El español en el mundo

   

 

 

 

La literatura es el arte de la palabra.
Manuel Gayol Fernández

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Ante la poesía, tanto da temblar como comprender.
Baldomero Fernández Moreno

 

EL ESPAÑOL EN LA FLORIDA: LOS CUBANOS DE MIAMI

Introducción - H. López Morales

Muchos son ya los investigadores que en los últimos lustros se han encargado de estudiar desde diversas perspectivas el «fenómeno hispano» en Estados Unidos y, consecuentemente, la situación lingüística de los inmigrantes que constituyen esos núcleos demográficos. Morales (1999), en un reciente y muy documentado análisis del estado de la cuestión, ha trazado un perfil exacto de la situación general.

No es nueva en la bibliografía especializada la afirmación de que los únicos lazos de unión que pueden observarse entre los diferentes grupos de inmigrados hispánicos están en la lengua —aunque se trate de diferentes variedades dialectales del español— y, si bien en menor grado, en la religión católica. Esta circunstancia hace muy recomendable que, además de los siempre útiles trabajos de conjunto, otros exámenes se centren monográficamente en determinadas entidades democulturales, o incluso en aspectos muy concretos de ellas, en especial, los lingüísticos. Estos estudios aparecen hoy cada vez con mayor frecuencia, por lo que van siendo abundantes los datos, análisis y predicciones de que disponemos. El propósito de estas páginas no es otro que ofrecer una detallada síntesis de uno de los componentes de mayor interés en todo este amplio proceso que ha llegado a convertir a Estados Unidos en el cuarto país hispanohablante del mundo, solo superado, en cuanto al número de usuarios del español, por México, España y Argentina.

Aunque la diáspora cubana ha llevado a esos hombres y mujeres a lugares muy diversos y distantes, un 85 % de ellos —algo más de un millón— ha terminado por radicarse en suelo estadounidense, donde constituyen un 4,7 % del total de la población de ese país.2 Es verdad que, a veces en proporciones muy modestas, podían y pueden encontrarse cubanos en casi todos los estados de la Unión, pero también lo es el hecho de que la gran mayoría haya decidido vivir en el Gran Miami, bien en el mismo corazón de la ciudad, bien en zonas periféricas. La preferencia por Miami es cada vez más explicable: la cercanía geográfica a las costas cubanas, la semejanza climatológica y, sobre todo, la creciente «atmósfera» cubana que domina este enclave,3 y en la que ocupa un lugar destacado el manejo asiduo del español en la vida pública, que han dado a esta ciudad, desde el principio de las inmigraciones, una cohesión sociocultural única entre los núcleos hispánicos de Estados Unidos: Miami es la «capital del exilio» y su meca, la ciudad «cubana» de mayor población, inmediatamente después de La Habana.

Aunque en esta ciudad floridana conviven inmigrantes procedentes de otros países de habla española, en su mayoría centroamericanos y caribeños, los cubanos constituyen hoy algo más de un 70 % de los hispanohablantes de la ciudad; aun en el condado de Dade, extenso territorio en el que está enclavado Miami, la población cubana es de un 30 %, cifras que por fuerza acarrean influencias culturales y económicas de gran peso.

En 1961, el recién fundado Cuban Refugee Program, deseando aliviar las «presiones» generadas por el gran número de cubanos en Miami, y en el sur de la Florida en general, diseñó y ejecutó un amplio plan de relocalizaciones. Entre febrero de ese mismo año y agosto de 1978, 300.232 personas fueron trasladadas a diferentes estados, principalmente a Nueva York, Nueva Jersey, California e Illinois. El Programa obtuvo un éxito sobresaliente en aquel momento, pues logró alejar del enclave miamense a un 64 % de todos los cubanos llegados en esa época.5 Pero a partir de 1972 comenzó a producirse un fuerte proceso de retorno. El abandono de aquellas residencias —convertidas de facto en provisionales— logró que en 1980, el porcentaje de cubanos que vivía en la zona subiera de un 48 a un 52% (Pérez, 1985: 30).

La concentración cubana en el sur de la Florida aumentó en 1980 con la llegada de los marielitos, la mayoría de los cuales permaneció en Miami. La década siguiente ha hecho crecer aún más estas proporciones, gracias a la llegada de nuevos inmigrantes, los balseros, y a los jubilados, que tras años de trabajo en otros lugares del país, regresaban a la «meca». En 1990, Miami era ya la tercera gran concentración de hispanos de Estados Unidos, solo superada por Los Ángeles y Nueva York, cuyos primeros asentamientos databan de mucho tiempo atrás. Miami es hoy la primera zona metropolitana de Estados Unidos de más de dos millones de habitantes con una mayoría hispana (Wallace, 1991: 1A).

Esta importante concentración marca una diferencia radical con respecto a mexicanos y puertorriqueños, los grupos más populosos de inmigrantes hispanos en Estados Unidos, que, por el contrario, han venido dispersándose cada vez más de sus lugares de origen.

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MIAMI, EL GRAN COMPLEJO DEMOSOCIAL

La población cubana del Gran Miami es hoy un abigarrado conglomerado de gentes procedentes de zonas urbanas y de campesinos y pescadores, de blancos, negros y mulatos, de pobres, clase media y millonarios, de profesionales altamente especializados, de grandes empresarios y de trabajadores de todo tipo, incluyendo los de categoría más modesta, de individuos con escasa instrucción y de otros con títulos universitarios superiores. Todo ello es el resultado de cuarenta años de olas inmigratorias, cada una de ellas, en términos generales, con unas características específicas. Estamos, pues, ante una especie de gran palimpsesto demosocial situado al otro lado del estrecho de la Florida, a unos 166 kilómetros de La Habana.

La emigración siguió un claro patrón social: los primeros en salir eran los que tenían fuertes lazos con el gobierno derrocado, y los pertenecientes a la clase alta; siguieron después los de las clases medias: hombres de negocios, ejecutivos y profesionales, principalmente médicos, abogados, ingenieros y maestros. Tan temprano como en 1962 le tocó el turno a la clase trabajadora: oficinistas, empleados de fábricas, artesanos y obreros con especialización y sin ella.

2.1. De 1959 a 1962: el «exilio dorado»

Un total aproximado de 248.070 cubanos entraron en Estados Unidos entre los últimos días de 1958 y octubre de 1962, cuando se suspenden los vuelos regulares entre La Habana y Miami, a causa de la llamada «Crisis de los misiles».6 Se trataba de gentes procedentes de la capital o de otras grandes ciudades, con un alto grado de escolarización, y que habían venido desempeñando profesiones bien remuneradas. El grupo estaba lejos de ser homogéneo, pues aunque las citadas eran las características más sobresalientes, no dejaban de encontrarse en él pescadores, campesinos, conductores de camiones, mecánicos y vendedores, es decir, representantes de todo el espectro laboral. Entre los que llegaron entonces, figuraban 14.000 niños sin sus padres y sin familia alguna.

En efecto, un elevado 62 % de estos refugiados procedía de La Habana; un 25 %, de otra ciudad grande (de más de 50.000 habitantes); un 11 %, de pueblos (entre 50.000 y 250 habitantes); y solo un 2 %, del «campo» (localidades de menos de 250 habitantes).7 Al comparar estos porcentajes con los de los lugares de residencia que muestra el censo de población cubano de 1953 (N = 5.829.000) se observan grandes desigualdades. Aquí, la cifra mayor, un 43 %, es la de los habitantes de zonas rurales, y le sigue, con un 26 %, la población que habitaba en pueblos o en pequeñas ciudades. Los residentes habaneros aparecen con un 21 %, y los de otras ciudades de importancia, con un 10 %.

Además del carácter eminentemente urbano de estos refugiados, hay que destacar también la abundancia de profesionales de alto nivel y de educación avanzada (Cuadro 1).
Mientras que la fuerza laboral de la Cuba de 1953 descansaba en los renglones más bajos, esta muestra de refugiados cubanos habla de la existencia de grupos mucho más nutridos en los niveles altos. Los profesionales y semiprofesionales, por ejemplo, están superrepresentados por un factor superior a 5, y en cambio, las personas dedicadas a la agricultura y a la pesca, están infrarrepresentadas por un factor cercano a 14.

Esto explica sobradamente el paralelismo que se observa entre estos datos y los relativos a la educación. En este primer grupo de exiliados (N = 1.085),9 un escaso 4 % no ha completado sus estudios primarios, un 60 % tiene años de bachillerato, un alto 23,5 % ha llegado a la universidad, y un 12,5 posee alguna diplomatura o licenciatura. El contraste con la realidad cubana de principios de la década de 1950 es notable. Según los datos del Censo (N = 2.633.000), un 1 % de la población adulta disponía de un título superior, y apenas un 3 % había cursado años de universidad, mientras que un 44 % se encontraba entre la primaria y el bachillerato, y un altísimo 52 % no había logrado terminar los estudios de la primera etapa.

Los contrastes entre los exiliados de esta primera ola y la comunidad de origen se hacen también patentes al examinar el factor ingresos; los sujetos entrevistados (N = 199) informaron de haber recibido durante 1958 los sueldos expuestos en el gráfico 2.

El análisis llevado a cabo por Fagen, Brody y O’Leary (1978: 20-21) indica que menos de un 23 % ganó sueldos inferiores a los 2.000 pesos; un 56 %, obtuvo entre 2.000 y 8.000, y un 21 %, recibió más de 8.000. La media de ingresos fue de 5.960 pesos. Para 1957, la renta per cápita en Cuba fue de 431 pesos, pero teniendo en cuenta que entonces solo uno de cada tres adultos estaba empleado, el producto nacional bruto de cada trabajador era de 1.293 (Russett y otros, 1964).Se supone que si los cubanos llegados a Miami ofrecieran un paralelo con la situación cubana general, su media de ingresos debería haber estado por debajo de esta cifra, pues los sueldos constituyen solo uno de los componentes del producto nacional bruto; en cambio, la media de aquellos recién exiliados multiplica los 1.293 pesos por un factor superior a 4. Un estudio monográfico sobre este asunto (Álvarez Díaz y otros, 1963) pone de manifiesto que en 1958, un 60,5 % de los hombres empleados ganaba menos de 900 pesos al año. En cambio, obsérvese que en la muestra miamense de cabezas de familia, solo un 7 % tiene ingresos inferiores a los mil dólares.

Es de lamentar que no se tengan datos precisos sobre la composición racial de estos primeros exiliados, pero el Research Institute for Cuba and the Caribbean de la Universidad de Miami ha calculado que, aproximadamente, un 2 % de ellos eran negros y un 3,5, mestizos. Según el censo de 1953, el total de la población negra ascendía en Cuba a un 12,4 %, y la mulata, a un 14,5 (Center for Advanced International Studies, 1967). Estas cifras indican que el grueso de esta primera ola inmigratoria era preponderantemente blanca.

La mayoría de estos exiliados llegaba a Estados Unidos con la firme convicción de que allí estarían por breve tiempo, hasta el momento preciso en que una nueva situación política les permitiera la vuelta a la isla. Lejos de sus mentes, pues, el convertirse en «americanos» y comenzar una nueva vida: eran exiliados políticos, no inmigrantes.

La situación para ellos no fue fácil, pero tampoco demasiado difícil. Es verdad que los profesionales, excepción hecha de los maestros, como se verá, se enfrentaron a contratiempos muy duros al no poder dedicarse a sus respectivas profesiones: era necesario revalidar títulos, pero ello significaba presentarse a exámenes de gran complejidad en inglés, y pasarlos, por supuesto. Aun los que tenían un buen dominio de esa lengua se veían obligados a tomar cursos y seminarios para actualizarse en diversos temas y disciplinas. Los demás debían comenzar por adquirir la lengua. Entre tanto había que sobrevivir, de manera que empezaron a desempeñar trabajos de cualquier tipo: fregando platos, ayudando en las tareas más simples de la construcción, etc. No faltó tampoco la práctica ilegal de médicos y dentistas, que prestaban sus servicios a clientes también cubanos a precios muy módicos. Las mujeres, por su parte, se emplearon con mayor facilidad como costureras, cocineras, domésticas, camareras, cajeras, manicuras y oficios similares que no requirieran un aceptable manejo del inglés.

Al mismo tiempo, sin embargo, había aspectos positivos. Estados Unidos en general y Miami en particular eran lugares relativamente conocidos de antes: los viajes turísticos habían acercado a algunos a estas realidades; para otros, eran las producciones cinematográficas de Hollywood, la televisión, las revistas y otros medios de presentar la American way of life, muy frecuentes en la Cuba que acababan de dejar, los que se habían encargado de producir una cierta familiaridad con el nuevo entorno. Un número mucho más limitado había estudiado en escuelas y universidades norteamericanas y tenían por ello una idea más adecuada del país anfitrión. Aún menor era la cantidad de hombres de empresa que mantenían desde antes relaciones económicas con Estados Unidos.

Otro elemento altamente positivo fue la ayuda que recibieron del Estado, la más generosa de cuantas el país había brindado a inmigración alguna. Se les concedió un estatus especial, el de parole, que les permitió trabajar, aun sin ser residentes permanentes; se fundó el Cuban Refugee Program, dependiente del Department of Helth, Education and Welfare —trabajaba conjuntamente con los Departamentos de Estado, Trabajo, Defensa y Agricultura— que suministraba a los recién llegados pequeños cheques mensuales, servicios médicos, formación para nuevos empleos, cursos para adultos y productos alimenticios. El gobierno otorgó un fondo especial para que el distrito escolar del condado de Dade pudiese acoger a los más de 35.000 niños que para entonces (enero de 1961) asistían a sus escuelas públicas.

También llegó, y de manera igualmente generosa, la ayuda privada: se estableció el Centro Hispano Católico (1959) e inmediatamente después, el Catholic Relief Services, el Protestant Latin American Emergency Committee y la United HIAS (en cooperación con el Greater Miami Jewish Federation); todas estas instituciones, más algunas iglesias y sinagogas particulares, ofrecían desde información hasta asistencia económica en pequeña escala. Otra institución que se volcó con los cubanos fue la Cruz Roja. A la Iglesia Católica había que agradecerle, además, que recibiera en sus escuelas parroquiales a tres mil niños, a los que ayudaba con becas diocesanas (García, 1996: 18-24).

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2.2. De 1965 a 1973: los «Vuelos de la libertad»

En los tres años que mediaron entre la «Crisis de los misiles» y la inauguración de los llamados «Vuelos de la libertad», la emigración hacia la Florida fue menos abundante: entre el 22 de octubre de 1962 y el 28 de septiembre de 1965 entraron en Estados Unidos unos 56.000 cubanos más. El fin del contacto aéreo directo entre La Habana y Miami propiciaba casi en exclusiva la llegada a través de terceros países, principalmente México y España, o bien mediante vías clandestinas.

La mayoría de estos nuevos exiliados eran familiares de los que estaban establecidos o padres de los niños que habían sido enviados solos a suelo estadounidense. Cinco mil, casi todos prisioneros tras el frustrado episodio de bahía de Cochinos, llegaron en vuelos especiales organizados por la Cruz Roja, y unos cuatro mil, entre hombres, mujeres y niños, cruzaron el estrecho a bordo de una buena variedad de «objetos flotantes». Sus características sociales eran muy similares a las de los refugiados de la primera ola; ellos también recibieron la simpatía y la colaboración, tanto del gobierno como de instituciones privadas.

Pero, a pesar de las relocalizaciones, que llevaron a un buen número de inmigrantes lejos de Miami y sus alrededores, el aumento de la población que se produjo con esta nueva llegada, y los altos índices de desempleo —un 6 %— que sufría entonces la zona comenzaron a producir un cierto malestar entre grupos nativos: suponían que los cubanos, al aceptar retribuciones inferiores a las establecidas, estaban desplazando a los anfitriones de sus puestos de trabajo. Sin embargo, tanto Washington como el estado de la Florida se apresuraron, con estadísticas en la mano, a desmentir la suposición. El resumen que ofrece García (1966: 37) del resultado de los estudios llevados a cabo sobre el asunto deja en claro que los inmigrantes cubanos, no solo no estaban usurpando el sustento a los residentes nativos, sino que habían establecido muchos negocios que creaban nuevas posibilidades de empleo. Los informes también subrayaron otros hechos: el flujo de cubanos no tenía incidencia alguna en los índices de criminalidad de la zona; el turismo, a pesar de la delicada situación económica, había experimentado un notable avance, y no se habían creado barrios de chabolas, aunque el aumento demográfico había hecho difícil el tema de la vivienda, sino que, por el contrario, florecían las empresas de bienes raíces. Se insistía también en que los millones de dólares enviados al sistema escolar público del condado habían mejorado considerablemente las escuelas, pese al aumento de la población estudiantil, y como colofón, se explicaba que el dinero que Washington había enviado a la zona (para tener una idea aproximada: 70 millones de dólares, solo entre enero y mayo de 1963) había fortalecido la economía local, a despecho de la recesión que se sufría. Las cosas parecieron quedar en su sitio.

Del 30 de septiembre al 30 de noviembre de 1965 es el puente marítimo, que tuvo por base a Camarioca, pequeño pueblo pesquero de la costa norte de Matanzas, creado gracias a presiones internas. Se logró así que los cubanos de Miami pudiesen llevar consigo a 2.866 familiares en los más de 150 botes que lograron atravesar el estrecho en sus viajes de regreso. Según Portes, Clark y Manning (1985: 42), un 80,1 % de estos emigrados salían de Cuba por razones políticas, un 12,3 % perseguía la reunificación familiar, un 3,7 % huía por imperativos económicos, y el restante 3,9% había sido expulsado por las autoridades del país. A pesar del alto porcentaje de individuos que escapaban debido a una frontal discrepancia con el gobierno isleño, a los de este grupo no les fue concedida automáticamente la condición de refugiados, ni recibirían, por lo tanto, los beneficios que tal estatus llevaba aparejados. Los casos, previa solicitud, deberían ser estudiados uno a uno, ya que el procedimiento de entrada era completamente irregular.
El fugaz episodio de Camarioca se cerró con algunas tristezas: los varios naufragios que se sucedieron por lo inadecuadas de ciertas embarcaciones y el sobrepeso. Estas muertes, las primeras de una larga historia, produjeron, al menos, una feliz decisión: la firma de un Memorandum of understanding entre Cuba y Estados Unidos, por el cual se iniciaron los llamados «Vuelos de la libertad». Inaugurados el 1 de diciembre de 1965, duraron ocho años; en los dos aviones que a diario despegaban del aeropuerto de Varadero salieron del país otras 297.318 personas (Clark, 1977: 75).

La prioridad para obtener asiento en estos vuelos era para los parientes de quienes ya vivían en Estados Unidos, aunque las autoridades cubanas no permitieron la salida de presos políticos, de jóvenes en edad militar (entre los quince y los veintiséis años) ni de aquellos profesionales o técnicos que fueran necesarios para la producción económica de la isla. Una condición esencial era que el destino final no fuera Miami ni su entorno, y efectivamente, más de la mitad de estos inmigrantes fundaron sus hogares en diversos estados de la Unión. Mientras esto ocurría permanecían en unas barracas prefabricadas que albergaban a unos cuatrocientos individuos, levantadas junto al aeropuerto internacional miamense; pronto fueron bautizadas la Casa de la libertad. Mientras esperaban la salida para sus destinos recibieron, además de la ayuda oficial, la de firmas comerciales y la de las iglesias.

Las características sociales de los llegados anteriormente comenzaron a cambiar con los nuevos exiliados. Solo un 12 % eran profesionales o administrativos, mientras que un alto 57 % eran oficinistas, empleados múltiples y trabajadores agrarios. Como resultado de las restricciones impuestas por Cuba, las mujeres y los viejos constituían mayoría. La novedad era, sin duda, la importante representación de la comunidad china y de la judía —procedente esta última de países centroeuropeos—, asentadas en Cuba durante largos años. Los primeros, dueños de pequeños negocios (puestos de fruta, restaurantes y lavanderías), los segundos, enfrascados en actividades comerciales de más vuelo. La comunidad negra, sin embargo, seguía con una representación mínima.

