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La poesía no tiene
tiempo, el que la lee la rescata, la hace presente y luego la
regresa a su eternidad.
Doménico Cieri Estrada
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Escribo novelas para
recrear la vida a mi manera.
Arturo Pérez Reverte
LAS DIFERENCIAS LINGÚÍSTICAS
El sistema
educacional fue quizás, uno de los factores determinantes en el
establecimiento de diferencias lingüísticas, pues ya en 1538 la escuela
de Santo Domingo se convirtió en la Universidad de Santo Tomás de
Aquino, y en la misma ciudad se creó la Universidad de Santiago de la
Paz en 1540, mientras que la Universidad de Córdoba (Argentina) fue
creada en 1613.
Finalmente, otra de las causas de la diferenciación dialectal se refiere
a la época de la colonización, ya que la ciudad más antigua, Santo
Domingo, fue fundada casi en el momento de la llegada de Colón a
América, mientras que Montevideo se fundó en 1722.
Sin embargo, estos intentos de zonificación no siempre han sido
fecundos, debido a que no se cuenta con datos precisos o suficientes en
cada lugar, por ejemplo, a través de la elaboración de atlas
lingüísticos; pero, a pesar de lo anterior, algunos autores coinciden en
distinguir las siguientes zonas: 1) México y sur de los Estados Unidos,
2) Caribe, 3) zona andina, 4) zona rioplatense y 5) zona chilena, aunque
se han llegado a postular hasta dieciséis zonas.
Entre las distintas zonas se observan diferencias, por ejemplo, en el
plano léxico, como ocurre en los siguientes casos: autobús (España) es
guagua (Cuba), micro (Chile), buseta (Colombia), colectivo (Argentina),
camión (México); cazadora (España) es chamarra (México), chompa
(Colombia, Ecuador), chaqueta (Panamá, Venezuela, Paraguay), casaca
(Chile, Perú); manta (España) es cobija (Colombia, Honduras, Ecuador),
frazada (Perú, Bolivia, Chile, Argentina), cobertor (México), frisa
(República Dominicana, Puerto Rico).
Pero las diferencias no abarcan sólo aspectos léxicos, sino también,
aunque en menor grado, fonéticos y morfosintácticos. Por ejemplo,
diferente realización del fonema s (desde la aspiración en Chile o
Argentina, hasta la s ciceada -pronunciada como z- de algunos puntos de
Colombia y Puerto Rico y, sobre todo, en El Salvador, Honduras,
Nicaragua y costas de Venezuela); palatalización de j en Chile (mujer
suena mujier) o aspiración de la misma en República Dominicana;
confusión de y o ll (que se distinguen en algunas zonas, mientras que en
otras se confunden a favor de y, como en la mayor parte de
Hispanoamérica, o diferencias en el sistema vocálico (debilitación de
vocales intermedias en México y timbre cerrado de las vocales en
Ecuador, Perú, Bolivia y norte de Chile por influjo quechua).
En
cuanto a diferencias morfosintácticas, éstas son bastante menos
frecuentes, como la alternancia de los diminutivos -it- e -ic- (ratito,
ratico), construcciones gramaticales diversas, como "¿Qué tú sabes?",
corriente en Centroamérica y Caribe, y "¿Tú sabés?", habitual en el
resto del territorio. Además, un fenómeno constantemente citado es el
voseo (uso del pronombre vos como tratamiento familiar, con sus
correspondientes formas verbales en algunas zonas y niveles
socioculturales (vos tenés, común en Argentina, o vos tenís, vulgar en
Chile, variantes de tenéis), en oposición al tuteo.
CARACTERÍSTICAS GENERALES
En cuanto a las características generales del español americano se
pueden citar las siguientes, aunque no sean privativas de él.
ASPECTOS FONOLÓGICOS
Además del seseo (la z se pronuncia como s) y el yeísmo (la ll se
pronuncia mayoritariamente como y), características consonánticas
consideradas como andaluzas, con respecto al vocalismo es corriente
escuchar diptongación de hiatos (dioro 'de oro' tiatro 'teatro'), sobre
todo en el habla no muy cuidada (véase también Diptongos, triptongos e
hiatos).
ASPECTOS MORFOSINTÁCTICOS
No se utiliza habitualmente el pronombre vosotros, salvo con valor
retórico -como un sermón o un discurso-, sino ustedes, con cambio de la
forma verbal (ustedes tienen por vosotros tenéis). Esto se explica por
la evolución histórica desde vuestra merced > vuesarced > vuesançed >
voacé > vucé > vusted > usted.
ASPECTOS LÉXICOS
Además de voces propiamente indígenas, las voces mestizas mezclaron lo
hispano y lo aborigen, como es el caso de gentilicios (nombres que
indican procedencia geográfica) como pampino (del quechua pampa 'llano
solitario' y el sufijo hispánico -in- ), mexicano (del náhuatl mexica,
nombre del pueblo azteca, y el sufijo hispánico -an-, que indica
procedencia), caribeño (del pueblo y lengua caribe y el sufijo -eñ-,
'perteneciente a'), o de otras voces como achocolatado (del náhuatl
xocoalt, el prefijo hispano a- y el sufijo -ad-, y manicero (del taíno
maní 'cacahuete' y -er-, 'oficio, ocupación'.
