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El recuerdo que deja un libro a veces es
más importante que el libro en sí.
Adolfo Bioy Casares
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La eternidad es una de las raras virtudes
de la literatura.
Adolfo Bioy Casares
EL ESPAÑOL
El español (también llamado castellano) pertenece a la rama occidental,
subgrupo iberorrománico, de las lenguas románicas, subclase dentro de la
familia indoeuropea. Se trata, con mucho, del idioma romance más
extendido (por delante del portugués y el francés), con cerca de
cuatrocientos millones de hablantes repartidos por los cinco
continentes, aunque concentrados fundamentalmente en el amplio
territorio americano que se extiende desde México hasta Tierra del
Fuego. El español constituye la lengua nacional de carácter oficial en
los siguientes países: México (98.552.776 habitantes), España
(40.077.100), Colombia (41.662.073), Argentina (38.740.807), Perú
(28.409.897), Venezuela (24.654.694), Chile (15.665.216), Ecuador
(13.710.234), Guatemala (13.909.384), Cuba (11.263.429), República
Dominicana (8.715.602), Bolivia (8.586.443), Honduras (6.669.789), El
Salvador (6.470.379), Paraguay (6.036.900), Nicaragua (5.128.517), Costa
Rica (3.896.092), Uruguay (3.413.329), Panamá (2.960.784) y Guinea
Ecuatorial (510.476). En algunos de ellos se hablan también otras
lenguas locales (algunas de las cuales poseen igualmente carácter
oficial), aunque en la mayoría de los casos se trata de una situación de
bilingüismo en la que el español posee el mayor peso específico. En
Puerto Rico, a pesar del fuerte influjo del inglés, la mayoría de sus
3.885.877 habitantes emplean el español para comunicarse. Por otro lado,
existen importantes comunidades de hispanohablantes en EE.UU. (con
20.720.000, y es lengua co-oficial en el estado de Nuevo México junto
con el inglés), Filipinas, Australia, Marruecos, Sáhara Occidental,
Belice, etc.
El número de hablantes de español en los países en los que es lengua
oficial ascendía en 2002 a 326.486.000, según los datos del Anuario
Demográfico de Naciones Unidas (UNDY) y los distintos censos nacionales.
A este cómputo hay hacer algunas observaciones; en primer lugar, hay que
tener en cuenta que la lengua española no es la única en todos los
países en los que es oficial, y por tanto es necesario distinguir entre
cuántos tienen el español como lengua materna en esos países, cuántos
son bilingües de español junto con otra lengua, cuántos no son capaces
de expresarse en español y toda una serie de cuestiones relacionadas.
Por otro lado, para conocer el número de hablantes de español que hay en
el mundo hay que computar el de hablantes de español en otros países en
los que no es lengua oficial
En la actualidad puede hablarse de dos dialectos principales de español:
peninsular en España y americano en Hispanoamérica. Los rasgos más
sobresalientes que caracterizan al primero de ellos son el sonido [>]
para la grafía z (o c delante de e, i) y una tendencia general hacia el
leísmo (empleo de le por lo como pronombre personal en caso acusativo).
El español americano, hablado por el 90 por ciento del total, favorece
el seseo (o pronunciación de las anteriores letras como [s]) y el empleo
de ustedes como pronombre personal de segunda persona plural (y en menor
medida vos como singular). Al igual que ocurre en el caso del inglés, se
producen diferencias en el vocabulario a ambos lados del océano (p. ej.,
en España se utiliza patata, melocotón, coche o sello, mientras que en
América sus correlatos son papa, durazno, carro y estampilla). En
ciertas zonas de bilingüismo (especialmente en los estados de
Norteamérica con inmigrantes hispanos), el contacto entre el inglés y el
español ha dado lugar a calcos léxicos y semánticos de dudosa aceptación
en el resto del ámbito hispanohablante; algunos de ellos son aplicación ´application´ en lugar de solicitud, soda de hornear ´baking soda´ en
lugar de bicarbonato sódico y llamar pa´trás ´to call back´ en lugar de
llamar más tarde (todos ellos escuchados en el estado de Florida en boca
de personas de cultura media e incluso en la televisión). En España, al
igual que en el resto de países hispanohablantes, el español posee
varios dialectos locales. Los más importantes y reconocidos
tradicionalmente, en función sobre todo de criterios históricos, son el
castellano, el aragonés, el leonés, el asturiano y el andaluz (que
comparte algunos rasgos con el español americano, como el seseo). Otros
dialectos menores son el extremeño, el murciano y el canario (también
llamado guanche). El judeoespañol (o ladino) es una variante del español
hablado por las comunidades de judíos sefardíes que fueron expulsados de
España a finales del siglo XV, y que se hallan repartidos por
territorios de Asia Menor, los Balcanes y el norte de África, al igual
que en ciudades como Nueva York y Buenos Aires. Se trata de una lengua
bastante arcaica, ya que ha conservado prácticamente inalterados los
rasgos gramaticales del español clásico. Su futuro es muy incierto, ya
que su empleo se reduce casi exclusivamente a los ámbitos familiares (a
pesar de algunos intentos por editar revistas y periódicos en
judeoespañol en países como Israel). Se estima que su número de
hablantes ronda los 267.500.
El principal organismo regulador del español es la Academia de la
Lengua, que se halla presente en casi todos los países de habla hispana.
La primera que se fundó fue la Real Academia Española de la Lengua
(1713), a la que siguieron la colombiana (1871), ecuatoriana (1874),
mejicana (1875), salvadoreña (1876), venezolana (1883), chilena (1885),
peruana (1887), guatemalteca (1887), costarricense (1923), filipina
(1924), panameña (1926), cubana (1926), paraguaya (1927), dominicana
(1927), boliviana (1927), nicaragüense (1928), argentina (1931),
uruguaya (1943), hondureña (1949), puertorriqueña (1955) y
norteamericana (1973). La autoridad que ejercen estas academias es
normativa (aunque nunca impositiva), y periódicamente se reúnen para
discutir diferentes aspectos de normalización lingüística. A diferencia
de su homóloga francesa, están integradas en su mayor parte por
filólogos y lingüistas, lo que otorga a sus decisiones un alto grado de
respeto por parte de los hablantes.
