemala, las hallaremos no sólo en los retablos, sino además en la arquitectura, como motivos ornamentales del mobiliario, mayólica, hierro forjado, así como grabados, entre otros».

Luis Luján Muñoz, «Santiago de Guatemala: visión de su arte a través del tiempo», en Antigua, fotografías de Daniel Gluckmann, Ediciones de Cultura Hispánica, 1991, p. 31.

Aunque importante, dicho elemento no es el único en la serie de constantes que cabría identificar en la arquitectura religiosa de Antigua. Las plantas, por lo común rectangulares, suelen ser de una sola nave y sus proporciones tienden a alargarse. A ese detalle añade Aguilera otros de similar interés:

«Los claustros tienen cubiertas abovedadas con columnas de gran diámetro y fustes cortos. Las cúpulas de media naranja y sin tambor. Los patios cuadrados con espectaculares fuentes y estanques de geometría estrellada. Los muros de cal y canto y ladrillo revestidos de estuco o revoco».

«Antigua. Modelo de Ciudad Hispanoamericana» en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 150.

Por añadidura, aunque ello no sea responsabilidad de los alarifes, hemos de citar la decoración, profusa y oportuna, que solían exhibir los espacios interiores. Si hablamos de pintura piadosa —lenguaje dominante en este ámbito—, el ejemplo más idóneo es el capitán don Antonio de Montúfar (1627-1668), autor de los seis cuadros de la Pasión de Cristo que ornaron el Calvario:

«Poca ocupación tenía don Antonio con la espada —escribe Pedro Pérez Valenzuela—, pues los pinceles eran todo su deleite y a ellos consagraba las horas del día y a veces hasta las de la noche. Tanta era su inclinación a ellos que, cuando en Guatemala aprendió cuanto aquí podía aprender, se marchó a España y allá se comunicó con los maestros del bello arte perfeccionando su habilidad».

«Le avisaba el corazón», en Canturías a Santiago (Crónicas), Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1967, p. 101.

Como él, otros pintores dedicaron su talento a las obras de la Iglesia, con un temario más bien unívoco aunque repleto de ambición estética. Del repertorio disponible, elegimos a los hermanos Francisco y Pedro de Liendo, situados en la línea de Miguel Ortega, Pedro Martín, Tomás de Merlo y Francisco García. En otra cuerda, aunque sin abandonar el asunto que nos importa, citaremos un óleo sobre lienzo de Antonio Ramírez Montúfar, Construcción de la catedral de Santiago de los Caballeros (1678), aceptable como resumen de las variantes aquí comentadas. Desde luego, en este cuadro se combinan detalles arquitectónicos, ingenios técnicos y apuntes de cotidianidad, que dan ocasión a una visión bastante certera de la ciudad en tiempos de la Colonia (Luis Luján Muñoz, «Construcción de la catedral de Santiago de los Caballeros», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, pp. 370-372).

Aparte de la pintura, la decoración de los templos y conventos involucró a otras artes. De ahí que este breve escrutinio quede incompleto sin la mención de plateros como Luis de Cuevas y Gonzalo de Nájera. Como es obvio, también deben aprovechar la escena escultores como Pedro de Brizuela, Alonso de Paz, Miguel de Aguirre y Mateo de Zúñiga. Incluso viene al caso aludir a un fabricante de órganos, Francisco Mariano López, de gran relevancia en cuanto atañe a la musicalidad de la liturgia barroca.

Restan, por fin, los efectos más negativos del entorno geológico sobre toda esa monumentalidad, de los cuales se ha ocupado Manuel Lucena Salmoral, catedrático de Historia de América de la Universidad de Alcalá, en un breve ensayo que lleva por título La ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala a través de los terremotos. Siguiendo a otros estudiosos de la arquitectura guatemalteca, fija Lucena cuatro etapas, montadas sobre la sucesión de terremotos que más hondamente afectaron a la ciudad. De este modo, los grandes seísmos del 10 de septiembre de 1541, el 23 de diciembre de 1586, el 12 de febrero de 1689 y el 29 de julio de 1773, corresponden al periodo Fundacional (1524-1541), al de Formación Urbana (1541-1586), al de Aculturación Artística (1587-1689) y al de Arquitectura Sísmica-Barroca (1689-1773):

«El primero corresponde a una ciudad errante en busca de asiento. El segundo es de formación del modelo de nueva ciudad indiana, hecha bajo la inspiración de Antonelli. El tercero es de creación de una arquitectura guatemalteca mediante la asimilación de las modalidades foráneas gótico-románico, renacentistas (italiano-herreriano y plateresco) y manieristas (Serlio, Vignola y Palladio), así como también mexicanas (...). El cuarto es el de florecimiento de la arquitectura sísmica-barroca (earthquake la denominó Pál Kelemen), un modelo propiamente regional con una arquitectura barroca pegada al suelo para soportar los terremotos».

Javier Aguilera Rojas, ed., Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 25.

De la variada oferta bibliográfica que relaciona arquitectura y terremotos, hemos elegido como fuente principal para esta exposición, acaso por sus modulaciones inesperadas, un folleto firmado por don Juan González Bustillo en el establecimiento provisional de la Ermita el 16 de mayo de 1774. Como oidor decano de la Audiencia, González Bustillo resumió en ese escrito la sesión que decidió el traslado de la ciudad al Valle de la Ermita el 14 de enero de ese mismo año. Como puede advertirse mediante su lectura, su larguísimo título integra y comprende datos y sensaciones:

«Razón particular de los templos, casas de comunidades, de edificios públicos y por mayor del número de los vecinos de la capital de Guatemala; y del deplorable estado a que se hallan reducidos por los terremotos de la tarde del veinte y nueve de julio, trece y catorce de diciembre del año próximo pasado de setenta y tres, y de la razón puntual de los sucesos más memorables, y de los estragos, y daños que ha padecido la ciudad de Guatemala y su vecindario desde que se fundó en el paraje llamado de Ciudad Vieja, o Almolonga, y de donde se trasladó a el en que actualmente se halla.»

«Apéndice», en Julio García Díaz, Destrucción y traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala, Facultad de Humanidades,
Universidad de San Carlos de Guatemala, 1968.

Ni que decir tiene que haremos uso de los adjetivos del oidor, pues éstos fluyen sobre el doble modelo de la grandeza y la decadencia que tan bien se ajusta al plano de Antigua.

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CIVIL

Exponer con algún detalle las cualidades de una ciudad barroca del siglo XVIII es una empresa que le cuadra al estudioso de Antigua. Más allá de los métodos de manual o del tanteo de los viejos registros, esta metrópoli dispone de un patrimonio monumental en buen estado de conservación, que permite pintar bien las antiguas costumbres urbanas, y asimismo contemplar, haciendo abstracción de las ruinas, aquello que en otro tiempo fue un entorno esplendoroso y lleno de vitalidad. Esta preservación, sin embargo, es mérito de un efecto destructivo. David L. Jickling aclara la paradoja cuando indica que la mudanza de la capital hasta la Nueva Guatemala de la Asunción, a consecuencia del devastador seísmo de 1773, favoreció el hecho de que Antigua quedase al margen de un fenómeno que suele variar irremisiblemente el aire y el temperamento estético de cualquier urbe: la construcción moderna. De ahí que lo natural de ese diálogo con el ayer aún sea propio de las calles antigüeñas. «Antigua —nos dice— persiste para nosotros como un eslabón viviente con el pasado». Luego de ser declarada Monumento Nacional, Monumento de las Américas y Monumento Mundial, los programas de conservación han servido para preservar su arquitectura, y por consiguiente, planes como los diseñados bajo los auspicios del Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala (CNPAG) «merecen apoyo, tanto para nuestro beneficio como para el de las generaciones futuras» (La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1987, p. IV).

Antes de comunicar los rasgos principales de la arquitectura local, conviene aclarar que el trazo de Santiago de Guatemala se atribuye al ingeniero Juan Bautista Antonelli, si bien hay autores que explican las razones según las cuales parece dudoso que allí estuviera el citado diseñador. Cosa indiscutible es la influencia de quienes eran gobernadores en aquellos inicios, el obispo Francisco Marroquín y el licenciado don Francisco de la Cueva. Un reputado analista, Antonio Bonet Correa, comenta que la traza antigüeña coincide con esa variedad urbanística que Jorge E. Hardy consideró el modelo clásico, y que consiste en una cuadrícula de damero regular. «De calles rectilíneas y derechas —añade Bonet— , la traza original es de forma cuadrangular, delimitada al noroeste por la alameda de Santa Rosa y al oeste por la de Santa Lucía. Fuera de la traza y perpendicular a ésta, al sureste, se encuentra la alameda del Calvario». Incluimos en este punto, otros detalles aportados por el citado ensayista: en ese diseño inicial, componen la ciudad cuarenta manzanas cuadradas en la parte central y rectangulares en la perimetral. Como es habitual, la plaza mayor domina el centro. Singularmente, la periferia de la traza original es ocupada por los monasterios de las órdenes mendicantes, caso de Santo Domingo y San Francisco.

«Esta forma de ubicar los edificios se debe a una tradición nacida del hecho que, en el siglo XIII, cuando en Europa nacieron estas nuevas órdenes religiosas era imposible, en las amuralladas ciudades medievales, encontrar un solar intramuros. Al igual que en Europa, los monasterios generaban en su entorno un nuevo barrio.»

Antonio Bonet Correa, «Ciudad y arquitectura en Guatemala. Siglos XVI, XVII y XVIII», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 126.

Siguiendo lo dicho por Bonet, con un interés ampliado por el perímetro de la Plaza Real o Plaza de Armas, conviene señalar que en ese entorno se alzaron edificios gubernamentales, construcciones de naturaleza eclesiástica y también comercios de importancia. Aunque el rastro de todo ello ha ido difuminándose con el paso del tiempo, ese perfil institucional y mercantil aún prevalece en el centro de Antigua.

Desde un punto de vista infraestructural, es interesante saber que el agua llegó a la Plaza Real en 1555, gracias a una obra que la trajo desde una quebrada que se abre no lejos de la Ermita de San Juan. De acuerdo con las crónicas, el 15 de febrero de ese año se dispuso la construcción de una pila, esencial para el desarrollo del área. Y en cuanto al abasto de los vecinos, éste quedó resuelto gracias a una carnicería mayor que se abrió al poco tiempo en la plaza. La Fuente de las Sirenas, seña específica de ese lugar desde 1737, es un legado de Diego de Porres, Arquitecto Mayor de la Ciudad.

Las oficinas gubernamentales encontraron acomodo en el fabuloso Palacio Real o de los Capitanes Generales, diseñado por Luis Díez Navarro. Ese espacio, en constante crecimiento, fue acogiendo nuevas instalaciones oficiales a medida que la ciudad crecía en importancia. Por ejemplo, una Real Cédula de 17 de enero de 1731 comprometía la fundación de la Real Casa de la Moneda, cuyos trabajos de edificación en un costado del antedicho Palacio comenzaron en 1733. Otro palacio de notable hermosura, el del Ayuntamiento, fue inaugurado en 1743. Con ello, el centro antigüeño concentraba todas las instancias de la administración colonial, en un seguro esfuerzo por conducir el orden burocrático de todo el territorio.

Otra muestra admirable de arquitectura civil, la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Guatemala, tiene una historia de cierta complejidad, que principia cuando el Papa Inocencio XI confirmó su fundación el 18 de junio de 1687. Los terremotos de 1751 destruyeron las instalaciones que se habían alojado en el convento de Santo Domingo, pero a modo de feliz contrapartida, el Rector donó las casas colindantes con el Colegio Tridentino. De esa forma, y gracias a un talento arquitectónico sin igual, en 1763 quedó inaugurada la edificación universitaria que hoy conocemos, tan armoniosa por su línea como por su estructura, aunque castigada por más de un seísmo.

