Acalá de Henares

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ALCALÁ DE HEANARES - PATRIMONIO CULTURAL DE LA HUMANIDAD

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ORIGEN DEL NOMBRE ALCALÁ DE HENARES - CIUDAD PATRIMONIO

Situado en la vía de comunicación natural que pone en contacto los valles del Ebro, Duero y Tajo, posiblemente bien fortificado y además aprovechando las defensas naturales en la cima de San Juan del Viso, el núcleo poblacional indígena de Alcalá de Henares, durante la Segunda Edad del Hierro, estaba encuadrado en la región conocida como 'Carpetania' y ha sido denominado por la tradición con el nombre de 'Iplacea', ciudad mítica y literaria, supuestamente fundada por troyanos derrotados en la guerra contra los aqueos.

Esta pequeña urbe es la que encontrarían las tropas del Cónsul romano Catón que anduvo por el valle del Henares hacia el 195 a.C., o el Pretor Fulvio Nobilior que derrotó, hacia el 193 a.C., a una coalición de pueblos carpetanos junto al Río Tajo, posiblemente no muy lejos de Toledo. Con la romanización y el crecimiento posterior la nueva población deja las alturas y se desplaza hasta el valle.

Se convierte de este modo en una ciudad estructuralmente romana, organizada en torno a un 'Decúmano' (calle con orientación este-oeste en un campamento militar o colonia) y un 'Cardo' (con orientación norte-sur), con edificios públicos típicamente romanos. Recibe entonces el nombre latino de 'Complutum', 'lugar donde se reunen las aguas' y era considerada el sexto descanso en la vía que comunicaba 'Augusta Emerita' (Mérida) con 'Caesar Augusta' (Zaragoza).

Cuando los musulmanes conquistan la ciudad a finales del siglo IX, construyen en la orilla del río una fortaleza, para vigilar y defender el territorio frente al acceso de las huestes cristianas, que intentaban descender al valle del Jarama desde los altos de Somosierra, o llegar hasta el valle del Henares desde Atienza y las zonas orientales de Castilla o desde Zaragoza. Recibe entonces el nombre de 'Al Qalat Nahar' o 'Al-Qul’aya', 'fortaleza para defender el río'.

A pesar de la histórica conquista de Toledo por Alfonso VI en 1085 y de su dominio de la comarca inmediata, la fortaleza de Alcalá la Vieja continuaría bajo el dominio musulmán hasta que en 1118 el arzobispo de Toledo, Don Bernardo, llevó sus ejércitos al importante enclave de Alcalá, en donde consiguió rendir la plaza. Así se convirtió definitivamente en Alcalá de Henares.

Henares se denomina el río que cruza su término, llamado en época romana 'Faenarius', o corriente que atraviesa campos de heno.

En un documento signado en la ciudad de Valladolid, a 20 de mayo de 1293, el rey Sancho IV otorgaba los privilegios fundacionales del 'Estudio General' de Alcalá de Henares, origen de la 'Universitas Complutensis', fundada en los últimos años del siglo XV por el Cardenal Ximénez de Cisneros.

Para acabar debemos resaltar que la ciudad de Alcalá de Henares, que vio nacer al inmortal Miguel de Cervantes Saavedra en 1547, fue declarada 'Ciudad Patrimonio de la Humanidad' por la UNESCO el 2 de diciembre de 1998.

HISTORIA

Ante nosotros, una estación de tren. Desde ella, según relata el escritor Andrés Trapiello, sale un tren hacia Alcalá de Henares. La estación suele estar vacía y nuestro autor, biógrafo de Cervantes, sube al vagón que habrá de conducirlo hasta la villa complutense. El placer que le depara esta visita a la vieja Compluto guarda íntima relación con el hecho de que allí naciera don Miguel. Aclara Trapiello:

«Este dato tan sencillo, que Alcalá de Henares sea la patria chica de Cervantes, ha costado siglos dilucidarlo. Ha habido disputas, los eruditos se han tirado cuchilladas en los callejones de sus boletines, algunos acopiaron falsas pruebas, otros exhumaron archivos, muchos se perdieron en el Dorado. (...) Sabemos, pues, que Cervantes nació en Alcalá, pero, extremando las cosas, lo único de veras trascendente es que Cervantes naciera y, para nosotros, que lo hiciera en España, y no tanto en una patria, como en la lengua llamada España. Con eso nos habría bastado».

(Las vidas de Miguel de Cervantes, Barcelona, Planeta, 1993, pp. 17-20)

Desahogando esta pasión por el autor del Quijote, comprueba el ensayista cómo, hasta hace cuarenta o cincuenta años, los paisajes que se veían desde el tren podían pasar por cervantinos. Otro magnífico escritor, Juan Perucho, toma la palabra a Trapiello y recorta con cuidado este horizonte:

«Un paisaje aterido, enharinado por una luz difusa, con vastos y sórdidos caserones y corralizos a la salida de los pueblos, con sus reatas de mulas y sus carros. He aquí un paisaje que todavía conseguí ver a lo largo y ancho de España, pues hasta hace cuarenta años, ésta “era todavía cervantina” y sus paisajes eran los que recorrieran don Quijote y Sancho y recorrieron todavía Azorín, Solana o Unamuno. (...) Pero ahora, naturalmente, no lo es, y los corrales se han convertido en fábricas y desangeladas naves industriales. La entrada a Alcalá es desoladora, como en todas las ciudades, anunciada con bloques de viviendas ofreciéndonos bombonas de butano en las ventanas».

(La puerta cerrada, Madrid, Huerga & Fierro, 1995, p. 269).

Y sin embargo, a pesar de que el presente continúe hablando el lenguaje de la prisa y el cemento, basta con llegar al núcleo histórico de la ciudad para reconocer la sobriedad del barroco, la exuberancia renacentista y, apurando el calendario, el semblante de las ruinas romanas. La puerta del ayer se abre de improviso, en cada rincón, y el transeúnte, cortésmente interesado, empieza a oír el murmullo de la historia.

En una breve exploración bibliográfica, subrayamos los grandes titulares de esa cronología complutense. La concisión resulta explicable, sobre todo si tomamos en cuenta que nuestro relato ha de iniciar su andadura en la remota Edad del Hierro. Nada es seguro desde el punto de vista documental, pero resulta posible imaginar la población de carpetanos que se instaló en el cerro de San Juan del Viso.

La romanización de la Carpetania, fechada en torno al año 195 a.C., debió de iniciarse en dicha ciudadela, que muy pronto cedió paso a otra de nueva planta, cuyos fundadores nombraron Complutum. Bajo la administración romana, se complicó bastante esa actitud burocrática que consiste en delimitar competencias. Así, los complutenses figuraron primero en las fronteras de la Hispania Citerior. Luego, bajo el mandato de Augusto, Complutum pasó a integrarse en la provincia Tarraconense. Finalmente, los delegados de Diocleciano aplicaron a la ciudad el Convento Jurídico de Caesararaugusta. En todo caso, el vestigio latino permanece en placas de bronce, tabletas de barro, mosaicos y estelas. Rastros de una prosperidad que puede advertir el visitante en espacios tan sugerentes como la Casa de Hippolytus.

En su Tesoro de la lengua castellana o española (Madrid, Luis Sánchez, 1611), Sebastián de Covarrubias nos habla de Alcalá de Henares, «dicha así por el río que pasa cerca de ella: por otro nombre se dijo Complutum: y viene bien con lo que dice Esteban de Garibay, que Alcalá en arábigo vale congregación de aguas». Añade Covarrubias que «alegóricamente se podría entender por el concurso de tantas gentes que acude a ella», y explica que «por ventura debieron de ser muchos pueblos comarcanos que acudían a este como al principal: porque Plinio hace mención a los pueblos Complutenses, y Abraham Ortelio refiere lo que se sigue: Coplutum, Ptolomeo & Prudentio, Carpetanorum urbe est, in Hispania Tarraconensi, Alcala de Henares, esse ex vetustis marmorum eius loci inscriptionibus docer Carolus Clusius insignis hic omnium disciplinarum academia est, &c.». Sin duda, es oportuna la referencia al flamenco Abraham Ortelio (1527-1598), por su prestigio como geógrafo oficial de Felipe II y autor de uno de los primeros atlas de los que tenemos noticia, el llamado Theatrum orbis terrarum; Theatri orbis terrarum parergon, sive veteris geographiae tabulae; Synonimya geographica.

Pero pasemos página, pues los días de Complutum, si bien gloriosos, desembocaron en los tiempos de la monarquía visigótica, señalados por la devoción a los Santos Niños Justo y Pastor. Ese perfil cristiano es descrito así por Covarrubias: «A esta Alcalá de Henares viene bien la etimología que un gran arábigo me dijo. Significa ultra de lo dicho ‘campo cultivado, de donde se han arrancado malas hierbas y maleza’: oficio que hace la doctrina y disciplina, arrancando de los pechos cristianos la ignorancia y los errores, y extirpando las herejías (...) En tiempo de los godos fue Alcalá de Henares catedral, según lo refiere el padre Mariana en su Historia de España, lib. 4, capítulo 21».

Otro tratadista más reciente, Cayetano Enríquez de Salamanca, pormenoriza en los detalles que atañen a la arabización de la ciudad. Cuando las tropas de Tarik toman Toledo en 719, la empresa guerrera trae como consecuencia la caída de Complutum, que pasa a formar parte de las dilatadas posesiones musulmanas. Quizá por un reflejo filológico, en el momento de escribir estas líneas, acudimos de nuevo al anaquel y releemos a don Cayetano para comprobar cómo la ocupación tuvo su efecto en la nomenclatura de la localidad: «Así en el año 920, Al-Bayan-al Mugrib relata una derrota sufrida por los leoneses en Alcalá en un encuentro sostenido con el gobernador de Wad-il-Hachara (Guadalajara). En otras crónicas posteriores se la cita con el nombre de Al-Medina Chancida (Mesa verde) y de Kalat-Abd-al-Salam (Castillo de Abd-al-Salam); y, más tarde aún, con el de Al-Ka’a-Nahar (Castillo del Henares), antecedente más próximo del actual topónimo de la ciudad y motivo de su escudo de armas» (Alcalá de Henares y su Universidad Complutense, Escuela Nacional de Administración Pública [Antigua Universidad de Alcalá de Henares], 1973, p. 53).

Este periodo musulmán, digno de abrir nuevas investigaciones, concluye en 1085, cuando Alfonso VI vence al rey Cadí y devuelve a la capital su dignidad de Corte y Sede Arzobispal. Un tanto desconcertante es el hecho de que tan noble ciudad fuese llamada de formas tan diversas: Campum Laudabile, según unos; Neo-Compluto, según otros; Alkalaga, Alcalá de San Yuste, Santiuste, e incluso Alcalá la Nueva, afirmando su originalidad frente a esa Alcalá la Vieja, de sesgo musulmán. Toponimias al margen, lo cierto es que en 1126 Alfonso VII, el Emperador, convirtió a la villa en señorío prelaticio, dependiente de los arzobispos toledanos. El depositario de tan alto honor fue Don Raimundo, quien concedió a la ciudad el Fuero Viejo, denominado también Fuero de Alcalá.