A la terminación de estos vuelos, la población cubana del exilio era ya muy heterogénea, con representantes de todas las clases sociales, todas las profesiones y oficios, varios grupos étnicos y religiosos, y aunque seguían primando los de la provincia de la Habana, había nutrida representación de las demás. García (1966: 44) subraya el hecho de que, junto a esta variedad, también existían en el exilio diferencias políticas que cubrían un amplio espectro ideológico.

Los «Vuelos de la libertad» hicieron renacer entre los residentes anglos de Miami un gran malestar; en periódicos y en cartas enviadas a la Casa Blanca volvían a esgrimirse los argumentos de antaño, a los que se añadían ahora el descontento con las ayudas entregadas a los exiliados, superiores a las de los anglos pobres, negros especialmente, ciudadanos de Estados Unidos. No obstante, las autoridades federales, estatales y locales continuaban manteniendo sus programas de cooperación y, además, crearon otros nuevos, entre los que figuraban los de educación bilingüe para integrar a los estudiantes cubanos y cursos de formación para adultos, con los que poder conseguir empleo. De todos, el proyecto estrella fue, sin duda, el llamado «Aprende y supérate», concebido especialmente para mujeres sin familia: clases intensivas de inglés y diversos cursos de formación profesional (costura, manejo de equipos de oficina, secretariado, enfermería, etc.). La asistencia a estos programas era obligatoria; se requería que las participantes estuvieran dispuestas a abandonar Miami, en caso de que no hubiese trabajos disponibles en la ciudad. Muchas de ellas no tuvieron que ausentarse.


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2.3. 1980: el éxodo de Mariel

Aunque entre octubre de 1978 y abril de 1980 el gobierno cubano permitió la salida de unos catorce mil presos políticos y sus familiares, fue necesario esperar unos meses más para que la emigración pudiera protagonizar otro capítulo de gran alcance: el episodio de Mariel. La antesala de esta experiencia fue, en marzo de ese mismo año de 1980, la violenta entrada (empotrando sus automóviles contra las verjas) de un grupo de cubanos en la Embajada del Perú en La Habana, solicitando asilo político. Cuando el gobierno permitió su salida, un aluvión de más de diez mil personas entraron en la sede diplomática para solicitar visados. Ante este sonadísimo hecho, las autoridades cubanas informaron de que permitirían la salida a todos los que la desearan. Así nació Mariel.

Pese a que la guardia costera estadounidense realizó 988 operaciones de rescate, que salvaron la vida a miles de pasajeros, 25 de las más frágiles embarcaciones zozobraron en el estrecho. La historia volvía a repetirse: al conocerse la noticia, los cubanos de Miami zarparon hacia el puerto de Mariel en cualquier cosa que pudiera navegar con tal de recoger a su familia, e incluso a desconocidos que estuvieran deseosos de marchar de la isla. Las penalidades y los infortunios de estos viajes, algunos escalofriantes, han sido descritos con pormenor por algunos de sus protagonistas, entre ellos Reinaldo Arenas en su obra Necesidad de libertad.

Cayo Hueso, el primer puerto de llegada a la Florida, improvisó oficinas para inscribir a los recién llegados, someterlos a exámenes médicos, fotografiarlos, tomar sus huellas dactilares y llenar los largos cuestionarios preparados al efecto. Pero pronto estas instalaciones fueron insuficientes y se crearon otras dos, una en el parque Tamiami y otra en las barracas de Opa-Locka. Los centros de procesamiento que proseguían con los trámites trabajaban día y noche, y clasificaban a los inmigrantes en dos grandes grupos: los que se reunirían con sus familiares y aquellos que debían ser reclamados por un patrocinador (individual o institucional). Estos, que tenían que esperar algo más de tiempo, fueron instalados en una gran variedad de lugares disponibles: iglesias, gimnasios, estadios, hoteles... y hasta en tiendas de campaña, levantadas debajo de los puentes de las autopistas.

En poco más de cinco meses habían salido de la isla 124.776 personas (Bowen, 1980), entre las cuales el gobierno insular tuvo cuidado de incluir —sin que Estados Unidos tuviese ningún control sobre ello— un número de indeseables sociales, desde ladrones y asesinos hasta prostitutas, más un grupo menor de enfermos y deficientes mentales y de gentes con algún tipo de invalidez.10 Se comprende que esta circunstancia, estupendamente magnificada por los medios de comunicación estadounidenses e internacionales, terminara con el estatuto de refugiados (a pesar de que muchísimos declararan que salían del país por causas políticas), que se concedía a la mayoría de los cubanos, anulando, a manera de excepción, todas las restricciones aplicadas a las demás nacionalidades: en su defecto, fueron considerados entrants, término novedoso y ambiguo al mismo tiempo, hasta que pudiesen alcanzar un estatus más permanente, si es que acaso podían lograrlo. Se comprende que la opinión pública reaccionara en términos muy negativos y que también fuera desfavorable el recibimiento dado por los inmigrantes cubanos de antes, que veían peligrar la buena imagen que tanto les había costado construir. Algunos confesaban que se sentían más discriminados por sus propios compatriotas que por los «americanos». No puede olvidarse que la impresión de ver a miles de estos cubanos deambulando por las calles sin hogar y sin trabajo era desalentadora, pero mucho más lo fue el hecho de que en ese mismo año de 1980, los latrocinios y los crímenes cometidos por algunos marielitos alcanzaran cotas alarmantes. No eran pocos los que se preguntaban si aquellas gentes, nacidas y criadas bajo otro sistema, serían capaces de adaptarse a un régimen democrático.

Cuando terminaron las investigaciones, estas arrojaron un primer saldo de 1.500 individuos subnormales o con problemas mentales; 1.600 alcohólicos, adictos a drogas, tuberculosos o con trastornos cardiovasculares, y 4 leprosos; pero lo más asombroso de todo era que 26.000 poseían expedientes carcelarios (García, 1996: 64). Todos ellos fueron internados en campamentos especiales, mientras se determinaba si se trataba realmente de criminales. Muchos fueron puestos en libertad, al comprobarse que su estancia en las cárceles cubanas obedecía a motivos políticos o a pequeños delitos, pero 1.769 —un 1,4 % del total— fueron enviados a cárceles federales. Por último, se decidió, sin demasiado éxito, devolver a Cuba a algo menos de mil delincuentes (Hoobler, 1996).

Un 73 % de los que integraban el grupo de los marielitos logró quedarse en la Florida, y de ellos, un 75 % consiguió trabajos y fundó hogares en la zona metropolitana de Miami, llevando una vida completamente normal, que en nada se diferenciaba de la de los llegados con anterioridad. Cuando todo quedó esclarecido, el antiguo exilio extendió su mano.

En ciertos aspectos, este grupo mostraba diferencias importantes: un 70 % eran hombres jóvenes, de una media de treinta años, procedentes de muy diferentes zonas de la isla, entre los que se encontraba una gran proporción —cerca de un 40 %— de negros y mulatos. Sus índices de educación eran ligeramente más altos que los de los cubanos llegados a través de los «Vuelos de la libertad», pero su perfil laboral era paralelo a los de la clase trabajadora de aquellos: obreros manuales, empleados de fábrica, trabajadores profesionales y técnicos.


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2.4. La década de 1990: los «balseros»

La emigración permitida tuvo su último capítulo hasta la fecha en 1987. Un acuerdo especial entre Cuba y Estados Unidos, firmado en 1984, posibilitó entonces que otros 20.000 cubanos al año pudieran abandonar la isla y a cambio, el gobierno insular se comprometía a aceptar 2.746 marielitos indeseables. Se dio prioridad a aquellos que reunían los requisitos para recibir asilo, la mayoría de ellos presos políticos y sus familiares. No llegó a salir el número pactado, ya que en mayo de 1985 Cuba suspendió el acuerdo como medida de protesta por la fundación de Radio Martí. Para entonces habían sido repatriados solo 201 marielitos. Entre 1988 y 1993, otros tres o cuatro mil individuos lograron alcanzar la Florida a través de vuelos regulares. El resto de la historia pertenece al trágico capítulo de los «balseros».

Durante estos años, con muy pocas excepciones, el único puente disponible hacia la Florida era el extremadamente frágil y peligroso construido por los balseros: 125.000 personas han logrado sobrevivir al fatídico viaje. Solo en 1994, clímax de esta arriesgada operación, huyeron unos treinta mil individuos entre hombres, mujeres, niños y ancianos, como todos los demás, a través de unas balsas de manufactura casera, algunas de las cuales llegaron a flotar por puro milagro. No todos llegaron directamente a la Florida; un nutrido grupo de ellos fueron llevados a la base norteamericana de Guantánamo, en el oriente de la isla, y allí permanecieron a la espera de que pudiesen ser acomodados en terceros países o de que Cuba permitiera su regreso. Poco tiempo después se instalaban todos en Estados Unidos.

Este último éxodo está integrado por individuos de todas las características sociales, pero predominan los obreros de las ciudades, los jóvenes profesionales y los trabajadores agrarios, la mayor parte de ellos, nacidos tras el triunfo de la revolución. Los balseros llegados después de 1994 tienen estatus de «inmigrantes ilegales», por lo que se enfrentan a la posibilidad de ser devueltos al país de origen, como cualquier otro inmigrante de igual condición.11 Entre tanto se regulariza su situación, permanecen en campamentos de refugiados, bien «protegidos» por cercas de alambres de púas. La situación se ha ido normalizando. Hoy, la inmigración cubana de Miami ha llegado a constituir un núcleo amplio y muy heterogéneo, y si en un principio esta población discrepaba significativamente de la composición social de la de la isla, en la actualidad los paralelos son casi perfectos.

HACIA EL PODER ECONÓMICO Y POLÍTICO

Durante mucho tiempo se ha venido describiendo la inmigración cubana al sur de la Florida con tintas muy extremas e irreales, sobre todo cuando se la compara con otras, concretamente con la mexicana y, en menor proporción, con la puertorriqueña.

De la cubana se ha dicho que no es una inmigración impulsada por factores económicos sino políticos, y que está integrada por una elite profesional y culta. La primera de estas premisas dio lugar a una política de recepción de brazos abiertos y de ayudas de todo tipo, como pruebas de la admiración de los anfitriones por quienes abandonaban una vida de bienestar por rechazar principios políticos inadmisibles para la democracia. Estas ventajas, unidas a la formación alta, moderna y especializada de los inmigrantes, fueron responsables de su éxito económico inmediato.

Tal concepción fue sin duda inspirada por la situación reinante hasta mediados de la década de 1970, cuando todavía era posible hablar, aunque con las precisiones de rigor, de un «exilio dorado». A partir de estos años, y aun de antes, aunque en proporciones más modestas, las cosas empezaron a cambiar. A medida que aumentaban los índices de depauperación de la isla, proceso galopante bien estudiado, no eran únicamente motivos políticos, sino también económicos (a veces, fundamentalmente económicos) los que impulsaban a los cubanos al éxodo. El perfil de los inmigrantes más recientes se acercaba al de los demás hispanos.

Es verdad que, a pesar de ciertas inyecciones desestabilizadoras, como la llegada de los marielitos, la economía cubana de Miami se mantuvo en alza. Pero ello fue debido a factores muy específicos que solo en cierta medida estaban influidos por las primeras etapas. Al margen del aprovechamiento de las viejas ventajas adquiridas en la época dorada, que permitía la obtención intragrupal de empleo, el lento y trabajoso éxito se debió a varios factores: la estructura familiar trigeneracional, el control de la natalidad, la incorporación masiva de la mujer a la fuerza laboral, y el aprovechamiento de las oportunidades brindadas para reincorporarse a la vida profesional y para la fundación de negocios.

La presencia de los abuelos en los núcleos familiares, que aparte de colaborar con sus cheques de asistencia social, se dedicaban al cuidado de los niños y a las tareas domésticas, permitía a la mujer entrar de lleno en el mundo del empleo, a veces hombro con hombro con sus maridos, lo que posibilitó, en el más modesto de los casos, redondear la economía del hogar, esto sin contar con firmas comerciales familiares, en las que la mujer desempeñaba con frecuencia el papel protagonista.12

Los profesionales fundaron firmas de trabajo y consultoría, las más notables, las clínicas médicas y odontológicas, muchas de las cuales recordaban las estructuras que las sostenían en Cuba. Los que se dedicaron a los negocios pudieron adquirir préstamos de pequeños bancos de dueños cubanos o hispanos, apoyados principalmente en una firme historia empresarial de los tiempos de Cuba. En general, se fundaron empresas modestas: restaurantes, tiendas de comestibles, estaciones de gasolina, farmacias, estudios fotográficos, tiendas y bares, y no tan modestas: tiendas por departamentos, fábricas, cines y salas de fiesta. En ambos extremos de este espectro estaban los vendedores callejeros —guarapo, jugo de caña y granizados— y los muy ricos, que entraron directamente en las industrias bancaria y bursátil, y en otras grandes empresas.

Muy importante dentro del mundo del empleo ha sido la presencia de las estrechas redes sociales que los cubanos han ido construyendo y fortaleciendo en Miami a lo largo de estas últimas décadas. En contraste con otros inmigrantes que tienen ante sí fundamentalmente un mercado de trabajo abierto en sectores periféricos de la economía, los cubanos encontraron trabajo con facilidad en los negocios, también cubanos, cuyos dueños o administradores habían llegado de la isla en situación parecida a la de ellos, solo que antes. Puede que en estos casos, la compensación económica que recibían por su labor no haya sido muy alta, al menos en los inicios, pero esto quedaba compensado por el hecho de que, gracias a los lazos étnicos existentes, el proceso de aprendizaje de nuevas destrezas se hizo mucho más fácil, a la par que se borraban o difuminaban las rígidas estructuras jerárquicas en los puestos de trabajo.

Los negocios propiedad de hispanos —cubanos en una gran proporción— se han multiplicado casi por ocho en quince años: de 3.447 en 1969 a 24.898 en 1982 (Cuban American Policy Center, 1988), y estos no están circunscritos a los típicos «negocitos» étnicos, sino que muchos constituyen hoy, después de muchos años de trabajo, grandes empresas de manufactura, construcción, seguros, bienes raíces, banca, publicidad y exportación-importación (Portes y Bach, 1985). Consecuencia de ello es que el Gran Miami sea una de las zonas de los Estados Unidos que más ha crecido económicamente, y con mayor rapidez.

Todo esto ha dado por resultado que la posición económica de los cubanos sea la mejor de entre los grupos de inmigrantes hispanos: la media de ingresos familiares (Gráfico 3), que está a punto de alcanzar los 50.000 dólares anuales, por una parte, y los 2,5 miles de millones que estos pagan al año en impuestos en el condado de Dade, por otra, así lo demuestran.13

Aunque otros éxitos económicos no son atribuibles a los cubanos en exclusiva, no cabe duda de que, constituyendo ellos la amplia mayoría de los hispanos del lugar, tienen una buena parte de la responsabilidad: Miami es la zona metropolitana de Estados Unidos con el más alto índice per cápita de negocios hispanos (O’Hare, 1987: 33); a partir de 1980, trece grandes bancos y más de cien corporaciones nacionales y multinacionales abrieron sucursales en la ciudad; para ese mismo año, el puerto de Miami había desplazado al de Nueva Orleans en el comercio con Hispanoamérica; por esas fechas, el tránsito de pasajeros aumentó en un cien por cien en el aeropuerto internacional de Miami, y las cargas, en un 250 %, cifras que lo han convertido en el noveno aeropuerto del mundo; las importaciones y las exportaciones han crecido en un 150 %. Añádase, como colofón a este pequeño muestrario, que el Senado de Estados Unidos acaba de votar por unanimidad que sea Miami, desbancando a Chicago y a San Antonio, la futura sede del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). La ciudad misma ha experimentado en su urbanismo y sus servicios públicos un cambio sin precedentes.

Junto al poder económico se desarrolló el político. Aunque los cubanos no se consideraban a sí mismos inmigrantes, sino refugiados políticos, pronto se dieron cuenta de que nunca ejercerían una verdadera influencia política si no disponían de un arma importante: el voto. Pero para ello se necesitaba la ciudadanía estadounidense.

En 1974 solo 200.000 cubanos eran ciudadanos de Estados Unidos. Entonces, a dos años de las festividades del bicentenario de su independencia, dio inicio la campaña Cubans for American Citizenship, que se proponía conseguir 10.000 nuevas «naturalizaciones». Se obtuvo un éxito rotundo: solo en un día, el 4 de julio de 1976, 6.500 cubanos se convirtieron en ciudadanos; al final de ese año la cifra subió a 26.275. A pesar de los reparos de muchos a adquirir la ciudadanía estadounidense, para 1980 un 55 % de todos los exiliados había jurado la nueva nacionalidad (Arboleya, 1985); en tan solo una década, las proporciones se habían más que duplicado. A pesar de su nuevo estatus, continuaban considerándose «cubanos».

Las consecuencias fueron casi inmediatas: el crecimiento de cubanos en los puestos políticos a todos los niveles de gobierno. Llegaron a ser cubanos los alcaldes de las principales ciudades del Gran Miami: Miami, Hialeah, West Miami y Hialeah Gardens, además de ser mayoría en los concejos y comisiones de estas ciudades. A principios de la década de los noventa, 10 de los 28 puestos de la delegación del condado de Dade en la legislatura del estado de la Florida eran cubanos, siete en la Cámara y tres en el Senado. Pronto llegó la representación a la Cámara Nacional en Washington.


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LA COHESIÓN SOCIOCULTURAL

Esta comunidad, de unos tres cuartos de millón de personas, se muestra muy fuertemente cohesionada en aspectos socioculturales. Se parte de la base de que los cubanos son parte integrante, y así se sienten, de la tradición cultural hispánica, muy reconocida en todos sitios; el hispanismo estadounidense mismo es, desde principios del siglo XX, de los más sólidos que existen. Ahí están los centros universitarios, las revistas científicas especializadas, los centenares de libros impresos, los congresos, simposios y otros encuentros de gran relieve (Anaya-Las Américas, 1974). Hay que reconocer, sin embargo, que esta incuestionable marca de estatus cultural no suele descender al hombre de la calle.

Las manifestaciones socioculturales más visibles en la comunidad son de tres tipos: a) la importancia que los estudios oficiales preuniversitarios conceden, a través de programas bilingües, a la lengua de los inmigrantes; b) el despliegue de toda una serie de actividades públicas de tipo cultural, en las que el español actúa de protagonista: teatro, conferencias, certámenes literarios, mesas redondas, etc., actividades a las que es preciso añadir la publicación de libros, con el natural desarrollo de firmas editoriales, y c) la más importante de todas, el intenso uso de la lengua emigrada en los medios de comunicación pública (Fishman y otros, 1985).

En 1963 Miami creó su programa de educación bilingüe. Es muy significativo que aunque en Nueva York, California y el Suroeste existían grandes concentraciones hispánicas desde hacía ya bastante tiempo, el condado de Dade fue pionero en este tipo de actividad educativa: Coral Way Elementary School enseñó inglés y español a los hispanohablantes y español a los anglos. Este magnífico sistema de enseñanza bilingüe, que no perseguía solo conseguir la transición de los inmigrados hacia el inglés, sino también el fortalecimiento de su lengua materna, y que también se enseñaba a los alumnos anglohablantes, fue extendido pronto a otras escuelas del sistema del condado. La gran cantidad de maestros cubanos que se hallaban en el exilio miamense contribuyó en gran medida a facilitar las cosas. Más tarde, sirvió de modelo a otros estados de la Unión.

En cuanto a las manifestaciones culturales, debe anotarse que las representaciones teatrales son constantes, incluyendo la puesta en escena de zarzuelas, una tradición muy arraigada en Cuba. Los festivales de teatro que se celebran año tras año alcanzan notables cotas de éxito. Se anuncian con alta frecuencia conferencias y mesas redondas, en las que participan intelectuales prestigiosos, muchos de los cuales intervienen en peñas literarias y en tertulias, y se realizan presentaciones de libros con asombrosa asiduidad. Instituciones como la Sociedad Pro-Arte Grateli y locales como el Teatro de Bellas Artes se ocupan de excelentes actividades musicales, y son varios los museos y salones que acogen exposiciones de arte. Incluso centros ajenos a la cultura cubana, como el Koubek Memorial Center de la Universidad de Miami, el Miami-Dade Community College y la Florida International University, organizan seminarios de música, literatura, historia y folclore, y exposiciones varias. De todo ello quedan pruebas abundantes en la rica colección de carteles que ha inventariado Varona (1993).