EL ESPAÑOL EN EL SIGLO
XXI
Las previsiones para el año 2010 revelan que el español podría haber
llegado al final de un ciclo de expansión relativa de su número de
hablantes, pero queda pendiente la expansión basada en otros factores,
muchos de ellos muy valorativos y por tanto de difícil cuantificación,
como es el aumento de su prestigio como lengua, su mayor uso como
vehículo de comunicación internacional y su mayor presencia en la
ciencia y en la tecnología, entre otros.
En los estudios sobre política lingüística del español se señala la
necesidad de que todos los países hispanohablantes fijen una serie de
objetivos comunes entre los que estarían el impulso a las actividades y
programas dirigidos a favorecer la unidad y el enriquecimiento de la
lengua española, la garantía del derecho a la comunicación en español en
situaciones públicas y la protección del derecho a hacer un uso correcto
y prestigioso de la lengua española.
La demolingüística del español reclama también a los distintos estados
la unificación de criterios en los censos de población, sobre todo en
las preguntas relacionadas con los usos lingüísticos, a fin de obtener
datos comparativos entre los distintos países y lenguas.
Algunos expertos señalan como uno de los peligros del español el que
pierda funciones: que deje de utilizarse para determinados campos del
pensamiento, de la actividad empresarial, de la ciencia, de la técnica y
de las comunicaciones. Entre los retos que tiene el español en el futuro
inmediato se señala el saber encontrar un puesto digno en la sociedad de
la información, es decir, que su presencia en Internet sea
cuantitativamente grande y cualitativamente alta, con contenidos útiles.
Aunque gran parte de la actividad cultural, así como de ocio, medios de
comunicación, información general, enseñanza, etc., que se produce en
español ya se encuentra en el medio digital, los datos de 2001 revelan
que, de un total de 313 millones de páginas web, sólo el 2,4% estaban
escritas en español, y es muy bajo su nivel de utilización en los
productos asociados al mundo de las nuevas tecnologías de la información
(TIC).
LA
DIMENSIÓN INTERNACIONAL DEL ESPAÑOL
La dimensión internacional de una lengua es la capacidad de ser el medio
de comunicación no sólo entre quienes la tienen como lengua materna,
sino entre hablantes de otras lenguas. Por tanto, esta dimensión no se
mide por el número de hablantes ni por el número de países en los que es
oficial ni por otra serie de datos cuantitativos como es el número de
palabras que contenga, como es creencia muy difundida. Existe una gran
dificultad para establecer los parámetros que permitan una medición de
la importancia de las lenguas porque existen factores imponderables,
porque falta objetividad a la hora de interpretar los datos debido a
patriotismos y a prejuicios políticos y porque faltan datos de muchas
lenguas, lo que impide llevar a cabo las comparaciones necesarias. El
inglés es en la actualidad la lengua de mayor dimensión internacional,
pero hay otras como el español, el francés, el alemán o el italiano que
ocupan lugares secundarios pero importantes y que tienen que terminar de
definir en las próximas décadas cuál es su función en el nuevo orden
político y económico mundial y, en especial, en el que determinan las
nuevas tecnologías en la llamada sociedad de la información.
Los primeros estudios que han aplicado un método para medir la dimensión
internacional de las lenguas, y en especial la importancia relativa del
español, han sido llevados a cabo por el Marqués de Tamarón entre 1990 y
1995. El método utilizado fue reducir a una ecuación el índice de
importancia de las lenguas; dicho índice era igual a la suma de otros
seis índices (cada uno multiplicado por un factor de ponderación)
dividida por la suma de los factores de ponderación. Los seis índices
parciales eran: el índice de desarrollo humano -llamado así por la ONU-
que a su vez consta de otros tres índices: expectativa de vida al nacer,
nivel de instrucción (expresado por el grado de alfabetización y el
término medio de años de escolarización) y producto interior bruto real per per; el número de hablantes, el número de países en los que una
lengua es oficial, el volumen de las exportaciones de estos países, el
uso como lengua en la ONU y el número de traducciones de esa a otras
lenguas. El estudio se realizó sobre diez lenguas, y los resultados
fueron los siguientes: inglés, 0,590; francés, 0,445; español, 0,394;
ruso, 0,371; alemán, 0,346; chino mandarín, 0,342; japonés, 0,325;
sueco, 0,297; italiano, 0,296; hindi, 0,134. A juicio del propio autor
del estudio, el Marqués de Tamarón, que analizó los datos, los
resultados resultaban poco equitativos, pues la distancia real del
inglés en importancia internacional sobre las demás lenguas estudiadas
es mucho mayor de la que resulta al aplicar el método. Asimismo, lenguas
como el alemán y el italiano tienen en la realidad mayor peso que el que
se refleja en el resultado, pues son percibidas como lenguas de más
importancia cultural, científica y económica que otras que ocupan
lugares anteriores. Según el Marqués de Tamarón, para que un estudio de
estas características arrojara resultados más acordes con la percepción
social que se tiene de las lenguas habría que tener, en primer lugar,
datos de al menos de doce lenguas que permitieran tener una visión de
conjunto y, sobre todo, tendrían que incluirse una serie de factores
ponderativos distintos, algunos altamente significativos, como son: el
número de personas que están estudiando una lengua, el uso de cada
lengua en la actividad científica y en el mundo del espectáculo, y
-habría que añadir, dada la creciente importancia de Internet como medio
de comunicación- el número de páginas web. El gran problema que señala Tamarón es que algunos de los factores que determinan la importancia
internacional de una lengua son completamente imponderables, como es la
imagen que se tiene de esa lengua: si es fácil o difícil, si es pujante
o decadente y si es una lengua de países ricos o de países pobres, de
científicos o de artistas. La imagen de la lengua depende en buena
medida de la imagen de la cultura (nacional o multinacional) de la que
es vehículo de expresión, y esta depende tanto de la sedimentación
histórica como de la que ofrezca en la actualidad. La evolución de la
imagen de las lenguas tiene unos ciclos cortos y otros largos. El
elevado prestigio del francés, por ejemplo, goza de un gran equilibrio
histórico, pues es una lengua que representa lo conservador y lo
progresista, así como las vanguardias literarias y artísticas; además,
fue la lengua de la diplomacia hasta 1920. Por tanto, en un ciclo largo,
el francés es una lengua con una imagen muy alta, y en la actualidad
existe una contradicción entre su escasa utilidad y su persistente
prestigio cultural. El alemán es una lengua de prestigio tomando como
referencia un ciclo largo de tiempo que marcan prácticamente los dos
últimos siglos, pero entremedias tuvo dos ciclos de bajo prestigio, uno
entre 1918 y 1930, y otro entre 1945 y 1989. En este último año se
produjo la caída del muro de Berlín, un hecho simbólico de fuerte efecto
sobre la imagen, y aunque ha recuperado espacios en medios políticos y
económicos, no ha recobrado su antigua importancia en el mundo
científico debido a que es imposible la competencia con el inglés.