Uno de los ilustres sucesores de don Raimundo fue don Rodrigo Ximénez de Rada, quien fue arzobispo de Toledo entre 1208 y 1247. Un año después de adquirir su responsabilidad eclesial, el prelado dio por comenzadas las labores que llevaron a la construcción del Palacio Arzobispal, y en 1223, al objeto de aumentar los honores de Alcalá, convirtió a la ciudad en Corte de los arzobispos toledanos. Puestos a resumir el periodo que sigue a tal decisión, acudimos de nuevo a la biblioteca para repasar otra ilustre enciclopedia. Elías Zerolo, en su eficiente Diccionario enciclopédico de la lengua castellana (París, Garnier Hermanos, 1895) comenta que «en 1088 la tomó a los moros el arzobispo de Toledo; después fue atacada por los almohades, sin que pudieran tomarla. En la misma hizo testamento D. Sancho el Bravo a favor de su hijo Fernando. En 1348 reunió Cortes en Alcalá Alfonso XI; allí se reformó el cuerpo de leyes bajo el nombre de «ordenamiento de Alcalá» y se declaró ley del Reino el Código de las Siete Partidas. En 1390 murió allí D. Juan I de Castilla, de una caída del caballo. En 1405 recibió, en Alcalá, Enrique III a los Embajadores del conquistador tártaro El Gran Tamerlán». Merced a las notas de Zerolo, podemos repasar acontecimientos de indudable interés. Así, el citado Ordenamiento de Alcalá impone en el ánimo de los historiadores la certeza de un gran cambio, pues gracias a su cuerpo de leyes alcanzó a unificarse la administración de justicia.

Tras ocupar su sitio en Toledo el cardenal Gil de Albornoz, heredó su responsabilidad el arzobispo don Pedro Tenorio, muy preocupado por mejorar el urbanismo alcalaíno. En el ámbito eclesiástico, destaca Tenorio por haber presidido el Concilio Nacional convocado en 1379. El motivo de dicho encuentro no era otro que adoptar desde España una decisión ante el Cisma de Occidente. La resolución, muy divulgada, consistió en no reconocer a ninguno de los dos Papas en conflicto: Urbano VI y Clemente VII.

Otro detalle recogido por Zerolo está fechado en 1402. Fue entonces cuando Enrique III recibió en el Palacio Arzobispal la muy exótica embajada que le envió el Gran Tamerlán, y que, por su estampa, aún exalta la imaginación.

Los siguientes ocupantes de la sede arzobispal, don Alonso Carrillo y Acuña y don Pedro González de Mendoza, también dejaron su sello en la configuración de Alcalá. Merece estudio aparte un encuentro que se celebró durante el mandato de Mendoza, concretamente el 20 de enero de 1486. En el solemne escenario del Palacio Arzobispal, se entrevistaban por vez primera Isabel la Católica y Colón. La anécdota, bien significativa, nos permite resaltar la dimensión ultramarina de la villa, cuna de virreyes y cronistas de Indias. Piénsese en el cronista Francisco López de Gómara, en el administrador colonial Diego Ladrón de Guevara o en el navegante Pedro Sarmiento de Gamboa.

En 1495 fue nombrado arzobispo de Toledo el Cardenal Cisneros, figura sin duda substancial para comprender el devenir de Alcalá de Henares. Responsable, entre otros méritos, de la fundación de la Universidad en 1498 y de la reconstrucción de la Colegiata en 1497 —recibió el título de Magistral en1519—, también fue el encargado de conceder a los alcalaínos, en 1509, el denominado Fuero Nuevo. Poco después nacía un historiador pionero, Jerónimo Zurita, que más adelante se instaló en la villa.

No deseamos escapar de las enciclopedias, así que consultamos en este tramo el Diccionario enciclopédico de la lengua española, con todas las vozes, frases, refranes y locuciones usadas en España y las Américas Españolas (...) (Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, editores, 1853). En sus páginas, un tanto enmohecidas, hallamos noticia de monumentos como «la Iglesia Magistral, única de este título en España, donde se veneran las reliquias de San Justo y Pastor, y a donde se trasladaron en 1850 el sepulcro y restos del cardenal Cisneros, que se hallaban en la Universidad; y la Parroquia de Santa María la Mayor, que tiene en sus naves laterales varias pinturas al fresco de Juan de Cano, y en la cual fue bautizado el 9 de octubre de 1547 Miguel de Cervantes Saavedra». Aparte de citar la fertilidad de su campiña, el Diccionario de Gaspar y Roig describe Alcalá con detalles del pasado:

«Esta ciudad, célebre en la Historia por las Cortes tenidas en ella, y por varios concilios diocesanos y uno nacional que se han celebrado allí, es patria del obispo Gregorio, teólogo ilustre del siglo IV; de Gerónimo de Florencia, famoso predicador del siglo XVII; del poeta Figueroa [Se refiere a Francisco de Figueroa, el Divino, nacido en 1536 y fallecido en 1617, poco después de que ordenase quemar toda su obra]; del naturalista Juan Bustamante de la Cántara; del jesuita Alonso Deza; del arquitecto Pedro Gumiel, y otros varones insignes, entre los cuales ocupa el primer lugar Miguel de Cervantes Saavedra».

Como sucede en obras similares, también ésta convierte a Cisneros en invitado solemne, depositario de las glorias humanísticas que ahora adornan la villa. A su vera, figuras como Nebrija contribuyen a dar importancia al proyecto complutense. Precisamente se refiere a este último Luis Gil, cuando explica cómo Cisneros lo llamó a Alcalá para que participase en la elaboración de la Biblia Políglota en 1499, «y ni las discrepancias de criterio ni la renuncia de Nebrija a formar parte del equipo editor en 1503 fueron óbice para que en 1514 le concediera una cátedra de retórica, con el insólito privilegio de percibir su salario diera o no diera clase, ya que no se lo mandaba dar porque trabajase, sino por pagarle lo que le debía España» («Guerra a los bárbaros», ABC Cultural, 14 de agosto de 1992, p. 8).

También se refiere a Nebrija el erudito mexicano Alfonso Reyes, cuyo testimonio, si lo tomamos en su amplio sentido, parece resumir el verdadero valor de la experiencia alcalaína:
«Gramáticas latinas y castellanas, diccionarios, traducciones, libros de cosmografía, crónicas sobre el reinado de los Reyes Católicos, y hasta el fin de sus días, las mil actividades diarias de la enseñanza: amplia es la labor de Nebrija, como buen hijo del Renacimiento. No les bastaba a aquellos hombres universales el trecho pasado de una vida, ni todas las horas del día y la noche para su sed de conocimiento y acción».

(Retratos reales e imaginarios, Barcelona, Bruguera, 1984, p. 35).

Todas estas reflexiones y anécdotas sirven para probar la delicada eficacia del humanismo, foco de todos los impulsos de la Universidad Complutense. Al elogiar tan poderoso enunciado intelectual, sólo cabe coincidir con Víctor García de la Concha en la afirmación siguiente:

«En su base —y esto era lo nuevo— había colocado el Humanismo italiano el estudio del latín y la recuperación de los clásicos. No se agotaba aquél en un método más práctico de aprendizaje de la lengua, sino que iba mucho más allá al proponerse como objetivo la adquisición de un hábito de razonamiento crítico. Eso permitía, entre otras cosas, leer a los clásicos en su propio contexto y tomarlos como paradigma y estímulo en la restauración de otra edad de oro. Latín y cultivo de los clásicos venían así a identificarse con audacia en el saber, y en definitiva con modernidad. La gramática se convertía de este modo en instrumento clave para la reforma del hombre y de la sociedad».

(«El hombre que aquí alumbró», ABC Cultural, 14 de agosto de 1992, p. 7).

Habrá ocasión de comprobarlo en otros apartados de esta muestra: el humanismo se acomodó a la ciudad como una clave explicativa de su destino, y es asombroso el modo en que todo el aporte científico e intelectual que la Universidad deparó a los colegiales fue invariablemente acompañado de un sobrio esplendor.

Sucede además que el ritmo interno de la ciudad fue acostumbrándose a los protocolos más elevados, también en lo que concierne al ámbito cortesano. En el Palacio Arzobispal de Alcalá nació Catalina de Aragón, hija de Fernando II de Aragón y de Isabel de Castilla, y protagonista del drama amoroso que provocó el cisma de la Iglesia Anglicana. También vino al mundo en esta villa Fernando I de Habsburgo, futuro emperador de Alemania. En 1678 Carlos II, confirmando los honores, le concedió el título de ciudad. Por desgracia, la historia tiende a remedar a los mismos fantasmas, y el declive siempre sucede al esplendor. No sorprende por ello que los siglos XVIII y XIX transmitan la penosa sensación de una urbe decadente.

En esta línea de descenso, Alcalá fue golpeada por dos sucesos históricos tristemente eficaces a la hora de deteriorar su hermosura: la invasión napoleónica y la desamortización de Mendizábal. De la lucha contra las tropas francesas, queda el recuerdo heroico de Juan Martín, el Empecinado, que combatió a los incursores con tácticas de guerrilla. En cuanto al proceso desamortizador, cabe añadir que su carga se añadía a otra: el traslado a Madrid de la Universidad en 1836. Tan sólo la constitución en 1851 de una Sociedad de Condueños limitó los desmanes y la especulación que se ensañaron con los monumentos de la ciudad. Con todo, para que el lector se haga una idea del nuevo destino de Alcalá —un acuartelamiento en toda regla—, transcribimos unas líneas de Elías Zerolo, quien comenta estos avatares en su Diccionario enciclopédico de la lengua castellana (París, Garnier Hermanos, 1895):

«De Alcalá puede decirse hoy que es una colonia militar. En diferentes formas ha tenido varios establecimientos de instrucción del arma de caballería, el Colegio de cadetes de esta arma al separarse del Colegio general militar. En este concepto ha tenido importancia en los movimientos político-militares de España. De allí salieron los regimientos de caballería que a las órdenes de los generales O’Donnell y Dulce hicieron la revolución de 1854, y en el movimiento republicano del 19 de septiembre de 1886, un tren insurrecto con una escolta del regimiento infantería de Garellano, salió de Madrid y llegó a Alcalá de Henares, conducido por un jefe del ejército».

Poco antes de llevarse a cabo ese movimiento republicano, en 1880, nacía en Alcalá don Manuel Azaña, intelectual y político de gran importancia en la historia de España.

Probablemente, el joven Azaña debió de advertir esa infravaloración que sufría Alcalá, y que de forma tan atinada supo reflejar Unamuno por escrito.

Como sucedió en el resto de la geografía española, la guerra civil dejó un rastro infernal en la villa. Sin duda, los alcalaínos sufrieron la contienda, y ésta fue asimismo fatal para muchos de sus bienes artísticos. Naturalmente, los años siguientes dejaron claro que hacía falta remodelar y restaurar ese patrimonio, pero esta empresa no era nada fácil. En 1968 el casco histórico fue declarado Conjunto histórico-artístico. Con la llegada de la democracia, la ciudad recuperó su Universidad, y ese año 1977 consolidó el nuevo ciclo de prosperidad que se había iniciado una década antes. Animada por la presencia de profesores, investigadores y estudiantes, Alcalá de Henares volvió a ser un enclave cultural, y esta línea de acción fue capaz de contrarrestar la erosión, la ruina y el mal uso de no pocos monumentos. El proceso de rehabilitación, cuyo éxito estaba destinado a originar un efecto más allá de nuestras fronteras, culminó en 1998, cuando la villa fue catalogada como Ciudad Patrimonio de la Humanidad. A partir de aquí, la historia de Alcalá sigue su curso, y del mismo modo que en otro tiempo, continúa imprimiendo su huella en el devenir cultural de los hispanohablantes

ARQUITECTURA

RELIGIOSA

En 1209, el arzobispo don Ximénez de Rada dio la orden para que comenzasen las tareas de construcción del Palacio Arzobispal. Sus trazas de fortaleza mudéjar se perdieron con las llamas de un incendio, y don Pedro Tenorio pensó activar la empresa reconstructora con el fin de fortificarlo. Los aportes de don Juan Martínez de Contreras en el ala oriental tienen el sello gótico-mudéjar. Distinto es el caso del ala occidental, diseñada por Alonso de Covarrubias por orden de don Alonso de Fonseca, quien fue sucedido por otro promotor de las obras, el Cardenal Tavera. A Covarrubias se deben los patios y la escalera de honor. Sin duda, los sucesivos autores de este conjunto podían alardear de un alto sentido de la belleza. Lamentablemente, no es mucho lo que nos ha llegado tras el incendio de 1939, que destruyó elementos que ninguna restauración, por muy cuidadosa que ésta sea, podrá recuperar del todo.