Por otro lado, la otrora incipiente industria editorial va en aumento y el consumo de libros en español supera fácilmente las cotas del año anterior.14 Un ejemplo sobresaliente es el de la Enciclopedia de Cuba, que a principios de los años setenta contaba con ocho volúmenes y que hoy consta de catorce. El sorprendente éxito de las últimas ediciones de la Feria del Libro es un buen índice de esta realidad. La comunidad de Miami, que desde muy pronto se unió a la producción creativa y crítica de los cubanos en el exilio (Lindstron, 1982; Fernández y Fernández, 1983; Hospital, 1988; Kanellos, 1989, García, 1996: 171-207), ha comenzado a aportar nombres a las nóminas de importantes premios literarios españoles: Matías Montes Huidobro, premio Café Gijón de novela 1997, y Daína Chaviano, premio Azorín 1998.

Los medios de comunicación, por su parte, sin olvidar la faceta publicitaria (Jong Davis, 1988; Soruco, 1996) han presenciado un auge realmente espectacular. En 1959 solo existía el Diario las Américas, de propiedad nicaragüense; diez años después, se publicaban muchos periódicos, periodiquitos ‘tabloides’, revistas y boletines. Es verdad que algunos llegaron solamente a publicar un número, pero otros, en cambio, han vivido durante veinte años.15 Algunas de estas publicaciones tenían su historia cubana (Alerta, El Mundo, Bohemia, El Avance Criollo, El Imparcial, Isla, Occidente) y renacían ahora en el exilio, mientras que las demás nacían de nuevo cuño. El Diario las Américas amplió considerablemente su estructura y, en consecuencia, su plantilla en 1960; muchos de los nuevos periodistas eran cubanos, y cubanos eran los temas a los que más atención se dedicaba, en especial los relativos al exilio. La recién fundada versión española del Miami Herald llegaba a 36.000 hogares en 1979. En 1987 se reorganizó del todo, convirtiéndose en un periódico independiente; en 1990 vendía 102.289 ejemplares de la edición diaria, y 118.799 de la dominical. Sus directores y una gran parte de sus profesionales eran cubanos. Entre tanto, se fundaba el Colegio de Periodistas.

Algo similar sucedió con la radio y la televisión. En 1963, tres estaciones locales transmitían algunas horas diarias en español. Muy poco después se inauguraba WQBM, La Cubanísima, y en 1965, WFAB, La Fabulosa, con transmisión completa en español. En 1973 nace la primera estación radial de propiedad cubana, WRHC Cadena Azul, con 24 horas de constante programación. Ya para 1980 había diez emisoras. En 1998 se traslada por completo a Miami, desde Washington, Radio Martí. Las encuestas ponen de manifiesto que la WQBM es la más escuchada en todo el sur de la Florida.

La primera cadena de televisión en fundarse es WLTV, Canal 23, asociada a Univisión, que comenzaba y cerraba su programación con el himno nacional cubano y vistas de la añorada isla. En 1980 consiguió los índices más altos de audiencia de todas las cadenas que operaban en la Florida, sobrepasando ampliamente a la ABC, la NBC y la CBS; en 1986 recibió 23 nominaciones del premio Emmy, más del doble que ninguna otra cadena de la zona. Al Canal 23 se le unieron más tarde otras dos cadenas que también transmitían exclusivamente en español, el Canal 51, asociado a Telemundo, y el Canal 40, conocido como TeleMiami.

Tampoco puede desconocerse la fundamental actividad de los «municipios». En principio son organizaciones sociales de ayuda mutua, pero también llevan a cabo actividades culturales y recreativas. De los 126 que existían en Cuba, 114 están representados en Miami. Su principal misión es ayudar, incluso económicamente, a los amigos y vecinos que los conforman, fomentando y conservando entre sus asociados, en su mayoría de la clase obrera, una camaradería especial. Algunos de ellos son famosos por sus programas musicales e históricos, también por sus tertulias, sus ferias y sus fiestas; son varios los que publican sus propios periodiquitos. Todos tienen en común un objetivo básico: recordar a todos que son cubanos, no «americanos».

Por otra parte, la Miami hispánica muestra orgullosa sus museos y sus monumentos: el Museo de Bahía de Cochinos, el Museo Cubano de Arte y Cultura, el Monumento a la Herencia Cultural Cubana, el Cuban Memorial Boulevard, el Club de Dominó, situado en el parque Máximo Gómez, la torre de la Libertad, el parque José Martí, la Casa del Beisbol Cubano, la plaza de la Cubanidad, la ermita de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba y, por supuesto, la Pequeña Habana, que se extiende a ambos lados de la calle 8, y en la que destaca su paseo de la Fama.

Sin embargo, con excepción de los medios de comunicación, todo lo anotado hasta aquí no puede compararse, en cuanto a medios de fomentar la cohesión sociocultural, con las actividades populares. El calendario es muy denso, pero entusiasma y hermana a una notable cantidad de asistentes y participantes. Hay conmemoraciones patrióticas (parada del aniversario [del nacimiento] de José Martí, héroe nacional por antonomasia, celebración del «Grito de Baire», ceremonia de aniversario de bahía de Cochinos, celebración del 20 de mayo, día de la independencia, y celebración del «Grito de Yara»), religioso-festivas (parada de los Reyes Magos, televisada a todo el país), festivas (la Gran Romería Hispano-Americana y, sobre todo, el gran carnaval de Miami, junto a sus famosas comparsas y otras muchas actividades, que atraen a miles de visitantes y que también se televisa de costa a costa) y culturales (Festival Ernesto Lecuona y el Hispano Heritage Festival); los cubanos participan también, muy activamente, en el Hispanic Festival of the Americas, en el Inter-American Festival y en el Miami Film Festival, que incluye muchas películas en español (Cuban Heritage Trail, 1994).

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ENGLIS ONLY?

Una serie de razones importantes llevaron al grupo entonces dominante, los anglos blancos, a votar a favor de una medida que suprimía el carácter bilingüe y bicultural del condado. En 1980, cuando se llevó a cabo el referéndum, era ya evidente que se estaba incumpliendo la expectativa, muy asentada tradicionalmente, de la subordinación sociocultural de la inmigración, y la mayoría nativa veía peligrar su identidad y su poder en todo el sur de la Florida y, en particular, en Miami. La reacción que esto produjo desembocó en una contienda que pronto alcanzó tintes etnocéntricos y hasta xenófobos. La lengua española fue la protagonista indiscutible.

Castro (1992), que ha estudiado con detenimiento este asunto, ha señalado los factores que desencadenaron el triunfo del «English only» en el condado de Dade, el primero de una serie de episodios similares producidos en otros lugares del país.

Entre 1960 y 1980 el crecimiento de la población hispana, cubana esencialmente, fue excepcional: de un 5,3 % a un 35,7. Ya en 1970 los hispanos se habían convertido en la primera minoría de Miami, al superar a los anglos negros, que no pasaban de un 15 %. La tendencia de este perfil demográfico parecía hacer evidente que en la década de 1990 llegarían a ser el factor predominante de la zona metropolitana.16 Se trataba de una población que aumentaba de forma continua, aunque a diferentes tempos, gracias a inmigraciones sucesivas, lo que ayudaba a mantener las costumbres, las lealtades y los rasgos culturales del lugar de origen, entre ellos y de los más importantes, la lengua.

Una situación tan particular ofrecía un formidable reto al principio de «americanización» que ese país había visto cumplirse una y otra vez. Desde los primeros momentos en Miami se hablaba más español que en otras ciudades estadounidenses en las que también existía una gran cantidad de inmigrantes hispanos. Lo común era que la lengua materna se hablara en casa, y así ocurría también con los cubanos: un 91,9 % hablaba solo español, y un 4 % más, lo usaba mayoritariamente (Cuban American Policy Center, 1977). Lo extraordinario era que allí el español se oía también en el mundo de los negocios y en todo tipo de actividades sociales (Strategy Research Corporation, 1984). El español era, por lo tanto, una lengua pública; la ciudad se había convertido de facto en una comunidad bilingüe.

Lo chocante de este continuo oír hablar español no era tanto su frecuencia como las características de quienes lo hablaban. Didion (1987: 63) resume la cuestión en unas pocas palabras: «En Los Ángeles, por contraste, el español era una lengua apenas sentida por los anglos, solo formaba parte del ruido ambiental: la lengua hablada por la gente que trabajaba limpiando automóviles, podando árboles o recogiendo mesas de restaurantes. En Miami, el español era hablado por la gente que comía en los restaurantes y que eran los dueños de los automóviles y de los árboles». En la escala socioauditiva, el contraste ofrecía una diferencia muy considerable.

El poder económico de la comunidad, además de ser fuerte y diverso, estaba integrado. Las empresas cubanas eran una fuente de trabajo y de consumo para los negocios anglos, trataban comercialmente con ellos y, en ocasiones, mantenían con estos una fuerte competencia, de la que a menudo resultaban vencedores (Wilson y Martin, 1982). El reflejo de todo esto en las esferas política y cultural era palpable.Otros hechos contribuyeron también a crear el ambiente de inconformidad que dio paso a la decisión favorable al «English only». Además del establecimiento del Programa de Educación Bilingüe en 1963, influyeron fundamentalmente dos factores: la declaración del condado de Dade, diez años después, en la que reconocía oficialmente su carácter bilingüe y bicultural, por un lado, y por otro, la creación, en 1976, de la edición española del poderoso e influyente rotativo Miami Herald.

La mencionada legislación de 1973 afirmaba como consideración básica que «un largo y creciente porcentaje del condado de Dade es de origen hispano [...] muchos de los cuales han mantenido la cultura y la lengua de sus tierras nativas [y por lo tanto] se enfrentan a especiales dificultades en comunicarse con departamentos gubernamentales y oficiales». La resolución concluía que «nuestra población hispanohablante se había ganado, a través de su siempre creciente participación en el pago de impuestos y de su participación activa en los asuntos comunitarios, el derecho a ser servida y oída en todos los niveles del gobierno» (Metro-Dade County, Board of County Commissioners, 1973).

La fundación de El Herald constituyó el único caso en que un gran periódico estadounidense lanzara una tirada diaria en español, sorprendente, sobre todo en Miami, siendo esta no la primera, sino la tercera ciudad de la Unión —tras Los Ángeles y Nueva York— en cuanto a la proporción del mercado hispano (Strategy Research Corporation, 1984). En la toma de esta decisión no fueron ajenos dos factores contundentes: los bajos índices de suscripción hispana del periódico y el poder consumidor de los hispanos del condado. Pero lo cierto fue que El Herald, que nació como un encarte ofrecido gratis al solicitarlo, que disponía de un presupuesto y un personal muy limitados, y que carecía de independencia editorial, se convirtió con el tiempo en lo que es hoy: un poderoso miembro de las empresas Herald, una institución periodística de primer orden, un actor cívico sobresaliente y la voz editorial más influyente del Miami latino.

Estos tres notables sucesos, educativo (1963), político (1973) y periodístico (1976), fueron para algunos pruebas innegables de la «invasión» hispana de la comunidad. Si ya los ánimos de muchos nativos estaban algo exacerbados, estos acontecimientos provocaron mayor malestar aún. Si bien no entre la elite.

Castro (1992, 117-118) subraya el hecho de que los cubanos, a diferencia de otros grupos de inmigrantes hispanos, eran mayormente blancos, de procedencia urbana, de clase media, relativamente educados, que en la década de los sesenta habían sabido incorporarse a los mecanismos económicos del poder. Además, no causaban conflicto de clase ni mostraban diferencias relevantes de cosmovisión con las elites del país. Con mucha frecuencia, estos recién llegados eran de la misma clase y de las mismas profesiones que ellas y manejaban el mismo lenguaje social y profesional.

La creciente presencia de los cubanos se hizo cada vez más influyente. Los cubanos se convirtieron en excelentes interlocutores de los poderosos anglos, con los que mejor que nadie «negociaban» la conservación de su herencia lingüística y cultural. Los éxitos se iban consiguiendo paso a paso. En definitiva, estos recién llegados, con los que se podía convivir socialmente, eran una buena clientela política y consumidora: se habían ganado el «derecho» a ser servidos y escuchados en su propia lengua.

Si no la elite, una parte importante de la población nativa aumentó su resentimiento ante la nueva situación: en lugar de asimilarse con rapidez a la cultura dominante, o al menos, mostrar su subordinación a ella, estos cubanos recién llegados parecían adueñarse de todo. Algunos anglos decidieron abandonar el campo de batalla;17 otros, por el contrario, iniciaron la lucha: dio entonces comienzo el movimiento antibilingüismo.

En noviembre de 1980 se sometió a referéndum la medida que revocaba la política oficial de bilingüismo y biculturalismo aprobada en 1973 por el condado metropolitano de Dade, al tiempo que se declaraba el inglés como única lengua del gobierno. La medida fue aprobada por una gran mayoría, dando vida al movimiento conocido como «English only».18 Un 71 por ciento de los anglos blancos dio su aprobación al proyecto, siguiendo las pautas del «Citizens of Dade United», nombre del grupo de acción política inscrito oficialmente para este propósito. En contra, un 56 % de los negros19 y un 85 % de los hispanos. La elite anglo, que no se sentía amenazada por el avance de los inmigrantes, también se opuso.

La medida prohibía (Sección 1) «la asignación de fondos del Condado para el propósito de utilizar alguna otra lengua que no fuera el inglés o alguna otra cultura que no fuera la de Estados Unidos», y ordenaba (Sección 2) que «todas las reuniones gubernamentales del Condado, audiencias y publicaciones deberían ser en la lengua inglesa únicamente» (Metro-Dade County, Board of County Commissioners, 1980).

No cabe duda de que detrás de estos votos positivos había también razones económicas: la terrible competencia que ofrecían los negocios hispanos, sobre todo los pequeños y medianos, por una parte, y por otra, las dificultades que entrañaba para muchos el tener que manejar una lengua extranjera, el español, para poder conseguir un trabajo, por modesto que fuera. Esta especie de inversión de papeles (eran los extranjeros los que tenían que saber inglés) resultó ser, además, particularmente irritante para muchos, como también lo eran los carteles de «English spoken here» que mostraban algunos establecimientos hispanos.

La realidad es que la lucha contra el bilingüismo en Estados Unidos nació precisamente en Miami porque la ciudad había sido pionera en su reconocimiento y porque los hispanos constituían allí un grupo numeroso y de gran éxito. La lengua resultó ser el caballo de batalla, pero la guerra era por el dominio étnico y la supremacía cultural. La lengua era, desde luego, el constituyente axial de la cultura, la identidad y la nacionalidad.20

El triunfo del «English only» en el condado (y también en otros lugares) hacía imposible la traducción al español de documentos públicos y la continuación de una amplia gama de servicios bilingües. Los que se veían más afectados por estas consecuencias, sobre todo por la última, era la parte más débil de los inmigrantes: los viejos, los pobres, los recién llegados y los individuos sin educación. Se perjudicaban también, pero en menor grado, algunas actividades culturales, que no podían conseguir financiamiento oficial.

En 1984, George Valdés, entonces el único comisionado hispano del Board condal, consiguió que la medida excluyera los servicios hospitalarios y otras prestaciones médicas, servicios especiales para ancianos y minusválidos, la promoción turística, la policía de urgencia, bomberos y ambulancias, rescates y servicios preparatorios antihuracanes, todo a cambio de aceptar que el inglés era la única lengua oficial del condado. A partir de aquí, sin embargo, el «English only» perdió considerable poder e importancia. Pero los hispanos, con los cubanos al frente, no estaban decididos a quedar como perdedores. Todo era cuestión de esperar la ocasión propicia. Entre tanto, el avance económico continuaba y los hispanos iban alcanzando puestos administrativos de relieve: a sus manos pasó la superintendencia del Sistema Escolar Público del condado, la presidencia de la Florida International University, la presidencia de la South Florida ALFCIO, la alcaldía de la ciudad de Miami y la gerencia del condado metropolitano de Dade.

Desde principios y mediados de 1980 los cubanos empezaron a ganar un número cada vez más alto de cargos públicos en municipalidades de gran población hispana, incluyendo la alcaldía de las dos mayores ciudades del Gran Miami, y en distritos legislativos estatales. En la Metro Commission y en el Dade County School Board, dos importantes cuerpos gubernamentales del condado, había ahora hispanos, y también en la Greater Miami Chamber of Commerce, en la Dade Comunity Foundation y en el Dade Public Education Fund. La primera mujer hispanocubana llega al Congreso de Estados Unidos en 1988 (Malone, 1988).

La suerte estaba echada. En 1993 se revoca la medida de 1980 del «English only», y se vuelve a la situación de 1973: un condado oficialmente bilingüe y bicultural.

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PRESENTE Y FUTURO DEL ESPAÑOL EN MIAMI

El español es hoy lengua pública importante en Miami y su crecimiento y expansión parece imparable. Según un estudio de la Strategy Research Corporation (1989), en la ciudad se hablaba más español en ese año que en 1980, y la investigación no se refiere solo al ámbito doméstico, sino al del trabajo y al de las relaciones sociales.22

No causa mucha sorpresa el que esto sea así, primero porque, en general, se trata de una inmigración reciente, de la que casi un 70 % ha nacido en la isla, y segundo, porque las sucesivas olas inmigratorias han contribuido a reforzar los lazos lingüísticos y culturales con la hispanidad. Por otra parte, el enclave es muy poderoso y está muy cohesionado socioculturalmente, factores estos que también contribuyen a reforzar la lengua y las costumbres patrias.

Pérez (1992: 93) subraya el hecho de que «los cubanos en Miami pueden comprar una casa o un automóvil, obtener un tratamiento médico especializado o consultar a un abogado o a un contable, todo, utilizando únicamente el español». No debe olvidarse que muchos cubanos piensan regresar algún día a su país, por lo que sienten que su estancia en Miami es provisional, y que necesitan mantener muy viva su «cubanidad» para cuando vuelvan «a casa». A lo largo de estos últimos cuarenta años de historia, los cubanos han insistido —quizás ahora menos que antes—23 en que no se los clasifique como inmigrantes, sino como exiliados políticos.

Sin embargo, esta situación de que goza hoy el español podría cambiar a medida que se vayan sucediendo las nuevas generaciones, nacidas ya en suelo floridano, con bastante menos lazos afectivos con la patria de sus padres y sus abuelos. Es lo que ha ocurrido con otras inmigraciones hispanas de más antiguo asentamiento. Se trata de un complejo proceso con dimensiones que desbordan lo propiamente lingüístico y que se mueve en un parámetro que va desde el nacionalismo de la primera generación hasta la posible «desetnización» de sus descendientes, pasando por etapas intermedias como el biculturalismo y la transculturación. Es muy ilustrativo que estudiosos de múltiples disciplinas (antropólogos, sociólogos, psicólogos, lingüistas, historiadores, educadores, etc.) vengan ocupándose de estos asuntos desde hace ya algún tiempo.

Desde el punto de vista lingüístico, las hipótesis generales que se manejan pueden resumirse de la siguiente manera: los núcleos de inmigrantes van perdiendo su lengua materna paulatinamente, a medida que crecen las nuevas generaciones; un alto índice de lealtad lingüística sería, sin embargo, un importante elemento retardatario en este proceso, que incluso podría paralizarlo.24 Para que se cumplan estas predicciones, tantas veces corroboradas por la historia, se necesita, sin embargo, contar con ciertas circunstancias favorables, de las cuales, una de las más notables es el crecimiento de los índices de deslealtad lingüística.

Las marcas que llevan a este crecimiento nos son bien conocidas: a) las características sociales que adquiere el contacto entre ambos grupos; b) las marcas de estatus cultural de la inmigración, presentes en la nueva comunidad; c) las actitudes lingüísticas de los inmigrados; d) sus índices de inseguridad lingüística, y por último, e) la fluidez del proceso migratorio (López Morales, 1998). No cabe ninguna duda de que si el contacto nace con tintas negativas (como la ilegalidad de la inmigración misma) o la adquieren con el tiempo; si no existen o no se ven marcas de estatus de la cultura inmigrada en el nuevo contexto; si las actitudes hacia la lengua materna son negativas (no existe autoestima lingüística) y, en cambio, la inseguridad lingüística es alta, las condiciones resultan muy favorables para el nacimiento de la deslealtad. Si, además, se interrumpe la inmigración, el consecuente aislamiento de estos núcleos es otro factor propiciatorio.