Por otra parte, se debe tener en cuenta la influencia de las lenguas
modernas, especialmente de la inglesa y la francesa, ya que muchos
términos se han incorporado al español americano, mas no así al
peninsular, como noquear 'golpear hasta sacar del combate al contendor',
rentar 'alquilar' o mansarda 'ático'. Además, aunque ciertos vocablos
tengan origen hispano, se observan diferencias, ya sea por cambio
semántico (vereda 'acera', saco 'chaqueta'), por constituir arcaísmos
desusados en España (como demorar 'tardar', balde 'cubo de agua',
pararse 'ponerse de pie', pollera 'falda', sancochar 'cocer
rápidamente'), por derivación típicamente americana (conversada,
boletero), o bien -como ya lo hicieron los primeros españoles- por
empleo analógico frente a realidades nuevas (lagarto 'caimán', víbora
'serpiente').
Si
bien es cierto que en América la lengua española en gran medida se
homogeneizó, también se diversificó; es decir, existen coincidencias a
nivel de sistema (reglas y posibilidades de la lengua) entre el español
peninsular y el hispanoamericano, pero diferencias de norma
(realizaciones locales, sociales de la lengua).
Mientras
más culta sea la norma utilizada, habrá mayores similitudes
lingüísticas; por lo tanto, es en el habla popular y coloquial donde se
advierte el mayor número de diferencias. Por ende, la norma culta, sobre
todo formal, es el patrón unificador, no sólo del español de América,
sino también de toda la lengua española.
La división del español
de América en zonas dialectales
LA
DIVISIÓN DEL ESPAÑOL DE AMÉRICA EN ZONAS DIALECTALES
Roberto Hernández Montoya
El que babelice buen babelizador será
Habla bien el que habla como yo
La clasificación de zonas dialectales presenta las mismas
dificultades que ofrece la clasificación de las lenguas: ¿qué
criterio emplear? A poco que se aventure uno en esta labor, si se es
riguroso, comienzan a desplomarse las convicciones una tras otra,
pues no parece haber una coherente distribución de rasgos que
permitan ubicar las lenguas —y los dialectos— según conjuntos de
atributos estructurados.
Comenzando por el concepto mismo de ‘dialecto’ en tanto que opuesto
a ‘lengua’, las dificultades son enormes. En su prolijo examen sobre
el asunto, Eugenio Coseriu deslinda ambos conceptos así:
Hay, entre «lengua» y «dialecto», diferencia de estatus histórico
(real o atribuido): un «dialecto», sin dejar de ser intrínsecamente
una «lengua», se considera como subordinado a otra «lengua», de
orden superior. O, dicho de otro modo: el término dialecto, en
cuanto opuesto a lengua, designa una lengua menor distinguida dentro
de (o incluida en) una lengua mayor, que es, justamente, una lengua
histórica (un «idioma»). Una lengua histórica —salvo casos
especiales— no es un modo de hablar único, sino una «familia»
histórica de modos de hablar afines e interdependientes, y los
dialectos son miembros de esta familia o constituyen familias
menores dentro de la familia mayor (Sentido y tareas de la
dialectología, México: Universidad Nacional Autónoma de México,
1982, p. 11-12).
Por fortuna no tenemos que enfrascarnos en una consideración
hamletiana de esta naturaleza en la medida en que las variantes del
español americano pertenecen a una lengua histórica común, el
llamado español general, tanto como pertenecen a él las variantes
peninsulares. Esas variantes son la realización del sistema general
del castellano, con tanta validez la una como la otra, a pesar de
que persiste en la mayoría de los hablantes la idea imperialista de
que la forma «central» y «verdadera» de hablar el español es la de
España, más específicamente Madrid, tanto como hay gente que piensa
que el «verdadero» inglés es el de Inglaterra. Es un criterio
geopolítico totalmente ajeno a la lingüística pero que sigue siendo
profesado pertinazmente por instituciones políticas disfrazadas de
lingüísticas como la Real Academia. Esto no es nada extraño, pues la
lingüística, como la geografía, ha sido siempre una rama de la
política, algo de lo que los lingüistas no siempre logran hacerse
conscientes y mucho menos desembarazarse. Cuando un lingüista
menoprecia un modo de hablar por considerarlo, digamos, «rústico»,
está haciendo política y no lingüística. Cuando se limita a estudiar
la «norma culta» (sea lo que sea que eso de «culto» signifique) está
haciendo política. Y de la peor.
Aparte de esto conviene observar que no se encuentran en América
dialectos tan separados del tronco común como para que franqueen el
límite de la mutua comprensión. Por grandes que sean las
dificultades, nunca son insalvables. No parece haber, pues,
diferencias radicales ni diatópicas ni diastráticas ni diafásicas .
La clasificación de Henríquez Ureña parece más política que
lingüística, aunque algunas asociaciones nos luzcan obvias: el
Caribe hispánico parece tener algunos rasgos comunes:
debilitamiento, aspiración o pérdida de -s final, neutralización
r/l, predominio del tú en el trato, etc. Pero, aun en esta zona tan
aparentemente homogénea, ¿cómo hacemos con las siguientes
diferencias, entre muchísimas que podríamos citar?:
la aspiración de la r en el Oriente venezolano ([kah'ne] por carne)
o
la geminación de consonantes posteriores a -r- junto a la pérdida de
esta en Cuba ([ba'b:aro] en lugar de bar'baro]) o
la vocalización de la -r en Cuba, República Dominicana, Puerto Rico
y Colombia ([kome'i] en lugar de comer)?
¿Qué hacemos con el Zulia (Venezuela), donde predomina el voseo?
¿Queda por ello el Zulia excluido del área del Caribe?
¿Es igual la neutralización r/l en todo el ámbito del Caribe?
