¿Español o castellano?

 

 

 

El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.
Miguel de Cervantes Saavedra

___________________________

 

 

___________________________

 

El regalo de un libro, además de obsequio, es un delicado elogio.
Anónimo

CASTELLANO o ESPAÑOL
(Recop.) Justo Fernández López

<<español>>
Para designar la lengua común de España y de muchas naciones de América, y que también se habla como propia en otras partes del mundo, son válidos los términos castellano y español. La polémica sobre cuál de estas denominaciones resulta más apropiada está hoy superada. El término español resulta más recomendable por carecer de ambigüedad, ya que se refiere de modo unívoco a la lengua que hablan hoy cerca de cuatrocientos millones de personas. Asimismo, es la denominación que se utiliza internacionalmente (Spanish, espagnol, Spanisch, spagnolo, etc.). Aun siendo también sinónimo de español, resulta preferible reservar el término castellano para referirse al dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media, o al dialecto del español que se habla actualmente en esta región. En España, se usa asimismo el nombre castellano cuando se alude a la lengua común del Estado en relación con las otras lenguas cooficiales en sus respectivos territorios autónomos, como el catalán, el gallego o el vasco.»
[RAE: Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Santillana, 2005, p. 271-272]


Español. Para designar la lengua común de España y de muchas naciones de América, y que también se habla como propia en otras partes del mundo, son válidos los términos castellano y español. La larga polémica sobre cuál de estas denominaciones resulta más apropiada está hoy superada. El término español resulta más recomendable por carecer de ambigüedad, ya que se refiere de modo unívoco a la lengua que hablan hoy cerca de cuatrocientos millones de hablantes. Asimismo, es la denominación que se utiliza internacionalmente (spanish, espagnol, Spanisch, spagnolo, etc.). Aun siendo también sinónimo de español, resulta preferible reservar el término castellano para referirse al dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media, o al dialecto del español que se habla actualmente en esta región peninsular. En España, se usa asimismo el nombre castellano cuando se alude a la lengua común del Estado en relación con las otras lenguas cooficiales en sus respectivos territorios autónomos, como el catalán, el gallego o el euskera. [RAE]


«Los habitantes de la Península Ibérica que se expresaban en lengua románica sentían que tenían de común (salvo los mozárabes que se hubieran islamizado) el ser cristianos. Mas no indiferenciados respecto a los cristianos ultrapirenaicos. Se sentían afincados en una tierra cuya mayor parte les habían arrebatado los musulmanes y que ellos querían reconquistar. Así lo dice claramente Alfonso III. Lo que ocurrió es que en esos ocho siglos esos cristianos peninsulares, pro simbiosis con judíos y moros, se hicieron españoles. Por ello, creemos que los pobladores de la Península Ibérica, hasta el 711, pueden llamarse hispanos e hispánicos. Desde el 711 hasta 1492 son cristianos, moros y judíos peninsulares. Lo que no es tan fácil es desde cuándo podemos llamarlos españoles: algunos (y no sólo los portugueses) no son todavía españoles en 1972, porque para ser español hay que tener conciencia de ello. Por eso pudo haber españoles en tiempos del Rey Sabio, y no haberlos en nuestros días, con idénticas circunstancias ambientales.

“La lengua, además de comunicar, ofrece trasfondos de vida interpretable. Al llamarse cristianos los futuros españoles situaban su existencia en un más allá, porque no es lo mismo vivir en una creencia sobrenatural que en una tierra sentida como una proyección del grupo humano en el cual el hablante se encuentra incluso. Cuando Hispania era una provincia romana, había en ella satures que moraban en Asturias; gallaici, en Gallaecia; o váscones, en Vasconia. Más tarde hubo lugares o aldeas llamados romanos o godos (u otros nombres parecidos) a causa de ser eso sus pobladores.

Mas en ninguno de aquellos casos logró dimensión extrarregional y durable la correlación del habitante con la tierra habitada, y de ahí arranca todo el problematismo de la historia española. Entre el habitante y la tierra habitada se interpuso una circunstancia sobrenatural, más precisamente oriental. Y motivado por ello, el nombre de los futuros españoles hubo de venirles de fuera.” (A. Castro: “Español”, palabra extranjera: razones y motivos. Madrid, 1970, p. 75)

Esta situación política repercute en la lingüística. El castellano, como lengua y como estado, se opone al gallego, leonés, navarro-aragonés y catalán. La relativamente temprana unión de León (con Galicia) y Castilla, frente a la tardía de Castilla (León y Galicia han pasado al segundo plano en la conciencia colectiva) y Aragón (con Cataluña) no ha debido de ser ajena a la diferencia que se observa en la vitalidad actual del gallego y catalán.»

[Marcos Marín, Francisco: Aproximación a la Gramática Española. Madrid: Cincel, 1975, p. 55-56]


El español fue el desarrollo del castellano, dialecto de Castilla, a lo largo de la Reconquista. A partir de los Reyes Católicos, el castellano se convirtió en la lengua del Imperio. Desde el siglo XVIII, el término castellano se va sustituyendo por el de español.
Cuando se redactó la Constitución de 1978, la discusión se centra en tres posturas distintas, basadas las tres en un acuerdo general: que haya una lengua oficial y ésta sea la lengua común de españoles e hispanoamericanos.

En cuanto al nombre que se le debe dar a esa lengua oficial y común de españoles e hispanoamericanos:

a) La derecha tradicional abogó por el uso exclusivo de español, argumentando que el español actual no es sólo el castellano ya que el dialecto de Castilla fue enriquecido por aportaciones de otras hablas españolas y americanas. Rafael Lapesa, en la Historia de la lengua española, dice que "el nombre de lengua española, empleado en la Edad Media con antonomasia demasiado exclusivista entonces, tiene desde el siglo XVI absoluta justificación y se sobrepone al de lengua castellana".
b) La Real Academia Española y la de la Historia eran partidarias de la sinonimia y se inclinaban por el uso de castellano cuando nos referimos a la situación interna, donde hay otras lenguas españolas, mientras que español sería el término hacia afuera, hacia el resto del mundo.

c) La postura que triunfaría fue la apoyada por los organismos lingüísticos oficiales de las regiones bilingües, es la uso exclusivo de castellano, argumentando que las otras lenguas son tan españolas como el castellano, y no hay razón para aplicar ese adjetivo con exclusividad a una de ellas, convirtiéndolo en su nombre oficial. El argumento contra la sinonimia era que el aplicar español a castellano favorecía el separatismo.

En cuanto al Artículo 3 de la Constitución, que usted cita, comprendo muy bien que, un abogado que al mismo tiempo es traductor del español como es Usted, encuentre que el texto de este artículo de la Constitución es muy impreciso, por no decir ambiguo. Cuando se promulgó la Constitución de 1978, hubo grandes discusiones sobre la pésima redacción de algunos párrafos, entre ellos el que Usted cita. (Ver más abajo Ecos constitucionales de un problema español, del profesor Francisco Marcos Marín).

Para Manuel Seco: «En las regiones de España con lengua materna propia, el nombre de castellano parece más adecuado que el de español, porque el catalán, el gallego y el vascuence son también lenguas españolas (aunque no son la lengua española, el español).»

Yo creo que ahí está la confusión: ¿las lenguas de Galicia, País Vasco y Cataluña, son lenguas españolas sin más, aunque no son la lengua española, ni se hablan en todo el territorio nacional (español)?

Según Francisco Marcos Marín (ver abajo): «Hay bastantes razones que apoyan actitudes a favor de una pura y oportunda sinonimia. Somos muchos los españoles que no llamaríamos español al castellano si pensáramos causar con ello la más leve ofensa a las otras lenguas o sus hablantes, y los que apoyamos cualquier posibilidad de desarrollo de las otras lenguas – así como protestamos, en su momento, de las restricciones a las que se vieron sometidas. Lo que sucede es que, desde el punto de vista del observador del idioma, no cabe duda de que, en la mayor parte de su dominio lingüístico, castellano y español se usan alternativamente, como sinónimos perfectos, sin otras implicaciones.»

Menéndez Pidal dejaba castellano para la lengua del Poema del Mio Cid y español para la lengua en cuyo florecimiento estético colaboraron todas las regiones de España.

«La situación política tiene evidentes repercusiones en la lingüística: al unirse Galicia y León el centro se desplaza hacia el Este, el gallego queda aislado y prosigue su vida hasta hoy. Cuando León se une a Castilla es la segunda la que impone su lengua, quedando marginado el leonés. La unión de Aragón y Cataluña beneficia al catalán, pero lo que acarrea la progresiva pérdida del aragonés es la unión con Castilla. Cataluña, en cambio, alejada de Castilla por la política de división de los reinos y por la distancia (Aragón mediante) puede conservar su lengua y su cultura. Para la designación de la lengua eso tiene su importancia: las regiones extremas, que conservan sus propias lenguas, tan españolas como el castellano, prefieren que “vasco“, “gallego“ o “catalán“ se contrapongan a “castellano“ y utilizan menos “español“ como equivalente de “castellano“. Las otras regiones, en cambio, que no tienen una lengua autóctona distinta de la de Castilla (descontados los focos reducidos de astur-leonés y aragonés), consideran la lengua de Castilla tan suya como de los castellanos, y prefieren utilizar “español“ para designar la lengua común, mientras que ven en “castellano“ una señal de predominio de una región, en materia lingüística, cuando la lengua es sentida como propiedad de todos.»
[Marcos Marín, Francisco: Curso de gramática española. Madrid: Cincel, 1980, pág. 63]

Volver al inicio de "Español o castellano"


Según el DRAE:
«castellano: Lengua española, especialmente cuando se quiere introducir una distinción respecto a otras lenguas habladas también como propias en España.»
«español: Lengua común de España y de muchas naciones de América, hablada también como propia en otras partes del mundo.»


Según el EL PAÍS - Libro de estilo:
«español. Puede escribirse, indistintamente, ’español’ o ’castellano’ para el idioma predominante en España. Los que hablan esta lengua son ’hispanohablantes’, no ’hispanoparlantes’.»
«castellano. Puede escribirse, indistintamente, ’español’ o ’castellano’ para el idioma predominante en España. Los que hablan esta lengua son ’hispanohablantes’, no ’hispanoparlantes’. » [pp. 184 y 225]


Según el Libro de estilo de ABC:
«español. Se usará indistintamente español o castellano para designar la lengua común de España y de las Repúblicas hispanoamericanas. Los que hablan el idioma son hispanohablantes, no hispanoparlantes.»
«castellano. Sinónimo de español cuando nos referimos al idioma. Somos hispanohablantes, no hispanoparlantes.» [pp. 93 y 104]

Volver al inicio de "Español o castellano"


MANUEL SECO RESUME ASÍ EL PROBLEMA:
«Español:

a) Para designar la lengua común de España y de las Repúblicas hispanoamericanas pueden emplearse los nombres de castellano y español. En muchas regiones se usan indistintamente las dos palabras. Sin embargo, en América y en algunas zonas de España se prefiere la denominación de castellano. Esto se debe, ante todo, a una larga tradición que estuvo apoyada hasta 1925 por la propia Academia Española (pero no olvidemos que el primer diccionario de nuestro idioma, el de Sebastián de Covarrubias, 1611, se titula Tesoro de la lengua castellana o española). En América se ha unido a ello tal vez un resto de recelo patriótico frente al nombre español, considerando acaso como una manera de sumisión a España, la antigua metrópoli, el reconocimiento explícito de que se sigue hablando su lengua. En las regiones de España con lengua materna propia, el nombre de castellano parece más adecuado que el de español, porque el catalán, el gallego y el vascuence son también lenguas españolas (aunque no son la lengua española, el español).