La cita de Diego de Porres parece inevitable a la hora de glosar la arquitectura antigüeña, tanto civil como religiosa. Al decir de Miguel Ángel Castillo, el empleo de elementos de raigambre gótica o manierista es un signo de identidad que atañe a toda su obra. En cierto modo, y siempre de acuerdo con la evaluación del tratadista, Porres maneja con inteligencia la tradición americana de «integrar libremente las formas, despreocupándose de los problemas de originalidad y significado que las mismas podían tener en su contexto estilístico original». De ahí que, aun ciñéndose a una idea de conjunto:

«la utilización artificiosa y selectiva de elementos singulares
—arcos conopiales, rematados horizontalmente en la parte superior, de gran efectividad visual, estípites, pilastras abalaustradas con funciones de orden, etc.— no polemizan con otros de más clara estirpe barroca, con tal de que se sometan adecuadamente a la composición general».

«Arquitectura y arquitectos de Antigua», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’,
Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 36.

Como tendrá oportunidad de comprobar el lector, iremos ampliando la glosa de tales cualidades en otros márgenes de esta muestra, pues la presencia de Porres, en gradación creciente, no puede soslayarse durante el recorrido arquitectónico antigüeño.

Sin la minucia deseable, vamos asimismo a mencionar las características de las casas de habitación, tan típicas del callejero de Antigua. Todo en ellas, incluso la viveza de su color, nos recuerda que deambulamos por una tierra de terremotos y volcanes. Así, suelen ser edificaciones de una sola planta, dado que un seísmo desestabilizaría con facilidad las construcciones de más pisos. Dentro del tipismo colonial, su diseño incluye hasta tres patios: el primero y principal, rematado con una fuente central o búcaro; un segundo patio que sería propio de la servidumbre, y que dispondría de la correspondiente pila de lavado, usual en las labores cotidianas; y un tercer patio, ya reservado a las clases más pudientes, donde hallaremos un corral para las aves domésticas, acaso una caballeriza, y puede que también un pequeño huerto.

Una vez franqueada su entrada, según refiere José Joaquín Pardo, el hogar colonial resulta muy acogedor, «con sus pisos de ladrillo de barro cocido, muros con revoque encalado y techo con viguería de madera, complementada a veces con el mismo material o con ladrillos que ocasionalmente se decoraban con pintura». Ni que decir tiene que a más de un visitante le traerá a la memoria el perfil interior de la casa andaluza, modelo de tantas construcciones del nuevo mundo, incluidas aquellas que se reclaman tributarias del spanish style californiano. Para confirmar esa imagen desde el patio:

«la terraza española con sus gárgolas y la teja, era lo que podía ver cualquier espectador así como sus pilares de madera con zapatas de ondulante perfil y basas de piedra».

José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Editorial José de
Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 59.

Claro que aún es posible disfrutar de ese ambiente. Es más, el turista que no logre la amistad de propietarios privados dispuestos a admitir visitas, puede cautivarse —lo cual no es asunto menor— en espacios tan notables como la Casa Popenoe, la Casa Landívar, la Casa de los Leones o la Casa de la Cuarta Calle, hoy pastelería Doña Luisa Xicotencatl.

Hablábamos de la pila de lavado dentro de este tipo de hogares, y no está de más relacionarla con los lavaderos públicos. De ellos, el más conocido es el Tanque La Unión, que fue inaugurado por el corregidor José María Palomo y Montúfar el 3 de febrero de 1853. Para reparar sus graves deficiencias, fue sometido a un proceso de reconstrucción en 1979, y desde esa fecha sigue en uso, allí donde las faenas de limpieza requieren de este tipo de instalación pública.

Aunque no se trata de monumentos civiles relevantes, los museos forman parte de este conjunto de edificaciones, a veces fruto de proyectos de remodelación y reubicación. Preservar y mostrar lo más soberbio del arte maya es el objeto del Museo Arqueológico, cuyas puertas se abrieron en junio de 1999. Con un diseño afín, una colección de instrumentos precolombinos y coloniales se custodia en la Casa K’ojom desde 1988. También cabe contemplar un muestrario de piezas coloniales en el Museo de Santiago o Museo de Armas, que fue inaugurado en 1956 por el Instituto de Antropología e Historia de Guatemala, dando así un nuevo uso a la Cárcel de Pobres en el Palacio del Ayuntamiento. Ese mismo año, el público local y foráneo tuvo a su disposición el Museo del Libro Antiguo, significativamente ubicado en el mismo lugar donde estuvo en funcionamiento la imprenta de José de Pineda Ibarra.

Otro caso de aprovechamiento idóneo —puestos a proporcionar tales fines a viejas instituciones— lo configuran el claustro del Convento de Santo Domingo y algunas de sus dependencias anejas, hoy sede del Centro Cultural Casa Santo Domingo. Con semejante aplicación, también ocupa un espacio de Santo Domingo el luminoso Museo Colonial. De parecido nombre y celo divulgativo, el Museo de Arte Colonial (1937) se aloja en un edificio mudéjar que antaño formó parte de la Universidad de San Carlos. En sus salas, a poco que pasee por ellas, el curioso ha de admirar obras de Cristóbal de Villalpando y de Tomás de Merlo, bien significativas de lo que fue la época de máximo esplendor de la ciudad.

Con todo, al margen de este tipo de exposiciones y de los nuevos planes de arreglo y embellecimiento —partes de un ajuste armónico que sólo desestabiliza la naturaleza—, parece claro que Antigua Guatemala registra una memoria que ya expiró en otros lugares. Un recuerdo que hoy es revitalizado por el mejor de los ornamentos: la cotidianidad de los antigüeños y, por añadidura, ciertas clases de encanto que sólo atañen a los cruces de caminos.

«Frente a sus muros caídos —afirma el arquitecto Joaquín Ibáñez Montoya— se manifiesta un discurso paradójico de anticipación: lo destruido, custodiando el recuerdo de un dolor como la evocación de una desventura, se vuelve en ella signo de una alegría (del) porvenir.»

Javier Aguilera Rojas, ed., op. cit., p. 21.

En todo caso, no hay objeción contra esto; es una norma segura para el gozo admitir la tentación de estas ruinas, y de ese modo comprobar en los menores adornos los relieves de una historia hecha a cincel.

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FIESTAS Y FOLCLORE

Llegado el momento de hablar sobre festejos y celebraciones, nada más adecuado que seguir a Johan Huizinga, en especial cuando éste pone de relieve que el carácter lúdico puede ser propio de la acción más sublime. Al decir del gran historiador holandés, cabría seguir hasta la acción cultural y afirmar que también el sacerdote sacrificador, al practicar su rito, sigue siendo un jugador.

«Si se admite para una sola religión, se admite para todas. Los conceptos de rito, magia, liturgia, sacramento y misterio entrarían, entonces, en el campo del concepto ‘juego’».

Johan Huizinga, Homo ludens, traducción  de Eugenio Imaz, Alianza Editorial, Madrid, 2000, p. 34.

Así, una vez demarcado el espacio del juego, podemos ubicar su tiempo, y ningún periodo le cuadra mejor a Antigua que el barroco, tan rico en momentos celebrativos. De ello no hay duda: en las grandes manifestaciones lúdicas cabe una articulación de la ceremonia litúrgica y de las expansiones populares. Además, ya en el plano físico, aquéllas significan la ocupación espectacular de la calle, por usar una feliz expresión de José María Díez Borque. La estrecha conexión entre lo sagrado y lo profano cobra diversas formas en el perímetro antigüeño. Un espacio éste en el cual se da, por cierto, una colorista porfía entre ingredientes prehispánicos y coloniales.

Si se observa con atención el modo en que el aporte indígena se entrevera en la trama festiva, se verá que dicha conversación con el pasado es un hecho incontestable y enriquecedor. En cualquier forma que el viejo legado se perpetúa hay una actitud que reafirma la identidad del pueblo. De otro lado, sin caer en perspectivas museísticas, algunos festejos antigüeños poseen un contenido estético que permite evocar los años dorados de la Colonia, coincidentes con el auge barroco. Dice Díez Borque:

«Junto a las fiestas de calendario fijo (aunque algunas fueran móviles, incluido el propio Corpus) hubo en los Siglos de Oro (...) muchas fiestas ocasionales, de carácter civil y religioso, que, con características propias (...), especialmente en cuanto a la separación de participar y contemplar según la pirámide social, iban rompiendo también el calendario del tiempo ordinario con los regocijos del extraordinario».

Díez Borque, «Fiesta sacramental barroca de El gran mercado del mundo de don Pedro Calderón de la Barca», Fiesta barroca, Compañía Nacional de Teatro Clásico, Ministerio de Cultura, s.f., p. 26.

En el aspecto aquí tratado es oportuno poner de manifiesto que la literatura idealiza el juego y coaliga sus evoluciones. Con ella y gracias a ella, volvemos a internarnos en un pasado previo a 1773, a la vez luminoso y solemne. Así como los monumentos en ruinas conservan las trazas de la primitiva hermosura, ciertas celebraciones revelan similitudes con una horma festiva que sólo cabe recrear mediante un arranque lírico. Basta a veces un salto del sentido para evocar el cortejo. Escribe Miguel Ángel Asturias:

«Luego, fiestas reales celebradas en geniales días, y festivas pompas. Las señoras, en sillas de altos espaldares, se dejan saludar por caballeros de bigote petulante y traje de negro y plata. Esta une al pie breve la mirada lánguida. Aquélla tiene los cabellos de seda. Un perfume desmaya el aliento de la que ahora conversa con un señor de la Audiencia. La noche penetra... penetra... El obispo se retira, seguido de los bedeles. (...) La música es suave, bullente, y la danza triste a compás de tres por cuatro».

Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 16.

En La Antigua de nuestros días, la fiesta y la feria se enuncian como costumbre, y pasan a primer plano según un calendario fijo, cuyo orden y detalle tomamos de Elizabeth Bell (La Antigua Guatemala: La ciudad y su patrimonio, Impresos Industriales, 1999, pp. 174-183). El día de Corpus Christi es una fecha piadosa en que sale del templo el Santo Sacramento, animándose la gastronomía local con recetas como el pepián. El 25 de julio, día de Santiago Apóstol, los antigüeños festejan a su patrón con desfiles cívicos, concursos y procesiones que deparan momentos de fervor popular. Un día antes, los gigantes y cabezones pasean por las calles al son de la marimba, cumpliendo con ello un rito que cuenta con numerosas equivalencias en España.

El 29 de julio, San Cristóbal, la pirotecnia cobra protagonismo y los taxistas conmemoran a quien es considerado patrón de los viajeros. El 15 de septiembre, Día de la Independencia, los antigüeños comparten con los demás guatemaltecos la fiesta de su emancipación, obtenida en 1821. El 1 de noviembre, Día de los Santos, vuelan los barriletes o cometas gigantes y multicolores, y el cementerio de San Lázaro acoge a las familias que adornan las tumbas de sus seres queridos. El 7 de diciembre, a las seis de la tarde, la quema del diablo inaugura el periodo navideño: arden frente a los hogares pequeñas cantidades de papel, desechos y madera —un rito al estilo purificador de las hogueras de San Juan—, estallan cohetes, petardos y buscapiés, y aparte de todo ello, acaso oponiendo un registro infernal a la bendición que se aproxima, los habitantes del barrio de la Concepción exhiben un demonio hecho de madera.