Como ejemplo eficiente de la arquitectura religiosa en Alcalá, el Palacio Arzobispal muestra cómo fueron superponiéndose los estilos, a veces forzados por la ruina o el desastre. No en vano, la Civitas Dei, afín al ideario de la Contrarreforma, se caracterizó por conjuntos monumentales como éste, rodeados por conventos y claustros, iglesias, capillas y ermitas —mezquitas y sinagogas aparte—. Semejante profusión es lo que llevó a muchos a llamarla Roma chica, y no es de extrañar, pues la lista de edificios religiosos, comenzando por la Magistral, obedece a un plan que convierte a Alcalá en un vigoroso centro católico. De hecho, si pudiéramos retroceder hacia el pasado, podríamos visitar numerosas ermitas que han sido tratadas desigualmente por los siglos. Los ejemplos menudean: cuéntense las ermitas de la Moraleja, de la Vera Cruz, de la Virgen del Val, de San Isidro, de San Jerónimo, de San Juan de los Caballeros, de San Lázaro, de San Sebastián, de Santa Lucía, del Ecce Homo y del Santo Sepulcro, entre otras.

De igual modo, la Universidad emprendió su vida muy próxima a las órdenes religiosas, y no escasean los colegios-convento, cuya función alternaba el cuidado de la fe y el de los saberes. Citemos, en apretada sucesión, el Colegio-convento de Capuchinos, el de Carmelitas Descalzos de San Cirilo, el de Dominicos de la Madre de Dios, el de la Merced Descalza, el de la Trinidad Descalza, el de Mínimos de Santa Ana, el de San Basilio Magno, el de Santo Tomás de los Ángeles y el del Carmen Calzado.

Empresas tan caudalosas como ésta que alterna estudio y recogimiento nos hablan de una cuidadosa distribución de las órdenes en la villa. En esta línea, tampoco faltan los conjuntos monumentales, en su mayoría privados del sobrio esplendor que antaño los caracterizó. Con todo, aún podemos ilustrar esta tendencia con la cita del Convento de Agustinas Descalzas de Nuestra Señora de la Consolación o de la Magdalena (también llamado Convento de Agustinas o de Santa María Magdalena), el Convento de Carmelitas de Afuera o del Corpus Christi, el Convento de Carmelitas Descalzas de la Concepción o de la Imagen, el Convento de Dominicas de Santa Catalina de Siena, el Monasterio de las Franciscanas de Santa Clara, el Monasterio de San Bernardo, el Convento de Franciscanas de la Purísima Concepción y Santa Úrsula o de las Úrsulas, el Convento de las Clarisas de San Diego y el Convento de San Juan de la Penitencia.

Las iglesias y capillas también tienen una significación especial en la arquitectura de ciudad. Conjuntos como el de la Iglesia de la Compañía, hoy parroquia de Santa María la Mayor, y el de la Iglesia Magistral de los Santos Justo y Pastor ejemplifican rasgos de adecuación a un estilo que ya mencionamos al comentar la arquitectura civil. Una vez más, hemos de referirnos a esa interpolación de elementos que se van sumando al sistema constructivo gótico. Y en ello cabe un apunte simbólico, relacionado con el gusto de Cisneros; un gusto cultivado artísticamente cuando él fue capellán en la Catedral de Sigüenza y vicario del obispo don Pedro González de Mendoza, y aún más refinado cuando el Cardenal se vinculó a la Corte. En palabras de Víctor Nieto, «para Cisneros el gótico era un lenguaje legitimado por los programas de la monarquía, y de la Iglesia, símbolo del poder, y un lenguaje que (...) encarnaba la idea de modernidad. La connotación «tradicional» que se aplica al gótico, carecía de sentido, a una escala universal, en los primeros años del siglo XVI» («Renovación e indefinición estilística, 1488-1526», Arquitectura del Renacimiento en España, 1488-1599, Madrid, Cátedra, p. 75). Así, pues, atendiendo a este protocolo, cabe relacionar una parte de esa monumentalidad con ese estilo morisco renaciente, identificado por un tiempo con el nombre del Fundador.

CIVIL

La primera caracterización que cabe indicar sobre la arquitectura alcalaína de uso civil, viene descrita en cualquier plano. Más que en obras aisladas, debemos fijarnos en el recinto amurallado y en las vías de entrada a la villa, cualidad aún más destacable si tenemos en cuenta que fueron construyéndose puertas para ornar los pasos principales. Si bien es cierto que muchas no han dejado otro rastro que el documental, conviene recordar nombres como los de la Puerta de Burgos, la Puerta de Aguadores o de las Tenerías Viejas, la Puerta de Guadalajara o de los Mártires, la Puerta de la Judería, la Puerta de Madrid, la Puerta de San Julián, la Puerta de Santa Ana, antes llamada del Postigo, la Puerta de Santiago, la Puerta del Vado y la Puerta Nueva o del Teatro, llamada luego de Tenerías Nuevas. Idéntica consideración merecen los palacios, cuyo registro, sin necesidad de otro sagaz examen, delata por doquier la presencia de familias de alta cuna, capaces de contratar a los más hábiles arquitectos y maestros de obras.

Este rasgo se extiende también a las edificaciones destinadas a cumplir un propósito educativo. Las crónicas explican esta abundancia. Ya en 1293 Sancho IV otorgó permiso a Gonzalo Gudiel para que construyese un Estudio General. Gracias a Cisneros, ese proyecto germinó al amparo de una inteligencia privilegiada, dando lugar a la Antigua Universidad (1499-1836), en cuyo entorno llegaron a funcionar hasta 31 colegios universitarios. Esta generosa presencia implica inclinación a la enseñanza por parte de las órdenes religiosas que acá se aposentaron, escogiendo por símbolo de su labor el estudio y el perfeccionamiento moral de los colegiales. Este modelo de arquitectura mayoritaria —el diseño de colegios— nos ofrece aún muestras como el Colegio de San Martín y Santa Emerenciana o de Aragón, el Colegio de San Patricio o de los Irlandeses, el Colegio Menor de San Nicolás de Tolentino —actual Convento de San Juan de la Penitencia—, el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús, el Colegio Menor de la Madre de Dios, el Colegio Menor de los Santos Justo y Pastor y de Santa María de la Regla o de León, el Colegio Menor de San Ciriaco y Santa Paula o de Málaga, el Colegio Menor de Santa Catalina Mártir o de los Verdes, el Colegio de Teólogos de la Madre de Dios, el Colegio Menor de San Felipe y Santiago o del Rey, el Colegio Menor de San Jerónimo o Trilingüe, el Colegio Menor de San José o de Clérigos Menores, también llamado Colegio-convento de San José de los Caracciolos, y el Colegio Menor de San Pedro y San Pablo. De todos ellos, el que requiere mayor atención por parte de los estudiosos es el Colegio Mayor de San Ildefonso, que sirve de núcleo a la comunidad universitaria. A su vera, se edificó la Iglesia de San Ildefonso (1510), cuyo propósito era servir de Capilla al Colegio. Completando dicho conjunto, se erigió en 1516 el Teatro o Paraninfo.

En opinión de Víctor Nieto, en el conjunto de San Ildefonso prevalece una interpenetración de estilos y soluciones —góticas, renacentistas, mudéjares—, que induce a observar un fenómeno de indefinición estilística. «Las obras realizadas bajo el auspicio de Cisneros, señala, ponen de manifiesto con énfasis la aludida pérdida del sistema y norma en la arquitectura y la heterogeneidad lingüística que se produce en la arquitectura española de estos años». Caracterizando esa confluencia y catalogándola como un estilo, se dio importancia al empuje del Cardenal. De ahí que esta variante comenzara a denominarse estilo Cisneros, perpetuando así una acepción que usó E. Tormo y Monzo en su obra Alcalá de Henares (Cartillas excursionistas, Madrid, 1917). Con menos apasionamiento, Nieto se encarga de aclarar que «en las obras impulsadas por Cisneros no se plantea una tendencia orientada a configurar un estilo. Si desde un punto de vista estético y perceptivo estas obras pueden resultar más o menos afortunadas, desde una perspectiva arquitectónica ponen de manifiesto su identidad con el fenómeno de indefinición estilística que venimos analizando en relación con el problema del plateresco». («Renovación e indefinición estilística, 1488-1526», Arquitectura del Renacimiento en España, 1488-1599, Madrid, Cátedra, pp. 72-73). La arquitectura alcalaína conserva, al menos en parte, ese individualismo formal. Por evaluar con palabras expertas esta línea característica, tomamos de la monografía mencionada un párrafo de R. Díez del Corral Guernica, donde este tratadista considera que el llamado estilo Cisneros se convierte «en la primera ocasión donde apreciamos una incorporación de elementos renacentistas a nuestra arquitectura, que tendrá un desarrollo posterior en el llamado plateresco. En última instancia, ambos estilos no son más que la adaptación de un nuevo lenguaje foráneo a las formas arquitectónicas anteriores en las cuales, durante los últimos años del siglo XVI, la influencia de lo mudéjar era aún muy fuerte» (Arquitectura y mecenazgo. La imagen de Toledo en el Renacimiento, Madrid, Alianza Editorial, 1987, p. 68). Cualquiera que observe con ojo atento las edificaciones alcalaínas, no tardará en reconocer esos detalles en su trazado.

Naturalmente, dichos caracteres están lejos de ser los únicos que ofrece la villa, aunque sí figuran entre los más notables. Con sus característicos patios de soportales de madera y su fachadas ornadas con escudos heráldicos, aquella ciudad complutense que soñó el Cardenal contaba con otras edificaciones civiles, como el Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia o de Antezana y el Hospital de Estudiantes de San Lucas y San Nicolás.

Añádase aquí, por último, la arquitectura alcalaína propia del XIX, representada por el Edificio del Círculo de Contribuyentes, el Matadero Municipal, el Quiosco de la Música, y sobre todo, por el Palacio de Laredo (1881-1884). Diseñada por Manuel José de Laredo, esta obra incide en esa interpolación que ya comentamos a propósito del estilo Cisneros. Sólo que esta vez, libre de prejuicios, el arquitecto suma elementos góticos, renacentistas, neomudéjares, modernistas y pompeyanos. Todo en este palacio contradice la sencillez, e incluso sus ornamentos, sobre todo los más selectos, revelan el gusto de Laredo por la arqueología. No en vano hallamos bóvedas y columnas que antes fueron del Castillo de Santorcaz, azulejos que anteriormente adornaron el Palacio jiennense de Pedro I el Cruel y columnas que se alzaron en el jardín de la Penitenciaría de Jesuitas del Monte Loranca. En suma, un arte bifurcado en todas las direcciones de la historia.

FIESTAS Y FOLKLORE

Santos Justo y Pastor, el 6 de agosto.
San Bartolomé, el 24 de agosto.
Virgen del Valm, el 16 de septiembre. Romería.
Conmemoración de la Muerte de San Diego, el 13 de noviembre. Este día se abre el arcón de plata para contemplar su cuerpo incorrupto.

ALCALÁ EN LA LITERATURA

Vaya por delante la aclaración de que Alcalá no sólo figura por impreso en las letras hispánicas. Desde hace siglos, los viajeros extranjeros han alabado las virtudes de este enclave humanista, y sin duda, mucho ayudaron a propagar las excelencias alcalaínas. A título de ejemplo, recuérdese a Jerónimo Münzer, admirador a carta cabal de la villa en su Itinerarium sive peregrinatio per Hispaniam, Franciam et Alemaniam, 1494-1495. Otros autores abonan lo dicho. En 1546 el portugués Gaspar Barreiros describió la ciudad en su Chorographia, y en 1585, Enrique Cock hizo lo propio en La relación del viaje hecho por Felipe II a Zaragoza, Barcelona y Valencia. Y eso no es todo. Muchos otros visitantes han asistido al prodigio de este lugar. No obstante, conviene insistir en la floración literaria autóctona, dado que estimula en sí misma la imagen de una población volcada en lo cultural.