Cuando se revisa el caso cubano de Miami, se observa que entre el grueso de la población existe una sólida autoestima cultural y lingüística, ninguna inseguridad, en general, buenas condiciones del contacto (debido principalmente al éxito económico), notables índices de estatus del español y la cultura hispánica, y procesos migratorios fluidos. Todo ello debe llevar a altos índices de lealtad lingüística.

Una de las investigaciones de Solé (1979: 8) dejó ver en su momento que la actitud hacia el español entre los jóvenes de quince a dieciocho años de edad, estudiantes de escuela secundaria, primera generación entonces de cubanos criados y educados en Estados Unidos, era muy positiva, al extremo de confesar que su desplazamiento progresivo por el inglés «representaría una pérdida lamentable». El autor, tras subrayar que el español constituía para ellos un referente positivo, sustentado este en motivos afectivos y pragmáticos, explica que «conscientes de las circunstancias que los llevaron al exilio y conscientes también del fuerte sentimiento de lealtad a las tradiciones e instituciones de sus antecesores, no es de extrañar, entonces, que para ellos el español sea símbolo y vehículo integral de su herencia hispánica».

En un trabajo posterior, el mismo autor (Solé, 1982), trabajando también con adolescentes y jóvenes, indica que un 96 % pensaba que el mantenimiento del español era necesario, puesto que se trataba de un componente importante de su herencia cultural; un 75 % creía que el español debería ser fortalecido en la comunidad, y un 72 % no veía ninguna desventaja en utilizarlo. Un 55 % de esa misma muestra señalaba que los más jóvenes estaban olvidando su lengua materna y usando demasiado el inglés, y que eso les preocupaba. Otras estadísticas interesantes observadas en este estudio nos dicen que un 75 % de estos jóvenes aseguraba hablar tanto español entonces como lo hacían cinco años antes, y lo que es muy interesante: en materia de preferencia idiomática, un 25 % prefería el inglés al español, un 30 %, el español al inglés, y un 42 % estimaba ambas lenguas en igual grado; en este último caso, la elección de una u otra estaba determinada por la lengua del interlocutor, por el tema de la conversación o por el contexto comunicativo. Del 30 % que favorecía sobre todo el español, la mayoría lo hacía basándose en factores afectivos. En general, un importante número de estos sujetos veía el bilingüismo como una situación ideal: un 91% confesaba que el inglés era indispensable, y un 81 % respondía que no sentía ninguna molestia social al hablar español. El bilingüismo es, sin duda, enriquecedor (25 %); el inglés debe manejarse porque es la lengua oficial, el español también, pues si no, se perdería una señal sobresaliente de identidad y de orgullo étnico (32 %), y porque podría correrse el riesgo de que esta lengua llegara a desaparecer (16 %).

Con respecto, no a las actitudes lingüísticas, sino a la selección de ambas lenguas en la comunicación habitual, Solé (1979) había encontrado que en los diálogos de estos jóvenes (entre quince y dieciocho años) con sus abuelos, un 92 % de aquellos usaban español; los abuelos utilizaban con ellos igualmente español, un 90 % de los hombres y un 98 % de las mujeres. Cuando los jóvenes hablaban con miembros de la segunda generación —padres y tíos— el uso del español disminuía: un 62 % usaba exclusivamente la lengua materna, un 21 % la empleaba «casi siempre» y un 12 %, la alternaba con el inglés. En el trato recíproco, lo utilizaban en exclusiva un 73 % de los padres (un 74 % en el caso de las madres) y un 21 %, «casi siempre».

Los usos lingüísticos entre jóvenes muestran otros patrones: entre hermanos, el español se maneja en un 25 %, un 41 % usa ambas lenguas y un 38 %, prefiere «casi siempre» el inglés. Al hablar con niños, un 43 % emplea ambas lenguas, un 30 % usa con preferencia el inglés y un 62 %, exclusivamente el español. De estos datos principales se pueden sacar varias conclusiones: no cabe duda de que ya existía un cierto grado de desplazamiento del español por el inglés entre los miembros de la generación más joven, en el uso que de él hacen, no en la competencia que puedan tener de aquel idioma. El hecho que demuestra que preferencia de uso y competencia lingüística no siempre van de la mano se deja ver en las comunicaciones efectuadas en el ámbito familiar.

Sin embargo, a pesar de que para un 75 % de los sujetos de esta muestra el español fue lengua aprendida desde la infancia, tan solo un 26 % de los entrevistados afirma que tiene un mayor dominio del español que del inglés, un 39 % confiesa lo contrario, y un 35 % indica que posee igual competencia en ambas. El 25 % restante aprendió español conjuntamente con el inglés. Esto se explica porque un 12 % de los entrevistados nació ya en Estados Unidos y porque del 88 % de los nacidos en Cuba, un 48 % salió de la isla con edades comprendidas entre uno y tres años. En cuanto a la competencia lingüística en español, un 90 % de estos jóvenes confiesa que entiende español perfectamente, y el 10 % que queda asegura que lo entiende «bastante bien»; un 68 % lo habla con «completa fluidez», un 30 %, con «bastante fluidez». Un 56 % lo escribe con facilidad, mientras que para un 32%, en cambio, la escritura ofrece dificultades.

Años más tarde, Ramírez (1992) vuelve sobre el tema. Se trata de una investigación muy amplia realizada con adolescentes de diez ciudades norteamericanas con altos índices de población hispana; junto a Carlson y Chico, en California; Albuquerque, en Nuevo México; San Antonio y Laredo, en Texas; Amsterdam y Bronx, en Nueva York, y Perth Amboy, en Nueva Jersey, se encontraba también Miami. El autor buscaba saber las causas que impulsaban a estos sujetos a cambiar al uso del inglés. Tres fueron los factores tomados en consideración: a) la localidad a la que pertenecieran, b) el lugar de nacimiento (fuera o dentro de los Estados Unidos) y c) el grupo étnico lingüístico. La variable «género», que también formó parte del estudio, quedó neutralizada, en especial, cuando la comunicación se establecía entre miembros de la familia, amigos o vecinos. Las cinco respuestas posibles eran; «solamente en español», «mayormente en español», «en ambas lenguas», «mayormente en inglés» y «solamente en inglés».

En el caso de la submuestra miamense, todos respondieron «mayormente en español» cuando se trataba de hablar con sus abuelos y sus padres, incluso con sus hermanos, aunque la media es aquí algo menor. Para comunicarse en distintos contextos lingüísticos (vecindad, escuela, iglesia, recreo), los datos son más heterogéneos: «mayormente en español» en la iglesia y «en ambos idiomas», al hablar con los vecinos; en la escuela y en el recreo, «mayormente en inglés». En todos los casos, los mensajes recibidos a través de los medios de comunicación fueron «mayormente en inglés», situación que coincide con la encontrada por Solé varios años antes.

Ambos conjuntos de datos —los de actitudes y los de selección idiomática en la comunicación— no son enteramente comparables, pero, con todo, existen unas coincidencias notables. Recuérdese que en la investigación de Solé, los jóvenes veían en el bilingüismo una situación ideal y que un 42 por ciento confesaba que prefería usar ambas lenguas en igual grado, dependiendo del interlocutor y de ciertas condiciones del acto comunicativo. Resulta coherente que los adolescentes de Miami hablen español o inglés con los individuos de su vecindario, según quienes sean, y que usen mayoritariamente el inglés en la escuela, puesto que se trata de un ámbito que así lo requiere, a menos de que se trate de programas bilingües, que ya son minoritarios.

El que prefieran los medios de comunicación en inglés tampoco tiene por qué ser un dato contradictorio, pues los medios en esa lengua sonmucho más numerosos y variados. Este asunto requiere un mayor estudio, pero es posible que tanto la radio como la televisión en español ofrezcan programaciones algo alejadas del gusto del adolescente y del joven.

Existen datos elocuentes más cercanos a nosotros. De 1998 es la información sobre aculturación lingüística que trae el informe de la Strategy Research Corporation (Cuadro 2).

Se observará que Miami ofrece los índices más bajos de aculturación alta y parcial; en cambio, los más altos en la aculturación escasa. Ese mismo año, la consulta hecha a una muestra adulta, integrada por hispanos y por anglos, se expresaba en abierto contraste (Gráfico 4).

Mientras que para los anglos era «muy importante» que los niños leyeran y escribieran perfectamente en inglés, pero mucho menos en español, para los hispanos era igualmente importante que lo hicieran en ambos idiomas.

Dos años después, una investigación realizada por Castellanos (1990) sobre el uso de las dos lenguas por los cubanos de Miami concluye que el español seguirá siendo tan importante como el inglés en el condado de Dade porque continuará el flujo migratorio y porque va en aumento el volumen de turistas hispanoamericanos. Esto, desde luego, es una buena parte de la verdad.25

Las razones más importantes para que el español se siga hablando en Miami en el futuro son emotivas y prácticas. De una parte, el mantenimiento de la cubanidad, una demostración del orgullo étnico y cultural de quienes tienen una alta autoestima, auxiliada por el éxito económico; de otra, los beneficios materiales que trae el poder hablar español en la zona.

El mantenimiento de la cubanidad ha sido una preocupación constante desde los primeros tiempos del exilio. No solo las organizaciones culturales estables se dedicaban a la labor, sino también los programas de acción que se diseñaron y se llevaron a cabo con jóvenes y adultos: la Cruzada Educativa Cubana y sus enseñanzas de historia y cultura «patrias» son el mejor ejemplo de ello. La gestión no terminó aquí, sino que se transmitió a los niños cubanos en las escuelas, e incluso en iglesias, a través de programas especiales realizados después del horario oficial. En 1967 surgió un experimento en la iglesia de san Juan Bosco, más ambicioso, que ofrecía cursos de historia, de geografía y de cultura cubanas a niños y adolescentes. A todo esto hay que añadir la creación de las escuelitas cubanas, en las que, además de la enseñanza reglada, se dictaban enseñanzas patrias, se recitaban poemas y se hacían discursos junto al busto de Martí, se cantaba el himno y se izaba la bandera. En 1990 funcionaban unas 30 de ellas. Muchas de las grandes escuelas privadas de Cuba, tanto religiosas como laicas, refundadas en Miami, también «recordaban» asiduamente los valores de la cubanidad.

Por otro lado, el español, aparte de ser un medio de comunicación internacional, en Miami es un idioma de una indiscutible utilidad económica (Resnick, 1988). Miami, como gran centro comercial que es, como núcleo importante de inversiones y de actividades bancarias, como nueva meca de servicios médicos y estéticos muy refinados, ofrece al visitante mucho más que playas soleadas y hoteles suntuosos. Es un destino, y no solo turístico, que entusiasma, sobre todo, en Hispanoamérica. En esa ciudad el español sirve para bastante más que para hablar con familiares y amigos del entorno. Saber español es, entre otras cosas, un negocio y una fuente de trabajo.

Pero esta, desde luego, es una hipótesis, fundamentada, pero hipótesis. Deberemos esperar unos años más para verla confirmada o arrumbada.

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LA SITUACIÓN DEL ESPAÑOL EN ESTADOS UNIDOS

Carmen Silva-Corvalán

HISPANOS EN ESTADOS UNIDOS: ASPECTOS DEMOGRÁFICOS

La situación del español en Estados Unidos está estrechamente ligada a los movimientos migratorios del siglo XX, y así como en este país se han debatido desde los comienzos de su historia las ventajas y desventajas de la inmigración, también la presencia del español y otras lenguas, además del inglés, ha causado ásperos debates. Al empezar el tercer milenio, las actitudes hacia la inmigración y el bilingüismo o multilingüismo no son del todo positivas, en gran medida debido al enorme aumento de las tasas de inmigración desde países no europeos sucedido en las últimas décadas. Mientras el censo de 1960 indica que un 75 % de la población nacida fuera de Estados Unidos había nacido en Europa, un 9,8 % en Asia y un 9,4 % en Latinoamérica2, el censo de 1990 muestra, en cambio, que sólo un 22,9 % ha nacido en Europa, un 26,3 % en Asia y un elevado 44,3 % proviene de Latinoamérica (Schmidley & Gibson, 1999: 11). La tabla 1 muestra el sólido aumento de la población latinoamericana en Estados Unidos entre 1960 (9,4 %) y 1997, año en que esta población alcanza un 51,3 % del total de individuos nacidos fuera de Estados Unidos.

Cuatro países latinoamericanos están entre los que han aportado los grupos más numerosos de inmigrantes a Estados Unidos en la última década: México, Cuba, República Dominicana y El Salvador. México es, con diferencia, el país de origen de la mayoría de los latinoamericanos residentes en Estados Unidos, como puede deducirse de la tabla 1, y a partir de 1980 es el país de donde proviene el mayor número de inmigrantes en general. De hecho, en 1997 la población estadounidense nacida en México (unos siete millones) es seis veces mayor que la del país que le sigue en número de inmigrantes, Filipinas, de donde han venido alrededor de un millón de personas (Schmidley & Gibson, 1999: 12).

La visión del inmigrante mexicano en particular ha sido diferente de la del europeo e incluso de la del asiático en cuanto a que aquél, como los puertorriqueños y los franco-canadienses que emigraban a Estados Unidos a principios del siglo XX, se consideraban «inmigrantes temporales». Para estos tres grupos no era difícil mantener contacto con su pasado geográfico, bastaba un viaje de a lo sumo dos o tres días para estar ya en el país natal, donde muchos habían dejado a su familia o donde otros iban en busca de una esposa. La temporalidad de la inmigración es, sin embargo, una percepción equivocada. Una minoría insignificante regresa definitivamente a México después de haber residido legalmente en Estados Unidos. Además, los méxico-americanos nacidos en Estados Unidos se identifican fácilmente con la cultura americana y no demuestran interés en invertir el camino hecho por sus padres. A pesar de esta realidad, la percepción de que los hispanos resisten la asimilación, reforzada en publicaciones que datan desde la primera mitad del siglo XX (v. Taylor 1932), tiende a mantenerse.

Por otro lado, la tendencia a mantener contacto frecuente con el país de origen se mantiene viva, especialmente en el caso de México, Puerto Rico, e incluso algunos países centroamericanos. Los inmigrantes buscan, además, establecerse en regiones y barrios donde existen ya grupos de paisanos, lo que conduce al establecimiento de comunidades en las que es posible desarrollar las actividades diarias (laborales, comerciales, sociales, domésticas) en español, sin que resulte necesario el uso del inglés. El contacto regular con los países de origen y el alto porcentaje de población hispanohablante en extensos sectores urbanos ciertamente contribuyen a la consolidación y expansión del español en Estados Unidos. El visitante hispanohablante a ciudades tales como Miami, Los Ángeles, San Antonio, Chicago, Nueva York, sentirá la presencia del español en la prensa, la televisión y la radio; en los anuncios que se leen en las calles; en conversaciones que se oyen en parques y calles; en los comercios, restaurantes y hoteles; en fin, en la vida cotidiana de muchas ciudades de Estados Unidos.

Según el censo de 1990, la población hispana de Estados Unidos constituía entonces un 8,9 % de la población total, lo que equivale aproximadamente a 22,5 millones de hispanos. Se calcula que quedaron sin censar poco más de un millón de hispanos y que el censo del 2000 (el censo se realiza cada diez años) indicará que la población hispana constituye más de un 11 % de la población total. Se estima que en 1996 la población hispana era ya de 28,4 millones o 10,8 % de la población de Estados Unidos (Reed, 1997). Más de la mitad de estos hispanos reside en lo que se conoce como el «Suroeste», los estados de California, Arizona, Colorado, Nuevo México y Texas. Además de en el Suroeste, hay concentraciones altas de población hispana en los estados de Nueva York y Florida, como se puede ver en la tabla 2. Les sigue el estado de Illinois, con cerca de un millón de hispanos y Washington D.C., con poco más de seiscientos mil. La tabla 2 indica además el número de personas, entre los mayores de cinco años, que declaran hablar español en casa.

En los ocho estados mencionados, así como en la capital, Washington D.C., poco más de catorce millones de personas mayores de cinco años declara hablar español en casa. Este número corresponde a un 14 % de la población total, un porcentaje un tanto engañoso ya que la población total incluye a personas de cinco o menos años de edad, mientras que la pregunta del censo sobre la lengua hablada en el hogar no se aplica a éstos sino sólo a «personas mayores de cinco años».

La relevancia social del español en las comunidades hispanas es más evidente si se considera el porcentaje solamente de la población hispana que usa este idioma en el hogar. La tabla 3 muestra estos porcentajes en los ocho estados incluidos en la tabla 1; el cálculo se ha hecho a partir de los datos proporcionados por el censo de 1990. Nótese aquí también que el porcentaje de hispanohablantes mayores de cinco años se calcula sobre la población total, incluyendo aquéllos que tienen cinco o menos años de edad.

La proporción de hablantes de español no tiene una relación directa con la densidad de la población hispana en los diferentes estados. En Florida, los hispanos constituyen un 12,1 % de la población total (ver tabla 2); sin embargo, un 92 % de los hispanos habla español en casa. Por el contrario, como queda reflejado en la tabla 3, en el estado con el mayor porcentaje de hispanos, Nuevo México, sólo un 69 % de éstos usa el español en casa; el mismo porcentaje se obtiene en Arizona, donde la población hispana constituye sólo un 18,8 % de la población total. Colorado y Nueva York tienen una proporción de población hispana casi idéntica a la de Florida (12,8 % y 12,3 %, respectivamente); sin embargo, el porcentaje de usuarios del español es de un 48 % en Colorado y llega hasta un 84 % en Nueva York. Levemente más bajo que en Nueva York es el porcentaje de hablantes de español en Illinois, cuya población hispana es solamente un 7,9 % de la total. Sólo Texas y California muestran una relación similar entre porcentaje de población hispana, 25,5 % y 25,4 %, y porcentaje de hispanos que usan el español en casa, 79 % en Texas y 72 % en California. Queda claro que la proporción de hispanos en la población general no es un factor predictivo de la realidad del idioma español en los estados examinados. Esta realidad no depende solamente de números totales de hispanos, sino de factores más complejos, como el peso económico y político de los hispanos en diferentes regiones, la antigüedad de residencia y la compacidad de la población hispana en estas regiones, así como también de las actitudes hacia el español y el inglés.

La proyección oficial para el año 2010 es que los hispanos serán el grupo étnico minoritario más grande (13,8 %) y que para el 2050 constituirán un 25 % de la población total, estimada para entonces en unos cuatrocientos millones de habitantes (Day, 1996). El aumento se pronostica tomando en consideración la tasa de nacimientos en la población hispana, más alta que la de otros grupos, y el número de individuos que emigran desde países hispanos, número también superior al de otros grupos. En 1997, por ejemplo, cerca de la mitad de los aproximadamente 800.000 inmigrantes fueron hispanos.

La representación que tendrán los individuos de origen hispano en el conjunto de Estados Unidos no se corresponde necesariamente con un crecimiento paralelo de los hablantes de español. En el contexto demográfico descrito, la utilización del español como instrumento habitual de comunicación y, por tanto, su importancia social, dependen en gran medida del uso que de esta lengua haga la población hispana y, en este sentido, se observa un desplazamiento masivo hacia el inglés a partir del establecimiento permanente en Estados Unidos.

De hecho, comparando datos de los censos de 1970, 1980 y 1990, se ha observado (Hernández, 1997) que el porcentaje de hablantes de español no crece al mismo ritmo que el de la población hispana. La tabla 4 indica claramente que el porcentaje de hispanohablantes dentro de la población hispana ha bajado paulatinamente a partir de 1970 en cuatro de los cinco estados del Suroeste. Solamente en California ha habido un pequeño aumento con respecto a 1980, pero no con respecto a 1970. El descenso relativo del número de hispanohablantes ocurre a pesar de que el número de hispanos ha llegado casi a triplicarse entre 1970 y 1990 en California y Arizona.

Aun con todo, la relevancia del español en el Suroeste es innegable. Un 82,6 % de los hispanos mayores de cinco años utiliza el español en la vida cotidiana. Este alto porcentaje es un indicador de la espléndida realidad que tiene el idioma español en la sociedad estadounidense a principios del tercer milenio.