Con la Navidad, se abre un periodo de bullicio y alegría: a las doce del día 24 repican las campanas y la pólvora chispea. Un desfile de gigantes y cabezones, de ésos que concitan el humor y la sátira populares, parte de la Escuela de Cristo a las tres. Con ello se anuncia la procesión de la Virgen de la O, cuyo recorrido comenzará en dicha iglesia el día 25, a las cuatro de la tarde. A medianoche, cuando los católicos de diversos territorios acuden a la Misa del Gallo, los antigüeños celebran la Natividad colocando la figurita del Niño Jesús en los belenes. También entregan y reciben regalos, escogen el solaz del ponche y, ya puestos a apropiarse del ruido y de las centellas, disparan toda suerte de fuegos de artificio. Una vez llegados al día 25, los habitantes de Antigua asisten a la mencionada procesión de la Virgen de la O y, una vez más, adornan las calles y requieren el estruendo de la pólvora. Lo propio del 1 de enero, Año Nuevo, es que arda otra vez la pólvora y se saque en procesión al Niño Jesús. Para alegría de los más pequeños, el 6 de enero, Día de Reyes, se generaliza el intercambio de obsequios, en un vehemente alegato de prodigalidad y ternura. Con ello, tras el agolpamiento de imágenes, acaba la etapa navideña.

Además de todas estas celebraciones, la Semana Santa, portadora de intensas metáforas, también emociona a los lugareños y, por otro lado, configura un atractivo turístico de primera magnitud. Quien brindó esta tradición a Guatemala fue el conquistador Jorge de Alvarado, hacia 1524. Como sucede en tantas otras ciudades del entorno hispanohablante, se alternan aquí los devotos vestidos de nazareno, llamados en Guatemala cucuruchos, y los celebrantes que se atavían cual si fueran legionarios romanos en tiempos de la Pasión. En cuanto a fechas, el rito sigue una norma habitual: el primer domingo tras el primer plenilunio primaveral corresponde al Domingo de Resurrección.

Bell, muy interesada por los pormenores de la Semana Santa antigüeña, describe cómo durante la vigilia del viernes previo a la procesión dominical se adorna el interior de los templos con alfombras de flores y serrín coloreado. Otra autora, Sara Martínez Juan, coincide en ese interés y escribe al respecto:

«Las alfombras se realizan en un ambiente de cordial competencia entre diferentes calles y barrios, todos ponen lo mejor de su talento y el diseño varía cada año. Entre las mejores alfombras están las de la calle ancha de Jocotenango, las de la Séptima calle, las de la Cuarta calle poniente y las de la Quinta avenida norte».

Sara Martínez Juan, Antigua Guatemala,
Ediciones Júcar, 2002, p. 75.

El Viernes Santo de la Semana Mayor, el recorrido procesional avanza sobre este tipo de diseños, cuyo origen se remonta a la época de Pedro de Alvarado. De ese modo, con trasplantes de proveniencia española, la estética de los colores y las formas se inmiscuye como un alegre folclore durante este periodo de recogimiento, sentido tan íntimamente por todos los cristianos.

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LA ANTIGUA EN LA LITERATURA

En ninguna obra de Miguel Ángel Asturias (1899-1974) es lo mítico tan importante como en sus Leyendas de Guatemala, muy mentadas en otros márgenes de esta muestra y forzosa referencia a la hora de discutir el perfil novelesco y poético de dicho país. Con la misma firma, el poema Claridad lunar enlaza ese mágico acervo con el devenir de la historia, manifiesto en las calles y plazas de la Antigua Guatemala: «Te eternizas, claridad lunar, / en las calles de Antigua, meditada / por los viejos aleros del solar / de Pedro de Betancur y más aseada / que el agua torcaz en el palomar / de los arroyos y como en Granada, / te eternizas, claridad lunar / en esta ciudad de agua destilada».

Necesariamente triunfa, en un ámbito semejante, esa visión literaria que acarrea aportes del pasado precolonial, por lo demás indispensables para trazar ciertos rasgos de las letras guatemaltecas y, por extensión, de las obras que dan referencia sobre Antigua y su avatar, Santiago, capital de la Colonia. Y puesto que la tradición prehispánica aún resurge en la literatura oral de los habitantes de Sacatepéquez, no está de más traer a colación otra pieza editada por Asturias en 1927: Los dioses, los héroes y los hombres de Guatemala Antigua o El libro del Consejo, Popol-Vuh de los indios quichés, cuya traducción firmaban el escritor y J. M. González Menéndez según la versión francesa de Georges Raynaud. Puestos a prestigiar pesquisas como la antedicha, cabe recordar el modo en que uno de los eruditos y polígrafos más notables en la cultura hispanohablante, Alfonso Reyes, elogió las muy felices formulaciones de la Poesía prehispánica.

Junto a este tipo de homenajes al acervo cultural indígena, la crónica suele ser considerada por los especialistas como la variedad literaria que mejor le cuadra a la multiforme realidad de Antigua. De acuerdo con esa preferencia, en 1987 el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica daba a conocer una meticulosa colectánea llevada a término por David L. Jickling. Bajo el rótulo general La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, dicho estudioso recopiló un discreto número de escritos en torno a la capital, firmados por viajeros y cronistas que visitaron sus calles entre 1543 y 1773. Gracias a esa fuente, el curioso puede hacerse una idea de la bibliografía que establece una relación más precisa con esta ciudad. Abre el repertorio la Geografía y Descripción Universal de las Indias, compilada en 1574 por el cronista mayor y cosmógrafo Juan López de Velasco, cumpliendo así un deseo que formuló el propio Felipe II. De la serie de Documentos Inéditos para la Historia de España, conocida por su edición de 1872, cabe mencionar el perfil de Santiago descrito por su autor, Fray Alonso Ponce, quien fue Comisario General de los Franciscanos y pasó por allá en 1586. En la misma remesa, figura una obra elaborada en México por Juan de Pineda, juez contador de indios: Avisos de lo tocante a la provincia de Guatemala (1594).

Ni Jickling ni otros bibliógrafos y estudiosos del pasado guatemalteco —destaquemos entre nuestras fuentes a Miguel Ángel Castillo Oreja— pasan por alto a quien fue el primer historiador de Santiago, Antonio de Remesal. Fue en 1618 cuando este cronista dio a conocer su relato de la fundación de la capital en el Valle de Panchoy, incluido en las páginas de la Historia General de las Indias Occidentales y Particular de la Gobernación de Chiapa y Guatemala. Hacer justicia a las bellezas arquitectónicas que pronto adornaron sus calles fue el deseo de Antonio Vázquez de Espinoza, cuyo Compendio y Descripción de las Indias Occidentales incluye buena parte de las experiencias que el cronista vivió entre 1613 y 1621, cuando ejercía como misionero carmelita en Perú y la Nueva España. Dicho virreinato es asimismo el escenario que describe Thomas Gage en su Nueva relación, impresa en Inglaterra en 1648 y reeditada en ese país con el título A Survey of the Spanish West Indies (1702). Llevado por el recuerdo, Gage cuenta los pormenores del espacio antigüeño que habitó en 1626: el convento de los dominicos. Precisamente a esta orden perteneció Fray Antonio de Molina, quien supo del terremoto acaecido en 1651, y lo detalla con viveza y dramatismo en Memorias del M. R. P. Maestro Fray Antonio de Molina, escritas en 1677.

Confirmando las pervivencias de su estirpe —no en vano era descendiente de Bernal Díaz del Castillo—, Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán asume la esencia religiosa y universitaria de Santiago de Guatemala en Recordación de la Florida. Discurso historial, natural, material, militar y político del Reino de Goathemala (1690). Mucho más lejos llega Fray Francisco Ximénez (1666-1729), quien hizo propia la mitología prehispánica y la tejió sobre el programa cultural que llegó de España. La señal más temprana de ese propósito fue la traducción que hizo del Popol-Vuh en Santo Tomás de Chichicastenango. En paralelo, el libro séptimo de su Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala es una propuesta literaria ligada a su conocimiento de Santiago.

Ya en el siglo XVIII, el teólogo dominico Fray Felipe de la Cadena hizo pública una Breve descripción de la noble ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala y puntual noticia de su lamentable ruina ocasionada de un violento terremoto el día veinte y nueve de julio de mil setecientos setenta y tres, en cuyo título se adivina el rastro del pavoroso seísmo ocurrido en esa fecha, cuyo registro figura asimismo en un texto de Juan González Bustillo, Razón particular de los templos, casas de comunidades, y edificios públicos y por mayor del número de vecinos de la capital de Guatemala; y del deplorable estado a que se hallan reducidos por los terremotos de la tarde del veinte y nueve de julio, y trece y catorce de diciembre del año próximo pasado de setenta y tres (1774). Tiempo atrás, gracias al editor Antonio de Pineda Ybarra, Tomás Ignacio de Arana había dado a conocer una Relación de los estragos y ruynas que ha padecido la ciudad de Santiago de Guathemala por terremotos y fuego de sus bolcanes en este año de 1717. Semejante contenido aborda Tomás de Estrada en Trágica descripción del lamentable estrago que ocasionó el terremoto de el día quatro de marzo en el año 1751 en la ciudad de Santiago de Goathemala (1781).

A no dudarlo, ese efecto destructivo también conmovió a Rafael Landívar (1731-1793), uno de los literatos más importantes de la Colonia. El jesuita Landívar fue profesor en el colegio de San Francisco de Borja, y tuvo que abandonar su tierra tras la promulgación del edicto real por el que se expulsaba a los de su Orden. En la placidez de Bolonia dio forma latina a un magistral poema, Rusticatio Mexicana (1781), donde figura una dedicatoria a su ciudad: Urbi Guatemalae. Un admirador de esos cinco mil hexámetros fue Augusto Monterroso (1921-2003). En una página autobiográfica, Mi relación más que ingenua con el latín, recuerda al gran versificador que fue Landívar, asimismo glosado sabiamente por Pedro Henríquez Ureña, por Miguel Ángel Asturias e incluso por Alfonso Reyes en uno de sus Capítulos de literatura mexicana.

De acuerdo con los medios propios de la historiografía en el siglo XVIII, la Imprenta de San Francisco se encargó de divulgar dos títulos muy ilustrativos del carácter de su autor, Fray Francisco Vázquez: Chrónica de la provincia del Santissimo nombre de Jesús de Guatemala (1714) y Chrónica de la provincia del Santissimo Nombre de Jesús de Guatemala del Orden de N.S.P.S. Francisco en el Reino de Nueva España. Segunda Parte (1716). Si fuese dable extenderse todo lo que solicita el asunto, sería de interés comprobar cómo fue fijándose en escritos como los de Vázquez la imagen del entorno antigüeño.

Dentro de estas fronteras, la crónica decimonónica constituye una fórmula ya de por sí atractiva, y tiende a recoger la inmediatez de las experiencias que vivieron aquellos que pasaron por Guatemala durante ese siglo crucial. Por ejemplo, el traslado que condujo a identificar la Nueva Guatemala de la Asunción fue descrito por el padre Domingo Juarros en su Compendio de la Historia de la Ciudad de Guatemala (1808-1818), divulgada entre los bibliófilos en la edición en tres volúmenes que imprimió Ignacio Beteta.

Durante el siglo XIX, escribieron sobre Antigua Guatemala visitantes extranjeros como el francés Larenaudiére, el ingleses Henry Dunn, Anne Cary Maudslay y George Alexander Thompson, el alemán G. F. Von Tempsky, el holandés Jacobo Haefkens y los estadounidenses Elisha Oscar Crosby, William T. Brigham, y John Lloyd Stephens (1805-1852). Este último conoció Guatemala durante los años 1839 y 1840, gracias a su cargo diplomático. Con intensa expresión, Stephens hace memoria de los terremotos de 1773 en Incidentes de Viaje en Centro América, Chiapas y Yucatán. Otro visitante foráneo fue el libertador cubano José Martí (1853-1895), quien advirtió la contradictoria naturaleza de la ciudad en uno de sus escritos, Guatemala.