¿Cómo hacemos con la labilidad de los cambios? Porque andando los
años estas cosas suelen variar.
Dadas estas
inconsistencias, ¿cabe hablar de zonas dialectales? Una vez más nos
hallamos de frente con la complejidad del lenguaje. Cuando se
intentó clasificar las lenguas en aglutinantes, desinenciales o qué
sé yo, se presentó el grave inconveniente de las variaciones
diacrónicas. Ni siquiera un criterio más o menos «seguro» como la
genealogía permite la vinculación de una lengua madre con una hija,
por ejemplo. El latín tiene casos morfológicos marcados en
superficie y el español, su descendiente, no. ¿Es la presencia de
casos un rasgo pertinente para clasificar las lenguas? De ser así el
alemán y el latín estarían más emparentados entre sí que el latín y
el español. ¿Es el léxico un criterio? En ese caso el inglés
formaría más familia con el francés que con el alemán o el noruego.
Además, el inglés tuvo género y casos en tiempos remotos.
¿Pertenecía entonces a una familia y ahora a otra?
Creo que la solución de este problema no es abandonar todo esfuerzo
de clasificación, sino admitir la complejidad del objeto, evitando
imponerle un método simplista. Es decir, me parece que más bien
conviene promover diversos criterios según la pertinencia de cada
quehacer lingüístico, según lo que se esté buscando. Se pueden así
promover principios fonéticos como la neutralización r/l para
encontrar una isoglosa, por ejemplo. O una prevalencia léxica, o el
uso del voseo, o la vinculación de dos o más criterios, si ello no
resulta trivial, es decir, como mera coincidencia, sino que esos dos
o más principios comprobadamente se interdeterminan de alguna o
muchas maneras. No tiene sentido, me parece, erigir un solo criterio
como cartabón universal, pues ello nos obligaría a hacer
clasificaciones absurdas, como que el español hablado en Chiapas,
Centroamérica y en regiones de Colombia, el Río de la Plata y
Venezuela es el mismo porque en esos lugares se vosea...
El que babelice buen babelizador será
No adolecemos de dialectos, aunque sí de institutos dialectológicos.
Jorge Luis Borges
Desde el comienzo de la vida independiente de Hispanoamérica ha sido
preocupación la posible babelización del continente hispanohablante,
tomando como modelo de ese apocalipsis lingüístico la dispersión del
latín en las actuales lenguas romances.
En primer lugar está la del cubano Juan Ignacio de Andrade,
reelaborada por Pedro Henríquez Ureña en 1921 en cinco zonas, a
partir de criterios históricos, según períodos de colonización:
Zona I: suroeste de los Estados Unidos, México y Centroamérica.
Zona II: las costas e islas del Caribe.
Zona III: altiplanicies andinas.
Zona IV: Chile.
Zona V: los tres países rioplatenses.
Provisionalmente me arriesgo a distinguir en la América española
cinco zonas principales: primera, la que comprende las regiones
bilingües del Sur y Sudoeste de los Estados Unidos, México y las
Repúblicas de la América Central; segunda, las tres Antillas
españolas (Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana, la antigua
parte española de Santo Domingo), la costa y los llanos de Venezuela
y probablemente la porción septentrional de Colombia; tercera, la
región andina de Venezuela, el interior la costa occidental de
Colombia, el Ecuador, el Perú, la mayor parte de Bolivia y tal vez
el Norte de Chile; cuarta, la mayor parte de Chile; quinta, la
Argentina, el Uruguay, el Paraguay y tal vez parte del Sudeste de
Bolivia. El carácter de cada una de las cinco zonas se debe a la
proximidad geográfica de las regiones que las componen, los lazos
políticos y culturales que las unieron durante la dominación
española y el contacto con una lengua indígena principal (1,
náhuatl; 2, lucayo; 3, quechua; 4, araucano; 5, guaraní). El
elemento distintivo entre dichas zonas está, sobre todo, en el
vocabulario; en el aspecto fonético, ninguna zona me parece
completamente uniforme (Pedro Henríquez Ureña, «Observaciones sobre
el español de América», Revista de Filología Española, VIII (1921),
357-361).
Delos Lincoln Canfield propuso otra clasificación basada en
criterios fonológicos ordenados según los períodos de colonización:
I: transplante temprano: Arizona, California, México, Guatemala,
Costa Rica y la región andina alta.
II: colonización del
siglo XVII: Nuevo México, El Salvador, Honduras, Nicaragua, norte y
sur de Chile y la región rioplatense.
III: desarrollos lingüísticos más recientes (ca. 1700): la Florida,
Puerto Rico, República Dominicana, Panamá, costas caribes de
Suramérica, norte de la costa pacífica y centro de Chile.
En 1964 José Pedro Rona
criticó la clasificación de Pedro Henríquez Ureña y propuso una
basada en criterios puramente lingüísticos. Orlando Alba lo refiere
así:
Probablemente son las formuladas por José Pedro Rona las críticas
más severas y coherentes que ha recibido la zonificación de
Henríquez Ureña:
No son solamente cinco las grandes familias lingüísticas americanas.
Además de las citadas por Henríquez Ureña también han estado en
contacto con el español las lenguas mayas, la tarasca, la cacana, la
pampa, la aymara, entre otras.
La distribución geográfica de las lenguas indígenas no es la que
menciona el autor. El guaraní no actuó sobre toda la Argentina,
Uruguay y Paraguay, sino únicamente sobre la parte nordoriental de
esta zona. En el resto hubo y hay influencia quechua, mapuche,
aymara, etc.