b) Los hispanoamericanos deben recordar que los norteamericanos no se consideran “colonizados! por Inglaterra por decir que ellos hablan inglés. Los españoles deben recordar el uso universal: en cada país, normalmente, la lengua oficial, sea cual fuere la región del país en la que se haya nacido, ha tomado el nombre de toda la nación: en Rumanía, el rumano; en Alemania, el alemán; en Italia, el italiano; en Francia, el francés ... En estos países existen (como en España) idiomas importantes que no son la lengua común o general.

c) El empleo del nombre castellano implica una inexactitud: la de suponer que la lengua general o común, no ya de toda España, sino de todas las naciones hispanoamericanas, es patrimonio de una sola región, Castilla. Y esto es falso, pues la lengua castellana hoy no es propiedad de Castilla, sino de todas las regiones y naciones en que es hablada, las cuales, además de tenerla como suya, colaboran todas en su conservación y enriquecimiento. Lo exacto sería emplear el nombre castellano solamente para designar la lengua que durante la Edad Media fue privativa del reino de Castilla, o las modalidades particulares que presenta el habla de Castilla en los tiempos modernos frente al español general al lado de las otras lenguas españolas (catalán, etc.).

d) En conclusión, y volviendo a lo expuesto en el párrafo a): Las dos denominaciones, castellano y español son válidas. La preferencia de cada hablante por uno de los dos término se funda en una tradición arraigada de siglos, y es ingenuo pretender desalojar del uso cualquiera de ellos. Cada persona puede emplear el que guste; pero debe respetar el derecho a que otros prefieran el otro. En todo caso, téngase en cuenta que, en general, la denominación de español es más exacta que la de castellano.»
[Manuel Seco: Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española. Madrid: Espasa Calpe, 1998, p. 202]

Volver al inicio de "Español o castellano"


Así define el DRAE los dos términos:
castellano, na (Del lat. Castellānus)
1. adj. Natural de Castilla. U. t. c. s.
2. adj. Perteneciente o relativo a esta región de España.
3. adj. Dicho de una gallina: De cierta variedad negra muy ponedora.
4. m. Lengua española, especialmente cuando se quiere introducir una distinción respecto a otras lenguas habladas también como propias en España.
5. m. Dialecto románico nacido en Castilla la Vieja, del que tuvo su origen la lengua española.
6. m. Variedad de la lengua española hablada modernamente en Castilla la Vieja.
español, la (Del prov. espaignol, y este del lat. mediev. Hispaniŏlus, de Hispania, España)
1. adj. Natural de España. U. t. c. s.
2. adj. Perteneciente o relativo a este país de Europa.
3. m. Lengua común de España y de muchas naciones de América, hablada también como propia en otras partes del mundo.
[DRAE]

Volver al inicio de "Español o castellano"


CASTELLANO Y ESPAÑOL
por Francisco Marcos Marín

«La lengua concreta de la que vamos a ocuparnos es conocida con dos nombres, lengua española o lengua castellana, e incluso con términos baciyélmicos, como lengua española castellana. Esta peculiaridad que, en la práctica, para millones de hablantes, entre los que nos incluimos, se resuelve con una simple alternancia estilística, que resulta cómoda, se ha visto complicada por razones extralingüísticas, y ha trascendido a ámbitos donde la pasión y el recelo (bastante justificado en algunos casos) han dificultado la solución sinonímica, la más simple si no pudiera utilizarse para esconder propósitos e intenciones ajenas a la natural necesidad de dar un nombre a la más extendida de las lenguas románicas.

En un libro cuyo título es ya por sí significativo (Castellano, español, idioma nacional. Historia espiritual de tres nombres), Amado Alonso habla, en primer lugar, de cómo las nuevas lenguas necesitan nuevos nombres, para identificarse fren al latín. La distinción se inicia en latín vulgar con el término romanice, equivalente a romana lingua, frente a latina lingua. Esta conciencia de cambio de lengua para a las designaciones en las nuevas lenguas y así, p. ej., el castellano diferencia lengua vulgar o romance de lengua latina (vb. gr., en el proemio de la traducción de la Eneida por el Marqués de Villena).

Un tercer paso se da cuando las designaciones romances incluyen la referencia geográfica (y/o política): al valor identificador y peculiarizante típico de lo castellano, frente al latín y los otros romances, corresponden términos como lenguaje de Castilla, nuestro lenguaje de Castilla, nuestro romanz de Castilla, el propio romanz castellano, el castellano, en nuestra lengua, en el lenguaje (junto a vulgar, romance, lengua vulgar, como se ve en los títulos de los libros).

Poco a poco se va implantando el término español a medida que se va formando el concepto de nación (y con un amplio valor hispánico, pues los propios portugueses se incluyen en el gentilicio, por su sentido latino de Hispania. El término español, por tanto, - dice A. Alonso – comporta en su expansión un aspecto de la ideología renacentista. Castellano, sin embargo, persiste, y esa persistencia requiere una explicación. Para darla, A. Alonso recurre al recuento de títulos de libros, con lo que quiere apoyar su criterio de que se debe a inercia del arcaísmo: en efecto, castellano domina en la primera mitad del XVI de modo amplio, aunque ya desde 1495 hay títulos en los que aparece español. La abundancia de traducciones aporta un buen material. El propio autor, no obstante, señala que la argumentación pierde fuerza si notamos que gran parte de los usos de español no están en el libro en sí, sino en glosas, apostillas, o sólo en registros (como el de Hernando Colón) y bibliografías.

Una serie de circunstancias constituyen los argumentos históricos enumerados como explicación de la extensión de español. En primer lugar, el carácter más amplio, empalmando con la idea renacentista-imperialista de universalidad. El castellano se siente sucesor del latín; como instrumento nacional y político la lengua se vincula al Imperio, y se extiende a todos los pueblos que sostienen la idea, es decir, a toda Hispania, haciéndose español. [...]

El segundo argumento a favor de la extensión de español (y que ya fue causa del origen de la palabra misma): más allá de los Pirineos se ve lo que los españoles, en común, tienen de diferente a los otros pueblos, y no se precisan particularismos, ignorándose la peculiaridad del castellano.

Volver al inicio de "Español o castellano"

LOS TÉRMINOS SIGUEN SIENDO INTERCAMBIABLES

Los dos términos siguen siendo intercambiables. [...]
En favor de español interviene también un tercer argumento, el paralelismo con los nombres de los otros idiomas nacionales: francés, inglés, italiano, que el autor une a un cuarto: la concepción del idioma nacional coincide también con un cambio de forma interior: “El nombre de castellano había obedecido a una visión de paredes peninsulares adentro: el de español miraba al mundo“ (p. 31).

Pese a todo, castellano persiste, lo que hace necesaria una segunda explicación de su supervivencia, que vaya más lejos de la simple inercia de un arcaísmo; se va así al contenido sociopolítico: “millones de campesinos han sentido siempre la entidad nacional y sus problemas mucho más débilmente que en las ciudades“, explicación que continúa en una tercera, que sigue a la anterior también lógicamente: puesto que castellano cambio su contenido, ampliándolo y haciéndolo coincidente con español, muchos autores pueden utilizar uno u otro nombre. A partir de ahí se llega al uso más curioso, por lo que supone de eclecticismo, que es la unión de ambos adjetivos, en las combinaciones castellana-española o española-castellana, como en el Arte de Gonzalo Correas.

Tras estas explicaciones de la pervivencia de castellano, queda, sin embargo, un quinto argumento a favor de español: desde finales del siglo XVI, salvo rarísimas excepciones, debidas a autores españoles que escriben fuera de su patria, el término aceptado mayoritariamente en los países hispanohablantes, para referirse a la lengua común de España, es el de español. [...]

Había un grupo de autores que seguían usando “castellano“; este grupo no debió de ser muy polémico, porque no hemos notado señales de encono. Otro grupo se resistía a usar este nombre, porque le parecía que equivalía a colocar a Castilla en lugar preeminente. Notemos que todavía hoy podemos notar esta actitud, en Andalucía, por ejemplo.

Cuando se rechaza “castellano“ quedan dos opciones: o usar “español“, o crear una designación nueva. No obstante, el uso de español pudo no resultar satisfactorio para algunos autores que tampoco querían usar castellano, porque la lengua de Castilla era (y es) una entre las varias lenguas españolas. Llamarla lengua española sería así otorgarle un privilegio injustificado. Esta postura también es importante, porques e traduce hoy en aspectos del problema en las regiones bilingües. [...]

Los argumentos que emplea Amado Alonso al hablar del siglo XVIII y, específicamente, de la actitud de la Academia al redactar el Diccionario de Autoridades, han merecido una respetuosa discrepante respuesta de Fernando Lázaro, quien ha limitado el alcance de ciertas afirmaciones. Las puntualizaciones de Lázaro se refieren, concretamente, a la denominación de la Real Academia, su gramática, y su diccionario. La Academia se llama Española por imitación de la Francesa y porque con esta denominación no hay equívocos (puede ser académico cualquier español, y no sólo los castellano). El diccionario, en cambio, es de la lengua castellana y así será hasta 1924, pues a partir de esta fecha será de la lengua española.

Volver al inicio de "Español o castellano"

1726-1924 DRAE: Diccionario de la lengua castellana
A partir de 1925 DRAE: Diccionario de la lengua española

Cambio de denominación que se extiende a todas las obras y documentos académicos. [...] La distinción estriba para Lázaro, en una razón mecánica o, si se quiere, retórica. La proximidad de los sintagmas Academia Española y Lengua Castellana en varios textos salva así la fea construcción que se produce con los dos adjetivos iguales. Se trata, en suma, de una elegante variación estilística entre el adjetivo que la Academia se asigna y el que atribuye a su lengua. Precisamente cuando es consciente de la confusión que tal variación comporta, decide aplicar a la lengua el adjetivo “española“ que se había aplicado a sí misma en principio, y así lo hace oficialmente, a partir de 1927, en sus publicaciones. [...]

La pasión desatada en torno a la denominación no ha sido motivada por un nominalismo bizantino, sino porque detrás de cada designación puede haber, en muchos casos, una manera de interpretar la historia de España. [...]

Lo que no conviene olvidar es que la designación de lengua oficial no añade nada al lustre cultural de una lengua. Con palabras de Cela, en el discurso inaugural del Ateneo, que no llegó a pronunciar, podríamos decir el que castellano “es la lengua común de todos los españoles. Repárese que es más importante, bastante más importante, y duradero y glorioso, ser la lengua de Cervantes, de Quevedo y de Fray Luis, que ser la lengua del Boletín Oficial del Estado.

Volver al inicio de "Español o castellano"

"ESPAÑOL", PALABRA EXTRANJERA

Fue el suizo Paul Aebischer quien señaló primero este origen necesario, tras insistir en la imposibilidad de que de uno de los tres gentilicios latinos: Hispanus, Hispanicus, Hispaniensis, pueda salir español. Esta última palabra puede proceder, según las distintas teorías, de *hispanionem o de *hispaniolem, formas ambas reconstruidas, no documentadas en latín. [...] Habrá que volverse a la segunda forma, lo que supondría una derivación desde lenguas extrapeninsulares y, concretamente, desde el provenzal, donde la terminación en –ol, sin diptongar, es abundante. Esta es la tesis aceptada por Américo Castro y Rafael Lapesa, para quien “el romanista suizo Paul Aebischer dilucidó el asunto de manera definitiva“. [...]