Ciudad de invenciones inagotables, Alcalá de Henares da los rumbos de nuestra literatura desde hace siglos, e incluso acoge uno de sus ritos más venturosos cada 23 de abril, cuando en el Paraninfo de la Universidad se entrega del premio Cervantes, aún más resonante por otorgarse en la cuna del más grande novelista español. Porque —y esto es cosa en la cual parece obvio insistir— Alcalá es la patria chica de Cervantes, quien por cierto la menciona en una página de El Quijote. Subrayando las glorias de esta cantera de literatos, cabe añadir que quizá también fuese alcalaíno el Arcipreste de Hita, aunque esto último es cosa que los sabios discuten.

Fuera de toda duda está la presencia de muchos letraheridos en los días del rey Felipe IV. Naturalmente, hablamos de colegiales como Pedro Calderón de la Barca y Agustín Moreto, que le dispensaron a la ciudad complutense sus aptitudes singulares y la memoria de los días que en ella vivieron. A ello conviene añadir los nombres de eruditos, escritores, cronistas y polígrafos como Antonio de Solís y Ribanedeyra, Gabriel Bocángel, Francisco López de Gómara, Jerónimo Zurita, Juan de Mariana, Pedro Sánchez Ciruelo y Juan de Valdés.

Si nos fijamos en un intelectual tan admirable como Gaspar Melchor de Jovellanos, incluso hallaremos un jardín que lleva su nombre y conmemora su inteligencia.

Al hacer balance de los estudiantes ilustres, suele mencionarse a Lope de Vega, quien quizá anduviera por la Universidad mientras servía al obispo de Ávila, Jerónimo Enrique. No hay constancia definitiva de que Lope obtuviese grado alguno en sus aulas, pero el solo indicio de su matriculación merece ser citado. Por retomar el discurso de lo probado, añadiremos a la fabulosa galería el nombre de Francisco de Quevedo. Ya dicen sus biógrafos que el anecdotario alcalaíno del escritor es memorable, y es evidente cómo registró en su obra la incertidumbre de los pícaros estudiantes y esa descripción tan afilada de las posadas de hambre. El quevediano Buscón señala muy diversas experiencias en esta dirección, tan propia de los libros de picardía. Quien además lea la vida del pícaro Guzmán de Alfarache entenderá bien a qué nos referimos, dado que su autor Mateo Alemán, también hizo estudios en Alcalá.

Como natural consecuencia, ese enlace de la ciudad con la picaresca origina nuevos y gozosos ejemplos. Tal es el caso del Lazarillo de Tormes o, por mejor decir, de sus continuaciones. Se fecha en 1555 la impresión de una segunda parte, muy fantasiosa, y en 1620, la edición por parte de Juan Cortés de Tolosa de El Lazarillo de Manzanares. Pero la pieza que aquí nos importa es otra de ese mismo año, publicada en París, y que es divulgada como segunda parte del antiguo Lazarillo. El autor, Juan de Luna, profesor de español en Francia, no escatimó en su ficción las críticas a los valores de su tiempo bajo el punto de vista social y religioso. Como se ve, otra vez estamos en el escenario complutense.

Luego es fuerza preguntarse: ¿es cosa del siglo XVI esa atención de los escritores por Alcalá? ¿Con qué se realimentó dicha curiosidad? Ciertamente, pasada la gran aventura cultural del Siglo de Oro, las menciones a la villa no son tan frecuentes, pero quedan bien lejos de la escasez. Entre ellas, citaremos la que propone Marcelino Menéndez y Pelayo en su Antología de poetas líricos castellanos, muy significativa por lo que concierne a la importancia intelectual de la ciudad. Tampoco ha de faltar en estas líneas don Benito Pérez Galdós, entre cuyos Episodios nacionales hay uno dedicado a «El Empecinado», famoso guerrillero que el 22 de mayo de 1813 atacó a las tropas napoleónicas que ocupaban este lugar.

En fecha posterior, hallamos la evocación de José Martínez Ruiz, «Azorín», en Al margen de los clásicos, y una anécdota alcalaína consignada en las memorias del poeta Rafael Alberti, La arboleda perdida, donde el malagueño da libre rienda a su sentido del humor. La suma y sigue de títulos continúa con dos libros viajeros de Camilo José Cela, Nuevo viaje a la Alcarria y Flor de vagabundaje, en los cuales nuestro premio Nobel demuestra conocer bien la villa. El solemne pasado de Alcalá es la materia que interesa al heterodoxo Fernando Arrabal en Un esclavo llamado Cervantes, y a Fernando Sánchez Dragó en esa historia mágica de España que su autor titula Gárgoris y Habidis. Es el mismo pasado que, con visajes folletinescos, halla su referencia en ese subgénero tan exitoso que llamamos novela histórica, y que aún hoy no escatima menciones a la población complutense.

ENTORNO NATURAL DE LA CIUDAD

La naturaleza alcalaína nos ofrece una visión mansa y tupida de la fauna y flora mediterráneas. Desde el alba hasta medianoche, el excursionista aficionado a este tipo de placeres puede disfrutar de parajes llenos de vida, que distan muy poco de la capital complutense y de su entorno industrial. Polarizando esa sensibilidad, el contorno de la villa y sus parques solicitan del viandante que atienda sus reclamos, libres por esta vez de las sugestiones de los libros y también ajenos al espíritu de la historia. En este tramo, el relieve terrestre se sobrepone a los monumentos y las aguas del Henares despliegan un manto de pormenores fugaces, donde se espesa la vegetación e importa menos la agitación humana.

En la tierra alcalaína se practica una agricultura muy similar a la que, a primera vista, aún define las estaciones en Torres de la Alameda, Mejorada del Campo, Ajalvir, Camarma de Esteruelas, Cobeña y otras poblaciones del entorno. La condición cerealera de su siembra se advierte cuando los campos comienzan a amarillear, si bien no extrañan por acá cultivos de otro orden —hortalizas, sobre todo—, favorecidos por el regadío inteligente. No obstante, unir en estas líneas el centeno, la cebada y el trigo significa resaltar una tradición castellana —la del grano en los surcos— que antes perteneció a la reja del arado y que hoy es perpetuada por los modernos artilugios de cosecha. Todo ello sin olvidar un complemento inseparable de este paisaje madrileño: la ganadería ovina, sobre la que aún pesan el oficio de la lana y un impulso trashumante que en otro tiempo dio sentido a las cañadas.

En consonancia con la belleza del Valle del Henares, cabría diseñar una ruta que cruzase el puente de Zulema, rastreando las ruinas de Alcalá la Vieja para luego buscar un ensanche en el cerro del Ecce-Homo, en la zona donde se yergue el Gurugú o en las laderas terrosas del barranco de la Zarza.

De ese modo, entre pinos carrascos y matas de esparto, hallamos una vista que cuadra bien a la personalidad de la región. Acaso turbando la serenidad del paseo, encontraremos fauna menor, de la que apasiona a los entomólogos. No se olvide que en 1856, Luis Mendes de Torres editó en Alcalá su conocido tratado, El cultivo y cura de las colmenas y las ordenanzas de los colmenares.

Haciendo su morada en la cuenca del Henares, la población animal es generosa, en consonancia con el mayor verdor que incitan las aguas.

El río Henares es afluente del Jarama, nace en Sierra Ministra, en la rama castellana del Sistema Ibérico, entre Soria y Guadalajara, y dirige su curso hacia el suroeste, internándose en pos de lindes bien conocidas por los alcalaínos. No en vano, la ciudad protege —en lo administrativo y en lo sentimental— el Soto del Henares, un área que comprende tanto el río como los barrancos adyacentes. El ecosistema, animado por la presencia de álamos, sauces y chopos, merece la atención de todo aquel que pase por Alcalá.

Desde el humedal llega hasta la llanura cultivada un perímetro faunístico repleto de sorpresas, sobre todo si se tiene en cuenta la proximidad de núcleos industriales muy poblados. De ordinario, los cazadores tradicionales, que llevan sobre las espaldas bastantes horas de monte, conocen los refugios de perdices y codornices. Esto no es óbice para que ambas especies, la perdiz común o roja (Alectoris rufa), con su gorguera blanca ribeteada de negro, y la pardoamarillenta y muy menuda codorniz (Coturnix coturnix), sean irrespetuosas con los cotos señalizados y prefieran lucir su plumaje ante cualquier viajero, sobre todo si éste carece de lebrel y escopeta.

Antaño muy perseguida y hoy librada de la extinción por leyes muy severas, la avutarda (Otis tarda) luce ocasionalmente su porte majestuoso. El enorme tamaño de los machos —hasta un metro de altura—, convierte a este ave en un robusto vigía de los páramos y trigales, camuflado gracias a su color ocráceo y a un saludable recelo de los hombres. De mucho menor calibre, pajarillos como la cogujada común (Galerida cristata) y el zorzal común (Turdus philomelos), emplean el mismo colorido para ocultarse.

Sobrevolando este paisaje, también es posible reconocer la silueta del cernícalo vulgar (Falco tinnunculus), un pequeño halcón, de unos 34 centímetros, cuyas alas apuntadas suelen verse en toda la franja castellano-leonesa. De gran belleza, esta ave ofrece un dimorfismo sexual característico. El macho tiene la cabeza, el obispillo y la cola, de color gris, y sus partes superiores lucen un color castaño adornado por motas. En contraste, las partes superiores y la cola de la hembra son de color pardo rojizo, listadas transversalmente. Habitual morador de terrenos de cultivo, el cernícalo es asimismo un inesperado inquilino en la ciudad. Demostrando malas costumbres de vecindad, veces aprovecha en los árboles el lugar de nidificación propio de las urracas.

Mencionamos un córvido, la urraca (Pica pica), cuyo plumaje pío y larga cola, teñida con lustre azulado-verdoso, nunca pasan desapercibidos. Animal vivaracho, muy sagaz, se le atribuyen picardías notables, como el robo de joyas y objetos brillantes y la imitación del habla humana. En todo caso, su presencia siempre añade un punto de barullo a los jardines y las tierras de cultivo.

Descendientes de la paloma bravía (Columba livia), las palomas domésticas que revolotean por Alcalá han heredado de aquélla su obispillo pálido y el plumaje gris azulado. Muy dañina en todo sentido, esta especie anida en grietas de los edificios, donde sus pichones, torpes y deslucidos, engordan hasta que son capaces de seguir el ritmo de la bandada. No es extraño que a esos grupos se una otro simpático merodeador, el gorrión común (Paser domesticus), aficionado a las mismas costumbres de nidificación y subsistencia.

De grandes patas y cuello largo, la cigüeña común (Ciconia ciconia) picotea su plumaje blanco sobre el tejado de los mayores edificios alcalaínos. Anda con pausa, como si se supiera parte del grupo arquitectónico. No es raro escuchar el batir de sus mandíbulas —el crotoreo— en los periodos de cría y fecundidad, ya sin disimulos de ninguna clase frente a los humanos, que la respetan cual si de un símbolo eclesiástico se tratase. Aquí el razonamiento es obvio, puesto que no son aves a las que se pueda separar de cornisas y campanarios. Ésta es, en el pasado y el porvenir, una presencia muy deseada, tan afín al paisaje complutense que cuesta imaginarlo sin ella.