La diversificación
dialectal americana no se produjo por la acción de substrato de las
lenguas indígenas sobre un español. Aduce Rona que a América no
llegó un «español», sino un conjunto de hablantes hispánicos que
hablaban dialectos hispánicos ya diferenciados de antemano.
El criterio mismo de
clasificación utilizado por Henríquez Ureña es inadecuado. Si los
dialectos son hechos lingüísticos y objetivos, su determinación debe
basarse en criterios objetivos y en la observación de la realidad
lingüística, no en hechos extralingüísticos. Henríquez Ureña se basa
en un presupuesto subjetivo: la mezcla del español con lenguas
indígenas. Esta es una suposición no verificada mediante el estudio
y la observación de la lengua. Por otra parte, se apoya en un hecho
extralingüístico ya que lo que sí hubo en algunas zonas fue mezcla
de población, pero éste es un hecho etnológico o sociológico, no
lingüístico (Orlando Alba, «Zonificación dialectal del español en
América», en César Hernández Alonso, Historia presente del español
de América, Pabecal: Junta de Castilla y León, 1992, p. 67-68).
Rona tomó en cuenta
únicamente los elementos estructurales: dos de fonología (el yeísmo
y el z^eísmo —la y tal como se realiza en la Argentina y el Uruguay)
y uno en su aspecto morfosintáctico (el voseo) y morfológico (la
forma del voseo). Resultan así 16 zonas para el territorio del
español en América y siete más para las varias mezclas del español
con otros idiomas (dos con el inglés, cuatro con el portugués y una
con el quechua).
ZONA
YEÍSMO Z^EÍSMO VOSEO FORMA
México (excepto los Estados de Chiapas, Tabasco, Yucatán y Quintana
Roo), Antillas, la costa atlántica de Venezuela y Colombia, mitad
oriental de Panamá. sí no no -
Los estados mexicanos citados, con América Central, incluida la
mitad occidental de Panamá sí no no -
Costa pacífica de Colombia y el interior de Venezuela sí no sí C [3]
Zona andina de Colombia no no sí C
Zona costera de Ecuador sí sí sí C
Zona serrana de Ecuador no sí sí B
Zona costera del Perú, excepto Sur sí no no -
Zona andina del Perú no no no -
Zona meridional del Perú sí no sí
Norte de Chile, noroeste de la Argentina y los departamentos
bolivianos de Oruco y Potosí no no sí B
El resto de Bolivia no no sí C
Paraguay (excepto la zona de Concepción) y las provincias argentinas
de Misiones, Corrientes y Formosa no sí sí C
El centro de Chile sí no sí B
El sur de Chile y una pequeña porción de la Patagonia argentina no
no sí B
Las Provincias «gauchescas» de la Argentina (aproximadamente Buenos
Aires, Entre Ríos, Santa Fe, La Pampa, Río Negro, Chubut y hasta la
Tierra del Fuego) y el Uruguay (excepto la zona ultraserrana y la
fronteriza) sí sí sí C
Zona ultraserrana del Uruguay (departamentos de Rocha y Maldonado y
parte de Lavalleja y Treinta y Tres) sí sí no -
Juan C. Zamora Munné y Jorge M. Guitart proponen nueve zonas, según
tengan o no tres rasgos:
Número Zonas aspiración y pérdida o conservación de -s realización
velar de j o alófono glotal voseo presente o ausente y convivencia
con el tuteo
1 Antillas, costa oriental de México, mitad oriental de Panamá,
costa norte de Colombia, Venezuela (menos la cordillera). pérdida
glotal tuteo
2 México (sin costa oriental y frontera con Guatemala) conservación
velar tuteo
3 Centroamérica y fronteras con México pérdida o aspiración glotal
voseo
4 Colombia (sin las costas), cordillera de Venezuela conservación
glotal voseo
5 Colombia (costa pacífica) y el Ecuador aspiración o pérdida glotal
tuteo y voseo
6 Perú (costa, excepto extremo sur) aspiración o pérdida glotal
tuteo
7 Ecuador y Perú (salvo lo indicado en 6), noroeste de Argentina,
centro de Bolivia conservación velar tuteo y voseo
8 Chile aspiración o pérdida velar tuteo y voseo
9 Río de la Plata, oriente de Bolivia y Argentina (salvo noroeste)
aspiración o pérdida velar voseo
Philipe Cahuzac propone otra clasificación, basada en los nombres
que recibe el ‘campesino’ en distintas regiones:
1 México, América Central y el Caribe
2 México y sur de los Estados Unidos charro
3 América Central cimarronero, concho, campiruso...
4 Antillas goajiro, campuno
5 Venezuela y Colombia llanero, sabanero...
6 Ecuador, Perú, Bolivia chacarero, montubio...
7 Río de la Plata gaucho, campero...
8 Chile huaso...
Carlos A. Solé comenta lo siguiente sobre esta clasificación de
Cahuzac:
La falta de precisión en el establecimiento de los hechos léxicos
debilita tal intento de clasificación, aparte de lo difícil de basar
cualquier división en zonas dialectales usando como único criterio
el fenómeno léxico (C. A. Solé, Bibliografía sobre el español de
América, en prensa).
En conclusión, el establecimiento de fronteras que definan con
aceptable precisión las «zonas dialectales» de Hispanoamérica
parece, sobre todo en la actualidad, una tarea vana e imposible.
Según se ha observado, todos los intentos de división realizados
hasta ahora resultan a todas luces insatisfactorios. No se trata de
un hecho casual.