Los resultados de los análisis sobre el español realizados desde estas
perspectivas para medir su dimensión internacional muestran una lengua
muy unitaria, bastante extendida geográficamente y de gran prestigio
cultural y literario, pero de poco peso económico y científico y de
imagen no demasiado elevada. La imagen del español está menos ligada a
la fortuna de España que las demás lenguas europeas y, en este sentido,
está más próxima al inglés. Desde principios del siglo XIX el español se
viene asociando a los pueblos que lo hablan, vistos por los románticos
como vitalistas e imaginativos, y esta imagen ha supuesto ciertas
ventajas pero también algunos inconvenientes que han contribuido a su
desigual valoración. En la última década del siglo XX se produjeron
acontecimientos que contribuyeron a mejorar su prestigio (los Juegos
Olímpicos de Barcelona de 1992, la apertura del museo Guggenheim en
Bilbao y el acercamiento de los países de lengua española al modelo
económico del primer mundo), pero simultáneamente ocurrieron otros, como
la crisis económica de Argentina a finales de 2001, que supusieron un
factor de regresión. Por otro lado, una de sus grandes bazas, que es la
alta demografía de la lengua, es paradójicamente una de sus desventajas,
pues se identifica con lenguas de países sin industrializar.
EL VALOR
ECONÓMICO DE LA LENGUA ESPAÑOLA
El peso económico de una lengua se mide por lo que suponen para la
economía las áreas de la actividad económica cuyos productos y servicios
no pueden existir sin ella, por lo que tienen una especial vinculación.
Entre estas actividades se encuentran fundamentalmente la industria
editorial, los medios de comunicación y la publicidad. Estas actividades
difieren de las llamadas industrias de la lengua, que son las que tienen
la lengua como producto, como la traducción y la enseñanza del español.
Ángel Martín Municio dirigió el primer estudio que mide las aportaciones
de todas estas industrias a la economía española entre los años 1995 y
2001. Los resultados de este estudio permiten concluir que todas estas
actividades aportan el 15% del producto interior bruto español (88.000
millones de euros en 2001), porcentaje que ha ido en aumento progresivo
desde la última década y que, según apuntan las previsiones, superará el
20% en el año 2005. El desglose de las aportaciones por sectores de
actividad a este total indica que el sector servicios supone el 88%, y
el 12% la industria. Dentro de los servicios, el reparto es el
siguiente: el 30% corresponde a la enseñanza, el 19% a la publicidad, el
17% a las telecomunicaciones y las nuevas tecnologías de la información,
el 12% a la Administración del Estado, y el 7% a la cultura y los
espectáculos. Del 12% que representa la industria en el valor económico
del español, la mayor y más significativa es la industria editorial, que
aporta un 10%, mientras que el restante 2% corresponde a los sectores ofimático, papelero y químico.
NORMA ACADÉMICA Y
NORMA CULTA
La norma culta está formada por el conjunto de rasgos lingüísticos
propios de las personas mejor instruidas y formadas de una comunidad, se
irradia desde las grandes ciudades hacia otras más pequeñas que quedan
bajo su radio de influencia, y los medios de comunicación son los que
contribuyen a su difusión. A su conocimiento por parte de los lingüistas
contribuyen dos disciplinas: la dialectología y la sociolingüística; la
primera se encarga de investigar las diferentes variedades en el espacio
y la segunda hace lo propio en los distintos contextos sociales, de
forma que los resultados de sus investigaciones permiten dar a conocer
los usos más prestigiosos y los más desprestigiados, los que son más
frecuentes (y en qué grupos) y los que son comunes. Para conocer cuál es
la norma culta del español, el primer problema al que se enfrentan los
lingüistas es el derivado de su gran difusión, ya que no hay una norma
culta única para todo el complejo lingüístico que lo constituye, ni
existen unos hablantes cuyos usos sean el modelo y la referencia para
todos los demás en todo el mundo, sino que se da una convivencia de
varias normas cultas. No existen ciudades o países donde, por el mero
hecho de haber nacido o haberse educado allí, se hable mejor o peor. En
definitiva, el español tiene una norma académica única y, sin embargo,
su norma culta es policéntrica. Esta característica es lo que los
lingüistas han llamado ?unidad y diversidad del español?.
Se considera que en las ciudades más importantes de cada país de lengua
española existe una norma culta que puede ser compartida con otras zonas
o ciudades del mismo país o región. Hay países en los que existe una
sola norma culta, y otros en los que hay varias. En España hay tres
normas cultas: la castellana, la sevillana y la canaria. En América se
han delimitado cinco normas cultas generales, en cada una de las cuales
se incluirían las normas cultas de las ciudades importantes que quedan
dentro de su área:
Norma de México y Centroamérica, que incluye la de la Ciudad de México,
entre otras.
Norma caribeña, en la que se incluyen las de La Habana y San Juan de
Puerto Rico.
Norma andina (incluye las de Lima y Bogotá).
Norma chilena (incluye la de Santiago de Chile).
Norma rioplatense, en la que están incluidas las de Buenos Aires y
Montevideo.