Claro que si hablamos de cronistas de costumbres, resulta inevitable citar a don Agustín Mencos Franco, autor de unas Crónicas de la Antigua Guatemala (1895) entre cuyos episodios destaca El perro del hospital de Betlén. Aunque afamado entre los modernistas que frecuentaron el orientalismo y la bohemia, Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) también atendió a las peculiaridades de Antigua. Caso distinto es el de un romántico al estilo de José Batres Montúfar (1809-1844). Es más: en sus Tradiciones de Guatemala figura la siguiente declaración de intenciones, expresada en octavas reales:

A las crónicas soy aficionado,
a las de Guatemala sobre todo,
y he grande copia de ellas registrado
del frontispicio al último recodo.
No sólo el Juarros leo con agrado,
que también me deleitan a su modo
Ximénez, Vásquez, Remesal, Castillo,
Fuentes y algunos más cuando los pillo.

Estos versos, reunidos en la antología que lleva por título La Antigua Guatemala en la poesía. Antología (CCCLA), nos llevan a repasar otros poemas que recoge ese volumen, muy valioso para entender la mirada lírica sobre la ciudad. Cabe, por ejemplo, leer un bellísimo poema que José Santos Chocano (1875-1934) tituló Serenata:

Noches de Guatemala silenciosas,
en las que, sobre la ciudad dormida,
la luna se deshace en blancas rosas
y llega un soplo desde la otra vida;
noches evocativas de almas muertas,
llenas de un religioso anacronismo.

De igual modo, admirados por el hechizo de su palabra, es oportuno repasar otra de sus poesías, Ciudad Vieja (Antigua Guatemala).

Al hilo de estos versos de Santos Chocano, entre los muchos apuntes sobre la ciudad colonial, es agradable advertir los perfiles que José Milla y Vidaurre (Salomé Jil) delineó en las novelas Los nazarenos (1867) y El visitador (1868). Por medio de la digresión libresca, un breve ensayo sobre Milla, integrado en el volumen Guatemala, las líneas de su mano (1955) nos lleva a conceder protagonismo a su autor, Luis Cardoza y Aragón (1904-1992). En Ciudad natal. Guatemala la Antigua, rebusca este poeta un inventario decadente:

Se oyen crecer las uñas de tus muertos,
los chorros de las fuentes que sostienen
bailando un tiempo de oro redondo
y sin valor ninguno;
tus días desmayados en cojines
de miel y aburrimiento,
y mis gritos que se hacían añicos
con las lentes acústicas creciendo
de arcadas y de cúpulas.

De ánimo similar, el poema Ciudad natal es otra obra cardoziana que delata el gentilicio de este afamado escritor.

Para obtener eso que llamamos un sello genuino, el poemario antigüeño adquiere vigor gracias a César Brañas (1899-1974). Las razones quedan desveladas en los versos de Antigua mía:

Ciudad de las consejas.
Florón de la colonia
que fecundara el beso de sátiro el sol,
vibrante a la manera de un vaso de Sajonia
o al modo de la espada, de un pálido infanzón...

Aunque sólo sea de paso, conviene dedicar algunos párrafos a poetas de fecha más reciente. Por esta vía, la elección es clara: cuando en 1968 se formó el Grupo Nuevo Signo, quedó claro que sus integrantes principales defendían la libertad expresiva. No obstante, en medio esa plétora de estilos y materiales cabe hallar una coincidencia en las intimidades de la ciudad colonial. Prestando carácter a la evocación, Francisco Morales Santos (1940-) escribió las estrofas de Ciudad vieja:

Vengo a ti, ciudad pristina,
espoleando mis corceles
en el polvo de la gloria
y entre el cósmico portento
de tu incólume nobleza.
Se levanta de la arcilla
la epopeya de Alvarado
y la huella de los potros,
y de los conquistadores,
para hacerme más poeta
de tu sangre y tu pasado.

En la aventura de Nuevo Signo fueron compañeros de Morales, muy destacados poetas como Julio Fausto Aguilera (1929-), Luis Alfredo Arango (1935-), José Luis Villatoro (1932-1998) y Roberto Obregón (1940-1971). Figuran asimismo entre los fundadores del grupo Antonio Brañas y Delia Quiñónez de Tock, autora de Antigua Guatemala, otro poema que evoca el carácter especial de ese emplazamiento:

Tras la tempestad,
inmóvil golondrina,
se abrieron gusanos de luz
en tu costado.
Sepultaste tu llanto
en cada noche invencible,
en cada hora profunda,
en cada misterioso arrebol que te inundó.

Como responsable del Departamento de Actividades Literarias de la Dirección General de Cultura y Bellas Artes, Delia Quiñónez impulsó la edición de la antología compilada por Morales Santos, Los Nombres que nos nombran: Panorama de la poesía guatemalteca, de 1782 a 1982 (1983).

Repasar las páginas de esa colectánea, sobre todo en su tramo inicial, adorna de cuadros la evocación de una villa como la que motiva estas líneas. Una ciudad que agrada con su armonía y con la excelencia de su arte. En resumen, hay en ella una ráfaga de lirismo o acaso una alucinación visionaria que Carlos Wyld Ospina (1891-1956) supo expresar con verso penetrante:

En la ciudad Antigua,
un mediodía cálido
en que abrazaba el fuerte
respirar del verano,
me refugié a la sombra
de los muros de un claustro
que, del sol majestuoso
a los ardientes rayos
presentaba sus llagas,
sus muros desconchados,
su aspecto lamentable
de luchador inválido
que sueña en el prestigio
de los días lejanos...

Enteramente caprichosa y heterogénea, la lista de poetas que logran devolvernos las imágenes de ese pasado adquiere carácter inusitado por su extensión. Citemos, en apretada serie, a escritores como Anaris Sirana, Atala Valenzuela, Augusto Meneses, Carlos A. López, Carlos Murciano, Carlos Rodríguez Cerna, Cristóbal de Hincapié Meléndez, David Vela, Enrique Estrada Sandoval, Enrique Polonsky Celcer, Ernesto La Orden Miracle, Flavio Atilano González, Hector Felipe Cruz Corzo, José García Bauer, José María Bonilla Ruano, Juan de Mestanza, Máximo Soto Hall y Rigoberto Bran Azmitia. Claro que muchos faltan en este catálogo, de modo que aconsejamos la visita a alguna de las antologías previamente citadas, pues acá las generalizaciones fallan.

Aunque ajeno a las letras guatemaltecas, también sintió los ecos profundos que la historia presta a la Antigua un soberbio escritor inglés, Aldous Huxley. En una de sus crónicas, Beyond the Mexique Bay (1934), hallamos esta descripción que resume el espíritu de la ciudad:

«Antigua puede parecer uno de los pueblos más románticos del mundo. No pretendo decir que contiene obras maestras de arquitectura, pero hay mucho que es encantador, mucho que es sorprendente y extraño, mucho —de hecho, todo— que es pintoresco y romántico en el más extravagante sentido estilo del siglo XVIII».

David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones
Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 75.

En clave metafórica, Antoine de Saint Exupéry reflejó su percepción de Antigua en un paisaje ficticio: el asteroide 631, donde el protagonista de El Principito deshollina tres volcanes que, obviamente, hallan su cabal referencia en el paisaje antigüeño.

A modo de conclusión, no podemos prescindir de recordar a Rafael Vicente Álvarez Polanco. Breves y generosas crónicas como La capital del apodo, incluida en el volumen Antigua por los siglos de los siglos (1987) dan la medida de este admirador de cuanto concierne a la ciudad. Lejos de ser un historiador al uso, Álvarez opta por la espontaneidad y emplea su espejo de aumento para observar matices inexplorados, a veces ocultos por el rigor académico. Lo demuestran obras suyas como Cartilla del antigüeño, Los años del 1600 en Santiago de Guatemala, Terremotos en Antigua: secuencias y secuelas, Diez arrechadas de Bernal Díaz del Castillo y Consejas que cuentan de Antigua los antigüeños.

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LAS GENTES DE LA ANTIGUA

A modo de ejemplo en lo que a mestizaje étnico e hibridación cultural concierne, viene al caso abrir este apartado con un detalle literario que conocemos por boca de Alfonso Lacadena. Se refiere a los Anales de los cakchiqueles, o mejor dicho, a sus autores.

«Estos son Francisco Hernández Arana y Francisco Díaz, quienes se suceden en la composición del texto tras la muerte del primero en 1582. Pese a la castellanización del nombre y los apellidos, los autores son indígenas, del importante y antiguo linaje de los Xahil, una de las parcialidades en que se dividía antiguamente la etnia cakchiquel.»

Alfonso Lacadena, «Anales de los cakchiqueles», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la
Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 349.

Añade el autor que los autores eran conscientes de pertenecer a un pueblo antiguamente poderoso, y que tal sentimiento empapa cada línea del documento. Conmemorando ese mismo orgullo, los antigüeños ennoblecidos por dicha ascendencia exhiben aún el orgullo de su legado. Como ya hemos citado en otros rincones de esta muestra, la traducción fue una actividad esencial para conservar una herencia semejante. No en vano,

«dentro de la política seguida en Indias por las órdenes religiosas sobre la evangelización de los indígenas en sus propias lenguas, se necesitó disponer de material lingüístico para el aprendizaje de las mismas. Parte fundamental de este material eran las artes y gramáticas con descripciones de las lenguas, así como los vocabularios».

Alfonso Lacadena, «Sermones sobre las excelencias y alabanzas de los misterios y festividades de la Santísima Virgen, Reina de los Ángeles, María, compuesto y traducidos en lengua cakchiquel», op. cit., p.351.

A otro nivel, es preciso atribuir a historiadores y arqueólogos la sagacidad en el estudio de las poblaciones que habitaron Guatemala antes de la conquista. Como fruto del proyecto colonial, Antigua Guatemala exige una combinación de dichos análisis con los derivados de crónicas y registros, atribuibles en buena medida a clérigos y funcionarios municipales. Por supuesto que aquí se impone una aclaración que Nancy M. Farriss formuló claramente:

«Si los indígenas y los españoles hubieran vivido la época colonial completamente aislados los unos de los otros, el análisis del contexto colonial acabaría aquí. La división no fue, sin embargo, tan precisa y nítida. En primer lugar, la sencilla dicotomía entre indígenas y españoles se complicó con la llegada de los negros, y se embarulló enormemente con la aparición de las diversas combinaciones de cruces. En segundo lugar, la división geográfica entre ciudad española y campo indígena nunca fue categórica. Había puntos de contacto más allá de la jerarquía formal de las disposiciones políticas. (...) Desde los primeros días que siguieron a la conquista, la separación territorial de las castas se vio socavada por la necesidad de mano de obra maya en los centros urbanos».

Nancy M. Farriss, La sociedad maya bajo el dominio colonial. La empresa colectiva de la supervivencia, versión española de Javier Setó y Bridget Forstall-Comber, Alianza Editorial, 1992, p. 170.

Si se tiene la curiosidad de comprobar lo señalado por Farriss, cabe echar un vistazo a lo descrito por autores como Fray Alonso Ponce, quien fue Comisario General de los Franciscanos en 1586. Explica Ponce que:

«los indios de aquella guardianía son pocos, y entre ellos hay algunos mexicanos, los demás son guatemaltecos, que por vocablo más particular se llaman cakchiqueles. Hay en aquella ciudad labradores muy gruesos que cogen gran suma de trigo en las laderas de las tierras de aquel valle, y dan al convento de limosna, cada año, unos a veinte y otros a treinta y más fanegas de trigo».

David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones
Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 6.

Ni que decir tiene que ese vínculo, cada vez más trabado, entre la población local y los españoles rebosa de los más grandes prejuicios, por más que el mestizaje nos sirva acá de instrumento para analizar la fundación de una nueva realidad étnica.

Se debe estudiar el componente indígena antigüeño no sólo por su relevancia histórica, sino por la función social que vino a representar en el seno de aquel cuadro de castas que la metrópoli reprodujo. Aún mejor, cabe señalar descripciones tan atinadas como la del sevillano Juan de Pineda, juez contador de indios, que hacia 1594 describió la sociedad aborigen en los términos siguientes:

«A la redonda de esta dicha ciudad de Guatemala, hay más de cuarenta milpas de indios que están poblados en ellas, que son de los que el dicho licenciado presidente Cerrato libertó, y sus mujeres e hijos y nietos (...) Estos indios, y sus mujeres e hijos, por tener como tienen muchas cosas de su cosecha (ansí maíz y ají y frijoles), crían muchas aves, ansí de la tierra como de Castilla. Tienen huertas, de las cuales cogen mucha fruta, ansí de Castilla como de la tierra, y mucha legumbre y hortaliza, y los más de ellos son cortadores y aserradores de vigas y tablas, y alfajías y calzontes para las casas de los españoles de la dicha ciudad de Guatemala».