Español, pues, pertenecería a la misma oleada que nos trajo palabras que hoy son tan nuestras como solaz, donaire, fraile, monja, homenaje o deleite. La razón por la que fue necesario que viniera de afuera está ligada a una visión también externa de nuestra historia. Los habitantes del norte de la Península eran, todos ellos, cristianos, etc., con estas denominaciones satisfacían sus necesidades comunicativas. Al norte de los Pirineos, sin embargo, se imponían otras denominaciones: el particularismo de leonés o castellano no tenía ya objeto, lo que el habitante de la antigua Galia buscaba era un nombre que cuadrase a los habitantes de Hispania (diferenciados de los moros). Cristiano no era término que pudiera emplear, puesto que franceses y provenzales eran también cristianos, y, por otro lado, a diferencia de los cristianos de Hispania, para los de Francia y Provenza este término era sólo religioso, no político: necesitaban un término, por decirlo así, laico, y español satisfizo esta necesidad. El término, luego, hizo fortuna y fue adoptado por aquellos a quienes designaba, aunque parece claro que, mucho tiempo después, español sigue sin significar lo mismo para todos nosotros.

Volver al inicio de "Español o castellano"

LENGUA Y MORADA VITAL

Los habitantes de la Península Ibérica que se expresaban en lengua románica (y ello incluye a los vascos evangelizados, o sea, al mundo euskaldún, tempranamente bilingüe) sentían que tenían entre sí de común, salvo los mozárabes que se hubiesen islamizado, el ser cristianos. [...]

En el caso de los españoles, lo peculiar es que, en la relación entre el habitante y la tierra habitada, se interpuso una circunstancia debida al contacto con las dos culturas semíticas: la dimensión oriental sobrenatural. Fueron así constituyendo su morada vital, que se refiere a dos aspectos: como morada de la vida designa “el hecho de vivir ante un cierto horizonte de posibilidades y de obstáculos (íntimos y exteriores), ... o puede referirse al modo cómo los hombres manejan su vida dentro de esta morada, toman conciencia de existir en ella“, en ese segundo caso, Américo Castro habla de vividura. (La Realidad Histórica de España, México, Porrúa, 1966, reimp., pp. 109-110).

A lo largo de la lucha con el musulmán, con la religión como aglutinante, va constituyéndose, de modo peculiar, la morada vital de los españoles. El elemento aglutinador es una Castilla que centra, por diversas razones, los elementos que constituirán España: por su carácter vascorrománico incorporará la mayor resistencia a la herencia latina (frente a lo que supone León en Derecho, o Galicia y Cataluña en este punto, sino también en manifestaciones culturales, como la lírica culta), por su condición de adelantada frente al invasor recibirá directamente el influjo árabe, y será transmisora a Europa de la mayor cultura medieval universalista, reintegrándose en el mundo clásico a través de la interpretación árabe de la ciencia, el pensamiento y las artes greco-iranias.

En esos ocho siglos de lucha los cristianos peninsulares, que fueron asimilando conceptos vitales semíticos en contacto con judíos y musulmanes, se hicieron españoles. “De acuerdo con la razonable propuesta de Américo Castro, damos el nombre de ’cultura española’ sólo a la que nace y se constituye después de Covadonga“ (Antonio Tovar). [...]

El término “español“ no puede aplicarse a quienes vivieran en la Península Ibérica antes de que ésta se constituyese con conciencia española a lo largo de la Reconquista: los iberos, celtas, hispanorromanos o hispanogodos, como Viriato, Indíbil y Mandonio, Marcial, Séneca o San Isidoro no eran españoles; podemos llamarlos, con criterio geográfico, “hispanos“ o “hispánicos“, pero no españoles. La conclusión histórica procede de observar cómo lo español comienza siendo lo castellano, que se va ampliando hasta englobar en lo abarcable por su radio vital a los otros pueblos españoles, si bien este abarcar ha tenido sus límites (y no trazados por esos otros pueblos precisamente; la empresa del Imperio fue castellana, la reina Isabel excluyó de ella a los aragoneses y los catalanes). En palabras de Américo Castro (Sobre el nombre ..., p. 193):

Los castellanos fueron castellanizando y españolizando, hasta donde les fue posible, a leoneses, gallegos, navarros, catalanes, valencianos, a los indios de América. Pero no españolizaron a los celtíberos, ni a los tartesios, ni a los iberos, porque ya no existían ningunos “nosotros“ que continuaran llamándose visigodos, iberos o celtíberos.

La situación política tiene evidentes repercusiones en la lingüística: al unirse Galicia y León el centro se desplaza hacia el Este, el gallego queda aislado y prosigue su vida hasta hoy. Cuando León se une a Castilla es la segunda la que impone su lengua, quedando marginado el leonés. La unión de Aragón y Cataluña beneficia al catalán, pero lo que acarrea la progresiva pérdida del aragonés es la unión con Castilla. Cataluña, en cambio, alejada de Castilla por la política de división de los reinos y por la distancia (Aragón mediante) puede conservar su lengua y su cultura. Para la designación de la lengua eso tiene su importancia: las regiones extremas, que conservan sus propias lenguas, tan españolas como el castellano, prefieren que “vasco“, “gallego“ o “catalán“ se contrapongan a “castellano“ y utilizan menos “español“ como equivalente de “castellano“. Las otras regiones, en cambio, que no tienen una lengua autóctona distinta de la de Castilla (descontados los focos reducidos de astur-leonés y aragonés), consideran la lengua de Castilla tan suya como de los castellanos, y prefieren utilizar “español“ para designar la lengua común, mientras que ven en “castellano“ una señal de predominio de una región, en materia lingüística, cuando la lengua es sentida como propiedad de todos. [...]

Volver al inicio de "Español o castellano"

ECOS CONTITUCIONALES DE UN PROBLEMA ESPAÑOL

Promulgada la Constitución de 1978, está explícitamente dispuesto (Título Preliminar, artículo 3, apartado 1) que “el castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho de usarla.“
Además de la pésima redacción del párrafo (como la de todo el texto, según se ha insistido por todas partes), con esos la finales referidos a la lengua española oficial, femenino, y no al castellano, masculino, defecto tan fácil de obviar con la simpre expresión de lengua castellana, en femenino, o el uso de Estado, de resonancias totalitarias, como caldo del Reich alemán (si no en su origen prístino, sí al menos en su expansión en la llamada España nacional), dejando aparte esos aspectos, todos sabemos que en torno al nombre de la lengua des desató una polémica que produjo vacilaciones y cambios, aunque sin éxito final. [...]
La discusión en las Cortes, a la hora de redactar la nueva Constitución, en 1978, se centran en tres posturas distintas, tras el acuerdo general de que haya una lengua oficial y ésta sea la lengua común de españoles e hispanoamericanos:

1) Una postura minoritaria defiende el uso exclusivo de español. Se apoya en el argumento de que el español actual no es sólo el castellano, sino el resultado del enriquecimiento de este dialecto románico con las aportaciones de las otras hablas españolas y americanas. Vinculada a la derecha y a personalidades del régimen anterior, la propuesta no es atendida.

2) Una postura amplia, que llega incluso a hacer triunfar inicialmente su propuesta en el Senado, partidaria de la sinonimia. Con el criterio de la Real Academia Española y la de la Historia, se inclinaría por el uso de castellano con referencia a la situación interna, donde hay otras lenguas españolas, mientras que español sería el término hacia fuera, hacia el resto del mundo. Además de recoger el argumento evidente de que el español no es, técnicamente, sólo castellano, y la paradoja de tantos españoles (aragoneses, leoneses, andaluces, extremeños, canarios) monolingües, que no son castellanos y hablan una lengua española, la cual, para ellos, no es castellano, sino español, se recoge también el argumento de derecho comparado, sobre las constituciones hispanoamericanas, y se advierte, apelando al sentido común, de la extrañeza que produce que el español sea la lengua oficial de veinte repúblicas y que en su lugar de origen se llame sólo castellano. El uso, por último, y la traducción a otras lenguas, consagra español.

3) La postura que resultaría triunfante, apoyada por los organismos lingüísticos oficiales de las regiones bilingües, es la de sólo castellano. El argumento aparente es que las otras lenguas son tan españolas como el castellano, y no hay razón, por tanto, para aplicar ese adjetivo con exclusividad a una de ellas, convirtiéndolo en su nombre oficial. A él se vuelve una y otra vez en las discusiones, rebatiendo los otros razonamientos en favor de la sinonimia con el de que aplicar español a castellano favorece el separatismo, argumento idéntico al utilizado por el escritor mallorquín Gabriel Alomar en la discusión de 1931, y que ha triunfado en las dos ocasiones.
La discusión dejó de ser técnica para hacerse política, con lo que sus implicaciones derivaron. A lo largo de este capítulo, creemos, hay bastantes razones que apoyan actitudes a favor de una pura y oportuna sinonimia. Somos muchos los españoles que no llamaríamos español al castellano si pensáramos causar con ello la más leve ofensa a las otras lenguas o sus hablantes, y los que apoyamos cualquier posibilidad de desarrollo de las otras lenguas – así como protestamos, en su momento, de las restricciones a las que se vieron sometidas. Lo que sucede es que, desde el punto de vista del observador del idioma, no cabe duda de que, en la mayor parte de su dominio lingüístico, castellano y español se usan alternativamente, como sinónimos perfectos, sin otras implicaciones.

Detrás de la discusión institucional terminológica había dos implicaciones, la primera de resonancias lingüístico-culturales, la segunda más específicamente política. En primer lugar, la exigencia del término castellano venía dada por la preocupación sobre la suerte de los otros idiomas españoles y el temor de que, si el término español se reservaba sólo a aquél, los demás pudieran encontrarse, de nuevo, con limitaciones y restricciones. En segundo lugar está el problema del modelo mismo de Estado: un estado plurinacional con una lengua oficial que es una entre otras.»
[Marcos Marín, Francisco: Curso de gramática española. Madrid: Cincel, 1980, pp. 51-66]

Volver al inicio de "Español o castellano"

DEPARTAMENTO DE ESPAÑOL URGENTE - AGENCIA EFE
Español y castellano

Debemos utilizar castellano cuando nos refiramos al modo de expresión utilizado en España para diferenciarlo de las lenguas de determinadas comunidades autónomas. Y cuando nos refiramos al instrumento expresivo empleado por la comunidad hispanohablante deberemos decir español.

Los puntos uno y dos del artículo tres de la Constitución española dicen así: "El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos", de lo que parece desprenderse que el nombre "oficial" de nuestra lengua, en España, es castellano. Esta redacción no fue del agrado de la Real Academia Española, que, en 1978, pidió oficialmente a las Cortes la adición de un párrafo al artículo tercero de la Constitución: "La Real Academia Española tiene el honor de dirigirse a V.E. para elevar a las Cortes Españolas el ruego de que en el artículo 3º, título I, del proyecto de Constitución aprobado por la comisión correspondiente, se añada, tras el punto final, el siguiente párrafo: "Entre todas las lenguas de España, el castellano recibe la denominación de español o lengua española, como idioma común a toda la nación".

Volver al inicio de "Español o castellano"

FUNDA SU PETICIÓN EN ESTAS CONSIDERACIONES:

1. Según reconoce la propuesta de enmienda, todas las lenguas que se emplean en España, como constitutivas de su patrimonio idiomático, son lenguas españolas, y su libre utilización debe ser protegida, conforme a la garantía que establece el proyecto constitucional. Sin embargo, y puesto que se reconoce que la lengua castellana será oficial en todo el territorio de la nación y servirá de instrumento de comunicación para todos los ciudadanos españoles, parece natural que sea denominada lengua española por antonomasia.