Existen rasgos lingüísticos que son propios de la norma culta de un país
o de una ciudad (por ejemplo, el ?voseo? en Argentina). Sin embargo,
otros forman parte de la mayoría de las normas cultas del mundo
hispánico (el seseo, el yeísmo y el debilitamiento o la pérdida de la -s
en posición final de palabra).
EVOLUCIÓN HISTÓRICA
Las lenguas prerrománicas y la romanización
En el comienzo de su historia, la Península Ibérica estaba habitada por
una serie de pueblos, entre ellos los iberos, los tartesios, los
lusitanos, los celtíberos y los vascos. Más tarde, los fenicios se
asentaron en las costas meridionales, fundando varias ciudades: Gádir
(Cádiz), Málaka (Malaga), Abdera (Adra), etc. Sus aliados los
cartagineses reafirmaron esta influencia mediterránea (testimoniada en
ciudades como Cartagena y Mahón), mientras que los griegos extendieron
su dominio por el Levante y Cataluña: Lucentum (Alicante), Rhode
(Rosas), Emporion (Ampurias). Precisamente en esta última ciudad
desembarcaron los romanos en el año 218 a.C., dentro del marco de la 2ª
Guerra Púnica que los enfrentaba a los cartagineses. Tras mantener una
serie de luchas con los pobladores de la Península, los romanos terminan
por someterlos en el año 19 a.C. Durante todo este tiempo tuvo lugar un
proceso conocido como romanización, que básicamente consistió en la
introducción de la lengua y la cultura latinas a través de los
legionarios y colonos que desembarcaron en Hispania. El latín que empezó
a usarse con profusión no era el latín clásico que se utilizaba en la
literatura, sino el llamado latín vulgar, la modalidad hablada de la
lengua, que presentaba algunas diferencias importantes con respecto al
primero (véase latín). Durante varios siglos hubo un período de
bilingüismo entre este latín vulgar y las lenguas prerrománicas, hasta
que finalmente éstas desaparecieron, aunque no sin antes dejar su huella
en el léxico común (palabras como vega, barranco, colmena, estancar,
páramo, camisa, cerveza, carro, pizarra, izquierdo, Segovia, Hispania,
etc. pertenecen a esta época).
EL LATIÍN EN HISPANIA
La romanización de la Península Ibérica fue completa, lo cual no sólo se
muestra en la floración de autores latinos (Séneca, Marcial, Columela,
Lucano) y en la existencia de grandes focos de latinidad (Hispalis,
Corduba, Emerita, Tarraco), sino muy especialmente en el hecho de ser el
latín vulgar la única lengua empleada hasta en los escritos más
humildes. El tránsito de esta lengua itálica a los primitivos romances
peninsulares fue prácticamente imperceptible, aunque por los documentos
conservados puede hablarse de latín propiamente dicho hasta el año 600
a.C. y de distintos dialectos románicos desde el 800.
Al igual que en el resto de la Romania, las diez vocales originales del
latín clásico se redujeron a siete en el latín vulgar hablado en la
Península: [i], [e], [e], [a], []], [o], [u]. Más tarde, las vocales
abiertas [e] y []] diptongaron por lo general en el primitivo castellano
en [ie] y [ue] dentro de sílaba tónica (ej.: terra > tierra; porta >
puerta), algo que no se produjo en una lengua vecina como el portugués,
que mantuvo inalteradas las vocales del latín.
LA ÉPOCA VISIGODA
La dominación romana en Hispania llega a su conclusión en el año 409,
cuando un grupo de pueblos germánicos (visigodos, vándalos, suevos y
alanos) invaden la Península. Durante varios años se produce una
convivencia entre estos invasores nórdicos (especialmente los visigodos)
y la población hispanorrománica, lo que se refleja en la introducción en
la lengua de germanismos como burgo, guerra, espía, guardián, aspa,
rueca, Fernando, Rodrigo, Castrogeriz, etc. No obstante, los visigodos
abandonaron pronto su lengua gótica y se asimilaron a las costumbres y
la lengua románica de la Península.
LA INVASIÓN ÁRABE Y LOS PRIMITIVOS DIALECTOS PENINSULARES
A partir del año 711, unos nuevos invasores vienen a incrementar el
crisol cultural en el que se había convertido Iberia: los musulmanes
(especialmente árabes, sirios y beréberes). No sólo trajeron conflictos
bélicos, sino una cultura mucho más avanzada que ayudó en gran medida al
desarrollo de la Península. Tras el latino, el componente léxico arábigo
ha sido el más importante a la hora de configurar el actual vocabulario
del español (en el que existen unos cuatro mil términos de procedencia
árabe), gracias a la introducción de palabras como adalid, atalaya,
alférez, acequia, alberca, alcachofa, noria, marfil, azufre, arancel,
tarea y otras. Durante los siete siglos que duró la ocupación musulmana
en España, la población cristiana se agrupó en la mitad norte de la
Península en diversos reinos con escaso contacto entre sí. Esto hace que
en ellos se desarrollen diversos romances con marcadas diferencias
lingüísticas (gallego-portugués, astur-leonés, castellano,
navarro-aragonés, catalán), que en un principio quedan reservados al
ámbito oral, ya que el latín seguía siendo la única lengua de cultura,
empleada en la redacción de documentos escritos.
El gallego-portugués, hablado al norte del río Duero, constituía durante
esta época una única lengua, portadora de una gran tradición literaria
(cuyo máximo exponente son las cantigas). A raíz de la Reconquista de
los territorios musulmanes, el foco lingüístico de este romance
peninsular se fue desplazando hacia la emergente nación de Portugal, con
lo que surgió el portugués medieval y el gallego, lengua esta última que
quedó aislada durante mucho tiempo y sometida al enorme influjo del
emergente castellano. Por otro lado, el catalán siempre estuvo más cerca
de los dialectos provenzales del sur de Francia que del resto de lenguas
románicas peninsulares, por lo que evolucionó de forma distinta a éstas.