David L. Jickling, ed., op. cit., p. 7.

Por respeto a la verdad histórica, no conviene olvidar los interdictos y las restricciones a que fue sometida la población local, siempre de acuerdo al plano en que cada grupo estaba incluido en la pirámide de las castas.

Un vistazo a las efemérides de La Antigua Guatemala reunidas por el historiador José Joaquín Pardo permite comprobar el modo en que se aplicó la legislación en esta línea. Por ejemplo, el 8 de abril de 1634 se prohibió de forma terminante que los mulatos, negros libres y mestizos portasen armas blancas. En términos más positivos, el 4 de septiembre de 1637 la prohibición afectó a las justicias que hasta entonces obligaban a las mujeres indígenas a hilar para los vecinos de la ciudad. No agotaremos al lector con más datos de este jaez, pero sirva decir que las leyes y reales cédulas abundan en esta dirección, y se adivina en ellas el aliento clasista que, a modo de indeseable herencia, aún afecta a no pocos territorios de Latinoamérica.

Puestos a retratar la historia pasada, no es nuevo hablar de una sociedad segmentada, con ciertas barreras en la movilidad social.

«La transformación que estos pueblos indígenas hispanizados experimentaron no fue típica de la región considerada globalmente. En general las fronteras lingüísticas y raciales que dividían a la Santiago española de los pueblos indígenas de la región en el siglo XVI continuaron existiendo en el siglo XVIII. Examinando la ciudad y su comarca como un todo orgánico, uno puede describirla como una sociedad segmentada con un núcleo hispanizado, multirracial, representado por Santiago y la periferia indígena que consistía de unos setenta pueblos.»

Christopher H. Lutz, Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, traducción de Jeannie Colburn, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Guatemala, 1984.

Con todo, este marco responde perfectamente al de la España de la época: fija su expresión social y reproduce la severidad que también experimentaban, al otro lado del océano, los ibéricos que no pertenecían a las clases pudientes. Para pintar tal asunto, no bastan las miradas parciales ni los sitios comúnmente frecuentados. En contraste, se vuelven necesarios el distanciamiento y la comprensión de lo que fue el ingenio de aquel tiempo. Seguir un cierto orden en la manera de ver aquella sociedad permite, además, advertir detalles de miseria, pero también espacios respetables, dignos de admiración, y figuras de una hondura no menos fascinante.

Para dar realce literario a ese microcosmos, hoy embellecido por la historia, Agustín Mencos Franco (1862-1902), poeta y ensayista nacido en Mixcoac, reclamó el legado de uno de sus antepasados maternos, el fabulista don José Domingo Hidalgo, y escribió libros como Crónicas de la Antigua Guatemala (1892), la novela histórica. Don Juan Núñez García (1898) y Apuntes para la historia de Centro América (1898), además de una influyente monografía, Literatura Guatemalteca en el período de la colonia. Y es que, a juicio de Mencos Franco:

«son los pueblos como los niños. A medida que van creciendo y desarrollándose, se acentúa más en ellos el sentimiento de la personalidad, y por lo tanto, la tendencia a la vida propia e independiente. Tal sucedió con las colonias hispanas del Nuevo Mundo. Simples campos de batalla en un principio, fueron después pueblos completos y bien organizados y por último, Repúblicas soberanas. Pero ¡cuántos combates y fatigas no se necesitaron para que el campamento se convirtiese en ciudad! ¡Y cuántos sacrificios y dolores para que la ciudad se transformara en nación!».

Mencos Franco, «Chapines y chapetones», Crónicas de la Antigua Guatemala, Ministerio de Educación Pública, 1956.

Como si las castas y las clases hubieran dispuesto el cartón preparatorio de lo que fue la sociedad antigüeña, habla Mencos Franco de la sempiterna lucha entre el criollo y el peninsular. Un enfrentamiento que surgió apenas se organizaron las Colonias, y que se concretó cuando los criollos quedaron excluidos de fama y dignidades, incluso en el seno de la organización clerical. «A mediados del siglo XVII —escribe el cronista—, subió de punto, en los Conventos de La Antigua Guatemala, el antagonismo entre los frailes criollos y peninsulares, o sea entre los chapines y los chapetones o gachupines, como ya entonces llamaba a los nativos de España el historiador franciscano Vásquez». (Op. cit, p. 102).

Para culminar el asunto, esa complejidad en la consideración de los pobladores de acuerdo con su etnia y su lugar de nacimiento atañe incluso a los estudios demográficos. De hecho, no hubo durante el periodo colonial un censo exacto de la población. Mediado el siglo XVIII, un registro inscribe 6620 almas, aunque deja fuera de su lista a los clérigos, a los negros, a los indios y a los mulatos que sufrían esclavitud. La imprecisión ha de achacarse asimismo a Fuentes y Guzmán, quien calculó alrededor de 60 000 habitantes a fines del XVII. Con buen criterio, apuntan y censuran estos datos José Joaquín Pardo y Pedro Zamora Castellanos en la Guía de la Antigua Guatemala que en 1943 les editó la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, y que hoy llega a nosotros en la versión ampliada que en 1969 preparó Luis Luján Muñoz (Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 88-89).

Vemos aún con interés el censo de feligreses que completó el arzobispo Pedro Cortés y Larraz entre 1768 y 1771. De acuerdo con sus datos, la parroquia de Catedral contaba con 1.308 familias y 10 837 personas; la de Nuestra Señora de los Remedios, 959 familias con 3596 personas; y la de Nuestra Señora de la Candelaria, 854 familias con 4328 personas. Incluyendo a los parroquianos de San Sebastián, la cifra total rondaba las 28 000 personas. Se puede decir que estos detalles, aunque sometidos a la moderna crítica y teniendo en cuenta sus grandes lagunas, proporcionan un perfil orientativo del bullicio que caracterizó a Antigua en sus tiempos de esplendor, justo antes del terremoto de 1773, causa de una irreparable decadencia en todos los órdenes.

El estudio de la primitiva sociedad colonial, cuyos pliegues más rígidos han perdido ya toda su consistencia, no sólo es útil para enriquecer la historiografía local, sino para comprender por qué la ciudad acumula tal número de complejos monumentales, reflejo asimismo de una vida religiosa, administrativa y académica de enorme relevancia. No en vano, el suelo que sustentó tales instituciones aún retiene las propiedades más admirables de la cultura guatemalteca.

Así, pues, dando un salto en el tiempo, hemos de fijarnos en los pobladores que hoy dan vida a Antigua Guatemala, protagonizando su cotidianidad y evocando el pintoresquismo de sus antepasados. De hecho, en estas calles se aprecia la variedad como signo distintivo, por más que la etnia sea todavía un componente singular, sobre todo en lo que concierne a los ciudadanos de estirpe indígena, genuinos depositarios de un legado que ha sobrevivido a los siglos a pesar del empuje transcultural.

A efectos administrativos, Antigua es la cabecera del departamento de Sacatepéquez, cuyo perímetro abarca 465 kilómetros cuadrados y cuya población ronda los 251.260 habitantes. Otros municipios que comparten el mismo territorio y la misma historia son Alotenango, Ciudad Vieja, Jocotenango, Magdalena Milpas Altas, Pastores, San Antonio Aguas Calientes, San Bartolomé Milpas Altas, San Lucas Sacatepéquez, San Miguel Dueñas, Santa Catarina Barahona, Santa Lucía Milpas Altas, Santa María de Jesús, Santiago Sacatepéquez, Santo Domingo Xenacoj y Sumpango. En buena medida, en todas estas poblaciones se reproduce el esquema humano que proyecta Antigua: sus cambios de color, las imaginaciones que va estableciendo, la gallardía de su entorno, cruelmente rectificada por volcanes y terremotos, y también las sílabas deletreadas en chakchiquel y español, que son el código y la expresión de sus pobladores.

Curioso de toda esta variedad, el visitante no sólo hallará en el perímetro urbano un tesoro monumental asombroso. Más allá de este patrimonio, Antigua Guatemala alterna el verticalismo de sus edificaciones con la locución popular y el diálogo exclusivo de sus gentes.

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ENTORNO NATURAL DE LA CIUDAD

Entre el número de especies animales y vegetales que han podido requerir a los biólogos en Guatemala, figura en destacada posición toda una serie de criaturas en riesgo de extinguirse, muy representativa de las quiebras que no siempre supera la aparente perennidad de la vida en nuestro planeta. Desde el punto de vista de los mensajes proteccionistas, la belleza de seres como éstos, tan amenazados por las circunstancias, infunde un valor añadido a la promesa de viabilidad que los convenios internacionales, con una discutible viveza de reflejos, vienen formulando en torno a la naturaleza guatemalteca. La tilde, claro está, queda aquí puesta sobre el país tomado en su conjunto, incluso cuando acá nos dediquemos expresamente al entorno que más atañe a Antigua Guatemala, una ciudad célebre por sus rosas y orquídeas, chichicastes y chumberas. Quiérase o no, por reducido que éste quede a esta cartografía urbana, parece difícil poner diques a un prodigio como el de los doce ecosistemas que se diferencian dentro de las fronteras nacionales, y ello nos anima a establecer algunas premisas generales, que luego han de llevarnos a particularizar las cualidades específicas del área antigüeña.

Situada en la región neotropical, Guatemala cuenta con biotopos que asumen en toda su amplitud el resorte evolutivo, animado en este caso por el influjo alterno de dos océanos. Por poner un caso, no es tarea difícil que el lector imagine el contraste entre el cosmos verde de El Petén y los arrecifes coralinos de la franja caribeña. Tan grande es la urgencia de conservar esta exuberancia, que el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales suscita nuevos planes de protección cuyas reglas han de establecerse en cada marco local. Con este ánimo, un 28 % del territorio guatemalteco lo componen biotopos sometidos a protección institucional, monumentos culturales, parques nacionales, reservas de la biosfera, reservas municipales y reservas protegidas por entidades privadas. El detalle burocrático de ese plan queda establecido por la resolución AIC/O17-99 del Consejo Nacional de Áreas Protegidas (CONAP), mediante la cual se aprobó la Estrategia Nacional de Biodiversidad el 17 de agosto de 1999. Lo cierto es que para ese año las autoridades nacionales ya habían suscrito 46 tratados internacionales relativos a la custodia del patrimonio biológico. Reforzando ese cuerpo normativo, la Constitución de la República, en sus artículos 64, 97 y 119, describe diversas medidas para lograr el equilibrio y la protección de los recursos naturales guatemaltecos. Con idéntico afán, el CONAP publicó en 2000 cuatro documentos de gran importancia: una Lista de Especies Amenazadas de Flora y Fauna Silvestre de Guatemala, la Lista de Especies CITES para Guatemala, el Reglamento Sobre Centros de Rescate de Fauna Silvestre y el Reglamento sobre Granjas de Reproducción de Vida Silvestre. Todo ello configura una estrategia que, sin duda alguna, ya está dando sus frutos.

Por una sorprendente deriva del ciclo evolutivo, el paisaje local evidencia un ubérrimo temperamento. En dirección a este catálogo casi inagotable de especies, los naturalistas pueden anotar en sus cuadernos de campo las cualidades de seres que hallan en esta tierra un santuario. Tal es el caso de algunos de los quelonios más amenazados de nuestros mares, como la tortuga carey (Eretmochelys imbricata) y la tortuga parlama (Lepidochelys olivacea), que buscan en la costa arenas en las cuales hacer su puesta. Algo más allá, en pleno oleaje, cabe cruzarse con cetáceos igualmente escasos, como la ballena azul (Balaenoptera musculus), la ballena corcovada (Megaptera novaeangliae), el delfín moteado del Atlántico (Stenella frontalis), el cachalote pigmeo (Kogia breviceps) y el rorcual enano (Balaenoptera acutorostrata).