Aunque la tabla 4 indica una baja en el porcentaje de hispanohablantes en el Suroeste, una comparación de los datos globales para Estados Unidos correspondientes a 1980 y 1990 muestra que en relación a la población general, el porcentaje de hispanohablantes ha aumentado.

Los resultados de los dos últimos censos oficiales (1980 y 1990, U.S. Bureau of the Census 1982 y 1993) coinciden en indicar que, tras el inglés, la lengua hablada por el mayor número de personas es el español. En 1980, la población total de Estados Unidos era de 226.545.805. De éstos, 14.603.683 —o sea, un 6,4 %— eran hispanos y 11.116.194 mayores de cinco años declararon hablar español en casa. Es decir, un 4,9 % de la población total declara que habla español en casa. Como indicamos en la tabla 5, este número aumenta a más de diecisiete millones de hispanohablantes en 1990 (7 % de la población total). Se argumenta, sin embargo, que este incremento no es resultado del mantenimiento y transmisión del español a las nuevas generaciones, nacidas en Estados Unidos, sino más bien consecuencia de la llegada de nuevos grupos de inmigrantes, especialmente mexicanos y centroamericanos, durante la década de los ochenta.

Esta interpretación más pesimista es la que sustenta un detallado análisis estadístico realizado por Bills en 1989 (cf. Bills, 1989), es decir, sin considerar aún el censo de 1990. La tabla 6 presenta cifras más detalladas, tomadas del censo de 1990, pero no resulta fácil especular sobre el futuro del español a partir solamente de ellas.

Como se observa en la tabla 6, el porcentaje de niños y jóvenes que hablan español en casa (9,2 %) es superior al de los mayores de 18 años (7,1 %), pero al mismo tiempo un porcentaje mayor de hispanos entre los 5 y los 17 años habla también inglés, 84,6 %, comparado con un 70,7 % para los mayores de 17 años. Esto, sumado al hecho de que la instrucción escolar es de transición hacia el monolingüismo en inglés, podría interpretarse como indicador de un desplazamiento más acelerado de la población más joven hacia la lengua mayoritaria. Es interesante comparar estos porcentajes con los de todas las otras lenguas habladas en casa en Estados Unidos, las que en conjunto no superan el porcentaje de hispanohablantes. Nótese que el porcentaje de jóvenes con buena competencia en inglés es casi igual en los dos grupos de jóvenes, 84,6 % y 86,0 %. Este es un dato comparativo importante dada la falsa percepción entre la población en general de que son los hispanohablantes quienes no aprenden la lengua mayoritaria.

En los últimos veinte años, el contacto con nuevos grupos de inmigrantes hispanos se ha intensificado en Estados Unidos (ver tabla 1). Así pues, a pesar del éxito de los esfuerzos por establecer el inglés como lengua oficial única en ya dieciséis estados y la falta de apoyo a las lenguas minoritarias, la importancia del español en la sociedad estadounidense se ha mantenido gracias al aumento de la población hispana, a su relevancia económica y a su creciente poder político. La tabla 7 lista los estados en los que se ha aprobado la ley que establece el inglés como lengua oficial.

Es interesante notar que de cuarenta y cinco estados que en la década de 1980 votaron la proposición de establecer sólo el inglés como lengua oficial, sólo catorce la aprobaron. En estos catorce, sin embargo, están incluidos cuatro estados en los que la población hispanohablante es bastante numerosa (ver tabla 2): California, Arizona, Colorado y Florida.

La situación social y lingüística que caracteriza a las comunidades hispanas bilingües español-inglés es de una gran complejidad, complejidad que refleja la intrincada situación demográfica y social propia de estas comunidades. Frecuentes movimientos migratorios de zonas rurales a urbanas y continuas olas de inmigrantes, ya sea por motivos políticos o económicos, son causa de cambios demográficos que remecen la estructura familiar y comunal a la vez que renuevan el contacto con variedades funcionalmente completas del idioma español. En lo lingüístico se desarrolla el típico continuo de competencia bilingüe y en lo social es evidente también una amplia gama de niveles socioeconómicos. Esta gama se extiende desde el nivel más bajo de trabajador indocumentado hasta las esferas más altas, donde encontramos hispanos desempeñando quehaceres de importancia en círculos políticos, educativos, comerciales, industriales, artísticos, etcétera.

A pesar de ello, como veremos más adelante, comparados con otros grupos «minoritarios» en Estados Unidos, los hispanos en general parecen experimentar mayores problemas de aculturación. No existen, que sepamos, estudios científicos que sostengan una relación entre estas dificultades y factores tales como diferencias culturales o bajo nivel de ingresos, pero sí se culpa a menudo, sin apoyo empírico confiable, al bilingüismo, con o sin dominio completo del inglés, de ser la causa de los males sociales que aquejan a grandes grupos de hispanos.

EL ESPAÑOL EN ESTADOS UNIDOS: PERSPECTIVA HISTÓRICA

La lengua española ha tenido una larga historia en lo que es hoy Estados Unidos. Fue llevada primero a La Florida, en 1513, por Juan Ponce de León. Gradualmente, los conquistadores españoles ocuparon lo que llegaría a denominarse Spanish Borderlands (Territorios Españoles Fronterizos), que incluían La Florida, Luisiana y el Suroeste (Craddock, 1992), donde el español pasó a ser la lengua de prestigio y continuó siéndolo por un período de entre dos y tres siglos (desde mediados del siglo XVII hasta la primera mitad del siglo XIX).

El período colonial español fue más largo en Texas y Nuevo México, territorios que fueron explorados por españoles a partir de 1536. Los primeros asentamientos permanentes fueron establecidos en Nuevo México en 1598, y en Texas en 1659. En Colorado, por otro lado, el primer asentamiento permanente fue establecido por campesinos nuevo-mexicanos más tardíamente, en 1851.

Los españoles ya habían comenzado a explorar Arizona desde la década de 1530, pero no sería hasta 1700 cuando misioneros jesuitas que ejercían su labor en el sur de la región fundaron la primera misión. El primer presidio permanente fue fundado en 1752.

California fue la última de las regiones colonizadas por España en el Suroeste. La primera misión en Alta California se fundó en San Diego en 1769. En la década de 1840 había 21 misiones de San Diego a Sonoma, 4 presidios y 3 pueblos, pero la población no indígena tan sólo llegó a alcanzar una cifra máxima de siete mil personas.

México se independizó de España en 1821, pero la administración mexicana de las regiones del Suroeste duraría poco. Texas se declaró independiente quince años después, y la subsiguiente guerra entre Estados Unidos y México (1846-1848) terminó con el tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, por el cual se cedía a la nación victoriosa todo el territorio al oeste de Texas. Texas y California pasaron a ser estados de la Unión en 1845 y 1850, respectivamente, seguidos de Colorado en 1876. Una vez se constituyeron como nuevos estados, el inglés fue declarado inmediatamente como lengua única en la enseñanza en las escuelas públicas, así como la lengua de uso en los tribunales y en la administración. Arizona y Nuevo México, por el contrario, tuvieron que esperar mucho más tiempo, hasta 1912, para que se les admitiera como estados, posiblemente porque la mayoría de la población era hispana y básicamente hispanohablante, lo cual hacía difícil imponer el inglés como lengua única en la enseñanza y en la administración.

Hacia el final del siglo XIX el número de hispanos en el Suroeste posiblemente alcanzó los cien mil, concentrados principalmente en Texas (Mc. Williams, 1990: 152). Esta situación cambió en el siglo XX: dos olas masivas de inmigración desde México, la una a partir del comienzo de la Revolución mexicana en 1910, la otra, después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, así como un número significativo de inmigrantes de Centro y Suramérica han rehispanizado el Suroeste. La inmigración desde Cuba y Puerto Rico ha tenido un efecto similar en Florida y el Noreste (García & Otheguy, 1988; Zentella, 1988). Hoy día, está claro que los hispanos han extendido su lengua y cultura a todos los estados de Estados Unidos.

Los dialectos coloniales hablados en Florida, Luisiana y el Suroeste han dado paso a las variedades traídas por los que han llegado durante el siglo XX, pero tales dialectos no desaparecerían sin dejar una huella importante en las lenguas indígenas, especialmente en forma de préstamos léxicos, y en el inglés, incluyendo un amplio espectro de palabras desde términos geográficos a políticos, que empezaron a ser adoptados desde los primeros momentos de contacto entre las dos culturas.

Por su parte, el español tomó préstamos en abundancia de las lenguas indígenas, especialmente del nahuatl; por ejemplo, ‘coyote’, ‘chocolate’, ‘tiza’, ‘mesquite’, ‘aguacate’ y ‘tomate’. La influencia mutua del español y el inglés, especialmente en Nueva York, Florida y el Suroeste, es, por otro lado, una realidad ininterrumpida, aunque la dirección de la influencia ha cambiado: en los primeros momentos de contacto el inglés tomó más préstamos del español, mientras que durante el siglo XX el español ha tomado prestado mucho más del inglés, como sería de esperar en una situación en la que una lengua está subordinada a la otra tanto política como socialmente.

Los colonos anglos no pudieron sustraerse a la influencia de la lengua y cultura de los que les habían precedido en la colonización del Suroeste. En el siglo XVIII, la vida en el Suroeste tenía un sabor rural; se desarrollaba principalmente en pequeñas poblaciones, y en ranchos en los que la cría de ganado era vital. Por entonces, los españoles y mexicanos ya estaban familiarizados con la flora y fauna de la región y con las prácticas de los vaqueros que el cine mitificaría más adelante. Los recién llegados pronto aprendieron muchas de las palabras españolas características del medio y las adaptaron a las reglas fonéticas y morfológicas del inglés: canyon (de ‘cañón’), ‘mesa’, ‘sierra’, ‘arroyo’, ‘adobe’, ‘chaparral’, ‘saguaro’, ‘patio’, ‘hacienda’, ranch (de ‘rancho’), ‘sombrero’, ‘vaquero’, ‘rodeo’, ‘vigilante’, desperado (de ‘desesperado’), ‘burro’, ‘bronco’, y muchas otras pasaron a formar parte del vocabulario inglés. Los nombres de los estados y de muchas ciudades, pueblos, ríos y montañas son también españoles: las ciudades de El Paso, Amarillo, Santa Fe, San Diego, Los Ángeles, San Francisco, Palo Alto, los ríos Colorado, Brazos, Río Grande, las «Montañas Sandía» en Albuquerque, la «Sierra Nevada» en California, las «Montañas Sangre de Cristo» en Colorado y Nuevo México.

Otro tipo de préstamo que penetró en el inglés antes del siglo XX es lo que Hill (1993) denomina «Nouvelle Southwest Anglo Spanish», usado para promover comercialmente el Suroeste como la tierra del «déjalo para mañana», relajada, despreocupada. Estos préstamos están relacionados con la industria turística, sobre todo en Nuevo México, Arizona y la costa del sur de California, y han experimentado un considerable incremento en los últimos cincuenta años. Entre ellos se incluyen principalmente nombres de comidas, lugares, calles y celebraciones, como por ejemplo guacamole, enchilada, taco, tostada, tamale, margarita, fiesta; frecuentemente a los bares de los hoteles se les denomina «La Cantina» (que paradójicamente se refiere a un bar de poca categoría en Hispanoamérica), La Fiesta de los Vaqueros (un rodeo en Tucson), Cinco de Mayo, y lugares como La Villa, Calle de Paz, Playa del Rey. También son frecuentes las combinaciones de nombres españoles e ingleses, como Redondo Beach (Playa Redondo), Palos Verdes Estates (Fincas de Palos Verdes) o El Conquistador Hotel.

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ESTADOS UNIDOS HISPANOS - por Eduardo Lago - Instituto Cervantes 

CRECIMIENTO DEMOGRÁFICO Y LINGÜÍSTICO

En 1968 el presidente Lyndon Baines Johnson propuso al Congreso de los Estados Unidos la proclamación de una Semana Nacional de la Herencia Hispánica. La idea arraigó y en 1988 se decidió que las celebraciones tuvieran lugar a lo largo de todo un mes, del 15 de septiembre al 15 de octubre. La finalidad era poner de relieve la fuerza del legado cultural hispánico, sin el que no es posible entender los Estados Unidos. Este año, con ocasión del Mes de la Herencia Hispánica, la Oficina norteamericana del Censo hizo públicos una serie de datos que reflejan la fuerza que está adquiriendo la comunidad hispana de aquel país.

En 1990 había 22,4 millones de hispanos en los Estados Unidos, cifra que se duplicó en un período de 25 años, con lo que la minoría hispana pasó a ser la más numerosa. A fecha del 1 de julio de 2006, el número de hispanos alcanzó los 44,3 millones, es decir el 15% del cómputo nacional, que no incluye a los 3,9 millones de puertorriqueños que viven en el Estado Libre Asociado. Según los últimos datos publicados por la Oficina del Censo en agosto de 2008, en el año 2050 habrá 132,8 millones, cifra que equivaldrá al 30% de la población total.

Esta explosión demográfica obedece a dos factores: a) la elevada tasa de natalidad que se da en la comunidad hispana, y b) la fuerza de los flujos migratorios procedentes de Hispanoamérica. En cuanto al primer vector, la tasa de natalidad de los hispanos es cuatro veces superior a la media nacional. En el período comprendido entre el 1 de julio de 2005 y el 1 de julio de 2006, de cada dos niños que nacían en los Estados Unidos uno era hispano. Durante el mismo período de tiempo su número se incrementó en un 3,4%, la mayor tasa de crecimiento de todos los grupos de población estadounidense. Por otra parte, en 2006 la edad media de los hispanos era de 27,4 años, en tanto que la media nacional era de 36,4, factor que influirá en el crecimiento numérico de la comunidad hispana.

Este fuerte aumento demográfico es causa directa de la formidable expansión que está experimentando el español en Norteamérica. En estos momentos los Estados Unidos son el segundo país del mundo por lo que a población hispánica se refiere, tan solo por detrás de México. Por otra parte, se calcula en algo más de 32 millones el número de habitantes que residen en territorio norteamericano cuya primera lengua es el español. Dada la superioridad del crecimiento demográfico de la comunidad hispana con respecto al de Colombia, España y Argentina, se prevé que en un período breve de tiempo los Estados Unidos pasarán también a ser el segundo país del mundo en cuanto a cantidad de hispanohablantes.

EL ESPAÑOL COMO TERRITORIO DE AFIRMACIÓN Y RESISTENCIA

En mayor o menor grado, ya que hay una considerable fluctuación por lo que se refiere al dominio del inglés o del español, una buena parte de los hispanos de los Estados Unidos son bilingües. Lo llamativo, dentro de esta situación, es que, independientemente del grado de dominio de una u otra lengua, en todos los puntos de la escala bilingüe, se está dando un claro desplazamiento hacia el refuerzo del español. En el vértice superior de la ecuación, el de los bilingües perfectamente equilibrados, grupo constituido por profesionales con titulación superior, existe una razonable preocupación por un dominio cualificado del español. En el punto más bajo, el de los inmigrantes recién llegados, el desconocimiento del inglés tiene dos efectos beneficiosos para la expansión del español: por una parte, renuevan la vitalidad de la lengua en el seno de la comunidad hispana; por otra, provocan un24 aumento de la demanda de español como lengua extranjera entre la población anglohablante, que necesita comunicarse con ellos en el ámbito laboral.

En los puntos intermedios de la escala, como es el caso de los que han perdido en mayor o menor medida el español, se observa una preocupación creciente por recuperar la lengua de sus ancestros. Este fenómeno tiene un efecto positivo colateral, por cuanto supone un refuerzo de la retención del español entre los inmigrantes de primera generación, quienes a su vez ponen particular empeño en mantener la lengua viva entre sus hijos.

Todo ello obedece a un fenómeno relativamente reciente: el cambio de actitud de los hispanos hacia su lengua de origen por razones de orgullo cultural. En las dos últimas décadas la actitud de los hispanos hacia su asimilación en la sociedad norteamericana ha experimentado un cambio dramático. Hasta hace poco, la tendencia era a abandonar el español, como parte de un proceso de asimilación urgente a la cultura dominante, proceso que pasaba por abrazar el inglés a expensas del español. Cada vez es menos así. No es que nadie considere que el inglés no sea importante; tal figura no se da (aunque hay regiones de los Estados Unidos, como Miami, donde hay bolsas enteras de población hispana que habitan en un universo paralelo donde no hace falta el inglés). Lo que sí ocurre de manera notoria es una resistencia cada vez mayor a renunciar a la lengua de sus ancestros y a las culturas de que es vehículo.

Hoy día se constata entre ellos un vivo deseo por preservar y reforzar la cultura en español, legado que se considera como un territorio de afirmación y resistencia. Cuando hablo de afirmación y resistencia, me refiero a la adherencia a una visión del mundo distintivamente hispánica, por contraposición a una anglosajona. El español es la marca de identidad más visible de una cultura panhispánica, que es el resultado de una amalgama e integración de elementos de diverso origen nacional.

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LENGUA MATERNA, LENGUA EXTRANJERA, LENGUA FRONTERIZA

En los Estados Unidos el español goza de un estatus fronterizo entre las categorías de lengua materna y lengua extranjera. En realidad es y no es las dos cosas a la vez, y cuando es una u otra, lo es de una manera sumamente peculiar. Que el español no es ni ha sido nunca una lengua extranjera en América del Norte lo ponen de relieve la toponimia y la historia. Una fugaz mirada al mapa basta para constatar la inconfundible filiación de nombres como Colorado, San Francisco, Nevada o Los Ángeles, por citar solo unos pocos lugares. El primer texto jamás escrito acerca de cualquier parte de lo que es hoy territorio estadounidense no se redactó en inglés, sino en español. Se trata de una descripción de la Florida, debida a Gaspar Pérez de Villagrá (1610). Hoy día, el español se habla en el 12% de los hogares norteamericanos, lo que lo convierte por derecho propio en la segunda lengua materna del país. En cuanto que lengua extranjera, el estatus del español es también sumamente peculiar. El primer dato que debe ser resaltado es que la demanda de su enseñanza se sitúa muy por encima del resto de las lenguas extranjeras. Tanto dentro del sistema educativo como fuera de él, e independientemente del nivel que se considere, la predominancia del español sobre las demás lenguas es tan absoluta que en círculos políticos y académicos ha habido quienes han expresado preocupación por un posible descuido con respecto a la enseñanza de los demás idiomas.

No hay tal cosa. Lo que hace que la demanda de español se sitúe tan por encima del de otras lenguas, es que las razones que llevan a los norteamericanos a estudiarlo no son las que normalmente se tienen para querer adquirir una lengua extranjera. De hecho, los norteamericanos siguen teniendo la misma falta de curiosidad por aprender idiomas que siempre. Su interés por el español es muy real —no hay duda de ello— pero no obedece al deseo de adquirir una nueva lengua, sino a la acuciante necesidad por parte de amplios sectores de la sociedad de comunicarse con el ingente número de hispanos que no habla inglés. Esta urgencia ha sido causa directa de la creación de una industria dedicada a la 25 enseñanza rápida de un español básico. Se calcula en un centenar el número de empresas cuyo objetivo es facilitar a profesionales cualificados las destrezas mínimas que les permitan comunicarse a nivel elemental con trabajadores hispanos que no saben inglés. Se trata de una enseñanza que no se ajusta en absoluto a estándares académicos de calidad. Su objetivo es satisfacer necesidades primarias de comunicación en el mundo laboral, en ámbitos como las finanzas, la sanidad y las instancias legales o gubernamentales, entre otras.

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CONFIGURACIÓN DE UN NUEVO MAPA NACIONAL

A la fuerza numérica de la inmigración de origen hispanoamericano hay que añadir su dispersión geográfica, fenómeno relativamente reciente. Hasta hace poco, la población hispánica estaba circunscrita a enclaves perfectamente localizados, en su mayoría urbanos. Hoy día se encuentran distribuidos por la totalidad del territorio nacional, incluidas amplias zonas rurales. En una zona tan remota como el estado de Washington, al extremo occidental de la frontera con Canadá, la población hispana, no hace mucho inexistente, ronda ya el 10%. La dispersión por todo el país de sucesivas oleadas de inmigrantes que no hablan inglés está transformando de manera dramática el mapa nacional estadounidense, confiriéndole un rostro cada vez más hispano.