En la mitad sur del país (llamada entonces Al-Andalus) la lengua de la
administración y la cultura fue el árabe, aunque la población hispánica
desarrolló una serie de dialectos mozárabes que, aislados del resto de
romances y cohibidos por la preeminencia del árabe, tuvieron una lenta
evolución.
No fue hasta el siglo X cuando surgen los primeros testimonios de un
romance peninsular al que cabe considerar como el germen de la lengua
española: se trata de las Glosas Emilianenses, anotaciones marginales a
unos textos litúrgicos latinos que el escriba insertó para facilitar la
comprensión de la lectura. El dialecto peninsular en el que están
escritas es el navarro-aragonés.
AUGE DEL CASTELLANO
De entre todos los dialectos romances de la Península, el castellano
(que empezó a desarrollarse en Cantabria) se convirtió pronto en la
modalidad más evolucionada, producto de la estratégica situación del
reino de Castilla como vértice en el que confluían las diversas
tendencias lingüísticas del habla peninsular, lo que hizo que asimilara
rápidamente las principales innovaciones procedentes de las regiones
vecinas. Por ejemplo, con el este practicó las asimilaciones fonéticas AI > E (ej.: carraira > carrera), AU > O (ej.: aurum > oro) y MB > M
(ej.: palumba > paloma); con el noroeste palatalizó la L de los grupos
iniciales PL-, CL- y FL-, aunque después siguió una evolución distinta,
suprimiendo la primera consonante (ej.: planu > llano, clave > llave,
flama > llama); al igual que el resto de dialectos románicos centrales,
diptongó los sonidos abiertos [e] y []] en IE y UE, respectivamente
(ej.: septem > siete, foco > fuego). Como innovaciones particulares, el
castellano transformó la F- inicial latina en el sonido aspirado [h] y
más tarde la suprimió por completo (ej.: forno > horno), y también
eliminó la G- y J- iniciales delante de vocal palatal átona (ej.: ianuarius > enero, germanus > hermano). Fue precisamente el castellano
la lengua que los cristianos extendieron por toda la Península durante
la Reconquista, proceso durante el cual los dialectos mozárabes fueron
suprimidos progresivamente. Con la toma de Toledo en 1085 desapareció
uno de los principales centros de mozarabismo. A partir del siglo XII la
Reconquista progresa considerablemente, hasta que en el XIII los árabes
quedan reducidos al reino de Granada. A este período pertenece la obra
maestra de la literatura épica castellana, el anónimo Cantar de mio Cid,
que tras circular oralmente en boca de juglares fue refundido por
escrito hacia 1140. En el aspecto léxico, el gran desarrollo de las
cortes francesas supuso la entrada en el castellano de numerosos
galicismos y occitanismos (ligero, doncel, linaje, mensaje, trovar,
español, etc.). Esta etapa primitiva del castellano es lo que se conoce
como español medieval o antiguo.
Hasta el siglo XVI, el castellano distinguió una serie de fonemas que
posteriormente se asimilaron al sistema fonológico general o
desaparecieron por completo. Se trata de los fricativos /./ (como en baxo ´bajo´) y /¥/ (como en muger ´mujer´) y los africados /ts/ (como en braço ´brazo´) y /dz/ (como en fazer ´hacer´). La letra s representaba
el fonema ápico-alveolar sordo /s/ en posición inicial de palabra o en
posición media tras consonante (como en señor, pensar), al igual que el
grupo ss entre vocales (como en amasse), mientras que la s intervocálica
transcribía su correlato sonoro /z/ (como en rosa). Existía igualmente
una distinción entre el fonema bilabial /b/, escrito como b (cabeça), y
el labiodental /v/, escrito con v o u (cavallo / cauallo, aver / auer).
El sonido aspirado [h] era un simple alófono de /f/, por lo que era
posible encontrar formas como fijo o hijo.
La primera normalización ortográfica de importancia del castellano tuvo
lugar durante el reinado de Alfonso X el Sabio (1252-1284), que
supervisó personalmente una intensa actividad científica y literaria. Su
gran producción en prosa favoreció extraordinariamente la propagación
del castellano por todo el reino, elevándolo al rango de lengua oficial
en los documentos reales en detrimento del latín. Durante el siglo XIV,
el castellano liquida algunas de sus más importantes vacilaciones,
desecha anteriores prejuicios respecto a fenómenos fonéticos dialectales
y camina con paso firme hacia su normalización. Con la llegada del
Humanismo y el Renacimiento en los siglos XV y XVI, la lengua recibe
gran cantidad de influencias lingüísticas por parte de las lenguas
clásicas: latín y griego. El habla de Castilla comienza a confundir los
sonidos [b] y [v] del español medieval y deja de pronunciar la aspirada
[h]. Por otro lado, se produce en el habla el ensordecimiento de los
sonoros [dz], [z] y [¥], que se empiezan a confundir con sus correlatos
sordos [ts], [s] y [?], con las consiguientes vacilaciones ortográficas
entre Z / C / Ç, -S- / -SS- y G / J / X. La Gramática de la lengua
castellana (1492), de Nebrija, constituye el primer estudio detallado de
la lengua hablada en España y uno de los primeros entre las lenguas
vernáculas europeas. La doctrina estilística de la época se encierra en
la conocida frase de Juan de Valdés (1499-1541): ?el estilo que tengo me
es natural y sin afectación ninguna escrivo como hablo; solamente tengo
cuidado de usar de vocablos que sinifiquen bien lo que quiero dezir, y
dígolo quanto más llanamente me es possible, porque a mi parecer, en
ninguna lengua stá bien el afetación?.
DEL CASTELLANO AL
ESPAÑOL
Elevada por los Reyes Católicos al rango de gran potencia mundial,
España se lanza con Carlos V a la conquista de Europa y del Nuevo Mundo.
Es entonces cuando el nombre de lengua española (o español) tiene
absoluta justificación, ya que el castellano dejó de ser simplemente la
lengua local de Castilla para convertirse en el idioma unificador de la
recién creada nación española, y ser de esta forma la variante
lingüística que los colonizadores introdujeron en América. Como
resultado de estos contactos comerciales, pasaron a la lengua
americanismos como maíz, patata, tabaco, huracán, tiburón, chocolate,
etc. La lengua que se desarrolla a partir del siglo XVI puede llamarse
ya propiamente español clásico, que alcanza su máxima expresión
literaria de la mano de autores consagrados como Cervantes, Lope de
Vega, Quevedo y Góngora.