2. Este idioma constituye un patrimonio que España comparte con numerosas naciones americanas. Una decisión tan importante como es la de reconocer constitucionalmente su nombre oficial no parece que deba ser adoptada por nuestro país, desconociendo el hecho de que en tales naciones, tras los lógicos recelos que surgieron a raíz de su independencia y que las llevaron a favorecer el término lengua castellana, exista hoy una preferencia generalizada por el de español y lengua española. Resultaría sorprendente para millones de hispanohablantes que, en el propio solar de la lengua, se frenara legalmente el proceso de difusión de ese término.

3. No parece que la Constitución pueda dejar de reconocer el hecho evidente de que, en el uso y en el sentimiento de la mayoría de los españoles, el nombre de su idioma común es el de español (o lengua española), usado en perfecta sinonimia con el de castellano (o lengua castellana). Esta sinonimia, recogida en los diccionarios españoles, no puede ser ignorada por la Constitución.

4. Esos términos, cuyo reconocimiento constitucional se propone, son los normales para designar internacionalmente el idioma común de nuestro país. Lo emplean de modo casi unánime los extranjeros, y con la definición de lengua nacional de España figura en los diccionarios de todos los idiomas del mundo. La norma universalmente generalizada es la de designar con el adjetivo derivado del nombre de la nación su lengua oficial o más difundida: francés, italiano, ruso, etc., sin que ello signifique que no haya idiomas franceses, italianos y rusos.
5. Ese es también el nombre empleado en sus trabajos científicos por todos los lingüistas, que sólo utilizan el término castellano cuando se refieren a fenómenos específicos de la lengua de Castilla frente a los que se producen en otras áreas románicas.

6. Designar exclusivamente como castellano el idioma común a España e Hispanoamérica implica reducir abusivamente la realidad que español y lengua española significan. Porque el castellano es la lengua surgida por evolución del latín en un cierto territorio de la Península, que, al extenderse, en un secular proceso de difusión hasta implantarse en su ámbito actual, fue transformándose y enriqueciéndose paulatinamente con multitud de elementos no castellanos: árabes, vascos, catalanes, aragoneses. leoneses, gallegos, canarios y, muy en especial, hispanoamericanos, etc. De tal manera que, científicamente, el castellano, como modo de hablar propio de su viejo solar, es hoy un dialecto del español. A la constitución de éste han contribuido generaciones de hablantes castellanos y no castellanos. Sólo por costumbre, consagrada por el diccionario, se llama al español con el término castellano. Pero sería abusivo que este último nombre desplazara al anterior en el texto constitucional, donde, insistimos, la igualdad sinonímica de ambas designaciones debe quedar reconocida.

7. De no hacerse así, pueden producirse circunstancias tan chocantes como ésta: los departamentos que en nuestras Universidades se denominan de Lengua Española tendrán que pasar a llamarse de Lengua Castellana, para ajustarse a lo que determine la Constitución, mientras que, en las facultades extranjeras, a las cuales, como es natural, ésta no obliga, podrán seguir manteniendo su denominación actual, es decir, la de Departamento de Lengua Española. La Academia renuncia a aportar argumentos históricos en favor de su petición, entendiendo que ésta puede apoyarse con hechos como los anteriores, de observación general.

Al elevarla a V.E., la Academia declara explícitamente que no la guía ninguna motivación de tipo político -motivación que sería completamente ajena a su misión- y sí únicamente la de solicitar que nuestro primer texto legal reconozca, ateniéndose a la lógica y a la realidad, la sinonimia espontánea, a todas luces irreversible, decidida por la mayor parte de los hispanohablantes. En cualquier caso, la Academia acata la autoridad soberana y que en este grave asunto poseen las Cortes y el pueblo español. Y al formular su petición, lo hace obligada por sus propios Estatutos, que le imponen el deber de expresar su criterio ante cualquier problema importante que afecte a la lengua española". A pesar de tan claras explicaciones y aplastantes razones, pudo más la política, y la petición de la Academia no fue atendida.

Castellano, español, idioma nacional, es el título de un libro de Amado Alonso en el que el autor estudia y explica la historia de nuestra lengua y de sus nombres. De él hemos creído interesante reproducir las siguientes afirmaciones: "El nombre de castellano había obedecido a una visión de paredes peninsulares adentro; el de español miraba al mundo. Castellano y español situaban nuestro idioma intencionadamente en dos distintas esferas de objetos: castellano había hecho referencia, comparando y discerniendo, a una esfera de hablas peninsulares -castellano, leonés, aragonés, catalán, gallego, árabe-; español aludía explícitamente a la esfera de las grandes lenguas nacionales -francés, italiano, alemán, inglés-".

"...bien podríamos decir que en estricto sentido los nombres de nuestro idioma tienen significaciones distintas. Castellano y español nombran a un mismo objeto con perspectivas diferentes".

"El uso de uno u otro nombre tiene, pues, justificaciones diversas y ocasionales. En el terreno empírico aluden a diversas circunstancias y peripecias histórico-culturales de los individuos o de las comunidades que prefieran uno al otro término; en el terreno teórico-lingüístico, la alternancia de castellano y español responde a la idea filosófica de que los nombres que damos a las cosas nada dicen de qué sean las cosas en sí y por sí, sino qué son para los hablantes que así las nombran (...) Por consiguiente no es atinado decir que la lengua se llame "más propiamente" con uno o con otro nombre".

También hay que hacer notar el hecho de que, excepto los diccionarios de catalán-castellano, gallego-castellano o vasco-castellano, en ningún otro encontraremos la denominación de castellano. Los demás diccionarios se llamarán "inglés-español", "francés-español", "árabe-español", etc.

Volver al inicio de "Español o castellano"


CASTELLANO Y ESPAÑOL

«La lengua oficial de España y de otras comunidades hispanohablantes es el español, también llamado castellano por motivos históricos, pues no cabe duda de que su origen está en la variedad que se habló en la Castilla primitiva. Recibió después influencias diversas, se pulió como lengua general y evolucionó hacia normas más o menos alejadas de su origen primero. El nombre de castellano tiene, por tanto, una explicación lógica por su origen, pero, en realidad, si se habla desde un punto de vista lingüístico, sería preferible usar español – equivalente a francés, inglés, italiano – y reservar castellano para la variedad de Castilla.

Sin embargo, a las razones de tradición histórica que apoyan el uso de castellano junto al de español, se han sumado en los últimos años presiones extralingüísticas que han llevado a preferir castellano en la Constitución y a que algunos medios eviten español. Lo cierto es que ambos términos se usan como sinónimos y es frecuente encontrarlos simultaneados en el mismo párrafo de cualquier periódico.

Español o castellano, castellano o español son igualmente válidos en el uso, pero aquí, para evitar errores de concepto, se llamará en general español a la lengua y castellano a su primera etapa de reformación y expansión o a la actual variedad de Castilla. Esto permitirá distinguir entre el castellano que desde hace siglos se habla en tierras cercanas, por ejemplo, al leonés, y el español que difunden la escuela y los medios.»
[García Mouton, Pilar: Lenguas y dialectos de España. Madrid: Arco/Libros, 1994, p. 24]

Volver al inicio de "Español o castellano"

CASTELLANIZAR

Castellanización, desde el punto de vista lingüístico, es un proceso de asimilación lingüística del castellano en regiones donde se hablan otras lenguas. El castellano y la cultura castellana es originaria de Castilla en España y el proceso de castellanización es entendido inicialmente dentro de la consolidación de España como reino después de la expulsión de los musulmanes y judíos de la Península Ibérica durante el siglo XV. Posteriormente la castellanización se extendió a las colonias españolas en América con el sometimiento de los pueblos indígenas.

Volver al inicio de "Español o castellano"

CASTELLANIZACIÓN EN ESPAÑA

En España, a principios del siglo XVIII se inicia, con Felipe V, una política de castellanización y consiguiente minorización (v. lengua minorizada) del resto de lenguas vernáculas, dentro del proceso de construcción de un estado nación de matriz castellana, centralizado y unificado. Esta política, mantenida hasta inicios del siglo XX y recuperada durante las dictaduras de Miguel Primo de Rivera y de Francisco Franco, tomó cuerpo en la creación de estructuras estatales centralizadas, en la movilización de mecanismos psicosociales favorables a la extensión del castellano,1 y en una serie de medidas legales de imposición y difusión de la lengua nacional.2 No obstante, la extensión del castellano entre la población española no fue más allá de aquellos miembros de las clases aristocráticas y de la alta burguesía no castellanohablantes que prefirieron adoptar la lengua del poder, más prestigiosa socialmente. El resto de la población no castellanohablante, debido a una precarísima escolarización por la falta de recursos económicos (que convertían la asistencia a la escuela en un lujo) y debido también a las graves deficiencias estructurales de la propia institución escolar española, tardaría mucho más en aprender el castellano por la única vía posible: la escuela. En el primer censo nacional de 1860, el porcentaje de los que sólo sabían leer era del 4,5 % y el de los que sabían leer y escribir –los que podríamos considerar alfabetizados según criterios más actuales– alcanzaba sólo el 19,9 % de la población censada. A principios del siglo XX todavía se cuenta en un 60% el volumen de analfabetos en España.3 No sería hasta la segunda etapa del franquismo, con una escuela exclusivamente en castellano y como consecuencia de las migraciones que favorecieron el contacto entre grupos lingüísticos castellanohablantes y no castellanohablantes, y de los cambios sociales, económicos y culturales de las décadas de 1960 y 1970, cuando la alfabetización se extendería en toda España y el castellano se convertiría en lengua de conocimiento y uso de una población ya masivamente escolarizada (a finales de la década de 1970 del siglo XX se daría por escolarizada a toda la población de 6 a 12 años).4 Esta situación de precaria difusión del castellano como lengua nacional, unida al surgimiento de los nacionalismos periféricos y de movimientos de defensa de la lengua y la cultura propias a finales del siglo XIX, favoreció la conservación de las demás lenguas de España y refrenó el proceso de sustitución lingüística por el castellano.

Volver al inicio de "Español o castellano"

CASTELLANIZACIÓN EN HISPANOAMÉRICA

Desde la conquista española de América, las lenguas indígenas fueron objeto de un proceso de marginación y relegación a los ámbitos domésticos y comunitarios de la vida social. Desde su llegada a América, algunos misioneros se dieron a la tarea de registrar las lenguas de los indios, estudiarlas y aprenderlas, con el propósito de ayudar a una evangelización más eficiente. Con este último propósito, los misioneros de Indias propugnaron por la enseñanza de los indígenas en su propia lengua. De acuerdo con esa visión, Felipe II había decretado en 1570 que el náhuatl debía convertirse en la lengua de los indios de Nueva España, con la finalidad de hacer más operativa la comunicación entre los nativos y la colonia peninsular. Sin embargo, en 1696, Carlos II, estableció que el español sería el único idioma que podía y debía ser empleado en los asuntos oficiales y el gobierno del virreinato (Cifuentes, 1998). A partir del siglo XVII, los pronunciamientos a favor de la castellanización de los indios fueron cada vez más numerosos. Con ello, los colonizadores renunciaron a su vocación bilingüe, vocación que llevó en un primer momento a los misioneros y a los encomenderos a aprender las lenguas de los nativos. Esa necesidad de bilingüismo se trasladó entonces a los actores que articulaban las relaciones entre los niveles más altos del gobierno y los pueblos indígenas, es decir, la élite nativa encarnada en los caciques regionales.