La dispersión demográfica lleva consigo la diseminación lingüística y cultural. Por toda la geografía nacional surgen sin cesar nuevos medios de comunicación y de expresión cultural, en sus formas más diversas. En este ámbito también hay que hablar de una verdadera explosión. Las emisoras de radio han doblado su número en una década. En la actualidad rondan las 550. El aumento de emisoras de televisión es de un 70%, unas 55, según estimaciones de la industria. Estas cifras no incluyen la televisión por cable o por satélite, ni las numerosas radios y televisiones que emiten un segmento de su programación en español.Walt Disney World —lo digo a título de síntoma— tiene una página electrónica en español.

Las cifras que manejo, incluidas las del censo, son aproximativas, en el sentido de que crecen a tal velocidad que se quedan casi instantáneamente obsoletas, pero, por llamativo que resulte, no se trata de una mera cuestión de números. Uno de los aspectos más interesantes de la expansión del español en los Estados Unidos tiene que ver con la mejora de su calidad. De manera gradual, el español se está convirtiendo en una lengua de prestigio.

Hasta hace poco, se tendía a pensar en lo hispánico, lingüística y culturalmente, como una manifestación de segundo orden, en parte porque la inmigración se debía a razones de extrema pobreza, y porque la inmensa mayoría de los recién llegados había tenido un acceso muy limitado a la educación y a la cultura.

Por poner un ejemplo, el establecimiento de una sólida comunidad hispanohablante está reforzando el uso y mejora del español literario. La existencia de un público lector ha hecho que la industria editorial en español tenga cada vez más peso. Es en esta área donde se hace más patente la preocupación por la calidad de esta lengua. De hecho, cada vez hay más lectores. Hace unos meses la organización America Reads Spanish y el Instituto Cervantes de Nueva York publicaron una guía esencial de los 500 títulos de obras literarias más importantes de todos los tiempos escritas en español. La publicación está en inglés porque responde a una demanda urgente por parte de los bibliotecarios que tienen que atender a usuarios que leen en nuestra lengua. Otro fenómeno que vale la pena destacar es la existencia de un número considerable de escritores que escriben en español y residen en los Estados Unidos.

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NACIÓN HISPANA: LENGUA Y CULTURA

No se puede hacer una reflexión de conjunto sobre lo que está sucediendo con el español en los Estados Unidos sin señalar que el País del Norte es agudamente consciente del valor 26 de nuestra lengua como vehículo de expresión de las distintas culturas de Hispanoamérica. La lengua española alcanzó su plenitud y verdadero ser cuando se trasladó al otro lado del Atlántico y se hizo americana. La fuerza del español es consecuencia directa del hecho de que es la lengua de expresión de una veintena de países americanos. Desde mi punto de vista, los Estados Unidos están experimentando un proceso creciente de hispanización y la expansión de la lengua es parte esencial de dicho fenómeno.

Al contrario de lo que ocurrió con el latín medieval, que se disgregó dando origen a las diversas lenguas romances, en los Estados Unidos de hoy está surgiendo una segunda latinitas de signo integrador. Postulo que se está forjando en aquel país una nueva nacionalidad hispanoamericana y una nueva variedad lingüística del español. La comunidad hispana de los Estados Unidos es un conglomerado resultante de la fusión de los que llevan tiempo instalados en el país (algunos más de siglo y medio) con los emigrantes que siguen llegando sin cesar de las más diversas regiones del Caribe, América Central y Sudamérica. Las distintas culturas nacionales tienden a relacionarse entre sí de manera espontánea, y están creando una entidad híbrida de signo panhispánico, claramente diferenciada de la de los países originarios.

Se trata de un fenómeno en pleno proceso, y tardará en cristalizar, pero ya son palpables muchos signos de la nueva identidad. De manera semejante a lo que sucede con la cultura, postulo que en los Estados Unidos se está forjando una variedad de español autóctona, resultante de la amalgama de sus distintas variedades regionales. La necesidad de dar con una modalidad de español con la que se sientan cómodos todos los hispanos empieza a ser perceptible en los medios de comunicación. Un buen ejemplo son las emisiones de CNN en español que se retransmiten desde Atlanta para todo el mundo hispanohablante, en las que se recurre a una suerte de español general. Otros ejemplos son el lenguaje que se busca en ciertos sectores de la prensa escrita (como ocurre en Nueva York), o el de las traducciones de las obras escritas por narradores hispánicos cuya lengua de expresión es el inglés, y que buscan verterse a un español que trascienda las marcas de identidad regional.

Por supuesto, lo tangible es la existencia de enclaves específicos ocupados por comunidades diferenciadas: méxico-americanos, dominicanos, puertorriqueños, colombianos o cubanos, entre otros. Se podría considerar que grandes zonas de California, Texas, Nuevo México o Miami, así como barrios enteros de Washington, Chicago, Nueva York y otras ciudades, son provincias o comarcas delimitadas por fronteras porosas, que forman parte de una macrorregión panhispana estadounidense. En todas ellas se está dando de manera incipiente un movimiento transversal de acercamiento lingüístico y cultural.

Se puede considerar que estas regiones son zonas de fricción donde está en marcha, junto a los procesos de unificación lingüística, un proceso de uniformización cultural. Así como se puede hablar de cine español, literatura chilena o teatro argentino, se puede hablar de arte, cine, teatro, música y literatura específicamente hispano-norteamericanos. En general en todas las áreas de expresión artística y cultural se están creando movimientos autóctonos, que llevan el sello de lo hispano. Se puede considerar que en los Estados Unidos constituyen una nación dentro de una nación, una unidad con una entidad cultural propia, integrada sin traumas y de manera positiva en la gran nación norteamericana, a la que se sienten orgullosos de pertenecer. Los Estados Unidos son, crecientemente, un país bilingüe y bicultural. Cuanto tiene que ver con la lengua española y una visión hispánica de las cosas es parte integral de la realidad de cada día de una manera cada vez más poderosa y prestigiada.

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EL ESPAÑOL EN EL SIGLO XX

Durante el siglo XX las Tierras Fronterizas Españolas se han rehispanizado debido a la inmigración y el español colonial está dando paso a las variedades traídas por los inmigrantes. El persistente empobrecimiento económico ha seguido enviando millones de ciudadanos mexicanos principalmente de áreas rurales a través de la frontera norte. Ellos constituyen el grupo más numeroso entre los inmigrantes de origen hispánico en Estados Unidos. Asimismo, miles de individuos de Centro y Suramérica y de España motivados por factores de tipo político y económico han emigrado a Estados Unidos. California, Los Ángeles en particular, ha sido elegida como el destino preferente de los refugiados políticos procedentes de Centroamérica. Estos inmigrantes han traído consigo muchos dialectos diferentes del español, pero las variedades dominantes siguen siendo sin duda las mexicanas, que representan formas variadas de hablar el español que abarcan desde lo rural a lo urbano, del norte de México a lugares tan al sur de la frontera como Puebla y Oaxaca, y de dialectos no estándares a estándares.

Hay que dejar claro que hablar del español en Estados Unidos no es fácil, dado el gran número de variedades de esta lengua habladas en este país. Por ejemplo, al menos en California, el constante flujo de centroamericanos con su característico voseo —uso de vos en lugar de tú—, aspiración de ‘s’ en final de sílaba (‘costa’ se pronuncia /cohta/) y también frecuentemente en inicial de sílaba (‘sopa’ se pronuncia /hopa/), rasgos desconocidos en la mayor parte de los dialectos mexicanos, además de numerosas diferencias de vocabulario, debe ser tenido en cuenta a la hora de identificar su dialecto como una variedad importante del español, al menos en California.

De acuerdo con el censo de 1990 hay más de trescientos mil salvadoreños en California (de ellos, más de la mitad en el condado de Los Ángeles), y otros trescientos mil individuos originarios de otros países centroamericanos. La tabla 8 muestra el número de hispanos en Estados Unidos según su origen geográfico.4 La información se da también, con menos detalle, para California, el estado con la mayor población hispana. Exceptuando a los centroamericanos, que se hallan muy concentrados en este estado, se puede esperar que los porcentajes relativos de lugar de origen sean similares en el resto del Suroeste, en el Sur y en el Medio Oeste. El porcentaje de puertorriqueños y cubanos, por otro lado, es mucho más alto en el Noreste y en Florida, respectivamente.

Hasta la primera mitad del siglo XX, se podría afirmar que eran dos las variedades principales del español en Estados Unidos: un dialecto de tipo puertorriqueño hablado en la costa este y otro dialecto con rasgos compartidos con la variedad del norte de México, hablado esencialmente en los estados del Suroeste, aunque hoy en día extendido a todo el territorio de la nación. A estas variedades más relevantes, se agregan en la segunda mitad del siglo XX muchas otras: la cubana, hablada principalmente en Florida, las centroamericanas, la colombiana, etc.

Todas estas variedades del español tienen en común una acusada influencia del inglés, que se manifiesta en mayor o menor grado según la longitud del tiempo de residencia en Estados Unidos. Se han acuñado varios términos peyorativos para referirse a estos dialectos «anglizados» del español: Tex-Mex, border lingo, pocho, Spanglish, junto al más neutral US Spanish, término obviamente preferible para significar «español de Estados Unidos». La pregunta que surge es si sería posible caracterizar esta variedad dada no sólo su heterogeneidad sino también los diversos niveles de dominio del idioma que muestran sus hablantes.

Entre los inmigrantes de primera generación, por ejemplo, es muy posible que la confluencia de dialectos lleve a la formación de una koiné o variedad lingüística que emerge cuando varios dialectos en contacto pierden sus rasgos diferenciadores y se hacen más similares. Esta es una cuestión que prácticamente no ha sido investigada, con la sola excepción de un estudio de un grupo de trece hondureños en El Paso que muestra convergencia de tipo fonético hacia la pronunciación del norte mexicano (Amastae & Satcher, 1993). Por ejemplo, los hondureños velarizan ‘n’ en final de palabra (‘en agua’ será /eng agua/), mientras que los mexicanos del norte pronuncian sin velarizar. Después de veinte meses de contacto con la variedad del norte de México, los hondureños muestran una frecuencia mucho más baja de ‘n’ velarizada en su habla. Existen abundantes pruebas, si bien anecdóticas, de acomodación al léxico mexicano por parte de sudamericanos del Cono Sur (por ejemplo, uso de ‘elote’, ‘aguacate’, ‘yarda’, ‘zacate’ o ‘pelo chino’, en lugar, respectivamente, de ‘choclo’, ‘palta’, ‘patio’ o ‘jardín’, ‘césped’ y ‘pelo crespo’). Todavía queda la cuestión de si los mexicanos convergen de alguna manera hacia, por ejemplo, los dialectos de Centroamérica, que es el segundo dialecto más hablado en California, o si todos los «dialectos inmigrantes» se desplazan hacia una variedad anglizada del español mexicano, incluso los inmigrantes de primera generación.

Es importante repetir que en Estados Unidos, como en cualquier otra área lingüística, hay diversidad tanto por hablante como por uso; el español abarca desde formas de estándar culto a estándar coloquial y variedades no estándar, a caló, y a español reducido drásticamente entre hispanos nacidos en Estados Unidos.

Si la llegada de inmigrantes es el factor que asegura la creciente presencia del español en Estados Unidos, podemos preguntarnos si es posible hacer predicciones acerca del futuro de la lengua española en este país. A este respecto, un grupo de estudios sobre el censo realizados por Bills, Hernández-Chávez y Hudson (Bills, 1997; Bills y otros, 1995; Hernández-Chávez y otros, 1996; Hudson y otros, 1995) revela que el incremento del número de hispanohablantes se debe al influjo masivo y continuo de inmigrantes procedentes de países de habla hispana durante los últimos diez a veinte años, y no tanto a la transmisión del español a las nuevas generaciones de hispanos nacidos en Estados Unidos, hecho que revela falta de «lealtad» lingüística.

Hudson, Hernández y Bills (1995) han propuesto algunas medidas para estimar la posibilidad del mantenimiento o desaparición de una lengua minoritaria: entre ellas, densidad y proporción de hablantes de la lengua minoritaria en la población total, y proporción de hablantes de esta lengua en el grupo étnico correspondiente, lo que ellos denominan «índice de lealtad lingüística». Estas medidas tienen también relación con factores sociales como: nivel de ingresos, estudios, profesión y grado de integración en la cultura dominante.

Los estudios realizados por estos autores se limitan a los estados del Suroeste. En esta región, afirman que California es el único estado en el que no ha habido una baja importante en la proporción de hablantes de español en las comunidades hispanas (Hernández, 1997 y Hernández y otros, 1996). Desalentadora también en cuanto a que claramente refleja el rápido proceso de cambio hacia el inglés típico de Estados Unidos es la observación de que menos individuos en los grupos de menor edad están reteniendo el español.

Hernández y otros (1996) comparan el valor de lealtad lingüística entre una generación joven (5 a 17 años) y una adulta (18 años y más). La tabla 9, en la que se ha agregado Arizona, se ha adaptado de la tabla 4 de Hernández y otros (1996: 666). En esta tabla se observa que el porcentaje o índice de lealtad lingüística entre los jóvenes es en cada estado menor que el del grupo adulto, con diferencias que van desde 9,5 puntos de porcentaje en Arizona a 37 puntos de porcentaje en Colorado.

La tabla 10 presenta los índices de lealtad lingüística para 1990, esta vez incorporando la población hispana total y el número de hispanohablantes en cada estado. Tal como en 1980, el índice entre los jóvenes es en cada estado menor que el del grupo adulto, con diferencias que van desde 10 y 11,6 puntos de porcentaje en Arizona y California, a 35 puntos de porcentaje en Nuevo México, el estado que ha recibido un número más bajo de inmigrantes en la última década.

La tabla 11 indica que solamente en California y, sorprendentemente, en Colorado, no ha bajado el índice de retención intergeneracional entre 1980 y 1990. Hernández y otros (1996) sugieren, a nuestro parecer acertadamente, que estos resultados reflejan procesos de inmigración hispana diferencial a los varios estados del Suroeste.

En esta región, el tamaño de la población de origen hispano y el número de personas nacidas en México son las variables más sólidas a la hora de predecir el uso del español en el hogar. Por ello, no es sorprendente el que, a la vez que la inmigración desde México aumentó en la década de 1980 a 1990, sucedió lo mismo con el número de individuos que, en el censo de 1990, declaraban que el español era la lengua usada en el hogar. La retención del idioma está además en correlación con el nivel de ingresos y de estudios: los hispanos más pobres y con menos estudios tienden a mantener más el español. Los resultados de estas investigaciones llevan a Hudson y otros (1995: 182, traducción propia) a decir que, al menos en el Suroeste, «en la medida en que [las comunidades que se declaran hispanohablantes] ganen mayor acceso a una enseñanza de calidad, poder político y prosperidad económica, lo harán, al parecer, a expensas de mantener el español, incluso en el entorno familiar».

Sin el influjo constante de nuevos inmigrantes, el resultado podría ser el final del español como lengua de importancia social en Estados Unidos. No obstante, parece claro que la inmigración tanto temporal como permanente no está próxima a terminarse, ni las ocasiones de interacción con amigos o parientes en Hispanoamérica disminuirán de forma tan drástica como para evitar la revitalización del español.

La posibilidad de que una lengua minoritaria se mantenga a través de las generaciones está ligada también a un factor que se conoce como «aislamiento lingüístico». El censo define un hogar como lingüísticamente aislado si ninguna persona de catorce o más años de edad habla solamente inglés y ninguna de estas personas habla inglés «muy bien». En este caso, todos los miembros de este hogar se consideran lingüísticamente aislados, incluso los menores de catorce años que sean monolingües en inglés. La tabla 12 compara el aislamiento lingüístico de los dos grupos con el mayor número de inmigrantes en la última década, hispanohablantes y hablantes de idiomas asiáticos o de islas del Pacífico, y de un tercer grupo que corresponde a todos los demás idiomas (Censo de 1990).

De todos los hogares donde se habla español, sólo un 23,4 % está lingüísticamente aislado, comparado con un 30,3 % de aislamiento lingüístico de los hogares de hablantes de idiomas asiáticos o de islas del Pacífico. Esta diferencia se puede interpretar, otra vez, como indicadora de la mayor competencia en inglés que caracteriza a las comunidades hispanas comparadas con otras no de origen europeo en Estados Unidos.

En el Suroeste, el porcentaje de aislamiento, tanto de hogares hispanos como de aquéllos donde se hablan idiomas asiáticos o de islas del Pacífico, no se aleja demasiado de la media nacional, como indica la tabla 13. Los resultados son además armónicos con los presentados en la tabla 10, en el que se observa que California y Texas son los estados con el mayor porcentaje de hablantes de español en el grupo de adultos. Así también, la tabla 13 muestra un mayor porcentaje de aislamiento lingüístico para los hispanohablantes en estos dos estados (recordemos que el aislamiento no toma en consideración la competencia lingüística en inglés de los menores de catorce años).

Aunque es metodológicamente problemático considerar aislado un hogar en el que los menores hablan solamente inglés, el hecho de que poco más de cuatro millones de hispanos entre cinco y diecisiete años hablen español en una población hispana total de cerca de veintidós millones (Censo de 1990) es señal de que no son numerosos los hogares aislados en los que los niños y jóvenes hablan solamente inglés.

Con todo, la presencia significativa del inglés en los hogares hispanos no es buen pronóstico para el futuro del español. Por poner un ejemplo, examinemos por un momento la situación en Los Ángeles. El condado de Los Ángeles es el más grande en California y tiene la mayor concentración de hispanos del Suroeste. Aquí, un 37 % de los aproximadamente nueve millones de habitantes son hispanos de origen. Los méxicoamericanos constituyen con diferencia el grupo más numeroso (2.519.514), seguidos por los salvadoreños. De hecho, la concentración de población mexicana en el Condado de Los Ángeles se ve superada solamente por la de México Distrito Federal. La densidad de la población hispana en el este de Los Ángeles, por ejemplo, oscila entre un 30 % y un 80 %. De la población hispana total del condado, un 78 % declara hablar el español en casa. Ésta es una cifra que impresiona y que podría llevarnos a pensar que el español se mantiene de forma sólida, y que la suposición de que «los hispanos no quieren aprender inglés» es correcta. Sin embargo, estas afirmaciones parecen estar muy lejos de la realidad.

Ya hemos insistido en que la inmigración constante es el factor fundamental que mantiene la alta relevancia social del español en Estados Unidos; datos oficiales del gobierno federal mantienen que un 38 % de la población hispana ha nacido fuera de Estados Unidos. Si suponemos que la mayoría de éstos han adquirido la lengua española antes de su entrada a este país, el efecto que su desplazamiento tiene en el mantenimiento vivo del español en las comunidades hispanas en Estados Unidos es evidente.

Los datos del censo de 1990 en el condado de Los Ángeles apoyan la importancia de los procesos de emigración: 53,3 % de los hispanos en el condado han nacido en el extranjero. Esto significa que tan sólo alrededor de un 25 % de aquéllos que declaran hablar español en casa son nacidos en Estados Unidos. Además, el censo no pide a los encuestados que estimen con qué frecuencia hablan la lengua de sus antepasados, ni les pregunta hasta qué punto dominan el idioma. ¿Acaso hablan español en casa todos los días, o tan sólo a veces o raramente? ¿Es su uso del español completamente funcional, es de alguna manera limitado, o no es sino una variedad muy reducida?

Por otro lado, el censo sí da información sobre el dominio del inglés. En el caso particular del condado de Los Ángeles, con la mayor concentración de hispanos en el Suroeste, con una alta proporción de hispanos nacidos en el extranjero, y situado cerca de la frontera mexicana, es decir, tres factores que deberían resultar en una sólida lealtad lingüística hacia el español que irían de la mano de un dominio pobre del inglés, el censo de 1990 ofrece la información de que un 65 % de los hispanos que declaran hablar español en casa habla inglés bien o muy bien, y sólo un 35 % no lo habla bien (lo cual no implica que no pueda comunicarse en inglés en ciertos ámbitos o situaciones) o no lo habla en absoluto (ver tabla 14). Esto demuestra que un porcentaje sustancial de los que han nacido fuera de Estados Unidos (teniendo en cuenta que sólo un 25 % ha nacido en Estados Unidos) aprende inglés lo bastante bien como para participar de manera apropiada en la sociedad estadounidense y es muy probable que no transmita a su descendencia una variedad de español completamente funcional.