Como su nombre indica, el humedal del río Henares nos permite acudir a sus aguas, que han de servirnos de contrapunto a este paseo por la ciudad. Allí donde se ofrecen los regatos, encontramos una población bulliciosa, amante de la fronda y los rincones accidentados.

Los cangrejos americanos ocupan las corrientes que otrora habitaban los crustáceos autóctonos. Entre junio y julio, se produce la freza de la carpa (Cyprinus carpio), cuyos huevos hacen eclosión entre tres y seis días después. Un buen festín, sin duda, para un avecilla cada vez más rara de contemplar por estos lares, el martín pescador (Alcedo atthis), que se zambulle en pos de sus pequeñas presas con una energía súbita y nerviosa. Mucho más frecuente es observar las evoluciones de la lavandera blanca común (Motacilla alba alba), afanosa en picotear por las orillas. Tampoco es raro encontrarse con el pato más habitual en este paisaje, el ánade real (Anas platyrhynchos), al que también suele llamarse azulón por el espejuelo que brilla en sus alas, destacado entre dos barras blancas. El macho tiene su cabeza de color verde irisado y su pico es amarillo, y en todo ello es muy distinto de otras aves que surcan esta corriente, como la focha común (Fulica atra) y la polla de agua (Gallinula chloropus), que además pertenecen a otra familia, las Rallidae, que sólo se asemeja a las anátidas en el hábitat que comparten: los márgenes de agua dulce que enriquecen esta comarca.

PATRIMONIO HISTÓRICO

Alcalá de Henares es una ciudad monumental por excelencia, con gran cantidad de edificios tanto civiles como religiosos que se pueden admirar en un recorrido por sus calles. Su casco antiguo ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad, por la UNESCO, en diciembre de 1998.

Colegio de San Ildefonso, o Universidad que fue fundada en 1498 por el Cardenal Cisneros, y cuyas obras de edificación fueron dirigidas por don Pedro Gumiel, concluyéndose en 1508. De su edificio original sólo se conserva el aula artesonada y un curioso estrado de estilo plateresco. Su fachada principal del mismo estilo, fue construida por Rodrigo Gil de Hontañón y data de 1543. Es mencionada como una de las más bellas de nuestro país y tanto ésta, como las ventanas y balcones, están ricamente adornados con elementos renacentistas. El edificio también hace gala de dos patios, uno de estilo barroco de José Sopeña, 1662, y otro de 1551 de estilo renacentista, obra de José de Cótera.

En cuanto a edificios civiles se refiere, existen en esta bella ciudad una gran cantidad de ellos, lo que nos da una idea del grado de desarrollo económico al que llegó durante varios siglos.

El Palacio de los Arzobispos, un primer edificio fue construido en el siglo XIII, para posteriormente ser reformado a la vez que restaurado entre los siglos XIV y XVI. Está rodeado de murallas y torres con almenas y barbacanas, en sus tres fachadas se pueden distinguir estilos arquitectónicos diversos; las del costado longitudinal claramente se exponen como estilo gótico-mudéjar, mientas que la fachada principal luce como plateresca, con un bellísimo escudo.

El Hospital de Antezana, es otra muestra de la esplendorosa arquitectura civil de esta ciudad, fundado por Luis de Antezana, si bien en 1702 sufrió en su reforma bastantes modificaciones. Luce el estilo gótico en todo el edificio.

La Casa de Cervantes, de la que no quedan apenas restos del antiguo edificio, aunque en su lugar existe una suntuosa construcción del siglo XVI.

El Hotel Laredo, construcción de principios de siglo, aunque para la misma fueron empleadas piezas arquitectónicas de edificios antiguos.
Ruinas de un antiguo Castillo árabe, en los arrabales de la ciudad.

En la calle de los colegios, hay edificios que sirvieron para este fin. Son de gran capacidad debido a que funcionaban como internados; deben casi todos su fundación al Cardenal Cisneros, y muchos de ellos fueron ampliados durante el siglo XVII. Digno de mención entre todos es el Colegio Málaga, posiblemente obra de Sebastián de Plata.

La Iglesia de San Ildefonso, en la que está situado el sepulcro del Cardenal Cisneros (comienzos del siglo XVI). Su construcción fue comenzada por Domenico Fancelli, aunque llevada a cabo de por Bartolomé Ordóñez.

La Iglesia Magistral o de los Santos Justo y Pastor, templo de estilo gótico, obra de Pedro Gumiel, por encargo del Cardenal Cisneros. Su construcción comenzó en 1490 y concluyó en 1509. Consta de tres naves y girola, bajo su altar mayor se halla una cripta con los restos de los niños Justo y Pastor y la piedra del martirio. En uno de los laterales del templo se pueden contemplar dos capillas de estilos bien diferenciados: su bella torre es de estilo herreriano y se adosó al edificio en el siglo XVII.

Convento de las Bernardas, fundado en 1618, cuya fachada es de ladrillo y tiene un pórtico con un nicho donde luce la imagen del San Bernardo, atribuido a Juan Bautista Monegro. Su iglesia es de planta ovalada y posee varias capillas; la central, a modo de pequeño templo con cuatro altares, engalana obras del pintor Angelo Nardi.

La Iglesia de los Jesuitas se construyó entre 1602 y 1625 según planos de Juan Gómez de Mora. Su fachada es obra del mismo arquitecto y está enmarcada por grandes columnas corintias y un frontón triangular. En las cuatro hornacinas esféricas hay sendas imágenes creadas por Manuel Pereira.

Oratorio de San Felipe de Neri o los Filipenses, en su interior se puede admirar una maravillosa colección de pinturas de los siglos XVII y XVIII además de una imagen de Santa Teresa de Jesús, de la que no se puede definir la autoría, ya que ha sido atribuida según criterios, a Gregorio Fernández o a Manuel Pereira.

Murallas, de las que quedan en la actualidad solamente cuatro torres en voladizo. Aunque en origen se remontan al siglo XIV, han sido reformadas en numerosas ocasiones. La puerta de Madrid es de construcción casi reciente de muy entrado el siglo XVIII y la de San Bernardo, que es bastante más antigua, data del siglo XVII.

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PERSONAJES CÉLEBRES

Miguel de Cervantes Saavedra. (1547-1616) genial escritor, figura cumbre de la Letras españolas, autor de la obra El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, entre otras.

ECONOMÍA

Los recursos económicos de esta localidad son variados, desde su proximidad a Madrid, que la convierte en ciudad-dormitorio, a un potenciado sector de servicios que fluye en torno al desarrollo obligado de su Universidad, pasando por una creciente industria.

ARTESANÍA

Vidrio, miniaturas en metal, esmaltes a fuego, cerámica y talla de madera.

GASTRONOMÍA

'Una olla de algo mas vaca que carnero, salpicón las mas noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda'
(El Quijote, I, 1)

Para merendar es típico el chocolate con migas y picatostes.

OTROS PATRIMONIO DE ESPAÑA

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Monumentos

Ayuntamiento

Expresión fiel del respeto de los alcalaínos por su pasado, el edificio del Ayuntamiento fue antaño el Colegio convento de San Carlos Borromeo, al que llamaron «de los Agonizantes» por un motivo no difícil de imaginar, y es que sus ocupantes eran religiosos comprometidos con el auxilio a quienes agotaban su tiempo de vida. Es muy probable que ese quehacer, entre otros de idéntico sacrificio, permita reunir un anecdotario tan amplio como ejemplarizante. Pero la escasez de espacio nos lleva a limitar esta glosa a las funciones de la casa consistorial desde 1870, año en que dicho colegio fue reformado para aposentar al gobierno de la ciudad. Entre quienes, a lo largo de los años, contribuyeron a diseñar sus espacios, cabe destacar al arquitecto Adolfo Fernández Casanova.

Repleto de hermosos rincones, el edificio viene a ser una galería donde quedan resumidas la cultura y el arte locales. A ello contribuye la excelente colección que allá se cobija. Por ejemplo, en la Sala de Sesiones cabe admirar un repostero y su baldaquino, con fecha en el siglo XVII, e iluminados mediante las armas del marqués de Bedmar, quien fuera embajador del Reino de España en la Soberana República de Venecia. Con un sesgo aún más admirable, reposan tras una reja los seis volúmenes de la Biblia políglota complutense, mencionada en diversos apartados de esta muestra. Otro volumen histórico que se puede hallar en el Ayuntamiento es el Libro de bautismos de la Parroquia de Santa María la Mayor, donde queda registrado el nacimiento de Miguel de Cervantes.

Atención especialísima merece el despacho de la Alcaldía, dado que lo adornan dos tablas flamencas de los siglos XV y XVI: Virgen amamantado al Niño y Adoración de los Magos. La misma sala ofrece al visitante dos ejemplos de pintura histórica: La procesión de las Santas Formas (1896), de Félix Yuste, y Felipe III de Francia, moribundo (1862), de Manuel Ferrán. Al mismo género corresponden varios óleos de la planta noble, entre ellos ¡A la guerra! (1895), de Alberto Pla y Rubio; La reina María Cristina (1887), de Manuel Laredo, y Cisneros y los grandes (1864), de Víctor Manzano. Bien puede culminar esta visita en ese Salón Noble, cuyo estucado semeja las texturas del mármol, con medallones que retratan a personalidades históricas de la ciudad.

Capilla de San Idelfonso

Cuando en 1501 Pedro Gumiel comenzó a dirigir la edificación del Colegio Mayor de San Ildefonso, el maestro constructor aprovechó un solar adyacente para erigir la Capilla universitaria, que asimismo quedó bajo la advocación del patrono de la Archidiócesis, San Ildefonso. Antes de continuar describiendo este monumento, es preciso considerar que buena parte de las riquezas allí reunidas no ha llegado hasta nosotros. Como sucedió con otras instituciones alcalaínas, las leyes desamortizadoras despojaron a este lugar de sus tesoros. No obstante, mitigó en parte ese desposeimiento la restauración que se llevó a término en 1960, cuando en el Colegio Mayor vino a establecerse la Escuela Nacional de Administración Pública.

La fachada se debe a Juan de Ballesteros y la portada de sillería blanca es obra de Rodrigo Gil. La remata una espadaña de frontón triangular que alberga dos huecos, donde por cierto resonaban las campanas que el Cardenal hizo fundir con el bronce de los cañones que tomó durante la campaña de Orán. Gracias a las leyes desamortizadoras, el conde de Quinto se hizo con esas campanas: una de ellas voltea en el colegio de los escolapios de Caspe, en Zaragoza, y las otras tres acabaron animando las iglesias de otros tantos pueblos aragoneses.

Estimando otras bellezas de la Capilla, Cayetano Enríquez de Salamanca escribe que «el interior es de una sola nave cubierta por un decorado y polícromo alfarje morisco, muy bien conservado y restaurado. Los muros están decorados con bellas yeserías en el llamado «estilo Cisneros», que combina el plateresco con el mudéjar y los últimos estertores del gótico florido. «(...) En esta nave hubo enterramientos de algunos de los más ilustres profesores complutenses, tales como Antonio de Nebrija, fallecido en Alcalá en 1522; Diego López de Estúñiga; Juan de Vergara; Demetrio Lucas, el Cretense; Fernando Pinciano; Alonso de Zamora; Pablo Coronel; Alonso, el Complutense; los médicos Francisco Vallés y Antonio de Cartagena y los arquitectos del Colegio, Pedro Gumiel y José Sopeña». (Alcalá de Henares y su Universidad Complutense, Escuela Nacional de Administración Pública, 1973, p. 136). A esa lista, como es natural ha de añadirse otro nombre ilustre, pues en el presbiterio de esta Capilla mayor hallamos el sepulcro del Cardenal Cisneros, elaborado en mármol de Carrara por Bartolomé Ordóñez en el año 1521.