Dos tipos de razones, una de naturaleza teórica y otras de orden
práctico, motivan esta realidad. Si la variación, no sólo la
diatópica sino también la diastrática y la diafásica, es un rasgo
inherente de la estructura de todo sistema lingüístico, parece
inevitable que toda propuesta de demarcación o zonificación sea
siempre arbitraria y su resultado, en consecuencia, inaceptable.
[...] En este sentido, desde el punto de vista teórico toda
zonificación implica una simplificación que desnaturaliza y oculta
parcialmente la realidad.
[...]
Según anota Resnick el uso de 25 rasgos generaría 67.149.824
unidades dialectales (Orlando Alba, «Zonificación dialectal del
español en América», en César Hernández Alonso, Historia presente
del español de América, Pabecal: Junta de Castilla y León, 1992, p.
80).
Por ese camino, añadiendo rasgos, podríamos terminar teniendo más
unidades dialectales que hablantes. No sería verdadero, pero
cumpliría con el mérito primordial de satisfacer ciertas manías
academicistas, que tanto sueldo generan. Más de un viaje a un
congreso se ganaría con ello.
Por último, valdría tal vez la pena reparar en la sugerencia de
Ramón Menéndez Pidal en la consideración sobre las tierras de la
flota y las tierras interiores de América:
la tradicional denominación de «tierras altas» y «tierras bajas»,
usada en la dialectología hispanoamericana, debe rechazarse como
engañosa y que en su lugar debe decirse tierras marítimas o «de la
flota» y tierras interiores, destacando la situación favorable de
las tierras que están en contacto regular con la flota de Indias que
zarpaba dos veces al año. Esa flota se carenaba, se equipaba, se
cargaba y se despachaba en Sevilla y en San Lúcar; su alistamiento
obligaba a todo viajero indiano a permanecer en Andalucía una
temporada (casos hubo, como el de 1552, en que toda la flota con sus
64 navíos estuvo detenida diez meses por avería de las naves y todo
el numeroso pasaje vagando en Sevilla y en Cádiz). Pues estas
numerosas naves de cada flota iban anualmente cargadas de
andalucismo y lo repartían por las costas de América donde aportaban
(Ramón Menéndez Pidal, «Sevilla frente a Madrid», Miscelánea
homenaje a André Martinet, v. III, Tenerife: Universidad de la
Laguna, 1962, p. 142-43).
Habla bien el que habla como yo
Junto a las diferencias diatópicas están las distráticas. Los
niveles sociales suelen implicar niveles de lengua. Estos desniveles
vienen señalándose desde tiempos muy antiguos. Son divertidas las
controversias que a este respecto sostenían Don Quijote y Sancho
Panza. ¿Qué significan estas diferencias?
En primer lugar nuestra capacidad humana de articular rasgos
diferenciales de cualquier tipo en cualquier soporte significante.
El ser humano tiene una capacidad proteica para fundar sus
diferencias en los elementos distintivos más diversos, entre ellos
la lengua, pues «el género humano es un género de amigos y enemigos»
(Jaime Jaramillo Escobar). Esto es, el hombre suele articular sus
clasificaciones de los mundos sociales —clases sociales, regiones,
sexos, edades, profesiones, ideologías, etc.— sobre elementos que
pueden sorprender. Por algo Jonathan Swift se burlaba de los
liliputienses que iban a la guerra por cuestiones que Swift
consideraba baladíes: unos usaban tacones y lo otros no; unos
cascaban el huevo por el medio y otros por la punta... «La lengua es
un marcador de la identidad de grupo, pero también se ha señalado
que no es esencial para la identidad continuada. El ejemplo que se
suele citar es el del irlandés Bernard Shaw, quien decía que
Inglaterra e Irlanda eran dos países divididos por la misma lengua»
(Yolanda Lastra, Sociolingüística para hispanoamericanos, México: el
Colegio de México, 1992, p. 382). En esto el lenguaje cumple
funciones que van más allá de la referenciación, de la semántica
vinculada al simple significado de las palabras. Hay, además, en la
textura misma del lenguaje, en su fonética, en su morfosintaxis, en
su léxico, rasgos distintivos de clase, de región, de sexo, de edad,
de nacionalidad. Es precisamente el objeto de estudio de la
dialectología y de la sociolingüística. Y también del análisis del
discurso. En el lenguaje se articula, como en otros conjuntos
significantes, lo que Pierre Bourdieu ha llamado la ‘distinción’ (La
distinction. Critique sociale du jugement, París: Éditions de Minuit,
1979). Son rasgos que se oponen de un modo análogo a como se oponen
los fonemas. Así, ciertas pronunciaciones, cierto léxico, ciertos
usos morfosintácticos ubican en una clase social, permiten
clasificar a cada hablante con su medio, sea que el eje de
articulación, el eje de variaciones sistemáticas, como dicen ciertos
análisis de discurso, sea la clase social, la edad, el oficio, la
ideología. Somos capaces de clasificar a otros seres humanos y
clasificarnos nosotros mismos sobre la base de cualquier sistema de
signos. Entre ellos el lenguaje. Y aun rasgos menos sólitos en
nuestra lengua, como este señalado por R.A. Hudson:
La distinción más extraordinaria que ha sido mencionada es
probablemente la de los indios nootka de la isla de Vancouver
([Edward] Sapir 1915 [“Abnormal types of speech in Nootka,” Canada
Geological Survey Memoir, Ottawa: Government Printing Bureau]).
Aparentemente, el nootka posee formas léxicas especiales para
emplearlas al hablar a (o acerca de) personas con diversas clases de
deformidad o anormalidad (La sociolingüística, Barcelona: Anagrama,
1981, p. 133).