A lo largo del período colonial, el español y las lenguas indígenas entraron en una relación de intercambio que llevó, por un lado, al español de cada región a conservar palabras de origen indígena en el habla cotidiana; y a las lenguas indígenas a incorporar no sólo palabras españolas, sino de otros idiomas indios y especialmente del taíno (arawak caribeño).

Después de la Independencia de la América Hispana, la ideología liberal dominante llevó a los encargados de la educación pública a implementar políticas educativas cuyo propósito era la castellanización de los indígenas. Según sus defensores, con la castellanización los indios quedarían plenamente integrados a las naciones criollas, en igualdad con el resto de los ciudadanos.

En 1889, Antonio García Cubas calculó la proporción de hablantes de lenguas indígenas en un 38% del total de la población de México. Si se compara con el 60% que estimaba una encuesta de población en 1820, es notable la reducción proporcional de los hablantes de lenguas nativas como componente de la población. Al final del siglo XX, la proporción se redujo a menos del 10% de la población mexicana.

La castellanización tenía como propósito eliminar las diferencias étnicas de los indígenas con respecto al resto de la población, para, en última instancia, integrarlos en "igualdad" de condiciones a la nación. En México, uno de los principales criterios históricos para la definición de lo indígena ha sido la lengua (el criterio "racial" sólo desapareció en el discurso oficial en la tercera década del siglo XX). Por ello, las estrategias para inducir el abandono de las lenguas indígenas estaban dirigidas principalmente a la prohibición legal de su empleo en la educación, la prohibición fáctica del ejercicio de la docencia para los indígenas (cuando un indígena llegaba a ser profesor, el gobierno se encargaba de reubicarlo en una comunidad donde no se hablara su lengua madre) y otras similares.

Contra lo que pensaban los defensores de la castellanización de los indígenas, su incorporación al mundo de habla española no significó una mejoría en las condiciones materiales de existencia de los grupos étnicos. La política de castellanización se tropezaba también con las carencias de los sistemas educativos. Suponía que los educandos manejaban de antemano la lengua española, aunque en muchas ocasiones no ocurría de esta forma. Muchos indígenas que tuvieron acceso a la educación pública eran monolingües en idioma indígena, y al prohibírseles el uso de la única lengua que manejaban, eran incapaces de comunicarse en el medio escolar. Por otra parte, los docentes muchas veces eran indígenas cuyo dominio del español también era precario, lo que contribuyó a la reproducción de las deficiencias competitivas entre los niños. En vista de lo anterior, en la década de 1970 se incorporó la enseñanza en lengua indígena en las zonas de refugio, pero sólo como un instrumento transitorio que debería contribuir a un aprendizaje más efectivo del español.

No fue antes de la década de 1980 que los gobiernos latinoamericanos empezaron a cambiar sus objetivos de castellanización y implementar un sistema de educación intercultural bilingüe.

Volver al inicio de "Español o castellano"

LENGUAS EN GUERRA
Dña. Irene Lozano
Periodista. Premio Espasa Ensayo 2005


Creo que en los últimos tiempos estamos demasiado acostumbrados a que las noticias sobre las lenguas de España aparezcan en las páginas de los periódicos dedicadas a política. Esto es un hecho sintomático de que en España tenemos trastocado el papel de las lenguas y de que quizá estamos habituándonos a que se utilicen como ariete de reivindicaciones políticas. Sin embargo, para quienes admiramos esa facultad tan asombrosa y maravillosa que es el lenguaje, esa facultad específicamente humana que tantos progresos ha permitido a nuestra especie, resulta verdaderamente desoladora esta utilización espuria de las lenguas como armas de reivindicación política.

Por ello, deseo criticar a quienes utilizan esta facultad humana del lenguaje con esos fines y mostrarme como todo aquel que ama su lengua materna, abierta a todas las lenguas que se hablan en España, absolutamente respetuosa con la dignidad de cada una, pero considerando el alto valor que tiene el español como lengua de intercambio. Intentaré demostrar que ese uso de las lenguas para levantar barreras pervierte los rasgos esenciales de las lenguas; que esa instrumentalización política es un fenómeno relativamente reciente, el cual, aunque nos parezca propio y normal de la situación de contacto de lenguas, no tiene por qué ser así ni lo ha sido a lo largo de la larga historia de convivencia de lenguas en España; y que esa utilización de las lenguas con fines políticos también es ajena a los intereses de los hablantes y, a veces, incluso contraria a ellos. Finalmente, como en todo discurso que utiliza las lenguas con fines políticos hay algunas palabras clave, me centraré en analizar, sobre todo, el concepto de lengua propia.

Parto de la consideración de que las lenguas cumplen una función importante para el ser humano, y que su aparición no es caprichosa ni azarosa; por el contrario, los expertos y filólogos que han estudiado el fenómeno lo han interpretado como una necesidad adaptativa de la especie. El lenguaje humano surgió hace decenas de miles de años, si bien no sabemos exactamente cuándo. De hecho, esta cuestión ha sido durante mucho tiempo prácticamente imposible de estudiar, puesto que el lenguaje no deja rastro visible ni material hasta que se inventa la escritura, fenómeno muy posterior y accesorio al propio fenómeno lingüístico. Hasta tal punto llega la dificultad de estudiar los orígenes del lenguaje que, por ejemplo, a finales del siglo XIX (1866) la Société Linguistique de París prohibió cualquier comunicación, conferencia o artículo sobre el asunto, empleando el argumento de que era un fenómeno que, simplemente, no se podía estudiar, por lo que no valía la pena discurrir sobre él.

A pesar de ello, en los últimos años -en la última década, sobre todo- se ha despertado un gran interés por el tema del origen del lenguaje, y cada vez vamos conociendo más cosas. Así, por ejemplo, sabemos con certeza que hace 40.000 años (época de las primeras pinturas rupestres) existía con certeza el lenguaje humano, puesto que, para llevar a cabo esos trabajos, es necesaria la existencia de una mente pictórica y, por lo tanto, dotada de lenguaje. Sin embargo, los científicos y paleontólogos que trabajan en el yacimiento de Atapuerca realizaron hace no más de tres años un descubrimiento sorprendente para ellos mismos; concretamente, encontraron fósiles del oído humano que demostraban que el órgano de aquellos homínidos era muy parecido al nuestro. Este dato resulta muy importante, porque el oído es un órgano muy adaptado a las necesidades de la especie; por ejemplo, las frecuencias en las que se capta la voz humana son muy distintas de aquellas en las que se captan los gritos de los chimpancés, los cuales, sin embargo, son bastante parecidos a nosotros genéticamente hablando.

Por tanto, este hallazgo podría hacer pensar que en esos homínidos de hace 300.000 años ya existía esa facultad humana del lenguaje. En efecto, Juan Luis Arsuaga se propone demostrar que los treinta cadáveres que se han encontrado en la Sima de los Huesos están reunidos ahí por algún rito de tipo religioso, lo cual, en el caso de que lograra confirmarlo, demostraría efectivamente la existencia y antigüedad del lenguaje, ya que, para llevar a cabo esos ritos religiosos, también sería necesaria la comunicación.

Volver al inicio de "Español o castellano"

Pues bien, al menos desde hace 40.000 años -pero tal vez desde hace 300.000- el lenguaje humano ha desempeñado dos funciones primordiales, en cuya esencia no han variado: primero, permitir a los seres humanos conocer el mundo y, segundo, comunicarse. Conocer el mundo en aquellas épocas remotas constituía una información esencial para la supervivencia. Hay que pensar que aquellos seres humanos prehistóricos se enfrentaban cada día a la batalla de la supervivencia mucho más de lo que nosotros lo hacemos en las sociedades actuales; en ese contexto, la función de conocimiento que permitía el lenguaje proporcionaba una información que resultaba, en muchos casos, vital. Por su parte, la otra función primordial del lenguaje permite al ser humano comunicarse con sus iguales e intercambiar también esta información del mundo que les rodea.

Estos dos rasgos primordiales han conformado de tal manera la esencia de las lenguas -lo que llamo "el carácter de las lenguas"-, que siguen presentes actualmente en la práctica totalidad de los hablantes. Estos rasgos y su fuerza imperiosa, esta necesidad de la comunicación, se pueden comprobar hoy día, por ejemplo, en las zonas fronterizas de Brasil con los países de habla hispana, donde en muchos pueblos la gente ha desarrollado a ambos lados de esa frontera política o administrativa un habla cuyos usuarios no saben muy bien si es español o portugués; de hecho, se considera una lengua de las llamadas "criollas", y ha recibido el nombre de "portuñol" o "brasileiro".

Se trata de un habla que, por encima de todo, está al servicio de la comunicación de personas que viven cerca, vecinos que, a pesar de la frontera administrativa, tienen necesidad de comunicarse y buscan un instrumento para ello. El fenómeno de las lenguas criollas -que se ha producido a lo largo de la historia en numerosísimas ocasiones- demuestra que para las lenguas no existen fronteras, porque generalmente éstas estorban a la comunicación, hecho que, si bien está presente en el lenguaje desde tiempo inmemorial, hoy día -en el mundo globalizado en el que vivimos- cobra todavía mayor importancia.

Las teorías lingüísticas recientes (generativistas y racionalistas) nos hablan de que el lenguaje, mucho más que un fenómeno cultural, es un hecho natural. Dichas teorías nos dicen que hay en todos los seres humanos unos rasgos innatos -todos los tenemos al nacer- que nos permiten el aprendizaje de cualquier lengua. Cuando un bebé nace, está dotado para entender y reproducir los sonidos de cualquier lengua, aunque esta habilidad se pierda con el tiempo; igualmente, está dotado para aprender también las estructuras sintácticas y morfológicas de cualquier lengua. Esto llevó a Noam Chomsky a formular el concepto de Gramática Universal.

Según esta idea, existe, por un lado, una facultad innata del ser humano para adquirir el lenguaje, algo que llamamos "aprender a hablar" pero que no es exactamente un aprendizaje, sino un desarrollo de unas potencialidades que están ahí desde que esa persona nace. Por otro lado, la Gramática Universal representa algo que Chomsky y muchos otros lingüistas han buscado con mucho ahínco en el último medio siglo; me refiero a los llamados "universales lingüísticos", rasgos comunes que comparten todas las lenguas del mundo y que hace que lingüistas como Chomsky, por ejemplo, se digan: "¿El francés? ¿Y eso qué es? No existe tal cosa".

En efecto, Chomsky está convencido de que lo que existe es esa Gramática Universal, es decir, cualidades comunes que comparten todas las lenguas, pero que, a veces, menospreciamos porque las diferencias entre unas lenguas y otras son muy visibles. Así, por ejemplo, todas las lenguas del mundo tienen sujeto, verbo y objeto, algo que puede parece muy elemental; sin embargo, si pensamos en otros lenguajes como el musical, nos daremos cuenta de que en las partituras musicales no existe ningún sujeto ni nadie busca verbo alguno, porque esos rasgos son específicos del lenguaje humano.

Finalmente, todas las lenguas humanas son sistemas combinatorios discretos, es decir, hay un número limitado de elementos que se combinan con posibilidades infinitas, lo que convierte cada acto de habla en un acto de creación casi único e individual. Este concepto de Gramática Universal que elabora Chomsky le lleva a decir que, si un científico marciano aterrizara en la Tierra, consideraría que sólo hay un único lenguaje humano con diferencias meramente marginales.