En los cinco estados del Suroeste, la región más intensamente poblada por hispanos en todo el país, con una alta tasa de inmigración, sólo un 27 % de los que declaran hablar español en casa no saben inglés bien o no lo saben en absoluto, y este porcentaje corresponde, podríamos decir, casi exclusivamente a hispanos no nacidos en Estados Unidos. La tabla 15 presenta los datos del censo.

Lo más destacable de estos datos es el bajísimo porcentaje de individuos con poco dominio del inglés en los estados de Colorado y Nuevo México, precisamente aquellos estados que han recibido un número menor de inmigrantes en la última década.

El deseo de aprender el inglés que se da a través de las generaciones de hispanos, compartido por otros grupos de inmigrantes, se ha formalizado en el apoyo que muchos miembros de estos grupos han dado al movimiento English Plus (ver Epic News, circular del English Plus Information Coalition, Washington D.C., EPIC.). El movimiento English Plus («Inglés y Más») reconoce el estatus prominente del inglés en el ámbito nacional e internacional y el mérito indiscutible de elevarlo a la categoría de lengua común de Estados Unidos, pero también promueve el mantenimiento de las lenguas ancestrales como medio de enriquecer el entramado cultural y lingüístico de la nación.

Sin embargo, los números pesan y la presencia de millones de hispanohablantes en el Suroeste de Estados Unidos para muchos representa una amenaza. Como hemos dicho ya, la percepción del ciudadano medio es que los inmigrantes y sus descendientes no están aprendiendo el inglés. Esta percepción errónea es quizás uno de los factores que han motivado la promulgación de leyes que fortalecen el papel del inglés y debilitan la posibilidad de mantener el español (y otras lenguas ancestrales) más allá de la primera generación de inmigrantes.

 

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ASPECTOS EDUCATIVOS

En Estados Unidos se hablan más de 135 idiomas diferentes. La tabla 16 lista los diez idiomas minoritarios, además del español, con el mayor número de hablantes.

Las demandas de los usuarios de éstas y otras lenguas, tanto en cuanto a la publicación de documentos oficiales como al ofrecimiento de instrucción escolar en estas lenguas, imponen obviamente una gran carga administrativa y económica a los sistemas educativos del país. La mayor parte de los estados se ajustan de una manera u otra a la decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos en el caso judicial Lau contra Nichols (1974), según la cual para salvaguardar el derecho a la igualdad de oportunidades educativas, los hablantes de lenguas minoritarias cuya competencia en inglés es limitada deben recibir instrucción escolar en su propia lengua. El problema de la educación de estos niños se ha tratado de solucionar con el desarrollo y ejecución de programas de educación bilingüe o de instrucción en inglés como segunda lengua a través de todo el país.

Así pues, el estado de Nueva York, por ejemplo, plantea que los distritos escolares tienen la obligación de adoptar las medidas necesarias para la educación de los niños con competencia limitada en inglés (estudiantes «LEP»). Los distritos reciben apoyo estatal a través del Office of Bilingual Education (Departamento de Educación Bilingüe), que se estableció en 1969, y que en Nueva York debe guiar la educación de casi 200.000 niños que hablan más de 135 idiomas diferentes, entre los que el español es el que tiene el mayor número de hablantes.

Texas, por su parte, plantea que el objetivo de la educación bilingüe es el desarrollo de la lectura, la escritura y otras habilidades académicas tanto en inglés como en el idioma del hogar (o idioma primario del niño). Todo distrito deberá ofrecer educación bilingüe en inglés y otra lengua cada vez que ésta sea la primaria de veinte o más niños LEP en un curso determinado. Los programas de instrucción en inglés como segunda lengua, en cambio, tienen como objetivo el desarrollo de competencia en inglés solamente. En Texas es también el español el idioma en el que un mayor número de niños recibe educación bilingüe.

El Ministerio de Educación y Cultura de España ha colaborado de manera eficaz con las administraciones educativas de los estados y distritos en todo lo referente a la enseñanza del español como lengua extranjera o como parte de programas bilingües. Se han suscrito acuerdos de cooperación educativa con alrededor de quince estados, entre los que se encuentran California, Illinois, Nuevo México y Texas, que cuentan con asesores técnicos enviados por el Ministerio de Educación y Cultura de España con el propósito de asesorar y colaborar en todo tipo de actividades relacionadas con la enseñanza del español. Mediante acuerdos con universidades estadounidenses, el Ministerio ha creado además centros de recursos para la enseñanza del español en la University of Southern California (Los Ángeles), Florida International University (Miami), Indiana University (Bloomington), Houston University (Houston), y University of New Mexico (Albuquerque). Las funciones de estos centros, tales como la elaboración de material de apoyo para la enseñanza del español, la organización de seminarios y talleres, la provisión de recursos bibliográficos, audiovisuales e informáticos, han sido de gran beneficio para las regiones y las universidades donde se encuentran.

Obviamente, los Departamentos de Educación de los diferentes estados han asumido la responsabilidad central en el desarrollo de las políticas educativas que regulan la preparación de profesores bilingües o de inglés como segundo idioma, los programas de educación bilingüe, etc. En lo que respecta al español, después de varios años de experimentación con diferentes modelos de enseñanza bilingüe (cf. Fishman & Keller, 1982) que aspiraban a ofrecer una atención más o menos paralela a las dos lenguas, durante los últimos quince a veinte años se ha ido implantando un modelo de transición paulatina hacia el inglés, de tal manera que a partir del tercer o cuarto año de escuela, el español como lengua de instrucción queda reducido a la materia de «lengua española».

En California se ha llegado a ofrecer educación bilingüe de transición en dieciséis idiomas, según información proporcionada por la National Clearinghouse for Bilingual Education. A pesar de las ventajas metodológicas del nuevo modelo, el hecho de que se trata de un modelo de transición más o menos rápida hacia el inglés, sumado a la falta de apoyo oficial a las lenguas de minorías, conduce frecuentemente a la pérdida, en nuestro caso, del español en el nivel individual o familiar, especialmente en los centros urbanos tales como Los Ángeles, Chicago, Filadelfia o Nueva York.

Los estudiantes que provienen de hogares hispanos y que han estado expuestos al español en su casa o en la comunidad con frecuencia logran desarrollar un nivel aceptable de competencia comunicativa después de completar sólo uno o dos años de español como segunda lengua en la escuela secundaria.

Algunas escuelas secundarias y además muchas universidades ofrecen cursos especiales de español «para bilingües» o «para hablantes nativos» (cf. Hidalgo, 1990). Estos cursos, que se proponen como objetivo central el desarrollo de la escritura y la lectura, las dos destrezas consideradas en general menos consolidadas, se han enfrentado a veces con dificultades. La naturaleza de estas dificultades se vislumbra en las observaciones hechas por Valdés, Pagán y Teschner (1982) en el prefacio de su libro, donde establecen que el propósito de enseñar español a hablantes bilingües no es cambiar el dialecto del español hablado por los estudiantes. Apuntan los autores que «los estudiantes hispanos bilingües son el producto de su entorno, de su comunidad, de su clase social y de sus experiencias como miembros de un grupo étnico minoritario. No podrán hablar como latinoamericanos de clase media a menos que dediquen su vida a este objetivo» (traducción propia). Además, se preguntan los autores, ¿por qué habrían de querer hablar estos estudiantes como latinoamericanos de clase media si no lo son? No es difícil ver aquí la base de las polémicas y protestas que han surgido en torno a estos cursos especiales. Para evitar mayores dificultades, se ha recomendado que los profesores de español encargados de su formación reciban a su vez una buena preparación en sociolingüística, que les permita al menos apreciar la validez de los diferentes dialectos del español, así como su lugar y relación con modelos llamados estándares.

En 1986, California declaró el inglés como lengua oficial del estado (ver tabla 7), una decisión política que reflejaba el clima general de oposición al uso de lenguas aparte del inglés (es decir, el proveer servicios y traducir documentos oficiales a otras lenguas). Doce años más tarde, los californianos acudieron a las urnas de nuevo y refrendaron la proposición 227, una medida que oficialmente suprime la enseñanza pública bilingüe y la reemplaza con un programa de un año de «inmersión protegida» en inglés, después del cual a los alumnos se les pasa a aulas normales donde las clases se imparten completamente en inglés. La aprobación de esta iniciativa (un 61 % a favor frente a un 39 % en contra, que en el caso de los hispanos se distribuyó casi a la inversa, con un 60 % a favor de la enseñanza bilingüe, y un 40 % en contra) revela el temor injustificado a que Estados Unidos llegue a verse dividido por una frontera lingüística, y el mito de que el hablar solamente una lengua, conducirá a un idílico crisol «anglizado» donde todas las culturas inmigrantes se harán una sola.

La proposición 227, llamada English Language in Public Schools [El idioma inglés en las escuelas públicas], aprobada el 2 de junio de 1998, exige que toda la instrucción se dé en inglés en las escuelas públicas, pero permite que los padres soliciten que la escuela ofrezca instrucción en la lengua del hogar del niño, siempre y cuando puedan demostrar que el niño ya sabe inglés o que tiene alguna necesidad especial. Sin embargo, la alternativa de solicitar una excepción no ha sido fácil en la práctica.

No es fácil tampoco predecir las consecuencias de prohibir la enseñanza en las lenguas ancestrales de los inmigrantes. A muchos niños el nuevo sistema les va bien, pero no serán capaces de desarrollar un nivel de dominio del idioma plenamente funcional ni llegarán a alfabetizarse en la lengua de sus antepasados. Richard Rodríguez (1982: 27), un conocido escritor mexicano-americano ha dicho que «mi extraña niñez no demuestra la necesidad de la enseñanza bilingüe» (traducción propia). Rodríguez experimentó el método de inmersión en el inglés en un colegio religioso en California, dejó de usar el español, la lengua de su hogar, y en consecuencia resultó alienado de su familia y de su medio cultural.

La legalidad de la proposición 227 es en estos momentos cuestionada en las cortes de justicia. Sus opositores argumentan que esta proposición atenta contra la igualdad de derechos educativos y, por tanto, viola los derechos constitucionales de los ciudadanos. El texto de la proposición, además, se presta a diferentes interpretaciones y ha dado lugar a tantos sistemas diferentes de instrucción como distritos hay en el estado, lo que contribuye a frustrar al profesorado. En Los Ángeles, por ejemplo, más de mil quinientos profesores firmaron un documento comprometiéndose a cometer civil disobedience (desobediencia civil) antes de dar instrucción exclusivamente en inglés, y las escuelas en la ciudad de San José, California, han sido declaradas una excepción a la proposición 227 (Crawford, 1998-1999).

Otros dos estados del Suroeste, Arizona y Colorado, y otros trece más entre los que se encuentra Florida pero no Nueva York, han declarado al inglés como lengua oficial. ¿Seguirán estos estados la misma política que California y suprimirán la educación bilingüe? En Arizona circula ya una petición para llevar una proposición similar a la 227 a referéndum público. ¿Seguirán Texas y Nuevo México por el mismo camino? Si es así, la pérdida del español entre los inmigrantes de segunda generación se produciría aún mucho más rápidamente de lo que se ha venido produciendo hasta ahora, y la población hispanohablante así como el uso del español se verían limitados a los muy reducidos círculos de los parientes y las amistades, con la consecuente reducción del vocabulario, gramática y recursos estilísticos. Amenazados por leyes que restringen el uso del español fuera del hogar, temerosos de perder sus trabajos si hablan español en el lugar de trabajo, y ante el rígido monolingüismo impuesto en la escuela, los hispanos que hablan español podrían pasarse al inglés incluso más rápidamente de lo que lo han hecho en el pasado.

Por otra parte, el español es la lengua extranjera más estudiada en las escuelas. De acuerdo con las estadísticas proporcionadas por el Departamento de Educación de Estados Unidos para el año 1994, de un total de 4.813.000 estudiantes matriculados en una lengua extranjera en los niveles 9 al 12, están matriculados en español 3.220.000, es decir, dos tercios del total, un 67 %. La tabla 17 muestra las estadísticas nacionales para los cursos 9 al 12 en los colegios públicos en el otoño de 1994 para español, francés y alemán (las tres lenguas minoritarias con el mayor número de hablantes en Estados Unidos, ver tabla 16) entre 1990 y 1994 (National Center for Education Statistics, 1997: 69).

La tabla 17 deja clara la relevancia del español en las escuelas secundarias, pero las estadísticas disponibles no dan información sobre el tipo de estudiante incluido en ese 67 %. Si son solamente los hispanos los que se matriculan en cursos de español, dada la mayoría abrumadora de este grupo sobre el resto de las minorías y el aumento en las tasas de inmigración, esto podría explicar también el aumento en la matrícula. Es necesario, por tanto, averiguar qué porcentaje de la población no hispana estudia español, ya que esta información permitiría evaluar más adecuadamente el nivel de interés en aprender esta lengua entre la población general.

En las universidades, la cantidad de diplomas de licenciatura que se conceden es mucho mayor para la especialidad de español que para ninguna otra lengua: un 38 % de los 14.378 licenciados en Lenguas y Literaturas extranjeras en el año académico 1993-1994; el segundo fue el francés, con un 22 % (National Center for Education Statistics, 1997: 281).

Más impresionantes son las cifras que corresponden al total de alumnos de enseñanza superior que se matriculan en español: esta lengua triplica el número de la que le sigue, francés, en 1995. El mayor número de matrículas en español se da en instituciones que ofrecen sólo dos años de enseñanza superior, donde alcanzan un 69 % del total de matrículas en lenguas extranjeras. En instituciones de cuatro años, que conceden licenciaturas, la matrícula en español corresponde a un 50 % del total, y sólo un 28 % en escuelas de posgrado (Brod & Huber, 1997: 57). La disminución a través de diferentes niveles de enseñanza superior se corresponde, me parece, con la disminución en el número de hispanos que completa estos diferentes niveles de estudios. La tabla 18 presenta la información para 1990 y 1995 y los porcentajes de cambio de matrícula en las lenguas con matrículas superiores a 4.400 en instituciones de enseñanza superior en el país.

El grupo de «Otros idiomas» incluye la lengua americana de signos American Sign Language, coreano, hawaiano, hindú, navajo, polaco, swahili, tagalo y vietnamés. El total de otros idiomas muestra el mayor aumento en la matrícula, 42 %, aumento que se debe principalmente al número mayor de individuos interesados en aprender la lengua americana de signos, coreano, hawaiano y vietnamés. Considerados individualmente, el chino está en primer lugar, 35,8 % de aumento, lo que posiblemente tenga relación con el aumento de la inmigración, especialmente desde Hong Kong. El segundo lugar lo ocupa el árabe (27,9 %), seguido por el español (13,5 % de aumento), el portugués (5,2 %) y el hebreo (1 %). El resto de los idiomas más enseñados en instituciones de tercer ciclo ha sufrido una disminución considerable en las matrículas: el ruso ha perdido un 44,6 %, el francés y el alemán alrededor de un 25 %, y el italiano casi un 12 %. Los factores que causan fluctuaciones en las matrículas tienen relación no solamente con las tasas de inmigración desde países donde se hablan, sino también con cuestiones de economía y política internacional que motivan un mayor o menor interés en aprenderlos.

Cualesquiera que sean las razones, los porcentajes de aumento y disminución en las matrículas en las tres décadas anteriores a 1990 para las cuatro lenguas más enseñadas en el tercer ciclo indican que el español aumentó sustancialmente su matrícula en la década de 1960, que sufrió un retroceso importante de 1970 a 1980 y que tuvo una recuperación también importante entre 1980 y 1990. El aumento continuó después de 1990, como indica la tabla 18. La información para las décadas anteriores se presenta en la tabla.

Otro factor que ha incidido en el aumento de las matrículas en español es el prestigio que el español ha adquirido, especialmente entre los jóvenes, como símbolo de sus raíces étnicas y culturales, lo que ha motivado interés en revivir la lengua ancestral. Así pues, en los cursos que muchas universidades han instituido para hablantes nativos de español se pone énfasis en el desarrollo de la escritura y la lectura, dos áreas que tienden a ser bastante débiles en una lengua básicamente restringida al entorno familiar, y en aspectos culturales del mundo hispánico.

De hecho, el español en Estados Unidos es un ejemplo de desplazamiento hacia el inglés pero también de notable persistencia. A pesar de los esfuerzos para limitar el uso de lenguas minoritarias, la inmigración desde países hispanohablantes ha reforzado el uso del español. Esta lengua es hablada, tanto en el hogar como en público, por grupos cada vez más numerosos; nuevas publicaciones en español aparecen en el mercado; los programas de televisión y de radio en español ven aumentada su audiencia; las grandes empresas se anuncian en español y ofrecen servicios al cliente en esta lengua (por ejemplo, compañías de teléfonos, oficinas legales, hospitales y otros centros de salud, grandes almacenes); muchos políticos no hispanos hacen notar su competencia en español como un medio de atraer el voto hispano.

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ASPECTOS LINGÜÍSTICOS DEL ESPAÑOL

Pero esa situación de lengua minoritaria, ¿qué consecuencias lingüísticas tiene sobre el español? La ausencia de un proceso de estandarización del español en Estados Unidos alimenta aún más la heterogeneidad que se da entre los inmigrantes de primera generación. Por el contrario, los hispanos nacidos en Estados Unidos representan una variedad de español relativamente más homogénea en el sentido de que se caracteriza por fenómenos típicos de una situación de bilingüismo intenso y extendido: simplificación gramatical y léxica, préstamo masivo del inglés, e intercambio de códigos, es decir, alternancia entre el español y el inglés en el mismo turno de habla (Silva-Corvalán, 1994; Zentella, 1997).

Mientras que en el ámbito social el mantenimiento del español es incuestionable, en el ámbito individual o familiar, por el contrario, es muy común el cambio hacia el inglés. Los hijos de inmigrantes de la primera generación pueden adquirir el español en casa pero la gran mayoría se hace gradualmente dominante en inglés al pasar bien por un programa bilingüe de transición o por un programa de inmersión en inglés.

En estas situaciones de bilingüismo social puede llegar a formarse un continuo respecto al grado de dominio de las dos lenguas en contacto. Este continuo comprende desde un español estándar sin restricciones a un uso meramente emblemático del español, y viceversa, de inglés ilimitado a emblemático. Esto apunta claramente al hecho de que no hay un único idioma español de Estados Unidos, sino muchos.

En la situación familiar típica, el hijo o la hija mayor adquiere en casa solamente el español, y mantiene un buen nivel de competencia comunicativa en esta lengua durante toda su vida, con mayores o menores limitaciones dependiendo de un número de factores extralingüísticos, mientras que los hijos menores adquieren ambos español e inglés en casa. Estos hijos menores tienen una mayor tendencia a desarrollar y mantener una variedad de español en contacto caracterizada por tener diferencias más acusadas con respecto a la norma lingüística de los padres. Cuando un niño nacido en Estados Unidos vive en contacto con los abuelos, puede llegar a adquirir español en casa; pero muy a menudo su dominio del español es limitado y su nivel de comprensión de la lengua es más desarrollado que el de producción, tal como ilustra el siguiente ejemplo, sacado de una conversación con José, joven de diecisiete años:

Investigadora: ... ¿Pero con quién hablas en español tú, a veces, digamos?

José: Hable yo, yo, a ver... yo hable con mi a... abue... abuela, más de mi abuelo, porque cuando yo hable con mi abuelo él no entende, él tiene uno problema, eso, ears. So whenever I have a chance to speak, I speak to my grandparents. So, I don’t speak, I just -listen to what they’re saying, and then I, I— hear it in my brain and, and - and try to understand instead of speaking back at them because I... -they understand English as much.

(... oídos. Así que cuando tengo la oportunidad de hablar, hablo con mis abuelos. Así que no hablo, sólo escucho lo que dicen, y luego yo, yo, lo oigo en mi cerebro y, y, y trato de entender en vez de hablarles en español, porque yo... ellos entienden inglés bien.)