El estilo renacentista resume la estética decorativa de este lugar. No obstante, conviene tener en cuenta algunas variables. Por ejemplo, el retablo original, del cual se adueñó el conde de Quinto, fue sustituido por otro de la escuela navarra de Juan de Ancheta, atribuido a un discípulo de éste, Ambrosio de Bengoechea. En cuanto al resto de pinturas que iluminaban el templo, cabe hacer mención de La Imposición de la casulla a San Ildefonso, de Juan de Borgoña, una tabla adquirida por el potentado estadounidense Algur Meadows, quien la donó en 1962 a la Universidad de Dallas.

Capilla del Oidor

Es bastante conocida para los alcalaínos la historia de este rincón de la villa, en el cual se dejan oír los ecos de un pasado rico en detalles. Fue a principios del siglo XV cuando, por mandato de Pedro Díaz de Toledo, a la sazón relator u oidor del reino, se edificó la capilla en la cual debían descansar los restos mortales de este personaje y también los de otros miembros de su estirpe. Luego, los cambios se acumulan. Atento a las necesidades eclesiásticas, el arzobispo Carrillo ordenó en 1453 que bajo la arquitectura de la Parroquia de Santa María la Mayor se fundase el Convento de Santa María de Jesús o de San Diego. En ese trasiego, la citada parroquia quedó ubicada en el espacio que albergaba tanto la Ermita de San Juan como la Capilla del Oidor. La fusión originó una nueva estructura de tres naves con ábsides semicirculares.

Pero esa edificación volvió a modificarse, en un sentido que decidió, no sin cierta grandilocuencia, el maestro Gil de Hontañón. Las enmiendas se llevaron a término entre los años 1552 y 1553, pero los planos del arquitecto no se vieron del todo cumplidos en la realidad. Suelen los especialistas llamar la atención sobre la yesería del arco de acceso, y también procuran atender un detalle cuya posición central en el recinto connota otro tipo de brillos. Nos referimos, claro está, a esa pila donde Miguel de Cervantes recibió el sacramento bautismal el 9 de octubre de 1547. Se trata de una reproducción, pero aún cabe distinguir los restos de la original.

La capilla del Cristo de la Luz, la torre y la sacristía figuran entre los añadidos posteriores. Por desgracia, los horrores de la guerra civil también dejaron su rastro entre estas paredes, devorando las llamas el templo y perdiéndose las pinturas de Cano Arévalo. Si bien la Parroquia de Santa María la Mayor se llevó luego junto al Colegio Máximo de los Jesuitas, la restauración desarrollada en 1982 permitió que el espacio acogiese un centro cultural, con su correspondiente sala de exposiciones.

Gracias a esas reformas, en el interior de la Capilla del Oidor aún podemos admirar la decoración en yeso. Incluso cabe hallar tres arcos donde se alojaron en silencio los sepulcros familiares. Como en otros rincones de Alcalá, aquí también se ha reproducido con fidelidad el artesonado mudéjar que antaño adornaba el techo.

Casa de Miguel de Cervantes

Sabemos que Miguel de Cervantes Saavedra vino al mundo en Alcalá de Henares, el 29 de septiembre de 1547. Pero en cuanto al detalle hogareño de aquel nacimiento, tenemos una deuda con el erudito conquense Luis Astrana Marín (1889-1960), biógrafo y traductor de Shakespeare (1930), autor de Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra (1948-1958), editor de las Obras completas de Quevedo (1932) y de Calderón (1932), y por tanto buen conocedor de los pormenores alcalaínos durante los Siglos de Oro. En ese esfuerzo profundo, fue don Luis quien ubicó la casa natal de Cervantes. Con todo, Andrés Trapiello evidenció una duda que otros compartieron:
«Las mismas conjeturas en las que se sumieron los eruditos para establecer la casa de Miguel de Cervantes, rodean la fecha de su nacimiento. Sabemos que le dieron las aguas el 9 de octubre de 1547 por el acta de bautismo. Se sospecha que nació el día de San Miguel, el 29 de septiembre, por el nombre que llevó. (...) Su casa natal en la calle de la Imagen, siempre y cuando creamos que esa casa, después de transformaciones y remodelaciones sin cuento, fue su casa, no guarda ningún parecido con la que conoció Cervantes, y en el caso también de que a eso podamos llamarlo conocer, ya que Cervantes abandonó la casa y el pueblo cuando todavía no contaba cuatro años.»

Las vidas de Miguel de Cervantes, Barcelona, Planeta, 1993, p. 20.
Mirándolo desde un ángulo menos estricto, preferimos observar ese edificio como un testimonio cervantino. Un testimonio, en fin, cuya substancia debe mucho a la ilusión de todos los alcalaínos que desean evocar a su ilustre paisano.

Repasemos, por lo tanto, aquellos detalles que no dejan entrever la sospecha. Mucho tiempo después de que Cervantes lo ocupara —debemos situarnos en 1953—, el Ayuntamiento de Alcalá de Henares decidió adquirir el inmueble, que en lo sucesivo, y tras las correspondientes disposiciones, alojó lo que hoy conocemos bajo el nombre de «Casa de Cervantes», en la que también hallamos la Biblioteca y el Museo Cervantino. Un año después, el Ministerio de Educación encargó la muy laboriosa restauración del conjunto al arquitecto José Manuel González Valcárcel. En lo que concierne a su vínculo administrativo, la gerencia de este rincón corresponde a la Consejería de Cultura y Deportes de la Comunidad de Madrid desde 1985. Posteriormente, ya en 1998, los arquitectos Juan José Echeverría y Enrique de Teresa dirigieron unas obras de ampliación que mejoraron sensiblemente el recorrido interior de este museo cervantino.

Diseñada en torno a un patio cuadrangular, esta casa ejemplifica las normas de edificación propias de la tradición toledana, con esa mampostería de ladrillo que confiere personalidad a la fachada. Al margen de los detalles arquitectónicos, conviene reseñar los contenidos que atesora el museo, lleno de muebles, enseres, tallas y demás piezas artísticas que reflejan la cotidianidad en tiempos del escritor. En este campo, las colecciones de bargueños y de braseros son de especial interés. Por otro lado, el visitante puede disfrutar de una notable colección bibliográfica, y asimismo puede recorrer las distintas salas que dispone el trayecto: la Sala despacho del padre, la Sala de aparato, la Sala del estrado de las damas, la cocina, el comedor y los dormitorios.

Colegio de San Patricio o de los Irlandeses

Sin lugar a dudas, el Colegio Menor de San Patricio, conocido entre los alcalaínos como «de los Irlandeses», señala una huella de cosmopolitismo en la vida complutense. La fama internacional de la Universidad, sumada al ciclo histórico protagonizado por el Reino de España durante su periodo de mayor pujanza, explican el atrayente esplendor de Alcalá, a la que llegaron estudiantes desde los más apartados rincones.

Nuestra historia comienza en 1630, fecha en que se procuró poner en funcionamiento un nuevo colegio. Su incierta financiación dificultó este proyecto, que sólo resultó viable cuando un barón portugués, don Jorge de Paz Silveira, legó parte de sus bienes para que fuese posible edificarlo. Bajo el criterio del arquitecto Antonio Jordán, las obras se finalizaron satisfactoriamente. Fundado en 1645 por la baronesa Beatriz de Silveira, el centro que nos ocupa recibió, por fin, a estudiantes de Teología procedentes de Irlanda y de Flandes.

Sin embargo, no acabaron ahí los avatares de este edificio. De nuevo las contrariedades económicas enturbiaron su porvenir. En 1785 el colegio figuraba entre las propiedades del Conde de Revillagigedo. Diez años después, se procedía a la demolición de la capilla. Afortunadamente, éstas y otras penurias posteriores fueron mitigadas gracias a la restauración. Esta última, posibilitada por la Fundación Colegio de los Irlandeses, devolvió al conjunto buena parte de su esplendor original. Ya en lo administrativo, conviene aclarar que en dicha entidad, formada en 1988, colaboran estrechamente la Universidad de Alcalá y la Embajada de Irlanda en España. A ello cabe añadir que en 1996 se firmó un acuerdo entre la Universidad, el embajador irlandés y el grupo Jefferson Smurfit, en virtud del cual el Colegio Menor de San Patricio pasó a emplearse como centro académico de intercambio estudiantil.

El papel preponderante que en su aspecto desempeña la fachada lo explican sus siete balcones, que con su frontón triangular dan un aspecto característico a la edificación. Por debajo, en los laterales de la fachada, seis ventanas enrejadas, con frontón curvo, invitan a imaginar la misión académica que tras ellas fue desarrollándose.

Colegio de San Idelfonso

No tenemos necesidad de insistir sobre el valor de esta edificación, pues figura en todos los manuales y monografías como una de las joyas del patrimonio complutense. Por otro lado, el paralelo con la institución universitaria alcalaína es aún más exacta si tenemos en cuenta que fue la sede del rectorado y el epicentro de su expansión. «Existía en Alcalá —escribe Marcel Bataillon— desde fines del siglo XIII un colegio incorporado desde mediados del XV a un monasterio franciscano. Pero todo estaba por hacerse si se pensaba en una verdadera universidad. El arquitecto Pedro Gumiel trazó el plano del Colegio de San Ildefonso, centro de la fundación, cuya primera piedra colocó Cisneros el 14 de marzo de 1498: diez años habían de transcurrir para que el edificio de Gumiel fuese habitable, y aun entonces no pasaba de ser una humilde construcción provisional de ladrillo y mampostería; sus primeros ocupantes entran en ella no antes del 26 de julio de 1508 y la enseñanza no parece haber funcionado de modo normal hasta el otoño de 1509». (Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 11). Por lo demás, estos principios directivos del proyecto cisneriano despliegan una cronología que Cayetano Enríquez de Salamanca se encarga de precisar en los siguientes términos: «Anticipándose [Cisneros] a la bula de Alejandro VI —el español Rodrigo de Borja, para que todo fuese español en esta magna obra—, que no se otorgaría hasta el 13 de abril de 1499, por la que se confirmaban y ampliaban los privilegios de los Estudios de Sancho IV, y ante el vivo deseo de ver materializada su genial idea, dado lo avanzado de su edad, procede a colocar la primera piedra del Colegio Mayor de San Ildefonso, núcleo matriz de la Universidad, un mes antes, es decir, el 13 de marzo de 1499». (Alcalá de Henares y su Universidad Complutense, Escuela Nacional de Administración Pública, 1973, p. 133). La construcción del Colegio comienza en 1501, bajo la dirección de Pedro Gumiel, quien ya había diseñado las labores de explanación.

Si bien la construcción de sillería fue elaborada por Juan Ballesteros entre 1599 y 1601, las urgencias que impuso el Cardenal a Gumiel obligaron a emplear inicialmente materiales de mucha menor nobleza: madera, ladrillo y yesería. Ese el el aspecto que tenía el Colegio en su fundación, el 26 de julio de 1508, y de ahí proviene asimismo la famosa anécdota que sitúa a Cisneros soportando las chanzas del Rey, y respondiendo a éste que «otros harán en mármol y piedra lo que yo construyo con barro».