Volver al inicio de "Español o castellano"

Además de estos factores estructurales, intrínsecos y comunes a todas las lenguas, y de las dos funciones señaladas (servir a los hablantes para conocer el mundo y comunicarse), todas las lenguas tienen idénticas potencialidades expresivas. En efecto, no se conoce ninguna comunidad humana a la que, de hecho, se le haya tenido que enseñar a hablar. La observación puede parecer evidente, pero tiene bastante importancia porque a lo largo de la historia ha habido civilizaciones más desarrolladas o evolucionadas que, de repente, han descubierto otras civilizaciones que no conocían la navegación, determinadas técnicas de construcción, etc. Sin embargo, todas las comunidades humanas -por muy atrasado que fuera su desarrollo en otros aspectos- estaban dotadas siempre del lenguaje. Incluso las teorías cognitivas del lenguaje, que contradicen en algunos aspectos la gramática generativa de Chomsky, coinciden en esos factores universales de las lenguas sobre ese armazón común, sobre esa base lingüística de la que estaba dotado el puñado de lenguas que existió inicialmente.

Llegamos así a otro asunto sobre el que los lingüistas han debatido durante siglos: ¿existió una lengua original, o, por el contrario, fueron varias? Hoy día se tiende a aceptar, más o menos, que hubo entre media docena y una docena de lenguas originales, de las que surgió la diversidad lingüística actual (entre cinco mil y seis mil lenguas). Toda esta diversidad lingüística está motivada, por una parte, por unos pequeños factores lingüísticos que son la voluntad de cambio (por ejemplo, los cambios que introduce cada nueva generación en la lengua que hereda) y, por la otra -y sobre todo-, por factores extralingüísticos como las migraciones de los pueblos a través de todo el planeta y el relativo aislamiento en el que, cuando las comunicaciones no eran tan fáciles como ahora, fueron quedando algunos pueblos. Por ello, los pueblos que se van separando son los que van dando origen a la diversidad lingüística.

Sin embargo, muchos tenemos todavía en la cabeza el mito de Babel, que nos dice justamente lo contrario: Dios separó las lenguas de los hombres y, con ello, los pueblos. Pues bien, la investigación lingüística demuestra que ocurrió justamente lo contrario, que la diversidad de lenguas que existe actualmente en el mundo es fruto en gran medida del azar, de circunstancias casuales. Sin embargo, sobre esas teorías babélicas y, sobre todo, basándose en las teorías románticas que vinculan las lenguas a un espíritu nacional, a un espíritu de los pueblos, los románticos definen comunidades que consideran naturales: las comunidades definidas por las lenguas. Es decir, en las teorías románticas, la lengua compartida por un grupo de seres humanos condiciona un determinado espíritu, un determinado carácter que, a la postre, es el fundamento de las naciones. Son teorías que en su momento tuvieron su eficacia en determinados procesos nacionales como el alemán o el italiano, pero hoy día, como teorías románticas que son (alimentadas en gran medida en la irracionalidad y en lo sentimental) están descartadas en muchos aspectos.

Volver al inicio de "Español o castellano"

En realidad, si uno se detiene a pensarlo durante algunos minutos, creer que una lengua define una comunidad nacional es en el fondo un ejercicio de voluntarismo, puesto que hay muchos países en el mundo donde se hablan varias lenguas; y también, lenguas que se hablan en varios países. Por ejemplo, el castellano es una lengua que se habla actualmente en una veintena de naciones; asimismo, España es un ejemplo de país en el que se hablan diversas lenguas. Por lo tanto, resulta difícil sostener el argumento de que las lenguas crean esas comunidades nacionales. Sin embargo, son teorías que tienen un elevado interés político, porque vinculan algo natural (la lengua) a una entidad de carácter artificial (la nación), y, de alguna manera, ese hecho natural del lenguaje da una justificación a esa entidad artificial que es la nación. Ahora bien, no hay más que echar cuentas: en la ONU apenas hay registrados doscientos países, pero en el mundo se hablan, sin embargo, unas cinco mil o seis mil lenguas. Es decir, resulta bastante difícil sostener esa identificación entre lengua y nación.

Esa identificación tiene en España, históricamente, sus particulares defensores: los nacionalismos y, durante muchos siglos, la Iglesia. Históricamente, la Iglesia ha defendido la predicación en lengua vernácula no como un derecho, sino como un deber, dado que la predicación en esas lenguas representaba un pilar doctrinal de la Iglesia basado en el mito de Babel y en la narración del día de Pentecostés, que se relata en Hechos de los Apóstoles. Ese día, fieles que llegaron de todos los lugares de la Tierra -y que, por tanto, hablaban lenguas distintas- acudieron a oír hablar a los apóstoles, a quienes escucharon hablar en su lengua propia. Sobre la base de esa narración -y también de unos criterios de eficacia en la difusión de su mensaje evangélico-, la Iglesia ha defendido durante siglos las lenguas vernáculas, y la existencia contemporánea de la diversidad lingüística en España está ligada también a esa influencia secular de la Iglesia en nuestra historia y en nuestra sociedad.

Esta influencia de la Iglesia se hace muy patente en América durante la época de la colonización, porque los misioneros que eran enviados allí por la corona española para evangelizar a los indios solían aprender las lenguas americanas. A pesar de que exista esa leyenda que califica al español de lengua del imperio, lo cierto es que en el imperio español se hablaban muchas lenguas, y los predicadores y misioneros renuncian a aprender todas las lenguas indígenas americanas cuando se ven desbordados por la atomización lingüística del continente, si bien se dedican a aprender las llamadas "lenguas indígenas mayores", sobre todo el quechua y el nahua. De esta manera, en los territorios americanos españoles ocurre un fenómeno sorprendente que no ha sucedido en ningún otro sitio: cuando termina el periodo de dominación española, las lenguas dominadas gozan de un mayor número de hablantes y de una mayor extensión geográfica que al principio de la colonización. Han atestiguado y explicado este hecho lingüistas como, por ejemplo, Humberto López Morales, mitad cubano y mitad puertorriqueño, y poco sospechoso, por tanto, de defender teorías imperiales o imperialistas.

Lo cierto es que en los más de mil años de convivencia de la lengua española con otras lenguas a su alrededor predominan de forma abrumadora los periodos en los que esa convivencia es pacífica. Cuando ello sucede, los hablantes utilizan las lenguas para servirse de ellas en función de sus intereses. En los siglos XVI, XVII y XVIII, el español es incluso la lengua de moda no sólo en España, sino incluso en toda Europa; es una lengua que disfruta de un prestigio similar al que, en la actualidad, todo el mundo concede al inglés, lengua que mucha gente quiere aprender. Ésa es la explicación de que, por ejemplo, en el siglo XV, pleno Siglo de Oro de la literatura valenciana, haya autores teatrales valencianos que escriben en castellano; ésa es también la explicación de que escritores portugueses, como Camoens o Gil Vicente, escriban una parte de su obra en castellano. Incluso durante los siglos siguientes, entre la alta burguesía de regiones como Cataluña, País Vasco o Valencia hay un interés en aprender esa lengua, que es la llave para los puestos de la administración y del, digamos, ascenso social, de una manera parecida -aunque la sociedad sea distinta- a como en nuestros días el inglés constituye una ventaja laboral, y estudiarlo y conocerlo es algo que nos ayuda en nuestras aspiraciones laborales y, por ello, sociales.

Lo mismo sucedía incluso entre las clases más bajas de los siglos XVIII y XIX, especialmente entre el campesinado, donde más genuinamente se habían mantenido el gallego, el euskera o el catalán en sus regiones respectivas. Los campesinos tenían gran interés en que sus hijos fueran al colegio y aprendieran castellano, porque era la manera de que pudieran llevar una vida mejor de la que ellos habían llevado en el campo. Era la lengua que les iba a proporcionar oportunidades sociales y laborales que los favorecerían en su vida futura. Además, al resultar el castellano una lengua que desde muy temprano, desde la época de la Reconquista, es la de personas de diversa procedencia que se asientan en los territorios recién conquistados -"de los desarraigados", como dijo Ángel López García, un lingüista valenciano que, por cierto, habla las cuatro lenguas de España- porque asumían el riesgo de vivir en zonas fronterizas y quizá conflictivas a cambio de la prosperidad que ello le podía suponer, convive con muy diversas lenguas, primero en la Península y más tarde en América.

Ello multiplica el valor del castellano como lengua de intercambio, algo que se debe en gran medida a que en esa época no obliga a nadie a abandonar su idioma, al servir, casi, de lengua franca. Así, comerciantes valencianos que tenían interés en aprenderlo porque con ello se les abría el mercado de todo el país (incluso el mercado americano) no se sentían obligados a dejar de hablar el catalán, si es que les gustaba más hablar en esa lengua o sentían reforzada su identidad hablándola. Ello se debe a que, de alguna manera, el castellano estaba despojado de rasgos identitarios fuertes y se encontraba muy ligado a ese propósito fundamental de la comunicación.

Volver al inicio de "Español o castellano"

El discurso nacionalista suele citar los Decretos de Nueva Planta de principios del siglo XVIII como el momento histórico en el que su lengua comienza a ser perseguida. Sin embargo, lo cierto es que las medidas lingüísticas que se adoptaron en esa época comienzan a hacer proliferar una burocracia despachada en las lenguas vernáculas que no hace desaparecer otra corriente de documentos que se publican en las lenguas que hoy llamamos "minoritarias" o "regionales". En cuanto a las leyes educativas, que a menudo se han considerado también destinadas a imponer el castellano, se suele citar la Cédula Real de Carlos III, de finales del siglo XVIII, la Ley Moyano o el Decreto de Romanones (1902). Pues bien, a pesar de todos esos propósitos alfabetizadores de los reyes ilustrados y de las corrientes liberales, que son las que generalmente han defendido la lengua común en España, todavía a principios del siglo XX hay un 60% de analfabetismo en nuestro país, con lo cual, cuando se denuncian esas leyes como leyes que han querido perseguir la lengua, no hay que perder de vista, en primer lugar, que estaban destinadas a alfabetizar a las masas -objetivo que todos estaremos de acuerdo en que considerar noble- y, en segundo lugar, que resultaron bastante ineficaces por ese alto índice de analfabetismo.

Sin embargo, en esos finales del siglo XIX, el nacionalismo -catalán, sobre todo- empieza a reivindicar la lengua y a vincularla a sus aspiraciones políticas. De todos modos, creo que es importante subrayar que quienes inicialmente lo hacen son los grupos catalanistas más reaccionarios -y cuando digo "reaccionarios" aludo a posturas políticas que hoy percibiríamos tan de ultraderecha como estar en contra del sufragio universal-. Me refiero, particularmente, a la Lliga, la cual anuda la reivindicación y el fomento de la lengua vernácula a que los cargos, en la Administración, en la Justicia, etc. se concedan a catalanes, es decir, a los naturales de la región cuya lengua, además, se reivindica. Por su parte, el nacionalismo vasco y el nacionalismo gallego no se apegan tan tempranamente a la lengua como fundamento de sus reivindicaciones, aunque lo irán haciendo con el paso del tiempo.

Llegamos así a la época republicana, en la que se elabora una constitución que, paradójicamente, viene a dar carácter oficial a la lengua castellana en España, cuando hasta 1931 no lo había tenido. En efecto, en ningún documento figuraba de manera expresa que el español fuera la lengua oficial de España. Sin embargo, se empieza a discutir en Cataluña el anteproyecto de estatuto, donde se recoge que la lengua oficial de Cataluña sea el catalán; y en ese momento, cuando los diputados de las cortes están preparando el proyecto de constitución, y de alguna forma alertados ante esa oficialidad del catalán, con la preocupación de que esa postura pudiera dejar desprovistos de sus derechos a los hablantes de castellano en Cataluña, se incluye la consideración del castellano como lengua oficial.