Como ya se dijo anteriormente, el fonema fricativo palatal sonoro [¥]
empezó a confundirse con su correlato sordo [?], que en el siglo XVII se
transformó en el sonido velar [x] del español moderno (obsérvese los
casos de bajo y mujer, resultantes de dos fonemas distintos en español
medieval). En Andalucía occidental se consolidó la fusión de los fonemas
fricativos alveolares /s/, /z/ (representados mediante S y SS) con sus
correlatos africados /ts/, /dz/ (representados mediante C, Ç y Z), que
posteriormente adelantaron su articulación para dar lugar a un único
fonema dental con dos variantes articulatorias fundamentales: una dental
[s] (origen del fenómeno conocido como seseo) y una interdental [?]
(origen del ceceo). La puntillosidad de los hablantes españoles del
siglo XVI relegó el pronombre personal tú a la intimidad familiar o al
trato con inferiores, y desvalorizó tanto su correlato formal vos que,
de no mediar gran confianza, resultaba descortés emplearlo con quien no
fuera inferior. Para el resto de casos se empleaban las fórmulas vuesa
merced (de cuya reducción resultó el pronombre usted), vuestra señoría
(origen de usía) o vuestra excelencia (origen de vuecencia). De esta
forma, en el siglo XVII se alcanzó el actual estado de la lengua en
cuanto a este fenómeno pragmático: tú es el pronombre de confianza y
usted el de respeto. Este mismo uso es el que se trasplantó en América,
aunque en Argentina, Uruguay, Paraguay y América Central tú fue
sustituido por vos, mientras que en Panamá, Chile, Colombia, Venezuela,
Ecuador, Perú y Bolivia estos dos pronombres alternan.
ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO
A partir del siglo XVIII, la lengua adopta progresivamente su actual
forma, y entra en la étapa histórica que se conoce como español
contemporáneo. Un hecho fundamental fue la creación de la Real Academia
de la Lengua en 1713, en cuyo Diccionario de autoridades (1726-39)
propone las reglas ortográficas principales del español moderno: 1) la
letra U se emplea únicamente como vocal, y V como consonante (eliminando
así anteriores grafías como vno o cauallo); 2) suprime la grafía Ç y
distribuye el uso de C y Z según el esquema actual; 3) se atiene a
criterios etimológicos en el empleo de B y V (cuya pronunciación se
había confundido por completo), reservando la primera para los casos en
los que en su étimo latino existiera una B o una P, y la segunda cuando
hubiera una V; 4) suprime la distinción entre las grafías -SS- y -S-,
generalizando esta última; 5) reserva la letra X para el grupo culto
latino [ks], y propone la J para representar su antiguo sonido velar
[x]; 6) elimina los grupos consonánticos griegos y latinos
reintroducidos en la lengua durante el período clásico. De esta manera,
en 1815 queda fijada definitivamente la ortografía del español actual
(los pocos cambios que se produjeron posteriormente no fueron
especialmente importantes). Durante esta época se introducen gran
cantidad de tecnicismos, galicismos y anglicismos en la lengua (mechánica,
termómetro, fábrica; pichón, bisutería, chófer, garaje; club, líder,
turista).
EL ESPAÑOL EN EE.UU
En Estados Unidos existe un contingente de población de habla española
numeroso. Su origen es vario. Tradicionalmente parte del actual
territorio de los Estados Unidos fue de poblamiento hispano y perteneció
a la corona española o a México (partes de California, Nuevo México,
Texas, Arizona, etc.). Igualmente hispana fue la conquista y
colonización de partes del actual territorio estadounidense. Así, entre
las expediciones de conquista figuran la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca
desde la Florida (y que le llevó durante ocho años hasta zonas de
Arizona y México) y Oñate ("primer gobernador de EE.UU.") y Menéndez de
Avilés; la de Vázquez de Coronado, siguiendo la primera expedición de
Marcos de Niza, por Texas y Arizona (Llano Estacado) en busca de Quivira
y las siete ciudades de Cíbola; y las expediciones de Gaspar de Portolà
y fray Junípero Serra hasta Monterrey (1769) y la posterior de Juan
Bautista Anza hasta San Francisco en 1775. En el Sureste la población
española no fue nunca numerosa. Así, las misiones de Georgia se
retiraron en 1703; partes de Alabama y Mississippi fueron españolas
hasta 1803, y Missouri, Iowa y Minnesota desde 1763 a 1813; Arizona,
Colorado y Utah fueron españoles hasta 1821. Mucho mayor fue la
presencia de poblamientos hispanos en el Suroeste, que quedó anexionado
a los Estados Unidos mediante el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1845-53),
tras la guerra méxico-americana. El gobierno estadounidense ofreció
concesiones de tierras a numerosos pobladores hispanos (en especial en
Texas y California, véase Soberanes), que permanecieron en territorio
ahora de los EE.UU.
La inmigración de población de habla española en territorio de los EE.UU.
se ha producido de forma continuada desde la segunda mitad del siglo
pasado. Primeramente estuvo formada por trabajadores de las minas y
ferrocarriles en los estados actuales de Nevada, Arizona y California.