Originalmente, la fachada fue realizada entre 1537 y 1553, bajo las órdenes del maestro Rodrigo Gil de Hontañón. «La edificación —según detalla Alfredo J. Morales— fue iniciada en 1537, como continuación del programa constructivo que durante las dos primeras décadas del siglo había dirigido el toledano Pedro Gumiel. Los preparativos de la obra fueron rápidos, pero la colocación de la primera piedra no se produjo hasta 1542. Once años más tarde se ponía fin a la obra, que sufrió una serie de transformaciones a lo largo del proceso constructivo. Los cambios supusieron un mayor enriquecimiento ornamental y la aceptación de ciertos elementos de carácter más clásico. Como causantes de las alteraciones se considera a los entalladores que trabajaron en la edificación, especialmente a los franceses, bastante numerosos en algunos momentos. Junto a ellos desempeñó un papel destacado Claudio de Arciniega, el cual labró parte de las ventanas superiores, medallones altos y pilares, además de las figuras de atlantes y alabarderos. Rodrigo Gil compuso la fachada en tres módulos, desiguales en altura» («Tradición y modernidad, 1526-1563», Arquitectura del Renacimiento en España, 1488-1599, Madrid, Cátedra, pp. 206-207). Flanquean la portada dos columnas jónicas y la remata un medallón rectangular donde se muestra la imposición de casulla a San Ildefonso, quien es patrono de la Archidiócesis. Obsérvese que el interior es de una sola nave y no ha sufrido alteraciones de importancia desde la fundación. Integran la planta dos elementos yuxtapuestos, divididos entre sí por un arco toral. Asimismo, queda cubierta por un bellísimo artesonado de estilo mudéjar. Los muros están cubiertos por yesos trabajados a cuchillo, y resumiendo esta profusión decorativa, conviene hacer aquí mención de ese estilo Cisneros, donde se aúnan elementos del plateresco, el mudéjar y el gótico florido.

Quien admire estas y otras riquezas del Colegio Mayor, ha de tener en cuenta que también fue Pedro Gumiel quien, aprovechando el espacio de un solar adyacente, dirigió la construcción de la Capilla universitaria, que asimismo fue dedicada a San Ildefonso.

Colegio Menor de Santa María de la Regla

Tras haber sido fundado en 1568 por don Francisco de Trujillo, obispo de León y antiguo colegial de San Ildefonso, el Colegio de Santa María de la Regla y de los Santos Justo y Pastor, conocido popularmente entre los alcalaínos como «de León», inició su actividad académica acogiendo en su seno a dieciséis estudiantes de Teología.

Aproximándose a esos mismos conocimientos, las generaciones de colegiales se sucedieron hasta el año 1780, fecha que marca la inclusión de este centro entre las responsabilidades del Colegio de Málaga. En ello queda de manifiesto el proceso de esplendor y decadencia de los colegios, si bien se trata de un ocaso visible tras una muy longeva trayectoria educativa.

Su aspecto actual deriva de la naturaleza de las reformas que sobre el edificio se planearon y llevaron a término. Las dos torres que adornaban sus extremos fueron eliminadas en 1840, pues entre ambas se dio forma a otro piso que se elevaba sobre los dos ya existentes. Un claro rastro de esos trabajos se advierte en el interior del conjunto, ya que los ornamentos y el jardín son contemporáneos de esta enmienda. Con todo, cabe admirar detalles de otro tiempo, como el cenador, el pozo y la pila, que se han conservado desde el siglo XVI.

Colegio Menor de San Jerónimo o Trilingüe

Entre los autores calificados para estudiar la historia de Alcalá durante el siglo XVI, figura el hispanista Marcel Bataillon. Esa condición, íntimamente ligada al humanismo y a su análisis, nos llevará, en no pocas ocasiones, a convocar la presencia de este pensador en nuestro paseo. Examinando el fervor humanista, señala Bataillon que de él «nace el Colegio Trilingüe de Alcalá, dos años antes que el Collège de France. Carecemos desgraciadamente de documentación precisa sobre los orígenes de esta institución. Se suele decir que es obra del aragonés Mateo Pascual; pero podría creerse más bien que se debe a la iniciativa de todo el Colegio de San Ildefonso, cuyo rector era entonces Pascual, y que si a éste se atribuye el honor es una simple manera de fechar la fundación. (...) El nuevo colegio, puesto bajo la advocación de San Jerónimo, patrono del humanismo cristiano, concedía doce becas para retórica, doce para griego y seis para hebreo. (...) Es lícito suponer que el colegio Trilingüe vino a reforzar el atractivo que ejercía Alcalá sobre los jóvenes que se destinaban a la Iglesia, y que su espíritu deja mayor o menor huella en los que por entonces hacían en la Universidad sus estudios de Artes y de Teología» (Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 343). Al repasar el registro de grados entre 1527 y 1531, observa el tratadista cómo en aquél figuran personajes destinados a tener importancia en la Iglesia española: entre otros, Juan Gil, Luis de la Cadena, Antonio de Porras y Martín de Ayala. También subraya que en la promoción de los bachilleres en Artes de 1531 se hallan —en curioso contraste— Diego Laínez, futuro General de la Compañía de Jesús, y Agustín Cazalla, condenado a la hoguera en Valladolid.

Sabiendo que en vida no podría ver desarrollado todo el proyecto complutense, el cardenal Cisneros dejó escritos en su testamento detalles acerca de su futura evolución. Buena muestra de ello es este colegio menor, cuya fundación en 1528 quedó prevista en el testamento del prelado. En este caso, poca explicación requiere el nombre que se dio al centro. Al enseñar sus profesores latín, griego y hebreo, el colegio fue denominado mediante esa obviedad. Por lo que sabemos, ocupó primero la plaza de San Diego, y a partir de 1557, sus instalaciones gozaron de una nueva planta, junto al Colegio Mayor de San Ildefonso. El arquitecto Pedro de la Cotera dirigió las obras desde 1564 hasta 1570. Clausurado en 1780, pasó a formar parte del Colegio de la Inmaculada Concepción. A partir de 1929, la edificación dio un giro en sus funciones y albergó la Hostería del Estudiante.

El Colegio tiene significación especial en el campo de la arquitectura. Muestras de ello son su portada y, en especial, el Patio Trilingüe renacentista, llevado a término entre 1564 y 1570. Como otras edificaciones, también ese patio sufrió la ingrata presencia del conde de Quinto, quien eliminó en 1850 la balaustrada, con el propósito de embellecer su palacio madrileño.

El Paraninfo o Teatro Universitario (1516-1520) se hace presente en la crujía meridional del Patio Trilingüe. Diversos tratadistas lo mencionan como ejemplo del heterodoxo y equívoco «estilo Cisneros». Diseñado por Pedro Gumiel y erigido por Pedro de Villarroel, Gutiérrez de Cárdenas y Andrés de Zamora, el Paraninfo presenta una ornamentación de primera importancia. Su espacio principal sirve hoy de escenario a la entrega del Premio Cervantes de Literatura.

Ubicado en el número 13 de la calle de los Libreros, y por tanto vecino del Colegio de San Felipe y Santiago, o del Rey, el Colegio de León desempeña hoy una labor académica que, en cierto grado, viene a evocar los esplendores de su etapa fundacional. Y es que, de acuerdo con los actuales protocolos dispuestos por los responsables de la Universidad de Alcalá de Henares, el edificio, debidamente acomodado para tal fin, se ha convertido en sede de dos organismos de orden educativo: el Centro de Estudios Universitarios Norteamericanos y el Instituto de Ciencias de la Educación. De ese modo, el mismo ámbito donde los colegiales memorizaron durante siglos las antiguas asignaturas teológicas continúa hoy siendo un espacio para el aprendizaje, si bien despojado de la formalidad barroca.

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Colegio Menor de San José de Caracciolos

El Colegio de Caracciolos fue fundado en 1508. El proyecto fue puesto en marcha por San Francisco Caracciolo, y bien puede decirse que su propósito era pragmático, pues las instalaciones alojaron a los novicios de su orden, colegiales todos de Alcalá y, por tanto, partícipes del plan universitario dispuesto por Cisneros.

Como el resto de ramificaciones que partieron de San Ildefonso, también este colegio quedó sometido a las disposiciones que regían la vida en el entorno complutense. «La creación ex nihilo —escribe Marcel Bataillon— tenía, cuando menos, la ventaja de permitir el libre desenvolvimiento de la nueva institución. Salamanca se había alarmado, y había hecho los mayores esfuerzos para decidir a Cisneros a que englobase en la antigua universidad castellana la fundación que proyectaba. Trabajo perdido. No se trataba de completar a Salamanca, ni mucho menos de imitarla para hacerle la competencia. La nueva Universidad estará animada por un espíritu muy distinto. Autónoma en principio, en la medida de lo posible, será gobernada por el rector electivo del Colegio de San Ildefonso, sin la férula disciplinaria de un maestrescuela episcopal. Al lado del rector, la única autoridad superior que puede otorgar la investidura de la ciencia se encarnará en un cancelario, a quien se encomendará, como en París, la colación de los grados». (Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 12). Resulta difícil no evocar ese orden ante la fachada barroca de la iglesia de los Caracciolos, testigo de tantos y sabios avatares. Es perfectamente concebible que la historia aún muestre acá su huella. En la portada, flanqueada por pilastras, hallamos la hornacina donde se yergue una figura de San José.

Una vez en el interior, el visitante podrá comprobar los efectos de la restauración, muy necesaria si se tiene en cuenta que las llamas arruinaron la cúpula en 1966, aparte de causar otros males. En todo caso, se trata de males sumados a los que el tiempo había efectuado con menos aparatosidad.

Después de ocupar distintas demarcaciones de la villa, el Colegio de Caracciolos se alzó desde 1604 en la calle de la Trinidad. Tras dos siglos de actividad, fue clausurado en 1836, fecha en que ya es efectivo el declive de la ciudad, despojada de su Universidad. No en vano, la villa fue dañada durante la invasión napoleónica y luego se vio sometida a los rigores de la Desamortización. Como un símbolo de ese mal trato institucional, el edificio del Colegio alojó una prisión y más adelante fue empleado como almacén militar. En la actualidad, el conjunto acoge a estudiantes de biblioteconomía y también a visitantes interesados por las exposiciones que aquí se celebran.

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Colegio convento de la Trinidad Descalza
 
Historias como la del Convento de Trinitarios Descalzos hacen que cualquier lector alcance a comprender el dramático fin del proyecto complutense, cuando éste sufrió las clausuras que se arbitraron en el siglo XIX. Pero vayamos por partes. Nuestro breve relato da comienzo en 1601, cuando el beato Juan Bautista de la Concepción fundó ese convento que, al decir de los estudiosos, fue erigido por el maestro Sebastián de la Plaza.

Edificio destacado en la zona conventual, este convento —luego sede de la Comandancia Militar— puede ser visitado, y a él entramos recorriendo su característica escalinata, penetrando en la lonja. El proyecto se llevó a cabo junto al Colegio de Málaga, y tan largo fue el proceso que aún cabe distinguir los distintos estratos de la obra. En 1626 se inició la primera etapa de la edificación, que no estuvo concluida hasta 1639. Diez años después, el potentado italiano Octavio Centurión patrocinó una nueva etapa en los trabajos, y ese nuevo impulso permitió que fuese concluida la iglesia. Cercada por un hermoso muro, la lonja que antes mencionábamos viene a caracterizar la entrada principal. El templo, cuyo interior adopta la forma de cruz latina, luce asimismo una cúpula en su crucero, mientras que el convento se alza en torno a un patio de doble planta.

Vienen luego otros argumentos que permiten describir la arquitectura del conjunto. Por ejemplo, la fachada barroca, con ese frontón que la remata; y los relieves sobre el pórtico, fijados en muy distintos momentos. Perdidos aquéllos que lució el colegio originalmente, podemos ver hoy el escudo de la Orden Trinitaria, el de la Universidad alcalaína, el del rico Centurión y el de la Comandancia Militar.

La Desamortización de Mendizábal hizo que el templo y el convento pasasen a acuartelar dependencias guerreras en 1839. Así, tras pertenecer al cuerpo de Caballería, el antiguo convento fue luego ocupado por las instalaciones de la Comandancia Militar. Procurando limitar los daños sufridos en ese brusco tránsito, un equipo de restauración ha intentado que su aspecto sea el que en principio le correspondió. Una vez remozado, se incorporó a la nueva Universidad de Alcalá. En sus dependencias funciona el Centro de Estudios Norteamericanos.