Es obvio que José, tercera generación en Estados Unidos, está haciendo un esfuerzo para hablar con la investigadora en español. Muchos inmigrantes de segunda generación, por otro lado, hablan español con cierta fluidez y su variedad parece tener solamente «un sabor diferente»: incorpora calcos léxicos, hay intercambio de códigos (el uso del inglés y el español por el mismo hablante dentro de un turno de habla), pero su español es completamente inteligible.

Hay excepciones a esta situación típica. Uno puede a veces dar con un hablante de segunda generación que o bien nunca adquirió el español, o lo adquirió pero lo perdió completamente, o dejó de usarlo por unos años y está en el proceso de reactivarlo, un fenómeno que ha recibido el nombre de bilingüismo cíclico (Torres, 1989). Asimismo, un hablante de tercera generación, en casos excepcionales, puede haber adquirido el español de nacimiento y haberlo mantenido.

Otro ejemplo muestra un fragmento de una hablante de tercera generación que ha experimentado bilingüismo cíclico. Esta mujer dejó de usar el español durante la adolescencia, pero lo había activado de nuevo dos años antes de ser grabada, ya que se había casado con un inmigrante de primera generación, un tipo de matrimonio intergeneracional bastante frecuente que favorece el mantenimiento del español. En este pasaje se refiere a cuando su marido perdió su trabajo, por lo que decidieron mudarse a otra ciudad.

They were laying off. So, I didn’t get laid off. Ramón, Ramón got laid off. And I quit because he got laid off. Because I was working, and he was working at nights... Dije, «No, si lo van a descansar a él, ¿pa’ qué me quedo yo, especial yo?» Yo, de aquí, como, ‘onde puedo agarrar trabajo. El, es más difícil, porque he’s not reglado [él no está arreglado] para ‘garrar trabajo.

(Estaban despidiendo. Pero a mí no me despidieron. Ramón, a Ramón lo despidieron. Y yo me salí porque lo despidieron a él. Porque yo estaba trabajando, y él estaba trabajando de noche...)

Los hablantes con dominio muy reducido del español hablan el inglés con fluidez y se ven forzados a utilizar el español en muy raras ocasiones. Por lo tanto, el español que usan, frecuentemente insertado dentro de enunciados en inglés, retiene algunas flexiones verbales, y morfemas de género, número y caso como ilustra el ejemplo. No hay elementos foráneos que penetren en la gramática del español, que por otro lado sí sufre reducción y simplificación.

Además de la simplificación de categorías gramaticales y la transferencia de formas y significados del inglés, los bilingües desarrollan otras estrategias encaminadas a aligerar el peso cognitivo que acarrea el tener que recordar y usar dos sistemas lingüísticos diferentes. Al usar el español, regularizan formas, desarrollan construcciones perifrásticas que reemplazan formas verbales simples y, como bien ilustra el ejemplo, con frecuencia, cambian de una lengua a otra. Es de esperar que cuando dos o más hablantes poseen la habilidad de comunicarse en dos o más lenguas hagan uso de esta ventaja tanto en conversación como en expresión escrita.

El resultado de aplicar estas estrategias conduce a cambios más o menos insignificantes en inglés (el inglés de los latinos ha recibido poca atención de los estudiosos), pero produce cambios más o menos grandes en español. La transferencia del inglés al español está claramente atestiguada en préstamos y calcos de expresiones del inglés, y en la transferencia de funciones pragmáticas del discurso, como por ejemplo, «Cuídate» y «ai te guacho» (vernáculo) o «Te veo» (coloquial), de las expresiones inglesas Take care y See you, que se convierten en fórmulas para despedirse en español.

El sistema verbal resulta más o menos simplificado a través de las generaciones. Se pierden los tiempos compuestos y las formas de subjuntivo se usan cada vez menos, como se ilustra en los siguientes ejemplos.

Y estábamos esperando a mi ‘amá, porque ella fue a llevar (por «había llevado») mi hermano a la dentista.

AM: Yeah, porque no lo he quitado yo porque como está tan bonito. Ahí [‘ai] lo voy a dejar hasta que se cae (por «caiga»).

Muchos usos de los pronombres átonos (me, te, lo, se, etc.), aunque considerados «desviados» de la norma, se encuentran sin embargo en otras variedades plenamente funcionales del español en España e Hispanoamérica; por ejemplo, usos que denotan pérdida de marca de caso (vg.. «A María le vieron en la biblioteca»), género o número (vg..«Le mandé el libro a ellos»), o incluso la ausencia del pronombre (cf. Urrutia, 1995). Una diferencia importante es que estos fenómenos no afectan a todas las personas gramaticales ni ocurren todos en un solo dialecto fuera de Estados Unidos, en cambio sí ocurren todos en algunas variedades muy simplificadas del español en este país.

Una pregunta que surge en relación con esto es si se puede justificar la tan oída afirmación de que el español de Estados Unidos es muy diferente o incluso que es una aberración. Es importante tener en cuenta que no hay un español de Estados Unidos sino muchos; tal afirmación podría ser dirigida a los niveles más bajos de dominio del idioma, pero en todo caso, los hablantes que se encuentran en estos niveles usan el español muy raramente y solamente cuando se ven forzados por circunstancias especiales. Con respecto al español de los hispanos nacidos en Estados Unidos que lo usan más regularmente y con cierto grado de fluidez, me parece que lo que crea la impresión negativa, en nuestra opinión exagerada, es básicamente la simplificación de la morfología de tiempo, modo y aspecto y de concordancia de género, así como confusiones en el uso de preposiciones. El hecho de que casi cada oración contenga uno o más de estos fenómenos, y por tanto un punto de posible desviación de la norma de los inmigrantes de primera generación, parece ser un factor en la creación de estereotipos de errores generalizados y falta de sistematicidad.

La gran cantidad de préstamos léxicos tomados del inglés hacen que a menudo, y además con un tono de cierta desaprobación, se evalúe al español como una lengua mezclada, sin prestar la debida atención a su complejidad sociolingüística ni considerar, entre otros, que los tipos de préstamo y su frecuencia varían según los niveles de dominio lingüístico y la situación comunicativa.

Así como el castellano incorporó préstamos del árabe y las lenguas amerindias, el español ha incorporado libremente préstamos del inglés, especialmente para aquellos conceptos que representan diferencias culturales y no tienen correspondencia exacta en español: ‘cama tamaño king’ (cama muy ancha), ‘master suite’ (dormitorio y baño principal, suite matrimonial), ‘lonche’ (un almuerzo, una comida ligera), ‘esnak’ (un refrigerio, un piscolabis), ‘dompe’ (una escombrera para plantas). Se toma prestado, además, mucho vocabulario técnico o especializado asociado con profesiones o actividades; algunas palabras se han extendido más allá de Estados Unidos. Algunos ejemplos son: en deportes: ‘jit’ de hit (golpe), ‘juego’ de game (partido), ‘jonrón’ de home run (en béisbol, carrera completa de un solo golpe); en jardinería: ‘nersería’ de nursery (vivero), ‘graftear’ de to graft (injertar), ‘espreyar’ de to spray (fumigar); en informática: ‘estorear’ de to store (guardar), ‘fail’ de file (archivo), ‘imeil’ de e-mail (correo electrónico), ‘formatear’ de to format (inicializar un disquete); en telecomunicaciones: ‘biper’ de beeper (busca personas), ‘espíker’ de speaker (altavoz), ‘intercom’ de intercom (teléfono interno); en mecánica de automóvil: ‘cloche’ de clutch (embrague), ‘brecas’ de brakes (frenos), ‘mofle’ de muffler (silenciador), etcétera, y cientos de palabras más que se refieren a objetos o acciones de la vida diaria, adaptados del inglés, y quizás así recordados más fácilmente, como por ejemplo ‘puchar’ de to push (empujar), ‘mapear’ de to mop (pasar la fregona), ‘dostear’ de to dust (sacudir el polvo), ‘cuitear’ de to quit (darse por vencido), ‘liquear’ de to leak (gotear), ‘fensa’ de fence (reja), ‘pipa’ de pipe (cañería), ‘traques’ de tracks (rieles), ‘suiche’ de switch (interruptor), ‘biles’ de bills (cuentas), ‘bildin’ de building (edificio).

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CONCLUSIÓN

Podríamos preguntarnos si los cambios lingüísticos y la reducción en el uso del español en el ámbito familiar predicen un trasvase completo hacia el inglés y la desaparición del español. La respuesta a esta pregunta va en relación con factores políticos, económicos, educativos y demográficos, además de las actitudes hacia las lenguas en cuestión. Obviamente, el mantenimiento del español no depende solamente de actitudes individuales o de grupo sino también, y esto es más importante, de actitudes políticas, que son las que determinan las normativas gubernativas y educativas.

Aunque está claro que no se están resistiendo al cambio hacia el inglés, la mayoría de los hispanos, ya de manera espontánea al conversar o cuando responden a cuestionarios, expresan una actitud positiva hacia el español y el deseo de mantenerlo y transmitirlo a sus descendientes (Mejías & Anderson, 1988; Silva-Corvalán, 1994). Pero estas expresiones de lealtad se ven en contradicción con una conducta poco comprometida; es decir, hay una falta de voluntad a la hora de convertir estas actitudes positivas en acciones concretas. Así, entre los factores extralingüísticos que parecen cruciales a la hora de dar cuenta de los casos de mayor pérdida dentro de los diferentes grados de dominio del español, destacan el que la lengua esté restringida al ámbito de la familia y las amistades, y el tener una actitud subjetiva neutra con respecto al mantenimiento del español.

En un estudio que llevamos a cabo en Los Ángeles, la actitud hacia el español de la primera generación de inmigrantes parecía ligeramente más positiva que la de los de la segunda y tercera generación de inmigrantes. En estos dos grupos hay una tendencia levemente más favorable entre los jóvenes, los cuales rechazan más abiertamente y con mayor fuerza que sus mayores afirmaciones negativas acerca del español. Esto puede deberse a cambios de actitud causados por la enseñanza bilingüe de los últimos treinta años. De hecho, aunque ya hacia mediados del decenio de 1980 la lengua inglesa se había convertido en un problema ideológico en Estados Unidos (Rodby, 1992: 198) y movimientos como English Only (Sólo Inglés) habían comenzado su guerra contra los servicios públicos y la educación bilingües (García, 1997; Gynan, 1997), los bilingües jóvenes no han sentido el mismo grado de presión contra el uso del español, por ejemplo en la escuela, como sufrieron sus mayores. Entre los bilingües más jóvenes, algunos han asistido a colegios que ofrecían algún tipo de educación bilingüe. Así pues, a pesar de las recientes reacciones contra la multiplicidad lingüística en Estados Unidos, los hispanos de todas las edades se sienten hoy día más libres a la hora de hablar en español y defender este derecho, como ilustra el siguiente ejemplo.

R: Hombre de cuarenta y seis años, tercera generación.

C: Investigador.

C: Fíjate. Tú poco a poco has ido viendo que ha llegado más y más gente a la policía que son latinos.

R: Latinos. Como ahora, estaba en el catering wagon [quiosco rodante] y, y, y estaba hablando… Un mecánico mexicano le dijo una a la, al que está cocinando en el catering wagon, le dijo una de doble sentido, una palabra de doble sentido nomás. «Nothing serious [nada tan malo], nothing serious, you know [sabes], just a [sólo].» No me acuerdo qué era ni nada. So le hablé yo p’atrás en español. «Ya te agarré la movida», le dije, «Ya te, ya te estoy escuchando». Y luego este gringo estaba a un lado y luego «Eh», dice, «don’t speak that foreign language around here» [«no hablen ese idioma extranjero aquí»]. Es lo que me dice a mí, you know. ‘What do you mean «foreign language»? That sucker was around here before the English were!’ [¿Cómo que «idioma extranjero»? ¡Ese mamón estaba aquí antes que llegaran los ingleses!] [R se ríe]. And he says, «Man, you’re right!», he says, «You’re right!» [Y dice, «¡Oye, tienes razón!», dice, «¡Tienes razón!»], OK? [R y C se ríen].

Este ejemplo muestra bien algunas de las características del español de un hablante méxico-americano, tercera generación en Estados Unidos (sus abuelos fueron los emigrantes), que ha podido mantener un buen grado de fluidez en su lengua ancestral. Su discurso incorpora préstamos —catering wagon, un quiosco rodante que también se denomina «lonchera» en Los Ángeles, la conjunción so, «así que»— , expresiones perifrásticas que reemplazan a verbos simples —hablar p’atrás por «contestar»— , alternancia de códigos, que ocurre típicamente en expresiones evaluativas —nothing serious— y en el discurso directo.

A pesar de las actitudes positivas, es obvio que el uso del español declina a través de las generaciones. Esta situación parece ser la norma no sólo en el trabajo, la iglesia y otros lugares públicos, sino también en el ámbito familiar. Mientras que los hablantes de la primera generación declaran un uso prácticamente exclusivo del español con sus padres, abuelos y hermanos, algunos hablantes de segunda y tercera generación de inmigrantes utilizan esta lengua con sus padres y hermanos tan sólo frecuentemente, algunas veces, o incluso nunca.

Es también algo frecuente el que en hogares en los que los padres han establecido la norma de que en casa sólo se habla español, tal regla deje de observarse en el momento en que nacen hermanos menores. Como consecuencia, los más jóvenes no aprenden suficiente español como para interactuar con soltura en esta lengua y los hermanos acaban por usar inglés entre ellos.

Fuera de las comunidades hispanas, la actitud hacia el español y sus hablantes, normalmente inmigrantes con pocos medios, no es siempre positiva. Se ha propuesto que la imagen estereotipada del hispano como de raza impura, holgazán (los vocablos ‘siesta’ y ‘mañana’ se suelen insertar en discursos en inglés para connotar pereza y despreocupación), ha sido reforzada en préstamos recientes del español al inglés (Hill, 1993). Estos préstamos, usados por hablantes de etnia anglo, se corresponden con lo que Hill denomina español anglo del Suroeste o español burlesco, que la autora define como «toda una serie de adaptaciones de expresiones del español en un registro chistoso, irónico y paródico» (Hill, 1993: 147, traducción propia). Una de las expresiones que Hill considera español burlesco, por ejemplo, es «Hasta la vista, baby» dado que se trata de un saludo español utilizado de forma denigrante, popularizado por la película Terminator II, usado para despedirse de o mandar lejos de sí a alguien a quien el hablante odia o al menos rechaza.

Hill pide a sus lectores que eviten el uso del español burlesco dado el contexto actual de oposición contra los inmigrantes y contra lenguas que no sean el inglés. Ciertamente, esta es una buena recomendación: en estos momentos el estatus de los hispanos y del español en Estados Unidos es demasiado vulnerable como para convertirlos en blanco de burlas. Por el contrario, es necesario destacar las ventajas que para cualquier estadounidense tiene el comprender e incluso acceder a la pluralidad cultural y lingüística de Estados Unidos. También es imperativo que los hispanos de dentro y fuera de Estados Unidos respeten y acepten el español de Estados Unidos, al menos aquellas variedades características de hablantes de segunda generación de inmigrantes que tienen una buena competencia comunicativa.

Es importante mencionar que la prensa de habla inglesa ha diseminado también algunos artículos con una visión positiva de los hispanos. Algunos editoriales han alabado el hecho de que un número relativamente numeroso de hispanos ejercen su derecho al voto, que los hispanos han contribuido positivamente a la economía, que los hispanos son trabajadores y leales, que son religiosos y dedicados a sus familias y que incluso los de primera generación están haciendo realidad el sueño americano de ser propietarios de sus viviendas. Por otro lado, no hemos encontrado editoriales que alaben el enorme valor de tipo lingüístico que poseen los hispanos bilingües.

Tampoco debe pasarse por alto el impacto que suponen los medios de comunicación en español a la hora de crear una imagen más positiva y de promover el español. La década de 1990 ha visto el crecimiento de las comunicaciones en español, mejor representadas por las tres cadenas nacionales de televisión. La primera emisora de televisión en español en Estados Unidos comenzó a retransmitir desde San Antonio en 1955. Galavisión hizo lo propio en 1979. Dos cadenas más fueron establecidas en 1987, Univisión Televisión y Telemundo Group. Estas cadenas están afiliadas con casi un millar de sistemas de cable en Estados Unidos, y poseen y operan emisiones por ondas en el Suroeste, Florida, Nueva York y muchos otros estados (Kanellos, 1995).

Música, películas, noticiarios, telenovelas, coloquios y telediarios en español llegan a Estados Unidos a través de la televisión y fortalecen lazos culturales y lingüísticos con los casi cuatrocientos millones de personas que hablan español hoy día alrededor del mundo. También son numerosas las emisoras de radio. Además, todas las ciudades grandes cuentan con un periódico en español, y se puede encontrar revistas escritas en español para latinos en quioscos dentro y fuera de comunidades hispanohablantes. La expansión de los medios de comunicación en español hace necesario que los hispanos estadounidenses adquieran alguna variedad de español estándar si su propósito es obtener trabajo en el floreciente campo laboral de la radio, la prensa y la televisión.

En Los Ángeles, la sexta ciudad del mundo en cuanto a población hispana, los 5,5 millones de hispanos han hecho cambiar el panorama del mercado televisivo. La estación afiliada a Univisión, KMEX-TV, ha mejorado sus índices de audiencia, sobrepasando a varias de las cadenas nacionales que transmiten en inglés. Por ejemplo, en los programas en hora preferente (primetime) es el tercer canal más sintonizado por aquéllos entre los dieciocho y los treinta y cuatro años de edad; mejor aún, el programa de noticias locales de las 23 horas ocupa el primer lugar en este grupo de edades, dejando atrás al mismo tipo de programa transmitido en inglés a la misma hora por las filiales de las cadenas nacionales más prestigiosas (ABC, NBC y CBS). Uno de los factores que incide en el éxito de la televisión en español es el énfasis que se pone en lo hispánico en el nivel nacional e internacional. Son los únicos canales que ofrecen diariamente información sobre los hispanos en Estados Unidos, sobre México y sobre Latinoamérica en general.

En Los Ángeles se publica también el diario que tiene la mayor circulación en el país de los escritos en español, La Opinión, que cuenta con cerca de medio millón de lectores diariamente. No puede quedar ninguna duda, por tanto, de que los medios de comunicación en español favorecerán el mantenimiento del español en Estados Unidos como lengua con una sólida importancia social.

Además, los hispanos se han convertido en un enorme y atractivo mercado para todo tipo de empresas, las cuales, a pesar de los esfuerzos para suprimir el español (y otras lenguas de inmigrantes) en contextos públicos, apoyan la publicidad en español en los medios escritos y audiovisuales, publican manuales de instrucciones y circulares en español, y ofrecen servicios en español.

La importancia del mercado latino y de la lengua española ha sido puesta de manifiesto en un artículo del Los Angeles Times de 3 de agosto de 1998, que informa de los resultados de una encuesta de alcance nacional sobre cómo gasta su dinero la población hispana, señalando que el condado de Los Ángeles es el mayor centro del mercado latino. En ella, casi un 80 % de los hispanos entrevistados declara hacer uso de los medios de comunicación en ambas lenguas, pero en enclaves con alta densidad de inmigrantes, como es el caso de Los Ángeles, entre un 55 % y un 60 % de los adultos responde que prefiere la publicidad en español y que comprende los anuncios en español mejor que en inglés. Estos resultados animan a comerciantes, políticos y oficinas gubernativas, entre otros, a tratar de llegar a los millones de hispanos menos anglizados a través de los medios en español.

En conclusión, a las puertas del siglo podemos afirmar que el español y el bilingüismo hispanoinglés no están desapareciendo en Estados Unidos. Más bien, las comunidades hispanas a lo largo y ancho de esta nación son una prueba del fenómeno sociolingüístico tan complejo que representa el bilingüismo de sociedad. El español ilustra un continuo con niveles múltiples de dominio del idioma por el que los hablantes van moviéndose hacia arriba o hacia abajo, ya sea a lo largo de su vida o a través de generaciones, íntimamente entrelazados con la lengua y cultura anglosajonas. Se trata de una situación dinámica que, en caso de que se den condiciones sociopolíticas favorables, puede prolongarse por muchos siglos y puede requerir, no a largo plazo, la normalización de una variedad estándar de español de Estados Unidos.

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Recopilado
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