Desde 1900 hasta la Gran Depresión (1929) se produce una fuerte ola de
inmigración en el Suroeste procedente de México. Las causas son el
desequilibrio producido por la revolución mexicana, la promesa de
salarios mejores al norte del territorio mexicano y la mejora de las
condiciones de vida. Es este el momento en que barrios enteros de Los Angeles o San Francisco se hacen de habla española (y también el momento
en que el racismo y la xenofobia alcanzan cotas insospechadas para los
"chicanos" o "brown-skin"). Con la Gran Depresión se produjeron también
repatriaciones forzosas, en ocasiones de trabajadores mexicanos que
llevaban mucho tiempo viviendo en los EE.UU., en muchos casos de hijos
de emigrantes que habían nacido en los EE.UU. y no tenían nada que ver
con México. Tras la Segunda Guerra Mundial, y ante la necesidad urgente
de mano de obra, se creó el llamado "Bracero Program" (1942), que
permitía la entrada legal en el país de numerosos trabajadores agrícolas
mexicanos para trabajos temporales (agrícolas). Es ésta la época del
desarrollo de la agricultura en masa por todo el Oeste estadounidense (y
hasta los territorios del llamado "Dust-Bowl" o Cuenca de Polvo). Así,
un porcentaje elevado de la población del Valle de San Joaquín
(California) fue de habla hispana (a menudo bajo condiciones de vida
paupérrimas y pagas ridículas). Desde la Ley de Inmigración de 1965 (que
limita el número de inmigrantes del Hemisferio Occidental), la
inmigración mexicana es más difícil.
También desde entonces se ha producido el fenómeno de los "Wet-backs" o
espaldas-mojadas, inmigrantes ilegales procedentes de México que pasan
la frontera y viven indocumentados. Recientemente se ha votado en
California la proposición 187 con carácter de ley, que niega asistencia
médica o ayuda escolar a los niños en edad escolar que estén
indocumentados. Por otra parte un número elevado de granjas agrícolas
del Suroeste se mantiene gracias al trabajo de los "indocumentados" o
"ilegales" (que en ocasiones se paga hasta un 30% por debajo del salario
mínimo y sin derecho a Seguridad Social o prestaciones laborales de
ningún tipo).
Un segundo contingente de población hispana es de procedencia
puertorriqueña (o portorriqueña). Su presencia en terriotorio
estadounidense data de fines del siglo pasado e inicios del actual,
aunque adquiere mayores proporciones a partir de 1950. Desde 1917 los
habitantes de la isla tienen pasaporte estadounidense (debido a su
carácter de Estado Libre Asociado). Los estudiosos han señalado dos
tipos de inmigración puertorriqueña, de procedencia urbana mayoritaria
con anterioridad a 1950 y de procedencia rural con posterioridad a esa
fecha. Ya en territorio estadounidense su preferencia ha sido el poblamiento en grandes centros urbanos. New York ("Nueva Yorica") tiene
en la actualidad la mayor colonia de puertorriqueños fuera de la isla.
Un tercer contingente de inmigrantes de habla española es el cubano,
presente de manera mayoritaria en Estados Unidos después de la
Revolución de 1959. A diferencia de las dos anteriores, ésta es una
inmigración predominantemente política, que atrajo en un principio a las
clases pudientes, que se establecieron con preferencia en Florida. La
colonia cubana de Nueva York es también muy numerosa. En Florida (y en
especial en Miami), el enorme número de cubanos en el exilio (en su
mayoría entraron en el país en calidad de refugiados políticos) ha
formado una red de apoyo y ayuda que ha mantenido buenas relaciones con
el gobierno estadounidense en su intento de luchar contra la dictadira
castrista. También es proverbial la ayuda y apoyo que la comunidad
cubana en el exilio ha brindado en el último casi medio siglo a los
compatriotas recientemente llegados de la isla.
Un último grupo de inmigración de origen hispano está compuesto por
centro y sudamericanos. Las cifras indican el predominio de dominicanos
y colombianos primero, seguido de salvadoreños en los últimos años (en
especial radicados en California) y de ecuatorianos, argentinos,
peruanos y chilenos. En muchos casos se han valido de métodos ilegales
(turismo ilegal) para entrar en el país. También es de señalar la "fuga
de cerebros": el número elevado de estudiantes que entran en el país de
manera legal para estudiar en las universidades norteamericanas y que
deciden luego quedarse, así como profesionales que optan por buscar
empleo en los Estados Unidos.
La población de origen y habla hispanos en Estados Unidos está creciendo
de modo abrumador, en especial en determinadas regiones (California,
Florida, etc.). En la actualidad el español es la lengua más hablada en EE.UU. después del inglés (y la más estudiada en los departamentos
universitarios de lenguas), y las colonias de habla hispana de ciudades
como Los Angeles, Chicago o Nueva York son enormes. Los estudios
latinoamericanos o chicanos son también de los que más crecen en la
actualidad y de los que mayor número de estudiantes atraen a las
universidades. Todavía ha de solventarse el principal problema que la
mayor parte de las colonias de hispanos aborda en los EE.UU.: racismo,
xenofobia y bajos salarios.
ORTOGRAFÍA Y
PRONUNCIACIÓN
El español emplea para su representación escrita el alfabeto latino.
Adicionalmente, utiliza una tilde sobre la letra n (ñ) para representar
el sonido palatal nasal [?] (como en España), y acentos agudos sobre
todas las vocales. A pesar de la altamente satisfactoria correspondencia
entre la ortografía y la pronunciación de la lengua, existen dígrafos
que representan un único sonido (como ch = [|], gu = [g], ll = [{], qu =
[k], rr = [r]) e, inversamente, diversos sonidos que son representados
mediante una sola letra. Por ejemplo, c transcribe el sonido interdental
[?] delante de las vocales palatales e, i (como en cenar, hacia) y el
velar [k] en el resto de contextos (como en casa, ancla). De forma
paralela, g representa el sonido fricativo [x] delante de e, i (como en
gente, Gijón) y el oclusivo [g] en el resto de contextos (como en gato,
guiso). Las letras b y v transcriben el mismo sonido bilabial [b] (como
en el par vaca / baca). Al igual que en el resto de lenguas, algunos
fonemas del español presentan variantes articulatorias dependiendo del
contexto fonético, aunque su producción resulta hasta cierto punto
espontánea y no afecta al sistema general de la lengua. Así, por
ejemplo, /b/ presenta un alófono propiamente oclusivo [b] tras pausa o
consonante nasal (como en vino, bomba) y otro fricativo [?] en el resto
de contextos (como en curva, cabo). Lo mismo ocurre con /d/ ([d] como en
toldo y [Ê] como en cada), /g/ ([g] como en ganga y [p] como en
alguien), /®/ ([®] como en yate y [j] como en bayo) y los fonemas
nasales y laterales. La letra h (como en hacer) es muda en español. Un
rasgo característico de la ortografía española consiste en el empleo de
marcas de apertura y de cierre en las oraciones interrogativas y
exclamativas (como ¿cuántos años tienes? o ¡qué mala suerte!), que
incluso pueden combinarse dentro de una unidad tonal apropiada (¡cómo es
posible que no te enteraras?). Los siguientes son los sonidos
consonantes del español (véase Alfabeto Fonético Internacional):
oclusivos: [p], [b], [t], [d], [k], [g]
africados: [|], [®]
fricativos: [f], [?], [s], [x]
nasales: [m], [n], [?]