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Edificio del Círculo de Contribuyentes

Pese a que la ciudad complutense pasó por un periodo de esplendor durante los Siglos de Oro, no cabe duda de que en épocas posteriores ha ido acumulando una producción artística notable, más consistente de lo que a primera vista pudiera parecer.

Eso es lo que cabe pensar a propósito del XIX, una centuria que nos dejó algunas de las edificaciones características de la ciudad, como es el caso del Hotel Laredo, muy afín al gusto burgués, cuya decoración neogótica mueve a una saludable melancolía. En la misma linde se sitúa el Casino, un edificio ubicado en el número 2 de la Plaza de Cervantes y que sirve de sede al Círculo de Contribuyentes, el órgano económico de la Sociedad de Condueños.

El Círculo de Contribuyentes fue fundado en 1893 y los obreros trabajaron en la construcción del edificio a lo largo de 1901, de acuerdo con los planos que trazó el arquitecto Martín Pastells. Elaborada con ladrillo rojo, la fachada está diseñada según la interpretación que Pastells hizo del estilo neomudéjar. El acceso queda abierto mediante dos terrazas, a las que se llega por sendos tramos de la escalera exterior.

Por lo que concierne al interior del edificio, sobresale por su brillantez decorativa el Salón Noble, cuyos lienzos simulan la textura y disposición ornamental de los tapices. Llevados a cabo por el pintor Félix Yuste en 1901, estos lienzos reflejan el paisaje alcalaíno y ciertas alegorías de la Villa. De todos ellos, destaca el titulado Apoteosis de Alcalá, en el cual queda resumido el devenir cultural de la ciudad, pues suministra un modelo, o mejor dicho, una identidad a propósito de la tradición histórica que defienden los alcalaínos.

Igualmente notable es la pintura que ilumina el techo, y que fue realizada en el año 1906 por Samuel Luna López. Con todo, una observación resulta inevitable: acumulando este muestrario, el edificio del Círculo de Contribuyentes se traduce en respeto por esa pacífica burguesía local, a la cual bien podemos imaginar, por coincidencia literaria, con un oportuno sesgo galdosiano.

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Ermita de Santa Lucia

Junto a la Iglesia Catedral Magistral, se alza discretamente la Ermita de Santa Lucía, donde se reunió hasta 1515 el Concejo abierto, antecedente de lo que luego fue el Ayuntamiento y conmemorado por medio de dos escudos. Si bien este detalle es de importancia en lo que concierne a la historia de la sociedad alcalaína, permítasenos penetrar en el costado más legendario de la hagiografía para comentar algún episodio de la vida de la virgen y mártir Lucía. Con ello, ofreceremos un ejemplo de la exaltada religiosidad del pasado, propensa a cierto fantaseo simbólico que sirve aquí de contrapunto a los rigores del humanismo contrarreformista. Y es que la santa siciliana pereció durante la persecución del emperador Galerio, en torno al el año 304, víctima del crueldad del cónsul Pascasio. A juzgar por la rica tradición que rodea a esta figura, los tormentos a que fue sometida fueron recogidos con toda diligencia y pronto se extendieron por la cristiandad. Dice Santiago de la Vorágine:

«El Espíritu Santo fijó al suelo los pies de la doncella de tal modo que cuanto empeño pusieron por removerla del sitio en que se encontraba resultó vano. En vista de ello, ordenó Pascasio que la ataran con cuerdas y que tiraran de ella hasta mil hombres al mismo tiempo; mas tampoco éstos consiguieron desplazarla del lugar que ocupaba. Tras este fracasado intento, los mil hombres fueron sustituidos por mil parejas de bueyes; los animales, aguijoneados, hicieron denodados esfuerzos tirando de la joven, pero ésta permaneció donde estaba. Entonces recurrieron a unos magos, para ver si con sus encantamientos eran capaces de movilizarla. Este procedimiento no surtió efecto alguno. (...) Pascasio, desesperado, ordenó que embadurnaran el cuerpo de la doncella con pez y resina, que acumularan montones de leña en su derredor y que prendieran fuego a la enorme hoguera, para que la joven pereciera abrasada. Ardió la leña, consumióse toda ella, pero no se consumió ni ardió Lucía (...) Después de que los ministros se llevaran al cónsul [acusado de saquear la provincia], todavía quedó Lucía viva e inmóvil en el sitio donde tanto la habían atormentado, hasta que acudieron unos sacerdotes que le dieron en comunión el Cuerpo de Cristo y, en cuanto hubo comulgado, entregó su espíritu a Dios».

(La leyenda dorada, traducción del latín de Fray José Manuel Macías,
tomo I, Madrid, Alianza Editorial, 1982, pp. 45-46).

Probablemente algún estudioso de estos contenidos pueda contradecir el detalle relacionado con la advocación de la ermita —pedimos disculpas si en ello hay descuido o desacierto—, e incluso pueda explicar con mejor criterio las metáforas del asunto.
No obstante, es también posible que el aficionado a las curiosidades agradezca este pequeño desvío, pues ahonda en un muy divulgado interés por el acervo literario medieval.

Así, pues, tras la digresión, volvemos a la certeza arquitectónica, menos proclive al estraperlo de leyendas. Aunque la antigua fábrica correspondía en sus trazas al estilo románico-mudéjar, ésta dejó su espacio a una nueva edificación, llevada a cabo durante el siglo XVII de acuerdo con las típicas directrices del barroco complutense. De la ermita, construida con humilde ladrillo, daremos noticia de su sobriedad. A modo de remate de la portada, una hornacina con frontón triangular alberga la figura de Santa Lucía, cuya mirada parece perderse en el infinito. La iglesia, de una sola nave, sigue en su disposición y ornamento las mismas premisas de simplicidad y mesura.

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Palacio Arzobispal

El famoso polígrafo Benito Arias Montano, doctor en lenguas semíticas, consejero de Felipe II, bibliotecario mayor en la Real Biblioteca del Escorial y laureado en la Universidad alcalaína, escribió unos versos que bien pueden servir de inspiración a quien visite el Palacio Arzobispal: «Tanto nombre mi lengua, y mi sentido / Con nueva voz celebre, y nuevo aliento, / Y en la tierra, y el mar sea aplaudido / Por los nuestros, y extraños; pues sin cuento / En sí virtud encierra y don subido; / Y es del hombre salud, vida y contento, / Porque al mundo entre vicios sepultado / Levanta a nuevo ser, y nuevo estado» («Voto de Arias Montano a Cristo», Humanae Salutis Monumenta. Monumentos de la salud del hombre desde la caída de Adán hasta el Juicio Final, versión de Benito Feliú de San Pedro, Madrid, Editorial Swan, 1984, pp. 317-318). Discúlpesenos este comienzo tan hermético, pero la edificación aquí comentada merece un ánimo semejante, proclive al recogimiento y al misterio.

¿Cuál es el motivo de ese afán evocador? Bien sencillo. En agosto de 1939 un incendio destruyó la práctica totalidad del palacio. Con ello, se perdió también la documentación del Archivo Central del Reino, así como una colección artística de incalculable valor. Tan sólo han llegado hasta nuestros días las fachadas norte y este, testimoniando en su firmeza pasadas glorias: desde los nacimientos de la hija menor de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón, y del emperador Fernando I, hijo de Juana la Loca, hasta la firma del Tratado de Alcalá y la primera entrevista entre Sus Majestades Católicas y el descubridor de América, Cristóbal Colón.

La historia de este bellísimo conjunto arquitectónico reúne a muchos de los artistas y personajes influyentes de la villa. El arzobispo don Ximénez de Rada ordenó en 1209 el comienzo de los trabajos de construcción. Diseñado a la manera de una fortaleza mudéjar, perdió esas trazas a causa de un incendio. La reconstrucción gestionada por el arzobispo don Pedro Tenorio fortificó los viejos muros y dispuso la realización de un amplio patio de armas de planta rectangular, custodiado por una muralla dilatada por veintiún torreones defensivos. Aún se conserva el llamado Torreón de Tenorio, que nos recuerda la figura del Prelado español, arcediano de Zaragoza, obispo de Coimbra y arzobispo de Toledo. El cisma de 1378 entre los papas Urbano VI y Clemente VII lo llevó a organizar un concilio en Alcalá, para decidir una opción española al respecto. Curiosamente, el primer concilio provincial se había llevado a cabo en este mismo lugar, el 11 de diciembre de 1325.

En el siglo XV, don Juan Martínez Contreras elaboró los planes de ampliación que dieron lugar al costado oriental, el antesalón y el salón de concilios, hoy desaparecido. Por encargo del arzobispo don Alonso de Fonseca, Alonso de Covarrubias inició en 1524 la edificación del ala occidental. Covarrubias había nacido en la localidad toledana de Torrijos en 1488, y murió el 11 de mayo de 1570 en Toledo. En 1534 fue nombrado Maestro mayor de la Catedral y Diócesis de Toledo. Con esta responsabilidad sobre sus espaldas, proyectó en 1535 la fachada, las dos galerías del patio central, las escaleras y los jardines del Palacio alcalaíno. Sin duda, aquella fachada destacaba por sus dos pisos de ventanas —las inferiores adinteladas y las superiores de medio punto—, dispuestos con maestría. Al suceder a Fonseca el cardenal Tavera, los trabajos que aún no habían sido concluidos se llevaron a buen fin.
Una de las cuestiones que más llama la atención es el rico ornamento de cada uno de los rincones palaciegos. El Patio de Fonseca o de Covarrubias, de planta rectangular, ofrecía ejemplos hermosísimos de filigrana plateresca. Con idéntico propósito decorativo, la escalera lucía almohadillado con bajorrelieves. Al Patio de la Fuente lo circundaban tres crujías. Por el contrario, el Patio del Aleluya contaba con una sola crujía, y ese tránsito quedaba resuelto mediante una serie de arcos platerescos. Igualmente bellos eran la Fachada del Ave María, diseñada según las directrices del estilo herreriano, y el jardín del Vicario. Tan admirable composición, por desgracia, sólo admite un recorrido virtual, fruto de añejos documentos.

Desde que la guerra civil acabó con buena parte del conjunto, la fachada principal, de estilo renacentista, aún invita a soñar con una restauración que vuelva a dar forma a los tesoros perdidos. Afortunadamente, desde que en 1991 Alcalá recuperó su obispado, el Palacio comenzó a ser objeto de muy atinadas reformas.

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Puerta de Alcalá

La Puerta de Alcalá es un monumento que se halla en la plaza de la Independencia de Madrid (España), en pleno centro de la ciudad, a dos pasos de la entrada principal a los jardines del Retiro. Atraviesa la plaza la calle de Alcalá y de ella nacen las calles de Alfonso XII, Serrano y Olózaga. Su nombre proviene de la anterior salida de Madrid hacia Alcalá de Henares.

Vista nocturnaLa Puerta de Alcalá fue mandada construir por el rey Carlos III, con el fin de sustituir a otra que había anteriormente en estado ruinoso, formada por dos torrecillas. El ingeniero arquitecto que la construyó fue Sabatini.

La obra se inauguró en 1778, no como monumento, sino como auténtica puerta, en sustitución de la otra nombrada anteriormente. A un lado y a otro seguía existiendo la cerca que protegía la ciudad por el este y que seguiría en pie hasta 1869, año en que se remodeló la actual plaza llamada "Plaza de la Independencia".

Consta de 5 vanos, 3 con arco de medio punto y 2 con arco adintelado. En cada uno de los vanos había una reja (verdaderas puertas), que se cerraban todos los días al atardecer. En el centro, en el ático, hay una lápida que dice en latín: Carlos III. Año 1778. Un poco más arriba puede verse el escudo de armas sostenido por la Fama y un genio. Está construida en piedra caliza de Colmenar (Madrid) sobre un fondo de piedra berroqueña.

Fuente de algunos de estos artículos: Wikipedia.com  / CVC.cervantes.es  / Madridpedia

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