En segundo lugar la relación con niveles diversos de conciencia
lingüística. El hablante que ha pasado por el sistema educativo
moderno ha tenido más oportunidad de reflexionar sobre los hechos
lingüísticos mediante los instrumentales de la gramática. Ha
aprendido cuáles son los principales errores imputados al hablante
rústico por la gramática académica, la del poder. Por eso su
lenguaje es en medida variable el producto de un metalenguaje. El
hablante no educado en ese sistema moderno, en cambio, se encuentra
solo con su intuición lingüística y generalmente aplica soluciones
que no están medidas ni mediadas por una conciencia deliberada. De
allí que sea más frecuente encontrar en él las tendencias naturales
de la lengua —sea lo que sea que signifique eso de tendencia
«natural», en todo caso un proceso no perturbado por la
autoconciencia del lingüista ni de sus epígonos pedagógicos. Una de
las principales actividades pedagógicas consiste, en todas partes,
en imponer una versión de la lengua, cierto dialecto privilegiado
que como tal no quiere llamarse dialecto, la llamada «lengua culta»,
aquella que se admite como koiné de un sistema administrativo legal
bastante internacional, la lengua de la burocracia (L. Calvo Ramos
(1980), Introducción al estudio del lenguaje administrativo, Madrid:
Gredos). La literatura pudiera definirse como un dialecto de la
lengua culta que goza de libertad bajo fianza y a veces ni eso, por
lo cual no le importa refugiarse en los márgenes, es decir, doquiera
que no haya gendarmería lingüística. Y si la encuentra la desafía.
No carece de reglas, pues las deriva del sistema mismo, según su
necesidad expresiva.
Desde siempre se estableció un principio relacionado con el llamado
«buen sentido». Se privilegió así, por razones políticas, cierto
dialecto, generalmente ligado a la corte o hablado por ella, es
decir, vinculado con la élite gobernante. Por eso en Inglaterra se
le llama “King’s English.” A este dialecto se atribuyen todas las
virtudes de la racionalidad, la belleza, la perfección, la pureza,
esa castidad de la lengua. De allí el casticismo. Al mismo tiempo
las otras variantes son consideradas irracionales, feas, faltosas,
contaminadas, cuando no pecaminosas. Según la visión de la élite
gobernante, estas variantes (diatópicas o diastráticas) deben
evitarse y hasta, según la necesidad, borrarse de la faz de la
tierra, y en no pocos casos con todo y hablantes, si es preciso,
para que brille la pureza burocrática... El habla del Otro es tan
despreciable como el Otro lo sea.
Como el dialecto dominante es aquel en que suelen expresarse grandes
abstracciones vinculadas con el ejercicio del Estado y de los
conceptos filosóficos que le dan forma, se declara que el habla
popular es incapaz de abstracción —como lo serían también las
lenguas indígenas de América o del África, lo que de algún modo
implica la sugestión irresponsablemente racista de que esas
poblaciones carecen biológicamente de esa capacidad. Como si las
reglas del parentesco no fuesen abstracciones refinadísimas, como si
cualquier sistema de mitos no fuese un sistema de abstracciones
metaforizadas. No discutamos más, pues aceptar la controversia es
como aceptar la que pretende que blancos y negros tienen rasgos
intelectuales diversos. Conceder la discusión es conceder un
beneficio de la duda que no se merecen. Es, pues, una teorización
tendenciosa y perversa, como toda teorización que desplaza
estratégicamente una voluntad de poder hacia otro aspecto de la vida
social, para disfrazarse de él. Así, hay mil modos de distinguir las
clases sociales: por la estilo de vestir, por las maneras de mesa,
por la familiaridad con la moda, por la lengua, sobre la cantidad de
dientes (como en la polémica política venezolana desde 1998, en que
las clases altas han hecho de eso un rasgo social distintivo entre
ellas y los «bidentes» —que tienen dos dientes. Haz clic aquí para
ver una bonita versión del fascismo). En el caso de la lengua se
trata de legitimar una hegemonía política sobre una base
lingüística.
¿Significa esto una igualación de los niveles diastráticos? Me
parece que lo criticable del purismo ha sido precisamente pretender
imponer el dialecto del poder al resto de la sociedad. El problema
está en la violencia simbólica. De resto la llamada norma culta
tiene la utilidad primordial de ser una koiné que permite la
comunicación diatópica y hasta diastrática. Si intento comunicarme
más allá de mis fronteras geográficas o sociales lo más aconsejable
es usar un dialecto lo más general posible y precisamente la llamada
norma culta cumple ese papel. Lo que llamamos ‘cultura’, fuera de
los desarrollos de la antropología cultural, es la ‘cultura
ilustrada’, la ‘cultura de los dominantes’, diferente de la ‘cultura
dominante’ como veremos inmediatamente. La norma culta funciona en
este caso como ‘cultura dominante’. Aníbal Quijano ha propuesto una
distinción entre ‘cultura dominante’ y ‘cultura de los dominantes’
(«Cultura y dominación (notas sobre el problema de la participación
cultural)», en Alfredo Chacón (1975), Cultura y dependencia,
Caracas: Monte Ávila, p. 85-113). La cultura de los dominantes
corresponde a aquel repertorio detentado por los sectores dominantes
con pretensiones de exclusividad. Se refiere a lo que Chacón ha
llamado ‘campo cultural ilustrado’, esto es, la ciencia, el arte, la
literatura, la tecnología, etc. En una misma formación social esta
cultura dominante coexiste con otros estratos culturales, como los
que el mismo Chacón señala, ‘campo cultural industrial-comercial’,
‘campo cultural indígena’, ‘campo cultural rural-campesino’, ‘campo
cultural crítico-alternativo’, así como las estructuras populares
urbanas inducidas y no inducidas, el folklore, etc.