En las Cortes de aquel momento se mantuvieron debates muy interesantes y apasionados, si bien no sobre la conveniencia o no de declarar oficial el castellano -en lo que había acuerdo-, sino sobre el nombre que se le debía dar. Es curioso que en aquella época hubiera diputados -como el mallorquín Gabriel Alomar, que había fundado el partido republicano catalán y era plenamente bilingüe- que, aun proviniendo de regiones con otra lengua además del castellano y gozando de la condición de bilingües, reivindican la españolidad de esas lenguas y el término "castellano", precisamente para que, por llamar español a la lengua española, no se sustrajera la consideración de españolas al resto de las lenguas de España.

En esa constitución de 1931 se garantiza una línea de enseñanza que emplee el castellano como instrumento de aprendizaje, extremo que, sin ir más lejos, no se garantiza en la Constitución de 1978. Igualmente, se recoge también la preocupación de que no se pueda obligar a nadie a conocer las lenguas que, entonces, se llamaban "regionales".

Volver al inicio de "Español o castellano"

Es de sobra conocida la política lingüística -por llamarla de alguna manera- de Franco, la cual consistió, básicamente, en tratar de erradicar las lenguas vernáculas de los ámbitos públicos que les daban prestigio, a saber, la Administración y la enseñanza. No se prohibieron las lenguas -como a veces se dice de una manera algo burda-, entre otras cosas porque prohibir una lengua es imposible; como mucho se puede evitar su uso en ámbitos públicos, algo que se hizo con el euskera, el gallego y el catalán. Sin embargo -y coincidiendo, paradójicamente, con el final de la dictadura franquista, en esos últimos momentos en los que surgen grupos de oposición al régimen-, se empieza a asociar un prestigio a estas lenguas prohibidas o postergadas. Me refiero a que se ligan a ellas ideas de libertad o de democracia, puesto que quienes reivindican ese uso público de las lenguas muchas veces coinciden o comparten cárcel o persecución con quienes reivindican la democracia y los derechos democráticos de los ciudadanos.

De este modo -y repito: paradójicamente-, lo que consigue Franco es casi lo contrario de lo que se había propuesto: dotar a esas lenguas de un prestigio en la mente de los hablantes, lo que convierte su defensa en un factor progresista del que hasta entonces no estaban dotadas (como hemos visto, hasta entonces estaban más bien vinculadas a los sectores más conservadores de la sociedad). Así arrancan, con la Constitución de 1978 y los estatutos de autonomía, los procesos que se llamarán de "normalización lingüística", los cuales básicamente consisten, interpretados por los partidos nacionalistas, en considerar que el bilingüismo de las sociedades catalana, vasca, gallega, balear y valenciana son anomalías de la historia y fruto de una imposición, la cual, en realidad, sólo es cierta durante la dictadura de Franco. Pues bien, el nacionalismo está llamado a reparar esa anomalía que el bilingüismo se considera.

Esos procesos de normalización lingüística se inician inspirados en una idea muy singular y, desde mi punto de vista, muy insidiosa: el concepto de lengua propia. El concepto de lengua propia no aparece en la Constitución de 1978, pero sí en 1979, en los primeros estatutos de autonomía que se promulgan (es decir, el vasco y el catalán). Dicho concepto -a pesar de estar vacío de contenido porque nadie lo define ni jurídica ni políticamente- se muestra como muy seductor, e irá cundiendo en todas las autonomías que a continuación van redactando sus estatutos. A pesar de que no encontramos una definición jurídica de ese concepto hasta 1998 (¡veinte años después!), se aprobará el estatuto gallego, en el que se dice que la lengua propia de Galicia es el gallego; o el estatuto valenciano, donde inicialmente se dirá, simplemente, que valenciano y castellano son lenguas oficiales, pero donde unos años después, cuando se aprueba la ley de normalización del valenciano, se incluirá también ese concepto de lengua propia, a pesar de que, históricamente, entre un tercio y la mitad de lo que es hoy la comunidad valenciana no ha hablado nunca nada más que castellano.

Lo importante de este concepto de la lengua propia es todo el significado simbólico que le dan las leyes. Voy a citar algunas de ellas porque me parece muy interesante ver exactamente cómo se define o reviste textualmente. Empecemos por Cataluña. Esta comunidad autónoma es la única que tiene dos leyes relativas a la lengua. La primera es la de normalización lingüística de 1983, en la que se dice: "La lengua catalana, elemento fundamental de la formación de Cataluña, ha sido siempre la lengua propia, como instrumento natural de comunicación y como expresión y símbolo de una unidad cultural con profundo arraigo histórico". Quince años después, la Ley de Política Lingüística profundizará en esa idea cuando defina la lengua catalana como un elemento fundamental de la formación y la personalidad nacional de Cataluña, y afirma, además, que ha sido el testimonio de fidelidad del pueblo catalán hacia su tierra y su cultura específica.

Por su parte, la Ley de Normalización Lingüística de las Islas Baleares afirma que la lengua catalana es "el instrumento con el cual los isleños han realizado sus máximas aportaciones a la cultura universal, y el vehículo que ha hecho posible la articulación del genio de nuestro pueblo". Como se observa, se va endosando a las lenguas una serie de rasgos que entroncan con esas ideas románticas de las que hablaba al principio.

En cuanto al euskera, la Ley de Normalización y Uso del Euskera proclama que el euskera es "el signo más visible y objetivo de identidad de nuestra comunidad y un instrumento de integración plena del individuo en ella a través de su conocimiento y uso". Es decir, es el signo más visible, a pesar de que, aún hoy, el euskera lo habla aproximadamente un 20%-25% de la población; además, es el instrumento que permite la integración plena del individuo, lo cual, de alguna manera, es lo mismo que decir que el que no lo hable no podrá integrarse plenamente.

En cuanto al gallego, su Ley de Normalización establece que esa lengua, "núcleo vital de la identidad gallega", es "la mayor y más original creación colectiva de los gallegos, es la verdadera fuerza espiritual que da unidad interna a la comunidad".

Frente a todo ese discurso grandilocuente, a todos esos oropeles simbólicos con los que se revisten las lenguas y a toda esa carga emocional que se echa a sus hombros, al castellano se le suele dedicar una línea, esa que dice: "El castellano es también lengua oficial". En este sentido, quiero recordar la definición que hacía Ortega y Gasset de los particularismos como una proyección de los sentimientos de una comunidad sobre los elementos que son particulares de esa comunidad y no sobre los elementos comunes. Pues bien, el particularismo lingüístico es exactamente eso, lo que decretan estas leyes de normalización es que el sentimiento lingüístico se proyecte sobre la lengua que es particular, y en ninguna medida sobre la lengua que es común.

Ese discurso nacionalista de exaltación de la lengua propia ha llevado aparejadas en muchas ocasiones reivindicaciones que a veces pueden ser simbólicas. Por ejemplo, en los últimos meses, los diputados de Esquerra Republicana de Cataluña reivindicaban hablar catalán en el Congreso de los Diputados, introducir minuto o minuto y medio de su discurso en catalán para, a continuación, traducirlo al castellano. Este uso simbólico de las lenguas que se produce, precisamente, en el Congreso de los Diputados -que, como dijo su presidente Manuel Marín, algunos utilizan como escaparate- sirve para hacer hincapié en ese concepto de la lengua propia, en que no existe una lengua común. En efecto, el concepto de lengua propia lleva aparejado negar a la otra lengua la condición de propia, y esto es algo que resulta verdaderamente artificioso, porque, incluso en una comunidad que considero plenamente bilingüe como Cataluña, hoy día la mitad de la población tiene como lengua materna el castellano; y en torno a un treinta y tantos por ciento, el catalán. Hay una gran mayoría de la población que habla catalán y una mayoría mucho mayor que lo entiende, pero el castellano sigue siendo lengua materna de la mitad de la población; sin embargo, estas personas se encuentran con que esa lengua es impropia o ajena si uno se atiene a lo que dictan las leyes.

Volver al inicio de "Español o castellano"

Por consiguiente, y desde mi punto de vista, el concepto de lengua propia es un concepto insidioso, y no tanto por la consideración que hacen sobre las lenguas propias -que me parece, más que insidiosa, un poco trasnochada a estas alturas-, sino sobre todo porque lleva aparejado el menoscabo de la lengua común. Con todo, dicho menoscabo no se produce tanto en el uso real -al final, los hablantes suelen ser mucho más sabios que las élites políticas que legislan sobre las lenguas, puesto que tienen plena conciencia de que, efectivamente, hablar dos lenguas es algo que suma y nunca resta- como en el plano de lo simbólico y de lo legal, donde se exalta ese concepto de lengua propia para acabar dándole, como hace la ley catalana de 1998, estatuto de lengua preferente en la Administración, la enseñanza, las empresas públicas o las empresas concesionarias de servicios.

En conclusión, esa voluntad de arrebatar al castellano la condición de lengua propia en territorios donde la tiene, obedece, simplemente, a que el castellano parece entorpecer esos proyectos políticos de carácter nacionalista para los que compartir cosas tan importantes como la etnia, la cultura, la religión o la historia parece más bien una contrariedad, por lo que prefieren aferrarse a una definición lingüística que, en realidad, no implica ninguna otra diferencia más.

Volver al inicio de "Español o castellano"

¿GUERRA DE LENGUAS EN EUROPA?

Victoriano Colodrón Denis
 

Hace ahora dos años, participé en un coloquio internacional sobre bibliotecas públicas en París, en el centro cultural Pompidou, que acababa de volver a abrirse al público tras un largo período de obras de reforma. La mañana en que me correspondía intervenir, llenaban el enorme salón de actos más de doscientas personas, en su mayor parte franceses. Tras presentarme el moderador de la mesa redonda a la que estaba invitado, anuncié en francés que no iba a hablar en esa lengua, porque no era capaz de decir en ella más que unas pocas palabras, y que por tanto me iba a pasar enseguida al inglés, el otro idioma oficial del coloquio. Y entonces me sorprendió una docena de voces que desde el público pidieron: “¡No, no! ¡En español, en español!”. Eran exclamaciones cargadas de lo que me pareció una gran simpatía, un afecto verdadero hacia nuestra lengua.

Me acordé de esta anécdota el pasado dos de enero, cuando leí en ABC la crónica de su corresponsal en Bruselas, Alberto Sotillo: “España, obligada a comprometerse en la guerra de lenguas que se libra en Europa” [1]. ¿Guerra de lenguas en Europa? En su texto, Sotillo se refería a la “ofensiva” que mantienen desde hace años los gobiernos de Alemania para que el alemán sea reconocido como la tercera lengua de trabajo de la Unión Europea, junto con el inglés y el francés. Y después, insistiendo en el léxico bélico, afirmaba que “la batalla librada en torno a la patente europea” es “la reyerta más emblemática de la actual guerra de lenguas”.

¿Qué batalla es ésa? En junio de 2000, el comisario europeo de Mercado Interior, el holandés Frits Bolkestein, presentó una propuesta sobre la nueva patente europea en la que, por razones de ahorro, defendía que su régimen lingüístico no incluyera todas las lenguas oficiales de la Unión, limitándose al inglés, el francés y el alemán. Para registrar una patente con validez en todos los países miembros, habría que hacerlo traducida a esas tres lenguas, y en ninguna más. Los representantes españoles, entre otros, se opusieron a esa propuesta y bloquearon su aprobación, con el argumento de que, si se trataba de ahorrar, lo mejor sería optar por el inglés como única lengua de la patente. De esa manera, además, la discriminación sería menor, dado que sólo dos países –el Reino Unido e Irlanda- estarían en situación de ventaja frente a todos los demás, mientras que la solución trilingüe beneficiaba también a Francia, Luxemburgo, Bélgica, Alemania y Austria, dejando en situación de desventaja a los ocho países restantes.