Tierra adentro, la indefinida voluptuosidad vegetal —véanse plantas como el tempixque (Sideroylon Tempìxque), el canac (Chiranthodendron pentadactylon) y la llama de bosque (Spatodea campanulate)— oculta otras joyas faunísticas. Con la seguridad señorial que les es propia, merodean por esta tierra cazadores tan eficientes como el jaguar (Panthera onca), el puma de Centroamérica (Puma concolor), el margay o gato de monte (Leopardus wiedii), el ocelote (LeopaRdus pardalis) y el yaguarundi o jaguarundí (Herpailurus yaguaroundi). De esta familia de felinos, diversos en tamaño y habilidades, conviene destacar el placer estético que procuran la contemplación de su pelaje y el efecto de sus calculados movimientos.

Esa gracia primitiva que caracteriza las formas de seres como el jaguar diverge del aire propio de otros mamíferos que más bien parecen supervivientes del Plioceno. Tales son los casos del tapir (Tapirus bairdii) y del pecarí de labio blanco (Tayassu pecari). De un modo análogo, con su fisonomía casi surrealista, el hormiguero gigante (Myrmecophaga tridactyla) y el tamandú u oso hormiguero (Tamandua mexicana) contribuyen a idealizar ese entorno de bestias del pasado, quizá indiferente al curso de las edades que aún registran criaturas como el armadillo, el tepexquintles y el tigrillo.

En la continua proliferación de sus variantes, la floresta de Guatemala alberga criaturas aún más rudimentarias, si bien dueñas de una salvaje hermosura. Para comprobarlo, basta con observar a serpientes menores como la mazacuata y la cantil, y a grandes reptiles como la serpiente pitón del Nuevo Mundo (Loxocemus bicolor), la boa real (Ungaliophis continentalis), el cocodrilo de tumbes (Crocodylus acutus) y su cercano pariente, el voraz cocodrilo moreleti (Crocodylus moreletii). Frente a la misteriosa gravedad de los lagartos, las aves buscan su equilibrio en las copas de los árboles. Ya es un privilegio ver cómo atusan sus plumas el pavo petenero (Meleagris ocellata), el tecolote (Subo virginianus) y más de una subespecie de tucán. Pero sin duda, aunque es necesaria cierta atención para su ojeo, los voladores que más vivamente llaman la atención son los minúsculos colibríes, fulgurantes y a cual más ligero y versátil, como si no hubieran podido hacer otra cosa que responder al apremio biológico mediante la desemejanza familiar. Así, el juego de sus variantes adquiere distintos colores y una creciente disparidad en su plumaje, descrita en cada especie según el código del sueco Linneo. A saber: Amazilia beryliana, Amazilia candida, Amazilia cyanocephala, Amazilia cyanura, Amazilia rutila, Amazilia violiceps, Amazilia yucatenensis, y así hasta completar una lista que aturde al ornitólogo más avezado.

Objeto de veneración para los mayas, el quetzal (Pharomachrus mocinno) figura como el ser alado más representativo de Guatemala, hasta el punto de aparecer como emblema nacional y de dar nombre a su moneda. Entre los habitantes del departamento de Baja Verapaz, destaca sobremanera esta criatura de plumaje verde-rojizo, provista de una larga cola cuneada que le da un aire de ave del paraíso, como si el tornasol de su librea, muy vistosa y variable según los sexos, encerrase los tonos del bosque. Miguel Ángel Asturias escribe:

«En los textos indios se emplea como el superlativo de bello. Mas, aparte de su belleza incomparable, es un pájaro que se caracteriza porque sólo puede vivir en libertad: si se lo enjaula o se lo apresa, se muere. (...) Por su riqueza y su amor a la libertad, este pájaro era, sin duda, el espíritu protector (nahual) de los jefes: los ayudaba a combatir, los acompañaba en sus empresas, y moría cuando ellos morían».

Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981.

Ya puestos a disfrutar del colorido y de las connotaciones metafóricas de los habitantes de la espesura, cabe visitar asimismo el Mariposario de Jocotenango, un pueblo vecino a Antigua donde se sitúa esta reserva de insectos, libre de los inconvenientes de la modernidad y pleno de vida, si bien sometida al zigzagueo casi religioso de la metamorfosis.

No hay duda de que el clima favorece esta feracidad. De hecho, la Antigua Guatemala, como cabecera departamental de Sacatepéquez, disfruta de una temperatura muy saludable, que oscila entre una media de 32º C y una mínima de 13º C, aunque los termómetros registran más habitualmente un arco muy benéfico, que va de los 18 a los 23 grados. Entre mayo y octubre, las lluvias contribuyen a fecundar los parajes del Sacatepéquez, añadiendo abundancia a este nudo fluvial que se tiende sobre una cordillera volcánica. Así, al río Motagua llegan las aguas del Pixcayá, que a su vez recibe aportes del Santo Domingo. Rumbo al sur, desde el altiplano hacia la costa, la travesía que forma el Guacalate cruza el Valle de Panchoy, hasta que su cañón revela su profundidad y alcanza las aperturas que conciernen a los volcanes de Fuego, de Agua y Acatenango.

«A pesar de que el valle de Panchoy parece encerrado existen tres salidas naturales por las colinas y los volcanes que lo rodean. Por el suroeste, el valle se abre entre los volcanes de Agua al este, y Fuego y Acatenango, al oeste, bajando gradualmente hacia las planicies de la costa del Pacífico. Los dos ríos, el pequeño Pensativo y el más grande Guacalate (conocido en la Guatemala española como Magdalena), que fluyen hacia el valle de Panchoy, se unen cerca de la entrada del camino suroeste y forman la corriente principal del río Guacalate que desciende por las pendientes del sur de los volcanes hacia la costa del Pacífico.»

Christopher H. Lutz, Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, traducción de Jeannie Colburn, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Guatemala, 1984.

Llamado a ganar poco a poco importancia desde el noroeste, ese río, el Pensativo, parece prescindir de rutas más ambiciosas para gozar de la propiedad del Valle y conservar la lozanía de sus terrenos, luego destinados a la siembra de nopales, con el fin de criar cochinilla, y también café. Tal rebosamiento acuático, además de una prolongada erosión, motiva asimismo la riqueza piscícola que figura en las viejas crónicas. A modo de ejemplo, viene al caso recordar al fraile franciscano Gonzalo Méndez, quien capturó en el Pacífico un par de mojarras que realojó en el lago de Atitlán, donde muy pronto pulularon para mayor alegría de los pescadores tzutujiles. El escritor Agustín Mencos Franco detalla esta hazaña con gozo culinario:

«Parece mentira, pero es la purísima verdad. Allá por el año de 1558, no tenía la cocina guatemalteca plato más regalado y apetecido que las mojarras de la la Laguna de Atitlán o Panajachel. ¿Quería usted hacer un obsequio al Ilustrísimo señor obispo don Bernardino de Villalpando o al excelentísimo señor presidente don Antonio Rodríguez de Quezada? Pues no podía escoger cosa mejor que las mojarras de Panajachel. ¿Se trataba de ponderar una fiesta como el colmo del chic y el non plus ultra de la alegría? Pues de los labios del pueblo no salía más que esta exclamación: ¡Estuvo tan buena que hubo hasta mojarras de Panajachel!».

Agustín Mencos Franco, «En que sabrá el curioso lector por qué desaparecieron
las mojarras del lago de Atitlán», Crónicas de la Antigua Guatemala,
Ministerio de Educación Pública, 1956, p. 47.

Bien se ve que el agua es acá elemento protagonista, y aunque en lengua cakchiquel «Panchoy» vendría a ser una laguna grande, en la memoria de Fray Alonso Ponce no hay espacio para la leyenda. Leamos lo que el clérigo escribió en 1586. A su entender:

«es aquel valle de maravilloso temple, ni frío ni caliente, dánse en él maíz, trigo y cebada. Dánse duraznos, membrillos, granadas, manzanas, peras higos, aguacates, zapotes colorados, plátanos, guayabas y tunas; dánse cardos, habas, lentejas, orégano, poleo e hinojo. Dánse rosas de Castilla, claveles y clavellinas y muchas frutas, legumbres, hortalizas y flores de las de España y de las Indias, así de tierra fría como de tierra caliente. Parécese mucho a la tierra y valle de México, pero tiene el contrapeso de las niguas, animalejo penoso y muy perjudicial».

David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 6.

Frente a las promesas de la huerta y el júbilo del agua, los volcanes han enseñado a los antigüeños un hecho desfavorable y a veces mortífero: el comportamiento del magma al aproximarse a la superficie. Con todo, aunque orientadas al azar, en las capas de su espesor no sólo hay hierro o magnesio, sino también una seña de identidad bien poderosa. En un poema de José Batres Montúfar, «El Volcán de Agua», descubrimos que en su chimenea humean substancias volátiles de otro jaez:

Sobre la gran muralla americana
altivo torreón, vecino al cielo,
su cúspide levanta soberana,
a do jamás osó llevar su vuelo
la reina de las aves atrevida
que en la cuna de Júpiter anida.

La Antigua Guatemala en la poesía. Antología, CCCLA, 2000, p. 23.

Como resultado de una parecida mitogenia, Fray Blas del Valle aludió a la misma montaña en su Canto a los volcanes antigüeños:

Estos raudales, que vierte
pródigo este monte altivo,
más que cristal fugitivo
son lágrimas, que en la muerte
de Fernando, ¡triste suerte!
derrama del corazón.
¡Guatemala, oh leal blasón!
que en lágrimas se desagua,
pues tan vivos ojos de agua
ojos de lágrimas son.

La Antigua Guatemala en la poesía. Antología, op. cit., p. 93.

Más allá de los versos, no ha de olvidarse que un compañero de este cráter de Agua (Hunahpú), el famoso Volcán de Fuego, ha registrado no pocas erupciones a lo largo de la historia de Antigua. Aunque bajo condiciones variables, su registro impone respeto y admiración. El 27 de diciembre de 1581 derramó gran cantidad de ceniza sobre la ciudad. Hacia enero de 1623 su masa ascendente agitó la tierra y ensanchó las fisuras de la corteza. En 1699 una corriente de lava ascendió por sus fracturas hasta formar un peligroso caudal. Entre el 9 de enero y el 10 de marzo de 1857, el material fundido volvió a proclamar la actividad ígnea. En 1932 y de nuevo en 1944, la cavidad magmática rebosó y llenó las laderas de magma. En fecha más reciente, 21 de mayo de 1999, la presión volcánica se liberó una vez más, encendiendo las tierras altas con llamativo fulgor.

Otro rasgo dramático de la zona es la inestabilidad sísmica, que irradia energía como lo hace el basamento volcánico, aunque más destructiva si cabe. Es bien conocida esa fuerza motriz que acarrean los grandes pliegues cuando promueven ondas de choque, capaces de variar el paisaje y echar abajo toda una ciudad. Atento a ese ciclo destructivo, Manuel Lucena Salmoral, catedrático de Historia de América de la Universidad de Alcalá, interrogó a la historia de Santiago de los Caballeros de Guatemala a través de sus terremotos. A partir de esa pesquisa, describió cuatro periodos en la arquitectura local, divididos claramente por los seísmos del 10 de septiembre de 1541, el 23 de diciembre de 1586, el 12 de febrero de 1689 y el 29 de julio de 1773 (Javier Aguilera Rojas, ed., Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 25).