La norma culta tiende a unificar las diversas normas diastráticas y
hasta diafásicas en una sola experiencia comunicativa. Esta
comunicabilidad horizontal y vertical sirve para acercar poblaciones
que, como diría Bernard Shaw, están separadas por la misma lengua...
Jehová castigó la soberbia de los constructores de la Torre de Babel
confundiendo sus lenguas. Obviamente la especie humana no sigue las
enseñanzas bíblicas, pues el esfuerzo de los imperios en materia de
lenguaje no ha dado otro resultado que revertir los efectos de la
maldición babélica. Si ese proceso contrababélico continúa, en poco
más de un siglo, si no antes, tendremos un mundo donde solo se
hablen unas cinco o seis lenguas imperiales o ex imperiales, entre
las cuales seguramente estará el español, con el de América
numéricamente a la cabeza. Digo, si no nos absorbe antes a todos el
inglés. El tiempo lo dirá, quién sabe si en chino.
Notas
1. Pero claro está que, si un dialecto no se atribuye a ninguna
«lengua» de orden superior, constituye él mismo una lengua histórica
de por sí [nota de E. Coseriu].
2. «Normalmente, en una lengua histórica pueden comprobarse tres
tipos fundamentales de diferenciación interna: a) diferencias en el
espacio geográfico o diferencias diatópicas; b) diferencias entre
los distintos estratos socioculturales de la comunidad idiomática, o
diastráticas, y c) diferencias entre los tipos de modalidad
expresiva, según las circunstancias constantes del hablar (hablante,
oyente, situación u ocasión del hablar y asunto del que se habla), o
diferencias diafásicas.
»A estos tres tipos de diferencias corresponden en sentido contrario
(es decir, en el sentido de la convergencia y homogeneidad de las
tradiciones idiomáticas) tres tipos de sistemas de isoglosas
unitarios (o, por lo menos, más o menos unitarios), precisamente:
unidades sintópicas, que pueden seguir llamándose dialectos, pues
son, en efecto, un tipo particular de «dialectos»; unidades
sinstráticas o niveles de lengua (por ejemplo, «lenguaje culto»,
«lenguaje de la clase media», «lenguaje popular», etcétera; y
unidades sinfásicas o estilos de lengua (por ejemplo, lenguaje
familiar, lenguaje solemne, etcétera)» (Eugenio Coseriu, Sentido y
tareas de la dialectología, México: Universidad Nacional Autónoma de
México, 1982, p. 19).
3. Con respecto a las formas verbales que acompañan al pronombre
vos, el autor distingue cuatro tipos, según las siguientes
desinencias: A: -áis, -éis, -ís; B: -áis, -ís, -ís; C: -ás, -és, -ís;
D: -as, -es, -es.
4. “The sociolinguist’s task is then to show the systematic
covariance of linguistic structure and social structure — and
perhaps even to show a casual relationship in one direction or the
other. [...] Linguistic diversity is precisely the subject matter of
sociolinguistics (William Bright, “The dimensions of
sociolinguistics”, Introduction to Sociolinguistics, La Haya: Mouton,
1966, p. 11-15). Email:
roberto@analitica.com
DIFERENCIAS DE LÉXICO ENTRE
PAÍSES DE LENGUA ESPAÑOLA
El español, pese a ser
uno de los idiomas más hablados en todo el mundo, conserva una
considerable homogeneidad. Sin embargo, existen diferencias
lingüísticas perceptibles entre sus dialectos, y especialmente entre
España y Latinoamérica, por la lejanía entre estos lugares.
América es el continente con mayor población hispanohablante, y en
ella se hablan la mayoría de los dialectos del español, surgidos
principalmente de la modalidad de Andalucía y de la de Extremadura,
regiones del sur de España, y probablemente más aún del dialecto
canario.
Mientras que en España las diferencias entre los dialectos del
español son muy grandes —tanto léxica como fonéticamente—, en
Latinoamérica la homogeneidad es mayor. Aun así, pueden señalarse
los siguientes rasgos en el español de América:
DICTOMÍA
La mayoría de filólogos y lingüistas tradicionalmente han
establecido dos macrozonas dialectales en América:
El de las tierras costeras (radicales) de características más
similares a la mitad sur de España [Andalucía sobre todo] y
Canarias.
El de las tierras
interiores (conservadores), con algunos puntos comunes en fonética
con los dialectos de la mitad norte de España.
Los puntos de partida
para tal división son la aspiración o no de /s/, o bien, la
reducción consonántica o vocálica, respectivamente.
Las variedades del español en América se clasifican también por
cuáles fueron los dialectos peninsulares de mayor influencia como
consecuencia de su relación con la metrópoli durante la época
colonial:
Las de mayor contacto mercantil con el mediodía español. Fueron las
que más recibieron influencias andaluzas y canarias. A estas
corresponden los dialectos caribeño y rioplatense ¹.
Las de mayor contacto
medianero[cita requerida]. A ellas pertenecen los dialectos
centroamericano, colombiano-ecuatoriano ribereño y chileno.
Las que fueron las
principales receptoras de un español más normativo, aquéllas que
rodearon las capitales virreinales. A estas pertenecen los dialectos
mexicano, colombiano y peruano ribereño centrales.