Desde entonces, el gobierno español tuvo que sufrir la acusación de obstaculizar por intereses nacionalistas una importante iniciativa comunitaria, destinada a fomentar la competitividad científica y empresarial de Europa. Los embates más contundentes procedieron de Alemania, que culpaba a España de un encono injustificado contra su lengua, basado en la pretensión –absurda, a su entender- de que el español debía tener el mismo tratamiento del que gozara el alemán en todo foro, iniciativa o proyecto europeo. “Siempre que en Bruselas se discute sobre los derechos, consolidados desde hace tiempo, del alemán como una de las tres principales lenguas de trabajo de la Unión Europea, los defensores de este idioma utilizado por un número especialmente grande de personas -sus buenos 90 millones- dentro de la UE tropiezan con un adversario tan duro como cerril: España...”, escribió el pasado 19 de diciembre Walter Haubrich en el Frankfurter Allgemeine [2]. Cuando se empieza (o se acaba) reivindicando los derechos que tiene o deja de tener una lengua, mala cosa: porque se puede hablar de los derechos de las personas, y hasta de los derechos de las personas en su condición de hablantes de determinadas lenguas, pero ¡de “los derechos de una lengua”...!

Durante su período de presidencia de la Unión Europea, en el segundo semestre de 2001, el gobierno belga elaboró un nuevo proyecto de patente que, aceptando la tesis española, resultaba más barato que el original: mantenía el régimen trilingüe inglés-francés-alemán, pero con la posibilidad de que las patentes se registraran traducidas a una sola de esas lenguas, y no a las tres. Lo cual no equivalía exactamente a dejar sin efecto la oficialidad del francés y el alemán, pero sí le restaba peso, dado que en la práctica las patentes en inglés serían casi las únicas. En una reunión mantenida en diciembre del año pasado, Francia y Alemania denegaron su conformidad con el proyecto belga, por lo que éste quedó en dique seco. Un alto cargo español declaró: “Ha sido una reunión interesante y fructífera, que ha desenmascarado a los que no quieren la patente” [3].

El episodio de la patente (que tal vez quede resuelto muy pronto -habrá que ver en qué sentido- durante la presidencia española de la Unión, en los primeros seis meses de 2002) se enmarca en la creciente tensión, en el seno de las instituciones europeas, entre el deseo de conservar la diversidad lingüística de Europa, concebida como una riqueza, y la conciencia ineludible de que todo sería mucho más fácil, práctico y económico en una sola lengua. El plurilingüismo europeo es complicado y caro, pero, como opinaba un diplomático alemán, “la especificidad de la Unión consiste en tener que trabajar en varias lenguas, y lo que hay que hacer es asumirlo y gestionarlo” [4].

Volver al inicio de "Español o castellano"

En esa tensión ostentan un protagonismo destacado el francés y el alemán. El primero, por ser la lengua de uso oficial mayoritario en sede comunitaria hace tres décadas, y encontrarse en claro retroceso en los últimos años. Y el segundo, en su condición de pretendiente a ganar un espacio al que se cree acreedor por múltiples motivos, algunos de ellos objetivamente no desdeñables: lengua de Alemania -primer contribuyente a las arcas de la UE-, de Austria y de regiones de Francia, Italia, Bélgica y Luxemburgo; con el grupo de lengua materna más numeroso de Europa (90 millones de hablantes, el 24% de los ciudadanos comunitarios, por delante del inglés); y con un peso y una influencia notables en muchos de los países que ingresarán en la Unión en los próximos años.

El enfrentamiento entre la tendencia al unilingüismo y lo que podría llamarse la “resistencia plurilingüe”, sale a la luz con cierta regularidad en forma de episodios más o menos importantes. Recordemos dos muy recientes. El verano pasado se hizo público un informe de la Comisión Europea en el que se proponía que los documentos que en ella se elaboran, se analizaran en la lengua en que hubieran sido redactados, sin necesidad de traducirlos a los otros dos idiomas de trabajo. En la práctica, suponía un paso importante hacia la asunción del inglés como única lengua de esa institución, dada la progresión creciente de su uso en los últimos años: inexistente en 1970 (cuando el francés, con el 60%, y el alemán, con el 40%, eran las dos lenguas en las que se redactaban los documentos de la Comisión), en 1991 el inglés ya había alcanzado un 40%, y actualmente cuenta con el 55%, mientras que el francés ha quedado reducido al 44% y el alemán sólo mantiene un 1%. Los ministros de asuntos exteriores de Francia y Alemania, Hubert Védrine y Joschka Fischer, se apresuraron a enviarle una carta conjunta de protesta al presidente de la Comisión, Romano Prodi, quien respondió pidiendo tranquilidad, porque no era su intención imponer el inglés como lengua única. Además, explicó, se trataba tan sólo de una propuesta en fase de estudio [5].

El segundo de los sucesos a los que me refería, ocurrido en el Parlamento Europeo, guarda relación con lo que será la piedra de toque más importante del multilingüismo de las instituciones europeas: la incorporación a la Unión de diez nuevos países dentro de dos años (Letonia, Lituania, Estonia, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Chipre y Malta) y otros tres más adelante (Rumanía, Bulgaria y Turquía). En julio del año pasado, se debatió en una comisión del Parlamento el informe de uno de sus vicepresidentes, el conservador italiano Giulio Podestà, que planteaba la contratación de 740 nuevos intérpretes y traductores para hacer frente a todas las combinaciones posibles de lenguas a que daría lugar la ampliación, con el consiguiente aumento del coste.

El eurodiputado conservador británico James Elles se opuso con firmeza a esas propuestas por considerar que implicaban unos gastos muy elevados para los contribuyentes, y reclamó que se estudiaran posibles mecanismos de ahorro, como el uso de lenguas puente o pivote, un mecanismo que ya se emplea ahora: se trata de pasar por una lengua muy extendida para traducir entre dos lenguas menos usadas o de combinación menos frecuente (por ejemplo, para interpretar en portugués un discurso pronunciado en letón, un primer intérprete traduciría del letón al inglés o al francés, y un segundo pasaría la versión inglesa o francesa al portugués). Pero Elles fue más allá, al acabar sugiriendo que la única lengua pivote fuera el inglés, para escándalo de las representantes francesa y española [6].

¿Y qué pasa con el español? Pues que, a pesar de las “reivindicaciones constantes de los españoles” en las instituciones europeas [7], no es imaginable un régimen tetralingüe en el que nuestro idioma se sume al inglés, el francés y el alemán, dejando fuera, por ejemplo, al italiano, y sin la presencia de ninguna lengua del Este. No parece probable que se vaya a tener en cuenta su número de hablantes fuera de Europa, su expansión en Estados Unidos ni su utilidad como lengua de relación internacional, sancionada por su rango oficial en importantes organismos, como la ONU. Tampoco el aumento, muy intenso en los últimos años, de quienes lo estudian como idioma extranjero, incluso en muchos países europeos. Por el contrario, en Europa pesará más el número de hablantes europeos de cada lengua, criterio por el que el español queda relegado a la quinta posición, por detrás incluso del italiano.

Una postura inteligente, entonces, podría ser la que proponía el Marqués de Tamarón en 1995, parecida a la adoptada en el caso de la patente europea: “Con más de un par de lenguas no se puede trabajar en muchos grupos distintos y simultáneos. No es previsible que el español sea una de esas lenguas. ¿Qué nos conviene, entonces? ¿Luchar por el multilingüismo y al final quedar excluidos en beneficio del francés y quizá del alemán? ¿O abogar por una lingua franca, que salvo resurrección del nostrático sólo puede ser el inglés? ¿Qué es peor, quedarse fuera con las lenguas medianas o con todas las lenguas mayores de Europa salvo el inglés?”. Y es que “ciertas batallas en apariencia multilingüistas sólo pueden acarrear provecho para el francés y desgaste para el español” [8].

Volver al inicio de "Español o castellano"

Mientras tanto, la realidad es que el interés por el español en Europa es creciente, así como el reconocimiento de su importancia y de su utilidad. Cuando estuve en París hace dos años, me fijé en que la nueva señalización interna del Pompidou tras su reapertura era trilingüe: en francés, inglés y... español. Estas elecciones de lenguas no son nada inocentes; en ellas cuentan tanto las presencias como las ausencias, en este caso las del italiano o el alemán, que sí encontramos en los letreros de otros servicios públicos de París. Que el español hubiera sido escogido en una institución tan emblemática como tercera lengua para acompañar al idioma del país y a la lengua internacional por excelencia, me pareció muy significativo. Un hecho acorde con el dato de que el 18% de los europeos incluye al español entre las dos lenguas más útiles, al margen de la propia. Ocupa, así, el cuarto puesto en esa clasificación, tras el inglés (75%), el francés (40%) y el alemán (23%), y a mucha distancia del resto de idiomas, que en conjunto sólo reúnen el 7% [9].

¿Van por un lado la burocracia y los organismos europeos y por otro la realidad? Es cierto que el régimen lingüístico oficial de las instituciones de la Unión no tiene por qué causar un efecto automático en la sociedad, pero tampoco puede disociarse por completo una cosa de otra, ni desdeñarse las ventajas de distintos órdenes que para un país puede llevar aparejada la designación de su lengua como idioma oficial de un determinado organismo o institución internacional.

Todo ello sin olvidar que lo que está en juego en estas escaramuzas lingüísticas -por seguir con el vocabulario bélico-, puede no ser siempre sólo el intento de los gobiernos de que sus lenguas ganen (o no pierdan) presencia y estatus, sino más bien otras cosas. Así, la defensa de una lengua puede emplearse como baza en negociaciones que no tengan nada que ver con ella; y posiciones supuestamente inamovibles por razones de “sensibilidad” nacional, dado el carácter simbólico de las lenguas y el apego de sus hablantes por ellas, pueden dejar de tener sentido y sacrificarse, llegado el caso, ante otro tipo de beneficios más sustanciosos.

En cualquier caso, la imagen de la guerra entre las lenguas parece exagerada y, antes que otra cosa, produce confusión, cuando lo que hay en realidad son conflictos de intereses entre Estados, en los que las lenguas pueden ser un elemento más de discordia, de presión o de intercambio. Como mucho, la metáfora podría aplicarse a la “Europa oficial”, porque atendiendo a los datos relativos al estudio de lenguas en los países de la Unión, la “Europa real” diríase que está dedicada al seguimiento del proverbio árabe que aconseja: Aprende una lengua y evitarás una guerra [10].


___________________________

Recopilado de:

Wikipedia - La enciclopedia Libre: Autodefinida como un esfuerzo colaborativo por crear una enciclopedia gratis, libre y accesible por todos. Permite revisar, escribir y solicitar artículos.

http://cuadernodelengua.com/cuaderno5.htm
http://servicios.elcorreo.com/auladecultura/lozano5.html
http://www.hispanoteca.eu

   
Búsqueda personalizada
   

 

                                               Principal | Acerca del idioma |Abreviaturas y siglas | ¿Español o castellano? | Expansión del castellano | El español en México | El español en Brasil | El uso del idioma esppañol | El español gramaticalmente | El ceceo y el seseo | El voseo | El español en América | Dialectos del español | Orígenes de la lengua española | Sistema vocálico español | Zona lingüísticas| El idioma español | Historia del español | El español en los deportes | El español en EE.UU | El español en la informática