líquidos: [l], [{], [r], [?]
semivocales: [j], [w]
El sistema vocálico del español ha reducido las diez vocales originales
del latín a tan sólo cinco, que se distribuyen en las posiciones
extremas de la cavidad bucal: [a], [e], [i], [o], [u]. Existen trece
diptongos, formados por la unión de una vocal abierta y otra cerrada ([ai],
[au], [ei], [eu], [oi]) y por la unión de una semivocal con un sonido
vocálico ([ja], [je], [jo], [ju], [wa], [we], [wi], [wo]). Además, se
pueden formar varias series de triptongos mediante la unión de una
semivocal al primer grupo de diptongos anteriores (como en asociáis,
buey, Paraguay, etc.).
El acento prosódico en español tiende a recaer en la penúltima sílaba de
las palabras, y sobre este modelo se construyen las reglas de
acentuación ortográfica, de forma que éstas ?llamadas llanas o
paroxítonas? no se acentúan por defecto y sólo lo hacen cuando acaban en
una letra que no sea n, s o vocal (como azúcar), mientras que las agudas
u oxítonas lo hacen sólo si acaban en n, s o vocal (camión, compás, alhelí) y las esdrújulas o proparoxítonas lo hacen siempre (cántico,
quítamelo).
MORFOLOGÍA
La flexión nominal del español moderno posee dos géneros (masculino y
femenino) y dos números (singular y plural). Salvo en el paradigma
pronominal, las marcas de caso que caracterizaron al latín se han
perdido por completo. Algunos adjetivos calificativos presentan una
variante apocopada cuando se usan de forma atributiva, precediendo al
nombre (ej.: hombre bueno / buen hombre), y en algunos casos esto puede
suponer un cambio de significado (ej.: un hombre grande ´tamaño´ / un
gran hombre ´estimación´). Al igual que en lenguas como el francés o el
alemán, el pronombre personal de segunda persona presenta una doble
forma: tú / vosotros en situaciones de familiaridad, usted / ustedes
(abreviados como Vd. / Vds.) en ámbitos más formales. Característico del
español es el uso de la preposición ?a? delante de complementos directos
que denotan personas (como en he visto a tu hermano en la plaza). Los
pronombres numerales (del 1 al 10) son: uno, dos, tres, cuatro, cinco,
seis, siete, ocho, nueve, diez.
En cuanto a la flexión verbal, el español ha reducido las cuatro
conjugaciones originarias del latín a tres: 1ª en -ar (como cantar), 2ª
en -er (como correr), 3ª en -ir (como partir). Su morfología es muy
compleja, ya que se emplean desinencias para señalar las categorías
gramaticales de tiempo, persona, número y modo. La primera conjugación
es con mucho la que más miembros posee, y a ella se asimilan por
analogía la mayoría de los neologismos verbales que se introducen en la
lengua (como alunizar, escanear, resetear, etc.). Sobre este modelo
básico de tres conjugaciones regulares se establecen diversas
variaciones paradigmáticas, algunas de ellas de carácter puramente
ortográfico (como cazar, coger, dirigir), otras de carácter prosódico
(como actuar, confiar) y otras plenamente irregulares (como apretar,
poder, servir). (Véase "Paradigma de conjugación" en la voz
conjugación). Se establece una distinción semántica y estilística entre
los dos verbos copulativos principales: ser y estar. A grandes rasgos,
el primero denota identidad o estado permanente (ej.: Madrid es la
capital de España), mientras que el segundo representa un estado
contingente o pasajero (hoy estoy enfermo). Todos los verbos del español
(incluso los intransitivos y los que denotan movimiento, y en ello se
diferencia del portugués y el francés) se conjugan mediante el auxiliar
haber para formar los tiempos compuestos (ej.: he comido, he llegado).
En una etapa primitiva de la lengua, haber era un verbo léxico que tenía
el significado de ´tener, poseer´, como se infiere de oraciones del tipo
he preparada la cena (en la que ?preparada?, que actualmente es el
participio del verbo principal dentro de la estructura compuesta, era
simplemente un adjetivo e incluso concordaba con el complemento directo
?cena?). Ésta es la razón por la que en español antiguo haber sólo se
podía usar como auxiliar con verbos transitivos (como el anterior
?preparar?), y se reservaba el auxiliar ser con los intransitivos (como
en los soldados son idos a la guerra), de forma similar al francés
moderno.
SINTAXIS
El orden básico no marcado de la oración declarativa española es, como
en la mayoría de lenguas románicas, Sujeto-Verbo-Objeto (ej.: su amigo
ha comprado un coche nuevo). A partir de esta disposición sintáctica, es
posible llevar a cabo distintas ordenaciones de los constituyentes (ej.:
¿ha comprado su amigo un coche nuevo?, un coche nuevo es lo que su amigo
ha comprado, se ha comprado un coche nuevo, ¡cómprate un coche nuevo!).
El sujeto no es un componente obligatorio en la oración española, ya que
la flexión verbal y el contexto discursivo son capaces de identificarlo
unívocamente, y en muchas ocasiones se puede suprimir (ej.: [yo] tengo
hambre).
TEXTO ILUSTRATIVO
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número
indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos
pozos de ventilación en el medio, cercado por barandas bajísimas. Desde
cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores:
interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte
anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados
menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un
bibliotecario normal.
Jorge Luis Borges, La biblioteca de Babel (1941).
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Recopilado
de: La biblioteca de Babel
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