Como en el país concurren tres placas tectónicas, no han de extrañar los terribles efectos de los seísmos que han marcado los diversos avatares de Antigua Guatemala. Tras no pocos terremotos, algunos de ellos muy destructivos, Santiago de los Caballeros sufrió uno de singular intensidad el 18 de febrero de 1851. Así lo describe Fray Antonio de Molina en sus memorias (1677):

«Entre doce y una del día tembló tan fuertemente la tierra, que salieron a la calle todos, que muchos estaban comiendo, y durmiendo otros (...). Bajamos todos a la huerta del noviciado, y en cada paso que dábamos nos parecía que encontrábamos la muerte, porque parecía según temblaba, que se nos caía la casa encima. (...) Y como veíamos esto, nos causaba grandísimo temor y miedo; y nos lo aumentaban los pájaros y aves del cielo que a manadas andaban por el aire gritando y haciendo un terrible ruido, porque dondequiera que se sentaban se movía y bamboleaba, de suerte que los ahuyentaba sin dejarlos sentar en parte alguna».

David L. Jickling, ed., op. cit., p. 19-20.

Tiempo después, entre el 29 y el 30 de septiembre de 1717, la ciudad fue asolada por un nuevo terremoto, cuya furia se vio acompañada por una erupción del Volcán de Fuego. Tomás Ignacio de Arana, oidor de la Real Audiencia, describió sus efectos en Relación de los estragos y ruinas que ha padecido la ciudad de Santiago de Guatemala por los terremotos y fuego de sus volcanes en este año de 1717:

«No se veía otra cosa el día 30 por la mañana que techos por los suelos, calles cerradas por las paredes y casas desgajadas y abiertas ventanas con quicios y puertas arrojadas, advirtiéndose en todo notables, exquisitos y admirables efectos de los terremotos; pero mayor fue el dolor y crecimiento de lágrimas cuando se empezaron a echar de menos los que tuvieron anticipado sepulcro en la ruina».

David L. Jickling, ed., op. cit., p. 42.

El 29 de julio de 1773 se repitió el desastre, y la capital fue trasladada al Valle de la Ermita. En lo sucesivo, lo que había sido la ciudad de Santiago de los Caballeros pasó a ser conocida como Antigua Guatemala. Hurgando más en el tema, es lícito pensar que la naturaleza inestable de su entorno provoca en el visitante un estado afectivo más bien contradictorio. Por debajo de la línea volcánica, estremeciéndose bajo el poder de las fallas, la vieja urbe asume una confianza serena en el porvenir, con ese renovado sentido que afirman los vencedores de toda calamidad. Y de otro lado, como quien adivina el valor de lo que oculta, esta ciudad participa de la riqueza natural que caracteriza a los dominios cercanos, y así delata reminiscencias de un periodo durante el cual la fauna aún no era aniquilada con procedimientos innobles.

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PATRIMONIO ARTÍSTICO

El patrimonio cultural y monumental de este municipio tiene su máximo exponente en la ciudad de Antigua, hoy día, una "ciudad en ruinas" declarada por la UNESCO, como ya hemos mencionado, Patrimonio de la Humanidad. A pesar de haber sido devastada a lo largo de su historia por dieciseis terremotos, numerosas inundaciones y otros tantos incendios, aún conserva todo su encanto colonial. Los edificios públicos, las numerosas iglesias y conventos y las viejas residencias son buenos ejemplos de arquitectura barroca, así como del auge que vivió esta antigua capital nacional, que en la actualidad está considerada una de las ciudades más bellas de Centroamérica, en la cual se conserva el ambiente colonial en su más pura expresión.

Su trazado urbano fue realizado por el arquitecto italiano Juan Francisco Antonelli en el año 1542, si bien, en su posterior desarrollo y embellecimiento intervinieron importantes artistas entre quienes se destacó Diego de Porres, el cual realizó en el año 1793 la fuente de la Sirena que se encuentra en el centro de la Plaza Mayor. En este sentido cabe mencionar que durante la época colonial, la escultura alcanzó tal desarrollo en la ciudad que la escuela antigüeña influyó notablemente en las de México y Quito, donde se conservan tallas realizadas en Guatemala.

Sus características urbanísticas más destacadas son el diseño cuadriculado de sus calles, que conservan el empedrado original, y el respeto al estilo arquitectónico de todas las construcciones. Las casas son de una planta, con patios interiores, cubiertas de tejas y ventanales con grandes rejas. No existen edificios de más de dos plantas, un compromiso estético y práctico, ya que una ciudad que ha sido tantas veces arrasada por terremotos no puede permitirse edificios altos.

El centro de la ciudad lo ocupa la Plaza Mayor, que recuerda, por los soportales, a las plazas de Castilla. En torno a ella se levantan los monumentos más sobresalientes de Antigua: el Palacio de los Capitanes, la Catedral, y el Palacio del Ayuntamiento.

El Real Palacio de los Capitanes Generales se alza en el costado sur de la Plaza Mayor. Fue construido en el año 1558, pero al igual que gran parte de los edificios de la cuidad fue arrasado por erupciones volcánicas, y renovado y restaurado sucesivamente durante los siglos XVI, XVII y XVIII, si bien, aún conserva la estructura arquitectónica original. Tiene un frontispicio compuesto por 26 arcos y en la portada principal aparece labrado en piedra el escudo de la Casa de los Borbones con el nombre de Carlos III. Este edificio albergó las oficinas del gobierno colonial y fue la residencia del Capitán General. En la actualidad, es la sede de la gobernación del departamento de Sacatepéquez.

El Palacio del Ayuntamiento o Casa del Cabildo se encuentra en el lado norte de la Plaza Mayor. Fue construido en el año 1743 y presenta doble arquería. Durante mucho tiempo albergó la Sala de Cabildo, la Sala del Tribunal, una cárcel y la policía. En la actualidad acoge en su planta baja el Museo Municipal, que conserva colecciones de armas de la época colonial y pinturas de los siglos XVII y XVIII. También aquí se encuentra el museo del Libro Antiguo, donde se exhiben ejemplares de algunos de los primeros libros que fueron impresos durante la época colonial.

La Catedral de San José, situada en el lado este de la Plaza, fue construida entre los años 1543 y 1679, e inaugurada en 1680, pero de su fábrica original tan sólo se conserva la fachada, de influencia herreriana, y la capilla de San José, con la imagen de un Cristo realizado por Quirio Catanho; el resto del edificio fue destruído repetidamente por los terremotos. Tenía planta de cruz latina, si bien, tan sólo queda en pie la parte final de la nave central. En 1935 se realizaron una serie de excavaciones que sacaron a la luz tumbas detrás de la catedral. Según cuenta una leyenda, Pedro de Alvarado, conquistador de Guatemala, fue sepultado detrás de la catedral de San José.

La Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Borromeo fue fundada el 31 de enero de 1676, por orden del rey Carlos III, y se encuentra a un costado de la Catedral. Las aulas se disponen alrededor de un patio grande con arcadas de influencia mudéjar. Según diversos historiadores su construcción fue un proyecto del obispo Marroquín, del año 1559; sin embargo, por problemas entre las órdenes militares no se puso en funcionamiento hasta el 1676. Finalmente un decreto de Carlos III permitió la puesta en marcha de la Universidad, si bien, con el traslado de la capitalidad del país a la ciudad de Guatemala se produjo también el traslado de la Universidad. En la actualidad el edificio acoge la colección del Museo de Arte Colonial, con interesantes colecciones de imágenes y pinturas religiosas. Algunas de las aulas están decoradas con escenas de la vida universitaria del siglo XVIII. La Pontificia de San Carlos fue la tercera universidad fundada en el continente americano.

Pero además, Santiago de los Caballeros de Guatemala llegó a tener 38 templos y conventos suntuosos, 15 oratorios y varias ermitas. Algunos de los más interesantes son los siguientes:

El convento e iglesia de Santa Clara fue construido en el siglo XVIII y presenta una de las más bellas fachadas barrocas del país. En su interior se encuentran grandes salones, una capilla, y un gran patio que tiene una fuente de piedra tallada. En el piso inferior del convento estaban las salas de enfermería, la sacristía, el comedor, y la sala de usos múltiples. El piso superior poseía su propia sala de enfermería.

La iglesia de La Merced fue fundada en 1767 y cuenta también con una fachada barroca, ricamente decorada, que está considerada por muchos como el mejor ejemplo en su estilo de todas las construcciones antigüeñas. El edificio de la iglesia de la Merced fue uno de los pocos que no se derrumbaron durante los terremotos de Santa Marta, acaecidos en el año de 1773. En la fachada se encuentra la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, entonces patrona de la ciudad, y en su interior destaca la imagen de Jesús Nazareno. En el área que ocupa esta iglesia existen estatuas de ángeles y una fuente colonial que perteneció al convento de San Francisco.

El Convento de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, más conocido como Las Capuchinas, fue fundado por cédula real en 1725, Es una de las obras maestras de la arquitectura antigüeña, realizada por Diego de Porres.

El Arco y el Convento de Santa Catalina fue construido en el año 1609, en estilo colonial, y posee pintorescos jardines. Fue el segundo convento religioso femenino creado en la ciudad de Antigua Guatemala. Por su parte, la construcción del Arco de Santa Catalina finalizó en el año de 1694. El Arco fue construido para comunicar el convento con los jardines, sin tener que salir del edificio.

El Convento de la Recolección se construyó entre los años 1701 y 1708. Originalmente se llamó "Colegio de Cristo Crucificado de los Misioneros Apostólicos". Los terremotos de Santa Marta destruyeron el convento. Actualmente subsisten las ruinas de calabozos, salas de enfermería, aulas y una biblioteca. Sin embargo, a pesar de los desastres naturales, el conjunto arquitectónico ofrece una interesante perspectiva de la vida conventual de aquellos tiempos.

El colegio Tridentino fue levantado en el año 1759, con el propósito de formar clérigos. Hoy día subsiste una parroquia con su sacristía. La puerta principal del edificio es un portal de cuatro columnas.

El templo de El Calvario se alza en los terrenos donados para su construcción por la orden de los franciscanos en el año de 1618. En cada uno de los lados de la entrada principal se conservan las ruinas de capillas destinadas a evangelizar a los indígenas.

La ermita de la Santa Cruz está situada en la plazuela del barrio de la Santa Cruz, en las riberas del río El Pensativo y a los piés del cerro de Chilapa, también llamado "Cerro de la Santa Cruz". En el año de 1749, el arzobispo fray Pedro Pardo de Figueredo otorgó licencia para oficiar misa en esta ermita.

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PERSONAJES CÉLEBRES

Diego de Porres

A juicio de Javier Aguilera Rojas, Diego de Porres (1677-1741) fue el más notable de los arquitectos que trabajaron en Antigua durante la primera mitad del siglo XVIII y su trabajo, «lleno de ideas personales, contribuyó a la definición del barroco local por sus medios expresivos, sus sobrios interiores de ascendiente renacentista y la influencia manierista de Serlio. Fue también innovador en las técnicas constructivas» («Antigua. Modelo de Ciudad Hispanoamericana», en Javier Aguilera Rojas, Antigua. Capital del ‘Reino de Guatemala’, Secretaría de Estado de Cultura, Madrid, 2002, p. 124). Por otra parte, su talento admite diversos análisis, según el monumento que se privilegie. De hecho, fue Arquitecto Mayor de Obras desde 1703, e intervino en la edificación del Ayuntamiento, el Palacio Arzobispal, el puente del camino a San Lorenzo El Tejar, la Casa de la Moneda, la Escuela de Cristo, la fuente de las Sirenas, La Recolección, Las Capuchinas, San Felipe Neri y Santa Clara.

A primera vista, uno de los elementos arquitectónicos mejor estudiados por Diego de Porres fueron las pilastras, presentes en Antigua a partir de los seísmos de 1717. En el caso de la pilastra de tipo serliano, Luis Luján Muñoz detalla que nuestro arquitecto «consultó con frecuencia El cuarto libro de Arquitectura, de Sebastiano Serlio, publicado en España en traducción al castellano en 1578, pero del que hay versiones posteriores que, evidentemente, circularon en el reino de Guatemala, y que fueron ampliamente conocidas por Diego de Porres y sus hijos, también arquitectos» («Pilastra floral», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 373).