Interlécticas: Aquellas
de mayor contacto con las lenguas nativas. Son los dialectos
mexicano meridional, el yucateco, el andino, amazónico y el
paraguayo.
¹El rioplatense sufrió
una gran transformación sobre todo fonética a partir de fines del s.
XIX
DIFERENCIAS ENTRE EL ESPAÑOL DE HISPANOAMÉRICA Y EL DE ESPAÑA
En España hay dos sonidos [s] y [θ] (correspondientes a las grafías
"s" y "z") que en Hispanoamérica se neutralizan en [s]. Este último
fenómeno es el llamado seseo, que también se registra en parte de
Andalucía y Canarias.
El uso del voseo en
algunas zonas de Latinoamerica, inexistente en España.
Uso diferente de
diminutivos. Los terminados en -illo, -ete e -ín son propios de
España. Los terminados en "-ico", se usan en las regiones de
Andalucía, Murcia, Valencia, Navarra y Aragón en España. En los
países bañados por el Caribe (Venezuela, Colombia, Cuba y Costa
Rica) este diminutivo se usa sólo en las palabras terminadas en -te,
-ta y -to.
El sistema pronominal
para la segunda persona del plural: En España se diferencia entre
"vosotros" (confianza) y "ustedes" (respeto) y sus respectivas
formas verbales y pronominales. En Hispanoamérica sólo se usa
ustedes, sin diferenciar entre la confianza y el respeto en el
plural. (véase Fórmulas de tratamiento). En el andaluz, sobre todo
en su parte occidental, y especialmente en Canarias, también se ha
perdido el "vosotros" y solo se usa "ustedes".
Tanto en Hispanoamérica
como en España a veces se pluraliza el pronombre "lo" (objeto
directo) cuando va acompañado de "se" (objeto indirecto plural) (Se
los dije (una cosa a ellos)). Este uso parece ser más corriente o
quizá más aceptado socialmente en América.
En Hispanoamérica
existe la forma subestándar habemos, pero no es desconocida en
España.
En América, tla , tle...,
se pronuncia como se escribe, en España, la "t" se pronuncia por
separado, así en América la palabra atleta, se pronuncia "a-tle-ta",
mientras que en España, es "at-le-ta". Ambas pronunciaciones, sin
embargo, son enfáticas y poco naturales al castellano.
En Hispanoamérica se
prefiere la perífrasis de futuro ir a + infinitivo, y en España se
usa comparativamente más la conjugación del futuro[cita requerida].
Distinto valor
tempo-aspectual del pretérito simple y del compuesto. En
Hispanoamérica se dice "hoy me levanté a las 6" y en la mayor parte
de España "hoy me he levantado a las 6".
En Hispanoamérica
(Antillas, Panamá, Colombia y Venezuela) existe la anteposición del
pronombre sujeto en infinitivo. (antes de yo llegar habían hecho las
maletas - en vez de - antes de que yo llegara, habían hecho las
maletas)
Distinto uso de ciertos
adverbios, preposiciones y conjunciones.
El uso de términos caídos en desuso en una y otra parte, catalogados
de arcaísmos por los filólogos del lado contrario del Atlántico. Por
ejemplo, "pararse" en (Latinoamérica) es considerado un arcaísmo en
España, donde se dice "ponerse de pie".
En Hispanoamérica hay
muchos vocablos que originalmente eran "marinerismos" (virar en vez
de doblar).
En Hispanoamérica se
usan más amerindismos, principalmente léxicos del taíno, náhuatl y
quechua y también de lenguas africanas, por la aportación de la
población negra esclava.
Uso más frecuente de
algunos vocablos que otros cuasisinónimos: enojarse en Latinoamérica
y enfadarse en España.
Diferencia a la hora de
usar el género gramatical para designar objetos inanimados o cosas.
("la internet" en Latinoamérica, "el internet", en España).
Mayor recepción de
anglicismos y extranjerismos en Latinoamérica, con adaptación a su
pronunciación (la misma que no es tomada en cuenta en absoluto en
España).
En el español
latinoamericano son relativamente más frecuentes los préstamos
directos del inglés, sin traducirlos ni adaptar la grafía a la
pronunciación en español ("look" en lugar de "imagen" o "aspecto").
Las diferencias se hacen manifiestas sobre todo en los términos
técnicos o de adopción reciente.
En algunas ocasiones es
a la inversa, por ejemplo, en España se usa la palabra inglesa
"autostop", que en Latinoamérica no. Más notable son los galicismos,
por ejemplo en España se usa a veces la palabra "souvenir" mientras
que en Latinoamérica sólo se usa "recuerdo" (al menos que se trate
de un negocio de souvenirs y de sus objetos).
Sin embargo en América,
más precisamente en Argentina, los galicismos son muy frecuentes y a
veces escritos como en francés, al contrario del español de España.
Por ejemplo en Argentina, uno escribe "garage", exacto como en
francés, y no "garaje" como en España. Igualmente para la palabra "ballottage",
que en España es "balotaje".
ESTILÍSTICA EN
LA PUNTUACIÓN
En España se usan preferentemente las comillas «latinas», al igual
que en francés (« »), mientras que en Latinoamérica se utilizan las
comillas "inglesas" o "altas" dobles (" ") o simples (' '). No hay
sin embargo variaciones normativas respecto a su empleo.
En algunos países de América Latina, especialmente en México, se
emplea el punto como separador de decimales, del mismo modo que en
inglés. En Guatemala es de uso general y académico.
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Recopilado
de: Wikipedia
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