José de Pineda Ibarra

Además de prestar su nombre e inspiración histórica a una prestigiosa editorial, el personaje que justifica estos párrafos es famoso por haber sido el primer impresor de Guatemala. Según consta en las crónicas, Pineda Ibarra (1629-1680) llevó su taller a Antigua gracias a fray Payo Enríquez de Ribera, obispo desde 1659. Al año siguiente, el impresor llegó a la ciudad, procedente de Puebla de los Ángeles, y de inmediato comenzó su meritoria labor. El primer libro que salió de sus manos fue Explicatio Apologética (1663), obra del citado fray Payo Enríquez de Ribera.

El 10 de mayo de 1680 el Ayuntamiento decidió ayudarlo con cincuenta pesos para que pudiese pagar su alquiler. Falleció el 2 de octubre de ese mismo año, y recibió sepultura en la capilla de la Orden Tercera de San Francisco. Su hijo, el impresor alférez Antonio de Pineda Ibarra, sucedió a don José en sus tareas tipográficas y se desenvolvió en ellas hasta su muerte, ocurrida el 21 de septiembre de 1721.

Tras la llegada de Pineda Ibarra, Guatemala se benefició de otras imprentas que animaron la vida social y cultural de la Colonia: «la segunda, que era de los frailes franciscanos, que trabajó desde 1714 hasta el terremoto de 1773; como tercera, la del presbítero don Antonio de Velasco (1715 a 1726); cuarta, fue la de don Inocente de la Vega (1724 a 1733); quinta, la de don Sebastián de Arévalo (1727 a 1772)» (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 140).

En el lugar donde funcionó la primera imprenta, abrió sus puertas en 1956 el Museo del Libro Antiguo, donde se exhibe una colección de impresos coloniales y una réplica del artilugio tipográfico de Pineda Ibarra.

Bernal Díaz del Castillo

El manuscrito original de la Verdadera y notable relación del descubrimiento y conquista de la Nueva España y Guatemala, obra de Bernal Díaz del Castillo, ha sido objeto de múltiples investigaciones que lo han sacado de su anaquel. Atenta a los intereses de dicho escrito, la Sociedad de Geografía e Historia lo empleó para realizar una edición en dos volúmenes que llegó a los lectores entre 1933 y 1934, y que aún hojean los estudiosos del cronista y conquistador. Publicada por vez primera en 1632, con los errores propios de la copia usada y retocada por el mercedario Alonso Remón, la obra tuvo un destino singular. El manuscrito original salió a la luz pública en 1840, dentro de la colección del Archivo Municipal de Guatemala, de donde pasó al Archivo General de Centroamérica en 1948. En lo sucesivo, fueron publicándose nuevas tiradas, entre las que sobresale la edición crítica de Carmelo Sáenz de Santa María.

Nacido en Medina del Campo hacia 1496 y fallecido en Santiago de los Caballeros de Guatemala en 1584, este personaje llevó una vida de aventura que, interpretada en clave narrativa, entra en los márgenes del más genuino folletín. Tras varias peripecias en las Indias, participó en las expediciones de Hernández de Córdoba, Juan de Grijalba y Hernán Cortés. De hecho, fue testigo directo de la incursión cortesiana en Tenochtitlán, con todos los aconteceres que de ella han pasado a la historia. En 1540 solicitó una encomienda en Guatemala, y fue en Antigua donde contrajo matrimonio en 1544 con doña Teresa Becerra. Luego de prestar testimonio en la Junta de Valladolid, decidió quedarse en tierras guatemaltecas, donde escribió la crónica que citábamos más arriba. Asimismo, fue regidor del Cabildo de Guatemala.

La casa del soldado e historiador en Antigua corrió peor fortuna que su obra, pues el inmueble desapareció al incorporarse el terreno donde se alzaba a la edificación del Colegio de San Francisco de Borja.

Enrique Gómez Carrillo

Nacido en Ciudad de Guatemala en 1873 y fallecido en París en 1927, este narrador y cronista admite un tercer ejercicio: el dandismo, que él puso en práctica con un sentido escénico tan brillante como encantador. Sin duda, notable fue su habilidad en la crónica, ya desde los tiempos en que colaboraba en el Correo de la tarde, la cabecera que estaba a cargo de su admirado Rubén Darío. Con un trasfondo de diletantismo y bohemia, disfrutó de Madrid y París al tiempo que publicaba nuevas crónicas. Desde esta época lo acompaña una leyenda viajera justificada por sus numerosos textos en torno a lugares tan exóticos como el Japón. Con todo, este tipo de obras al estilo de Pierre Loti no siempre acredita la presencia de nuestro autor en los territorios que él convirtió en literatura.

Esbozos, uno de sus primeros libros, apareció en Madrid, donde asimismo formó parte su autor de la redacción de El Liberal, periódico que llegó a dirigir a partir de 1916. Su firma, cada vez más prestigiosa, apareció en ABC, el diario bonaerense La Razón y el habanero Diario de la Marina.

Además de un consumado devoto del galanteo, acentuado en amoríos como el que lo vinculó a la famosa espía Mata Hari, Gómez Carrillo disfrutó de los ambientes mundanos que compartían escritores de la talla de Oscar Wilde. En un plano menos frívolo, hay que hacer balance de sus magníficos ensayos, entre los que se citan Sensación de arte (1893), Literatura extranjera (1895), El modernismo (1905), En el corazón de la tragedia (1916), Literaturas exóticas (1920), Safo, Friné y otras seductoras (1921), Las cien obras maestras de la literatura universal (1924), y La nueva literatura francesa (1927). La misma imaginación se advierte en crónicas de viajes como El alma encantadora de París (1902), El Japón heroico y galante (1912), La sonrisa de la esfinge (1913), Jerusalén y la Tierra Santa (1914), El encanto de Buenos Aires (1914), La Grecia eterna y La Rusia actual (1920) y Vistas de Europa (1919). Para concluir, aunque sin alcanzar una calidad equiparable a la que logró en los dos géneros citados, vamos a mencionar novelas como El evangelio del amor (1922) y las tres que forman el ciclo Tres novelas inmorales, y que llevan por significativo título Del amor, del dolor y del vicio (1898), Bohemia sentimental (1899) y Maravillas (1899).

Luis Cardoza y Aragón

Periodista, poeta y ensayista de inspirado talento, Cardoza y Aragón vino al mundo en Antigua el 21 de junio de 1901 y murió en México D. F. en 1992. Su trabajo periodístico le valió el exilio. El destierro, aunque doloroso, animó su cosmopolitismo, un sentimiento que ya había experimentado de joven, durante sus estudios de medicina en Francia, y que esta vez fue alimentando su intelecto en París, Cuba, Nueva York y México. De nuevo en Guatemala desde 1944, y una vez derrocado Jorge Ubico, asumió diversos cometidos intelectuales y diplomáticos, pero otro giro en la política de su país lo llevó nuevamente al exilio.

Su labor en el campo de la cultura fue particularmente extensa. En 1945 fundó la revista Guatemala, de cuya dirección se hizo cargo. Asimismo, fundó el Movimiento Guatemalteco por la Paz, y la Casa de la Cultura de Guatemala. Como embajador, vivió en Noruega, Suecia y Francia. Entre los numerosos galardones con los cuales se vio honrado figura la orden de Diego de Porres, concedida en 1978 por el Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala.

En clave política, editó en 1955 dos ensayos sobresalientes: La Revolución guatemalteca y Guatemala, las líneas de su mano. Fue un fino crítico de arte, tal y como queda de manifiesto en La nube y el reloj (1940), Apolo y Coatlicue (1944), José Clemente Orozco (1944), México: pintura activa (1961), José Guadalupe Posada (1964) y México, pintura de hoy (1964). También dedicó su atención a los estudios literarios, a través de obras como Miguel Ángel Asturias, casi una novela (1991), gracias a la cual ganó el Premio Mazatlán en 1992. De su actividad poética cabe destacar títulos como Mäelstrom (1926), La Torre de Babel (1930), El sonámbulo (1937), Luna park (1923), Retorno al futuro (1948), Pequeña sinfonía de Nuestro Mundo (1949) y Quinta estación (1972).

John Lloyd Stephens
Miguel Ángel Asturias
José Batres Montúfar
José Milla y Vidaurre
Augusto Monterroso
José Santos Chocano
Pedro de Alvarado
Francisco Marroquín
Tecún Umán
Bartolomé de las Casas
Rafael Landívar
Pedro de San José de Betancur

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ECONOMÍA

La ciudad de Antigua Guatemala obtiene buena parte de sus recursos del turismo, que ofrece una gran variedad de hoteles, restaurantes, etc. Además, por sus ubicación geográfica es el punto de partida ideal para alcanzar otros destinos turisticos del país.

Asimismo, Antigua es uno de los principales centros productores de cerámica en Guatemala. Aún se mantiene viva la tradición alfarera, tanto en cerámica mayólica, como en cerámica pintada. Otras actividades artesanales que han dado fama y reconocimiento a la ciudad son la fabricación de frutas talladas en madera, la cerería y la dulcería tradicional.

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ARTESANÍA

La artesanía de Guatemala es la expresión mas genuína de sus habitantes originales,y gran soporte del sustento de las comunidades de este maravilloso país de Centro America.

Dotadas de una vocación al bordado y al teje y maneje de los mas hermosos colores, las comunidades mayas distribuidas por las montañas de ese hermoso país se dedican sin pausa a la producción de artesanías textiles que van desde sus tradicionales huipiles y cortes (paños rectangulares que usan como faldas), pasando por una variadisima diversidad de bolsos, morrales,mochilas, pasaporteras, tejidos insuperables en mostacillas, hasta las mas bellas mantas, colchas, manteleria, chales y bufandas; máscaras, piedras y maderas talladas, etc. La variedad de artesanías es impresionante y se destaca su muestra en los mercados artesanales en donde se exponen artesanías de varias comunidades como Nevaj, Todos los Santos, Sololá, Zunil y muchas otras.

Aparte de las artesanías tradicionales, exponen ahi mismo muchos artesanos de otros países que ahi viven, o que transitan por las rutas mayas, artesanos contemporáneos, con excelentes joyas, cerámicas, bijouteries, etc. Dada esta producción colorida, bellisima, de precios excelentes, es altisima la demanda y por lo mismo operan desde Guatemala empresas transportadoras que viabilizan el tema exportación a partir de los 100kgs. Tambien se utiliza el correo local para envios menores.

Antigua, a 40 minutos de la Ciudad de Guatemala, es otro de los lugares donde se puede apreciar la artesanía maya, pero en muchos casos diseñada y dirigida por gente cosmopolita, dándole un toque de refinamiento proyectado a un público mas exclusivo. El resultado es exquisito y más costoso. Tambien es ahí donde se lapida el jade, y varias joyerías exponen trabajos maestros de joyeria con esta piedra nacional.

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GASTRONOMÍA

Guatemala, cuna de los mayas, tiene un cultura gastronómica, tan rica y variada como la de sus antepasados. En la cocina cotidiana, el maíz es rey y señor: tortillas, tamales, chuchitos, etc, tienen el maíz como ingrediente principal y son parte de sus comidas típicas. Y son muy ricas.

Fuente de algunos de estos artículos: wikipedia  / cvc.cervantes.es 

Esta es una página de recopilación de los mejores datos del idioma español que he encontrado en Internet. He intentado dentro de mis posibilidades poner todas las fuentes relacionadas con artículos y fotos, pero, puede que me haya olvidado de alguna, de ser así, os pido que por favor me ayudéis, avísandome de la autoría de los mismos enviándome un correo a: esf@espanolsinfronteras.com

 

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